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miércoles, 9 de marzo de 2022

Esto es agua.- David Foster Wallace (1962-2008)


Resultado de imagen de david foster wallace   «Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”
 Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo: “¿Qué demonios es el agua?”
 Este es un requisito estándar de los discursos de las ceremonias de graduación en América: el empleo de pequeñas historias didácticas a modo de parábolas.
 Lo de contar historias resulta ser una de las mejores convenciones del género y también de las menos estúpidas… pero si os preocupa la posibilidad de que yo me presente a mí mismo como el pez viejo y sabio que viene a explicarles lo que es el agua a los peces jóvenes como vosotros, por favor, que no os preocupe.
 Yo no soy el pez viejo y sabio.
 El sentido inmediato de la historia de los peces no es más que el hecho de que las realidades más obvias, ubicuas e importantes son a menudo las que más cuestan de ver y las que más cuestan de explicar.
 Como frase en sí misma, por supuesto, esto no es más que una perogrullada, y, sin embargo, el hecho es que en las trincheras donde tiene lugar la lucha diaria de la existencia adulta las perogrulladas pueden tener una importancia vital.
O eso es lo que os quiero sugerir en esta seca y encantadora mañana.
 Por supuesto, el principal requisito de los discursos como el presente es que yo os hable a vosotros del sentido de vuestra educación en el campo de las humanidades, y que intente explicaros por qué el título que estáis a punto de recibir tiene un verdadero valor humano más allá de una simple recompensa material.
 Así pues, hablemos del estereotipo más común del género de los discursos de las ceremonias de graduación, que es el que nos dice que la educación en el campo de las humanidades no tiene tanto el sentido de llenaros de conocimientos como de, entre comillas, “enseñaros a pensar”.
 Si vosotros sois como era yo cuando estudiaba en la universidad, nunca os ha gustado oír eso, y tendéis a sentiros un poco insultados por la afirmación de que os hace falta que alguien os enseñe a pensar, dado que el hecho mismo de que os hayan admitido en una universidad como esta parece ser la prueba de que ya sabéis pensar.
 Sin embargo, yo voy a postular ante vosotros que ese estereotipo sobre las humanidades no es para nada insultante, puesto que la tan importante enseñanza para pensar que se supone que recibimos en un sitio como este no tiene que ver en realidad con la capacidad en sí de pensar, sino más bien con la elección de en qué pensar.
 Si vuestra completa libertad para elegir qué es lo que pensáis parece algo demasiado obvio como para perder el tiempo hablando de ello, yo os pediría que pensarais en peces y en agua, y que pusierais en suspenso durante unos minutos vuestro escepticismo acerca del valor de lo que es completamente obvio.
 Aquí va otra pequeña historia didáctica.
 Hay dos tipos sentados juntos en un bar en los remotos páramos de Alaska.
 Uno de los tipos es religioso y el otro es ateo, y están discutiendo sobre la existencia de Dios con esa intensidad especial que llega después de la cuarta cerveza.
 Y el ateo dice: “Mira, no es que no tenga razones de peso para no creer en Dios.
 No es que no haya experimentado nunca con Dios todo eso de Dios y de rezar.
 El mes pasado, sin ir más lejos, me pilló en campo abierto aquella tormenta terrible de nieve y yo no podía ver nada y estaba completamente perdido y estábamos a diez bajo cero, así que lo hice, lo intenté: me puse de rodillas en la nieve y grité: “¡Dios, si existes, estoy perdido en esta tormenta de nieve y me voy a morir como no me ayudes!’”
 Y ahora, en el bar, el tipo religioso mira al ateo, perplejo: “Bueno, pues entonces debes de creer en él –dice-. Al fin y al cabo, estás vivo para contarlo”.
 El ateo pone los ojos en blanco como si el religioso fuera corto de luces: “No, tío, lo único que ocurrió es que por casualidad pasaron por allí un par de esquimales y me enseñaron cómo se volvía al campamento”.
 Es fácil someter esta historia a una especie de análisis estándar desde la óptica de las humanidades: la misma experiencia exacta puede querer decir cosas completamente distintas para dos personas distintas, dependiendo de los patrones de creencias de cada uno y de las formas distintas que tengan de construir el sentido a partir de la experiencia.
 Debido a que valoramos la tolerancia y la diversidad de creencias, en ningún momento de nuestro análisis humanístico queremos afirmar que la interpretación de uno de los tipos es cierta y la del otro es falsa o errónea.
 Lo cual está bien, salvo por el hecho de que terminamos no hablando nunca sobre de dónde vienen esos patrones y creencias individuales, con lo cual quiero decir sobre de qué parte de dentro de los dos tipos vienen.
 Como si la orientación más básica de una persona hacia el mundo y el sentido de su experiencia fueran algo que ya viene de fábrica, igual que la estatura o la talla de los zapatos, o bien algo que se absorbe de la cultura, como el idioma.
 Como si la forma en que construimos el sentido no fuera en realidad fruto de una elección personal e intencionada, de una decisión consciente.
 Además, está la cuestión de la arrogancia.
 El tipo no religioso rechaza con una confianza completa y odiosa toda posibilidad de que los esquimales hayan sido resultado de la oración en la que pedía ayuda.
 Es verdad: hay mucha gente religiosa que también parece arrogantemente segura de sus interpretaciones.
 Probablemente resultan todavía más repulsivos que los ateos, por lo menos para la mayoría de los que estamos aquí, pero lo cierto es que el problema de los dogmáticos religiosos es exactamente el mismo que el del ateo de la historia: arrogancia, confianza ciega y una cerrazón mental que es como un encarcelamiento tan completo que el prisionero ni siquiera sabe que está encerrado.
Resultado de imagen de david foster wallace esto es agua penguim randon house Lo que intento decir es que pienso que esto forma parte de lo que se supone qué significa en realidad ese mantra de que las humanidades “te enseñan a pensar”: ser un poco menos arrogante, tener cierta “conciencia crítica” de mí mismo y de mis certidumbres… porque un gran porcentaje de las cosas de las que suelo estar automáticamente seguro resultan ser completamente erróneas y fruto del autoengaño.
 Esto es algo que yo he aprendido a base de cometer errores, tal como predigo que os pasará a los que ahora os graduáis.
 He aquí un ejemplo del carácter absolutamente erróneo de algo de lo que tiendo a estar automáticamente seguro.
 Todo lo que conforma mi experiencia inmediata apoya mi creencia profunda en el hecho de que yo soy el centro absoluto del universo, la persona más real, nítida e importante que existe.
 Casi nunca pensamos en este egocentrismo tan básico y natural, debido al hecho de que es socialmente repulsivo, y sin embargo en gran medida todos lo padecemos, en  el fondo.
 Es nuestra configuración por defecto, que nos viene de fábrica al nacer.
 Pensad en ello: nunca habéis tenido ninguna experiencia de la que no fuerais el centro absoluto.
 El mundo tal como lo experimentáis se encuentra delante de vosotros, o bien detrás, o a vuestra izquierda o a vuestra derecha, o en vuestro televisor o en vuestro monitor o donde sea.
 Los pensamientos y sentimientos ajenos se os tienen que comunicar de alguna manera, pero los vuestros son inmediatos, apremiantes y reales.
 Ya me entendéis.
 Pero, por favor, no os preocupéis por si me estoy preparando para soltaros un sermón sobre la compasión o el desprendimiento o alguna otra de esas supuestas “virtudes”.
 No es de virtud de lo que estamos hablando: estamos hablando de decidir si nos tomamos o no la molestia de alterar de alguna manera o incluso de quitarnos de encima esa configuración por defecto que nos viene de fábrica, y que consiste en ser profunda y literalmente egocéntricos, y en verlo e interpretarlo todo  a través de esa lente que es el yo.
 De la gente que es capaz de ajustar así su configuración natural por defecto se suele decir que son, entre comillas, gente “equilibrada”, un término que yo os sugiero que no es accidental.
 Dado el contexto académico en que nos encontramos, una pregunta obvia que surge es en qué medida esa tarea de equilibrar nuestra configuración por defecto requiere un verdadero conocimiento o uso del intelecto.
 No es de extrañar que la respuesta sea que depende de qué clase de conocimiento estemos hablando.
 Probablemente lo más peligroso que tiene la educación académica, por lo menos en mi caso, es que habilita mi tendencia a intelectualizar las cosas en exceso, a perderme en el pensamiento abstracto en lugar de limitarme a prestar atención a lo que está pasando ante mí.
 Y en lugar de prestar atención a lo que está pasando dentro de mí.
 No me cabe duda de que a estas alturas ya os habréis dado cuenta de que resulta extremadamente difícil permanecer alerta y atento en lugar de dejarse hipnotizar por el monólogo constante que suena dentro de la cabeza de uno.
 Lo que todavía no habéis averiguado es qué hay en juego en esa lucha.
 En los veinte años que han pasado desde que me gradué, yo sí he podido ir entendiendo gradualmente qué hay en juego, y también he podido ver que ese estereotipo de que las humanidades “te enseñan a pensar” era en realidad la versión breve de una verdad muy profunda e importante.
 Lo de “aprender a pensar” en realidad quiere decir ejercer cierto control sobre cómo y qué piensa uno.
 Quiere decir ser lo bastante consciente y estar lo bastante despierto como para elegir a qué prestas atención y para elegir cómo construyes el sentido a partir de la experiencia.
 Porque si no podéis o no queréis llevar a cabo esa clase de elecciones en vuestra vida adulta, vais a estar jodidos del todo.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House, 2014, en traducción de Javier Calvo Perales, pp. 9 – 61. ISBN: 978-84-397-2939-6.]

miércoles, 22 de abril de 2020

La antorcha al oído.- Elías Canetti (1905-1994)

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Segunda parte: Tempestad y coerción. Viena 1924-25
El regalo

«Aquel año que tan apretados vivimos en la Radetzkystrasse es el año de mayor tensión y opresión del que guardo recuerdo.
 No bien entraba en el apartamento, me sentía observado. Nada de lo que hiciese o dijese era correcto. Espacio casi no había: el cuartito en el que dormía y tenía mis libros, y donde intentaba refugiarme lo más rápido posible, quedaba entre la sala de estar y el dormitorio de mi madre y mis hermanos. Era imposible escabullirse en él sin ser visto: los saludos y explicaciones en la sala constituían el principio de cualquier vuelta a casa. Era interrogado, y sin que se pasara de inmediato a las inculpaciones, las preguntas revelaban la desconfianza. ¿Había estado en el laboratorio o bien perdiendo el tiempo en cursos magistrales?
 Mi sinceridad me había hecho acreedor a este tipo de preguntas. Solía hablar sobre todo de aquellos cursos que, por su temática, no estaban demasiado al margen de lo universalmente inteligible. La historia europea desde la Revolución Francesa se hallaba más al alcance de cualquiera que la fisiología de las plantas o la físico-química. El hecho de que no hablara de éstas no suponía, ni mucho menos, una falta de interés. Pero sólo tenía validez y consistencia lo que yo decía, mis propias palabras acababan acusándome: ¡el Congreso de Viena me interesaba más que el ácido sulfúrico! "Te estás dispersando", sonaba el reproche, "así no llegarás a ningún lado".
 -Tengo que asistir a esos cursos -replicaba yo-, si no, me asfixio. No puedo renunciar a todo lo que realmente me interesa por el hecho de estar estudiando algo que no me importa.
 -¿Y por qué no te importa? Te estás preparando a no ejercer ninguna profesión. Temes que la química pueda interesarte algún día. Ésta sí que es una profesión con futuro -y tú te parapetas y alzas barricadas contra ella-. ¡Mucho cuidado con ensuciarte las manos! Lo único limpio son los libros. Asistes a todos los cursos posibles sólo para leer más libros sobre los temas tratados. Es el cuento de nunca acabar. ¿Todavía no te has dado cuenta de cómo eres? Ya de niño eras así. Por cada libro que te enseña algo nuevo necesitas otros diez para ampliar tu información sobre el asunto. Cualquier curso que te interese acaba siendo una carga. La materia te interesará cada vez más. ¡La filosofía de los presocráticos! Muy bien, tienes que dar un Rigorosum sobre ella. De acuerdo en que ha de ser así. Tomas apuntes, ya tienes varios cuadernos llenos, pero, ¿para qué quieres también esos libros? ¿Crees que no sé qué títulos figuran ya en tu lista? No podemos costearlos. Y aunque pudiéramos hacerlo, serías tú el primer perjudicado. Te seducirían más y más cada vez, apartándote de tu especialidad. Dices que Gomperz es muy conocido en este campo; ¿no decías que ya su padre era famoso por sus Pensadores griegos?
 -Sí -la interrumpí-, en tres volúmenes, me encantaría tenerlos. 
 -Basta con que mencione al padre de tu profesor  para que una obra científica en tres tomos se sume a la lista. No creas que pienso regalártela. Conténtate con el hijo. Toma apuntes y aprende de tus cuadernos.
 -Para mi gusto es demasiado lento. No se avanza nunca, nunca, no puedes imaginarte la lentitud. Y quiero seguir leyendo, no puedo esperar hasta que Gomperz llegue a Pitágoras, ya quiero saber algo sobre Empédocles y sobre Heráclito.  
La antorcha al oído: historia de una vida, 1921-1931 de Canetti ... -En Frankfurt leíste un buen número de autores antiguos. Evidentemente nunca eran los apropiados. Por todas partes ibas dejando los tomitos, que eran horribles, todos iguales por fuera. ¿Por qué no figuraban entre ellos los filósofos griegos? Ya entonces te interesabas por esas cosas que luego no necesitarías.
 -En ese tiempo no me gustaban los filósofos. De Platón me alejaba la doctrina de las Ideas, que hace del mundo una apariencia. Y a Aristóteles nunca he podido soportarlo. Es el omnisciente que lo clasifica todo. Al leerlo uno tiene la impresión de estar encerrado en innumerables gavetas. Si hubiera conocido entonces a los presocráticos, créeme que habría leído cada una de sus palabras. Pero nadie me habló nunca de ellos. Todo empezaba con Sócrates; era como si antes nadie hubiera pensado sobre nada. ¿Y sabes una cosa? Sócrates nunca llegó realmente a gustarme. Tal vez he evitado a los grandes filósofos porque eran discípulos suyos.
 -¿Quieres que te diga por qué nunca llegó a gustarte?
 Hubiera preferido que no me lo dijera. Solía formarse una opinión muy personal incluso sobre temas que no conocía a fondo, y sus palabras, aunque yo supiera que no podían ser ciertas siempre me alcanzaban, depositándose como polvo de harina sobre las cosas que me gustaban. Sentía que su intención era quitarme el gusto por ciertas cosas que, según ella, me arrastraban demasiado lejos. Le parecía que, a mi edad, este entusiasmo múltiple y siempre vivo en mí era ridículo y poco viril. Tal era el reproche que más escuché de sus labios cuando vivíamos en la Radetzkystrasse.
 -Sócrates no te gusta porque es muy sensato, parte siempre de lo cotidiano y tiene cierta solidez, le gusta hablar de los artesanos.
 -Pero diligente no era. Se pasaba el día entero conversando.
 -¡Y eso no os agrada, grandes taciturnos! ¡Cómo os leo el pensamiento!
 Y ahí estaba de nuevo ese viejo sarcasmo que yo había conocido a edad muy temprana, cuando aprendía alemán con ella.
 -¿O es que sólo quisieras hablar tú mismo y le temes a gente como Sócrates, que examina escrupulosamente lo que se dice y no le perdona un desliz a nadie?
 Era tan apodíctica como un presocrático, y quién sabe si mi predilección por estos pensadores, que sólo entonces empecé a conocer, no estaría relacionada con su manera de ser, con la que me hallaba  totalmente compenetrado. ¡Qué seguridad tenía siempre al emitir sus opiniones! Si se las puede llamar opiniones, claro está. Cada frase que pronunciaba tenía la fuerza de un dogma: todo era seguro. Ignoraba las dudas, en cualquier caso las relativas a su persona. Tal vez fuera mejor así, pues de haber tenido dudas les hubiera inyectado la misma energía que a sus afirmaciones, y ella misma se hubiera debatido en la duda más total y absoluta, sin salvación posible.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1984, en traducción de Juan J. del Solar B. ISBN: 84-206-0027-X.]

domingo, 16 de junio de 2019

Adversarios admirables.- Olga Guirao (1956)


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Segunda parte
Simón

«En realidad, fue algo absurdo, una de esas estupideces que nunca llegas a comprender del todo.
 En mi descargo he de decir que yo acababa de cumplir cincuenta años y estaba muy deprimido. Ya hacía muchísimo que mi dignidad de catedrático había sido literalmente barrida por una reforma educativa que, entre otras humillaciones, deparó a los profesores de latín un oscuro cometido de fósiles. Un poco antes de mi cumpleaños, una de nuestras mayores glorias domésticas, el imperturbable catedrático de ciencias, más conocido como Muérdago, había tenido la bondad de morirse de un síncope a mitad de curso, no sin antes haber hecho todo lo posible para arrebatarme la jefatura de estudios del instituto.
 Durante años, Muérdago había seguido contra mí la conocida estrategia de Catón: hablara de lo que hablara, terminaba concluyendo con un "delenda est Carthago" que hacía referencia a mi persona y a mi cargo. Incluso hubo épocas en que, sirviéndose de su legendaria habilidad para el lenguaje coloquial, aleccionaba a los alumnos de tercero en la idea de que optar por el bachillerato de letras era, para decirlo con sus propias y terminantes palabras, "una mariconada de muchísimo cuidado", lo que sumado a un cambio de criterio en la Facultad de Derecho terminó reduciendo el número de estudiantes de letras a extremos que, en mi ingenuidad, me parecían inconcebibles.
 En perfecta sintonía con Muérdago, la Ley General de Educación hizo el resto y el latín quedó definitivamente reducido a un puro trámite, una molestia demasiado breve para dejar de ser desagradable.
 Nuestra última y definitiva pelea tuvo lugar poco antes de su muerte. Yo había intentado por todos los medios persuadir al director de la necesidad de pintar el instituto, que parecía una especie de correccional. El grueso de mi argumentación giraba en torno a la idea de que, una vez limpio, los estudiantes se sentirían menos inclinados a expresarse por escrito en las paredes. Por el contrario, el ilustre catedrático de ciencias opinaba que era tirar el dinero:
 -¡Caerán como buitres sobre las paredes recién pintadas! -anunciaba-. ¡A estos energúmenos les faltará tiempo para dejarlo mucho peor de lo que está!
 Por una vez, sin embargo, me salí con la mía. Mi único consuelo, tras tan pírrica victoria, consistió en que Muérdago ya no estaba allí para verlo cuando, apenas una semana después del inicio del curso, se cumplieron con creces sus predicciones. Varios imbéciles -un mínimo de siete según mis cálculos- habían bajado por la escalera central rociando materialmente las paredes con sprays de pintura de diferentes colores. Sus compañeros no tardaron en emular tan insigne efemérides. Todas las medidas que se adoptaron para impedirlo fueron inútiles. Por Navidad el instituto presentaba un aspecto indescriptible.
 -No cabe duda, señor de Sales -me dijo el director-, que el pobre Octavio, que en paz descanse, tenía ideas mucho más exactas que usted sobre la naturaleza humana.
 Hubiera debido darle la razón. Estaba en lo cierto. No en vano aquel salvaje había sido catedrático de ciencias naturales, es decir, especialista en primates, mientras que yo he dedicado mi vida al estudio y la enseñanza de una lengua que, aunque ya no le interese a nadie, durante miles de años fue símbolo de la civilización y de la cultura. A mí, el comportamiento animal, como la botánica, me son de todo punto desconocidos.
 Sin embargo, no le contesté nada en absoluto a nuestro querido director. Me limité a presentarle mi dimisión como jefe de estudios y él se apresuró a aceptarla, a título póstumo, en nombre del pobre Octavio, que, a buen seguro, desde aquel momento descansó mucho más en paz.
 Pero eso no fue todo: a la consiguiente reducción de mi salario, se sumó la aniquilación de los últimos rescoldos de mi prestigio personal y, como de costumbre, los primeros en saberlo fueron los muchachos -¡y las niñas!, que, en su día, y en pos de la enseñanza mixta, habían desembarcado en las primeras filas con su recio lenguaje de camioneros, las voces mal timbradas, la risa fácil y una acusada inclinación a sofocarme a cada instante con el fulgor de su ropa interior.
 Sabe Dios que, de haberme sido posible, me habría largado sin dejar rastro, pero yo no sé hacer otra cosa que dar clases de latín y, además, no tengo un céntimo, de manera que hube de resignarme a enseñar dos o tres declinaciones y algún verbo a cuarenta adolescentes descarados que llevaban su ferocidad hasta el extremo de tutearme continuamente, a pesar de que yo, impertérrito, seguía tratándoles de usted.
 Así pues, mi estado de ánimo no podía ser más lamentable cuando una tarde me llamó a casa una mujer desconocida.
 Había conseguido mi número de teléfono a través de la editorial porque, según dijo, preparaba una tesis doctoral sobre Terencio. Mi traducción del Formión -de la que no se habían vendido mucho más de un millar de ejemplares en quince años- le parecía absolutamente admirable y deseaba conocerme para intercambiar impresiones. 
 Cayó sobre mí como agua de mayo. ¡Nada más y nada menos que alguien que estimaba admirable mi trabajo! Loco de alegría, concerté una cita para el día siguiente.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de RBA Coleccionables, 2000. ISBN: 84-473-1758-7.]

lunes, 18 de febrero de 2019

La utilidad de lo inútil.- Nuccio Ordine (1958)


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Primera parte: La útil inutilidad de la literatura
1.- "Quien no ha, no es"

«En un relato autobiográfico, Vincenzo Padula -un clérigo revolucionario que vivió en una pueblo de Calabria entre 1819 y 1893- recuerda la primera lección de vida aprendida en familia, cuando todavía era un joven estudiante. Tras dar una respuesta insatisfactoria a una insidiosa pregunta de su padre ("¿Cómo es que en el alfabeto de cualquier lengua la A va antes y la E después?"), el seminarista escucha con viva curiosidad la explicación que le ofrece su progenitor: "En este mundo miserable el que ha es, y el que no ha no es*"; por eso la letra a precede siempre a la letra e. Pero hay algo más: quienes no tienen constituyen "en la sociedad civil" la masa de las consonantes, "porque consuenan con la voz del rico y se conforman a sus actos, y el rico es la vocal, y sin ella no creo que la consonante pueda sonar".
 A casi dos siglos de distancia, la imagen de una sociedad dicotómica rígidamente diferenciada en amos y siervos, en ricos explotadores y pobres degradados a la condición de animales, tal como la había descrito Padula, no corresponde ya, o apenas, al retrato del mundo en que vivimos. Persiste sin embargo, en formas muy distintas y más sofisticadas, una supremacía del tener sobre el ser, una dictadura del beneficio y la posesión que domina cualquier ámbito del saber y todos nuestros comportamientos cotidianos. El aparentar cuenta más que el ser: lo que se muestra -un automóvil de lujo o un reloj de marca, un cargo prestigioso o una posición de poder- es mucho más valioso que la cultura o el grado de instrucción.

2.-¡Los saberes sin beneficio son inútiles!

 No por azar en las últimas décadas a las disciplinas humanística se las considera inútiles, se las margina no sólo en los programas escolares sino sobre todo en los capítulos de los presupuestos estatales y en los fondos de las entidades privadas y las fundaciones. ¿Para qué gastar dinero en un ámbito condenado a no generar beneficios? ¿Por qué destinar fondos a saberes que no aportan un rápido y tangible rendimiento económico?
 En este contexto basado exclusivamente en la necesidad de pesar y medir con arreglo a criterios que privilegian la quantitas, la literatura (pero el mismo discurso, como veremos enseguida, podría valer para otros saberes humanísticos, así como para los saberes científicos sin un propósito utilitarista inmediato) puede por el contrario asumir una función fundamental, importantísima: precisamente el hecho de ser inmune a toda aspiración al beneficio podría constituir, por sí mismo, una forma de resistencia a los egoísmos del presente, un antídoto contra la barbarie de lo útil que ha llegado incluso a corromper nuestras relaciones sociales y nuestros afectos más íntimos. Su existencia misma, en efecto, llama la atención sobre la gratuidad y el desinterés, valores que hoy se consideran contracorriente y pasados de moda.

3.-¿Qué es el agua? Una anécdota de Foster Wallace

 Por este motivo al inicio de cada año académico me gusta leer a mis alumnos un pasaje de un discurso pronunciado por David Foster Wallace ante los graduandos del Kenyon College, en Estados Unidos. El escritor -muerto trágicamente en 2008, a los cuarenta y seis años- se dirige el 21 de mayo de 2005 a sus estudiantes refiriendo una breve historia que ilustra de manera magistral el papel y la función de la cultura:
 
Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez más viejo que nadaba en dirección contraria; el pez más viejo los saludó con la cabeza y les dijo: "Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?" Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin uno de ellos miró al otro y le dijo: "¿Qué demonios es el agua?"
 
 El mismo autor nos brinda la clave de lectura de su relato:
 
 El sentido inmediato de la historia de los peces no es más que el hecho de que las realidades más obvias, ubicuas e importantes son a menudo las que más cuesta ver y las más difíciles de explicar.
 
 Como les sucede a los dos peces más jóvenes, no nos damos cuenta de qué es en verdad el agua en la que vivimos cada minuto de nuestra existencia. No tenemos, pues, conciencia de que la literatura y los saberes humanísticos, la cultura y la enseñanza constituyen el líquido amniótico ideal en el que las ideas de democracia, libertad, justicia, laicidad, igualdad, derecho a la crítica, tolerancia, solidaridad, bien común, pueden experimentar un vigoroso desarrollo.»

*El juego de palabras es más claro en el original italiano: "chi à è, e chi non à non è". (N. del T.)

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2014, en traducción de Jordi Bayod Brau. ISBN: 978-84-15689-92-8.]