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sábado, 22 de enero de 2022

Una extraña dictadura.- Viviane Forrester (1925-2013)


Resultado de imagen de viviane forrester «”¿Qué bien nos deseamos?” Una pregunta que deberíamos poder hacernos siempre, en lugar de tener que preguntarnos sin cesar a qué mal nos es más urgente escapar. “¿Qué bien nos deseamos?”  Pregunta prohibida: estaría bueno que se reclamasen cosas superfluas, o incluso una norma favorable, más aún una travesía cautivadora y armoniosa de la existencia, ¡mientras que lo indispensable se convierte en una mercancía en vía de desaparición! ¿Sería razonable preocuparse de las condiciones de trabajo o de vida, mientras que hay que abogar tanto, remar para encontrar esos puestos de trabajo impuestos y rechazados en un mundo en el que la supervivencia depende de ellos, pero en el que faltan? 
 “¿Qué bien nos deseamos?” Es sin embargo el tener de sobra donde escoger lo que debería preocuparnos. Esta época de la historia, la nuestra, posee una capacidad hasta ahora desconocida de revelarse beneficiosa para la mayoría, precisamente gracias a las fabulosas nuevas tecnologías, capaces de ofrecer abundantes posibilidades de elección de vida, en lugar de agotarlas.
 Sin por ello perderse en la utopía ni fantasear con un paraíso terrestre, hoy en día sería posible imaginar unas vidas llevadas de manera más inteligente, más divertida también, que, liberadas de tantos apremios ¡encontrarían cada una de ellas un lugar en el que serían bienvenidas! Tenemos los medios para ello. Hemos adquirido los medios para ello. Nuestra especie los ha adquirido y se los ha dejado birlar por unos pocos que se los han apropiado o los han pervertido. Pero son recuperables.  
 Liberados por las tecnologías de la mayor parte de tareas penosas, ingratas o desprovistas de sentido, todos podríamos y deberíamos estar infinitamente más disponibles para aprovechar otro tipo de oportunidades destinadas a otras labores que no sean, como ahora, las del paro. Unas oportunidades de activarnos en un mundo en que las dotes y los gustos ya no tienen las antiguas razones de ser estrangulados para ponerlos al servicio de tareas ahora transferidas a las máquinas; podrían ser por fin tomados en cuenta, tener por lo menos sus posibilidades de desarrollarse, dedicados a valores y necesidades reales y sin vínculo obligado con la rentabilidad.
 Hoy en día debería desarrollarse como nunca la práctica de oficios, de profesiones y empleos indispensables, pero cuya penuria se hace paradójicamente más manifiesta. No obstante la educación gratuita y obligatoria y la democratización de los estudios han dado a la gran mayoría la capacidad de ejercerlos. Ahora bien, se puede ver, por una parte, cómo esos puestos de trabajo se evaporan a una velocidad vertiginosa, o se convierten en caricaturas de empleos, remunerados en la corriente, mientras que, por otra parte, los oficios y las profesiones son ignorados y automáticamente desatendidos, apartados sin haber sido tomados en consideración, condenados como lujos extravagantes, queridas viejas cosas pasadas de moda, trampas de déficit, de despilfarro, el súmmum de la no rentabilidad. La prueba concreta de que fuera de los senderos de la especulación no existe salvación alguna. 
 Es alucinante que en estos tiempos de lucha proclamada contra el paro y por el empleo, profesiones enteras, repitámoslo, estén cruelmente faltas de efectivos. Hasta el punto de que, por ejemplo, estudiantes de instituto y estudiantes universitarios salen a la calle con sus profesores para reclamar en vano enseñantes en número decente, un personal cuya necesidad es evidente, y su falta angustiosa. ¿La respuesta que de les da, explícita o sobreentendida? Demasiado caro. ¿Qué pareceríamos, en Bruselas y otros lugares, adornados con tales gastos públicos? Y continúan suprimiendo puestos y comprimiendo virtuosamente los efectivos; o, cuando la contestación comienza a ser tumulto, utilizan a interinos y se guardan muy mucho de sacar las plazas a concurso, o rescatan a antiguos profesores no reciclados. Todos ellos tendrán en común el ser infrapagados y librados a la inseguridad que es el destino al cual están abocados tantos de esos estudiantes intentan escapar a ello. 
 ¿Es de verdad razonable dejar que la vida económica dependa de lógicas tales que se pueda -¡e incluso que “sea preciso”, según sus postulados!- tirar a hombres y mujeres como cepillos de dientes viejos para aumentar la productividad, antes que revisar el sistema que propugna tales lógicas? ¿Hay que proseguir nuestro retorno al siglo XIX, exigir una forma de sociedad pasada de moda y retrógrada, antes que adaptar lo real a las necesidades de los vivos? 
 No se trata de ensoñaciones, sino del despertar de una pesadilla. Despertar en un mundo en cuyo seno sería posible terminar con el falso ahorro y las reducciones perversas, por ejemplo hechas a costa de la calidad de los estudios, contando con la brevedad de la juventud para que, cada año, ¡los recién llegados tengan que empezarlo todo de nuevo, tan poco resignados como los anteriores, pero con tan poco tiempo para defender los largos años de su porvenir! 
 También ahí apunta la urgencia y lo que ésta tiene de patético. Esos chicos y esas chicas que durante el tiempo que duran sus estudios tienen que batirse para defenderlos, y defender así su porvenir entero con tan poco tiempo para hacerlo, saben que este período de gracia les esta medido, que no se prorrogará y que todo el curso ulterior de su vida dependerá de él. Combatidos ellos mismos hasta la usura, tienen conciencia de lo que pueden perder. Todo. Saben a qué peligros y a qué rechazos les expone un fracaso, aunque los estudios ya no representen la misma garantía para el porvenir. 
 Por lo menos Francia goza no sólo de escolaridad gratuita sino también de universidades gratuitas, por lo demás ahora cuestionadas en este punto… ¡Busquen los lobbies! ¡Ahora apoyados por algunos mandarines! ¡Oigan su propaganda! Observen su aflicción al ver a tantos jóvenes sacrificados a un saber no exclusivamente destinado a abrirles las puertas de las empresas (que amenazan de todas maneras con seguir cerradas) y al ver arrastrarse en los arcanos del conocimiento a unas “gentes” que, según decretan, nunca se servirán de él. Y que, se adivina, según ellos no deberían arrastrarse por ninguna parte, no mezclar sus pasos en ninguna parte con los pasos tranquilos de las “élites” favorecidas, sino contentarse con aprender, por todo saber, a mantenerse en su lugar y permanecer en él. A fin de que baste luego conducir a ese ganado para que siga al rebaño. 
 Un sistema de dos o más velocidades: ésa es la clave de esta filosofía de la educación que, a partir de la secundaria, ya no favorece más que a un determinado número de alumnos. Tristeza de las escuelas de formación profesional, consideradas por muchos niños que de manera arbitraria son encaminados hacia ellas como el signo de un envilecimiento social, como una sentencia definitiva que les condena a un destino subalterno y angosto. Y no es el entorno o los equipos que ofrecen en general esos centros, ni el número de sus profesores, los que contradirán ese juicio, pues la escuela, forraje de los enseñantes, forraje de la tradición que quiere que a cada niño se le den las mismas oportunidades -por lo menos simbólicamente-, ¡no es rentable! 
Resultado de imagen de viviane forrester una extraña dictadura Ésos se saben ya clasificados. ¿Puede decirse “desclasados”? A quienes arguyen que nada es más útil, más racional y más gratificante que esas escuelas profesionales, pregúntenles dónde estudian sus hijos y los de sus allegados. Infórmense sobre el número de alumnos pertenecientes a las clases pudientes o incluso desahogadas que están inscritos en formación profesional o en esos colegios técnicos que se dicen tan preciados. Descubrirán que allí únicamente van niños que provienen de familias poco favorecidas. Hasta el punto de que uno podría indignarse de que estas últimas hayan podido acaparar tal privilegio, tan apreciado en su discurso por quienes permanecen apartados de lo que admiran tanto y de lo que se apresuran con abnegación a negar a su descendencia, ¡destinada por su parte a unas enseñanzas humanísticas o científicas de amplia vocación prodigadas en centros de punta! 
 Y, además, miren a los ojos a los niños que tienen “derecho” a esos institutos de formación profesional o a esos colegios técnicos. Su habitual tristeza. Su mirada en la frontera de una rebelión imposible, de la pesadumbre y de la aceptación. De cierta renuncia, de un adiós a cierta parte de sí mismos, de una derrota ya, que  presienten la primera. La humillación, también, de verse separados de sus compañeros que sí han pasado a los institutos de enseñanza general y de los que se saben definitivamente segregados, mientras que se les enseña por lo menos una cosa, y ellos lo saben: la resignación. 
 ¿Se resignarán a la resignación? ¿A esta segregación arcaica? Pues, a propósito de arcaísmos, bien estamos aquí en presencia de uno que nos remonta a los tiempos de la condesa de Ségur, en este clima en el que impera un estado de hecho, supuestamente petrificado para siempre, que disocia a los “humildes” de la élite de derecho divino. Encontramos allí los mismos arcaísmos de que se jacta la “modernidad” política actual. 
 No se trata aquí de aprobar, y menos aún de establecer, una jerarquía entre las profesiones, sino, a la inversa, de constatar la desconsideración en la cual son tenidas algunas de ellas, desconsideración que demuestra la disparidad de trato de las diferentes ramas, en detrimento de la rama “profesional”. Si verdaderamente no existe jerarquía entre las profesiones, como claman con entusiasmo quienes quieren imponer algunas de ellas a unos niños a quienes impiden el acceso a otras, no hay razón para que, sea cual fuere el porvenir que se proponga, cada joven no tenga derecho a una enseñanza tan completa como la de todos los demás. Decidir apartar a algunos equivale a tenerlos ya etiquetados, a amputar algunas posibilidades de su porvenir y a rebajarlos de categoría desde la infancia por el mero hecho de la falta de recursos de sus padres. En tanto que supuestamente la escuela republicana debe ofrecer a todos oportunidades equivalentes, lo que es sin duda ilusorio, pero evita una prisa excesiva en imponer lo contrario.
 Esta arbitrariedad, o mejor dicho, la orientación dada a una distribución determinada la mayoría de las veces sin atender a la identidad, los deseos y las potencialidades de cada uno de esos niños es inadmisible. Les va en ello su destino. Si se puede adivinar qué alumnos tienen mayores “probabilidades” de ser encaminados hacia los institutos profesionales, sobre todo se sabe cuáles no entrarán, independientemente de su nivel. Es ése un signo precoz de apartheid, que no depende en absoluto del nivel de los niños, sino de su extracción. Y es ése el signo más indignante.
 Se objetará que, entre los ya separados, algunos alimentan quizás una preferencia por la opción que se les impone.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2001, en traducción de Miguel Ángel Sánchez Férriz, pp. 127-132. ISBN: 84-339-6147-0.]

jueves, 7 de septiembre de 2017

"La historia de mi hijo".- Nadine Gordimer (1923-2014)


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«Nadie podía decir que Sonny no era lo bastante negro para ser portavoz del pueblo, ni por su piel ni por sus actos. Cuando hablaba de detenciones y encarcelamiento, era algo por lo que él había pasado; cuando hablaba del brutal asesinato de los nueve jóvenes a manos de la policía, sabían que él también se había arriesgado a morir así. La existencia de Sonny le enseñaba a ella el verdadero significado de la autoridad, no la autoridad que daba armas a los de la loma. Aunque utilizase el vocabulario de los políticos, porque determinadas palabras y frases eran códigos que todos entendían (no hacía falta intérprete, puesto que incluso utilizando el inglés, sus palabras se amplificaban en el oído de cada persona expresándoles sus propias frustraciones, reivindicaciones y deseos), Sonny no adoptaba la afectación que este léxico produce. No utilizaba posturas ni ademanes estudiados cuando los ojos de la gente estaban fijos en él. Si planteaban alguna pregunta retórica, sus ojos, convertidos en pura pupila por la intensidad de su mirada, se posaban, como si de una conversación corriente se tratase, en una persona concreta en busca de la respuesta que orientase sus propias reflexiones. Si hacía una pausa antes de explicar un determinado punto, no se sentía incómodo por aquel silencio creado por él, seguro de que sería aceptado, y entonces, como para ayudarse a clarificar sus pensamientos, hacía un gesto como el que utilizaría en privado, a veces mostrando la palma de una mano y trazando en ella un círculo imaginario con el pulgar de la otra. Tenía también el don de la espontaneidad, al incluir en su propio discurso su respuesta a anteriores oradores, de manera que lo que decía nunca daba la impresión de estar preparado de antemano sino de haberle sido inspirado por sus propios compañeros y por la vitalidad de la gente que tenía ante sí. Mirando a Sonny, escuchando a Sonny, ella se sintió al fin capaz de definir también la sinceridad: ésta consistía en no hablar nunca basándose en la importancia de uno mismo. Y la franqueza: la franqueza, algo peligroso y bello. Los subterfugios de un amor ilícito hacían posible la franqueza de sus emociones; los subterfugios de la resistencia hacían posible la franqueza en una sociedad mendaz. Sonny dijo una vez que aquello que los opresores llaman subversión es la exposición de la podredumbre del Estado.
 "¿Cuál es el significado de la muerte de los nueve compañeros que hoy honramos? Nueve jóvenes que apenas habían llegado a ser hombres, pero que fueron hombres para resistir ante la gente que os ha cercado y aterrorizado en vuestros hogares. Estos jóvenes compañeros y muchos miles más, muertos por los agentes del apartheid, la policía, el ejército y la witdoeke, han aportado a la lucha su porción del futuro que esa lucha nos va a reportar. Nunca compartirán la participación de nuestro pueblo en la riqueza del país, nuestro pueblo que ahora trabaja para que el trece por ciento de la población tenga el nivel de vida más alto del mundo, mientras la mayoría no tiene para dar de comer a sus hijos. Nunca sabrán lo que es salir de guetos como éste y vivir donde hay electricidad y agua limpia y corriente en casas decentes. Nunca conocerán una época en que nuestros enfermos dejarán de yacer en el suelo de los hospitales segregados mientras hay pabellones llenos de camas vacías en los hospitales para blancos. Nunca conocerán la época en que nuestros ancianos ya no se morirán de hambre por culpa de pensiones que resultan ridículas comparadas con las de los blancos. Nunca conocerán una enseñanza igual para todos, sin distinciones debidas al color de la piel o a la raza, que nuestra educación democrática implantará, y no llegarán a saber que el sistema de migración de la mano de obra -que ahora separa al esposo de la esposa, a los padres de los hijos, y que ha creado la prostitución, los niños sin hogar que vagan por las calles y la propagación de la terrible enfermedad llamada SIDA- será un horror del pasado. Nunca pasearán por nuestra tierra, por la tierra devuelta a nuestra gente, en lugar de ser despachados tras la jornada laboral a hediondos suburbios como éste y a inmundos enclaves rurales en zonas de nuestro país a las que han dado nombres tribales y consideran "estados extranjeros". Nunca vivirán en el país unitario, democrático y no-racista que nuestra lucha va a crear. Han muerto sin libertad; pero han muerto por ella, nuestra libertad. Lo hemos oído de un joven compañero que no está allí en la loma apuntándonos con un fusil, aunque sea blanco. La presencia de nuestros compañeros blancos de la ciudad, hoy, es sin duda una prueba de que los nueve han muerto también por la libertad de los propios blancos. Han muerto por la libertad de toda la gente de este país que quiere ver destruida la opresión y que está dispuesta a unirse a los que luchan para lograrlo. Éste es el significado que tiene para nosotros la muerte de los nueve.
 Cuando mueren jóvenes así, se suele hablar de una muerte sin sentido. Irrita que una vida se trunque tan pronto, brutalmente acabada. Es cierto que para quienes dispararon y mataron a estos nueves jóvenes compañeros la semana pasada, sus muertes son realmente estúpidas, por la razón de que estas muertes y todas las de nuestra gente en los guetos y en las cárceles no nos impedirán que conquistemos la libertad. Éste es, para este gobierno, el significado de las muertes de los nueve jóvenes compañeros que yacen aquí enterrados. Éste es el mensaje. Son muertes sin sentido, porque por más muertes que haya, eso no va a significar que la opresión de nuestra gente pueda continuar indefinidamente. Ninguna violencia que se ejerza contra nosotros podrá detener a tiros la lucha por la paz y la justicia."
 Quién sabe si el viento acarrearía parte del discurso hasta las formaciones situadas en la loma; pero la letanía de los gritos de libertad que interrumpía a Sonny en los momentos esperados (sabía cuándo hacer una pausa para ello) a buen seguro les llegó.»