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domingo, 2 de agosto de 2026

Dios y la nueva física.- Paul Davies (1946)

X.- Libre albedrío y determinismo

 «En la actualidad, muchos físicos se inclinan por la llamada interpretación de la teoría cuántica de los múltiples universos de Everett. Este enfoque (discutido brevemente en el capítulo 8) tiene curiosas consecuencias para el libre albedrío. De acuerdo con Everett, cada mundo posible se hace realidad y todos los mundos alternativos coexisten en paralelo. Esta multiplicidad de mundos se extiende a la elección humana. Supongamos que nos enfrentamos a una elección: ¿té o café? Según la interpretación de Everett, el Universo se divide inmediatamente en dos ramas. En una de las ramas tomamos té y en la otra café. ¡De este modo lo tenemos todo!
 La teoría de los múltiples universos parece satisfacer el criterio definitivo para la libertad de elección discutido más arriba. Cuando se produce la división, las circunstancias que conducen a cada resultado son verdaderamente idénticas en todos los aspectos (son de hecho el mismo Universo) aunque se hagan dos elecciones distintas (como dije anteriormente, nada puede verificar esta teoría, puesto que cualquiera debe quedar restringido a una de las ramas del Universo dividido). Sin embargo, la victoria parece pírrica. Si no podemos evitar hacer todas las elecciones posibles, ¿somos realmente libres? La libertad parece excesiva, destruida por su propio éxito. Queremos elegir té o café, pero no té y café.
 Ahora bien, el defensor de los múltiples universos respondería probablemente: "¡Ah! ¿Qué es lo entiende aquí por nosotros?" El "nosotros" que está tomando el té no es el "nosotros" que está tomando el café. Habitan universos distintos. Estos dos individuos a los cuales nos hemos referido un tanto a la ligera como "nosotros" diferirán, como mínimo, en su experiencia perceptual (por ejemplo, en el sabor de la bebida). No pueden ser la misma persona. Así que, una vez hecha la elección, no tomamos en realidad té y café. Uno de los dos "nosotros" es quien ha hecho la elección. De acuerdo con este punto de vista, decir que hemos preferido té en lugar de café no significa más que dar una definición de "nosotros". Decir "elijo té" significa simplemente que "soy un bebedor de té". Así, aunque un solo "nosotros" tuvo que enfrentarse a la elección, el resultado afecta a los dos individuos y no a uno solo. En la teoría de Everett, el yo se desdobla continuamente en incontables copias parecidas (sería interesante explorar las consecuencias que esto comporta para el concepto tradicional de un alma única).
 Se ha escrito mucho sobre la relación entre el libre albedrío y el tema de la responsabilidad y culpabilidad ante el delito. Si el libre albedrío es una ilusión, ¿por qué debe responder nadie de sus actos? Si todo está determinado, todos nosotros estamos atrapados en un curso de acontecimientos decidido antes de nuestra existencia. En un Universo múltiple de Everett, ¿no podría un delincuente aducir que uno de sus múltiples yo se vio obligado por las leyes de la mecánica cuántica a cometer el crimen? Quizá sería mejor apartarnos de este terreno espinoso y preguntarnos sobre la posición de Dios en un Universo determinista. Tan pronto como entra Dios en escena surge una avalancha de enigmas.
 ¿Puede Dios tomar decisiones y ejercer el libre albedrío?
 Si el hombre posee libre albedrío, Dios probablemente lo poseerá también. En este caso, muchos de los problemas anteriores sobre el concepto de libertad se extienden a Dios. Están, además, todas las confusiones habituales asociadas con una deidad infinita y omnipotente. Si Dios tiene un plan para el Universo, plan que implementa como parte de su voluntad, ¿por qué no creó simplemente un Universo determinista en el cual la consecución del objetivo final del plan fuera inevitable? O mejor todavía, ¿por qué no lo creó con este objetivo ya alcanzado? Sin embargo, si el Universo no es determinista, ¿estará limitado el poder de Dios por su incapacidad de predecir o decidir cuál va a ser el resultado?
 Se podría quizá aducir que Dios es libre de renunciar a una parte de su poder, si así lo desea. Él nos puede dar libertad para actuar en contra de su plan si así lo queremos, puede introducir el factor cuántico en los átomos para transformar su creación en un juego cósmico de azar. Sin embargo, esto introduce el problema lógico de cómo puede un ente omnipotente renunciar a una parte de su poder.
 La libertad asociada a la omnipotencia es bastante distinta de la libertad que disfrutan los seres humanos. Se puede ser libre de elegir té o café siempre y cuando dispongamos de las dos bebidas. No somos libres de hacer cualquier cosa que deseemos: atravesar el Atlántico a nado, por ejemplo, o convertir la Luna en queso. El poder humano es limitado y sólo podemos realizar una pequeña parte de nuestros deseos. Por el contrario, el poder de un Dios omnipotente no tiene límite, y un ser de estas características es libre de obtener todo cuanto desee.
 La omnipotencia plantea algunas embarazosas cuestiones teológicas. ¿Tiene Dios libertad para prevenir el mal? Si es omnipotente, la respuesta debe ser afirmativa. ¿Por qué entonces no lo evita? He aquí un argumento devastador debido a David Hume: si el mal del mundo se debe a la intención de Dios, entonces Él no es benevolente. Si en cambio, el mal es contrario a su intención, entonces no es omnipotente. No puede, pues, ser omnipotente y benevolente a la vez como sostienen la mayoría de las religiones.
 Una posible réplica a este argumento es que el mal se debe enteramente a las actividades humanas. Dado que Dios nos ha dado libertad, tenemos capacidad de hacer el mal y frustrar así el plan divino. Pero aún podemos decir que si Dios tiene libertad para prevenirnos de hacer el mal, ¿no debe compartir alguna responsabilidad si no hace nada para evitarlo? Cuando un padre permite a un niño travieso cometer tropelías molestando a los vecinos y causando destrozos, le asignamos normalmente gran parte de culpa. ¿Debemos, por tanto, llegar a la conclusión de que el mal forma parte del plan  divino o Dios, después de todo, no tiene libertad para impedirnos actuar contra él?
 Nuevos e interesantes enigmas aparecen al considerar la doctrina cristiana según la cual Dios trasciende el tiempo, puesto que el concepto de libertad de elección es intrínsecamente un concepto temporal. ¿Qué significado se debe dar a hacer una elección hecha no en un instante particular sino de un modo atemporal? Por otra parte, si Dios conoce el futuro de antemano, ¿qué significado debemos darle a un plan cósmico y a nuestra participación en él? Un Dios infinito conocerá lo que está sucediendo en todas partes, pero, como hemos visto, no hay un instante presente universal, de modo que el conocimiento de Dios se debe extender en el tiempo si se extiende en el espacio. Por tanto, debemos concluir que no tiene sentido que un Dios cristiano eterno tenga libertad de elección. Pero, ¿es concebible que el hombre posea una facultad de la cual no dispone su creador? Nos vemos forzados a llegar a la paradójica conclusión de que la libertad de elección es, en realidad, una restricción que padecemos, es decir, nuestra incapacidad de conocer el futuro. Dios, liberado de las rejas del presente, no tiene ninguna necesidad de libre albedrío.
 Los problemas parecen insuperables. La nueva física abre indudablemente nuevas perspectivas para el antiguo enigma del libre albedrío y el determinismo, pero no los resuelve. La física cuántica socava el determinismo, pero introduce sus propias dificultades en relación a la libertad, no siendo la menor de ellas la posibilidad de realidades múltiples. La teoría de la relatividad presenta un Universo que se extiende en el tiempo y en el espacio, pero todavía deja la puerta abierta para algún tipo de libertad de acción. Sin ninguna duda, los futuros avances en nuestra comprensión del tiempo arrojarán nueva luz sobre estos problemas fundamentales de nuestra existencia.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1994, en traducción de Jordi Vilá, pp. 166-169. ISBN: 84-345-8922-2 (Volumen 42).] 
 

miércoles, 15 de agosto de 2018

Bushido: el código ético del samurái.- Inazo Nitobe (1862-1933)


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Educación y enseñanza de un samurái

«El primer punto a que había que atender en la pedagogía caballeresca era la formación de un carácter, dejando en la penumbra las cualidades más sutiles de prudencia, inteligencia y dialéctica. Ya hemos visto la parte importante que las perfecciones estéticas jugaban en su educación. Sin dejar de ser indispensables para un hombre de cultura, eran más accesorias que esenciales en la formación del samurái. Sin duda, la superioridad intelectual era estimada; pero la palabra chi, empleada para denotar intelectualidad, significaba ante todo sabiduría (wisdom, sagesse) y no dejaba al conocimiento sino un lugar subordinado. El trípode que sustentaba todo el armazón del bushido se decía estar formado de Chi, Jin, Yu: sabiduría, benevolencia y valor. Un samurái era esencialmente un hombre de acción. La ciencia quedaba fuera de los límites de su actividad. La aprovechó en cuanto tocaba a su profesión de las armas. La religión y la teología quedaban relegadas a los sacerdotes; sólo se ocupaba de ellas el samurái en cuanto le ayudaban a alimentar su valor. Creía, como cierto poeta inglés, que "no es el credo el que salva al hombre sino el hombre quien justifica el credo". La filosofía y la literatura formaban la parte principal de su educación intelectual; pero aun en su cultivo no era la verdad objetiva lo que perseguía; estudiaba la literatura como un mero pasatiempo y la filosofía como un auxiliar práctico para la formación del carácter, cuando no para la exposición de algún problema militar o político.
 Después de lo dicho, no será sorprendente el hecho de que el plan de estudios, según la pedagogía del bushido, fuese el siguiente: esgrima, ejercicio de arco, jiujitsu o yawara, equitación, manejo de la lanza, táctica, caligrafía, moral, literatura e historia. De éstos, el jiujitsu y la caligrafía, exigen algunas palabras de explicación. Se daba mucha importancia a la escritura, probablemente porque nuestros logogramas, que son a la vez pinturas, poseen un valor artístico intrínseco y también porque la quirografía se consideraba como indicadora del carácter personal. El jiujitsu puede definirse brevemente como la aplicación del conocimiento anatómico a los fines ofensivos y defensivos. Difiere del pugilato en que no depende de la fuerza muscular. Difiere de otras formas de ataque en que no emplea arma alguna. Su acción consiste en empuñar o golpear tal parte del cuerpo del enemigo, que le paralice e incapacite para la resistencia. Su objeto no es matar, sino incapacitar para la acción durante algún tiempo.
 Una materia de estudio que esperaría uno encontrar en la educación militar, y que, sin embargo, brilla por su ausencia en el programa del bushido, son las matemáticas. Pero esto puede explicarse en parte por el hecho de que la guerra feudal no se hacía con precisión científica. Y no sólo esto, sino que toda la instrucción del samurái era desfavorable al cultivo de las nociones numéricas.
 La caballería es enemiga de la economía: hace ostentación de pobreza. Dice, con Ventidius, que "la ambición, virtud del soldado, prefiere las pérdidas a las ganancias que la oscurecen". Don Quijote cifra más orgullo en su rústica lanza y en su escuálida cabalgadura que en el oro y el poder, y un samurái simpatiza cordialmente con su exagerado colega de La Mancha. Desdeña el dinero por el dinero, el arte de obtenerlo y de acumularlo. Para él, es verdaderamente una ganancia sucia. La fórmula despectiva para describir la decadencia de una edad es que "los hombres civiles amaban el dinero y los soldados temían la muerte". La avaricia de oro o de vida excita tanta desaprobación como alabanza el uso liberal de ambas cosas. "Menos que nada (dice un precepto vulgar) deben los hombres escatimar el dinero: las riquezas son el obstáculo de la sabiduría". De aquí que se educara a los niños en un absoluto olvido de la economía. Se consideraba de mal gusto hablar de ella y la ignorancia del valor de las distintas monedas se juzgaba como un rasgo de buena crianza.
 El conocimiento de los números era indispensable para el reclutamiento de fuerzas, así como para la distribución de beneficios y feudos; pero la contabilidad se entregaba a manos mercenarias. En muchos Estados feudales la contabilidad pública estaba administrada por una clase inferior de samurái o por sacerdotes. Todo bushi inteligente sabía muy bien que el dinero constituía el nervio de la guerra; pero no pensaba en elevar la estimación del dinero a la categoría de virtud. Es cierto que el bushido preconizaba la sobriedad, pero no tanto por razones económicas, cuanto por el ejercicio de la abstinencia. El lujo se consideraba como la mayor amenaza contra la virilidad y se exigía la más severa sencillez a la clase guerrera, habiendo leyes suntuarias en la mayoría de los clanes.
 Leemos que en la antigua Roma los cultivadores, capitalistas y otros agentes financieros, eran elevados gradualmente a la dignidad de caballeros, mostrando con ello el Senado el aprecio de sus servicios y la importancia del dinero. Fácil es imaginar la relación que esto tuvo con el lujo y avaricia de los romanos. No sucede lo mismo con los preceptos de la caballería. Persistían éstos sistemáticamente en considerar los asuntos de hacienda como algo inferior, comparado con las profesiones morales e intelectuales.
 Ignorando voluntariamente el dinero y el amor de él, pudo el bushido mismo mantenerse por mucho tiempo libre de los mil y un males cuya raíz es el dinero. Ésta es razón suficiente para explicar el que nuestros hombres públicos hayan estado mucho tiempo limpios de corrupción; pero, ¡ay!, ¡cuán rápidamente hace su camino la plutocracia en nuestro tiempo y en la actual generación!
 La disciplina mental a que coadyuvaría hoy principalmente el estudio de la matemáticas era sustituida por la exégesis literaria y por las discusiones deontológicas. Pocos temas abstractos turbaban el espíritu del joven, puesto que el objeto capital de su educación era, como hemos dicho, la decisión del carácter. Las gentes, cuyos espíritus eran simples almacenes de información, encontraban pocos admiradores. De las tres clases en que Bacon divide los estudios por razón de su utilidad (estudios para el goce, para adorno y para la capacidad), el bushido tenía decidida preferencia por la última, cuando su uso fuese "el juicio y resolución de los asuntos". Ya fuese para el manejo de los asuntos públicos, ya para el ejercicio del gobierno de sí mismo, la educación se conducía en vista de un fin práctico.
 "El estudio sin ideas -dice Confucio- es trabajo perdido; las ideas sin estudio son peligrosas".
 Cuando el educador toma en sus manos y trata de desarrollar el carácter, no la inteligencia, el alma, no la cabeza, su profesión adquiere un carácter sagrado. "Los padres me han dado la vida: el maestro me ha hecho hombre". Con esta idea, pues, la estima en que cada uno tenía a su preceptor era muy alta. Un hombre capaz de merecer tal confianza y respeto de los jóvenes debía necesariamente estar dotado de una personalidad superior, sin carecer de erudición. Era un padre para los huérfanos, un guía para los extraviados.»

 [El fragmento pertenece a la edición en español de la editorial Biblo Book Export, 2017, en traducción de Gonzalo Jiménez de la Espada. ISBN: 978-84-943628-5-9.]