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jueves, 27 de mayo de 2021

El matadero.- José Esteban Echeverría (1805-1851)


Resultado de imagen de jose esteban echeverria «Diré solamente que los sucesos de mi narración pasaban por loa años de Cristo de 183… Estábamos, a más, en cuaresma, época en que escasea la carne en Buenos Aires, porque la iglesia, adoptando el precepto de Epicteto, sustine, abstine (sufre, abstente) ordena vigilia y abstinencia a los estómagos de los fieles, a causa de que la carne es pecaminosa y, como dice el proverbio, busca a la carne. Y como la iglesia tiene ab initio y por delegación directa de Dios el imperio inmaterial sobre las conciencias y estómagos, que en manera alguna pertenecen al individuo, nada más justo y racional que vede lo malo.
 Los abastecedores, por otra parte, buenos federales, y por lo mismo buenos católicos, sabiendo que el pueblo de Buenos Aires atesora una docilidad singular para someterse a toda especie de mandamiento, sólo traen en días cuaresmales al matadero, los novillos necesarios para el sustento de los niños y de los enfermos dispensados de la abstinencia por la Bula y no con el ánimo de que se harten algunos herejotes, que no faltan, dispuestos siempre a violar los mandamientos carnificinos de la iglesia, y a contaminar la sociedad con el mal ejemplo.
 Sucedió, pues, en aquel tiempo, una lluvia muy copiosa. Los caminos se anegaron; los pantanos se pusieron a nado y las calles de entrada y salida a la ciudad rebosaban en acuoso barro. Una tremenda avenida se precipitó de repente por el Riachuelo de Barracas, y extendió majestuosamente sus turbias aguas hasta el pie de las barrancas del Alto. El Plata, creciendo embravecido, empujó esas aguas que venían buscando su cauce y las hizo correr hinchadas por sobre campos, terraplenes, arboledas, caseríos y extenderse como un lago inmenso por todas las bajas tierras. La ciudad, circunvalada del norte al este por una cintura de agua y barro, y al sur por un piélago blanquecino en cuya superficie flotaban a la ventura algunos barquichuelos y negreaban las chimeneas y las copas de los árboles, echaba desde sus torres y barrancas atónitas miradas al horizonte como implorando misericordia al Altísimo. Parecía el amago de un nuevo diluvio. Los beatos y beatas gimoteaban haciendo novenarios y continuas plegarias. Los predicadores atronaban el templo y hacían crujir el púlpito a puñetazos. Es el día del juicio, decían, el fin del mundo está por venir. La cólera divina rebosando se derrama en inundación. ¡Ay de vosotros, pecadores! ¡Ay de vosotros, unitarios impíos que os mofáis de la iglesia, de los santos, y no escucháis con veneración las palabras de los ungidos del Señor! ¡Ay de vosotros si no imploráis misericordia al pie de los altares! Llegará la hora tremenda del vano crujir de dientes y de las frenéticas imprecaciones. Vuestra impiedad, vuestras herejías, vuestras blasfemias, vuestros crímenes horrendos, han traído sobre nuestra tierra las plagas del Señor. La justicia del Dios de la Federación os declarará malditos.
 Las pobres mujeres salían sin aliento, anonadadas del templo, echando, como era natural, la culpa de aquella calamidad a los unitarios.
 Continuaba, sin embargo, lloviendo a cántaros y la inundación crecía acreditando el pronóstico de los predicadores. Las campanas comenzaron a tocar rogativas por orden del muy católico Restaurador, quien parece no las tenía todas consigo. Los libertinos, los incrédulos, es decir, los unitarios, empezaron a amedrentarse al ver tanta cara compungida, oír tanta batahola de imprecaciones. Se hablaba ya, como de cosa resuelta, de una procesión en que debía ir toda la población descalza y a cráneo descubierto, acompañando al Altísimo, llevado bajo palio por el Obispo, hasta la barranca de Balcarce, donde millares de voces, conjurando al demonio unitario de la inundación, debían implorar la misericordia divina.
 Feliz, o mejor, desgraciadamente, pues la cosa habría sido de verse, no tuvo efecto la ceremonia, porque bajando el Plata, la inundación se fue poco a poco escurriendo en su inmenso lecho sin necesidad de conjuro ni plegarias.
 Lo que hace principalmente a mi historia es que por causa de la inundación estuvo quince días el matadero de la Convalecencia sin ver una sola cabeza vacuna, y que en uno o dos, todos los bueyes de quinteros y aguateros* se consumieron en el abasto de la ciudad. Los pobres niños y enfermos se alimentaban con huevos y gallinas, y los gringos y herejotes bramaban por el beef-steak y el asado. La abstinencia de carne era general en el pueblo, que nunca se hizo más digno de la bendición de la iglesia, y así fue que llovieron sobre él millones y millones de indulgencias plenarias. Las gallinas se pusieron a seis pesos, y los huevos a cuatro reales, y el pescado carísimo. No hubo en aquellos días cuaresmales promiscuaciones ni excesos de gula; pero en cambio se fueron derecho al cielo innumerables ánimas y acontecieron cosas que parecen soñadas.
 No quedó en el matadero ni un solo ratón vivo de muchos millares que allí tenían albergue. Todos murieron o de hambre o ahogados en sus cuevas por la incesante lluvia. Multitud de negras rebusconas de achuras, como los caranchos de presa, se desbandaron por la ciudad como otras tantas harpías prontas a devorar cuanto hallaran comible. Las gaviotas y los perros, inseparables rivales suyos en el matadero, emigraron en busca de alimento animal. Porción de viejos achacosos cayeron en consunción por falta de nutritivo caldo; pero lo más notable que sucedió fue el fallecimiento casi repentino de unos cuantos gringos herejes que cometieron el desacato de darse un hartazgo de chorizos de Extremadura, jamón y bacalao, y se fueron al otro mundo a pagar el pecado cometido por tan abominable promiscuación.
 Algunos médicos opinaron que si la carencia de carne continuaba, medio pueblo caería en síncope por estar los estómagos acostumbrados a su corroborante jugo; y era de notar el contraste entre estos tristes pronósticos de la ciencia y los anatemas lanzados desde el púlpito por los reverendos padres contra toda clase de nutrición animal y de promiscuación en aquellos días destinados por la iglesia al ayuno y la penitencia. Se originó de aquí una especie de guerra intestina entre los estómagos y las conciencias, atizada por el inexorable apetito y las no menos inexorables vociferaciones de los ministros de la iglesia, quienes, como es su deber, no transigen con vicio alguno que tienda a relajar las costumbres católicas; a lo que se agregaba el estado de flatulencia intestinal de los habitantes, producido por el pescado y los porotos y otros alimentos algo indigestos.
Resultado de imagen de el matadero catedra Esta guerra se manifestaba por sollozos y gritos descompasados en la peroración de los sermones y por rumores y estruendos subitáneos en las casas y calles de la ciudad o dondequiera concurrían gentes. Alarmóse un tanto el gobierno, tan paternal como previsor, y el Restaurador, creyendo aquellos tumultos de origen revolucionario y atribuyéndolos a los mismos salvajes unitarios, cuyas impiedades, según los predicadores federales habían traído sobre el país la inundación de la cólera divina, tomó activas providencias, desparramó sus esbirros por la población y, por último, bien informado, promulgó un edicto tranquilizador de las conciencias y de los estómagos, encabezado por un considerando muy sabio y piadoso para que a todo trance y arremetiendo por agua y todo se trajese ganado a los corrales.
 En efecto, el decimosexto día de la carestía, víspera del día de Dolores, entró a nado por el paso de Burgos al matadero del Alto una tropa de cincuenta novillos gordos; cosa poca por cierto para una población acostumbrada a consumir diariamente de doscientos cincuenta a trescientos, y cuya tercera parte al menos gozaría del fuero eclesiástico de alimentarse con carne. ¡Cosa extraña que haya estómagos privilegiados y estómagos sujetos a leyes inviolables y que la iglesia tenga la llave de los estómagos!
 Pero no es extraño, supuesto que el diablo con la carne suele meterse en el cuerpo y que la iglesia tiene el poder de conjurarlo: el caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad sino  la de la iglesia y el gobierno. Quizá llegue el día en que sea prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un amigo, sin permiso de autoridad competente. Así era, poco más o menos, en los felices tiempos de nuestros beatos abuelos que por desgracia vino a turbar la revolución de Mayo.
 Sea como fuera, a la noticia de la providencia gubernativa, los corrales del Alto se llenaron, a pesar del barro, de carniceros, achuradores y curiosos, quienes recibieron con grandes vociferaciones y palmoteos los cincuenta novillos destinados al matadero.
 -Chica, pero gorda –exclamaban-. ¡Viva la Federación! ¡Viva el Restaurador! Porque han de saber los lectores que en aquel tiempo la federación estaba en todas partes, hasta entre las inmundicias del matadero y no había fiesta sin Restaurador como no hay sermón sin Agustín. Cuentan que al oír tan desaforados gritos las últimas ratas que agonizaban de hambre en sus cuevas, se reanimaron y echaron a correr desatentadas conociendo que volvían a aquellos lugares la acostumbrada alegría y la algazara precursora de abundancia.
 El primer novillo que se mató fue todo entero de regalo al Restaurador, hombre muy amigo del asado. Una comisión de carniceros marchó a ofrecérselo a nombre de los federales del matadero, manifestándole in voce su agradecimiento por la acertada providencia del gobierno, su adhesión ilimitada al Restaurador y su odio entrañable a los salvajes unitarios, enemigos de Dios y de los hombres. El Restaurador contestó a la arenga rinforzando sobre el mismo tema y concluyó la ceremonia con los correspondientes vivas y vociferaciones de los espectadores y actores. Es de creer que el Restaurador tuviese permiso especial de su Ilustrísima para no abstenerse de carne, porque siendo tan buen observador de las leyes, tan buen católico y tan acérrimo protector de la religión, no hubiera dado mal ejemplo aceptando semejante regalo en día santo.
 Siguió la matanza, y en un cuarto de hora cuarenta y nueve novillos se hallaban tendidos en la playa del matadero, desollados unos, los otros por desollar. El espectáculo que ofrecía entonces era animado y pintoresco aunque reunía todo lo horriblemente feo, inmundo y deforme de una pequeña clase proletaria peculiar del Río de la Plata.»

 * Aguateros: argentinismo, por aguadores

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2006, en edición de Leonor Fleming, pp. 91-98. ISBN: 84-376-0617-9.]

domingo, 7 de febrero de 2021

Los libros malditos.- Mar Rey Bueno (1969)

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Primera parte: Censores
Capítulo I: Índices de libros prohibidos

   «El 1 de noviembre de 1478 aparecía la bula Exigit sincerae devotionis affectus, publicada por el papa Sixto IV a solicitud de los Reyes Católicos Isabel y Fernando. Con ella quedaba instituido el Santo Oficio o Tribunal de la Santa Inquisición, erigido para inquirir casos de presunta herejía que, de ser descubiertos, debían desarraigarse. Pronto la Inquisición amplió su radio de acción no sólo al control de toda herejía, sino de la doctrina y de todo lo escrito tangente a ella. Empezó a vigilar y a censurar las expresiones de escritores y científicos que, aun de lejos, ofendieran la ortodoxia establecida, cuyo fiel guardián se consideraba. La censura, constante tentación de todo poder establecido ansioso por defenderse de presuntos o reales enemigos, halló una buena oportunidad de desarrollo en la lectura, merced a las facilidades que ofrecía la imprenta, de invención entonces reciente.

 Inquisición y censura

 Desde el nacimiento de la imprenta, uno de los elementos propagadores más eficaces con los que contó la sociedad fue el  libro. Por ello no debe resultarnos extraño que la Inquisición idease la forma de controlar la difusión de ideas a través del papel escrito. Fue así como nacieron los índices inquisitoriales, relaciones exhaustivas de todo aquello considerado por los censores fuera de lo permitido.
 Las primeras medidas destinadas a censurar libros están fechadas en 1515, cuando el Concilio V de Letrán adopta una legislación precisa que reglamenta las publicaciones impresas. La situación se verá modificada rápidamente por la Reforma protestante. La manera como Lutero y sus discípulos se sirven de la imprenta para difundir sus doctrinas provoca una viva reacción del sector católico, a fin de impedir por todos los medios la impresión, venta, posesión y lectura de los escritos considerados como subversivos. La sucesión de índices de libros prohibidos por universidades y autoridades eclesiásticas regionales o nacionales no se hace esperar: en 1544 aparece el índice de la Facultad de Teología de París; en 1545, 1547 y 1549 lo harán nuevas listas de la Sorbona parisina; 1546, 1550 y 1556 son los años de publicación de los catálogos de la Universidad de Lovaina; entre 1549 y 1554 aparecerán los catálogos del nuncio apostólico en Venecia, Giovanni della Casa, mientras que en 1547 y 1551 se publicarán aquellos catálogos por parte de la Inquisición portuguesa.
 España, estandarte de la religión católica por excelencia, no permanecerá al margen de este proceso censor. Las autoridades inquisitoriales españolas publicaron seis índices entre 1559 y 1707. El primero de ellos nació como consecuencia del miedo al peligro protestante y sus posibilidades de expansión en el seno de la monarquía hispánica, precipitándose con el descubrimiento de los focos luteranos de Valladolid y Sevilla (1557-1559). Vino acompañado, además, por la conocida pragmática de 22 de noviembre de 1559, que prohibía la salida de estudiantes españoles a territorios extranjeros.
 Tras quince largos años de búsqueda e investigaciones por parte de inquisidores, censores y calificadores de la Suprema, se publicaron los catálogos de 1583-1584, uno prohibitorio y otro expurgatorio. Compuestos por catorce reglas, la Suprema decidió que fueran leídos en las iglesias más importantes de cada obispado el primer domingo o fiesta de guardar en la misa mayor, al tiempo del ofertorio; después de la lectura se pronunciaría un sermón sobre lo que acababa de ser leído. El edicto, como todos los emanados del Santo Oficio, sería clavado después a la puerta de la iglesia para que todos tuvieran presentes las órdenes de la Suprema. Las disposiciones eran: entregar todos los libros que estuvieran contenidos en los índices (bien para su expurgación o bien para ser confiscados si eran prohibidos) y todos aquellos que se considerasen sospechosos o incluidos en las prohibiciones generales de las reglas; delatar cualquier otro libro sospechoso o prohibido del que se tuviera noticia y a todo aquel del que se supiera que guardaba libros vedados. Los comisarios debían entregar todos esos libros y enviar un memorial de los mismos al tribunal inquisitorial correspondiente, en el que se indicaría claramente el título del libro, el nombre del autor y del impresor, el lugar de impresión y el año. Se daba un plazo de tiempo brevísimo para todo ello (doce días) y se anunciaba que quien no cumpliera lo ordenado en ese plazo incurriría en pena de excomunión mayor y demás censuras que la Inquisición procediera contra los rebeldes “con todo rigor”.
Resultado de imagen de los libros malditos Los catálogos de 1583-1584 sentaron las bases de un miedo generalizado en España: leer y tener demasiados conocimientos podía ser motivo de acusación inquisitorial. La semilla quedaba sembrada y sus frutos no tardarían en fructificar. En la primera mitad del siglo XVI se publicaron, consecutivamente, tres índices, destinados a subsanar los defectos observados en índices anteriores. La idea era hacer un índice con el parecer de todos los expertos y con tiempo suficiente para poner al día todas las expurgaciones pendientes y las prohibiciones nuevas recogidas en índices romanos o en edictos particulares. La Inquisición trabajó con catálogos de libros y autores de las ferias de Francfort, que ya estaban configuradas entonces como el principal mercado europeo del libro. Además, los censores inquisitoriales utilizaron agentes informadores en el extranjero.
 El último índice prohibitorio apareció en 1707, si bien había comenzado a prepararse en 1679. El largo período sin un expurgatorio se cerraba setenta y siete años después de la salida del anterior, en 1640. Los problemas de la Inquisición para mantener el control sobre el mundo del libro y sus lectores, y continuar su labor de censura y reconducción ideológica, eran graves, y se habían manifestado una y otra vez en esos largos años. El Santo Oficio se encontraba en un período crítico, de anquilosamiento, del que ya no saldría, pese a ciertos fogonazos de actividad en la centuria siguiente. Sin embargo, en este largo período el mal ya estaba hecho, poco importaba la intensidad o no de la actividad inquisitorial.
 […]

Tipología de la censura

 Los tribunales inquisitoriales recibían delaciones de personas y libros considerados heréticos de forma sistemática. Sobre las personas, la Inquisición actuaba siempre por delación, que era estimulada por un pregonero público en presencia de los inquisidores cuando se proclamaban los llamados edictos de fe, que conminaban en conciencia a delatarse y delatar, lo cual favoreció el clima de terror y de suspicacia asociado a la actividad inquisitorial. En el caso concreto de los libros, los expedientes inquisitoriales podían ser iniciados por cualquiera, si bien solían ser lectores escrupulosos, censores espontáneos, vigilantes de fronteras y navíos o visitadores oficiales de librerías quienes hacían llegar sus delaciones hacia la red de comisarios de distrito y familiares del Santo Oficio, funcionarios locales inquisitoriales que eran los encargados, a su vez, de llevarlo a los trece tribunales regionales que se fueron formando, a lo largo de los siglos XV y XVI, en diversas ciudades españolas: Barcelona, Córdoba, Cuenca, Granada, Logroño, Llerena, Murcia, Santiago, Sevilla, Toledo, Valencia, Valladolid y Zaragoza. En última instancia, la información pasaba al tribunal general, más conocido como la Suprema, instalado en la villa y corte madrileña.
 En líneas generales, los procedimientos de censura fueron tres. El más común consistió en extractar del contexto una u otra frase sin tener en cuenta el diverso género de la obra en que aparecía o en su intención y aplicarle indistintamente notas de ofensiva a píos oídos, errónea, escandalosa, herética… Otro de los procedimientos fue el llamado expurgo: a fin de permitir libros declarados buenos en conjunto pero en los cuales se habían detectado algunas frases o párrafos suprimibles, se dio con la idea de expurgarlos tachando con gruesa tinta palabras o frases o arrancando páginas estimadas inaceptables. Fácilmente se entiende que la mera posesión o lectura de un libro expurgado incidía en la mala reputación de autor, lector y vendedor. Por último, si el libro en cuestión era de erudición clásica o de contenido científico, esto es, no tocaba de manera alguna el tema religioso, la mera clasificación de su autor como auctor damnatus (autor condenado), que había que estampar en la portada de los escritos por protestantes y sospechosos de otras heterodoxias, bastaba para alejar posibles lectores.
 De esta forma, una obra podía aparecer en los índices de libros prohibidos, como totalmente prohibida, si se consideraba que no podía leerse en su totalidad; expurgada, cuando se ordenaba que fuera sometida a expurgación, con el fin de autorizarla posteriormente; autorizada con nota, para permitir su circulación y lectura expresamente cuando su autor era considerado hereje, si bien la obra no contenía nada reprobable desde el punto de vista doctrina; prohibida hasta su expurgo, para señalar que debía considerarse prohibida hasta que se le señalara la correspondiente expurgación.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Edaf, 2005, pp. 29-35. ISBN: 84-414-1626-5.]

martes, 4 de agosto de 2020

Historia de Daroca.- José Beltrán Roche (1882-1965)

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Capítulo XV: El milagro de los Corporales (continuación)

  «Después de la batalla referida en el capítulo anterior, los vencedores ocuparon el resto del día en enterrar los numerosísimos cadáveres que habían quedado en el campo y en recoger el inmenso botín que dejaron los moros fugitivos.
 Luego, reunido el Consejo de guerra, dispuso se mandara fabricar una caja de plata, que aun se conserva, donde se pudieron colocar decentemente los Santos Corporales y consignó al capitán Vicente Belbis, por otro nombre Zeyt Abuzeyt, para que fuese a Monpeller a comunicar a D. Jaime el Milagro y la victoria.
 Al tratar sobre la posesión de la inestimable joya de los Corporales, se promovió acalorada disputa, pues todos pretendían tener derecho a su posesión. Don Berenguer de Entenza manifestaba que este tesoro quedase en Valencia por el justificado motivo de haber sucedido el prodigio en este territorio y por ser Valencia cabeza de aquel reino. Los de Teruel aducían más derechos, porque su capital, como más vecina a los enemigos, había padecido más daños, había sufrido más choques, había derramado más sangre e impedido que los moros invadiesen los pueblos del reino.
 Los de Calatayud pretendían que fuese la gloria para sí, en atención a ser la mayor y más rica de las tres ciudades, haber dado para la conquista más soldados y haber gastado más caudales.
 Los de Daroca exponían que aquel tesoro debía corresponderles, porque ellos fueron los primeros que tremolaron las banderas de las Ocas sobre la Puerta de Serranos de Valencia, y por ser mosén Mateo Martínez, hijo de Daroca, el que celebró la misa, el que consagró las seis Formas, el que enarboló este sagrado estandarte de nuestra fe en la última batalla, de que resultó la más completa victoria.
 Viendo Berenguer de Entenza que la contienda tomaba cada vez mayores proporciones y que los ánimos se exaltaban demasiado, propuso que se echasen suertes sobre quién había de ser el dueño de tan rica joya, ya que el día en que esto sucedía, se celebraba la festividad de San Matías, que fue elegido para ser Apóstol.
 Todos aceptaron esta proposición, y puesta por obra, se echaron suertes por tres veces y las tres cayeron a Daroca. Esto no obstante, algunos capitanes quedaron descontentos, sospechando que hubo o pudo haber arte o engaño en lo que sin duda fue designio del cielo. El caso es que se agriaron las discusiones, hasta que por fin se convino en que se trajese una mulilla blanca cogida en el campo enemigo, que no había llevado carga ni pisado jamás tierra de cristianos, y cargando sobre su lomo los Corporales, se la dejase andar libremente y el lugar donde se parase, se tuviese sin disputa por morada del Santísimo Misterio elegida por el Cielo. Los capitanes no se opusieron a esta determinación.
 Colocados los Corporales en una caja o arqueta de plata, liada con cordones de seda, que aun se conservan, cabalgó el sacerdote llevándola consigo con grande reverencia, dejando a la mulilla caminar a su arbitrio. […] Durante el trayecto, al pasar por los pueblos, se verificaron algunos prodigios que aumentaban el fervor y entusiasmo religioso de los acompañantes, y muchas gentes salían con sus párrocos, llevando Cruz alzada, y engrosaban las filas de aquella procesión extraordinaria. […]
historia de daroca / rvdo. p. josé beltrán * ed - Comprar en ... Cruzando de largo por Teruel, llegó después de 50 leguas de jornada a las cercanías de Daroca. todos los vecinos de la ciudad, con su Clero, autoridades y muchísimos habitantes de las próximas aldeas, salieron a esperarlo. […] Llegó, por fin, a las puertas de la ciudad con todo el acompañamiento de su triunfo, del mismo modo que entró un día en Jerusalén, y desviándose un poco hacia el camino de Calatayud, la blanca mulilla se detuvo en un pobre albergue, que entonces era Hospital de San Marcos, después convento de Trinitarios y hoy Hospital municipal y Colegio de Santa, y doblando las rodillas en tierra, cayó muerta por voluntad divina el día 7 de marzo de 1239, dejando en esta venturosa ciudad la arquilla de los Sagrados Corporales. La mulilla fue enterrada en el atrio de la iglesia, y encima de la puerta hay un bajo relieve en piedra, bastante bien tallado, que representa la llegada del Santísimo Misterio. […]

 Capítulo XVI: El milagro de los Corporales (continuación)

 El año 1261, la ciudad de Daroca y el Cabildo enviaron dos síndicos, cuyos nombres no se citan, uno de cada parte, a informar a S.S. Urbano IV del Milagro de los Corporales, de los principales detalles del mismo y de la innumerable multitud de gentes que de todas partes venían a adorarlo, las cuales no cabiendo en la iglesia ni en sus plazas, hubo necesidad de construir una torreta de piedra fuera de los muros, en donde desde aquellos tiempos hasta ahora se muestra y adora en el día del Corpus con solemnidad extraordinaria. Fueron introductores de los dos síndicos ante el Papa los gloriosos doctores San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino, quienes informaron sobre tan portentoso milagro al Pontífice e inclinaron su ánimo para decretar la solemnísima fiesta del Corpus. Conmovido el Papa por la relación del milagro, concedió innumerables privilegios e indulgencias, que sus sucesores aumentaron y confirmaron, en especial la Bula que concedió en 1397 Benedicto XIII, el cual, siendo Cardenal y Legado apostólico, ofició y mostró el Santísimo Misterio a los fieles, como ya se ha dicho, y regaló magníficos presentes.
 San Vicente Ferrer vino el año 1414, predicó en la Torreta el día del Corpus y convirtió 110 judíos. De tal manera se extendió por todas partes la fama de este Milagro que de las más remotas tierras venían numerosos peregrinos a adorarlo. La peregrinación más notable fue la del año 1444.»

  [El texto pertenece a la edición en español de la Institución Fernando el Católico de Zaragoza, 1998. ISBN: 84-7820-417-2.]

lunes, 17 de junio de 2019

Cuentos de Canterbury.- Geoffrey Chaucer (1343-1400)


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Cuento del bulero

«Señores -comenzó el bulero-, siempre que predico en las iglesias, trato de hablar en voz recia y armoniosa como una campana, pues me sé de memoria cuanto digo. Mi texto ha sido siempre y es uno solo: Radix malorum est Cupiditas.
 Principio por manifestar de dónde vengo y luego exhibo todas mis bulas. Pero antes muestro mis licencias, con el sello de nuestro soberano señor, para garantizar mi persona y evitar que sacerdote o clérigo alguno ose estorbar en mi santo ministerio.
 Después relato historias y extraigo bulas de papas, de cardenales, de patriarcas y de obispos, y pronuncio algunas palabras en latín para sazonar mi sermón y estimular la devoción de las gentes. Y sin más saco mis urnas de cristal, llenas de trapos y huesos, que los demás imaginan ser reliquias. Y tengo, engastado en latón, el brazuelo de una sacra oveja judía. He aquí como digo:
 -Atended mis palabras, buena gente. Si alguna de vuestras vacas, carneros, terneros o bueyes se hincha por haber comido un gusano o por picadura de insecto, hundid este hueso en un pozo, lavad con agua del pozo la lengua de la res y al instante veréis que vuelve la salud. Y cualquier oveja que beba de ese pozo se curará de sarna, úlceras o cualquier enfermedad. Y si el dueño de las bestias bebe todas las semanas un trago de esa agua en ayunas, antes que cante el gallo, sus vituallas y ganado se multiplicarán. También esa agua cura los celos. Así, cuando un hombre sospeche de su mujer, bástale hacer su potaje con esa agua y nunca más desconfiará de su esposa, aun si supiera la verdad de su pecado y le constare que ha tenido trato con dos o tres hombres.
 Ved este mitón. Quien meta la mano en él verá multiplicarse sus cereales, ya sean avena o trigo, siempre que dé peniques o dineros.
 Adviértoos, buenos hombres y mujeres, que si en este templo está alguna persona que hubiere cometido un pecado nefando y por bochornoso no ose confesarlo (como también si hay alguna mujer, joven o vieja, que hubiese hecho cornudo a su marido), personas tales no tendrán facultad ni merced de subir a hacer ofrenda a mis reliquias en este lugar. Empero, el que se halle libre de semejantes culpas, puede subir y ofrendar en nombre de Dios y yo le absolveré con la autoridad que por bula me ha sido conferida.
 Con estos manejos he ganado, un año tras otro, hasta cien marcos desde que soy bulero. Instálome en un púlpito, como un sacerdote, y ante la plebe ignara que abajo se hacina, predico como os dije y añado cien mentirosas cosas más. Alargo el cuello y me balanceo hacia oriente y hacia occidente, como palomo acomodándose sobre un tejado. Muevo manos y lengua con tal soltura que es cosa de ver mi diligencia. Dirijo todo mi sermón sobre el ominoso pecado de la avaricia, porque tiendo a tornar a las gentes generosas y hacerles desembolsar sus peniques en mi beneficio. Pues habéis de saber que mi propósito es ganar dinero y no enmendar pecados. ¡Poco se me da que las almas del prójimo anden errantes luego de sepultados sus cuerpos! Y por eso muchos de mis sermones tienen a menudo mala intención, porque unos buscan lisonjear a la gente, beneficiándome yo con mi hipocresía, y otros tienden a la vanagloria y otros a satisfacer mis inquinas. Sí, que cuando no oso combatir a alguien por otros medios, atácole con punzadora lengua en mis prédicas, y así le calumnio si ha ofendido a mis hermanos o a mí. Verdad es que no le menciono por su nombre, pero bien le conocen los demás por sus circunstancias y signos De esta suerte sirvo a los que me enojan, y así, so capa santa y justa, lanzo mi ponzoña.
 Pero, por declarar concisamente mi propósito, os diré que no predico sino por codicia y de aquí que mi texto haya sido y continúe siendo: Radix malorum est Cupiditas. Sermoneo, pues, contra el mismo vicio que ejerzo. Aunque yo incurra en ese pecado, hago que otros se separen y arrepientan hondamente de él, pero mi finalidad esencial no es ésa, sino satisfacer mi codicia. Y ahora, con esto basta sobre el asunto.
 Luego de cuanto dije, suelo relatar ejemplos de añejas historias, porque al vulgo ignorante le complacen los cuentos viejos, que les es fácil recordar y repetir sin trabajo. Por tanto, decidme: ¿debo yo, mientras pueda hablar y ganar oro y plata con lo que muestro, subsistir de buen grado en la miseria? No, ni nunca en verdad se me ocurrió así. Gústame discursear y pedir en tierras diversas, porque no quiero trabajar con las manos, ni tejer cestos, ni vivir de vanas limosnas. Tampoco imitaré a los apóstoles, pues deseo dinero, lana, queso y trigo, así sea ello a expensas del más pobre paje o de la viuda más menesterosa de la aldea, no parándome a reparar si los hijos de la mujer podrán por ello perecer de hambre. Porque quiero gustar el licor de la vida y tener en todas las ciudades mozas alegres.
 Ya acabo de esto, señores, y pues os proponéis que os relate un cuento, voy, por Dios (ahora que he bebido buena cerveza fuerte), a deciros cosas que espero sean de vuestro agrado. Porque, aunque vicioso, cábeme referiros una historia muy moral, que suelo unir a mis prédicas para sacar provecho. Callad, pues, que empiezo.
 Había antaño en Flandes una compañía de jóvenes que se entregaban a disoluciones tales como orgías, juego, lupanares y tabernas, en cuyos lugares danzaban al son de laúdes, arpas y guitarras, además de lo cual jugaban a los dados noche y día. Y para colmo comían y bebían más allá del límite de sus fuerzas, haciendo así sacrificio al diablo dentro de su propio diabólico templo, de manera nefanda y con excesos ominosos. Prorrumpían también en tremendos y hórridos juramentos, tales que daba pavor oírles, porque desgarraban el cuerpo de nuestro bendito Señor, sin duda pareciéndoles que los judíos no le habían desgarrado bastante. Y cada uno de ellos alababa los pecados de los otros.
 Tras esto llegaban danzarinas livianas y lindas, jóvenes vendedoras de frutas, cantoras con arpas, prostitutas, vendedoras de dulces y otras mujeres que son auténticas secretarias del diablo en materia de estimular y encender el fuego de la lascivia, que va unida siempre a la gula.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1984, en traducción de Juan G. de Luaces. ISBN: 84-320-3921-7.]