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lunes, 4 de octubre de 2021

El crepúsculo de las máquinas.- John Zerzan (1943)


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Capítulo 11: La globalización y sus defensores: una perspectiva abolicionista

 
 «El mundo tecnificado continúa proliferando, ofreciendo la promesa de poder huir del contexto cada vez menos y menos atractivo de nuestras vidas. Con la esperanza de que nadie se dé cuenta de que la tecnología es la principal responsable de la realidad empobrecida, sus charlatanes de feria difunden incontables incentivos y promesas mientras continúa metastatizándose. Un ejemplo excelente es la cultura de la Red/Web (una nomenclatura reveladora), que a través del espacio virtual propaga su pobre versión de la existencia social. Ahora que la conectividad natural cara a cara está  siendo absolutamente aniquilada, ha llegado el momento de la comunidad virtual.
 Según la espeluznante formulación de Rob Shields, “la presencia de la ausencia es virtual”. La “comunidad” no se asemeja a ninguna otra en la memoria humana. No hay gente real presente y no se da ninguna comunicación real. En la incorpórea comunidad virtual, cuando conviene se corta con la gente con un clic del ratón para “ir” a cualquier otro lugar. La pseudocomunidad avanza sobre las ruinas de lo que queda de las conexiones genuinas. Los sentidos y la sensualidad menguan rápidamente; “responsabilidad” es una de las palabras sepultadas en el Museo de Palabras Perdidas del posmodernismo que va ampliándose. La marchita oposición y los resignados gandules fatalistas olvidan que los abolicionistas antiesclavitud, que habían sido una minoría, se negaron a renunciar y con el tiempo acabaron imponiéndose.
 Por supuesto que nada de esto ha pasado de la noche a la mañana. El anuncio/exhortación de teléfonos de la compañía AT&T de unos años atrás, “Alarga la mano y toca a alguien”, ofrecía contacto humano, pero ocultaba la verdad de que, de hecho, la misma tecnología ha sido crucial para alejarnos todavía más de este contacto. La experiencia directa se ha reemplazado por la mediación y la simulación. La información digitalizada suplanta los fundamentos de la proximidad real y de la posible confianza entre seres físicos en interacción. De acuerdo con Boris Groys, “Tenemos que aceptar el hecho de que ya no podemos creer en nuestros ojos, en nuestras orejas. Cualquiera que haya trabajado con un ordenador lo sabe muy bien”.
 La globalización tampoco es apenas nueva en la escena económica y política. En el Manifiesto comunista, Marx y Engels pronosticaron la aparición de un mercado mundial basado en el crecimiento de la producción y en los patrones de consumo de su época. Trescientos años antes, el Imperio español constituía la primera red global del poder.
 Marx sostenía que toda tecnología libera las posibilidades opuestas de emancipación y de dominación. Pero de alguna manera, el proyecto de una tecnología humanizada se ha mostrado sin fundamentos ni resultados; lo que finalmente se ha hecho realidad es una humanidad tecnificada. La tecnología es la corporeidad del orden social al que acompaña, y con su avance a escala planetaria transfiere el ethos fundamental que está detrás de esa tecnología. Nunca existe en el vacío y nunca es neutral en cuanto a valores. Algunos supuestos críticos de la tecnología hablan, por ejemplo, de avanzar “hacia un nivel superior de integración entre la humanidad y la naturaleza”. Esta “integración” no puede  evitar ser el eco de la integración básica de la civilización y la globalización; concretamente, las instituciones centrales que se integran todas en sí mismas. Lo más importante en todas ellas es la división del trabajo.
 Uno de los acontecimientos elementales es el creciente estado de pasividad en la vida cotidiana. Cada vez más dependiente –incluso infantilmente- de un mundo tecnológico y bajo el completo control cada vez más efectivo del conocimiento especializado, el sujeto fragmentado queda inutilizado por la división del trabajo. Esa institución tan fundamental que define la complejidad y que ha dirigido la dominación desde  el primer día. Fuente de toda alienación, “la subdivisión del trabajo es el asesinato de un pueblo”. Adam Smith, en el siglo XVIII, probablemente nunca ha sido superado en su retrato elocuente de la naturaleza mutiladora, deformadora y empobrecedora de la división del trabajo.
 Fue el prerrequisito para la domesticación y continúa siendo el motor de la Megamáquina, utilizando el término de Lewis Mumford. La división del trabajo subyace a la paradigmática naturaleza de la modernidad (tecnología) y a su desastroso resultado.
 A pesar de que en algunos círculos los aires están cambiando, es desconcertante que la teoría raramente haya cuestionado esta institución (o, ya puestos, la domesticación). El latente deseo de integridad, simplicidad, y de lo inmediato o directo ha sido desestimado contundentemente por fútil y/o irrelevante. “La tarea que tenemos que afrontar ahora no es rechazar ni alejarse de la complejidad, sino aprender a convivir con ella con creatividad”, aconseja Mark Taylor. Tenemos que “resistirnos a cualquier nostalgia, por mínima que sea”, recomienda Katherine Hayles, mientras admite que la palabra “pesadilla” bien puede describir lo que se está manifestando últimamente.
 De hecho, resulta todavía más desconcertante que la falta de interés en las raíces que se acepte de manera bastante generalizada la posibilidad de más de lo mismo, y ésta es la fuerza motriz que afianza la desolación actual. ¿Cómo es posible imaginar buenos resultados de algo que está generando claramente lo contrario, en todas las esferas de la vida? En vez de un repugnante programa ciborgiano que reparte frialdad y deshumanización a gran escala, Hayles, por ejemplo, encuentra en lo posthumano una “estimulante perspectiva” de “apertura a nuevas maneras de pensar sobre lo que significa ser humano”, a la vez que “los sistemas [de alta tecnología] evolucionan hacia un futuro abierto marcado por la contingencia y la imprevisibilidad”.
 Lo que ocurre es que la sensibilidad que se identifica con “lo que hemos perdido” está siendo arrollada por una orientación del tipo “¿qué podemos perder? / intentemos cualquier cosa”. Este cambio certifica totalmente la gran pérdida y derrota que la civilización/patriarcado/industrialismo/modernidad ha diseñado. La magnitud de la rendición de estos intelectuales ha anulado su capacidad de análisis o visión. Por ejemplo, “Cada vez más la cuestión no es si nos convertiremos en posthumanos, porque la posthumanidad ya está aquí”.
 La tecnología como mandato de olvidar, como disolvente de significados, encuentra su expresión cultural en el posmodernismo. Articulado en el contexto del transnacionalismo, donde la naturaleza totalizadora de la globalización se hace evidente con claridad deslumbrante, el posmodernismo busca su rechazo a “cualquier noción de una totalidad representable o esencial”. Reina la impotencia; no nos queda ningún punto de apoyo desde donde podamos reflexionar sobre el gigante u oponerle resistencia. Tal como manifiesta Scott Lash, “Ya no podemos salir del flujo global de las comunicaciones a fin de encontrar un punto de apoyo sólido para la crítica”. En su erróneamente llamada Crítica de la información declara la total abdicación: “Mi argumento en este libro es que tal crítica ya no es posible. A mi entender, el propio orden global de la información ha borrado y devorado la posibilidad de que exista un espacio para dicha reflexión crítica”.
Imagen de El Crepusculo De Las Maquinas - Zerzan John (Libro) Sin ninguna base sólida desde la que emitir un juicio, la propia viabilidad de la crítica se disuelve; así, el posmodernismo se convierte en presa de todo tipo de declaraciones humillantes y absurdas. Ingolfur Blühdorn, por ejemplo, se limita a deshacerse del pequeño contratiempo que representa la catástrofe medioambiental: “En la medida en que logramos acostumbrarnos (interiorizamos) a la no disponibilidad de criterios normativos universalmente válidos, el problema ecológico […] sencillamente se disuelve”. La cínica aceptación de todos los horrores que van apareciendo, vestida de ironía estetizada y de apatía implícita.
 La completamente estrafalaria exaltación del maridaje entre posmodernismo y tecnología queda resumida en el título: The Postmodern Adventure: Science, Technology and Cultural Studies at the Third Millennium [La aventura posmoderna: ciencia, tecnología y estudios culturales en el tercer milenio]. Según sus autores Best y Kellner, “la aventura posmoderna apenas acaba de empezar y ya se están manifestando futuros alternativos por todo nuestro alrededor”. Hablar de defender las tendencias particulares contra las universalizadoras es un lugar común del postmodernismo, pero esto queda ridiculizado cuando acepta con entusiasmo la fuerza más universalizadora de todas, la máquina de homogeneización que es la tecnología.
 Andrew Feenberg discute la presencia totalmente generalizada de la tecnología argumentando que cuando la izquierda se apunta a la celebración de los adelantos tecnológicos, el consenso resultante deja pocas discrepancias. Siendo él mismo izquierdista, Feenberg concluye que “no podemos recuperar lo que se ha perdido con la cosificación regresando a las condiciones pretecnológicas, a una especie de unidad previa irrelevante para el mundo contemporáneo. Pero esta “relevancia” es justamente lo que se está cuestionando. Continuar comprometidos con el “mundo contemporáneo” es precisamente la base sin fundamentos de la complicidad. La posmodernidad como realización o culminación de la tecnología universal, el precepto subyacente de la globalización.
 Cuando los fundamentos se deciden sin posibilidad de cuestionamiento, la evasión resultante no puede tener consecuencias liberadoras. Un ejemplo típico es la obsesión con lo superficial, marginal parcial, etc. El posmodernismo se etiquetó a sí mismo como subversivo y desestabilizador, pero lo ofrece sólo estéticamente. Emblemático de tiempos de derrota, la imagen absorbe el acontecimiento y nosotros absorbemos las imágenes. El tono a lo largo de toda la obra de Derrida, por ejemplo, no parece estar nunca alejado del duelo. La permanente tristeza de Blanchot sigue la misma pauta. El posmodernismo, según Geoffrey Hartman, “implica un desencanto que resulta ser definitivo, perpetuándose a sí mismo”.
 Con el ethos actual, el sujeto se ve por un lado como una colección inestable y fragmentada de posicionamientos dentro del discurso –incluso como una mera consecuencia del poder o del lenguaje- y, por otro lado, como parte de un conjunto positivo y plural de alternativas. No obstante, al evitar el examen de las principales directrices de la dominación, los posmodernistas se ciegan ante las verdaderas características deformadoras de la tecnología y el consumismo. […]
 La red de alta tecnología del sistema mundial está completando la transformación de las clases en masas, la erosión de la solidaridad grupal y de la autonomía y el aislamiento del yo. Como señala Bamyeh, estas son las condiciones previas de las democracias de masas modernas, así como los rasgos políticos básicos de la misma modernidad global.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Los Libros de la Catarata, 2016, en traducción de Xavier Caixat i Baldrich, pp. 163-170. ISBN: 978-84-9097-131-4.]

jueves, 30 de septiembre de 2021

La tentación de la inocencia.- Pascal Bruckner (1948)


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El hombre menguante


 «Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar a las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes. Se expande en dos direcciones, el infantilismo y la victimización, dos maneras de huir de la dificultad de ser, dos estrategias de la irresponsabilidad bienaventurada. En la primera, hay que comprender la inocencia como parodia de la despreocupación y de la ignorancia de los años de juventud; culmina en la figura del inmaduro perpetuo. En la segunda, es sinónimo de angelismo, significa la falta de culpabilidad, la incapacidad de cometer el mal y se encarna en la figura del mártir autoproclamado.
 ¿Qué es el infantilismo? No sólo la necesidad de protección, legítima en sí, sino la transferencia al seno de la edad adulta de los atributos y de los privilegios del niño. Puesto que éste es en Occidente desde hace un siglo nuestro nuevo ídolo, nuestro pequeño dios doméstico, aquel al que todo le está permitido sin contrapartida, conforma –por lo menos en nuestra fantasía- ese modelo de humanidad que nos gustaría reproducir en todas las etapas de la vida. Así pues, el infantilismo combina una exigencia de seguridad con una avidez sin límites, manifiesta el deseo de ser sustentado sin verse sometido a la más mínima obligación. Si se impone con tanta fuerza, si tiñe el conjunto de nuestras vidas con su tonalidad particular, es porque dispone en nuestras sociedades de dos aliados objetivos que lo alimentan y lo segregan continuamente, el consumismo y la diversión, fundamentados ambos sobre el principio de la sorpresa permanente y de la satisfacción ilimitada. El lema de esta “infantofilia” (que no hay que confundir con una preocupación real por la infancia) podría resumirse en esta fórmula: ¡No renunciarás a nada!
 En cuanto a la victimización, es esa tendencia del ciudadano mimado del “paraíso capitalista” a concebirse según el mismo modelo de los pueblos perseguidos, sobre todo en una época en la que la crisis mina nuestra confianza en las bondades del sistema. En un libro dedicado a la mala conciencia occidental, definí antaño el tercermundismo como la atribución de todos los males de las jóvenes naciones del Sur a las antiguas metrópolis coloniales. Para que el Tercer Mundo fuera inocente, era necesario que Occidente fuera absolutamente culpable, transformado en enemigo del género humano. Y a algunos occidentales, sobre todo en la izquierda, les gustaba flagelarse, experimentando un goce particular describiéndose como los peores. Desde entonces el tercermundismo como movimiento político ha decaído: ¿cómo prever que iba a resucitar entre nosotros a título de mentalidad, y que iba a propagarse con tanta velocidad entre las clases medias? Ya nadie está dispuesto a ser considerado responsable, todo el mundo aspira a pasar por desgraciado, aunque no esté pasando por ningún trance particular.
 Lo que es válido para el individuo a título privado es válido para las minorías y los países en el mundo entero. Durante siglos los hombres lucharon para ampliar la idea de humanidad, con el propósito de incluir en la gran familia común las razas, las etnias, las categorías perseguidas o reducidas a la esclavitud: indios, negros, judíos, mujeres, niños, etc. Esta ascensión a la dignidad de las poblaciones despreciadas o sometidas está lejos de haber concluido; tal vez no llegue a estarlo nunca. Pero paralelamente a esta inmensa labor de civilización, si la civilización en efecto es la constitución progresiva del género humano como un todo, toma cuerpo un proceso basado en la fragmentación y la división: grupos enteros, incluso naciones, reclaman ahora, en nombre de su infortunio, un trato particular. Nada hay comparable, ni en las causas ni en los efectos, entre los gemidos del gran adulto pueril de los países ricos, la histeria miserabilista de determinadas asociaciones (feministas o machistas), la estrategia asesina de Estados o de grupos terroristas (como Serbia o los islamistas) que esgrimen el estandarte del mártir para asesinar con total impunidad y saciar su voluntad de poder. Todos a su nivel, sin embargo, se consideran víctimas a las que se debe reparación, excepciones marcadas por el estigma milagroso del sufrimiento.  
Resultado de imagen de pascal bruckner la tentacion d ela inocencia Aunque a veces se solapen, el infantilismo y la victimización no se confunden. Se distinguen uno de otra como lo leve se distingue de lo grave, lo insignificante de lo importante. Consagran, no obstante, esa paradoja del individuo contemporáneo pendiente hasta la exageración de su independencia pero que al mismo tiempo reclama cuidados y asistencia, que combina la doble figura del disidente y del bebé y habla el doble lenguaje del no conformismo y de la exigencia insaciable. Y así como el niño, por su débil constitución, dispone de unos derechos que perderá al crecer, la víctima, por su sufrimiento, merece consuelo y compensación. Hacerse el niño cuando se es adulto, el necesitado cuando se es próspero, es en ambos casos buscar ventajas inmerecidas, colocar a los demás en estado de deudores respecto a uno mismo. ¿Es preciso añadir que estas dos patologías de la modernidad no son en ningún modo fatalidades sino tendencias, y que es lícito soñar con otros modos de ser más auténticos? Pero la flaqueza y el miedo son inherentes a la libertad. El individuo occidental es naturalmente un ser herido que paga el insensato orgullo de pretender ser él mismo con una precariedad esencial. Y nuestras sociedades, al haber abolido las ayudas de la tradición y relativizado las creencias, obligan por decirlo de algún modo a sus miembros a buscar refugio, en caso de adversidad, en las conductas mágicas, los sustitutos fáciles, la queja recurrente.
 ¿Por qué es escandaloso simular el infortunio cuando no nos está afectando nada en particular? Porque se usurpa entonces el lugar de los auténticos desheredados. Y éstos no reclaman derogaciones ni prerrogativas, sino sencillamente el derecho a ser hombres y mujeres como los demás. En eso estriba toda la diferencia. Los pseudodesesperados quieren distinguirse, reclaman favores para no ser confundidos con la humanidad corriente; los otros reclaman justicia para convertirse sencillamente en humanos. Por eso mismo hay tantos criminales que se ponen la máscara del torturado con el fin de perpetrar sus crímenes con la absoluta buena conciencia de ser unos canallas inocentes.
 Por último, esa exaltación del réprobo, de la cual sabemos desde Nietzsche que es el patrimonio del cristianismo, culpable en su opinión de haber divinizado a la víctima, esa consideración para con el débil, que él llama la moral de los esclavos, y que nosotros llamamos humanismo, puede degenerar a su vez en perversión cuando se transforma en amor de la indigencia por la indigencia, en la ideología caritativa, en victimización universal en la que no hay más que afligidos ofrecidos a nuestro buen corazón, nunca culpables.
 En este final de siglo en el que los gobiernos de los oprimidos se han transformado en su mayoría en regímenes de arbitrariedad y de terror, una desconfianza tenaz pesa sobre los desfavorecidos, sospechosos de querer transmutarse en verdugos, de preparar su desquite. La izquierda histórica (que hay que distinguir de los partidos que se reivindican como tal), heredera del mensaje evangélico, ha conseguido imponer al conjunto del mundo político el punto de vista de los desfavorecidos; pero con demasiada frecuencia se ha estrellado en el amanecer posrevolucionario, en la transformación ineludible del antiguo explotado en nuevo explotador. Movimientos de liberación, sublevaciones, levantamientos populares, luchas nacionales, todos parecen condenados al despotismo, a la reproducción de la iniquidad. ¿Para qué sublevarse si es para repetir lo peor? Y el gran crimen del comunismo consiste en haber descalificado para mucho tiempo el discurso de la víctima. Tal es la dificultad, ¿cómo seguir acudiendo en ayuda de los dominados sin ceder ante los impostores de todo tipo que se apropian del discurso victimista?»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2005, en traducción de Thomas Kauf, pp.14-18. ISBN: 84-339-0528-7.]

domingo, 9 de mayo de 2021

Gracias por no leer.- Dubravka Ugresic (1949)


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6.-Bueno, adiós.

El escritor y su futuro

 «Entretanto, la literatura popular también se ha transformado y ha reivindicado progresivamente su derecho a ingresar en el exclusivo mundo de la literatura culta. Así como la literatura culta se sirvió de las estrategias de la literatura popular, ésta se adorna hoy con las plumas de la primera y le roba su lenguaje. La cultura de masas jamás pierde ocasión de hacer referencias a la literatura culta. La literatura popular se ha infiltrado en la torre de marfil de la academia, en los planes de estudios universitarios, ha destruido a los árbitros del buen gusto, convertidos hoy en elitistas anónimos, además de destruir a los editores independientes y de sustituir las publicaciones poco atractivas y los estudios serios por propaganda y anuncios en los periódicos, seduciendo a promotores y gurús para que se pongan de su lado. En el curso de este proceso, los productos de la cultura de masas han mutado para convertirse en “cultura media” que “se comporta como si respetara los estándares de la Alta Cultura, mientras que en realidad los anega y vulgariza” (Richard Senett). Esto no era difícil de conseguir. Cada vez son menos los capaces de discernir lo auténtico de lo falso. Los que saben, no tienen ganas de enzarzarse en una batalla perdida. Los que tienen ganas, no gozan de oportunidades en los medios de comunicación, porque éste se reserva para los libros que “funcionan” o, al menos, “deberían funcionar”. Además, la propia distinción entre “auténtico” y “falso” hace tiempo que dejó de interesar a los intelectuales. Lo mismo ocurre con la anticuada terminología del valor estético. ¿Qué son, a fin de cuentas, los valores estéticos? Todo es cuestión de quién o qué los dicte. “El dinero crea el gusto” sugiere un convincente eslogan.
 […]   
 En el mercado literario, crecientemente global, hay de todo y para todos los gustos: literatura mongol y literatura de Trinidad, literatura de emigrantes y literaturas de diversas etnias, literaturas para distintas orientaciones sexuales y subgrupos: bosnio-gay o judío-lesbiana. Las antaño frías escuelas de interpretación, que privaron de sensualidad al texto literario, han sido sustituidas por la cálida relatividad de la “Otredad”. Todo vale y todo tiene su público.
 Ahora bien, ¿significa esto que la expresión individual (que, dicho sea de paso, debería suponérsele a cualquier texto literario artístico) está en auge? ¿Significa que la literatura se ha enriquecido con múltiples declaraciones individuales? ¿Se ha tornado más individual el discurso individual? ¿Son hoy las técnicas literarias más fértiles y variadas, y son las percepciones ofrecidas por los textos literarios realmente únicas?
 Lo que ha ocurrido es lo contrario: al menos eso parece. Las voces individuales son cada vez más raras. Cada voz, cada texto, se inserta en el nicho del mercado que corresponde al momento, se adapta a la palabra de moda, a los códigos del mercado. Para ser hoy oído y entendido, el escritor modula su voz, consciente o inconscientemente, según las exigencias del mercado o de sus posibles lectores. Aun cuando jamás se le pase por la cabeza, aun cuando lo niegue, esta traducción al lenguaje del mercado se produce al margen de su control: en el propio mercado, en la recepción de los textos, en la lectura. Así, el derecho a la autenticidad del “Otro” rebota en el escritor y en su texto como un bumerán.
 En su intento por escapar de una trampa, el escritor se ha metido en otra. Hoy está más revestido que nunca de etiquetas de identidad, las cuales determinan su lugar en el mercado literario y la comprensión que pueda haber entre él y sus lectores. Admitamos que las “identidades” facilitan la comunicación en el mercado, pero también rebajan terriblemente el significado del texto, lo empobrecen, cuando no lo distorsionan. El texto literario se lee cada vez más en clave: masculina o femenina, racial, nacional, étnica, cultural, sexual o política. Su valor es disminuido por un mercado que vende libros como cualquier otro producto, únicamente sobre la base de sus categorías. La broma, de Milan Kundera, puede encontrarse en la sección de humor, y Una fiesta en el jardín, de György Konrád, entre los libros de jardinería.
 El escritor contemporáneo con aspiraciones de alta literatura queda confundido ante la ausencia de un sistema de valores y al lector le resulta cada vez más difícil orientarse ante esta misma ausencia. Pero el espacio del que han sido expulsados los antiguos promotores de los valores tradicionales –profesores de literatura, críticos literarios, intelectuales- no ha quedado vacío, como es natural. Lo ocupan hoy atractivos y poderosos árbitros, desde Oprah Winfrey a amazon.com. Lo ocupan los vendedores: el mayor elogio que puede recibir un editor es que un manuscrito haya gustado en el “departamento de marketing”; los míticos individuos que integran este departamento son mencionados por el editor (y cada vez más, también por los propios escritores), como si se tratase del comité del Premio Nobel. Por último, a diferencia de lo que ocurre con los escritores, siempre inseguros, el mercado no se arredra ante los juicios de valor. Antes bien, los mensajes publicitarios son sentenciosos e imperativos: “¡Esto es hermoso”!, afirma un eslogan publicitario.
 En términos generales, el mercado nunca es subversivo, no destruye el canon estético sino que lo integra y lo explota al servicio de sus propios fines. Libros, notas de prensa y reseñas literarias (que cada vez se parecen más a la publicidad, sólo que ampliada) abundan en referencia a las figuras canónicas: “este libro es una explosiva mezcla de Beckett y Dumas”, “digno de Kafka”, “a Proust le daría envidia”. Pero hete aquí que estos valores canónicos se emplean en interés del relativismo del mercado, merced a un truco de paralelismo. En un anuncio reciente, que muestra a personajes de Leonardo da Vinci, Rembrandt y Toulouse-Lautrec generados por ordenador y sentados felizmente al volante de un Mercedes, establece una ingeniosa relación de valores: Mercedes es a los automóviles lo que Leonardo es al arte. Con menos ingenio, una famosa escritora de novelas pornográficas produjo su propio anuncio publicitario en una entrevista televisiva: “No hay ninguna diferencia. Umberto Eco es el mejor en su género y yo soy la mejor en el mío”.
Resultado de imagen de dubravka ugresic gracias por no leer El escritor “serio” vive una especie de vida clandestina. Oculta sus elevadas aspiraciones y sus gustos literarios por temor a ser acusado de elitismo. Porque de verdad ocurre que los promotores de la cultura de masas, numéricamente superiores, los ciberapasionados, los optimistas de la cultura y los antielitistas realmente se abalanzan sobre cualquier “muermo literario” de esos que tiene sobre su escritorio un retrato de Nabokov. Bien es verdad que el “muermo” ha retirado el retrato de Nabokov porque, incluso éste ha sido invitado a ponerse una etiqueta de mercado (la de los libros que se presentan como “antibasura”, como verdadera literatura de élite). El astuto mercado da la vuelta a cualquier crítica para usarla en beneficio propio. Es el mercado, por tanto, y no los conservadores, los elitistas y los pesimistas de la cultura, el que marca las tendencias y crea el gusto literario. El día en que el mercado decida convertir El hombre sin atributos en un superventas global, en eso quedará convertida la novela de Musil.
 En una época en que se escriben, publican y leen más libros que nunca, el escritor y el lector son las especies más solitarias y más amenazadas. Veamos qué dice Salman Rushdie: “Incapaces de orientarse en la selva de ficción basura y convertidos en cínicos por el envilecido lenguaje de la hipérbole con que se adorna cualquier libro, los lectores tiran la toalla. Compran un par de libros premiados al año, acaso otro par de libros de autores a los que conocen, y huyen de todo lo demás. El exceso de oferta editorial y el exceso de publicidad apartan a la gente de la lectura. No se trata sólo de que haya demasiadas novelas a la caza de un número de lectores demasiado reducido, sino de que hay demasiadas novelas que ahuyentan a los lectores”.
  A veces da la impresión de que estamos viviendo la antiutopía de Ray Bradbury en Farenheit 451 vuelta del revés. La novela de Bradbury describe una sociedad represora de individuos sedados con fármacos y televisión, una sociedad donde los libros están prohibidos, una sociedad donde los libros se queman. Vivimos, por el contrario, en el mundo del reluciente centro comercial, donde los libros se publicitan con el mismo lenguaje que los anuncios de Coca-Cola y en la que basta con pulsar una tecla en nuestro ordenador para tener acceso a cualquier información sobre un libro y comprarlo en el acto.
 ¿Qué le queda entonces al escritor “tras la muerte del arte”?
 a) Puede nadar contra la corriente y defender criterios de alto valor literario, porque “la literatura no es una escuela. La literatura debe presuponer que el público es más culto que el propio escritor. Poco importa que ese público exista o no. El escritor se dirige a un lector que sabe más que él; se inventa a sí mismo como alguien que sabe más de lo que en realidad sabe, para poder dirigirse a alguien que sabe todavía más. La literatura no tiene otra opción que la de poner trabas y seguir fingiendo, de acuerdo con la lógica de una situación que sólo puede empeorar”. Esto dice Italo Calvino en su ensayo “Para quién escribimos o Biblioteca hipotética”.
 b) Puede abandonarse a la orgía cultural del momento, incorporarse a la vasta red de cultura transnacional, participar en la aceleración de lo transcultural, poshistórico, poscolonial, posnacional, posestatal, posartístico, poshumano, posliterario y posmoderno.
 c) Puede reconciliarse con el hecho de que determinadas especies mueren no porque el ambiente sea hostil, sino por su propia estructura orgánica. Los pandas mueren porque, entre otras cosas, pasan tanto tiempo masticando brotes de bambú que apenas pueden dedicarse a la procreación. El escritor es como un panda: el mundo que lo rodea va demasiado deprisa, es demasiado complicado, mientras que el lenguaje del escritor es demasiado lento. Además, el objetivo del escritor, el lector, ya no es alguien que se sienta en un sillón profundamente absorto en la lectura de un libro. El lector es un ser en continuo movimiento que lee en un avión, o en el gimnasio, con unos auriculares en las orejas, o que escucha los libros en un cassette mientras conduce.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Edición La Fábrica editorial, 2004, en traducción de Catalina Martínez-Muñoz, pp. 236-241. ISBN: 84-95471-11-6.]