Mostrando entradas con la etiqueta Naturaleza humana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Naturaleza humana. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de marzo de 2022

Formas del amor.- David Garnett (1892-1981)


Resultado de imagen de david garnett
Quinta parte


 «Media hora antes de la puesta del sol, Rose y Jenny se dirigieron hacia el viñedo, seguidas por los invitados. La vendimia había tenido lugar tres semanas atrás y las hojas otoñales, de un dorado rojizo, iluminadas por el sol que se escondía, colgaban en profusión de las vides, componiendo una llamarada de color. Una gruesa columna de gente las rodeó. En medio había una carreta con una escalerita, hacia la cual todos se acercaron con parsimonia.
 De repente Alexis vio que Giulietta había subido la escalera. Se hizo el silencio y con gran sorpresa la oyó hablar en inglés.
 -George Dillingham era muy distinto de la mayoría de los hombres de hoy en día. No quería cambiar la vida tal como es, o la naturaleza humana, ni consideraba sensato intentarlo. Le gustaba que fuéramos como somos. No sentía inclinación ninguna hacia el cielo; era feliz en la tierra.
 En George se combinaban las virtudes del hombre de la antigüedad con las del hombre de hace cincuenta años. Como un hombre del Renacimiento, tenía un apetito insaciable por la vida y creía en su bondad. Amaba y comprendía la carne, y creía que la carne y el espíritu eran inseparables. Le gustaba la naturaleza animal del hombre y poseía los vigorosos instintos de un animal él mismo. Comprendía y amaba la comida y el vino. Y más aún, amaba y comprendía a las mujeres, y muchas mujeres se enriquecieron por su amor.
 Pero a diferencia de los hombres del Renacimiento, también era una criatura de una gran delicadeza en sus gustos y en sus sentimientos. Por apasionado que fuera, por impetuosos que fueran sus apetitos, nunca era egoísta. Siempre estaba dispuesto a creer que los demás podían tener razón y él estar equivocado. Respetaba la individualidad de los demás y era el hombre menos arrogante del mundo. Los de su generación habrían dicho que poseía la delicada percepción de una mujer. Si eso fue cierto en otra época, ya no lo es en el presente, puesto que nosotras las mujeres de hoy hemos perdido la delicadeza de nuestras abuelas. Por suerte, tanto su pasión por las cosas bien hechas como su delicadeza se evidenciaron en su obra. No se parecía a ninguno de los poetas de hoy. Se encontraba más cerca de los poetas latinos: de Catulo, de Petronio, y de aquel poeta, tal vez Virgilio, que escribió ese poema sobre una bailarina siria cuyos últimos versos os leeré ahora, porque fue el recuerdo de ese poema lo que le llevó a planear esta reunión de sus amigos. Lo leeré traducido, puesto que la mayoría de vosotros no sabréis latín: “Ea, repara aquí tu cansancio bajo la sombra de pámpanos, y ciñe tu cabeza pesada con una guirnalda de rosas y gozando la hermosa boca de una tierna doncella… ¡Ah! Que muera el que tenga un entrecejo a la antigua. ¿Por qué reservas a una insensible ceniza olorosas guirnaldas? ¿O es que quieres que tus huesos se cubran de una losa coronada? Trae vino y dados; que muera quien se cuida del mañana. La Muerte tirando de la oreja dice: ‘Vivid; vengo’.”
 Cuando Giulietta dejó de hablar, todos guardaron silencio, quizá porque la mayoría de los presentes no había comprendido sus palabras.
 Alexis se sintió incómodo porque hubiera hablado en inglés, lo consideraba una falta de tacto. Después de que bajara de la carreta, hubo una pausa, y a continuación Marcel, que había engordado considerablemente, empezó, no sin cierta dificultad, a subir la escalerita. Una vez arriba, saludó con una reverencia y dijo:
 -Mi cometido aquí es repetir en francés lo que nuestra amiga italiana, una noble amante, ella misma, de la poesía y de los poetas, acaba de decir.
 Sin más dilación Marcel les transmitió a todos una traducción del discurso de Giulietta que sin duda había aprendido de memoria. Cuando terminó añadió algunas palabras de su propia cosecha. Todo con una perfecta simplicidad; parecía estar improvisando, y hasta la persona más alejada del auditorio percibía claramente cada una de sus palabras. Cuando terminó se escuchó un murmullo aprobatorio. También hubo alguna risa, mientras le ayudaban a bajar de la carreta.
 Rose, con una urna que contenía las cenizas de George y una gran cuchara de peltre, que imprimía una nota cómica, caminó hacia el centro del viñedo y empezó a lanzar cucharones de cenizas entre las viñas. Tenía el pelo suelto sobre los hombros e iba vestida de negro, sin sombrero.
 Una vez dispersas todas las cenizas, Rose se volvió hacia el grupo y dijo:
Resultado de imagen de david garnett formas del amor -Mis queridos amigos y vecinos. Si lo que acabo de hacer les parece extraño, debo recordar que estoy cumpliendo con los deseos de mi marido. Él me hizo prometer que arrojaría sus cenizas entre las viñas que tanto amaba. Me pidió que una vez hecho esto, todos bebieran de su vino, que hubiera música y después baile, y que la velada terminara con la clase de alegre fiesta que a él tanto le agradaba. Ahora oiremos un poco de música y espero que después todo el mundo se quede a bailar y a brindar.
 Entre los invitados se encontraban varios músicos venidos de París con sus instrumentos. Había un flautista que también tocaba el piccolo, otro tocaba el violín, un tercero la viola, un cuarto el oboe y el último el fagot.
 Este grupo de cuatro hombres y una mujer empezaron primero con una música solemne, con Lulli y Loeillet. Después pasaron a Mozart. La música fue volviéndose más y más animada. Giulietta y Alexis fueron de los primeros en salir a bailar. El enorme Marcel bailaba con la partera que había asistido el nacimiento de Jenny y Vincent con la criada de La Grange, Gabrielle.
 La noche se fundió con el crepúsculo, la terraza fue iluminada, pero los bailarines a menudo se alejaban hacia la oscuridad del camino y el patio. A un costado de la zona iluminada había dos barriles del vino transparente y recio de Chinon, un vino de tres años en barrica. La gente se agolpaba en torno y bebía en pequeños cazos de peltre para luego volver al baile.
 Alexis se había quedado junto a Jenny cuando las cenizas de Sir George fueron esparcidas, pero cuando empezó la música se separaron. Después de bailar con Giulietta decidió ir a buscarla, la encontró asomada a la ventana abierta de sus habitaciones.
 -No, es demasiado. No puedo bailar.
 -Sí que puedes. George tenía razón. Uno puede experimentar dos emociones al mismo tiempo. Una de las dos hace que la otra se vuelva más intensa, y luego la cura.
 Alexis la tomó de las manos, la condujo escaleras abajo y empezó a bailar con ella. Para entonces, a los músicos de París, uno de los cuales era famoso en el mundo entero, se habían unido los talentos locales en la forma de un acordeonista y un corneta del pueblo y dos hombres de color, uno con un tambor y el otro con un saxofón, del destacamento norteamericano de zapadores, acuartelado cerca de Chinon.
 Como en todas las fiestas verdaderamente exitosas, aparecieron de pronto una o dos figuras desconocidas que gracias a su vitalidad y a su desinhibición atrajeron todas las miradas. Una de ellas, una joven llamada Raymonde, resultó ser la prima de Rose e hija del director de la cárcel del Fontévrault. Otro, un muchacho americano llamado Gorgon, se había quedado sentado bebiendo, cerca de un barril de vino; cuando al parecer estaba bien borracho, se dirigió hacia el centro de la terraza, entre dos bailes y comenzó a recitar los encantadores versos de Rabelais destinados a ser inscritos sobre la entrada principal de la abadía de Thélème, del capítulo cincuenta y cuatro de Gargantúa. Era obvio que Gordon poseía un buen conocimiento del francés del siglo XV. Comenzó con los versos que enumeran a todos los que no podrán entrar en la abadía, con una gran dosis de odio y desprecio: “No entréis aquí, hipócritas, santurrones, / viejos impostores, rollizos fingidores…”
 Pero cuando hubo concluido con la lista de escribas, parásitos y abogados sacaperras y llegó a la lista de los que serían bienvenidos, su voz cambió, los signos de ebriedad se disiparon, y empleó un tono extático: “Entrad aquí, vosotras, doncellas de gran alcurnia, / de buena gana y en buena hora, / flores de belleza, de rostros celestiales, / de busto erguido y porte honesto y modesto”.
 Cuando se reanudó el baile, Raymonde se acercó a Gordon y comenzaron a bailar con tanto furor que el resto de parejas se detuvo para admirarlos y aplaudir. Una vez que se terminó el baile desaparecieron y no se les volvió a ver hasta la hora de comer.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Periférica, 2010, en traducción de Marian Womack, pp. 191-198. ISBN: 978-84-92865-13-0.]

martes, 24 de marzo de 2020

Cartas a la antigua China.- Herbert Rosendorfer (1934-2012)

Resultado de imagen de herbert rosendorfer 

Trigésimo tercera carta

«Martes, 28 de enero
 Querido amigo Dji-gu:
 Ha llegado la penúltima luna de invierno. Todavía sigue habiendo nieve. El tiempo es descorazonador.
 Ayer estuve con la señora Pao-leng en la escuela en la que enseña. La escuela es una gran casa en medio de la ciudad y el ruido de la calle es tan fuerte que prácticamente no se puede entender lo que uno mismo dice. Me hubiera gustado asistir a alguna lección, pero, primero, no estaría bien visto que un hombre mayor, extranjero, se sentara entre escolares y, segundo, la señora Pao-leng dijo que se sentiría insegura y nerviosa si me sentara atrás y la mirara casi como controlándola. También tuve la sensación de que cuando la señora Pao-leng entraba en la escuela -por lo demás un edificio nada bonito y muy sucio- se transformaba de mujer en profesora. Entraba en otro mundo. Era como si de golpe se viera iluminada por una luz de otro color. Incluso su modo de hablar conmigo se volvió distinto. Me quedé quieto en una esquina del vestíbulo y la observé. Los muchachos y muchachas de la escuela vociferaban y hacían ruido a mi alrededor. La señora Pao-leng hablaba aquí con un escolar, allí con un colega, es decir con otro profesor. Había algo así como un profundo foso entre nosotros. Veía a la señora Pao-leng allí de pie -fría e inaccesible, rebosando autoridad a raudales-, y en mis pensamientos se deslizó la imagen de esa misma señora Pao-leng cuando yace entre mis brazos dichosa y abandonada en el momento del éxtasis..., y pensé que todos los que aquí giran a su alrededor no saben nada, ni siquiera sospechan qué aspecto tiene la señora Pao-leng entonces...
 ¿Cuál es la imagen verdadera? Seguramente ambas. 
 La señora Pao-leng me presentó al director de la escuela y dio la pequeña explicación de costumbre: que soy un hombre de Chi-na que se encuentra en Mun-ijk por estudios y todo lo demás. La señora Pao-leng desapareció con una cohorte de escolares. El señor director estaba muy satisfecho y me  recibió muy amablemente en su despacho. Me contó muchas cosas del sistema escolar de los narizotas que, por lo que pude entender, se distingue sobre todo porque cambia constantemente. Por regla general, los niños entran en la escuela con seis años y permanecen hasta los catorce, otros hasta los dieciocho, otros, que se aplican al estudio de una disciplina científica, todavía más. El nivel inferior de las escuelas se llama "Colegio del pueblo"; el superior "Madre de las Ciencias". Entre ambos hay muchos niveles y ramas secundarias.
 El director me dijo que la principal dificultad con la que el sistema escolar, y en realidad el sistema educativo, tiene que luchar no es la maldad, la impuntualidad y la falta de atención de los escolares, sino el hecho de que las escuelas están supervisadas por un ministro y sus mandarines que, a decir verdad, elaboran muchas prescripciones con laboriosa precisión pero que no tienen ni idea de lo que es esencial para una escuela. La obligación principal del profesor consistiría en encontrar una vía intermedia, en parte legal, en parte no, entre los defectos de los escolares y las prescripciones de manual del ministerio.
 Lo que el director no me dijo, pero que yo saqué en conclusión de sus muchos comentarios, es una dificultad mucho más profunda del sistema educativo, que hay que retrotraer a un hecho que llama la atención y merece la pena recordar cuando se habla de la manera de pensar de los narizotas. Un profesor de aquí, entre los narizotas, no puede decir de un escolar que es un sinvergüenza, que es impertinente, que es vago, que es desordenado..., el profesor no puede decir que el escolar es tonto o no está dotado para el estudio. Es comprensible que esto pone al profesor en una situación bien difícil respecto a las familias de los escolares, porque cuando la educación fracasa, la mayor parte de las veces no se debe a la frescura o al desorden, sino a la estupidez y a la falta de agudeza. Pero eso precisamente es lo que los profesores no pueden decir. Impera un código de costumbres no escrito, políticamente correcto, que afirma que todos están igualmente dotados. ¿De dónde se han sacado eso? Procede de la idea de los narizotas, en sí misma noble, de que todos los hombres son iguales. Esto aparece consignado en la ley, siempre se subraya en cualquier parte y quien lo dice en voz alta se asegura la aquiescencia de todos. He hablado sobre ello con el señor Me-lon, que como juez se cuida mucho de tratar a todos los hombres por igual. Al principio estaba poco conforme con mis preguntas y opiniones, pero luego tuvo que mostrarse de acuerdo.
 -Sí -dijo-, por supuesto que hay que tratar por igual; éste es un principio fundamental muy estimable, que pobres y ricos, nobles y plebeyos, negros y blancos sean tratados por igual, pero ¿son en realidad todos iguales? Tienen el mismo peso, sus almas tienen el mismo peso, pero no son iguales. En su humanidad un tonto tiene el mismo peso que un listo, y se le pueden infligir tan pocos daños o injusticias tanto al uno como al otro, pero no por ello son iguales. Se confunden los conceptos cuando se mezcla peso y carácter.
Resultado de imagen de cartas a la antigua china Pero los narizotas practican desde antiguo una filosofía falaz. De la igualdad de los hombres, de la igualdad del peso de sus almas deducen una identidad de sus derechos vitales. Esto llega tan lejos que, hoy en día, simplemente se niega el hecho de que existe gente dotada intelectualmente de forma muy distinta. Ya no se permite tener la opinión de que hay gente menos dotada. Sólo está permitida la opinión de que todos los hombres son completamente iguales. Aunque, naturalmente, una simple inspección ocular ya hable en contra de esta opinión, han inventado la ciencia del alma, gracias a la cual queda fuera de toda cuestión considerar que alguien esté menos dotado; en este sentido, se ha descubierto que el menos dotado no está menos dotado, sino que se vio perjudicado por acontecimientos que han impedido su desarrollo en el seno materno o en su juventud o en algún momento similar.
 En general, de la confusión entre ser iguales y tener el mismo peso surge un miedo asombroso e incomprensible a llamar a las cosas por su nombre. Nadie puede ser señalado como pobre, tonto o atrofiado, aunque realmente lo sea. Los narizotas tienen miedo de vulnerar al aludido en sus derechos con tal denominación (que sólo aparece de modo encubierto). ¿Acaso los narizotas tienen miedo a mirar a la realidad cara a cara? La historia de la filosofía de los narizotas en los últimos doscientos años -vistos desde aquí- es la historia del pensamiento que da la espalda a la realidad. La filosofía de los narizotas ya no piensa sobre cómo es el hombre y su sociedad, se ocupa de inventar constantemente nuevas propuestas sobre cómo debería ser el hombre y su sociedad. Es lógico que como se pueden tener cien opiniones diferentes sobre ello, la filosofía nunca llegue a un resultado común. No obstante, la opinión que, por lo menos, predomina en la actualidad parece ser que el hombre , en esencia, es bueno y sabio, y que si es o se vuelve corrupto siempre son los demás los que tienen la culpa. He hablado con muchos narizotas educados y he investigado sus opiniones: con el señor Shi-shmi (que es un erudito probado), con el maestro Yü-len, con el señor juez Me-lon, con la señora Pao-leng. Básicamente todos son de la opinión de que sólo es preciso pensar bien del hombre para que se vuelva bueno.
 Eso me parece tanto como opinar que sólo es preciso quitarle la antiestética muleta a un cojo para que pueda volver a andar derecho.
 Aquí el final de las clases no se anuncia como en nuestra tierra con un discreto redoble de tambor, sino con un timbre estridente. Me levanté, le di las gracias al señor director con una reverencia de tres cuartos. Fuera me esperaba la señora Pao-leng y fuimos en su vehículo Ko-tse a casa. Ahora disfruto con el viaje en vehículo Ko-tse, porque he aprendido a apreciar las comodidades del mundo de los narizotas. Pero no ignoro el precio que deben pagar por ello. Por eso no echaré de menos las comodidades. Cuando pienso en el desorden y la confusión de los conceptos, que son el precio de estas comodidades, no me pesa volver a encontrarme pronto en nuestro mundo, donde no es necesario apretar un botón para que haya luz.
 Pero el Moet Shang-dong sí que lo echaré de menos.
 Un cordial saludo, de quien pronto volverá a estar contigo.
 KAO-TAI.»
   
   [El texto pertenece a la edición en español de Acantilado Editorial, 2004, en traducción de Roberto Bravo de la Varga. ISBN: 84-96136-71-X.]

martes, 1 de mayo de 2018

Tratado sobre la inmortalidad del alma.- Pietro Pomponazzi (1462-1525)


Resultado de imagen de pietro pomponazzi  
Capítulo I
En el que se muestra que el hombre es de naturaleza indeterminada y es intermedio entre los seres mortales y los inmortales

«Pero pensé que el inicio de nuestra consideración debía tomarse a partir del hecho de que el hombre es de una naturaleza no simple, sino múltiple, no cierta, sino incierta, y de que es intermedio entre los seres mortales y los inmortales. Y puede verse claramente esto si analizamos sus operaciones esenciales, a partir de las cuales se conocen las esencias. En efecto, por el hecho de que ejerce las funciones de las almas sensitiva y vegetativa, las cuales, como se afirma en el libro segundo Acerca del alma y en el segundo Acerca de la reproducción de los animales (capítulo 3), no pueden ejercerse sin instrumento corporal y caduco, se sitúa del lado de la mortalidad. Pero por el hecho de que intelige y quiere, que son operaciones que, según se establece a lo largo de todo el libro Acerca del alma y en el libro primero Acerca de las partes de los animales (cap. 1) y en el segundo Acerca de la reproducción de los animales (cap. 3), se ejercen sin instrumento corporal, dado que estas operaciones demuestran la separabilidad y la inmaterialidad, y éstas por su parte la inmortalidad, ha de ser considerado entre los seres inmortales. A partir de estos hechos puede llegarse plenamente a la conclusión de que no es de naturaleza simple, ya que incluye tres almas -más o menos podríamos decirlo así-, esto es, la vegetativa, la sensitiva y la intelectiva, y a partir de que puede reivindicar para sí una naturaleza indeterminada, ya que no es por sí mismo ni mortal, ni inmortal, sino que abraza una y otra naturaleza. Por lo cual bien dijeron los antiguos cuando lo pusieron entre los seres eternos y los temporales, porque no es ni puramente eterno ni puramente temporal, pues participa de una y otra naturaleza, y a él mismo, estando en posición intermedia, se le ha concedido la potestad de apropiarse de la que quiera de ambas; de ahí que se encuentren tres clases de hombres: algunos, en efecto, se cuentan entre los dioses, aunque son muy pocos: aquellos que, habiendo subyugado las almas vegetativa y sensitiva, se han hecho racionales casi al completo; otros, sin embargo, abandonando por completo el intelecto, e importándoles sólo el alma vegetativa y la sensitiva, prácticamente han pasado a ser bestias. Y quizá fue esto lo que quería significar la fábula pitagórica cuando dijo que las almas humanas transitan hacia diversas bestias. A algunos, por el contrario, se les ha denominado simples hombres; y éstos son los que vivieron moderadamente según las virtudes morales, pero no se entregaron completamente al intelecto, ni abandonaron totalmente las funciones corpóreas. En todo caso, cada uno de estos modos tiene gran variedad, como puede verse fácilmente. Con esto además concuerda lo que se dice en el Salmo: "Lo hiciste un poco inferior a los ángeles", etc.

 Capítulo II
En el que se exponen los modos en que se puede entender dicha multiplicidad del alma humana

 Así pues, una vez comprobada la múltiple y ambigua naturaleza del hombre, no ciertamente esa que resulta de la composición de materia y forma, sino esa que proviene de su forma o alma, queda por ver que, como lo mortal y lo inmortal son cosas opuestas que no pueden ser afirmadas de una misma cosa, alguien con razón ponga en discusión cómo es posible que esas naturalezas se prediquen al mismo tiempo del alma humana. Y, ciertamente, entender esto no es cosa leve.
 Por ello, o bien se admitirá una y la misma naturaleza, la cual sería al mismo tiempo mortal e inmortal, o bien dos diferentes. Además, si se concede lo segundo, se podrá entender esto de tres maneras: o bien según el número de los hombres habrá un número de naturalezas mortales e inmortales; por ejemplo, en Sócrates habrá una naturaleza inmortal y una o dos mortales, y así en los demás casos, y de esta manera cada hombre tendrá una naturaleza propia mortal y otra inmortal; o más bien se establecerá en todos los hombres una sola naturaleza inmortal, pero en cada hombre se distribuirán y se multiplicarán las naturalezas mortales; o más bien, por el contrario, ponemos una naturaleza inmortal multiplicada, pero la mortal común para todos.
 Sin embargo, si es elegida más bien la otra posibilidad, es decir, que el hombre sería mortal e inmortal por una y la misma naturaleza, como parece que no puede ser que predicados opuestos se apliquen a una misma cosa, no puede ocurrir sencillamente que la misma naturaleza sea mortal e inmortal, sino que o bien por sí misma [simpliciter] será inmortal y en un cierto aspecto [secundum quid] mortal; o más bien al revés, es decir, por sí misma mortal y en un cierto aspecto inmortal; o más bien abrazará una y otra posibilidad en un cierto aspecto, es decir, en un cierto aspecto será mortal y en otro inmortal. En definitiva, con estos tres modos podría evitarse suficientemente la objeción. Así que, recapitulando, esta cuestión se podrá representar a través de estos seis modos, según se le manifiesta a aquel que sabe discurrir y concluir.»
 
  [El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Tecnos, en traducción de José Manuel García Valverde. ISBN: 978-84-309-5033-1.]

domingo, 12 de noviembre de 2017

"El patriota y otros ensayos".- Samuel Johnson (1709-1784)


Resultado de imagen de samuel johnson   

Sobre la pena capital

«El poder y el rango halagan y deleitan tanto que, a pesar de las tentaciones que conllevan y los peligros a los que exponen, no hay casi virtud, por precavida que sea, o prudencia, por mucho que desconfíe, que se permita rechazarlos. Incluso los hombres más respetuosos de la legalidad prefieren que se piense que su conducta está dictada, no por el temor, sino por su propia voluntad, y aparentan sumisión más que obediencia a las leyes. Nos complacemos en ignorar las fronteras que no podemos cruzar, y como observaba el satírico romano, quien no tiene poder para acabar con la vida de otros, sin embargo se alegra de tenerla en sus manos.
 El mismo principio, que con el tiempo degenera y se corrompe, preside el deseo de investir la autoridad legítima con el atributo del terror y la capacidad de gobernar por la fuerza en vez de la persuasión. Y como el orgullo se resiste a aceptar otras razones que las que dicta la propia voluntad, por ello mismo es capaz de imponer las medidas más sensatas recurriendo a violencias y sanciones antes que rebajar la dignidad del mando a debates y razonamientos.
 No parece exagerado sospechar que semejantes muestras de arrogancia política hayan podido ocasionalmente infiltrarse en las asambleas legislativas y mezclarse con debates sobre la propiedad y la vida. Una rápida ojeada a las leyes que instauran medidas de justicia vengativas y coercitivas permite descubrir tal cúmulo de desproporciones entre crímenes y castigos, tan caprichosos distingos en las definiciones de las culpas y tanta confusión entre negligencia y severidad, que cuesta creer que estos documentos sean el reflejo de una sabiduría oficial que aspira sincera y sosegadamente a establecer el bienestar público.
 El sabio, juicioso y piadoso Boerhaave decía que no era capaz de ver a un criminal conducido al cadalso sin preguntarse: "¿Quién puede decir que ese hombre no es menos culpable que yo?" La próxima vez que las cárceles de esta ciudad vacíen su contenido en el cementerio, que quienes asistan al espectáculo de tan horrenda procesión se hagan la misma pregunta con el corazón en la mano. Bien pocos de los que asisten en masa a estas masacres legales y se asoman con indiferencia, o tal vez con júbilo, a la más profunda sima de la miseria humana que revelan serían después capaces de repetir la experiencia sin sentirse horrorizados y abatidos. Y es que, ¿quién puede jactarse de no haber cometido nunca actos no más perjudiciales para la paz y prosperidad de todos que el robo de una simple moneda?
 Cuando una determinada forma de latrocinio se extiende hasta convertirse en la regla, se ha buscado siempre suprimirla mediante la adopción de penas capitales. Pero el resultado es que si se logra eliminar a los malhechores por una generación, sus sucesores aprenden la lección y conciben nuevas fórmulas de delinquir. El arte de robar se dota así de una mayor variedad de añagazas y se refina con la adquisición de más sutiles destrezas y métodos más solapados de ejecución. La justicia vuelve entonces a perseguir los nuevos crímenes con más saña y a combatirlos con la muerte. Esta tendencia conduce a la multiplicación de las penas capitales, hasta conseguir que crímenes muy dispares en importancia sean por igual sometidos al castigo más severo que los hombres son capaces de imponer a sus congéneres.
 El legislador sin duda está autorizado a valorar el grado de malignidad de los delitos, no sólo atendiendo a las pérdidas o el dolor que cada uno de ellos pueda infligir, sino también a la alarma y preocupación pública que desata el temor al crimen y a la pérdida de bienes. En este sentido, no hace otra cosa que ejercer el derecho que toda sociedad se supone capacitada para ejercer sobre la vida de sus miembros, no sólo a la hora de castigar cualquier transgresión, sino para mantener el orden y preservar la paz. Las leyes que aplica con más dureza son las más expuestas a ser violadas, del mismo modo que el comandante de una guarnición redobla las guardias en los flancos más expuestos al enemigo.
 Este método se aplica desde hace mucho tiempo, pero con tan poco éxito que los saqueos y las violencias van en aumento. Sin embargo, pocos parecen dispuestos a reconocer su ineficacia. Antes bien, entre quienes se dedican a especular sobre el actual estado de corrupción del pueblo, hay quienes proponen la adopción de castigos aún más horribles, permanentes y desmesurados; otros prefieren que se acorte el plazo de las ejecuciones; los terceros, que los indultos sean más difíciles de otorgar. Y en general, todos parecen pensar que la lenidad ha dado alas a la maldad y que sólo podremos librarnos de la amenaza de los ladrones aplicándoles el rigor más inflexible y la justicia más sanguinaria.
 No obstante, y puesto que el derecho de asignar a la vida un valor incierto y arbitrario ha sido puesto en tela de juicio, y dado que la experiencia de otras épocas nos deja pocas razones para esperar que el crimen pueda reformarse gracias a las periódicas hecatombes de nuestros semejantes, tal vez no sea baladí estudiar las consecuencias que pudieran derivarse de un relajamiento de las leyes y una más racional y equilibrada adaptación de las penas a los delitos.
 La muerte, como observaba un autor antiguo, es "de las cosas más horrendas, la más horrenda"; un mal de tal índole, que nadie en el mundo puede amenazar con superarlo y más allá del cual nadie puede temer asechanza alguna de sus enemigos o adversarios. El terror de la muerte, por tanto, las autoridades han de reservárselo como último expediente, por ser la más áspera y eficaz de la sanciones, y ponerlo a custodiar el tesoro de la vida como advertencia de que lo hurtado, en este caso, jamás podrá ser restituido. Pero igualar el robo y el homicidio equivale a rebajar el homicidio a robo, sembrar en las mentes vulgares la confusión entre grados de iniquidad, e incitar a cometer un crimen más grande para prevenir el castigo de otro mucho menor. Si sólo el asesinato mereciera ser castigado con la muerte, muchos ladrones sin duda dejarían de mancharse de sangre las manos; pero si resulta que no se exponen a ningún otro peligro por este acto de crueldad y aun pueden aspirar a cierto grado de impunidad, ¿cómo disuadirlos?
 Podrá aducirse que las sentencias generalmente son rebajadas a simple hurto, pero con ello se está confesando que tenemos leyes, al parecer, insensatas. De hecho, cualquiera puede advertir que, salvo los asesinos, todos los criminales pueden prevalerse, llegada la hora, de contar con la venia del género humano.
 El convencimiento de que el castigo no se corresponde al delito explica las frecuentes peticiones de indulto. A quienes más favorables se muestran al castigo del robo les escandaliza, sin embargo, que el ladrón pueda ser ajusticiado. Comparado con su tormento, el crimen parece baladí, y el ejercicio de la piedad arruina en este caso la voluntad de castigo.
 La horca, en efecto, es un efectivo antídoto contra la propagación del crimen por el ajusticiado; pero su muerte no parece que contribuya a corregir la conducta de sus colegas más efectivamente que cualquier otro método de aislamiento. El ladrón no dedica mucho tiempo que digamos a aprender de pasadas experiencias o prevenirlas, más bien se apresura a pasar del robo a la insurrección; y cuando la tumba ha engullido a su cómplice, su primera preocupación es buscarse otro. [...]
 Quien ignore que las leyes más severas por lo general conducen a la más completa impunidad, quien no sepa que innumerables son los crímenes ocultados y olvidados para evitar que los infractores caigan en ese estado en el que de nada sirve el arrepentimiento, no puede decirse que conozca la naturaleza humana. Y si quienes fácilmente confunden crueldad y firmeza prefieren tachar esta postura compasiva y censurarla y despreciarla, sólo diré que no imagino un solo hombre de bien que no prefiriera atenuarla o reducir su alcance.»
 

domingo, 7 de febrero de 2016

"Juliette".- Marqués de Sade (1740-1814)


Resultado de imagen de marques de sade  
 Primera parte

 "Gusta a todo el mundo, Juliette -me respondió Saint-Fond-, todos los hombres tienden al despotismo; es el primer deseo que nos inspira la naturaleza, muy alejada de esa ridícula ley que se le achaca cuya letra es no hacer a los otros lo que no quieras que te hagan a ti... por miedo a las represalias, tendríamos que añadir, porque es totalmente seguro que sólo el temor a la reciprocidad ha podido dar a la naturaleza un lenguaje tan alejado de sus leyes. Por consiguiente, afirma que la primera y más viva inclinación del hombre es, sin ninguna duda, encadenar a sus semejantes y tiranizarlos con todo su poder. El niño que muerde la teta de su nodriza... que rompe constantemente su sonajero, nos hace ver que la destrucción, el mal y la opresión son las primeras inclinaciones que la naturaleza ha grabado en nuestros corazones, y a las cuales nos entregamos con mayor o menor violencia, en razón del grado de sensibilidad de que estamos dotados. Por lo tanto, es muy cierto que todos los placeres que pueden halagar al hombre, todas las delicias que puede saborear, todo lo que mejor deleita sus pasiones, se encuentran en esencia en el despotismo con que puede gravar a los otros. La voluptuosa Asia, al encerrar cuidadosamente a los objetos de sus goces, ¿no demuestra acaso que la lujuria gana con la opresión y la tiranía y que las pasiones se inflaman mucho más con todo lo que se obtiene por la fuerza que con lo que se concede de buen grado? Desde que está demostrado que la suma de la felicidad del que actúa se mide en razón de la violencia de la acción cometida, y esto porque cuanto más fuerte es esta dosis más excita al sistema nervioso, desde el momento, digo, en que esto está demostrado, la mayor dosis de felicidad posible consistirá, entonces, en el mayor efecto del despotismo y de la tiranía: de donde resultará que el hombre más duro, más feroz, más traidor y más malvado, será necesariamente el más feliz; porque, como a menudo te ha dicho Noirceuil, no es en el vicio ni en la virtud donde está la felicidad: está en la manera en que estamos dispuestos para sentir uno u otro, y en la elección que hagamos de acuerdo con esta organización. No es en la comida ofrecida donde está mi apetito, esta necesidad sólo está en mí, y esa comida afecta de forma muy diferente a dos personas: excita la voluptuosidad en el que tiene hambre... repugnancia en el que acaba de calmarla. Sin embargo, es cierto que debe haber diferencia en las vibraciones recibidas, y que el vicio debe provocarlas mucho más vivas. en el individuo dispuesto para él de las que puede ofrecer la virtud al ser cuyos órganos están construidos para recibirla; y que, aunque el alma de Vespasiano fuese buena y la de Nerón malvada, y, sin embargo, ambas fuesen sensibles, había una gran diferencia en el temple de estas almas con relación al germen de sensibilidad que las constituía (porque la de Nerón estaba dotada, si duda, de una facultad sensible muy superior a la de Vespasiano), es cierto, digo, según esto, que Nerón debió ser con seguridad más feliz que Vespasiano; y esto por la indiscutible razón de que lo que afecte más vivamente será siempre lo que haga más feliz al hombre, y de que un ser vigoroso, construido sólo por eso para recibir mejor impresiones de vicio que impresiones de virtud, encontrará la felicidad mucho mejor que un individuo dulce y tranquilo, cuya débil complexión sólo le posibilita la estúpida y monótona práctica de las buenas costumbres. Entonces, ¿qué mérito tiene al practicar la virtud, si no prefería el vicio? Del mismo modo, Vespasiano y Nerón han sido tan felices como podían serlo, pero Nerón ha debido serlo mucho más, porque sus goces han sido mucho más vivos y Vespasiano, concediendo favores a un hombre indigente por la mera razón -decía él- de que era preciso que los pobres viviesen, era excitado de una forma infinitamente menos viva que Nerón viendo arder Roma, con una lira en la mano, en lo alto de la torre Antonia. Pero, se dirá, uno merecía altares y el otro hogueras. Sea, si así lo deseáis; lo que yo juzgo no es el efecto de su alma sobre los otros, sino las sensaciones interiores que uno y otro debieron recibir, en razón de las diferentes inclinaciones de que uno y otro estaban dotados, de las diferentes vibraciones con que eran agitados; y, en este sentido, el hombre más feliz de la tierra, sin duda alguna, será aquél que, por cualquier acción, haya hecho pasar a su alma las sacudidas más violentas que pueda recibir; y como las sacudidas del vicio son más fuertes, más enérgicas que las de la virtud, inevitablemente el hombre más feliz de la tierra será aquél que esté más entregado a las infamias, a los más crapulosos excesos, a las más criminales costumbres y que las renueve con la mayor frecuencia... aquél que, cada día, las duplique, las triplique en fuerza".