Mostrando entradas con la etiqueta Edición. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Edición. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de mayo de 2021

Gracias por no leer.- Dubravka Ugresic (1949)


Resultado de imagen de dubravka ugresic
6.-Bueno, adiós.

El escritor y su futuro

 «Entretanto, la literatura popular también se ha transformado y ha reivindicado progresivamente su derecho a ingresar en el exclusivo mundo de la literatura culta. Así como la literatura culta se sirvió de las estrategias de la literatura popular, ésta se adorna hoy con las plumas de la primera y le roba su lenguaje. La cultura de masas jamás pierde ocasión de hacer referencias a la literatura culta. La literatura popular se ha infiltrado en la torre de marfil de la academia, en los planes de estudios universitarios, ha destruido a los árbitros del buen gusto, convertidos hoy en elitistas anónimos, además de destruir a los editores independientes y de sustituir las publicaciones poco atractivas y los estudios serios por propaganda y anuncios en los periódicos, seduciendo a promotores y gurús para que se pongan de su lado. En el curso de este proceso, los productos de la cultura de masas han mutado para convertirse en “cultura media” que “se comporta como si respetara los estándares de la Alta Cultura, mientras que en realidad los anega y vulgariza” (Richard Senett). Esto no era difícil de conseguir. Cada vez son menos los capaces de discernir lo auténtico de lo falso. Los que saben, no tienen ganas de enzarzarse en una batalla perdida. Los que tienen ganas, no gozan de oportunidades en los medios de comunicación, porque éste se reserva para los libros que “funcionan” o, al menos, “deberían funcionar”. Además, la propia distinción entre “auténtico” y “falso” hace tiempo que dejó de interesar a los intelectuales. Lo mismo ocurre con la anticuada terminología del valor estético. ¿Qué son, a fin de cuentas, los valores estéticos? Todo es cuestión de quién o qué los dicte. “El dinero crea el gusto” sugiere un convincente eslogan.
 […]   
 En el mercado literario, crecientemente global, hay de todo y para todos los gustos: literatura mongol y literatura de Trinidad, literatura de emigrantes y literaturas de diversas etnias, literaturas para distintas orientaciones sexuales y subgrupos: bosnio-gay o judío-lesbiana. Las antaño frías escuelas de interpretación, que privaron de sensualidad al texto literario, han sido sustituidas por la cálida relatividad de la “Otredad”. Todo vale y todo tiene su público.
 Ahora bien, ¿significa esto que la expresión individual (que, dicho sea de paso, debería suponérsele a cualquier texto literario artístico) está en auge? ¿Significa que la literatura se ha enriquecido con múltiples declaraciones individuales? ¿Se ha tornado más individual el discurso individual? ¿Son hoy las técnicas literarias más fértiles y variadas, y son las percepciones ofrecidas por los textos literarios realmente únicas?
 Lo que ha ocurrido es lo contrario: al menos eso parece. Las voces individuales son cada vez más raras. Cada voz, cada texto, se inserta en el nicho del mercado que corresponde al momento, se adapta a la palabra de moda, a los códigos del mercado. Para ser hoy oído y entendido, el escritor modula su voz, consciente o inconscientemente, según las exigencias del mercado o de sus posibles lectores. Aun cuando jamás se le pase por la cabeza, aun cuando lo niegue, esta traducción al lenguaje del mercado se produce al margen de su control: en el propio mercado, en la recepción de los textos, en la lectura. Así, el derecho a la autenticidad del “Otro” rebota en el escritor y en su texto como un bumerán.
 En su intento por escapar de una trampa, el escritor se ha metido en otra. Hoy está más revestido que nunca de etiquetas de identidad, las cuales determinan su lugar en el mercado literario y la comprensión que pueda haber entre él y sus lectores. Admitamos que las “identidades” facilitan la comunicación en el mercado, pero también rebajan terriblemente el significado del texto, lo empobrecen, cuando no lo distorsionan. El texto literario se lee cada vez más en clave: masculina o femenina, racial, nacional, étnica, cultural, sexual o política. Su valor es disminuido por un mercado que vende libros como cualquier otro producto, únicamente sobre la base de sus categorías. La broma, de Milan Kundera, puede encontrarse en la sección de humor, y Una fiesta en el jardín, de György Konrád, entre los libros de jardinería.
 El escritor contemporáneo con aspiraciones de alta literatura queda confundido ante la ausencia de un sistema de valores y al lector le resulta cada vez más difícil orientarse ante esta misma ausencia. Pero el espacio del que han sido expulsados los antiguos promotores de los valores tradicionales –profesores de literatura, críticos literarios, intelectuales- no ha quedado vacío, como es natural. Lo ocupan hoy atractivos y poderosos árbitros, desde Oprah Winfrey a amazon.com. Lo ocupan los vendedores: el mayor elogio que puede recibir un editor es que un manuscrito haya gustado en el “departamento de marketing”; los míticos individuos que integran este departamento son mencionados por el editor (y cada vez más, también por los propios escritores), como si se tratase del comité del Premio Nobel. Por último, a diferencia de lo que ocurre con los escritores, siempre inseguros, el mercado no se arredra ante los juicios de valor. Antes bien, los mensajes publicitarios son sentenciosos e imperativos: “¡Esto es hermoso”!, afirma un eslogan publicitario.
 En términos generales, el mercado nunca es subversivo, no destruye el canon estético sino que lo integra y lo explota al servicio de sus propios fines. Libros, notas de prensa y reseñas literarias (que cada vez se parecen más a la publicidad, sólo que ampliada) abundan en referencia a las figuras canónicas: “este libro es una explosiva mezcla de Beckett y Dumas”, “digno de Kafka”, “a Proust le daría envidia”. Pero hete aquí que estos valores canónicos se emplean en interés del relativismo del mercado, merced a un truco de paralelismo. En un anuncio reciente, que muestra a personajes de Leonardo da Vinci, Rembrandt y Toulouse-Lautrec generados por ordenador y sentados felizmente al volante de un Mercedes, establece una ingeniosa relación de valores: Mercedes es a los automóviles lo que Leonardo es al arte. Con menos ingenio, una famosa escritora de novelas pornográficas produjo su propio anuncio publicitario en una entrevista televisiva: “No hay ninguna diferencia. Umberto Eco es el mejor en su género y yo soy la mejor en el mío”.
Resultado de imagen de dubravka ugresic gracias por no leer El escritor “serio” vive una especie de vida clandestina. Oculta sus elevadas aspiraciones y sus gustos literarios por temor a ser acusado de elitismo. Porque de verdad ocurre que los promotores de la cultura de masas, numéricamente superiores, los ciberapasionados, los optimistas de la cultura y los antielitistas realmente se abalanzan sobre cualquier “muermo literario” de esos que tiene sobre su escritorio un retrato de Nabokov. Bien es verdad que el “muermo” ha retirado el retrato de Nabokov porque, incluso éste ha sido invitado a ponerse una etiqueta de mercado (la de los libros que se presentan como “antibasura”, como verdadera literatura de élite). El astuto mercado da la vuelta a cualquier crítica para usarla en beneficio propio. Es el mercado, por tanto, y no los conservadores, los elitistas y los pesimistas de la cultura, el que marca las tendencias y crea el gusto literario. El día en que el mercado decida convertir El hombre sin atributos en un superventas global, en eso quedará convertida la novela de Musil.
 En una época en que se escriben, publican y leen más libros que nunca, el escritor y el lector son las especies más solitarias y más amenazadas. Veamos qué dice Salman Rushdie: “Incapaces de orientarse en la selva de ficción basura y convertidos en cínicos por el envilecido lenguaje de la hipérbole con que se adorna cualquier libro, los lectores tiran la toalla. Compran un par de libros premiados al año, acaso otro par de libros de autores a los que conocen, y huyen de todo lo demás. El exceso de oferta editorial y el exceso de publicidad apartan a la gente de la lectura. No se trata sólo de que haya demasiadas novelas a la caza de un número de lectores demasiado reducido, sino de que hay demasiadas novelas que ahuyentan a los lectores”.
  A veces da la impresión de que estamos viviendo la antiutopía de Ray Bradbury en Farenheit 451 vuelta del revés. La novela de Bradbury describe una sociedad represora de individuos sedados con fármacos y televisión, una sociedad donde los libros están prohibidos, una sociedad donde los libros se queman. Vivimos, por el contrario, en el mundo del reluciente centro comercial, donde los libros se publicitan con el mismo lenguaje que los anuncios de Coca-Cola y en la que basta con pulsar una tecla en nuestro ordenador para tener acceso a cualquier información sobre un libro y comprarlo en el acto.
 ¿Qué le queda entonces al escritor “tras la muerte del arte”?
 a) Puede nadar contra la corriente y defender criterios de alto valor literario, porque “la literatura no es una escuela. La literatura debe presuponer que el público es más culto que el propio escritor. Poco importa que ese público exista o no. El escritor se dirige a un lector que sabe más que él; se inventa a sí mismo como alguien que sabe más de lo que en realidad sabe, para poder dirigirse a alguien que sabe todavía más. La literatura no tiene otra opción que la de poner trabas y seguir fingiendo, de acuerdo con la lógica de una situación que sólo puede empeorar”. Esto dice Italo Calvino en su ensayo “Para quién escribimos o Biblioteca hipotética”.
 b) Puede abandonarse a la orgía cultural del momento, incorporarse a la vasta red de cultura transnacional, participar en la aceleración de lo transcultural, poshistórico, poscolonial, posnacional, posestatal, posartístico, poshumano, posliterario y posmoderno.
 c) Puede reconciliarse con el hecho de que determinadas especies mueren no porque el ambiente sea hostil, sino por su propia estructura orgánica. Los pandas mueren porque, entre otras cosas, pasan tanto tiempo masticando brotes de bambú que apenas pueden dedicarse a la procreación. El escritor es como un panda: el mundo que lo rodea va demasiado deprisa, es demasiado complicado, mientras que el lenguaje del escritor es demasiado lento. Además, el objetivo del escritor, el lector, ya no es alguien que se sienta en un sillón profundamente absorto en la lectura de un libro. El lector es un ser en continuo movimiento que lee en un avión, o en el gimnasio, con unos auriculares en las orejas, o que escucha los libros en un cassette mientras conduce.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Edición La Fábrica editorial, 2004, en traducción de Catalina Martínez-Muñoz, pp. 236-241. ISBN: 84-95471-11-6.]

martes, 11 de agosto de 2020

Interpretación y análisis de la obra literaria.- Wolfgan Kayser (1906-1960)

Resultado de imagen de wolfgang kayser 

Capítulo primero: Supuestos filológicos
1.-Edición crítica de un texto

  «Sea cual fuere el aspecto bajo el cual se investiga un texto, la primera condición preliminar es su autenticidad. Si se trata de un libro publicado recientemente, no es posible dudar de ella. La novela reciente, comprada en la librería, ha sido compuesta por el tipógrafo según el manuscrito del autor. Durante la lectura de pruebas, el autor ha corregido todas las erratas (con ayuda de la imprenta y de la editorial) e introducido todas las modificaciones que ha considerado necesarias. Publicada la novela, todas las palabras y la puntuación concuerdan con la voluntad del autor, y, por tanto, son auténticas. Puede definirse como texto merecedor de confianza el que representa la voluntad del autor.
 Pero surgen dificultades cuando se trata de textos cuyos autores han muerto y que continúan imprimiéndose. El que va a la librería y compra una edición barata del Quijote cree tener en las manos el texto verdadero. Pero, si reflexiona un instante, sacará inevitablemente la conclusión de que entre el lector y el autor se han interpuesto varias personas. Primero, hay que contar con el que ha modernizado la ortografía. Cierto que para la verdadera comprensión de la obra, así como para la investigación teórica, la ortografía es, en general, de poca importancia. Más importancia tiene la puntuación. Una coma sustituida por un punto, y otras modificaciones análogas, introducidas por el último editor para facilitar la lectura, pueden alterar el significado de una frase. Puede ir aún más lejos el comprensible deseo del editor, al intentar aligerar la lectura de una obra y conservarla viva, y quizá este deseo le lleve a sustituir por formas y palabras corrientes otras anticuadas, que el público de hoy ya no entiende.
 Puede ocurrir también que en el trabajo de composición tipográfica se haya sustituido erróneamente alguna palabra, poniendo el tipógrafo, por ejemplo, en vez de "Phebe", para él desconocida, "Phebo", el dios del sol, o en vez de "filho de Maia", "filho de María". Estas alteraciones las encontramos ya en la segunda impresión de la obra maestra de la literatura portuguesa, Os Lusiadas. Fácil es imaginarse lo que ocurrió cuando, más tarde, otro impresor tomó como base esta edición, introduciendo aún nuevos errores y alteraciones. La falta de comprensión y la abundancia de ideas (mal empleadas) contribuyen igualmente a la corrupción de los textos. En el caso de Os Lusiadas las averías causadas fueron tales que en 1921 se comprobó que "casi no hay estrofa que no haya sufrido alguna alteración".
 El único medio de salvación parece ser el regreso a la edición primera, la más próxima a la voluntad del poeta. Pero no todo el que desea leer el texto auténtico del Quijote puede adquirir la primera edición. Le bastará leer una nueva edición que presente el texto "auténtico", y esta edición se llama "edición crítica".
 Es cierto que en el caso de la gran novela de Cervantes, como en casi todas las obras antiguas, surgen en seguida nuevas cuestiones: ¿puede tener validez auténtica la primera impresión? En aquellos siglos, los poetas generalmente no revisaban las pruebas. Una vez entregado el manuscrito para su publicación, el destino de la obra escapaba, por decirlo así, a la protección del autor. En cualquier caso, tenemos que contar con modificaciones hechas por el impresor, ya por negligencia, ya deliberadamente. A estas modificaciones hay que añadir las exigidas por las instituciones de censura. No era el poeta, sino el impresor, el que tenía que tratar con ellas. Así ocurre que la edición crítica, en los textos más antiguos, sólo aproximadamente nos deja ver la intención del poeta.
Interpretación y análisis de la obra literaria (1985 edition ... Por los motivos antes indicados, el que haga una edición crítica no puede contentarse simplemente con la fiel reimpresión de la primera edición. Semejante repetición, aunque sea "facsímil", es decir, fiel en la letra y en la forma, no es un texto crítico. Por otra parte, en el llamado "aparato crítico", el que hace la edición crítica tendrá que indicar todas las modificaciones que ha introducido, incluso cuando se trata de la corrección de un error gráfico evidente, justificando estas modificaciones y facilitando así al lector la posibilidad de investigar y decidir por sí mismo. Si, además de la primera impresión, existe el manuscrito del poeta, el que hace la edición debe reproducir en el aparato todos los pasajes que en el manuscrito son diferentes. Se ha establecido la costumbre de designar las versiones impresas con mayúsculas latinas (A, B, C, etc.) y las versiones manuscritas con minúsculas (a, b, c, etc.).
 Al comienzo del aparato crítico se encuentra siempre una lista de las designaciones usadas y una exposición de los principios seguidos en la edición. Quien haya de utilizarla deberá estudiar las dos, y estudiarlas detenidamente, antes de comenzar el trabajo.
 Sírvanos como ejemplo la edición crítica del drama de Lope de Vega titulado El castigo sin venganza. De esta obra existen el autógrafo (en la biblioteca Ticknor de Boston) y varias ediciones, dos de las cuales fueron "autorizadas" por Lope: la llamada "suelta", de 1634, publicada en Barcelona, y la que va en la parte XXI de las obras dramáticas de Lope, publicada el año 1635 en Madrid. De estas dos se derivan todas las ediciones posteriores, y por tanto no es necesario tenerlas en cuenta en una edición crítica. Ocurre además que la edición de 1635 sigue en absoluto a la de 1634 y las divergencias no son más que erratas introducidas por el tipógrafo.
 Así pues, para una edición crítica, el problema queda reducido a decidir si para el texto debe servir de base el autógrafo o la edición de 1634. No era difícil encontrar una respuesta: aunque haya algunas divergencias, una comparación minuciosa llegó a la conclusión de que "la mayoría de las variantes... han de achacarse al impresor y solamente una pocas son atribuibles al poeta. Casi siempre se trata de divergencias insignificantes, que no empeoran el sentido del texto, ni tampoco lo mejoran". Estas palabras son del hispanista holandés C.F. Adolfo van Dam, que ha llevado a cabo el cotejo y nos ha dado la edición crítica de la obra. […]
 Se complica más la situación cuando hay varias ediciones "autorizadas", es decir, admitidas por el poeta. En los últimos siglos se ha hecho casi normal que aparezcan diversas ediciones de una obra ya en vida del poeta, aprovechando éste la ocasión para hacer modificaciones más o menos grandes. ¿Cuál de estas ediciones debe servir de base a quien publica un texto crítico? Sólo pueden contar para esto dos ediciones: la última revisada por el propio autor, llamada "edición de última mano", la que representa su voluntad definitiva, y la primera, la "editio princeps". Una vez editada la obra, ésta se separa de su autor y comienza a vivir su propia vida y su actuación. En general, se da preferencia a la edición de última mano para servir de base al "texto crítico". Esto es resultado de aquel concepto "filosófico" del "poeta" que para el siglo XIX valía más que el de la obra. Sea cual fuere la edición escogida para base del texto, el encargado de publicarla tiene el deber de indicar en el aparato crítico todas las variantes de las ediciones cuidadas por el autor. Vemos así cuál es la misión de un aparato crítico: debe ser el depósito de la génesis de una obra, y revela algo de los secretos de la evolución íntima de su creador.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 1981, en versión española de María D. Mouton y V. García Yebra. ISBN: 84-249-0005-7.]

jueves, 23 de abril de 2020

Air mail. Correspondencia 1964-1990.- Tomas Tranströmer (1931-2015) y Robert Bly (1926)

Resultado de imagen de robert bly y tomas transtromer 

I.-Abril, 1964 - Diciembre, 1969

«Roxtuna 27-5-64
Querido Robert Bly:
¡Qué satisfacción sentí al oír que aprobó mis traducciones! Todavía me alegró más saber que va a venir a Noruega y Suecia algo más adelante. De repente la idea de una visita me entusiasmó. Tenemos, en relación con el nivel del país, una casa grande (cinco habitaciones, bungalow) y pueden pernoctar aquí. Durante el verano será difícil, vamos a tener un hijo en julio y ya tenemos otra hija, mi esposa ha estado enferma y hemos de tener algún tipo de ayuda doméstica los primeros meses, pero en septiembre ya habrá vuelto todo a la normalidad, entonces habrá una habitación para invitados. El entorno es campestre, aunque algo especial -en realidad es una cárcel-. Trabajo de psicólogo en una institución para jóvenes delincuentes con alguna tara psíquica y el bungalow es la vivienda oficial. Pero ¡no se asuste! A los visitantes les suele parecer un lugar idílico. Está en las afueras de Linköping, a unos doscientos veinte kilómetros al sur de Estocolmo, cerca de la carretera nacional Estocolmo-Malmö. Un lugar muy apropiado para pasar la noche si se va en coche de Estocolmo a Malmö. También se puede viajar en tren y bajarse en Linköping, donde yo lo recogería en la estación. Para que usted pueda reconocerme iré vestido con un frac verde, barba postiza, sombrero de paja, y estaré leyendo la autobiografía de Nixon. Quizá esto también pueda arreglarse de una manera más sencilla.
25 de agosto de 1964
Querido Tomas Tranströmer:
Quisiera pedirte consejo. Estoy pensando en editar un librito titulado Twenty Swedish Poems (veinte poemas suecos) en The Sixties Press. A grandes rasgos, el contenido por ahora es el siguiente: 
 -Pär Lagerkvist - "In i mitt hjärtas blodiga hamn". ("En el ensangrentado puerto de mi corazón".)
 -Karin Boye - "Stenarna (Gud hade givit oss tunga själar av sten)". ("Las piedras [Dios nos ha dado pesadas almas de piedra].)
 -Harry Martinson - "Havsvinden", ("El viento marino"), "Cotton" ("Algodón") y quizá alguno más.
 -Gunnar Ekelöf - Trionfo della morte ("Tre riddare stego ut."). ("Tres caballeros desmontaron".)
 -"Monolog med dess hustru. (Tag tva extra gamla)". ("Monólogo con su esposa [Coge dos viejos]")
 -Etudes I ("Natt och stiltje"). ("Noche y calma".)
 -Etudes III ("En värld är varje människa"). ("Un mundo es cada hombre".)
 -Svanen (I) ("Jag hörde vildgäss över sjukhuset"). ("Oí gansos salvajes sobre el hospital".)
 También, quizá un poema temprano como "Blommorna sover". ("Duermen las flores.")
 Artur Lundkvist - Fragmentos de "Freud"
 Erik Lindegren - "Mannen utan väg, nr. XXIX" ("El hombre sin camino"). (Tengo mis dudas al respecto. No me gusta Lindegren).
 -Karl Vennberg - "Vi har alla gjort vart basta". ("Todos hemos hecho todo lo que podíamos.")
 -Werner Aspenström - "Pa kyrkogarden". ("En el cementerio"). Uno más.
 -Tomas Tranströmer - "Paret" ("La pareja"). Uno más.
 Ahora lo que simplemente quiero es que me comentes la lista de arriba. ¿Quiénes faltan? ¿He omitido a alguien realmente bueno e importante?  ¿Te parece que debo incluir a Lindegren? ¿Tienes alguna propuesta para un tercer poema de Martinson que deba incluir, o para un segundo poema de Aspenström? ¿Qué tal son los poetas más jóvenes? ¿Es bueno Eddegren? Nunca lo he leído, pero su nombre se cita a menudo. Quedo en ascuas a la espera de tus comentarios. Muchas gracias por tu última carta y perdona que haya tardado tanto en contestarla. De alguna manera creí haberlo hecho y me quedé pasmado cuando vi que aún la tenía pendiente. En realidad soy muy malo para responder cartas. Incluso he escrito unos versos sobre ello:


Air mail - nordicalibros.com CARTAS SIN CONTESTAR

Rayos de sol de agosto se filtran a través de los cristales de las ventanas.
Encima de las sillas hay cestos con cartas sin contestar cogiendo polvo.
Seguro que aquí vive un loco de atar.
[…]
 ¿Nació ya la nueva hija? ¡O hijo! Nosotros tenemos dos hijas pequeñas, una que se llama Mary, de dos años y medio (en el libro de Jim Wright hay un poema sobre ella), y otra más joven, Bridget, de quince meses. ¡Sobre todo cuéntame cómo fue! Decididamente iré a visitarte en alguna ocasión más adelante. Este año nos quedamos un mes más aquí y después iremos a pasar tres meses en París y Oslo (visitaremos ambos sitios, pero aún no he decidido en qué orden). Así que necesito saber cuándo vas a viajar a EEUU. Y cuánto tiempo estarás en ese país estragado por Goldwater. ¿Vas con la familia?
 No hay mucho que decir de James Wright. Como él dice en la contracubierta de Saint Judas, ha vivido una vida de "rata de biblioteca, escasa de sucesos". Es mentira, claro, pero algo hay que poner. Nació en Martin's Ferry, Ohio, un centro de la industria del acero no tan apartado del lugar donde nacieron W.S. Merwin, Kenneth Patchen y Jonathan Winters (nuestro mejor cómico de los últimos treinta años). Se gana la vida como profesor universitario de Literatura Inglesa (Dickens sobre todo) y se niega consecuentemente a impartir cursos de "escritura creativa" y poesía. Ha renunciado en varias ocasiones a ser "poet in residence", cuando le quedó claro que el puesto incluía ese tipo de enseñanza, en todos los casos para sorpresa mayúscula de los profesores. Está casado, separado en la actualidad, y tiene dos hijos. Hay un rasgo indomable en su personalidad que lo convierte en una figura muy ambigua, espantosa incluso, a ojos de los académicos. La razón de que lo miren con inquina es la siguiente: obtuvo una beca para estudiar en Kenyon College (donde enseñaba John Crowe Ransom) y de ese modo se apartó del ambiente de las acerías. Más tarde se doctoró en la Universidad de Washington, donde enseñaba Theodore Roethke. Empezó a escribir poesía en el estilo tradicional, yámbico, al que se dedicó en los años cincuenta, y mucha gente del ramo lo consideró el mejor del país en ese tipo tradicional de poesía. De repente abandonó todo eso y empezó a escribir una poesía totalmente distinta, donde se sucedían destellos de brutalidad y calma chicha. Eso conmocionó de veras a los poetas académicos y todavía no se han recuperado. […]
 Espero que te encuentres bien. He escrito a la editorial Bonniers para que me envíen todos tus libros (el ejemplar que leí pertenecía a la biblioteca de la Universidad de Minnesota y no lo tengo conmigo en Europa), y también espero enviarte pronto otra traducción de uno de tus poemas.
 Con mis mejores saludos. »

   [El texto pertenece a la edición en español de Nórdica Libros, 2012, en traducción de Francisco J. Uriz y Juan Capel. ISBN: 978-84-15564-86-7.]

domingo, 3 de noviembre de 2019

Fingimiento.- Diana Athill (1917-2019)

Resultado de imagen de diana athill 

Uno

«Hakim Jamal me gustó enseguida, nada más verlo. Era un hombre tremendamente apuesto, y su estilo -ese pavoneo a lo pirata, ese único zarcillo de oro- también me agradó al momento, porque parecía haber en él un cierto elemento autoparódico. El brillo de sus ojos y la anchura de su boca le daban un aire divertido, como si su propia manera de actuar le hiciera gracia.
 Hakim había sido invitado a venir a Londres en 1969 por ciertas personas que pensaban que éste estaba haciendo un trabajo interesante organizando escuelas progresistas para los niños del gueto negro de Los Ángeles. Su labia las había convencido de que debía escribir un libro y una de ellas hasta le había presentado a un agente literario que, a su vez, lo había traído a la editorial André Deutsch.
 En cuanto entré en la habitación, Hakim dejó de prestar atención a los dos hombres que ya estaban allí y se me quedó mirando. Como no estaba acostumbrado a ver ingleses, yo le parecí una persona exótica y refinada; mi voz -según me contó después- le recordó a la de la señora May Whitty (una actriz condecorada por la Reina que había interpretado a viejas damas inglesas en muchas películas) y, al oírme, se dijo a sí mismo que debía cuidar su lenguaje. Yo era un desafío para él y Hakim estaba decidido o bien a observar el espectáculo que supondría verme retroceder o enojarme, o bien a tener la satisfacción de seducirme (a él le gustaba especialmente atraer a las mujeres de mediana edad porque eso le hacía sentirse bondadoso). Me senté junto a él -aunque podía haber elegido una silla más alejada- y al cabo de dos minutos ya me había puesto la mano en el hombro, esperando a ver si yo me encogía de miedo por el hecho de que aquel negro impertinente me tocase.
 Era obvio que aquel hombre me estaba poniendo a prueba, y a mí me hacía gracia que se estuviera equivocando tanto conmigo. Yo no conocía a muchos negros estadounidenses -y menos de un gueto tan violento como ése del que él provenía, por lo que me habían dicho-, pero conocía a los suficientes como para esperar que fueran más recelosos respecto a los blancos que mis amigos antillanos o africanos. Pensé que Hakim se comportaba así debido a su pasado, y también él se convirtió para mí en un desafío. El debió de advertir que yo era "diferente": la clásica reacción de la blanca liberal al conocer a un negro quisquilloso. Yo llevaba aquel día un vestido de lana pero pude sentir la frialdad de su mano en mi hombro a través del tejido, y noté que temblaba levemente. Me entraron ganas de decirle: "Relájate, cariño. No tienes por qué desafiarme ni seducirme, me meteré en la cama contigo en un santiamén, si eso es lo que quieres." Un minuto después, él dejó caer un papel, se agachó para recogerlo, me rozó la rodilla con la mano disimuladamente y dijo: "¡Ah, pero qué he hecho! Le he tocado la rodilla sin querer... Espero que no le moleste." Costaba creer que aquel hombre tan guapo y tan seguro de sí mismo en apariencia pudiera estar tan ridículamente tenso y ser tan torpe; que pudiera suponer que era él quien me estaba poniendo a prueba con su astucia, cuando en realidad lo que estaba haciendo era el tonto. Su actitud me resultó cómica y conmovedora a un tiempo.
 Hakim había conocido a Malcolm X cuando él era aún un niño y Malcolm un timador y luego éste, pasados los años, lo había convertido a su ideología. Hakim quería escribir un libro sobre eso. Para él, mantener vivo el recuerdo de Malcolm X y difundir su enseñanza era, con mucho, la tarea más importante de su vida, porque, si no lo hubiese conocido, habría muerto hacía tiempo en una cuneta. Sí, era cierto que Hakim había sido un alcohólico y un heroinómano hasta que Malcolm se había cruzado en su camino; sí, era cierto que se había desenganchado de esas dos adicciones con la sola influencia de la enseñanza de Malcolm, sin ayuda médica, al igual que otra mucha gente como él. No, a él no le importaría que yo corrigiera su manuscrito si realmente lo creía necesario; ¿por qué le habría de importar, si él no había escrito nada en su vida salvo unos cuantos artículos breves para algunas revistas minoritarias? Sí, estaba dispuesto a escribir tres capítulos de prueba para que nosotros pudiéramos hacernos una idea al respecto. En un par de semanas me los entregaría.
 ¡Un par de semanas! A veces olvido -pensé yo- que la gente que no sabe nada sobre la escritura realmente no sabe nada. Pero lo cierto es que Hakim entregó esos tres capítulos cuando dijo que lo haría, y que éstos eran directos, ágiles, vívidos. Hakim vacilaba en la puntuación y la gramática, pero su lenguaje era vivaz y fluido, desprovisto de esos efectos amanerados o altisonantes tan comunes en la escritura maleducada. Firmamos el contrato del libro y, a partir de entonces, Hakim fue un modelo de puntualidad, y también de tolerancia, aunque sin caer en la dejadez, a la hora de discutir las sugerencias que yo le hacía. La gente llegó a decir posteriormente que la inglesa con la que vivía, Gale Benson, le había escrito el libro. Pues no. Ella le ayudó a veces con la gramática o el significado de alguna palabra (a él no le importaba reconocer su ignorancia en esos temas), pero nada más, estoy segura. A Hakim, el hecho de escribir le producía un gran placer y, cuando lograba lo esencial, se consideraba a sí mismo el maestro de Gale, no su alumno.
 Al final de nuestra primera reunión, le tendí la mano pero él dijo: "No, no, yo a mis amigos los beso" y me dio un beso en la mejilla mientras los dos nos reíamos. Unas semanas después, le dije que él había hecho eso para fastidiar a los dos hombres blancos que estaban conmigo, pero él me aseguró que no, que el beso había sido genuino porque él ya había decidido que yo le gustaba. Y yo le creí, encantada.
 Hakim me impresionó enseguida por ser un hombre que siempre conseguía a la mujer que quería, aunque no era especialmente sensual: lo que a él le importaba era seducir, no follar. Es probable, en efecto, que eso fuera verdad, que a Hakim le trajese sin cuidado el hecho de follar; y hasta dudo de que alguna vez se interesara a fondo por una mujer. Lo que realmente le agradaba y excitaba era el efecto que causaba en una mujer, no el que ella causaba en él.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Circe Ediciones, 2006, en traducción de Xoan Abeleira. ISBN: 978-84-7765-244-1.]

sábado, 15 de junio de 2019

Interpretación y análisis de la obra literaria.- Wolfgang Kayser (1906-1960)


Resultado de imagen de wolfgang kayser 
Capítulo primero: supuestos filológicos
1.-Edición crítica de un texto

«Sea cual fuere el aspecto bajo el cual se investiga un texto, la primera condición preliminar es su autenticidad. Si se trata de un libro publicado recientemente, no es posible dudar de ella. La novela reciente, comprada en la librería, ha sido compuesta por el tipógrafo según el manuscrito del autor. Durante la lectura de pruebas, el autor ha corregido todas las erratas (con ayuda de la imprenta y de la editorial) e introduciendo todas las modificaciones que ha considerado necesarias. Publicada la novela, todas las palabras y la puntuación concuerdan con la voluntad del autor, y, por tanto, son auténticas. Puede definirse como texto merecedor de confianza el que representa  la voluntad del autor.
 Pero surgen dificultades cuando se trata de textos cuyos autores han muerto y que continúan imprimiéndose. El que va a la librería y compra una edición barata del Quijote cree tener en las manos el texto verdadero. Pero, si reflexiona un instante, sacará inevitablemente la conclusión de que entre el lector y el autor se han interpuesto varias personas. Primero, hay que contar con el que ha modernizado la ortografía. Cierto que para la verdadera comprensión de la obra, así como para la investigación teórica, la ortografía es, en general, de poca importancia. Más importancia tiene la puntuación. Una coma sustituida por un punto, y otras modificaciones análogas, introducidas por el último editor para facilitar la lectura, pueden alterar el significado de una frase. Puede ir aún más lejos el comprensible deseo del editor, al intentar aligerar la lectura de una obra y conservarla viva, y quizá este deseo le lleve a sustituir por formas y palabras corrientes otras anticuadas, que el público de hoy ya no entiende.
 Puede ocurrir también que en el trabajo de composición tipográfica se haya sustituido erróneamente alguna palabra, poniendo el tipógrafo, por ejemplo, en vez de "Phebe" para él desconocida, "Phebo", el dios del sol, o en vez de "filho de Maia", "filho de María". Estas alteraciones las encontramos ya en la segunda impresión de la obra maestra de la literatura portuguesa, Os Lusiadas. Fácil es imaginarse lo que ocurrió cuando, más tarde, otro impresor tomó como base esta edición, introduciendo aún nuevos errores y alteraciones. La falta de comprensión y la abundancia de ideas (mal empleadas) contribuyen igualmente a la corrupción de los textos. En el caso de Os Lusiadas las averías causadas fueron tales que en 1921 se comprobó que "casi no hay estrofa que no haya sufrido alguna alteración".
 El único medio de salvación parece ser el regreso a la edición primera, la más próxima a la voluntad del poeta. Pero no todo el que desea leer el texto auténtico del Quijote puede adquirir la primera edición. Le bastará leer una nueva edición que presente el texto "auténtico" y esta edición se llama "edición crítica".
 Es cierto que en el caso de la gran novela de Cervantes, como en casi todas las obras antiguas, surgen en seguida nuevas cuestiones: ¿Puede tener validez auténtica la primera impresión? En aquellos siglos, los poetas generalmente no revisaban las pruebas. Una vez entregado el manuscrito para su publicación, el destino de la obra escapaba, por decirlo así, a la protección del autor. En cualquier caso, tenemos que contar con modificaciones hechas por el impresor, ya por negligencia, ya deliberadamente. A estas modificaciones hay que añadir las exigidas por las instituciones de la censura. No era el poeta, sino el impresor, el que tenía que tratar con ellas. Así ocurre que la edición crítica, en los textos más antiguos, sólo aproximadamente nos deja ver la intención del poeta.
 Por los motivos antes indicados, el que haga una edición crítica no puede contentarse simplemente con la fiel reimpresión de la primera edición. Semejante repetición, aunque sea "facsímil", es decir, fiel en la letra y en la forma, no es un texto crítico. Por otra parte, en el llamado "aparato crítico", el que hace la edición crítica tendrá que indicar todas las modificaciones que ha introducido, incluso cuando se trata de la corrección de un error gráfico evidente, justificando estas modificaciones y facilitando así al lector la posibilidad de investigar y decidir por sí mismo. Si, además de la primera impresión, existe el manuscrito del poeta, el que hace la edición debe reproducir en el aparato todos los pasajes que en el manuscrito son diferentes. Se ha establecido la costumbre de designar las versiones impresas con mayúsculas latinas (A, B, C, etc.) y las versiones manuscritas con minúsculas (a, b, c, etc.).
 Al comienzo del aparato crítico se encuentra siempre una lista de las designaciones usadas y una exposición de los principios seguidos en la edición. Quien haya de utilizarla deberá estudiar las dos, y estudiarlas detenidamente, antes de comenzar el trabajo.
 Sírvanos como ejemplo la edición crítica del drama de Lope de Vega titulado El castigo sin venganza. De esta obra existen el autógrafo (en la biblioteca Ticknor de Boston) y varias ediciones, dos de las cuales fueron "autorizadas" por Lope: la llamada "suelta", de 1634, publicada en Barcelona, y la que va en la parte XXI de las obras dramáticas de Lope, publicada el año 1635 en Madrid. De estas dos se derivan todas las ediciones posteriores, y por tanto no es necesario tenerlas en cuenta en una edición crítica. Ocurre además que la edición de 1635 sigue en absoluto a la de 1634 y las divergencias no son más que erratas introducidas por el tipógrafo.
 Así, pues, para una edición crítica, el problema queda reducido a decidir si para el texto debe servir de base el autógrafo o la edición de 1634. No era difícil encontrar una respuesta: [...] Se comprende que haya elegido como base del texto el autógrafo del poeta, indicando en el aparato crítico (al pie de cada página) las variantes de la edición de 1635 (designada por XXI).»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 1981, en versión de María D. Mouton y V. García Yebra. ISBN: 84-249-0005-7.]