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domingo, 20 de octubre de 2024

Critón o del deber.- Platón (427 - 327 a.C.)

 

  «Sócrates: Nosotros, mi querido Critón, no debemos curarnos de lo que diga el pueblo sino sólo de lo que dirá aquél que conoce lo justo y lo injusto, y este juez único es la verdad. Ves por esto que sentaste malos principios cuando dijiste al comienzo que debíamos hacer caso de la opinión del pueblo sobre lo justo, lo bueno y lo honesto y sus contrarios. Quizá me dirás: pero el pueblo tiene el poder de hacernos morir.
 Critón: Seguramente que se dirá.
 Sócrates: Así es, pero mi querido Critón, esto no podrá variar la naturaleza de lo que acabamos de decir. Y si no, respóndeme: ¿no es un principio sentado que el hombre no debe desear tanto el vivir como el vivir bien?
 Critón: Estoy de acuerdo.
 Sócrates: ¿No admites igualmente que vivir bien no es otra cosa que vivir como lo reclaman la probidad y la justicia?
 Critón: Sí.
 Sócrates: Conforme a lo que acabas de concederme, es preciso examinar ante todo si hay justicia o injusticia en salir de aquí sin el permiso de los atenienses; porque si esto es justo, es preciso intentarlo; y si es injusto es preciso abandonar el proyecto. Porque con respecto a todas esas consideraciones que me has alegado, de dinero, de reputación, de familia, ¿qué otra cosa son que consideraciones de ese vil populacho que hace morir sin razón y que sin razón quisiera después hacer revivir, si le fuera posible? Pero respecto a nosotros, conforme a nuestro principio, todo lo que tenemos que considerar es si haremos una cosa justa dando dinero y contrayendo obligaciones con los que nos han de sacar de aquí, o bien si ellos y nosotros no cometeremos en esto injusticia; porque, si la cometemos, no hay más que razonar; es preciso morir aquí o sufrir cuantos males vengan antes que obrar injustamente.
 Critón: Tienes razón, Sócrates, veamos cómo hemos de obrar.
 Sócrates: Veámoslo juntos, amigo mío; y si tienes alguna objeción que hacerme cuando yo hable, házmela, para ver si puedo someterme, y en otro caso, cesa, te lo suplico, de estrecharme a salir de aquí contra la voluntad de los atenienses. Yo quedaría complacidísimo de que me persuadieras a hacerlo pero yo necesito convicciones. Mira, pues, si te satisface la manera con que voy a comenzar este examen y procura responder a mis preguntas lo más sinceramente que te sea posible.
 Critón: Lo haré.
 Sócrates: ¿Es cierto que jamás se pueden cometer injusticias? ¿O es permitido cometerlas en unas ocasiones y en otras no? ¿O bien es absolutamente cierto que la injusticia jamás es permitida, como muchas veces hemos convenido y ahora mismo acabamos de convenir? ¿Y todos estos juicios, con los que estamos de acuerdo, se han desvanecido en tan pocos días? ¿Sería posible, Critón, que en nuestros años, las conversaciones más serias se hayan hecho semejantes a las de los niños, sin que nos hayamos dado cuenta de ello? ¿O más bien es preciso atenernos estrictamente a lo que hemos dicho: que toda injusticia es vergonzosa y funesta al que la comete, digan lo que quieran los hombres, y sea bien o sea mal el que resulte?
 Critón: Estamos conformes.
 Sócrates: ¿Es preciso no cometer injusticia de ninguna manera?
 Critón: Sí, sin duda.
 Sócrates: ¿Entonces es preciso no hacer injusticia a los mismos que nos la hacen, aunque el vulgo crea que esto es permitido, puesto que convienes en que en ningún caso puede tener lugar la injusticia?
 Critón: Así me lo parece.
 Sócrates: ¡Pero qué! ¿Es permitido hacer mal a alguno o no lo es?
 Critón: No, sin duda, Sócrates.
 Sócrates: ¿Pero es justo volver el mal por el mal, como lo quiere el pueblo, o es injusto?
 Critón: Muy injusto.
 Sócrates: ¿Es cierto que no hay diferencia entre hacer el mal y ser injusto?
 Critón: Lo confieso.
 Sócrates: Es preciso, por consiguiente, no hacer jamás injusticia, ni volver el mal por el mal, cualquiera que haya sido el que hayamos recibido. Pero, ten presente, Critón, que confesando esto, acaso hables contra tu propio juicio, porque sé muy bien que hay muy pocas personas que lo admiten y siempre sucederá lo mismo. Desde el momento en que están discordes sobre este punto, es imposible entenderse sobre lo demás y la diferencia de opiniones conduce necesariamente a un desprecio recíproco. Reflexiona bien, y mira si realmente estás de acuerdo conmigo y si podemos discutir, partiendo de este principio: que en ninguna circunstancia es permitido ser injusto, ni volver injusticia por injusticia, mal por mal; o si piensas de otra manera, provoca como de nuevo la discusión. Con respecto a mí, pienso hoy como pensaba en otro tiempo. Si tú has mudado de parecer, dilo, y exponme los motivos, pero si permaneces fiel a tus primeras opiniones, escucha lo que te voy a decir.
 Critón: Permanezco fiel y pienso como tú; habla, ya te escucho.
 Sócrates: Prosigo, pues, o más bien te pregunto: ¿un hombre que ha prometido una cosa justa debe cumplirla o faltar a ella?
 Critón: Debe cumplirla.
 Sócrates: Conforme a esto, considera si saliendo de aquí sin el consentimiento de los atenienses haremos mal a alguno y a los mismos que no lo merecen. ¿Respetaremos o eludiremos el justo compromiso que hemos contraído?
 Critón: No puedo responder a lo que me preguntas, Sócrates, porque no te entiendo.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones EDAF, 1980, en versión de Patricio Azcárate, pp. 30-33. ISBN: 84-7166-656-1.]

miércoles, 6 de septiembre de 2017

"Timeo o de la naturaleza".- Platón (427 a.C. - 347 a.C.)


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«Timeo: Sí, ciertamente Sócrates; todos los hombres, por poca parte que tengan en la sabiduría y sensatez, cuando están a punto de emprender algún asunto, sea pequeño o sea grande, invocan siempre de alguna manera a la divinidad. En cuanto a nosotros, que vamos a discurrir y pensar sobre el Cosmos, que vamos a decir de qué manera nació, o si no nació de ninguna manera, con mucha más razón nos es necesario, de no ser que por el momento perdamos el espíritu, pedir la ayuda de los dioses y las diosas y rogarles que nuestras intenciones, en todo lo que a ellos se refiere, sean siempre conformes ante todo a su pensamiento, y en lo que a nosotros se refiere, que estén lógicamente ordenadas. Respecto de los dioses, sea ésta nuestra invocación. Y por lo que a nosotros respecta, invoquémosles también, a fin de que vosotros captéis rápidamente y yo exponga lo más claramente posible lo que pienso sobre nuestro tema.
 Ahora bien: según yo veo las cosas, se pueden en primer lugar establecer la siguientes divisiones. ¿Cuál es el ser eterno que no nace jamás y cuál es aquél que nace siempre y no existe nunca? El primero es aprehendido por la inteligencia y el raciocinio, pues es constantemente idéntico a sí mismo. El segundo es objeto de la opinión unida a la sensación irracional, ya que nace y muere; pero no existe jamás realmente.
 Por lo demás, todo lo que nace, nace necesariamente por la acción de una causa, pues es imposible que, sea lo que sea, pueda nacer sin causa. Así, pues, todas las veces que el demiurgo, con sus ojos sin cesar puestos en lo que es idéntico a sí, se sirve de un modelo de tal clase, todas las veces que él se esfuerza por realizar en su obra la forma y las propiedades de aquello, todo lo que de esta manera produce es necesariamente bello y bueno. Por el contrario, si sus ojos se fijaran en lo que es nacido, si utilizara un modelo sujeto al nacimiento, lo que él realizaría no sería bello y bueno.
 Sea, pues, el cielo entero o el Cosmos, o si este ser puede recibir otro nombre más adecuado, démosle este. Y planteémonos, respecto de él, la cuestión que decíamos es necesario plantearse al comenzar con cualquier cosa. ¿Ha existido siempre, no ha tenido ningún comienzo, o bien ha nacido, ha comenzado a partir de un término inicial? Ha nacido, puesto que es visible y tangible, y porque tiene cuerpo. En efecto, todas las cosas de este tipo son sensibles y todo lo que es sensible y se aprehende por medio de la opinión y la sensación está evidentemente sujeto al devenir y al nacimiento. Ahora bien: según hemos dicho, es necesario que todo lo que ha nacido haya nacido por la acción de una causa determinada. Sin embargo, descubrir al autor y al padre de este Cosmos es una gran hazaña y, una vez se lo ha descubierto, es imposible divulgarlo de modo que llegue a todo el mundo.
 Pero es necesario aún, tratando del Cosmos, preguntarse según cuál de los dos modelos lo ha hecho el que lo ha realizado, si lo ha hecho de acuerdo con el modelo que es idéntico a sí y uniforme, o si lo ha hecho según el modelo generado o nacido. Ahora bien: si el Cosmos es bello y el demiurgo es bueno, es evidente que pone sus miradas en el modelo eterno. En caso contrario, cosa que no nos cabe suponer, habría mirado al modelo nacido. Es absolutamente evidente para todos que ha tenido en cuenta el modelo eterno. Pues el Cosmos es lo más bello de todo lo que ha sido producido y el demiurgo es la más perfecta y mejor de las causas. Y, en consecuencia, el Cosmos hecho en estas condiciones ha sido producido de acuerdo con lo que es objeto de intelección y reflexión y es idéntico a sí mismo.
 Ahora bien: si esto es así, resulta también absolutamente necesario que este mundo sea la imagen de otro mundo. Lo más importante en todas las materias es comenzar por sus comienzos naturales. [...] Porque hay la misma relación entre el Ser y el devenir, y la verdad y la creencia u opinión. [...] hay que felicitarnos por ello, recordando que yo, el que habla, y vosotros, que juzgáis, no somos más que hombres, de manera que en estas materias nos basta aceptar una narración verosímil y no debemos buscar más.
 Sócrates: Perfecto, Timeo, y esto hay que entenderlo del todo como vos disponéis. Nosotros hemos acogido con admiración vuestro preámbulo. Acabad de darnos ahora, de un trazo, el texto de la ley.
 Timeo: Digamos, pues, por qué causa el que ha formado el devenir y el Cosmos los ha formado. Ese hacedor era bueno, y en cuanto bueno no nace en él ninguna clase de envidia respecto de nadie. Ajeno a la envidia, ha querido que todas las cosas naciesen lo más semejantes a él posible. Hay plena razón para admitir esta opinión de boca de los sabios, a saber: que ese dicho es el principio esencial del devenir y del Cosmos.
 El Dios ha querido que todas las cosas fuesen buenas: ha dejado aparte, en la medida en que ello estaba en su mano, toda imperfección, y así ha tomado toda esa masa visible, desprovista de todo reposo y quietud, sometida a un proceso de cambio sin medida y sin orden, y la ha llevado del desorden al orden, ya que estimaba que el orden vale infinitamente más que el desorden. Y al que es óptimo no le estaba permitido ni le está permitido hacer sino lo que es más bello.»
 

lunes, 25 de julio de 2016

"Exposición de 'La República' de Platón".- Averroes (1126-1198)


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 Tratado primero
 6.-La formación militar

 "Decimos, pues, que Platón sostiene que un solo ciudadano no puede desarrollar más de un arte; y ello es porque cada hombre no está cualificado por la naturaleza para realizar más de un oficio. Además, tan sólo mediante la adquisición desde la juventud el hombre adquiere el hábito mediante el cual se desarrolla la actividad de un arte. Así, si un hombre no domina el juego de palestra llamado torneo y el deporte hípico, solamente si persevera en ambos y los adquiere mientras es joven podrá vencer, llegado el caso, en el arte hípico. Por otra parte, cada una de las artes debe perfeccionarse al mismo tiempo y en un lapso coincidente, pues atarearse en más de un oficio frustra necesariamente las acciones de todos. En relación con esto, Platón afirma que los guardianes deben abstenerse de las otras artes. También asegura que haciéndose la elección para dicha actividad entre las distintas naturalezas, los elegidos deben ser los que unan energía corporal, agilidad física y agudeza de los sentidos, para que en un instantes sean capaces de advertir un evento, apenas se presenta, cogiéndolo al vuelo, como sucede con el cachorro y el perro de caza, para los cuales no hay diferencia entre los dos caracteres, sea para la caza sea para actuar como guardianes. Tales son, pues, las cualidades corporales que deben tener los guardianes y los guerreros.
 En cuanto a las cualidades anímicas, se necesita que la persona esté naturalmente dotada de un modo equilibrado, sin lo cual no sería posible que pudiera atraer y repeler del mismo modo. En esta cuestión lo mismo sucede en el hombre que en los animales, excepto que resulta difícil pensar que alguien que haya sido formado en dichas disposiciones corporal y anímicamente pueda así odiar y amar. Dichas dos fuerzas opuestas deberían darse al mismo tiempo en estas gentes, de tal modo que sintiesen amor hacia los ciudadanos y odio a los enemigos. En relación con esto parece imposible que un mismo hombre esté naturalmente dotado por naturaleza de dichas dos disposiciones. Sin embargo, los guardianes no serían tales si en ellos no se diesen juntos estos dos temperamentos. Aunque se considere imposible, su compatibilidad puede observarse en numerosos animales; por ejemplo, en la condición natural del perro, que está dispuesta de un modo semejante, siendo totalmente compatible obrar de un modo con quienes conoce y justamente del contrario con los desconocidos.
 Afirma, pues, Platón que es condición indispensable para ser guardián que esté naturalmente dotado de amor a los que conoce; y dicho hábito tiene un carácter filosófico, pues sólo quien elige con conocimiento y razón puede ser naturalmente virtuoso. Y rechazará a los desconocidos, no porque los odie personalmente, sino porque no los conoce; y del mismo modo, el amor que siente por los conocidos no lo será porque sea más bueno que el otro, sino por ser prójimos. Así sucede en el caso de los animales que hemos comparado antes con los guardianes, que se encaran con alguien desconocido hacia el que muestran repulsión, aunque previamente no hayan recibido daño alguno de él mientras que la persona conocida les es más agradable que la anterior, aunque no hubiesen tenido trato alguno con ella. Yendo más lejos, de tal disposición hemos hecho condición necesaria para ser guardián, para que pueda disponer de dichas dos cualidades de modo adecuado: amor para todos los que le son conocidos, o sea, los ciudadanos y repulsión hacia los desconocidos considerados enemigos. Para que el amor o la repulsión operen como una ventaja o una dificultad debe evitarse que los enemigos se conviertan en jefes y éstos en enemigos. Todo esto es evidente por sí mismo.
 De todo ello debe deducirse que los guardianes y guerreros deben ser por naturaleza sabios, amantes del conocer y enemigos de la ignorancia, conveniendo que fuesen viriles, ágiles, fuertes y perspicaces. Y en cuanto al modo de disciplinarlos y educarlos se deberá hacer de dos modos: uno, por medio de la gimnasia y otro por la música. Por la primera adquirirán las virtudes adecuadas para el cuerpo y por la música la disciplina y virtudes del alma. Generalmente, dicha formación musical es la primera en el tiempo ya que la facultad cognoscitiva es anterior a la potencia física".

miércoles, 20 de mayo de 2015

"Sobre la fotografía".- Susan Sontag (1933-2004)


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El mundo de las imágenes

 "Una sociedad capitalista requiere una cultura basada en imágenes. Necesita suministrar muchísimo entretenimiento con el objeto de estimular la compra y anestesiar las lesiones de clase, raza y sexo. Y necesita reunir cantidades ilimitadas de información para poder explotar mejor los recursos naturales, incrementar la productividad, mantener el orden, hacer la guerra, dar trabajo a los burócratas. Las capacidades gemelas de la cámara, para subjetivizar la realidad y para objetivarla, sirven inmejorablemente a estas necesidades y las refuerzan. Las cámaras definen la realidad de las dos maneras esenciales para el funcionamiento de una sociedad industrial avanzada: como espectáculo (para las masas) y como objeto de vigilancia (para los gobernantes). La producción de imágenes también suministra una ideología dominante. El cambio social es reemplazado por cambios en las imágenes. La libertad para consumir una pluralidad de imágenes y mercancías se equipara con la libertad misma. La reducción de la opción política libre al consumo económico libre requiere la producción y el consumo ilimitado de imágenes.
 La razón última de la necesidad de fotografiarlo todo reside en la lógica misma del consumo. Consumir significa quemar, gastar -y, por lo tanto, necesidad de reabastecimiento. Como hacemos imágenes y las consumimos, necesitamos aún más imágenes; y más. Pero las imágenes no son un tesoro por el cual se necesite saquear el mundo; son precisamente lo que está a mano dondequiera posemos la mirada. La posesión de una cámara puede inspirar algo semejante a la lujuria. Y como todas las formas creíbles de lujuria, nunca se puede saciar. primero, porque las posibilidades de la fotografía son infinitas, y segundo, porque el proyecto termina por devorarse a sí mismo. Las tentativas de los fotógrafos por realzar una realidad vaciada contribuyen al vaciamiento. Nuestra opresiva percepción de la transitoriedad de todo es más aguda desde que las cámaras nos dieron los medios para "fijar" el momento fugitivo. Consumimos imágenes a un ritmo aún más acelerado y, así como Balzac sospechaba que las cámaras consumían capas del cuerpo, las cámaras consumen la realidad. Las cámaras son el antídoto y la enfermedad, un medio de apropiarse de la realidad y un medio de volverla obsoleta.
 En efecto, los poderes de la fotografía han desplatonizado nuestra comprensión de la realidad, imposibilitándonos cada vez más reflexionar acerca de nuestra experiencia de acuerdo con la distinción entre imágenes y cosas, entre copias y originales. Homologar las imágenes con sombras -copresencias transitorias, mínimamente informativas, inmateriales, impotentes, de las cosas reales que las proyectan- convenía a la actitud despectiva de Platón ante las imágenes. Pero la fuerza de las imágenes fotográficas proviene de que son realidades materiales por derecho propio, depósitos ricamente informativos flotando en la estela de lo que las emitió, medios poderosos para poner en jaque a la realidad, para transformarla a ella en una sombra. Las imágenes son más reales de lo que cualquiera pudo haber imaginado. Y como son un recurso ilimitado que jamás se agotará con el despilfarro consumista, hay razones de más para aplicar el remedio conservacionista. Si acaso existe un modo mejor de incluir el mundo de las imágenes en el mundo real, se necesitará una ecología no sólo de las cosas reales sino también de las imágenes". 

jueves, 5 de febrero de 2015

"El hombre y lo divino".- María Zambrano (1904-1991)

   

"El tiempo, no el cósmico, sino el humano, es lo más resistente e implacable de la humana condición. Pero en él existe una apertura que atrae la esperanza, algo así como el canal propio de la esperanza: es el porvenir. Y aun dicho con mayor precisión, el futuro.
 Porque el porvenir es el mañana previsible, lo que se prevé presente y es presente ya cierto modo; participa de la seguridad que la conciencia establece en todo lo que hace entrar en ella. Mientras que el futuro es lo desconocido como tal, el reino de la ilimitada esperanza y toca, siendo una dimensión del tiempo, lo intemporal. Si la expresión fuera válida se le podría llamar lo supratemporal, porque siendo tiempo se escapa del carácter relativo de la temporalidad; se presenta con un carácter absoluto.
 Son las propias esperanzas humanas, incluidas la esperanza suprema y casi siempre oculta de que nuestra vida, sin dejar de ser vida y nuestra, tenga los caracteres que le faltan y que le son contradictorios: identidad, realización total y completa, realidad total.
 Mas el futuro tiene por sí mismo la condición de no llegar nunca; lo que se hace real es el porvenir, dejando de ser porvenir y convirtiéndose en presente. El porvenir no trasciende la caverna temporal; el futuro proporciona, por lo menos, una ilusión de trascenderla.
 Porque la forma espontánea en que la vida humana se produce es siempre la caverna. Cada época tiene la suya como tiene su infierno propio. En cada época el hombre siente su confinamiento en diversa manera; la resistencia que encuentra ante la realidad es su caverna.
 Platón, en la Alegoría de la caverna que define la situación del hombre antiguo, encuentra la solución en salir fuera. Salir fuera desligándose de la condición terrestre, "dentro" irremisiblemente condenado; tenía que abandonar su propio recinto para ir al espacio abierto donde se mueven -viven- las ideas.
 El conocimiento era el único camino de "salvación". Y conocer es identificar el pensar propio con el ser -idea o esencia-; es un proceso que al cumplirse nos transporta a la pura objetividad, nos convierte en la objetividad. Y lo que de nosotros no puede ser convertido -el dentro en que gemimos- queda abandonado. Lo primero, el tiempo. Conocer es salir de la caverna temporal.
 El cristianismo ofreció desde el primer momento la conversión de la caverna temporal. El hombre interior de San Pablo que por obra de Cristo nace desde lo más hondo de la interioridad y al nacer transforma todo el tiempo en eternidad: y aun la carne tiene su promesa de resurrección. El cristiano no ha de abandonar propiamente nada, pues al nacer en Cristo, al nacer por Cristo, arrastra y transforma su entera condición. Ser cristiano es entrar en sí mismo, entrar en Cristo que yace en cada uno de los hombres. Despertar en Él, nacer en Él.
 San Agustín ofreció la fórmula en términos filosóficos: "No busques fuera; vuelve a ti mismo, en el interior del hombre habita la verdad". La caverna temporal -en términos de filosofía moderna, la subjetividad- quedaba trascendida enteramente por la revelación de Dios en ella.
 En la situación actual, el hombre, nacido en la atmósfera y en la tradición del cristianismo, no sale fuera en busca de la verdad; queda en sí mismo. Mas en la ausencia de Dios, vuelve a vivir en la caverna temporal. El futuro es su Dios desconocido".

sábado, 31 de enero de 2015

"Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano".- G.W.Leibniz (1646-1716)


  

"Teófilo: Os lo concedo en lo referente a las ideas puras, que contrapongo a las imágenes de los sentidos, y respecto a las verdades necesarias o de razón, que opongo a las verdades de hecho. En tal sentido, hay que afirmar que toda la Aritmética y la Geometría son innatas y están en nosotros de una manera virtual, de suerte que resulta posible encontrarlas si se las considera con atención y dejando de lado lo demás que tenemos en el espíritu, sin servirse de ninguna otra verdad aprendida por medio de la experiencia o por tradición ajena, tal y como Platón lo demostró en un diálogo, en el cual presenta a Sócrates conduciendo a un niño a verdades abstrusas por el solo medio de las preguntas, sin enseñarle nada. Por tanto, es posible fabricarse ciencias enteras en el propio gabinete, e incluso a ciegas, sin aprender mediante la vista o el tacto las verdades necesarias; aunque también es cierto que las ideas de que tratamos no habrían sido consideradas si nunca hubiésemos visto ni tocado nada. Una admirable economía de la naturaleza hace que no podamos tener pensamientos abstractos que no se apoyen en algo sensible, aun cuando no se trate mas que de caracteres como las figuras de las letras, o de sonidos; sin embargo, entre dichos pensamientos y los caracteres no existe ninguna conexión necesaria. Si estas huellas sensibles no fuesen necesarias, tampoco existiría la armonía preestablecida, sobre la cual tendré ocasión de conversar con vos más ampliamente. Pero todo eso no impide que el espíritu tome las verdades necesarias de sí mismo. De vez en cuando, se aprecia lo lejos que podría ir sin ningún tipo de ayuda, como en el caso del muchacho sueco que llegó a hacer de memoria e instantáneamente grandes cálculos, a base de cultivarla, sin haber aprendido la manera usual de contar, ni tampoco a leer ni a escribir, si es que recuerdo bien lo que se me contó al respecto. Cierto es que no llegó a resolver los problemas inversos, como los planteados en la extracción de raíces; pero eso no impide que hubiera podido conseguirlo por sí mismo mediante alguna nueva habilidad de su espíritu. De manera que todo eso lo único que prueba es que existen grados en la dificultad que tenemos para apercibirnos de lo que hay en nosotros mismos. Hay principios innatos que son comunes, y muy sencillos para todos; hay teoremas que, asimismo, se descubren pronto y construyen las ciencias naturales, las cuales son comprendidas mejor por algunos que por otros. En fin, en un sentido más amplio que es bueno utilizar para llegar a nociones más comprehensivas y determinadas, todas las verdades que se pueden deducir de los conocimientos innatos primitivos pueden a su vez ser denominadas innatas, porque el espíritu las puede extraer de su propio fondo, aun cuando a menudo no resulte fácil. Y si alguien da a las palabras otro sentido, no quiero entrar en discusiones referentes a palabras".

lunes, 19 de enero de 2015

"Metafísica".- Aristóteles (384 a.C. - 322 a.C.)

           

"La doctrina de las ideas nació entre sus fundadores de la consecuencia de los argumentos de Heráclito sobre la verdad de las cosas; argumentos que los persuadieron y según los cuales todas las cosas sensibles se encuentran en un flujo perpetuo, de forma que si hay ciencia y conocimiento de algo deben existir realidades fuera de las naturalezas sensibles, realidades permanentes, pues no hay ciencia de lo que está en perpetuo fluido. Sócrates se encerró en el estudio de las virtudes morales y fue el primero que planteó el problema de la definición general de estos objetos, pues, entre los físicos, Demócrito se había empeñado en una pequeña parte de la física y sólo definía lo caliente y lo frío y, anteriormente, los pitagóricos no habían definido más que un pequeño número de seres, de los cuales redujeron las nociones a los números: así eran las definiciones de la ocasión, lo justo o el matrimonio. Con razón Sócrates buscaba la esencia pues intentaba hacer silogismos y el principio de los silogismos es la esencia. La dialéctica no era todavía en aquel tiempo potencia bastante fuerte para razonar sobre los contrarios independientemente de la esencia y para determinar si la ciencia de los contrarios es una. Por lo tanto, con justo motivo podemos atribuir a Sócrates el descubrimiento de estos dos principios: el discurso inductivo y la definición general, ambos relativos al punto de partida de la ciencia. Sin embargo, Sócrates no concedía existencia separada a los universales ni a las definiciones.
 Por el contrario, los filósofos que vinieron después de él las separaron y dieron a tales realidades el nombre de ideas. Y así llegaron a otra consecuencia por un razonamiento idéntico: admitir como ideas todo aquello que es universal, y esto era casi como si alguien quisiera hacer una cuenta y creyese no poder conseguirla porque los números fueran demasiado pequeños y entonces los aumentara para efectuar su cuenta. En efecto, existe un mayor número de ideas, por decirlo así, que de individuos sensibles de los cuales esos filósofos buscan las causas y de los cuales proceden para llegar a las ideas. Efectivamente, a cada cosa corresponde una realidad homónima, y existiendo aparte tantas sustancias propiamente dichas como esencias de las demás cosas que suponen la unidad de una multiplicidad, ya se trate de una multiplicidad sensible o de una multiplicidad eterna.
 Luego, partiendo de todos los argumentos dialécticos mediante los cuales los platónicos pretenden demostrar la existencia de las ideas, llegan a la conclusión de que ninguno es evidente. Algunos de ellos no conducen a una conclusión necesaria, otros establecen ideas de las cosas que, según la misma opinión de lo platónicos, no las tienen. En efecto, de los argumentos basados en la existencia de las ciencias surgirán ideas de todas las cosas que son objeto de una ciencia; del argumento de la unidad de una multiplicidad surgirán también negaciones; finalmente, del argumento de que incluso lo que perece constituye un objeto del pensamiento surgirá también la idea de los objetos destruidos , pues su representación sigue presente en el pensamiento. Incluso algunos razonamientos más exactos conducen unos a admitir las ideas de los relativos y otros al argumento del tercer hombre. (Ahora bien, lo relativo no es considerado por los platónicos como un género en sí)". 

sábado, 20 de diciembre de 2014

"El banquete o del amor". Platón (427-347 a.C.)


  

"Pero antes que nada tenéis que llegar a conocer la naturaleza humana y sus vicisitudes, porque nuestra primitiva naturaleza no era la misma de ahora, sino diferente. En primer lugar, eran tres los géneros de los hombres, no dos, como ahora, masculino y femenino, sino que había también un tercero que participaba de estos dos, cuyo nombre perdura hoy en día, aunque como género ha desaparecido. Era, en efecto, entonces el andrógino una sola cosa, como forma y como nombre, partícipe de ambos sexos, masculino y femenino, mientras que ahora no es más que un  nombre sumido en el oprobio. En segundo lugar, la forma de cada individuo era en su totalidad redonda, su espalda y sus costados formaban un círculo; tenía cuatro brazos, piernas en igual número al de los brazos, dos rostros sobre un cuello circular, semejantes en todo, y estos dos rostros, que estaban colocados en sentidos opuestos, estaban en una sola cabeza; además, cuatro orejas, dos órganos sexuales y todo el resto era tal como se puede figurar por esta descripción. Caminaba en posición erecta como ahora, hacia adelante o hacia atrás, según deseara; pero siempre que le daban ganas de correr con rapidez hacía como los acróbatas, que dan la vuelta de campana haciendo girar sus piernas hasta caer en posición vertical y, como eran entonces ocho los miembros en que se apoyaba, avanzaba dando vueltas sobre ellos a gran velocidad. [...] Eran, pues, seres terribles por su vigor y su fuerza; grande era además la arrogancia que tenían y atentaron contra los dioses. [...] Entonces Zeus y los demás dioses deliberaron qué debían hacer y se encontraban en gran aprieto. No les era posible darles muerte y extirpar su linaje, fulminándolos con el rayo como a los gigantes, pues en ese caso los honores y sacrificios que recibían de los hombres se hubieran acabado, ni tampoco el consentirles su insolencia. Con gran trabajo, al fin Zeus concibió una idea y dijo: "Me parece tener una solución para que pueda haber hombres y para que, por haber perdido fuerza, cesen su desenfreno. Ahora mismo voy a cortarlos en dos a cada uno de ellos y así serán a la vez más débiles y más útiles para nosotros por haberse multiplicado su número. Caminarán en posición erecta sobre dos piernas; pero si todavía nos parece que se muestran insolentes y no quieren estar tranquilos, de nuevo los cortaré en dos, de modo que anden en lo sucesivo sobre una sola pierna, saltando a la pata coja". Tras decir esto, dividió en dos a los hombres, al igual que los que cortan las hierbas poniéndolas a secar o de los que cortan los huevos con una crin. Y a todo aquel que iba cortando ordenaba a Apolo que le diera la vuelta a su rostro y a la mitad de su cuello en el sentido del corte para que el hombre, al ver su seccionamiento, se hiciera más disciplinado y además le daba orden de curarlo. Dábales, pues, Apolo la vuelta a los rostros y reuniendo a estirones la piel de todas partes hacía lo que ahora se llama vientre, la ataba como si se tratara de una bolsa con cordel, haciendo un agujero en medio del vientre, que es precisamente lo que se llama ombligo. En cuanto a las arrugas que quedaban, las alisó en su mayor parte y dio también forma al pecho con un instrumento semejante al que usan los zapateros cuando alisan sobre la horma del calzado los pliegues de los cueros. [...] Mas una vez que fue separada la naturaleza humana en dos, añorando cada parte a su propia mitad, se reunía con ella. Se rodeaban con sus brazos, se enlazaban entre sí deseosos de unirse en una sola naturaleza y morían de hambre y de inanición general por no querer hacer nada los unos separados de los otros. Así siempre que moría una de las mitades y quedaba sola la otra, la que quedaba con vida buscaba otra y se enlazaba a ella, bien fuera mujer entera -lo que ahora llamamos mujer- la mitad con que topara o de varón, y así perecían. Mas compadeciéndose Zeus, imaginó otra traza, y les cambió de lugar sus vergüenzas, colocándolas hacia adelante, pues hasta entonces las tenían en la parte exterior y engendraban y parían no los unos en los otros sino en la tierra, como las cigarras. Y realizó en esta forma la transposición de sus partes pudendas hacia delante e hizo que mediante ellas tuviera lugar la generación en ellos mismos, a través del macho en la hembra, con la doble finalidad de que si en el abrazo sexual tropezaba el varón con mujer engendraran y se perpetuara la raza y si se unían macho con macho hubiera al menos hartura del contacto, tomaran un tiempo de descanso, centraran su atención en el trabajo y se cuidaran de las demás cosas de la vida. Desde tan remota época, pus, es el amor de los unos a los otros connatural a los hombres y reunidor de la antigua naturaleza y trata hacer un solo ser de los dos y de curar a la naturaleza humana. Cada uno de nosotros, efectivamente, es una contraseña de hombre, como resultado del corte en dos de un solo ser y presenta solo una cara como los lenguados. De ahí que busque siempre cada uno a su propia contraseña. Así pues, cuantos hombres son sección de aquel ser partícipe de ambos sexos, que entonces se llamaba andrógino, son mujeriegos; los adúlteros también en su mayor parte proceden de este género y, así mismo, las mujeres aficionadas a los hombres y las adúlteras derivan también de él. En cambio, cuantas mujeres son corte de mujer no prestan excesiva atención a los hombres sino que más bien se inclinan a las mujeres y de este género proceden las tribadas. Por último, todos los que son sección de macho, persiguen a los machos y mientras son muchachos, como lonchas de macho que son, aman a los varones y se complacen en acostarse y en enlazarse con ellos; [...] lo que se llama amor, por consiguiente, es el deseo y la persecución de ese todo. Anteriormente, como digo, constituíamos un solo ser, pero ahora, por nuestra injusticia, fuimos disgregados por la divinidad [...] Y existe el peligro de que, si no nos mostramos disciplinados con los dioses, se nos seccione de nuevo y marchemos por ahí como esos que están esculpidos de perfil en las estelas, serrados en dos por la nariz y convertidos en medias tabas".