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jueves, 23 de julio de 2020

Zapatos italianos.- Henning Mankell (1948-2015)

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Segunda parte: El bosque
5

  «Y mientras estaba en el embarcadero, comprendí de repente que me quedaba otro viaje por hacer. Durante doce años había conseguido convencerme de que no era necesario. Pero el encuentro con Louise y nuestra larga conversación nocturna habían alterado las circunstancias. No es que me viese obligado a emprender ese otro viaje; yo mismo deseaba hacerlo.
 La joven a la que le había amputado el brazo sano debía de encontrarse en algún lugar. La muchacha contaba entonces veinte años, es decir, que ahora tendría treinta y dos. Recordaba su nombre, Agnes Klarström. Y mientras estaba en el embarcadero, al claro de luna, rememoré todos los detalles, como si acabase de leer su historia clínica. Procedía de uno de los grandes suburbios del sur, Aspudden o Bagarmossen. Todo había empezado con un dolor en el hombro. Se dedicaba a la natación profesional. Su entrenador y ella creyeron durante mucho tiempo que el dolor era consecuencia del sobreesfuerzo. Cuando, al final, llegó un momento en que no podía ni meterse en la piscina sin que le doliese el hombro, decidió acudir al médico para que la examinasen a fondo. Después, todo fue muy rápido: se le diagnosticó un tumor óseo maligno, la única salida era la ablación, pese a que para ella suponía una catástrofe. De ser una nadadora célebre, pasaría a tener el resto de su vida un solo brazo.
 Ni siquiera debía intervenirla yo. Era paciente de uno de mis colegas, pero su esposa sufrió un grave accidente de tráfico y las operaciones que tenía planificadas se distribuyeron de forma algo caótica entre otros traumatólogos. Agnes Klarström fue a parar a mi mesa de operaciones.
 La intervención me llevó algo más de una hora. Aún recuerdo toda la historia: cómo el personal fue lavando y preparando el brazo sano. Era mi obligación comprobar que el brazo en el que yo intervenía con mi instrumental era el correcto. Pero confié en el personal.
 Un mes más tarde me llegó una carta de la Seguridad Social: había una denuncia contra mí.
 Ya habían pasado más de doce años. Había destrozado la vida de Agnes Klarström, pero también la mía. Y lo peor de todo fue que un examen ulterior demostró que la ablación del brazo afectado por el tumor también era innecesaria.
 Jamás se me ocurrió pensar que, un día, se me pasaría por la cabeza ir a verla. Jamás hablé con ella, salvo después de la operación, cuando aún estaba bajo los efectos de la anestesia.
 La dejé como un caso concluido. Hasta que me llegó la notificación de la Seguridad Social.
 Eran las dos de la mañana. Volví a subir a la casa y me senté a la mesa de la cocina. Aún no había abierto la puerta de la habitación de las hormigas. Tal vez temiese que salieran por la puerta como un ejército si la abría.
 Llamé al servicio de información telefónica, pero no había nadie en Estocolmo con ese nombre. Le pedí a la telefonista, que se presentó como Elin, que buscase en toda Suecia.
 Había una Agnes Klarström que podía ser la que yo buscaba. Vivía en el municipio de Flen, en el campo, en Sângledsbyn. Así que anoté su número y su dirección.
 El perro dormía. El gato estaba fuera, tendido a la luz de la luna. Me levanté y entré en la habitación en la que aún se hallaba el telar de mi abuela, con una alfombra a medio tejer. No existe otra imagen más clara para mí, ésa es la imagen de la muerte; se presente en el momento que se presente, siempre viene a molestar. Una alfombra que nunca se termina, como nuestras vidas. En una estantería en la que antes había madejas y retales de tela, guardaba yo una serie de documentos que me habían acompañado a través de los años. Un delgado montón de documentos, desde mis deficientes calificaciones de estudiante, que mi padre se aprendió de memoria de puro orgullo, hasta la dichosa copia del informe de la imputación. Siempre me ha resultado fácil deshacerme de los documentos que otros consideran importante conservar. El primero del montón era el testamento que un abogado descaradamente caro me había redactado. Ahora me veía obligado a cambiarlo, puesto que tenía una hija. Pero no fue ésa la razón por la que entré en la sala de tejer de mi abuela, donde aún se conservaba su perfume. Busqué el informe de la operación del 9 de marzo de 1991. Pese a que conocía el texto de memoria, lo coloqué ante mí sobre la mesa y lo leí.
 Cada una de las palabras actuaba como una piedra afilada colocada sobre el camino que conducía a la destrucción. Desde las primeras palabras "Diagnóstico: condrosarcoma húmero proximal izquierdo", hasta la última, "vendaje".
Zapatos italianos - Henning Mankell | Planeta de Libros "Vendaje". Y eso fue todo. La operación había concluido, el paciente fue trasladado a la unidad de postoperatorio. Con un brazo menos, pero aún con el maldito tumor en el hueso del otro hombro.
 Leí: "Examen preoperatorio. Mujer, 20 años, diestra, buen estado general hasta ahora, atendida en Estocolmo por una inflamación en el hombro izquierdo. La RMN muestra condrosarcoma de estadio inicial en el hombro izquierdo. El examen complementario confirma el diagnóstico, el paciente acepta la amputación de la porción proximal del húmero, lo que da un buen margen de seguridad. Intervención: anestesia por intubación, posición de tumbona, campo quirúrgico: miembro superior expuesto. Habitual profilaxis con antibióticos. Sección desde apófisis coracoides por el borde inferior del deltoides, hasta la parte posterior de la axila. Se conecta la sección con el pliegue de la axila. Se liga la vena cefálica y se libera el pectoral de la fascia. Se identifican nervios y vasos, se ligan las venas, sobre la arteria se practica una doble ligadura. Una vez identificados los nervios, se desplazan. Se diseca el deltoides del húmero, el dorsal ancho y el redondo mayor se disecan por su base. Las cabezas larga y corta del bíceps y el coracobraquial se seccionan justo bajo el nivel de amputación. Se secciona el húmero por su cuello quirúrgico y se procede a limarlo. Se cubre el muñón con el tríceps, que se ha disecado, al igual que el coracobraquial. Sutura del pectoral al borde lateral interno del húmero. Drenaje y sutura de los bordes de la piel sin tensión. Oclusión con vendaje".
 Pensé que Agnes Klarström debía de haber leído aquel texto muchas veces y que habría pedido que se lo explicaran. Y que seguramente reaccionó ante el hecho de que, entre todos los términos técnicos, apareciese de repente, una palabra bastante común. La habían operado en posición de "tumbona", como si hubiese estado en la playa o en un porche, con el brazo desnudo, y las lámparas del quirófano habrían sido lo último que vio antes de sucumbir a los efectos de la anestesia. Yo la había expuesto a una agresión terrible mientras ella descansaba como en una tumbona.
 ¿Habría más de una Agnes Klarström? En aquel entonces era joven. ¿Se habría casado y se habría cambiado el apellido? Según el servicio de información, no aparecía bajo ninguna profesión.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2007, en traducción de Carmen Montes Cano. ISBN: 98-84-8383-168-7.]

lunes, 9 de septiembre de 2019

El chino.- Henning Mankell (1948-2015)

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Cuarta parte: Los colonizadores (2006)
Corteza de piel de elefante
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«Yan Ba bebió agua del vaso que tenía junto al micrófono, antes de proseguir. Se acercaba al punto en el que sabía que se suscitaría una dura discusión no sólo entre sus oyentes de aquella mañana, sino también en el seno del Partido Comunista y en el Politburó.
 "Hemos de saber lo que hacemos", declaró Yan Ba, "pero también lo que no hacemos. Lo que ahora proponemos tanto a vosotros como a los africanos, no es una segunda oleada de colonizaciones. No llegaremos como conquistadores, sino como los amigos que somos. No es nuestra intención repetir las humillaciones del colonialismo. Sabemos lo que significa la opresión, puesto que muchos de nuestros antepasados vivieron en circunstancias próximas a la esclavitud en Estados Unidos durante el siglo XIX. Nosotros también sufrimos la barbarie del colonialismo occidental. El hecho de que existan similitudes aparentes no significa que vayamos a exponer al pueblo africano a una segunda invasión colonialista. Lo único que perseguimos es resolver un problema al tiempo que prestamos nuestro apoyo a esas gentes. En las desiertas llanuras, en los fértiles valles que rodean los grandes ríos africanos, trabajaremos la tierra trasladando allí a millones de nuestros campesinos pobres que, sin dudarlo, empezarán a cultivar la tierra que está en barbecho. Con ello no arrojamos de aquí a nadie, tan sólo llenamos un vacío y todos se beneficiarán de ello. Hay países en África, sobre todo en el sur y en el sudeste, que podrían repoblarse con los pobres de nuestro país. De este modo cultivaríamos la tierra africana al tiempo que eliminaríamos la amenaza que se cierne sobre nosotros. Sabemos que habremos de enfrentarnos a la oposición, y no sólo del resto del mundo, que creerá que China ha pasado de apoyar la lucha contra el colonialismo a convertirse en país colonizador. Además hallaremos resistencia en el seno del Partido Comunista. El objetivo de mi discurso es esclarecer en qué consistirá esa resistencia. Serán muchas las voluntades que habrá que quebrantar en las esferas de poder de nuestro país. Los que hoy estáis aquí poseéis la sensatez y la perspicacia suficiente para comprender que gran parte de la amenaza contra nuestra estabilidad puede eliminarse como acabo de explicar. Las nuevas ideas siempre encuentran detractores. Mao y Deng lo supieron mejor que nadie. En ese sentido, ambos eran iguales, jamás tuvieron miedo de lo nuevo, siempre buscaron salidas que, en nombre de la solidaridad, ofreciesen a los pobres de la tierra una vida mejor."
 Yan Ba prosiguió una hora y cuarenta y cinco minutos más explicando en qué consistiría la política china en un futuro próximo. Cuando terminó, estaba tan cansado que le temblaban las piernas, pero recibió un aplauso atronador. Una vez que el silencio volvió a reinar en la sala, y cuando las luces ya estaban encendidas, miró de nuevo el reloj. La ovación duró diecinueve minutos. Había cumplido su misión.
 Dejó el podio por la misma vía por la que había accedido a él y se apresuró a subir al coche que lo aguardaba junto a una de las puertas de salida. Durante el trayecto de vuelta a la universidad intentó imaginarse la discusión que habrían desencadenado sus palabras. ¿O tal vez se marcharían ahora los asistentes, cada uno por su lado, sin comentar nada? ¿Volverían quizás a sus asuntos para reflexionar sobre los grandes acontecimientos que marcarían la política china el año venidero?
 Yan Ba lo ignoraba y sintió cierta nostalgia del escenario que ahora abandonaba. Ya había terminado su tarea. Nadie, en el futuro, mencionaría su nombre cuando los historiadores estudiasen los decisivos sucesos que se producirían en China en el año 2006. La leyenda hablaría quizá de una reunión celebrada en el Emperador Amarillo, pero nadie sabría con exactitud qué pasó. Los participantes de dicha reunión tenían órdenes estrictas de no anotar una sola palabra.
 Cuando Yan Ba llegó a su despacho, cerró la puerta e introdujo el discurso en la destructora de papel que le habían instalado cuando le encomendaron aquella misión secreta. Una vez destruidos los folios, recogió las tiras y las llevó a la sala de calderas del sótano de la universidad. Un conserje le abrió uno de los hornos. Arrojó los restos del discurso y se quedó a ver cómo se reducían a cenizas.
 Eso era todo. El resto del día lo dedicó a trabajar en un artículo sobre lo que supondrían para el futuro las investigaciones sobre el ADN. Salió del despacho poco después de las seis y se marchó a casa. Se estremeció al acercarse a su nuevo coche japonés, que era parte del pago por el discurso pronunciado.
 Aún quedaba mucho invierno. Añoraba la llegada de la primavera.
 Aquella misma noche, Ya Ru miraba por los ventanales de su enorme despacho situado en la última planta del edificio del que era propietario. Meditaba en el discurso que aquella mañana había escuchado sobre el futuro de China. Sin embargo, no pensaba en su contenido. De hecho, él sabía desde hacía tiempo cuáles eran las estrategias que en el seno del Partido cobraban forma como respuesta a los grandes retos por venir. En cambio, sí lo sorprendió el hecho de que su hermana Hong hubiese sido invitada a escuchar dicho discurso. Por más que ocupase un alto cargo como consejera de quienes formaban el núcleo del Partido Comunista, no esperaba encontrarla allí.
 No le gustó. Estaba convencido de que Hong pertenecía a los viejos comunistas, los que protestarían ante lo que, sin duda, verían como una vergonzosa nueva colonización de África. Puesto que él era uno de los más ardientes defensores de la política que estaba fraguándose, no quería verse enfrentado  a su hermana sin necesidad. Aquello generaría nerviosismo y le afectaría en la posición de poder que él ocupaba. Si algo desagradaba a la dirección del Partido y a quienes gobernaban el país era precisamente que se suscitasen conflictos entre altos cargos en puestos de influencia que, además, estuviesen emparentados. Nadie había olvidado la gran oposición que reinó entre Mao y su esposa Jiang Qing.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2008, en traducción de Carmen Montes. ISBN: 978-84-8383-095-6.]