Mostrando entradas con la etiqueta Presocráticos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Presocráticos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 22 de abril de 2020

La antorcha al oído.- Elías Canetti (1905-1994)

Resultado de imagen de elias canetti 

Segunda parte: Tempestad y coerción. Viena 1924-25
El regalo

«Aquel año que tan apretados vivimos en la Radetzkystrasse es el año de mayor tensión y opresión del que guardo recuerdo.
 No bien entraba en el apartamento, me sentía observado. Nada de lo que hiciese o dijese era correcto. Espacio casi no había: el cuartito en el que dormía y tenía mis libros, y donde intentaba refugiarme lo más rápido posible, quedaba entre la sala de estar y el dormitorio de mi madre y mis hermanos. Era imposible escabullirse en él sin ser visto: los saludos y explicaciones en la sala constituían el principio de cualquier vuelta a casa. Era interrogado, y sin que se pasara de inmediato a las inculpaciones, las preguntas revelaban la desconfianza. ¿Había estado en el laboratorio o bien perdiendo el tiempo en cursos magistrales?
 Mi sinceridad me había hecho acreedor a este tipo de preguntas. Solía hablar sobre todo de aquellos cursos que, por su temática, no estaban demasiado al margen de lo universalmente inteligible. La historia europea desde la Revolución Francesa se hallaba más al alcance de cualquiera que la fisiología de las plantas o la físico-química. El hecho de que no hablara de éstas no suponía, ni mucho menos, una falta de interés. Pero sólo tenía validez y consistencia lo que yo decía, mis propias palabras acababan acusándome: ¡el Congreso de Viena me interesaba más que el ácido sulfúrico! "Te estás dispersando", sonaba el reproche, "así no llegarás a ningún lado".
 -Tengo que asistir a esos cursos -replicaba yo-, si no, me asfixio. No puedo renunciar a todo lo que realmente me interesa por el hecho de estar estudiando algo que no me importa.
 -¿Y por qué no te importa? Te estás preparando a no ejercer ninguna profesión. Temes que la química pueda interesarte algún día. Ésta sí que es una profesión con futuro -y tú te parapetas y alzas barricadas contra ella-. ¡Mucho cuidado con ensuciarte las manos! Lo único limpio son los libros. Asistes a todos los cursos posibles sólo para leer más libros sobre los temas tratados. Es el cuento de nunca acabar. ¿Todavía no te has dado cuenta de cómo eres? Ya de niño eras así. Por cada libro que te enseña algo nuevo necesitas otros diez para ampliar tu información sobre el asunto. Cualquier curso que te interese acaba siendo una carga. La materia te interesará cada vez más. ¡La filosofía de los presocráticos! Muy bien, tienes que dar un Rigorosum sobre ella. De acuerdo en que ha de ser así. Tomas apuntes, ya tienes varios cuadernos llenos, pero, ¿para qué quieres también esos libros? ¿Crees que no sé qué títulos figuran ya en tu lista? No podemos costearlos. Y aunque pudiéramos hacerlo, serías tú el primer perjudicado. Te seducirían más y más cada vez, apartándote de tu especialidad. Dices que Gomperz es muy conocido en este campo; ¿no decías que ya su padre era famoso por sus Pensadores griegos?
 -Sí -la interrumpí-, en tres volúmenes, me encantaría tenerlos. 
 -Basta con que mencione al padre de tu profesor  para que una obra científica en tres tomos se sume a la lista. No creas que pienso regalártela. Conténtate con el hijo. Toma apuntes y aprende de tus cuadernos.
 -Para mi gusto es demasiado lento. No se avanza nunca, nunca, no puedes imaginarte la lentitud. Y quiero seguir leyendo, no puedo esperar hasta que Gomperz llegue a Pitágoras, ya quiero saber algo sobre Empédocles y sobre Heráclito.  
La antorcha al oído: historia de una vida, 1921-1931 de Canetti ... -En Frankfurt leíste un buen número de autores antiguos. Evidentemente nunca eran los apropiados. Por todas partes ibas dejando los tomitos, que eran horribles, todos iguales por fuera. ¿Por qué no figuraban entre ellos los filósofos griegos? Ya entonces te interesabas por esas cosas que luego no necesitarías.
 -En ese tiempo no me gustaban los filósofos. De Platón me alejaba la doctrina de las Ideas, que hace del mundo una apariencia. Y a Aristóteles nunca he podido soportarlo. Es el omnisciente que lo clasifica todo. Al leerlo uno tiene la impresión de estar encerrado en innumerables gavetas. Si hubiera conocido entonces a los presocráticos, créeme que habría leído cada una de sus palabras. Pero nadie me habló nunca de ellos. Todo empezaba con Sócrates; era como si antes nadie hubiera pensado sobre nada. ¿Y sabes una cosa? Sócrates nunca llegó realmente a gustarme. Tal vez he evitado a los grandes filósofos porque eran discípulos suyos.
 -¿Quieres que te diga por qué nunca llegó a gustarte?
 Hubiera preferido que no me lo dijera. Solía formarse una opinión muy personal incluso sobre temas que no conocía a fondo, y sus palabras, aunque yo supiera que no podían ser ciertas siempre me alcanzaban, depositándose como polvo de harina sobre las cosas que me gustaban. Sentía que su intención era quitarme el gusto por ciertas cosas que, según ella, me arrastraban demasiado lejos. Le parecía que, a mi edad, este entusiasmo múltiple y siempre vivo en mí era ridículo y poco viril. Tal era el reproche que más escuché de sus labios cuando vivíamos en la Radetzkystrasse.
 -Sócrates no te gusta porque es muy sensato, parte siempre de lo cotidiano y tiene cierta solidez, le gusta hablar de los artesanos.
 -Pero diligente no era. Se pasaba el día entero conversando.
 -¡Y eso no os agrada, grandes taciturnos! ¡Cómo os leo el pensamiento!
 Y ahí estaba de nuevo ese viejo sarcasmo que yo había conocido a edad muy temprana, cuando aprendía alemán con ella.
 -¿O es que sólo quisieras hablar tú mismo y le temes a gente como Sócrates, que examina escrupulosamente lo que se dice y no le perdona un desliz a nadie?
 Era tan apodíctica como un presocrático, y quién sabe si mi predilección por estos pensadores, que sólo entonces empecé a conocer, no estaría relacionada con su manera de ser, con la que me hallaba  totalmente compenetrado. ¡Qué seguridad tenía siempre al emitir sus opiniones! Si se las puede llamar opiniones, claro está. Cada frase que pronunciaba tenía la fuerza de un dogma: todo era seguro. Ignoraba las dudas, en cualquier caso las relativas a su persona. Tal vez fuera mejor así, pues de haber tenido dudas les hubiera inyectado la misma energía que a sus afirmaciones, y ella misma se hubiera debatido en la duda más total y absoluta, sin salvación posible.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1984, en traducción de Juan J. del Solar B. ISBN: 84-206-0027-X.]

lunes, 10 de diciembre de 2018

Nueva enciclopedia.- Alberto Savinio [Andrea de Chirico] (1891-1952)


Resultado de imagen de alberto savinio 

«Conciencia: Siempre he recelado de Sócrates. (En una breve historia de la filosofía, compilada para su uso personal, Schopenhauer hace esta aguda observación: "Desconfío de los que no han dejado constancia escrita de su pensamiento"). Siempre he recelado de Sócrates pero sobre todo desde que descubrí y comprobé los incalculables daños que la conciencia ha acarreado a la humanidad. Y es a él a quien debemos ese bello regalo, a aquel hombre chato y respingado, a aquel defensor de los instintos plebeyos y de la sordidez mental y a su pérfida, tendenciosa interpretación del apolíneo "conócete a ti mismo". La conciencia existía ya, pero era un vicio que el hombre escondía en sí mismo, sin tener tampoco manera de exteriorizarlo. Y entonces llegó el descontento, el vengativo, el plebeyo envidioso, el antiartista (¡me gustaría a mí ver las estatuas del hijo de Sofronisio!) y se puso a exaltar ese vicio, lo legalizó, le dio autoridad para aparecer en público desvergonzadamente, para pavonearse. Toda la vulgaridad, toda la estupidez, toda la falta de nobleza, toda la superchería y pusilanimidad, toda la fea vida, todo el falso arte que arrecia desde entonces hasta nuestros días, y que hoy trata de imponerse a nosotros, los presocráticos, todo eso se lo debemos a él, a la "partera" de la conciencia.
 [...]
 Cultura: La cultura tiene por objeto principal dar a conocer muchas cosas. Y cuantas más cosas se conocen, tanta menos importancia se da a cada cosa: a más fe, menos fe absoluta. Conocer muchas cosas significa juzgarlas más libremente y, en consecuencia, mejor. Cuantas menos cosas se conocen, tanto más se cree que sólo ésas existen, sólo ésas cuentan, sólo ésas tienen importancia. Y así se llega al fanatismo, o sea a conocer una sola cosa y, en consecuencia, a creer, a tener fe solamente en ella. Véase, si no, el caso de los alemanes, que han llegado a la especialización. También el fanatismo es una especialización. Conclusión: ya que el fin de la cultura es dar a conocer el mayor número posible de cosas, y ya que conocer una cosa equivale a destruirla, el fin supremo de la cultura es la ignorancia. Permítaseme esta declaración de orgullo: yo vislumbro ya este estado supremo de cultura, este estado supremo de ignorancia. Ya vislumbro esta serenidad suprema, esta mirada sumamente sapiente que abarca un mundo de cosas conocidas y, en consecuencia, destruidas. Este cementerio de cosas. Esta paz final. En el fondo esta "meta" mía se confunde con el principio mismo de la vida cristiana, que es ignorar; y llega hasta superarla, porque mi meta ignora incluso a Dios. No sé decir, en verdad, si ignoro a Dios porque mi conciencia lo ha "atravesado" ya o si es porque no ha llegado nunca a conocerlo. Lo que hay que averiguar es si Dios es algo "por conocer".
[...]
 Deliberaciones: "Los persas tienen la costumbre de discutir sus asuntos más importantes en estado de embriaguez y al día siguiente se hacen repetir en ayunas lo que les había parecido bien de la discusión: si lo siguen encontrando bien también en ayunas, lo aceptan; si no, renuncian a ello. Y, a modo de compensación, discuten de nuevo cuando están embriagados las cosas que ya han discutido en ayunas". Esto dice Heródoto en el primer capítulo de sus Historias y Tácito atribuye la misma manera de deliberar a los germanos antiguos. Cuando Heródoto leyó sus Historias en la Olimpíada, el entusiasmo fue tal que a los nueve libros les fueron impuestos, por aclamación, los nombres de las nueve musas. No cabe imaginarse un historiador de nuestro tiempo, Johan Huizinga, por ejemplo, leyendo su Otoño de la Edad Media en las Olimpíadas de Amberes o de Berlín o de Los Ángeles y consiguiendo el mismo éxito. ¿Por qué aquello que era posible "entonces" no lo es ahora? El primer libro de las Historias de Heródoto está dedicado, como es natural, a Clío, que en griego se escribe kleio y significa "ciervo". El nombre de la más severa de las nueve musas revela la verdadera función de la historia, que consiste en ir "cerrando" nuestras acciones pasadas a fin de quitarnos de encima su peso y hacernos encontrar cada mañana un ánimo nuevo, a falta de un mundo nuevo.
[...]
 Etimología: Mi hija (de cinco años) ha descubierto que los fósforos se llaman así porque "se encienden". En sus ojos de oro ha lucido una luz nueva, primer reflejo de una inteligencia más firme de las cosas, de una felicidad más apuntalada por la razón. El mismo júbilo debió de sentir Leopardi al descubrir que náusea viene de naus, nave, y yo también, años más tarde, me sentí muy contento de descubrir que corbata viene de croata y que las dos primeras letras de snobismo son sigla de sine nobilitate, o que tiranno significó en su origen guardián del queso. El descubrimiento etimológico es una "iluminación". El descubrimiento etimológico nos da la impresión (o la ilusión) de tocar con la mano la verdad. De aquí esa gratísima sensación de ambición saciada. Pero es una sensación juvenil y cerrada en los límites de la adolescencia (o, mejor dicho: "del adolescentismo", porque muchas veces el sentimiento "adolescentístico" continúa más allá de la adolescencia). Una vez rotos estos límites, el significado primitivo de las palabras deja de sorprendernos, de arrebatarnos, y prudentemente nos atenemos a su significado habitual, a su significado adquirido, que, a veces, está lejanísimo del originario. Que en el Piamonte a la suegra la llamen madonna es cosa que nos importa poco. Una vez apagada la curiosidad de descubrir las "raíces", nos queda mayor libertad para hacer descubrimientos más importantes. El fin del siglo pasado fue edad de oro de la etimología. Adoradores de la diosa Razón, los hombres se hicieron la ilusión de que habían tocado con la mano la Verdad. Fue un momento de alegría plena, orgullosa, triunfante. Después, poco a poco, y mientras los discursos de los "iluminados" y los soniquetes de las filarmónicas seguían resonando en el cielo sin Dios, la decepción comenzó a minar un terreno aparentemente tan sólido. Y lo que en un principio había parecido aurora de una vida nueva y luminosísima, resultó no ser en realidad otra cosa que indicio de que, a trancas y a barrancas, la civilización septentrional había llegado a una situación de vía muerta.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Acantilado, 2010, en traducción de Jesús Pardo. ISBN: 978-84-92649-35-8.]

martes, 22 de mayo de 2018

Sobre la naturaleza.- Parménides (c. 515 a.C. - c. 440 a.C.)


Resultado de imagen de parmenides
I
«Bienvenido seas, tú, que llegas a nuestra mansión con los caballos que te traen;
pues no es un hado infausto el que te movió a recorrer
este camino -bien alejado por cierto de la ruta trillada por los hombres-,
sino la ley divina y la justicia. Es necesario que conozcas toda mi revelación,
y que se halle a tu alcance el intrépido corazón de la Verdad, de hermoso cerco,
tanto como las opiniones de los mortales, que no encierran creencia verdadera.
No obstante, a ti te será dado aprender todo esto y cómo las apariencias
tendrían que aparecerse para siempre como la realidad total.

II
Voy a decírtelo ahora mismo, pero presta atención a mis palabras,
las únicas que se ofrecen al pensamiento de entre los caminos que reviste la búsqueda.
Aquella que afirma que el Ser es y el No-Ser no es,
significa la vía de la persuasión -puesto que acompaña a la Verdad-,
y la que dice que el No-Ser existe y que su existencia es necesaria,
ésta, no tengo reparo en anunciártelo, resulta un camino totalmente negado para el conocimiento.
Porque no podrías jamás llegar a conocer el No-Ser -cosa imposible-
y ni siquiera expresarlo en palabras.

III
...porque el pensar y el ser son una y la misma cosa.

IV
Observa, pues, cómo lo que parece más lejano se hace firmemente presente para el espíritu,
que no se verá dividido por la unión del Ser con el Ser,
ni para dispersarse enteramente en contra del orden del universo
ni para reunirse.

V
Indiferente será para mí
el lugar por dónde comience, porque a este punto tendré que volver de nuevo.

VI
Hay que decir y pensar que el Ser existe, ya que es a Él a quien corresponde la existencia,
en tanto es negada a lo que no es. Te invito a que consideres todo esto,
pero, a la vez, quiero prevenirte acerca de esta vía de la búsqueda
y en cuanto a aquella otra por la que se lanzan los mortales ayunos de saber,
que marchan errantes en todas direcciones, cual si de monstruos bicéfalos se tratase. Porque es la perplejidad
la que en el pecho de estos dirige su espíritu vacilante. Y así se ven llevados de aquí para allá,
sordos, ciegos y llenos de asombro, como turba indecisa
para la cual Ser y No-Ser parecen algo idéntico y diferente,
en un caminar en pos de todo que es un andar y un desandar continuo.

VII
Porque jamás fuerza alguna someterá el principio: que el No-Ser sea.
Pero tú, no obstante, aleja tu pensamiento de esta vía
y no te dejes llevar sobre ella por la fuerza rutinaria de la costumbre,
ni manejando tus ojos irreflexivamente ni tus oídos que recogen todos los ecos,
ni acaso tu lengua: juzga, por el contrario, con razones que admitan múltiples pruebas,

VIII
como las que yo te he mostrado. Sólo nos queda ahora el hablar de una última vía,
la de la existencia del Ser. Muchos indicios que ella nos muestra permiten afirmar
que el Ser es increado e imperecedero
puesto que posee todos sus miembros, es inmóvil y no conoce fin.
No fue jamás ni será, ya que es ahora, en toda su integridad,
uno y continuo. Porque, en efecto, ¿qué origen podrías buscarle?
¿De dónde le vendría su crecimiento? No te permitiré que me digas o que pienses
que haya podido venir del No-Ser, porque no se puede decir ni pensar
que el Ser no sea. ¿Qué necesidad, pues, lo habría hecho surgir
en un momento determinado, después y no antes, tomar su impulso de la nada y crecer?
Por tanto, o ha de existir absolutamente o no ser del todo.
Jamás una fe vigorosa aceptará que, de lo que no es,
pueda nacer una cosa distinta; así, tanto para nacer
como para perecer la Justicia no le concederá licencia relajando los lazos
con los que lo retiene. La decisión sobre este punto descansa en esto:
es o no es. Pero una vez decidido, como era necesario,
el abandono de uno de los caminos por su carácter de impensable e innominado -porque no es el verdadero-,
habrá que considerar el otro como real y auténtico.
Porque, ¿cómo en el curso del tiempo podría ser destruido el Ser? ¿Cómo podría llegar a existir?
Ya que, si alcanzó la existencia, no es, y lo mismo ocurre si alguna vez debía existir.
Así se extingue el nacimiento y queda ignorada la destrucción.
No es igualmente divisible puesto que es todo él homogéneo.
Nada hay de más que llegue a romper su continuidad, ni nada de menos, puesto que todo está lleno de Ser.
De ahí su condición de todo continuo, ya que el Ser toca el Ser.
Inmóvil, por otra parte, en los límites de sus grandes vínculos,
carece de principio y de fin, puesto que nacimiento y destrucción
aparecen muy alejados, rechazados ya por la verdadera fe.
Como los mismo que permanece en lo mismo, en sí mismo descansa
y así prosigue inmutable en el mismo lugar, porque la poderosa Necesidad
lo mantiene en los lazos del límite que aprisiona su contorno.
No queda, pues, permitido al Ser el puro inacabamiento,
ya que está claro que no carece de nada, porque de carecer de algo, carecería de todo.
Es una y la misma cosa el pensar y aquello por lo que hay pensamiento,
pues sin acudir al Ser, en el cual se encuentra expresado,
¿podrías acaso encontrar el pensar? Nada hay ni habrá
fuera del Ser, ya que el Destino lo encadenó
en una totalidad inmóvil. No es, por tanto, más que puro nombre
todo lo que los mortales instituyeron persuadidos de que era verdad.
nacer y perecer, ser y no ser,
cambiar de lugar o mudar de tono en relación con el color.
Además, y dado que posee un último límite, el Ser está terminado
por todas partes, semejante a la masa de una esfera bien redondeada,
igual en todas direcciones a partir del centro.»


[El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de José Antonio Míguez. ISBN: 84-7530-437-0.]