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miércoles, 24 de junio de 2020

Archipiélago Gulag (1918-1956).- Alexandr Solzhenitsyn (1918-2008)

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Primera parte: La industria penitenciaria
Capítulo 11: La medida suprema

   «En Rusia la historia de la pena de muerte describe sinuosos altibajos. Si el código de Alexéi Mijáilovich preveía la pena de muerte en cincuenta casos, en las Ordenanzas Castrenses de Pedro I éstos llegaban ya a doscientos artículos. Por su parte, la emperatriz Isabel, aunque no llegó a abolir dichos artículos, no los aplicó una sola vez: cuentan que al subir al trono hizo voto de no ejecutar a nadie, y lo mantuvo en los veinte años que duró su reinado. ¡Y no tuvo necesidad de recurrir al cadalso, a pesar de la guerra de los siete años! Es un ejemplo digno de asombro, teniendo en cuenta que ello ocurría a mediados del siglo XVIII, cincuenta años antes de la guillotina de los jacobinos. Ciertamente, siempre nos las hemos sabido ingeniar para ridiculizar nuestro pasado; nos negamos a reconocer que pueda haber buenos actos o intenciones en nuestra historia. Y así, tampoco es difícil encontrar razones para poner a Isabel de vuelta y media, ya que sustituyó la pena de muerte por el chasquido del látigo, los desnarigamientos, las marcas corporales a fuego con la palabra "ladrón" y los destierros perpetuos a Siberia. Sin embargo, digamos en descargo de la emperatriz: ¿cómo podría haber ido más lejos sin contravenir las ideas establecidas? Hoy día, quizá prefiriera de buena gana el condenado a muerte, con tal de seguir viendo el sol, todo este complejo de suplicios que nosotros, por humanidad, no le ofrecemos. Tal vez, a medida que se adentra en este libro, el lector se incline a pensar que veinte y hasta diez años en nuestros campos penitenciarios son más rigurosos que los castigos de Isabel.
 Con arreglo a nuestra terminología actual, debiéramos decir que Isabel se había atenido a un punto de vista universal, mientras que Catalina II siguió unos planteamientos de clase (y, por consiguiente, más justos). No podía prescindir de la pena capital porque ello le hubiera hecho sentirse inquieta y desprotegida. Y de este modo admitía la pena de muerte como algo plenamente justificado siempre que se tratara de defender a su persona, su trono y su régimen, es decir: para penar delitos políticos (Mirovich, la revuelta de la peste en Moscú, Pugachov). En cuanto a los delincuentes comunes, ¿por qué no darla por abolida?
 Durante el reinado de Pablo I se confirmó la abolición de la pena de muerte. (Y no es que faltaran guerras, pero los regimientos carecían de tribunales militares). En cuanto al largo reinado de Alejandro I, la pena máxima se aplicó sólo para crímenes cometidos por militares en campaña (1812). (Y aquí habrá quien objete: ¿y los azotes con baquetas, que acababan necesariamente con la muerte? Nada podemos decir; hubo, es cierto, muertes anónimas, ¡pero es que para matar a un hombre puede bastar una asamblea sindical! Y pese a todo, durante medio siglo, desde Pugachov hasta los decembristas, ni siquiera los reos de Estado tuvieron que entregar su alma a Dios como resultado de una votación entre jueces).
 Desde que fueron ahorcados los cinco decembristas, en nuestro país la pena de muerte por crímenes de Estado nunca más fue abolida. Al contrario, quedó refrendada en los códigos de 1845 y 1904 y completada con los códigos castrenses de Infantería y de Marina. Sin embargo, sí fue abolida para todos los crímenes que competieran a los tribunales ordinarios.
 ¿Y cuántos fueron ajusticiados en Rusia durante este período? Ya hemos presentado (capítulo VIII) los cálculos de los liberales en los años 1905-1907: 894 ejecuciones en ochenta años, es decir, unas once personas al año por término medio. Añadiremos ahora las cifras más rigurosas de N.S. Tagantsev, especialista en derecho penal ruso. Hasta 1905, la pena de muerte en Rusia era una medida de excepción. En los treinta años que van de 1876 a 1905 (la época de "Naródnaya Volia", de actos terroristas reales, y no de intenciones manifestadas en la cocina de un apartamento comunal; tiempos de huelgas masivas y revueltas campesinas; tiempos en los que se fundaron y consolidaron todos los partidos de la futura revolución) fueron ejecutadas 486 personas, es decir, unas 17 personas por año en todo el país (incluidos presos comunes). El número de ejecuciones se disparó en los años de la primera revolución y su aplastamiento, lo cual impresionó la imaginación de los rusos, provocó las lágrimas de Tolstói, la indignación de Korolenko y de muchos y muchos más: de 1905 a 1908 fueron ejecutadas unas 2200 personas. (¡Cuarenta y cinco personas por mes!). Pero las ejecutaron fundamentalmente por terrorismo, asesinato o bandolerismo. Aquello fue una epidemia de ejecuciones, en palabras de Tagantsev (pero cesó de inmediato).
Archipielago Gulag (1918-1956) - books4live Produce extrañeza leer que en 1906, cuando se implantaron los tribunales militares de campaña, uno de los problemas más complejos fue el siguiente: ¿quién debía llevar a efecto las ejecuciones? (Se exigía que fuera dentro de las veinticuatro horas siguientes a la sentencia). Si se encargaba el fusilamiento a la tropa, esto producía una desfavorable impresión entre los hombres. Y a menudo era imposible encontrar verdugos voluntarios. Las mentes precomunistas no habían descubierto que basta un solo verdugo disparando en la nuca para para matar a tantos como haga falta.
 El Gobierno Provisional, al hacerse cargo del poder, abolió la pena de muerte del todo. Pero en julio de 1917 la restableció -en el ámbito del Ejército en activo y en las zonas del frente- para delitos cometidos por militares: asesinato, violación, bandolerismo y pillaje (crímenes que abundaban mucho, entonces, en aquellas regiones). Fue una de las medidas más impopulares y llevó a la perdición al Gobierno Provisional. Una de las consignas de los bolcheviques en el golpe de Estado fue: "¡Abajo la pena de muerte restablecida por Kerenski!"
 Se cuenta que en Smolny, en la misma noche del 25 al 26 de octubre, surgió una discusión sobre si uno de los primeros decretos no habría de ser la abolición de la pena de muerte por siempre jamás. Lenin ridiculizó entonces el idealismo utópico de sus camaradas, pues sabía que sin pena de muerte sería imposible dar un solo paso hacia una nueva sociedad. Sin embargo, como formaba un gobierno de coalición con los socialistas revolucionarios, hubo de ceder ante sus erróneas concepciones y, a partir del 28 de octubre de 2017, la pena de muerte quedó, por fin, abolida. Naturalmente, no podía esperarse nada bueno de este viraje hacia la "blandura". (Además, ¿de qué manera fue abolida? A principios de 1918, Trotski ordenó que se juzgara a Alexéi Schastni, recién promocionado a almirante por haberse negado a hundir la flota del Báltico. El Presidente del Tribunal Revolucionario Supremo, Karklin, sentenció rápidamente en su imperfecto ruso: "fusilar en veinticuatro horas". Agitación en la sala: "¡La pena de muerte está abolida!" Pero precisó el acusador Krylenko: "¿De qué os inquietáis? Pues claro que está abolida la pena de muerte. A Schastni no le vamos a aplicar la pena de muerte, lo vamos a fusilar". Y lo fusilaron).
 A juzgar por los documentos oficiales, la pena capital fue restablecida en toda su extensión a partir de junio de 1918, aunque mejor dicho no es que fuera "restablecida", sino que se instauró como una nueva era de ejecuciones. Si damos por supuesto que Latsis no calcula por lo bajo, sino que simplemente dispone de datos incompletos, y que los tribunales revolucionarios trabajaron en el terreno judicial como mínimo con tanta intensidad como la Cheká en el extrajudicial, llegamos a la conclusión de que en dieciséis meses (de junio de 1918 a octubre de 1919) en las veinte gubernias centrales de Rusia se fusiló a más de 16.000 personas (lo que equivale a más de mil personas al mes). (Por cierto, fueron fusilados entonces el presidente del primer soviet ruso de diputados [el de Petersburgo, 1905], Jrustaliov-Nosar, y el pintor que diseñó el uniforme medievalizante que llevaron los soldados rojos durante toda la guerra civil).
 Tenemos, además de todo esto, los tribunales revolucionarios militares, con sus cifras de millares de condenados por mes. Y los tribunales revolucionarios de ferrocarriles (véase el capítulo 8, pág. 358).»

   [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 1998, en traducción de Josep M. Güell y Enrique Fernández Vernet. ISBN: 84-8310-046-0.]

jueves, 28 de mayo de 2020

La carroza de Bolívar.- Evelio Rosero (1958)


 

Segunda parte
4

   «-¿Cómo establecer -dijo Chivo- a estas alturas que los pastusos eran realistas y defendían al rey? Si ni siquiera defendían sus tierras y haberes, señores, defendían la vida misma, ¿con qué ganas iban a ocuparse de un rey desconocido a perpetuidad? Eran tan "realistas" los pastusos que la primera rebelión del mundo contra el rey español ocurrió en su provincia, muchísimo antes del "grito de independencia" de 1810. Fue en 1781: veintinueve años antes. Y fue un levantamiento popular por los nuevos impuestos reales, rebelión que acabó con la vida del cobrador de impuestos, el español Ignacio Peredo, a manos del indio Naspirán. Hubo también otra revuelta contra los reales decretos, de proporciones mayores a muchas de las que ha enaltecido la historia; esta segunda ocurrió veinte años después de la primera, y nueve años antes del grito oficial de independencia: sucedió en Túquerres, cerca de Pasto, y cobró la vida de los hermanos Clavijo, comerciantes acaudalados, representantes del rey en el recaudo de impuestos. Otra vez los indios y montañeses fueron protagonistas: su grito de rebeldía hizo callar al párroco encargado de leer el decreto en plena misa mayor, un domingo 18 de mayo: dos mujeres indígenas, Manuela Cumbal y Francisca Aucú, le arrebataron de las manos el papel del decreto, y al grito de Abajo el mal gobierno lo pisotearon. Empezaron a llegar a la población indios de Sapuyes y Yascual, armados de palos y lanzas; se fueron contra la casa del corregidor, la incendiaron; un grupo encabezado por Lorenzo Piscal, Julián Carlosama y Ramón Cucas Remo, sitió la iglesia para evitar la fuga de los Clavijo, que se habían refugiado allí, en el nicho de la Virgen, donde se creían protegidos. Pero invadido el templo, a Francisco Clavijo lo atravesaron con su propia lanza, también lancearon a Atanasio, mientras que el tercero de los Clavijo, Rafael Martín, pudo escapar disfrazado de mujer. Controlada la revuelta, el escarmiento de las autoridades españolas no se hizo esperar: "Los cabecillas fueron llevados arrastrados a cola de caballo con el pregonero delante que iba repitiendo en altas voces que aquélla era la justicia que mandaba hacer el rey nuestro señor a aquellos hombres por sus atrocísimos excesos y fueron condenados con la muerte de horca, y después cortadas las cabezas y manos", según certifica el escribano de cabildo público. Desde siempre la provincia pastusa padecía los impuestos de España, y los impuestos se recrudecieron con el Libertador Simón Bolívar, que incluso mandó que los indios continuaran pagándolos tal y como los pagaban con la monarquía, y cargó de gravámenes y otras contribuciones al pueblo de Pasto, ya empobrecido. De modo que lo que se les vino encima, el vendaval de los libertadores, era un enemigo peor que la monarquía: "No habría libertad mientras hubiera libertadores" era un dicho popular. Los libertadores, indica Sañudo, "infatuados por un necio orgullo, creían que ellos solos habían dado independencia a la república, y en nada estimaban los sacrificios de los pueblos, y estaban persuadidos de que Colombia debía ser patrimonio suyo". El Libertador fue el enemigo que no dio concesiones a Pasto, como sí las dio a otros pueblos realistas, importantes baluartes de la corona, cuando los derrotaron. "Mientras en otras ciudades de la nueva república se levantaban escuelas (nos dice Sañudo), en Pasto era el exterminio". Y la orden, el acicate de toda esta inmolación venía de Bolívar, el principal ofendido en las vísceras del alma a partir de Bomboná, de Bolívar a sus generales, de los generales a los oficiales, de los oficiales a los soldados, a los esbirros, a los matarifes como Salom, Flores, Cruz Paredes (que seguían estrictas órdenes de Bolívar), Lucas Carvajal, Andrés Alvárez o los brutos Hermógenes Maza y Apolinar Morillo, asesinos (los acusa Sañudo) que "sólo por probar el esfuerzo de su brazo hundían sus espadas en filas de individuos". Pues las matanzas no se hicieron esperar, y las alentaba el Libertador, que dio además un decreto de confiscación de bienes. Decía en un considerando: "esta ciudad, furiosamente enemiga de la república, no se someterá a la obediencia, y tratará siempre de turbar el sosiego y tranquilidad pública si no se la castiga severa y ejemplarmente".
La carroza de Bolívar - Evelio Rosero | Planeta de Libros Impuso contribuciones en pesos y reses y caballos que la empobrecida y saqueada Pasto no podía pagar, desterró a hombres y mujeres. Sus órdenes no buscaban independizar una provincia: la aniquilaban: "Deshágase usted de los prisioneros de modo que le sea más conveniente y expeditivo... usted conoce a Pasto y sabe de todo lo que es capaz; quizás en muchos meses no tendremos tranquilidad en el Sur", "Yo he dictado medidas terribles contra ese infame pueblo... las mujeres mismas son peligrosísimas... en Pasto 3.000 almas son enemigas (no quedaban más), pero un alma de acero que no pliega por nada... es preciso destruirlos hasta en sus elementos", y daba a Salom, el peor de sus esbirros, las órdenes terminantes: "Haga usted prodigios a fin de acabar cuanto antes con los infames de Pasto". "Destruir a los pastusos. Usted sabe muy bien que mientras exista un solo rebelde en Pasto, están a punto de encallar las más fuertes divisiones nuestras." "Los pastusos deben ser aniquilados, y sus mujeres e hijos transportados a otra parte, dando aquel país a una colonia militar. De otro modo Colombia se acordará de los pastusos cuando haya el menor alboroto o embarazo, aun cuando sea de aquí a cien años, porque jamás se olvidarán de nuestros estragos."
 Aquí el catedrático Chivo se detuvo, paseando los ojos por el aula, para constatar lo que imaginaba: casi nadie permanecía; ya los hermanos Quiroz habían concertado abandonar el salón y, detrás de ellos, desapareció la gran mayoría de estudiantes: quedaban en el horizonte solamente los cuerpos de dos rigurosamente dormidos: ella la cabeza doblada sobre un brazo, su largo cabello rozaba el sucio piso de madera, él espatarrado, la boca abierta como recién llegado de una fiesta y todavía borracho: esa pareja de estudiantes dormidos, en otras cátedras, era impensable; pero con Chivo y su Historia de Colombia las cosas ya se habían dictaminado.
 Y, sin embargo, quedaba también en el salón, aún viva, la muchacha que sirvió de alegoría, que no se atrevía a marchar u coronar la ausencia total; era la última alumna viva del salón: ella misma no se explicaba por qué y para qué seguía allí, frente a un hombre que hablaba solo y leía solo en un salón más solo todavía, ¿sentía pena?, lo veía tan solo, pensaba, tan absolutamente requetesolo en su disertación sobre Bolívar, su lectura de Sañudo, su indignación y sus batallas, pobre loco, pensó.
 -He terminado, puede irse -la alentó el catedrático para que escapara.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2012. ISBN: 978-84-8383-356-8.]

martes, 13 de noviembre de 2018

La estación del caos.- Wole Soyinka (1934)


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3.-Zarcillos
VIII

«El tono del funcionario fue ahora de paternal reproche.
 -Ahora te das cuenta de lo que has hecho al poner tus asuntos en manos de esos desconocidos del sur. Aquí está tu padre. Tú sabías que ante cualquier problema, lo único que tenías que hacer era venir a él. Si considerabas que los blancos te habían estafado, la persona a la que tenías que acudir era aquella que les había dado su autorización originalmente. ¿No te parece?
 -Su alteza tiene razón. He sido un estúpido.
 -Tú y los demás: vuestra tierra pertenece ahora a los forasteros que se fingieron hermanos vuestros. Al menos, el blanco sólo os la arrendaba. Pagaba y os la devolvía. Y una parte de sus ganancias las vuelca en el Tesoro Público. Así es como construimos caminos, hospitales y escuelas para vosotros. Pero vosotros permitisteis que una excesiva codicia os llevase a intrigar contra el Zaki, vuestro padre, que tanto ha hecho por vosotros, el único que sabe cómo tratar con esos hombres blancos de los que tanto os quejáis. Firmáis un papel que no sabéis leer y de pronto os encontráis sin tierras.
 El desposeído sujeto se arrojó súbitamente de cara al suelo con los brazos abiertos en cruz.
 -Perdone su alteza a este miserable perro ignorante. No soy más que una criatura extraviada. Perdónenos su alteza y ayúdenos a recuperar nuestras tierras de manos de esos malditos infieles.
 El funcionario lo miró sin sorpresa. Se alejó dándole la espalda y dejándolo prosternado con el rostro simbólicamente hundido en el polvo, mientras informaba al Zaki de otros acontecimientos ocurridos en relación con el asunto. La Mining Trust había despedido a todos los empleados sospechosos de tener que ver con aquélla y otras agitaciones. Eso significaba todos los no nacidos en Cross-river. Abdul se encontraba a buen resguardo en uno de los asfixiantes calabozos de la administración local. No sería puesto en libertad hasta que, mediante la tortura, confesara que había engañado y estafado a gente de su tierra. Y tal vez, ni aún entonces. Estaba demasiado contaminado para que se pudiera confiar en él. Una vez libre podía denunciar el tratamiento y continuar agitando. El gordinflón asintió. Por vez primera habló con cierto grado de sonoridad.
 -Quiero una buena limpieza en Cross-river.
 -Se han extendido mucho, excelencia. Ya ha habido disturbios en la industria algodonera, en Darama. El hombre que enviamos a investigar cree que son los mismos individuos. Todos los baluartes del Cartel, excelencia, incluida la fábrica de cemento en Suro...
 El gran hombre hizo un gesto de impaciencia.
 -Hay que barrerlos hasta el último hombre.
 El funcionario se lamentó:
 -Ya no es posible distinguir cuáles son los hombres de Aiyéró. No son recién llegados. Muchos están en Cross-river desde hace años. Ahora han empezado a mostrarse como son verdaderamente.
 -Los oriundos de Cross-river se conocen entre sí. Los que no reconozcan como tales... -hastiado, el Zaki cerró los ojos, y el tema.
 El funcionario se alejó haciendo reverencias y retornó al hombre desparramado boca abajo en el centro del recinto de audiencias.
 -Levántate -dijo con brusquedad.
 El hombre abandonó trabajosamente su postura y volvió a la anterior, en cuclillas.
 -La ley no puede ayudarte, lo sabes. Un convenio es un convenio. En este mundo no hay nada más sólido que un papel en el cual un hombre ha estampado sus huellas digitales ante testigos. No hay nada que pueda borrar esas huellas. Habéis firmado la pérdida de la tierra de vuestros mayores a manos de unos ladrones del otro lado del río.
 El hombre murmuró:
 -Que nuestro padre nos ayude si puede, su alteza. Ya no puedo decir nada más.
 -¿Cuántos hombres físicamente aptos hay en tu aldea? -después de haberlo pensado durante un momento con el ceño fruncido, el hombre dijo que podían ser más de un centenar. El funcionario hizo un gesto afirmativo-. Bien. Reúnelos a todos. Cuéntales lo que ha ocurrido. Haz que cada uno haga un recorrido y tome nota del lugar donde viven todos los extranjeros. Toma nota de dónde trabajan, dónde van a comer y a beber. ¿Lo has comprendido?
 -Haremos lo que usted mande, su alteza.
 -Haced eso, pero nada más. No hagáis nada más que lo que se os mande.
 -Comprendo, su alteza.
 -Hay muchas formas de obtener justicia. El Zaki ha decidido olvidar tu pasada estupidez. Pero que no haya más estupideces. Mantened la boca cerrada y los ojos abiertos. Estad preparados. Esperad hasta que el Zaki os dé la orden. Hasta entonces, no hagáis nada por vuestra cuenta.
 El hombre tocó el suelo con la frente.
 -Ahora veo que el Zaki ha perdonado a su hijo descarriado. Ranka dede.
 El gran hombre se puso de pie. Inmediatamente, todo el séquito reclinado a sus pies dio un brinco y saludó con el puño alzado con excepción del muchacho de las largas pestañas, que se levantó perezosamente, recogió el cuenco de golosinas y se dirigió dando pasitos hacia el estrado. Colocando una mano en la cabeza del muchacho, el Zaki Amuri abandonó el recinto con paso majestuoso.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Alfaguara, 1987, en traducción de Héctor Silva. ISBN: 84-204-2524-9.]

jueves, 18 de octubre de 2018

La revolución jacobina.- Maximilien Robespierre (1758-1794)


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Sobre el gobierno representativo

«El hombre ha nacido para la felicidad y para la libertad: ¡y, sin embargo, en todas partes, es esclavo y desgraciado! La sociedad tiene por objeto la conservación de sus derechos y la perfección de su ser: ¡y no obstante, en cualquier lugar, ésta le degrada y le oprime!
 Pero ha llegado el tiempo de recordarle su verdadero destino: los progresos de la razón humana han preparado esta gran Revolución y a vosotros corresponde especialmente el deber de acelerarla.
 Para cumplir vuestra misión, tenéis que hacer todo lo contrario de lo que se ha hecho antes de vosotros.
 Hasta este momento, el arte de gobernar no ha sido más que el arte de despojar y de esclavizar a la mayoría en provecho de una minoría; y la legislación, el medio para reducir estos atentados, ha sido únicamente su método.
 Los reyes y los aristócratas han desempeñado a la perfección su oficio; ahora os corresponde a vosotros el desempeñar el vuestro, es decir, hacer felices y libres a los hombres mediante las leyes.
 Dar al gobierno la fuerza necesaria para que los ciudadanos respeten siempre los derechos de los ciudadanos y hacer de modo que el gobierno no pueda violarlos: este es, a mi parecer, el doble problema que el legislador debe procurar resolver.
 El primero me parece muy simple. En cuanto al segundo, estaríamos tentados de declararlo insoluble si al consultar los acontecimientos pasados o presentes no nos remontásemos a las causas.
 Repasad la Historia: en todas partes veréis a los magistrados oprimiendo a los ciudadanos y al gobierno aniquilando a la soberanía. Los tiranos hablan de sedición; el pueblo se lamenta de la tiranía, cuando osa hacerlo, sólo cuando una opresión excesiva le proporciona su energía y su independencia.
 ¡Quiera Dios que pudiera conservarlas siempre! Pero el dominio del pueblo es de un día, mientras que el de los tiranos dura siglos.
 Se ha hablado mucho de anarquía después de la Revolución del 14 de julio de 1789 y, sobre todo, después de la Revolución del 10 de agosto de 1792; pero yo afirmo que la anarquía no es el origen de la enfermedad de los cuerpos políticos, sino el despotismo y la aristocracia.
 Considero -por más que hayan dicho- que es sólo a partir de esta época, tan calumniada, cuando hemos tenido un comienzo de leyes y de gobierno, a pesar de los disturbios, que no son otra cosa que las últimas convulsiones de la Monarquía agonizante y la lucha de un gobierno infiel contra la igualdad.
 La anarquía ha reinado siempre en Francia, desde Clodoveo hasta el último Capeto. Porque, ¿qué es la anarquía sino la tiranía, que hace descender del trono a la naturaleza y a la ley para colocar en su lugar a unos hombres?
 Los males de la sociedad nunca vienen del pueblo, sino del gobierno. ¿Acaso podría ser de otro modo? El interés del pueblo es el bien público; el interés de un solo hombre es, por el contrario, un interés privado. El pueblo para ser bueno sólo necesita preferirse a sí mismo antes que todo lo que no sea él; mientras que para que el magistrado sea bueno tiene que sacrificar, necesariamente, su interés al pueblo.
 Si me dignase responder a determinados prejuicios absurdos e inhumanos demostraría que no son sino el poder y la opulencia los que engendran el orgullo y los restantes vicios; que los guardianes de la virtud sólo son el trabajo, la mediocridad y la pobreza; que los deseos del débil sólo tienen por objeto la justicia y la protección de leyes bienhechoras; que el débil sólo estima las pasiones de la honestidad; y que, por el contrario, las pasiones de los poderosos tienden a elevarse por encima de las leyes justas o bien a crear leyes tiránicas; demostraría, en fin, que la miseria de los ciudadanos no es más que el crimen de los gobernantes. Pero fundo en un solo razonamiento la base de mi teoría.
 El gobierno ha sido instituido para hacer respetar la voluntad general pero los hombres que gobiernan poseen una voluntad individual y toda voluntad tiende a dominar sobre las demás.
 Ahora bien, si se emplease la fuerza pública con ese fin, el gobierno se convertiría en el azote de la libertad. Debéis, por consiguiente, concluir que el primer objetivo de toda Constitución tiene que ser el de defender la libertad pública e individual contra el propio gobierno.
 Y precisamente éste es el objetivo que han olvidado los legisladores. Todos ellos se han ocupado del poder del gobierno, pero ninguno ha pensado en cómo hacerle volver a su auténtica significación.
 Se han tomado infinitas precauciones contra la insurrección del pueblo, a la par que se ha estimulado -con todo su poder- la rebelión de sus delegados.
 Ya he indicado las razones de ello: la ambición, la fuerza y la perfidia han sido siempre las legisladoras del mundo.
 Estas legisladoras han esclavizado hasta la razón humana al depravarla y la han hecho cómplice de la miseria del hombre. El despotismo ha producido la corrupción de las costumbres y la corrupción de las costumbres ha sostenido al despotismo. En tal estado de cosas prevalecerán los que vendan su alma al más fuerte para legitimar la justicia y consolidar la tiranía. Y entonces la razón no será más que locura; la igualdad, anarquía; la libertad, desorden; la naturaleza, una quimera; el recuerdo de los derechos de la humanidad, sedición. Con él existirán sólo Bastillas y cadalsos para la virtud, palacios para el libertinaje, tiranos y carros triunfales para el crimen. Con él habrá reyes, curas, nobles, burgueses y canalla; no habrá pueblo ni habrá hombres.
 Observar a aquellos legisladores a quienes el progreso de los acontecimientos públicos parece haber obligado a rendir algunos homenajes a los principios, observad si no han empleado su habilidad en eludirlos cuando ya no podían acompasarlos a sus ambiciones personales. Observad si han hecho otra cosa que modificar las formas del despotismo y los matices de la aristocracia. Han proclamado fastuosamente la soberanía del pueblo pero, en realidad, lo han encadenado. Incluso reconociendo que los magistrados son sus mandatarios, los han tratado como si fueran sus dominadores y como sus ídolos.
 Todos han coincidido en suponer al pueblo insensato y sedicioso y esencialmente sabios y virtuosos a los funcionarios públicos.»
 
   [El fragmento pertenece a la edición en español de Ediciones Península, 1973, en traducción de Jaime Fuster. ISBN: 84-297-0897-9.]
 

miércoles, 21 de diciembre de 2016

"La Revolución Francesa".- Albert Soboul (1914-1982)

 
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  Grandeza y contradicciones de la República del año II
 Tendencias sociales y práctica política del movimiento popular

  «El término sans-culotterie puede parecer impreciso frente al vocabulario sociológico actual: en relación a las condiciones sociales de la época, responde a una realidad concreta. Sin duda no hay que excluir otros móviles del comportamiento popular: el odio hacia la nobleza, la creencia en el complot aristocrático, la voluntad de acabar con el privilegio y establecer la igualdad real de derechos. En última instancia se reducen a la exigencia del pan cotidiano, a la que se unió confusamente, en muchos casos, la reivindicación política. "Bajo el reino de Robespierre -según el ebanista parisino Richer, el 1º pradial del año III (20 de mayo de 1795)- la sangre corría y no faltaba el pan." El comportamiento terrorista estaba indisolublemente ligado a la reivindicación social.
 Las aspiraciones sociales populares se concretaron a través de las luchas reivindicativas. En 1793, el máximo de los granos se reclamó para armonizar el precio del pan con los salarios, es decir, para permitir vivir a los sans-culottes: el derecho a la existencia fue invocado como un argumento a favor. La reivindicación social precedió y suscitó la justificación teórica que, a su vez, reforzó la lucha. Aquí no podemos buscar un sistema coherente. El igualitarismo constituye la característica esencial: las condiciones de existencia deben ser las mismas para todos. Al derecho total de propiedad, generador de desigualdad, los sans-culottes oponen el principio de igualdad de posesiones. De ahí llegan con toda facilidad a la crítica del libre ejercicio del derecho de propiedad. El propio derecho jamás es cuestionado: pero los sans-culottes, que son pequeños productores independientes, lo fundamentan en el trabajo personal. A quienes atacan es a los ricos y a los altos personajes. El 2 de septiembre de 1793, en el paroxismo del empuje popular, la sección de los sans-culottes, delante del Jardín des Plantes, pide a la Convención no solamente que fije "los beneficios de la industria y los del comercio" mediante la tasación general, sino también que imponga un máximo a las fortunas y "que el mismo individuo solamente pueda poseer un máximo". ¿Cuál sería éste? Correspondería a la pequeña propiedad artesanal y tendera: "Que nadie pueda tener más de un taller, una tienda". Estas medidas radicales "harían desaparecer poco a poco la desigualdad demasiado grande de las fortunas y crecer el número de propietarios". En ningún otro momento de la Revolución encontramos una formulación tan clara del ideal social popular: ideal a la medida de los artesanos y tenderos que componían los cuadros de la sans-culotterie. Ideal también a la medida de la masa de consumidores y de pequeños productores urbanos, hostiles tanto a todos los vendedores directos o indirectos de subsistencias como a todos los empresarios cuyas iniciativas capitalistas corrían el riesgo de reducirles a la categoría de trabajadores asalariados dependientes. Ideal, en fin, que en su voluntad por limitar las consecuencias de la propiedad privada manteniéndola, se oponía profundamente al de la burguesía que dirigía la Revolución.
 Las tendencias políticas de la sans-culotterie se oponían igualmente a las concepciones burguesas. La soberanía reside en el pueblo: de ese principio se deriva todo el comportamiento político de los militantes populares, para quienes se trata no de una abstracción sino de la realidad concreta del pueblo reunido en sus asambleas de sección y en ejercicio de todos sus derechos; los más conscientes tendían al gobierno directo. En materia legislativa reivindicaban y practicaban, llegado el caso, la sanción de las leyes por el pueblo. Por desconfiar del sistema representativo, reclamaban el control y la revocabilidad de los elegidos. El pueblo legislador soberano, es también juez soberano: cuando las masacres de septiembre de 1792, se organizaron tribunales populares. El poder de las armas constituía, por último, un atributo esencial de la soberanía: el pueblo debe estar armado; en el año III el desarme de los militantes seccionarios simbolizó su caída política. El pueblo en armas y recuperando el ejercicio de sus derechos mediante la insurrección: aplicación extrema del principio de la soberanía popular. El pueblo manifestó con la insurrección su omnipotencia soberana y delegó de nuevo el ejercicio de la soberanía a sus mandatarios revestidos de su confianza: así ocurrió el 2 de junio de 1793.»