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viernes, 7 de junio de 2019

Diálogo de las cosas acaecidas en Roma.- Alfonso de Valdés (1490-1532)


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Segunda parte

«Latancio: Yo os lo diré. Decíme: ¿cuál hiede más a Dios: un perro muerto de los que echan en el muladar o una ánima obstinada en la suciedad del pecado?
 Arcidiano: El ánima, porque dice Sanct Agustín que tolerabilius foetet canis putridus hominibus quam anima peccatrix Deo*.
 Latancio: Luego no me negaréis que no sea un pestífero muladar el ánima de un vicioso.
 Arcidiano: No, por cierto.
 Latancio: Pues el sacerdote que, levantándose de dormir con su manceba -no quiero decir peor-, se va a decir misa, el que tiene el beneficio habido por simonía, el que tiene el rancor pestilencial contra su prójimo, el que mal o bien anda allegando riquezas y obstinado en estos y otros vicios, aun muy peores que éstos, se va cadaldía a recebir aquel sanctísimo Sacramento, ¿no os parece que aquello es echarlo peor que en un muy hediente muladar?
 Arcidiano: Vos me habláis un nuevo lenguaje y no sé qué responderos.
 Latancio: No me maravillo que la verdad os parezca nuevo lenguaje. Pues mirad, señor: ha permitido Dios que eso se hiciese o se dijese, porque viendo los clérigos cuán grande abominación es tractar así el cuerpo de Jesucristo, vengan en conocimiento de cómo lo tratan ellos muy peor y, apartándose de su mal vivir, limpien sus ánimas de los vicios y las ornen de virtudes para que venga en ellas a morar Jesucristo y no lo tengan , como lo tienen, desterrado.
 Arcidiano: Así Dios me vala que vos me habéis muy bien satisfecho a todas mis dudas, y estoy muy maravillado de ver cuán ciegos estamos todos en estas cosas exteriores, sin tener respecto a las interiores.
 Latancio: Tenéis muy gran razón de maravillaros, porque a la verdad es muy gran lástima de ver las falsas opiniones en que está puesto el vulgo y cuán lejos estamos todos de ser cristianos, y cuán contrarios son nuestras obras a la doctrina de Jesucristo, y cuán cargados estamos de supersticiones; y a mi ver todo procede de una pestilencial avaricia y de una pestífera ambición que reina agora entre cristianos mucho más que en ningún tiempo reinó. ¿Para qué pensáis vos que da el otro a entender que una imagen de madera va a sacar cautivos y que, cuando vuelve, vuelve toda sudando, sino para atraer el simple vulgo a que ofrezcan a aquella imagen cosas de que él después se puede aprovechar? ¡Y no tiene temor de Dios de engañar así la gente! ¡Como si Nuestra Señora, para sacar un cativo, hobiese menester llevar consigo una imagen de madera! Y seyendo una cosa ridícula, créelo el vulgo por la auctoridad de los que lo dicen. Y desta manera os dan otros a entender que si hacéis decir tantas misas, con tantas candelas, a la segunda angustia hallaréis lo que perdiéredes o perdistes. ¡Pecador de mí! ¿No sabéis que en aquella superstición no puede dejar de entrevenir obra del diablo? Pues interveniendo, ¿no valdría más que perdiésedes cuanto tenéis en el mundo, antes que permitir que en cosa tan sancta se entremeta cosa tan perniciosa? En esta misma cuenta entran las nóminas que traéis al cuello para no morir en fuego ni en agua, ni a manos de enemigos, y encantos, o ensalmos que llama el vulgo, hechos a hombres y a bestias. No sé dónde nos ha venido tanta ceguedad en la cristiandad que casi habemos caído en una manera de gentilidad. El que quiere honrar un sancto, debría trabajar de seguir sus sanctas virtudes, y agora, en lugar desto, corremos toros en su día, allende de otras liviandades que se hacen, y decimos que tenemos por devoción de matar cuatro toros el día de Sanct Bartolomé, y si no se los matamos, habemos miedo que nos apedreará las viñas. ¿Qué mayor gentilidad queréis que ésta? ¿Qué se me da más tener por devoción matar cuatro toros el día de Sanct Bartolomé que de sacrificar cuatro toros a Sanct Bartolomé? No me parece mal que el vulgo se recree con correr toros; pero paréceme ques pernicioso que en ello piense hacer servicio a Dios o a sus sanctos, porque, a la verdad, de matar toros a sacrificar toros yo no sé que haya diferencia. ¿Queréis ver otra semejante gentilidad, no menos clara que ésta? Mirad cómo habemos repartido entre nuestros santos los oficios que tenían los dioses de los gentiles. En lugar de dios Mars, han sucedido Sanctiago y Sanct Jorge; en lugar de Neptuno, Sanct Elmo; en lugar de Baco, Sanct Martín; en lugar de Eolo, Sancta Bárbola; en lugar de Venus, la Madalena. El cargo de Esculapio habemos repartido entre muchos: Sanct Cosme y Sanct Damián tienen cargo de las enfermedades comunes; Sanct Roque y Sanct Sebastián, de la pestilencia; Sancta Lucía, de los ojos; Sancta Polonia, de los dientes; Sancta Águeda, de las tetas; y, por otra parte, Sanct Antonio y Sanct Aloy, de las bestias; Sanct Simón y Judas, de los falsos testimonios; Sanct Blas, de los que esternudan. No sé yo de qué sirven estas invenciones y este repartir de oficios, sino para que del todo parezcamos gentiles y quitemos a Jesucristo el amor que en Él sólo debríamos tener, vezándonos a pedir a otros lo que a la verdad Él solo nos puede dar. Y de aquí viene que piensan otros porque rezan un montón de salmos o manadas de rosarios, otros porque traen un hábito de la Merced, otros porque no comen carne los miércoles, otros porque se visten de azul o naranjado, que ya no les falta nada para ser muy buenos cristianos, teniendo por otra parte su invidia y su rencor y su avaricia y su ambición y otros vicios semejantes tan enteros, como si nunca oyesen decir qué cosa se ser cristiano.
 Arcidiano: ¿De dónde procede eso a vuestro parecer?
 Latancio: No me metáis ahora en ese laberinto, a mi ver más peligroso quel de Creta. Dejemos algo para otro día. Y agora quiero que me digáis si a vuestro parecer he complido lo que al principio os prometí.
 Arcidiano: Digo que lo habéis hecho tan cumplidamente, que doy por bien empleado cuanto en Roma perdí y cuantos trabajos he pasado en este camino, pues con ello he ganado un día tal como éste, en que me parece haber echado de mí una pestífera niebla de abominable ceguedad y cobrado la vista de los ojos de mi entendimiento, que desde que nací tenía perdida.»
 
*"Es más tolerable a los hombres el hedor del perro podrido que el alma pecadora a Dios".
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1992, en edición de Rosa Navarro Durán. ISBN: 84-376-1123-7.]

sábado, 23 de marzo de 2019

La hija de Celestina.- Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo (1580-1635)


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Capítulo 3: La hija de Celestina y demás compañeros prosiguen su camino, y ella cuenta a Montufar su vida y nacimiento 

«Mientras ella andaba en estos ejercicios, el bueno de mi padre acudía a sus devociones, sin dejar ermita que no visitase, en cuya jornada, y como iba a pie y eran tantas, sólo Dios y él saben los muchos tragos que pasaba, haciendo tan largas oraciones, que muchas veces se quedaba arrobado hora y horas, y aun las noches y días enteros.
 Pasólo bien  mucho tiempo, hasta que un muchacho que le andaba a los alcances dio noticia a los demás y, entre otros renombres que le achacaron, el que más le dolió fue "Pierres". A los principios de esta persecución que él padecía del vulgo pueril -que suele ser el más desvergonzado y el menos corregible- valióse de una industria, que fue excusarse de las calles principales; pero él hizo obras tales, que llegaron a conocerle en los últimos arrabales, donde le cantaban la misma musa.
 Estuvo muy determinado -casi, casi resuelto- a tener vergüenza, apartándose de este mal vicio por excusarse de la afrenta; pero, como achaque antiguo y envejecido en la persona con la edad, curóse mal y, por más que afirmó los pies, volvió a dar de cabeza, sin hallarle remedio los médicos, que con esta enfermedad acabó sus días con no poco dolor del pueblo, que con él se entretenía en este modo:
 En una fiesta de toros donde se hallaron los Reyes, entró a romper unos rejones en presencia de los ojos de su dama -por pagarles un singular favor que le habían hecho- cierto príncipe acompañado de más de doscientos lacayos, todos de una librea. Entre los que vistió fue uno mi padre, y como él antes de entrar en la plaza hubiese acudido a sus estaciones y trajese la cabeza trabajosa, tanto, que se había bajado el gobierno del cuerpo a los pies, pensando que huía del toro, le salió al camino y se arrojó sobre sus cuernos. Llegaron aprisa para valerle todos los caballeros, pero ya él había dado su alma a Dios, y a la tierra más vino que sangre.
 A todos les pesó y a su amo más que a todos; al fin, con traerle a casa para que le diésemos sepultura, le hicieron pago. Mi madre y yo le lloramos, como cuerdas, lo menos que pudimos, y aun para esto fue menester esforzarnos. Decían unos vecinos nuestros, gente de no mala capa, pero de ruin intención, considerando la vida de mi padre -que fue pacientísima- y después la muerte en los cuernos de un toro, que se había verificado bien aquel refrán: "¿Quién es tu enemigo? El que es de tu oficio."; y sobre esto glosaban otros, extendiéndose a muy largos comentos. Nosotras hicimos a todo oído de mercader, hasta que el tiempo, que olvida las cosas más graves, sepultó ésta entre las demás.        
 Ya yo era mozuela de doce a trece y tan bien vista de la Corte, que arrastraba príncipes que, golosos de robarme la primera flor, me prestaban coches, dábanme aposentos en la comedia, enviábanme las mañanas de abril y mayo almuerzos y las tardes de julio y agosto meriendas al río de Manzanares. Mirábanme envidiosas algunas de estas doncelluelas fruncidas y decían: "¡Miren con el toldo que va la hija de Pierres y Celestina!", sin acordarse que yo me llamaba Elena de la Paz: Elena, porque nací el día de la Santa, y Paz porque se llamaba así la comadre en cuyas manos nací, que sacándome después de pila quiso hacerme heredera de su nombre.
 Ellas me cortaban de vestir aprisa, y mucho más los sastres; porque como mi madre se resolviese a abrir tienda -que al fin se determinó antes que yo cumpliese los catorce de mi edad- no hubo quien no quisiese alcanzar un bocado, obligándome primero con alguna liberalidad; y fueron tantas las que conmigo usaron, que ya me faltaban cofres para los vestidos y escritorios para las joyas.
 Tres veces fui vendida por virgen: la primera a un eclesiástico rico; la segunda a un señor de título; la tercera a un genovés, que pagó mejor y comió peor. Este fue el galán más asistente que tuve, porque mi madre envió un día, valiéndose de sus buenas artes, en un regalo de pescado que le presentó, bastante pimienta para que se picase de mi amor toda su vida; andaba el hombre loco, y tanto, que habiendo destruido con nosotras toda su hacienda, murió en una cárcel, habrá pocos días, preso por deudas.
 Temióse mi madre de la Justicia y quiso mudar de frontera. Partímonos a Sevilla y en el camino, por robarla, unos ladrones la mataron; y acompañárala yo en esta desdicha si no me hubiera quedado, en razón de venir con poca salud, más atrás dos leguas.
 Supe la triste nueva de su muerte luego y, sin pasar más adelante, me volví a Madrid, donde te encontré en casa de aquella amiga y me aficioné de tus buenas partes, siendo el primer hombre que ha merecido mi voluntad y con quien hago lo que los caudalosos ríos con el mar -que todas las aguas que han recogido, así de otros ríos menores como de varios arroyos y fuentes, se las ofrecen juntas- dándote lo que a tantos he quitado.
 De allí, como tú sabes, pasamos a esta ciudad de Toledo, de donde volvemos tan acrecentados que, si tú no tuvieras más angosto el ánimo de lo que yo pensé, trajeras mejores alientos. Y porque parece que la conversación ha sido salsa que te ha hecho apetecer el sueño, sosegando algún tanto la inquietud de tu espíritu, reclínate un poco y reposa, considerando que todo lo que el miedo es bueno antes de cometer un delito, porque suspende la ejecución de él, es malo después, porque turba al culpado tanto que suele, en vez de huir de quien con diligencia le busca, ponerse él mismo en sus propias manos.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2008. ISBN: 978-84-376-2434-1.]
 

viernes, 27 de julio de 2018

Memorias de España.- Giacomo Casanova (1725-1798)


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Capítulo segundo [Vol. 10, cap. XII]

«La puerta del cuarto que me asignó el posadero tenía un cerrojo por fuera y nada, por dentro, de lo que yo pudiera servirme para cerrar mi puerta cuando fuera a acostarme; la puerta sólo se abría y cerraba con el picaporte. Yo no dije nada la primera ni la segunda noche, pero la tercera le dije a mi cochero que no quería soportar aquello. Me respondió que tenía que soportarlo en España porque, debiendo la Santa Inquisición ser siempre dueña de mandar a ver lo que los extranjeros podían hacer de noche en su cuarto, los mismos extranjeros no podían encerrarse en él.
 -¿De qué puede ser tan curiosa vuestra maldita Santa Inquisición?
 -De todo. De ver si coméis carne un día de vigilia. De ver si en el cuarto hay varias personas de los dos sexos, si las mujeres se acuestan solas o con los hombres, y para saber si las que están acostadas con los hombres son sus mujeres legítimas, y para poder encarcelarlos si los certificados de matrimonio no testifican a su favor. La Santa Inquisición, señor don Jaime, vela continuamente en nuestro país por nuestra salvación eterna.
 Cuando nos encontramos con un clérigo que iba a administrar el Santo Sacramento a un moribundo, el señor Andrea se detuvo y me dijo en un tono imperioso que me apease del coche y me arrodillase, incluso en el barro, si lo había allí; había que obedecer. El gran asunto de entonces en materia de religión en las dos Castillas era el de los pantalones sin portañuela (1). Metían en la cárcel a quienes los llevaban y castigaban a los sastres, pero a pesar de ello seguían llevándose, y los curas y los frailes se desgañitaban en vano desde sus púlpitos lanzando invectivas contra esta indecencia. Era de esperar una revolución que habría hecho reír a toda Europa, pero afortunadamente todo terminó sin derramamiento de sangre. Se proclamó un edicto y se lo fijó impreso en la puerta de todas las iglesias. Decía que sólo se permitiría al verdugo llevar pantalones hechos de aquella manera. Entonces se pasaron de moda, porque nadie quería que le tomasen por verdugo ni valerse de semejante privilegio.
 Empezando así a conocer poco a poco a la nación en la que iba a vivir, llegué a Guadalajara, Alcalá y Madrid. ¡Guadalajara y Alcalá! ¿Qué son estas palabras, qué estos nombres de los que no entiendo más que la vocal a? Es que la lengua de los moros, de los que España había sido patria durante varios siglos, había dejado en ella cantidad de palabras. Todo el mundo sabe que la lengua árabe es abundante en aes. Y los eruditos no se equivocan al deducir de ello que el árabe debe de ser la más antigua de las lenguas, puesto que la a es la más fácil de todas las vocales porque es la más natural. […] Sea de ello lo que quiera, la lengua española es sin contradicción una de las más bellas del universo, sonora, enérgica, majestuosa, si se pronuncia ore rotundo (2), apta para la armonía de la poesía más sublime y que sería igual que el italiano en relación a la música si no tuviera las tres letras guturales que echan a perder su dulzura, a pesar de todo lo que los españoles, que como es lógico son de opinión contraria, puedan decir. Hay que dejarlos que digan: quisquis amat ranam, ranam putat esse Dianam (3). Sin embargo, su acento la hace parecer a los oídos imparciales más imperativa que el resto de las lenguas.
 Al entrar por la Puerta de Alcalá, se me hizo una inspección y como la mayor preocupación de los empleados eran los libros, mostraron su descontento cuando no me encontraron más que la Ilíada en griego. Me la quitaron y me la llevaron tres días después a la calle de la Cruz, al café donde fui a alojarme a pesar del señor Andrea, que quería llevarme a otro sitio. Un buen hombre me había proporcionado esta dirección en Burdeos. Una ceremonia de la que fui objeto en la Puerta de Alcalá me molestó mucho. Un empleado me pide un pellizco de tabaco. Se lo doy: era rapé.
 -Señor, este tabaco está maldito en España.
 Y al decir estas palabras, echa todo mi tabaco al suelo y me da la tabaquera vacía.
 En ningún sitio se es tan riguroso con el tabaco como en España, donde, sin embargo, triunfa el contrabando más que en otras partes. […] El aire de Madrid es malo para todos los extranjeros porque es puro y sutil; sólo es bueno para los españoles, todos ellos delgados, escuchimizados, frioleros hasta el extremo de que cuando sopla el menor viento, incluso en el mes de agosto, no se exponen a él más que envueltos hasta las cejas en una capa grande paño. Las inteligencias de los hombres de este país están limitadas por una infinidad de prejuicios; las de las mujeres son en general bastante más desenvueltas; y los unos y las otras se hallan sujetos a unas pasiones y unos deseos tan vivos como el aire que respiran. Todos ellos son enemigos de lo extranjero; y no se encuentran en condiciones de dar una buena razón para ello, porque su enemistad no procede más que de su odio innato; añadid a este odio un desprecio que sólo puede nacer de que lo extranjero no es español. […]

Capítulo sexto [Vol. 11, cap. IV]
 Como había dado mi palabra al marqués de Mora y al coronel Rojas de ir a verlos a Zaragoza, he querido mantenerla. He llegado completamente solo a primeros de septiembre y he pasado allí quince días. He observado las costumbres de los aragoneses. Las leyes del conde de Aranda no tienen vigencia en aquella ciudad; encontraba en la calle, de día y de noche, hombres con un gran sombrero de ala ancha y una capa negra que les llegaba a los talones; eran verdaderas máscaras, porque la misma capa les envolvía el rostro hasta los ojos. No se veía nada. Debajo de la capa, la máscara tenía el espadín, que era una espada la mitad más larga que la ordinaria que los hombres de bien llevan en Francia, en Italia y en Alemania. Estas máscaras eran muy respetadas. Las más de las veces eran unos tunantes, pero podían ser grandes señores. He observado en Zaragoza la gran devoción que se tenía a Nuestra Señora del Pilar. He visto procesiones en las que llevaban estatuas de madera gigantescas. Me llevaron a reuniones en las que he encontrado frailes. Me presentaron a una señora muy gruesa, a la que me anunciaron como sobrina del bienaventurado Palafox, esperando verme transportado de veneración, y he conocido a un canónigo Pignatelli que presidía la Inquisición y que todas las mañanas hacía meter en la cárcel a la alc… que le había dado de cenar el día de antes con una p…(4) que había pasado la noche con él. Se levantaba y, después de esta ejecución, iba a confesarse, decía misa, comía después, el demonio de la carne se apoderaba de él, le buscaban otra mujerzuela, la gozaba y al día siguiente por la mañana hacía lo que había hecho el precedente; y todos los días era igual. Siempre luchando entre Dios y el diablo, este canónigo era durante la velada el más feliz y por la mañana el más desgraciado de los hombres.
 Los combates de toros en Zaragoza eran más bonitos que en Madrid; no sujetaban a los toros con sogas, iban libremente por la liza y las carnicerías eran mayores. El marqués de Mora y el conde de Rojas me dieron muy buenas comidas. Este marqués de Mora era con toda seguridad el más amable de todos los españoles; ha muerto muy joven, dos años después. Me hicieron ver a unas cortesanas, pero con la imagen de doña Ignacia, que me seguía a todas partes, era imposible que encontrase una mujer agradable. La gran iglesia de Nuestra Señora del Pilar estaba junto a las murallas de la ciudad. Consideraban a este baluarte como inexpugnable; están más que seguros de que, en el caso de un sitio, puede que los enemigos entrasen por todas partes pero nunca por allí.»

(1) Es decir, sin la tira de tela con la que se tapa la bragueta.
(2) “Con la boca redonda.” Horacio, Ars poetica, 323.
(3) “Quien ama a las ranas se imagina que Diana es una rana.”

(4) Alcahueta… puta.

  [Los fragmentos pertenecen a la edición en español de Ediciones Áltera,  2011, en traducción de Ángel Crespo. ISBN: 84-89779-25-2.]
 

viernes, 28 de agosto de 2015

"Señas de identidad".- Juan Goytisolo (1931)


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"Gorras, boinas, calzones de pana, blusas, mandiles, pañuelos anudados al cuello, chalecos sucios, alpargatas: mozos, adultos, viejos, chiquillos se amontonan en las trancas horizontales de las talanqueras al acecho del portal donde está enchiquerado el novillo. Es un público elemental y hosco sin turistas lectores de Hemingway, señoritos con sombrero cordobés y cigarro habano, bellezas de barrera con peineta y mantón, anglosajonas frígidas en busca de emociones rudas y agrestes. Para aliñar el tiempo los mozos aguzan espaciosamente sus varas. Otros empinan el brazo para beber a caño el vino espeso de la provincia. El chorro entra por la boca abierta con geométrica exactitud y, a veces, el bebedor hace arabescos y filigranas que provocan la admiración de la asamblea. Las botas pasan de mano en mano y, en el ruedo, los vendedores de cerveza y gaseosa pregonan su mercancía. Los maletillas aguardan la aparición del bicho ejecutando pases de salón con las muletas y adoptando los desplantes desdeñosos y viriles de las figuras consagradas.
 Desgraciadamente para ellos su apostura resiste poco: cuando el toril se abre el novillo sale flechado y su estampa de maestros parece fundir de súbito bajo el ardor despiadado del sol. El bicho embiste, desgarra una capa de brega de un derrote, cornea con rabia las tablas del burladero, encaja asombrado los varazos y golpes que le propinan desde el palenque. En cuanto se aproxima a ellos, los hombres se estrujan y aúpan unos a otros fundidos en una masa tentacular y polícroma. Los de las trancas inferiores se aferran a los de arriba como pueden y por donde pueden y los racimos humanos cuelgan sobre los pitones del bicho como los condenados sobre las llamas del infierno en las ilustraciones de La divina comedia de Gustavo Doré. Al otro lado de las talanqueras las mujeres se hacinan de pie, en cuclillas, sentadas en el suelo, con el rostro mudado de placer, insultando al toro, azuzando a los hombres con sus chillidos. 
 El objetivo de la cámara capta, moroso, las incidencias y ritos de la muerte del animal: los pases fallidos de los maletas, los bastonazos de los boyeros, el arrobo dichoso del público. Apenas se vuelve el novillo, los mozos corren a varearlo, los espectadores le lanzan piedras, un gañán le tira furiosamente del rabo. Los golpes llueven sobre él sin perdonar sitio alguno: los cuernos, el testuz, el morrillo, el lomo, el vientre, los corvejones. La costumbre impide matarle de una estocada: hay que prolongar el juego hasta el límite, apurar su agonía hasta la hez. El mayoral intenta apresarle las astas con una soga pero el bicho desconfía, retrocede, acula la grupa a la puerta del toril. Varias veces el hombre le echa el lazo sin éxito. El toro babea y arroja sangre por la boca. Envalentonándose, los maletas lo citan con sus capas de brega. Como el animal no se mueve el público lo bombardea con toda clase de proyectiles. Un individuo asoma por un portillo situado tras él y le infiere un tajo profundo en la base del rabo con una cuchilla de carnicero. La sangre mana a borbotones y el bicho muge de dolor. El concurso recompensa con aplausos la audacia e ingeniosidad del artista. El mayoral prueba de nuevo con el lazo pero la soga resbala sobre los pitones. Las tentativas se repiten y los hombres encaramados en las rejas vecinas golpean al animal con sus fustas para obligarle a desalojar. El toro humilla el testuz, rastrea la tierra con el hocico, camina unos pasos, clava las pezuñas en el suelo, dobla las patas, se arrodilla, se sienta, se incorpora, vuelve a caer, vomita más sangre.
 Su impotencia aviva el regocijo de la multitud. Disminuido, el bicho asiste a su propio derrumbe como a una pesadilla violenta y abrumadora. Cuando el mayoral le aprisiona por fin los cuernos un aullido ronco saluda la hazaña. Al punto los gañanes castigan al toro con ahínco, halan de la cuerda para ligarle al farol, un hombre canosos pasa junto a él y le hunde un punzón en la grupa. Mientras docenas de manos sostienen el cabo de la cuerda, el gentío baja del palenque. Unos mozos se agarran al rabo del bicho y tiran con tanta fuerza de él que, medio desprendido ya por el corte de la cuchilla, lo arrancan de cuajo. El novillo parece insensible al nuevo desastre y observa el espeso caldo humano con ojos sanguinolentos...
 Misericordioso, el carrete de la película se detiene aquí".