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miércoles, 29 de julio de 2020

Era el año 1914.- Eyvind Johnson (1900-1976)

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  «El hombre sentado delante de él bostezó y, en medio del bostezo, comunicó que se llamaba Kristiansson.
 -Krischaaansooaanh.
 Significaba amabilidad y confianza de su parte el decírselo. Pero luego añadió:
 -Soy lo que se puede decir famoso.
 Se quedó mirando la cara de Olof con sus ojos azules acuosos, como si esperara que diera un grito de sorpresa. Porque era Kristiansson, el famoso.
 -¿No has oído nunca hablar de mí? -preguntó.
 -No -contestó Olof, intentando desesperadamente recordar el nombre de Kristiansson. Comprendió que era un error suyo no conocer este nombre y a este hombre.
 -Bueno, he tomado parte en el tendido de un montón de vías férreas -dijo Kristiansson-. También estuve en lo del ferrocarril minero. Y he hecho carreteras. Y, una vez, tuve una exposición de fieras. Pero ahora quieren prohibir estas cosas, según he oído decir. Eso de enseñar animales al público. En realidad, el negocio no era mío, pero yo viajaba por ahí. Era, digamos, el director. -Se calló un momento para dejar que la palabra hiciese efecto en Olof. Luego dijo-: Pero no es por eso por lo que se me conoce tanto. Aparecí en el periódico por otras causas.
 "Ha aparecido en el periódico", pensó Olof.
 -Con fotografía -dijo Kristiansson-. Colocaron allí un aparato grande que hizo un estampido y, ¡zas!, allí me tenías todo entero en la placa.
 Describió con las manos el modo en que sucedió. Al decir ¡zas!, cerró un ojo para dar una idea de cómo su imagen había esperado fuera de la cámara antes de introducirse y quedar fijada en la placa.
 -Fui famoso por un invento que he hecho -dijo-. ¿No has oído hablar de mí? Kristiansson es el nombre.
 De nuevo, Olof contestó tímidamente que no lo había oído. Pero...
 -Bueno, tampoco puedo ser famoso en todas partes. Nadie puede serlo. Yo, por lo menos, no he encontrado nunca a una persona que haya sido famosa en todas partes. Y eso que, debo decirlo, he conocido a un montón de personajes famosos.
 Intentaba recordar. De pronto, el tren paró en una estación, y unos bajaron y otros subieron; a Olof esto le inquietaba: que las cosas otra vez cambiarían justo cuando empezaba a sentirse tranquilo. De repente le parecía que Kristiansson era un íntimo amigo. Pensaba esto, cuando dos hombres, vestidos de camisas azules de trabajo y pantalones de ratina, entraron y se sentaron en un banco. Llevaban sendas fiambreras. Uno de los hombres llevaba asimismo un paquete con mangos de herramientas, atado con una cuerda de las utilizadas para sujetar sacos con azúcar. Eran mangos nuevos para hachas y picos. Pero Kristiansson no les hizo ningún caso. Ni siquiera miró por la ventana cuando el tren paró. Estaba pensando. En la frente se le había formado un profundo pliegue a causa del esfuerzo que hacía para recordar personas famosas. Olof se sentía embarazado de este honor, demasiado grande; le daba vergüenza que Kristiansson se devanase los sesos por su culpa. Una persona adulta se estaba esforzando por él.
 El tren empezó a moverse. Quedó atrás el edificio de la estación.
 Olof distinguió la gorra de un uniforme. Kristiansson se puso las manos, grandes y desgastadas por el trabajo, encima de las rodillas y se quedo mirándolas un rato.
 -Pues, en este momento no puedo recordar a todas las personas famosas que he conocido -dijo al final-. Pero son muchas.
 A Olof le parecía que hablaba demasiado alto.
ERA EL AÑO 1914 - AQUI TIENES TU VIDA: Amazon.es: Eyvind Johnson ... -No habrás oído referir nada del coronel Blom, ¿verdad? -preguntó Kristiansson-. No, eres demasiado joven. Pero él construyó ferrocarriles en muchas partes. Y era un señor muy conocido y famoso. Yo lo conocí. Hablamos varias veces. Me encontraba más cerca de él que de lo que estoy de ti ahora. No era necesario andar con cumplidos con él; le podías decir lo que querías en la cara. Se llamaba Blom y era coronel.
 -Sí -dijo Olof.
 -Se murió alcoholizado, como otros muchos, pero de una manera más fina -dijo Kristiansson, relamiéndose los labios-. Primero construyó ferrocarriles y con esto se hizo rico. Luego compró una gran finca, blanca, bonita, tenía baranda y alrededor había árboles; decían que la casa tenía veinticinco habitaciones, pero esto no lo he visto yo, no se puede verlo todo, en especial cuando se viaja de un lado a otro como yo. Y allí estaba Blom, en una sala grande y daba fiestas. Tenía un hombre que continuamente iba a la ciudad para buscarle alcohol y vinos, en grandes cajas. Invitaba a todo el mundo que quería beber con él pero, claro, debía ser gente bien para saber brindar según los reglamentos. Estaban sentados a una mesa redonda en la sala grande, bebiendo botellas de vino caro. Hablé con él en varias ocasiones, cuando llegaba en su coche, y tan de cerca como te tengo ahora a ti, o incluso más.
 Kristiansson hizo una pausa. Su voz se hizo luego más solemne.
 -Al final, el coronel ni siquiera podía estar sentado cuando bebía; lo hacía echado, y los invitados a las fiestas estaban sentados alrededor de la mesa, mientras que él mismo estaba tendido en un sofá, mandando y echándose tragos. Y, finalmente, ni siquiera podía echarse los tragos él solo: debía tener a su lado un tío que se los fuera echando. Cuando su vida acababa dijo que todo lo terrestre era efímero, no valía nada.
 Kristiansson cerró el ojo como si estuviera rezando.
 -Y yo, por mi parte, como he tenido un poco de todo en mis días, le doy la razón al coronel.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de Deerie Sariols. ISBN: 84-7530-179-7.]

miércoles, 8 de julio de 2020

Los propios dioses.- Isaac Asimov (1920-1992)

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III.- ¿Luchan en vano?
3

   «-Al parecer, se trata de un asunto grave.
 -Más de lo que usted cree. Y, sin embargo, no sé cómo planteárselo. Hay sólo unas diez mil personas en la colonia lunar. Los nativos no llegan ni a la mitad de esa cifra. Están afectados por una insuficiencia de recursos, una insuficiencia de espacio, en un mundo hostil y, sin embargo, sin embargo...
 -¿Qué...? -le animó Gottstein.
 -Hay algo latente aquí... no sé exactamente qué... que puede ser peligroso.
 -¿Cómo puede ser peligroso? ¿Qué pueden hacer? ¿Declarar la guerra a la Tierra? -el rostro de Gottstein pareció a punto de esbozar una sonrisa.
 -No, no, se trata de algo más sutil. -Montes se pasó la mano por la cara y se restregó los ojos-. Voy a ser franco con usted. La Tierra ha perdido el valor.
 -¿Qué significa eso?
 -Bueno, ¿cómo podríamos calificarlo? Casi al mismo tiempo en que se establecía la colonia lunar la Tierra atravesaba la Gran Crisis. No creo necesario hablarle de ella.
 -No, en efecto -asintió Gottstein con desazón.
 -La población es ahora de dos billones, mientras que entonces llegaba a seis billones.
 -Una gran ventaja para la Tierra, ¿no cree?
 -¡Oh, sin duda! Aunque preferiría que el descenso se hubiera efectuado por otros medios... Pero la secuela ha sido una permanente desconfianza en la tecnología, una vasta inercia, una ausencia del deseo de progresar por miedo a las posibles consecuencias. Han sido abandonados grandes y quizá peligrosos esfuerzos porque era más fuerte el temor al peligro que el deseo de grandeza.
 -Supongo que se está refiriendo al programa de mutación genética.
 -Es el caso más espectacular, por supuesto, pero no el único -dijo Montes con amargura.
 -Francamente, no consigo lamentar el abandono de la mutación genética. Era una serie de fracasos.
 -Perdimos la oportunidad de llegar al intuicionismo.
 -Nunca ha sido demostrado que el intuicionismo sea deseable y hay muchas cosas que indican lo contrario... Además, ¿qué me dice de la propia colonia lunar? No demuestra, por cierto, un estancamiento de la Tierra.
 -Se equivoca -replicó Montes, acalorado-. La colonia lunar es un vestigio, la última reliquia del período anterior a la Crisis; algo que fue realizado como un último y triste esfuerzo de la humanidad antes del gran retroceso.
 -Esto es demasiado dramático, Montes.
 -Yo no lo creo así. La Tierra ha retrocedido. La humanidad ha retrocedido en todas partes menos en la Luna. La colonia lunar es la frontera del hombre, no sólo física sino también psicológica. Éste es un mundo sin una trama de vida que romper, sin un ambiente complejo cuyo delicado equilibrio pueda ser quebrantado. Todo lo que en la Luna es útil para el hombre está hecho por el hombre. La Luna es un mundo construido por él desde la misma base. No existe un pasado.
 -Bien, ¿y qué?
 -En la Tierra, nos desarma una nostalgia por un pasado bucólico que nunca existió realmente y que de haber existido, nunca podría volver a existir. En algunos aspectos, gran parte de la ecología fue destruida durante la Crisis y nos conformamos con los restos y sentimos miedo, mucho miedo... En la Luna, no hay pasado con el cual soñar. No hay otra dirección que no sea hacia delante.
 Montes parecía animarse a medida que hablaba.
 -Gottstein, yo lo he contemplado durante dos años; usted hará lo propio, por lo menos, durante ese tiempo. Hay un fuego aquí en la Luna, un fuego incesante. Se extiende en todas direcciones. Se extiende físicamente. Todos los meses se taladran nuevos corredores, se inauguran nuevas viviendas, se prepara alojamiento para una nueva población. La extensión también afecta a los recursos. Se encuentran nuevos materiales de construcción, nuevos manantiales de agua, nuevas vetas de minerales especiales. Se amplían las estaciones de energía solar, las fábricas de electrónica... Supongo que sabe que los diez mil habitantes de la Luna son, en la actualidad, la principal fuente de suministro de aparatos minielectrónicos y de sustancias bioquímicas de la Tierra.
 -Sé que constituyen una fuente importante.
 -La Tierra lo desvirtúa por conveniencia. La Luna es la fuente principal. Al ritmo actual puede convertirse dentro de poco en la única fuente... También está creciendo intelectualmente, Gottstein; me imagino que no hay en la Tierra ni un solo futuro científico que no sueñe (con mayor o menor vaguedad) con venir algún día a la Luna. Al renunciar la Tierra a desarrollar la tecnología, la Luna se convierte en su campo de acción.
 -¿Se refiere usted al protón sincrotón?
Ciencia Ficción | Libros Sargantana -Es un ejemplo. ¿Cuándo se construyó en la Tierra el último sincrotón? Pero se trata sólo de lo más grande y espectacular, pero no del único ni siquiera del más importante invento. Si quiere conocer el adelanto científico más importante de la Luna...
 -¿Algo tan secreto que aún no se me ha dicho?
 -No, algo tan evidente que nadie parece observarlo. Se trata de los diez mil cerebros que hay aquí. Los mejores diez mil cerebros que existen. El único núcleo de diez mil cerebros, orientados todos ellos, por principio y por inclinación, hacia la ciencia.
 Gottstein se movió, inquieto, y trató de cambiar la posición de su silla. Estaba clavada al suelo y no podía ser movida, y al intentarlo Gottstein estuvo a punto de caerse. Montes alargó un brazo para sostenerle.
 Gottstein enrojeció.
 -Lo siento.
 -Ya se acostumbrará a la gravedad.
 Gottstein preguntó:
 -Pero, ¿no estará presentándomelo peor de lo que es? La Tierra no es un planeta de ignorantes. Construimos la Bomba de Electrones: fue una realización puramente terrestre. Los selenitas no intervinieron para nada.
 Montes movió la cabeza y murmuró unas palabras en su español nativo. No sonaron muy plácidas. Preguntó a su vez:
 -¿Conoce usted a Frederick Hallam?
 Gottstein sonrió.
 -Pues sí, en efecto. El padre de la Bomba de Electrones. Creo que lleva la frase tatuada en el pecho.
 -El mero hecho de que usted sonría y haga esta observación ya ilustra mi punto de vista. Interróguese a sí mismo: ¿puede un hombre como Hallam haber inventado la Bomba de Electrones? Para las masas, el cuento puede servir, pero la realidad es (y usted ha de saberlo si se detiene a reflexionar) que nadie ha inventado la Bomba de Electrones. Los paraseres, los seres del parauniverso, quienes quiera que sean, la inventaron. Hallam fue su instrumento accidental. Todo en la Tierra es su instrumento accidental.
 -Fuimos lo bastante inteligentes para aprovecharnos de su iniciativa.
 -Sí, como las vacas son lo bastante inteligentes para comerse el heno que les ponemos delante. La Bomba no significa que el hombre vaya hacia delante. Todo lo contrario.
 -Si la Bomba es un paso hacia atrás, entonces voto por los retrógrados. No me gustaría prescindir de ella.
 -¿Y a quién sí? Pero la cuestión es que encaja de modo perfecto con el actual estado de ánimo de la Tierra. Energía infinita, virtualmente gratis, a excepción de su mantenimiento y sin contaminación. Pero en la Luna no hay Bombas de Electrones.
 -Supongo que no son necesarias -dijo Gottstein-. Las baterías solares satisfacen las exigencias de los selenitas. Energía infinita, virtualmente gratis, a excepción de su mantenimiento, y sin contaminación... ¿No es ésta la letanía?»

  [El texto pertenece a la edición en español de RBA, 2004, en traducción de Pilar Giralt. ISBN: 84-473-3891-6.]

sábado, 16 de mayo de 2020

La máquina de leer los pensamientos.- André Maurois (1885-1967)


André Maurois - ¡¡Ábrete libro!! - Foro sobre libros y autores
Capítulo XIII: Dos episodios


 «Ya les he hablado de la increíble importancia que se da en Westmouth, lo mismo que en la mayoría de las Universidades americanas, a la temporada de fútbol. Los alumnos escogidos para formar parte en el equipo abandonaban los estudios durante el entrenamiento. «Trabajaban» entonces en un estadio cercado de altos muros y cuya entrada, se guardaba con severidad, pues el deporte había, desde hacía unos años, adoptado en los Estados Unidos un aire de guerra civil. El espionaje medraba, y ciertos colegios incluso mantenían un verdadero servicio secreto encargado de espiar las maniobras y formaciones del adversario. Mientras escribo, estas prácticas han sido condenadas por las principales Universidades, prometiendo abstenerse de emplearlas; pero en la época de mi estancia en Westmouth, el recelo era grande y la prudencia justificada.
 La eficacia de semejante espionaje debe sorprender a los que, como la mayoría de los franceses, no conocen más que dos tipos del fútbol: el fútbol asociación y el rugby, admitiendo los dos infinita variedad de combinaciones y exigiendo que se improvisen las mejores concepciones tácticas. Pero el fútbol americano es un juego más mecánico. Adelantar con la pelota es tan difícil que, para engañar y franquear la defensa, el equipo asaltante debe preparar sus ofensivas pulgada a pulgada, tal como llegaron a hacerlo, en 1917, las infanterías europeas. Una larga serie de movimientos (llamados “plays” o “juegos”) son estudiados, aprendidos de memoria, ensayados, y alguno de entre ellos lleva además un número. Si el capitán anuncia “23”, en seguida cada jugador sabe el lugar que debe ocupar en la formación y si su papel será atacar, pasar, despejar de un puntapié o, por el contrario, bloquear a adversario. Siendo ésta la naturaleza del juego, es fácil imaginar lo útil que puede ser para un equipo el conocimiento de las formaciones “ensayadas” por sus rivales.
 En el transcurso del mismo partido es necesario vigilar que el equipo adversario no pueda adivinar que tal señal corresponde a tal serie de movimientos. Por lo tanto, se han inventado mil combinaciones para guardar el secreto. Tan pronto el capitán y sus hombres se reúnen en un pequeño círculo apretado, el plan del próximo ataque se indica en voz baja; luego se grita el número en voz alta, pero perdido entre otros muchos. Por ejemplo; se llega a un acuerdo entre el capitán y sus hombres para que, de tres grupos de cifras, sea únicamente el segundo el que importe. Entonces “43, 37, 25” significa para los indicados: “juego 37”. O bien, el grupo de dos cifras que sigue a un 9 es el que tiene valor. Así, “21, 37, 39, 30” quiere decir, que el juego sea el 30. Además, para el caso de que estas combinaciones, pese a su complicación, sean descubiertas, el coach (o entrenador), enseña a sus hombres el arte de transformarlas durante el transcurso del partido, como hacen los Estados Mayores mediante códigos misteriosos que, en tiempo de guerra, sirven para cifrar los despachos.
 Pido perdón por esta digresión; era necesaria para que el lector pudiera, comprender el primero de los episodios a los que me refiero y que revelaron el psicógrafo al público americano. Les explicaré brevemente porque es fácil encontrar una descripción detallada en los periódicos de la época. Por lo que a nosotros se refiere, es suficiente saber: 1.º Que el joven Darnley, fanático del fútbol, además de asistente de Hickey, era asistente del coach de Westmouth, el famoso Lovejoy; 2.º Que el partido Westmouth-Ejército era todos los años el acontecimiento central de la temporada de fútbol; 3.º Que aquel año el equipo del Ejército (el de los cadetes de West-Point) era infinitamente superior que el nuestro; 4.° Que las jugarretas más sabias de West-Point fracasaron, no obstante, milagrosamente; 5.° Que pese a nuestra inferioridad evidente, Westmouth, con gran sorpresa de todos los expertos, gano el partido por 27 puntos contra 15; 6.º Que nuestro coach, después del partido, dejó escapar delante de Hickey unas frases imprudentes, o más exactamente, inconscientes; 7.º Que Hickey llevó a cabo una rápida investigación que demostró que la víspera Darnley había instalado un psicógrafo en el cuarto ocupado por el capitán del equipo de West-Point, en el hotel de Westmouth; 8.º Que estos hechos fueron inmediatamente puestos en conocimiento del presidente Spencer y que este, hombre honrado, pidió inmediatamente que se jugara otra vez; 9.º Que está aventura ocupó durante dos semanas todos los periódicos deportivos de los Estados Unidos; 10.º, y última. Que Hickey, físico solamente conocido en la víspera por algunos especialistas, se hizo de la noche a la mañana tan célebre como un boxeador o como un bandido.
LA MAQUINA DE LEER LOS PENSAMIENTOS de ANDRE MAUROIS: PLAZA Y ... Entonces vimos, Susana y yo, cómo nuestra avenida, antes tan tranquila, se llenaba de reporteros. Los mejores periodistas de Nueva York fueron encargados de «tratar», como se dice allá, el asunto Hickey. Mi vecino se había transformado en “noticia de primera página”, y cuando las Agencias descubrieron que también yo había estado mezclado a la invención del psicógrafo, empecé a recibir telegramas pidiéndome artículos sobre la “máquina para leer el pensamiento”. Naturalmente me abstuve de hacerlo por estar firmemente decidido a no comprometer en mi persona la dignidad de la Universidad. Pero algunos de nuestros colegas sintieron menos escrúpulos y lograron, para Westmouth, en la Prensa de los dos Continentes, una publicidad desagradable.
 Fue esta publicidad la que causó el segundo episodio al que me he referido. Quiero hablarles del célebre asunto Ladislas Kogacz. Recordarán la historia de aquel brillante abogado acusada de haber asesinado al marido de la mujer que era su amante. La importancia de la lucha oratoria entre el acusado y el fiscal del distrito había, en algunas semanas, transformado el asunto Kogacz en una causa casi tan célebre como el asunto Dreyfus; después de la condesa, millares de telegramas habían llegado a manos del gobierno del Estado, suplicándole que indultara a un inocente. Por tres veces fue anunciada la ejecución, y por tres veces el gobernador, justamente preocupado, había encontrado pretextos legales para conceder un aplazamiento. En aquel momento, la prensa reveló la existencia del psicógrafo y, naturalmente, las autoridades de la prisión concibieron la idea de pedir a Hickey uno de sus aparatos para instalarlo en la celda de Kogacz.
 Recuerdo la velada durante la cual Hickey y yo discutimos prolijamente, ante nuestras esposas sobre aquel asunto. Hickey vacilaba sobre la respuesta que mandaría a las autoridades de Pensilvania.
  —Me parece —decía— que sería poco deportivo violar así, sin que quepa una defensa, el refugio más secreto del espíritu de un prisionero. Es dar demasiadas facilidades a la acusación.
  —No opino como usted —le contesté—. Si Kogacz es inocente, su aparato ofrecerá la prueba indiscutible de esta inocencia. Si es culpable, peor para él. No me interesa un asesino.
  —Aunque haya matado —decían nuestras esposas—, ¿por qué entregarlo? El que asesina por amor no es peligroso. No os mezcléis en este asunto.
 Hickey terminó por ponerse de mi parte, o por lo menos reconocer que no podía negar a la justicia del país donde vivía el beneficio de un descubrimiento ya del dominio público, y por fin mandó a Darnley a Pensilvania. Aquello fue la condenación definitiva del desgraciado Kogacz, que no solamente era perfectamente culpable del crimen, sino de otros dos, revelados por el psicograma. Después de aquello, Kogacz pasó directamente a la silla eléctrica y Hickey se transformó más que nunca en la providencia de los periodistas. Le molestaban, hablaba de abandonar Westmouth y refugiarse en Inglaterra, pero hubiera sido en vano. El psicógrafo era ya conocido en el mundo entero y su inventor condenado a la gloria.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Plaza & Janés Editores, 1985, en traducción de Rosa S. de Naveira. ISBN: ISBN: 978-84-0142-164-8.]

viernes, 17 de abril de 2020

La invención de Vals.- Vladimir Nabokov (1899-1977)

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Primer acto

«Vals: Ah, uno puede ver desde aquí perfectamente la montaña.
 Ministro: Tengo el placer de hablar con el señor... el señor... (al coronel): ¿dónde está esa nota?
 Coronel: Salvador Vals.
 Vals: Bueno, en realidad eso no es del todo exacto. Se trata de un seudónimo casual, un bastardo de la fantasía. Desde luego, usted no necesita conocer mi nombre auténtico.
 Ministro: Extraño...
 Vals: En este mundo todo es extraño, señor ministro.
 Ministro: Ah, ¿sí? Es igual; el general me escribe que usted tiene algo que comunicarme. Según entiendo, se trata de un descubrimiento...
 Vals: Una vez, cuando era muy jovencito, se me metió una mota en un ojo, con un resultado por completo inesperado. Durante un mes, todo lo que veía era de hermoso color rosa, como si hubiera mirado a través de las vidrieras coloreadas de la iglesia de Santa Rosa. El oculista que por desgracia me curó, diagnosticó esto como un resplandor óptico. Tengo cuarenta años y soy soltero. Creo que éstos son todos los datos biográficos que me puedo atrever a darle.
 Ministro: Curioso. Sin embargo, según entiendo, usted venía aquí a tratar de un asunto...
 Vals: La fórmula "según entiendo", que usted ya ha empleado dos veces, es equivalente a una completa afirmación de tener razón. Me gusta la precisión en la expresión y detesto los circunloquios, esos padrastros del lenguaje.
 Coronel: Permítame señalarle que, precisamente, está usted abusando del tiempo del ministro a base de utilizar circunloquios. Su Excelencia es un hombre muy ocupado.
 Vals: (al coronel) ¿No adivina usted por qué mi exposición es tan vaga?
 Coronel: No. ¿Por qué?
 Vals: Porque me estorba la presencia de usted.
 Ministro: Vamos, vamos... Usted puede hablar con toda libertad en presencia de mi secretario.
 Vals: Pero me gustaría más que él no se hallase en esta estancia y hablar con usted en privado.
 Coronel: ¡Qué insolencia!
 Vals: Venga, hombre. No me impresionará con... sus palabras. Tengo dos fábricas y una casa de habitaciones en la calle del Viejo Castaño, en Punnintong.
 Coronel: (al ministro) ¿Desea usted que me vaya?
 Ministro: Bueno, pues, si este caballero... si este caballero lo pone como condición... (a Vals) pero a usted le concedo exactamente diez minutos. (El coronel se marcha.)
 Vals: Muy bien. Se los devolveré con intereses; es posible que incluso lo haga hoy.
 Ministro: Su manera de hablar es más bien enigmática. Según entiendo... bueno, quiero decir que me han dicho que usted es inventor.
 Vals: Se trata de una definición tan aproximada como mi propio nombre.
 Ministro: Muy bien, de manera que es aproximada. Vamos, lo escucho.
 Vals: Sí, pero creo que usted no es el único... (se va rápidamente hacia la puerta y la abre).
 Coronel: (en el umbral) ¡Qué fastidio! He debido de dejarme aquí mi pitillera; se trata del regalo que hizo una mujer amada. De todos modos, a lo mejor la he olvidado en el cuarto de aseo (se va dando traspiés).
 Ministro: Sí, sí, él siempre está olvidando mujeres, quiero decir cosas. Por favor, explíqueme qué lo trae aquí. La verdad es que no tengo mucho tiempo.
 Vals: En seguida se lo diré, con mucho gusto. Yo, o, más bien, un íntimo amigo mío, ha inventado cierta máquina. Un nombre adecuado para ella sería "Telemuerte", o, para darle un carácter más griego, "teletanasia". Pero resultaría demasiado largo.
 Ministro: Ya veo.
 Vals: Por medio de este aparato, que en apariencia resulta tan inocente como, digamos, un aparato de radio, uno puede producir, a cualquier distancia, una explosión de fuerza increíble. ¿Comprende?
 Ministro: ¿Una explosión? Ya veo.
 Vals: Fíjese bien, a cualquier distancia: a través de continentes, sobre mil y un mares oscuros. Por supuesto, sería ilimitado el número de tales explosiones y sólo serían necesarios unos minutos para preparar cada una de ellas.
 Ministro: ¡Ah! Ya veo, ya veo.
LA-INVENCION-DE-VALS Vals: Mi máquina se encuentra lejos de aquí. Sus detalles se encuentran envueltos en un completo y mágico secreto. Pero aun admitiendo que, por alguna vulgar casualidad alguien la descubriera, nadie, en primer lugar, sería capaz de adivinar cómo hacerla funcionar, y, en segundo lugar, se construiría inmediatamente otra... con terribles consecuencias para los cazadores del tesoro.
 Ministro: Oh, no creo que nadie tratara de robar algo semejante.
 Vals: Debo advertirle a usted, sin embargo, que yo mismo soy totalmente lego en cuestiones técnicas, así que, aunque lo deseara, sería incapaz de explicar el funcionamiento de mi aparato. Ha sido construido por un primo mío, un hombre de barba gris, llamado también Vals, Walter Vals, Walt Vals, ¡un genio, un supergenio! En cuanto a lo referente a lo de calcular el lugar, hacer los preparativos necesarios y después apretar el botón, sin duda es algo que he aprendido perfectamente. Pero, para explicarlo... no, no me pregunte. Todo cuanto sé se limita a un hecho más bien pequeño: se han descubierto dos rayos, u ondas que, al cruzarse, causan una explosión de kilómetro y medio de radio... Creo que es un kilómetro y medio, de cualquier modo no es menos. Todo lo que uno debe hacer es que se crucen en un punto determinado del Globo. Y eso es todo.
 Ministro: Bueno, yo diría que eso es bastante. ¿No habrá traído usted consigo planos, o algo... alguno de esos diagramas que dan con los juguetes mecánicos o... ya me entiende?
 Vals: ¡Claro que no! ¡Es una suposición absurda!
 Ministro: Lo siento; no quería incomodarlo. Al contrario. Y ¿cuál es su especialidad? ¿No es usted ingeniero, pues?
 Vals: Por lo general soy un hombre sumamente impaciente, como ha podido observar acertadamente su secretario. Sin embargo, para la presente ocasión me he armado de paciencia adicional, y aun me queda algo de ella. Lo repetiré una vez más: mi aparato es capaz, mediante repetidas explosiones, de aniquilar y convertir en un montón de fino polvo una ciudad entera, un país entero, todo un continente.
 Ministro: Oh, lo creo. Mire, usted y yo volveremos a hablar del asunto en cualquier otro momento...
 Vals: Un arma semejante da a su poseedor un poder sobre todo el Universo. ¡Es tan sencillo! ¿Por qué demonios se niega usted a comprender?
 Ministro: En modo alguno..., lo entiendo. Resulta fascinante.
 Vals: ¿Eso es todo cuanto me puede responder?
 Ministro: No se ponga usted nervioso ahora. ¿Ve? Perdóneme... tengo una tos muy molesta. La pesqué en la última inspección militar... (El coronel entra.)
 Vals: De modo que me contesta con una tos, ¿no es así?
 Ministro: (al coronel) Bueno, amigo mío, nuestro inventor aquí presente me ha estado explicando maravillas. Creo que le pediremos que presente un informe (a Vals): Pero, desde luego, no hay ninguna prisa. Lo tenemos todo atestado de informes.
 Coronel: Sí, sí... presente un informe.
 Vals: (al ministro) ¿Es ésa su última palabra?
 Coronel: Sus diez minutos ya se han agotado, y Su Excelencia tiene otros muchos tediosos asuntos que atender.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Plaza Janés Editores, 1981, en traducción de José Mª Martínez Monasterio. ISBN: 84-01-44258-3.]