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domingo, 29 de octubre de 2023

Contraluz.- Thomas Pynchon (1937)


Thomas Pynchon: biografía y obra - AlohaCriticón
Tres

Bilocaciones

 «Viktor Mulciber —traje a medida, cabello plateado y engominado—, aunque lo bastante rico para mandar a un ayudante, se presentó en persona en el Kursaal, en un estado de fervor no disimulado, como si esa misteriosa arma C fuera una vulgar pistola y esperara que el vendedor le permitiría realizar unos disparos de cortesía.
  —Soy el que mandan cuando Basil Zaharoff está ocupado con una nueva pelirroja y no puede molestársele —se presentó—. La gama de las demandas es muy variada en todas partes, desde porras y machetes a submarinos y gases venenosos; los trenes de la historia no acaban de funcionar, tong chinas, komitadji balcánicas, bandas africanas, cada grupo con su correspondiente población de viudas potenciales, a menudo en geografías apenas esbozadas a lápiz en el dorso de un sobre o un albarán. Un simple vistazo al presupuesto de cualquier gobierno en cualquier parte del mundo cuenta toda la historia: el dinero está siempre en su sitio, ya asignado, el motivo es en todo lugar el miedo, y cuanto más inmediato, más elevados los múltiplos.
  —Vaya, ¡pues me he equivocado de negocio! —exclamó Root alegremente.
  El magnate del armamento resplandeció casi como desde lejos.
  —No, no se ha equivocado.
  Con la intención de entender algo sobre los principios de funcionamiento de la repentinamente deseable arma, el afable mercader de la muerte se encontraba charlando en un cafetín apartado con un puñado de cuaternionistas, entre ellos Barry Nebulay, el Doctor V Ganesh Rao, hoy metamorfoseado en negro americano, y Umeki Tsurigane, a la que se había enganchado Kit debido a su últimamente cada vez más intensa fascinación por la belleza nipona.
  —Nadie parece saber qué son estas ondas —dijo Barry Nebulay—. En sentido estricto no puede llamárselas hertzianas, porque, para empezar, se comportan de modo distinto con el Éter, parecen ser longitudinales a la vez que transversales. Es posible que los cuaternionistas lleguen a comprenderlas algún día.
  —Y los traficantes de armas, no nos olvidemos —sonrió Mulciber—. Se dice que el inventor de esta arma ha encontrado el modo de introducirse en la parte escalar de un Cuaternión, donde pueden alcanzarse las fuerzas invisibles.
  —De los cuatro términos —asintió Nebulay—, el escalar, o término w, como el barítono en un coro de peluquería o la viola en un cuarteto de cuerda, siempre ha sido señalado como el excéntrico. Si se toman los tres términos vectoriales como dimensiones en el espacio, y el término escalar como el Tiempo, entonces toda la energía encontrada en ese término puede considerarse debida al Tiempo, una forma intensificada del Tiempo mismo.
  —El Tiempo —explicó el Doctor Raoes— el Término más Avanzado, ¿me sigue?, que trasciende y condiciona i,j, y k, el visitante oscuro del Exterior, el Destructor, el que satisface la Trinidad. Es el inmisericorde latido del reloj del que todos queremos escapar para alcanzar la falta de pulso de la salvación. Es todo eso y más.
  —Un arma basada en el Tiempo… —comentó reflexivamente Viktor Mulciber—, bien, ¿y por qué no? Es la única fuerza que nadie sabe cómo derrotar, resistir o invertir. Mata todas las formas de vida tarde o temprano. Con un Arma de Tiempo uno puede llegar a ser la persona más temida de la historia.
  —Preferiría ser la más amada —dijo Root.
  Mulciber se encogió de hombros.
  —Porque usted todavía es joven.
  No era el único comerciante de armas de la ciudad. De algún modo el rumor había llegado a otros, allá donde estuvieran: en sus compartimentos de tren, en las camas de las esposas de ministros de aprovisionamiento, de vuelta a la maleza en afluentes inexplorados, extendiendo sus mantas en alguno de los mil desolados claros que había en la abrasada y baqueteada laterita roja donde nada volvería a crecer, exhibiendo ante los lesionados y los despojados sus inventarios de maravillas…; y uno tras otro presentaron sus excusas, cambiaron las agendas de sus viajes y se fueron a Ostende, como si asistieran a un torneo internacional de ajedrez.
  Pero llegaron demasiado tarde, porque Piet Woevre se les había adelantado desde el principio; y así sucedió que cierta tarde de otoño, entre los atestados Bulevares Interiores de Bruselas, auténtico vivero de lo ilícito en los alrededores de la Gare du Midi, Woevre consumó por fin la adquisición con Edouard Gevaert, con quien ya había hecho negocios en el pasado, aunque no exactamente de esa naturaleza. Se reunieron en una taberna frecuentada por receptores de bienes robados, tomaron una cerveza para guardar las formas y salieron por detrás para cerrar el trato. A su alrededor, el mundo estaba en venta o en disposición de trueque. Más adelante, Woevre se enteraría de que podría haber conseguido el artículo más barato en Amberes, pero había demasiados barrios en esa ciudad, sobre todo en las cercanías de los muelles, que ya no podía visitar sin más precauciones que las que tal vez mereciera el objeto.
  Cuando lo tuvo en sus manos, a Woevre, que había sido incapaz de imaginárselo como algo distinto de un arma, le sorprendió y decepcionó un poco descubrir que era tan pequeño. Había esperado algo del orden de una pieza de artillería Krupp, tal vez montado a partir de diferentes partes, que, para su transporte, requeriría trenes de mercancías. Pero en lugar de eso era algo que cabía en un lustroso estuche de cuero, confeccionado con delicadeza por fabricantes de máscaras de la Italia septentrional para que se ajustara a la perfección a las facetas exactas del objeto que había en su interior, una piel negra cortada a la medida perfecta, un despliegue de luz entre un cuidadoso desorden de ángulos, un centenar de borrosos destellos…
  —Estará seguro de que es esto, ¿no?
  —Espero no ser tan tonto como para venderle algo que no sea lo que usted piensa que es, Woevre.
  —Pero la enorme energía…, sin ningún componente periférico, ni una alimentación de fuerza de algún tipo, como…
  Mientras Woevre no paraba de dar vueltas al aparato a la luz incierta del crepúsculo y las farolas, a Gevaert le sorprendió la seriedad que vio en el rostro del agente. Era un deseo tan desmesurado…, nada que este intermediario hasta cierto punto ingenuo ni ninguna otra persona hubiera visto antes: el deseo de poseer un arma única que pudiera aniquilar el mundo entero.
  Cada vez que Kit se ponía a pensar en sus planes, que no hacía tanto incluían Gotinga, se le planteaba siempre la interesante pregunta de por qué estaba demorándose en este punto con forma vagamente glandular del mapa, asediado, detenido al borde de la historia, no tanto una nación cuanto una profecía de un destino que sería sufrido en común, con un ostinato de miedo casi sub-audible…
  Hasta hacía poco no se le había ocurrido que Umeki pudiera desempeñar algún papel en todo aquello. Ambos habían sabido buscarse excusas para ir cayendo cada vez más dentro del campo emocional del otro, hasta que una tarde fatídica en la habitación de la chica, con la lluvia en descenso otoñal al otro lado de la ventana, ella apareció en el umbral desnuda, la sangre, bajo la piel tan fina como una lámina de plata que vibrara, casi cantando por el deseo. Kit, que se tenía por un hombre de cierta experiencia, se quedó pasmado al comprender que era inútil imaginar que las mujeres tuvieran otro aspecto. Tuvo la profunda sensación de que había desperdiciado la mayor parte del tiempo libre de su vida hasta ese momento. En esa valoración no resultaba de mucha ayuda que ella luciera su sombrero de vaquera. Supo, con la certidumbre del que recuerda una vida anterior, que debía arrodillarse, adorar su florido coñito con la lengua y la boca hasta que ella se abandonara al silencio, y seguidamente, como si lo hiciera todos los días, asiéndola todavía por cada nalga justamente en medio, con sus exquisitas piernas aferrándole el cuello, se puso de pie y la llevó, ingrávida, tensa, silenciosa, a la cama, y entregó lo que por entonces quedaba de su cerebro a ese milagro, a esa hechicera del Oriente.
  Kit siguió viendo de lejos a Pléiade Lafrisée de vez en cuando, por el Digue, en las salas de juego o en las gradas del Hipódromo Wellington, por lo general asistiendo a las actividades caprichosas de algún deportista de visita. Todos esos tipos parecían bastante ricos, pero siempre podía ser simple fachada. Aunque, con Umeki y lo demás, no daba la impresión de que él se desviviera por retomar el contacto, y sabía qué limitado era el uso que ella le había dado hasta ahora; además, tras el desgraciado incidente en la fábrica de mayonesa él sólo esperaba que ella ya hubiera dado lo peor de sí. Pero se preguntaba qué pintaba todavía aquella mujer en la ciudad.
  Un día, Kit y Umeki volvían caminando del café de la Estacade y se tropezaron con Pléiade y Piet Woevre, que venían de cara conversando animadamente.
  —Hola, Kit. —Atravesó con la mirada a la señorita Tsurigane—. ¿Quién es la mousmée?
  Kit, con un movimiento inverso de la cabeza hacia Woevre:
  —¿Quién es el mouchard?
  Woevre le devolvió la sonrisa con una sensualidad directa y sombría. Kit se fijó en que iba armado. Vaya. Si alguien podía saber cómo fabricar muerte con mayonesa, Kit estaba seguro de que era ese simio. Pléiade había tomado a Woevre por el brazo e intentaba alejarlo de allí.
  —Una antigua novia —conjeturó Umeki.
  —Pregúntale al Doctor Rao, me parece que últimamente están saliendo.
  —Oh, ella es ésa.
  Kit hizo chiribitas.
  —Vaya, los cuaternionistas no dais más que para cotilleos, ¿es que tenéis que hacer algún tipo de juramento que os comprometa a llevar una vida disoluta o algo así?
  —¿La monotonía es algo de lo que os enorgullecéis los vectoristas?
  El 16 de octubre, el aniversario del descubrimiento de Hamilton, en 1843, de los Cuaterniones (o, como diría un discípulo, del descubrimiento de él por ellos), por tradición la jornada culminante de todas las Convenciones Mundiales, también era casualmente el día posterior al final oficial de la temporada de baños en Ostende. En esta ocasión el Doctor Rao dio el discurso de despedida:
  —El momento, ni que decir tiene, es atemporal. Sin principio ni fin, sin duración, la luz en descenso eterno, no una consecuencia del pensamiento consciente sino caída sobre Hamilton, puede que no desde una fuente divina, pero sí caída al menos cuando los perros guardianes del pesimismo Victoriano estaban demasiado profundamente dormidos para darse cuenta de la llegada, ni mucho menos para asustarse, de los vigilantes carroñeros de la Epifanía.
  “Todos conocemos la historia. Un lunes por la mañana en Dublín, Hamilton y su mujer, Maria Bayley Hamilton, caminan por la orilla del canal al otro lado del Trinity College, donde Hamilton va a presidir una reunión del consejo. Maria charla despreocupadamente, Hamilton asiente de vez en cuando y dice ‘sí, querida’, y entonces, de repente, al acercarse al Puente de Brougham él profiere un grito y se saca un cuchillo del bolsillo (la señora H. se sobresalta violentamente, pero al instante recobra la compostura: no es más que un cortaplumas), y corre al puente y graba en la piedra r = f = k~ = ijk = — i -en este punto los congregados murmuran, como harían ante un himno reverenciado—, y ése es el momento Pentecostal en que descienden los Cuaterniones para ocupar su residencia terrenal entre los pensamientos de los hombres”.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2010, en traducción de Vicente Campos, pp. 635-638. ISBN: 978-84-83832-07-3.]

sábado, 13 de junio de 2020

Catorce puntos para la paz mundial (Antología del discurso político).- Woodrow Wilson (1856-1924)

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Catorce puntos para la paz mundial   
(8 de enero de 1918, Congreso de los Estados Unidos, Washington D.C.)

  «Una y otra vez hemos presentado con plenitud nuestro pensamiento y propósito al mundo. Hay, además, una voz que pide esas definiciones de principio y propósito que es, a mi entender, más conmovedora y apremiante que cualquiera de las muchas emotivas voces que llenan el perturbado aire del mundo. Es la voz del pueblo ruso. Están postrados y casi indefensos ante la siniestra potencia de Alemania, que hasta ahora no ha conocido aplacamiento ni piedad. Aparentemente, su poder está hecho añicos. Y, sin embargo, su alma no es servil. No cederán en el principio ni en la acción. […] Lo crean o no sus actuales dirigentes, nuestro más sentido deseo y nuestra más sentida esperanza es que pueda establecerse un medio a través del cual tengamos el honor de ayudar al pueblo de Rusia a alcanzar su plena esperanza de libertad y paz ordenada.    
 Entramos en esta guerra porque se produjeron unas violaciones del Derecho que nos afectaron en lo más vivo y hacían imposible la vida de nuestro pueblo. Lo que pedimos es que el mundo sea un lugar apto y seguro para vivir y, en particular, para todo país amante de la paz que, como el nuestro, desee vivir su propia vida, decidir sus instituciones, recibir garantías de justicia y tratos justos por parte de otros pueblos, así como contra la fuerza y la agresión egoísta.
 El programa de la paz mundial es nuestro programa; y este programa, el único programa posible, a nuestro entender es éste:
 1.-Deben alcanzarse acuerdos abiertos de paz, de acuerdo con los cuales no habrá decisiones ni acciones internacionales particulares de ningún tipo, sino que la diplomacia procederá siempre con franqueza y a la vista pública.
 2.-Libertad absoluta de navegación por los mares, fuera de las aguas territoriales, tanto en la paz como en la guerra, excepto cuando los mares queden cerrados de forma total o parcial debido a una acción internacional para el cumplimiento de acuerdos internacionales.
 3.-La supresión, en el mayor grado posible, de todas las barreras económicas y el establecimiento de una igualdad de condiciones comerciales entre todos los países que consienten en la paz y en asociarse entre ellos para mantenerla.
 4.-Se darán y aceptarán las garantías adecuadas para que los armamentos nacionales se reduzcan al nivel más bajo compatible con la seguridad interior.
 5.-Una resolución libre, razonable y completamente imparcial de todas las reclamaciones coloniales, de acuerdo a una estricta observancia del principio según el cual en la determinación de todas esas cuestiones de soberanía los intereses de la población implicada deben tener igual peso que las reclamaciones justas del Gobierno cuyo derecho deba determinarse.
 6.-La evacuación de todo el territorio ruso y un arreglo de todas las cuestiones referentes a Rusia de un modo que le asegure la mejor y más libre cooperación de los demás países del mundo en el acceso a una oportunidad sin trabas para la determinación independiente de su propio desarrollo político y su propia política nacional, y que le asegure una sincera bienvenida en la sociedad de las naciones libres bajo instituciones de su propia elección; y, más que una bienvenida, también la ayuda de todo tipo que pueda necesitar y desear.
Antología del discurso político - Catarata 7.-Bélgica, según estará de acuerdo todo el mundo, debe ser evacuada y devuelta sin ningún intento de limitar la soberanía de que goza en común con todas las demás naciones libres. Sin este acto reparador, toda la estructura y validez de la legislación internacional queda menoscabada para siempre.
 8.-Todo territorio francés debe ser liberado y las partes invadidas devueltas, y el daño hecho a Francia por Prusia en 1871 en la cuestión de Alsacia-Lorena, que ha perturbado la paz del mundo durante casi cincuenta años, deberá ser corregido con el fin de que la paz pueda estar de nuevo asegurada en beneficio de todos.
 9.-Debería efectuarse un reajuste de las fronteras de Italia siguiendo unas líneas claramente reconocibles de nacionalidad.
 10.-Los pueblos de Austria-Hungría, cuyo lugar entre las naciones deseamos ver salvaguardados y asegurados, deberían tener la oportunidad más libre de desarrollo autónomo.
 11.-Rumanía, Serbia y Montenegro deberían ser evacuados; los territorios ocupados, devueltos; Serbia, obtener un acceso libre y seguro al mar, y las relaciones de los diversos Estados balcánicos entre sí, regirse por el parecer amistoso siguiendo líneas históricamente establecidas de lealtad y nacionalidad; asimismo, deberían darse garantías internacionales de la independencia política y económica y de la integridad territorial de los diversos Estados balcánicos.
 12.-Las partes turcas del actual Imperio otomano deberían recibir garantías de una soberanía firme, pero habría que garantizar a las otras nacionalidades que se encuentran ahora bajo gobierno turco una indudable seguridad vital y una oportunidad de desarrollo autónomo no perturbada por interferencia alguna; y los Dardanelos deberían abrirse permanentemente como paso libre para los barcos y el comercio de todos los países de acuerdo con garantías internacionales.
 13.-Debería crearse un Estado polaco que incluyera los territorios habitados por poblaciones indiscutiblemente polacas, con acceso libre y seguro al mar, y cuya independencia política y económica e integridad territorial quedaran garantizadas por un acuerdo internacional.
 14.-Debe formarse una asociación general de naciones de acuerdo con convenios específicos con el propósito de conceder a los Estados grandes y pequeños, sin distinción alguna, garantías mutuas de independencia política e integridad territorial.
 No cabe duda de que hemos hablado en términos demasiado concretos para admitir ninguna duda o pregunta. Un principio evidente recorre todo el programa que he esbozado. Es el principio de justicia para todos los pueblos y nacionalidades, y sus derechos a vivir en igualdad de condiciones de libertad y seguridad con los demás, ya sean fuertes o débiles. Si este principio no se convierte en parte de sus cimientos, no se sostendrá ninguna parte de la estructura de justicia internacional.»

    [El texto pertenece a la edición en español del volumen "Antología del discurso político", en edición de Antonio Rivera; editorial Los Libros de la Catarata, 2016. ISBN: 978-84-9097-117-8.]