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lunes, 12 de julio de 2021

El mar.- John Banville (1945)


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II


 «Un día de 1893, en París, Pierre Bonnard se puso a espiar a una muchacha que se apeaba de un tranvía, atraído por su fragilidad y su pálida hermosura, y la siguió hasta su lugar de trabajo, unas pompas fúnebres, donde se pasaba el día cosiendo perlas a las coronas funerarias. De este modo la muerte, al principio, colocó su crespón negro a las vidas de ambos. Rápidamente trabó amistad con ella –supongo que, en la Belle Époque, estas cosas se conseguían con desenvoltura y aplomo- y poco después ella abandonó su trabajo, y todo lo demás, y se fue a vivir con él. Le dijo que se llamaba Marthe de Méligny y que tenía dieciséis años. De hecho, aunque él no descubriría hasta más de treinta años después, cuando por fin se decidió a casarse con ella, su verdadero nombre era Maria Boursin y cuando se conocieron no tenía dieciséis años, sino que, al igual que Bonnard, era ya una veinteañera. Permanecieron juntos, en la riqueza y en la pobreza, o, mejor dicho, en la pobreza y en la miseria, hasta que ella murió, casi cincuenta años más tarde. Thadée Natanson, uno de los primeros mecenas de Bonnard, en una semblanza del pintor recordaba con pinceladas rápidas e impresionistas a la élfica Marthe y hablaba de su absurda cara de pájaro, sus movimientos de puntillas. Era una mujer reservada, celosa, brutalmente posesiva, que padecía de manera persecutoria, y era una apasionada hipocondríaca. En 1927, Bonnard compró una casa, le Bosquet, en la vulgar población de Le Cannet, en la Côte d’Azur, donde vivió con Marthe, unido a ella en un aislamiento intermitentemente tormentoso, hasta la muerte de ella quince años después. En Le Bosquet, Marthe adquirió el hábito de pasar largas horas en el baño, y fue en el baño donde Bonnard la pintó, una y otra vez, continuando la serie incluso después de la muerte de ella. Las Baignoires son la exitosa culminación de su obra. […]
 Ella también, mi Anna, cuando se puso enferma cogió la costumbre de darse largos baños por la tarde. La calmaban, decía. A lo largo del otoño y el invierno de su lenta agonía, de doce meses nos encerramos en nuestra casa junto al mar, igual que Bonnard y su Marthe en Le Bosquet. […]
 Estaba pensando en Anna. Me obligué a pensar en ella, lo hago como ejercicio. Ella se aloja en mi interior como un cuchillo, y sin embargo empiezo a olvidarla. La imagen que tengo de ella en mi mente es ya deshilachada, se les están cayendo trozos del pigmento, del pan de oro. ¿Algún día estará el lienzo vacío? He llegado a comprender lo poco que la conocía, es decir, qué superficialmente la conocía, qué mal. No es que me culpe por ello. Aunque quizá debería. ¿Fui demasiado perezoso, demasiado desatento, estuve demasiado pendiente de mí? Sí, todas estas cosas, y no obstante no me parece que sea una cuestión de culpa, este olvido, este no haber conocido. Me imagino más bien que esperaba demasiado de ese conocer. Me conozco tan poco, ¿cómo iba a conocer a otro?
 Pero, esperad, no, no es eso. Estoy siendo falso… para variar, eso dices tú, sí, sí. La verdad es que no deseábamos conocernos el uno al otro. Más aún, lo que deseábamos era exactamente eso, no conocernos. Ya he dicho en otra parte –ahora no tengo tiempo para ir a mirar dónde, atrapado como estoy de repente en las redes de este pensamiento- que lo que encontré en Anna desde el principio fue una manera de realizar la fantasía de mí mismo. No sabía qué quería decir exactamente cuando lo dije, pero ahora que pienso un poco en ello de repente lo comprendo. O lo sé. Dejadme que intente desentrañarlo, tengo mucho tiempo, estas tardes de domingo son interminables.
Resultado de imagen de john banville el mar Desde el principio quise ser otra persona. El mandato nosce te ipsum* poseyó un regusto a ceniza en mi lengua desde la primera vez que un profesor me obligó a repetirlo después de él. Yo me conocía, demasiado bien, y no me gustaba lo que conocía. De nuevo, debo puntualizar. No es que lo que yo era me desagradara, me refiero al yo singular y esencial –aunque admito que incluso la idea de un ser esencial y singular es problemática-, sino ese amasijo de afectos, inclinaciones, ideas recibidas, tics de clase, que mi nacimiento y mi educación me habían otorgado como remedo de personalidad. Remedo, sí. Yo nunca tuve personalidad, no tal como la suelen tener los demás, o como creen que la tienen. Siempre fui un nadie inconfundible cuya mayor ansia fue ser un alguien vulgar. Sé lo que quiero decir. Anna, lo comprendí enseguida, sería el medio para transmutarme. Era el espejo de parque de atracciones en el que todas mis deformidades se tornarían normalidad. “¿Por qué no eres tú mismo?”, me decía en nuestros primeros días juntos –eres, fijaos, no te conoces-, compadeciéndose de mis torpes intentos de comprender el gran mundo. ¡Sé tú mismo! Con lo que quería decir, claro Sé alguien que te guste. Ése fue el pacto que hicimos, que nos aliviaríamos mutuamente la carga de ser quien todo el mundo nos decía que éramos. O al menos ella me alivió de esa carga, y yo, ¿qué hice por ella? Quizá no debería incluirla en esa pulsión de no querer saber, quizá era sólo yo el que deseaba la ignorancia.
 De todos modos, la cuestión con que me he quedado es precisamente la cuestión de conocer. ¿Quiénes éramos, sino nosotros? Muy bien, dejemos a Anna fuera de esto. ¿Quién era yo, sino yo? Los filósofos nos dicen que los demás nos definen y nos hacen ser lo que somos. Una rosa, ¿es roja en la oscuridad? En un bosque de un lejano planeta donde no hay oídos que oigan, ¿hace ruido un árbol al caer? Pregunto: ¿quién iba a conocerme, sino Anna? ¿Quién iba a conocer a Anna, sino yo? Preguntas absurdas. Fuimos felices juntos, o no fuimos infelices, que es más de lo que la mayoría de la gente consigue; ¿es que eso no es suficiente? Hubo tensiones, hubo momentos difíciles, cómo no iba a haberlos en una unión como la nuestra, si es que existe alguna que se le parezca. Los gritos, los chillidos, los platos que volaban, algún sopapo, algún puñetazo, todo eso lo vivimos. Estuvo Serge y los de su calaña, por no hablar de mis Sergias, por no hablar de ellas. Pero incluso en mitad de nuestras riñas más feroces, sólo éramos violentos en broma, como Chloe y Myles en sus combates de lucha. Nuestras peleas acababan a carcajadas, amargas carcajadas, pero carcajadas de todos modos, frustrados e incluso un poco avergonzados, avergonzados no de nuestra ferocidad, sino por carecer de ella. Nos peleábamos para sentir, para sentirnos reales, siendo unas criaturas que se habían hecho a sí mismas. O al menos siéndolo yo.
 ¿Podíamos, podía yo, haber actuado de otro modo? ¿Podía haber vivido de otro modo? Infructuosos interrogantes. Naturalmente que podía, pero no lo hice y ahí reside el absurdo de incluso preguntarlo. De todos modos, ¿dónde están los parangones de la autenticidad con que se pueda comparar mi yo inventado? En esos últimos cuadros que Bonnard pintó en el cuarto de baño, en los que retrató a la septuagenaria Marthe, nos la muestra como la adolescente que él creía que era cuando la conoció. ¿Por qué me exijo a mí más veracidad en mi visión que a un gran y trágico artista? Hicimos lo que pudimos, Anna y yo. Nos perdonamos el uno al otro por todo lo que no éramos. ¿Qué más podía esperarse, en este valle de lágrimas y tormentos? No pongas esa cara de preocupación, dijo Anna, yo también te odié, un poco, éramos seres humanos, después de todo. No obstante, a pesar de todo eso, no puedo desembarazarme de la convicción de que me perdí algo, de que nos perdimos algo, sólo que no sé qué pudo ser.
 He perdido el hilo. Todo se me confunde. ¿Por qué me torturo con estos equívocos insolubles, no he tenido ya bastante casuística? Déjate en paz, Max, déjate en paz.»

*Conócete a ti mismo. [N. del T.]

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2006, en traducción de Damián Alou, pp. 130-131 y 180-183. ISBN: 84-339-7107-7.]

lunes, 14 de octubre de 2019

La rubia de ojos negros.- Benjamin Black [o John Banville] (1945)

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19

«Canning devolvió la pitillera al bolsillo y reanudó su caminata.
 -No tengo mucho respeto por las razas latinas. Lo único que saben hacer es cantar, torear y pelearse por las mujeres. ¿No le parece?
 -Señor Canning -dije, desplazando el cigarrillo hacia un lado de la boca-. No me encuentro en la mejor situación para estar en desacuerdo con sus opiniones.
 Se rio con un sonido delgado y agudo.
 -Es cierto -y continuó hablando. Era como si tuviera que estar en continuo movimiento, igual que un tiburón. Me pregunté cómo habría hecho su fortuna. Petróleo, quizá. O tal vez agua, un bien casi tan precioso en esta árida quebrada donde los primeros angelinos decidieron construir la ciudad-. En mi opinión, sólo hay dos razas admirables. De hecho, no son razas, más bien especímenes. ¿Sabe a quiénes me refiero? -sacudí la cabeza y fue tal el dolor que me arrepentí de inmediato. Una lluvia de cenizas cayó silenciosamente por delante de mi camisa y aterrizó en mi regazo-. El indio americano y el caballero inglés. Una extraña pareja, pensará usted -me miró con ojos risueños.
 -No crea. Puedo ver rasgos en común.
 -¿Cómo cuáles? -Canning se detuvo y me miró de frente, arqueando una de sus espesas cejas negras.
 -¿Amor a la tierra? ¿Fidelidad a la tradición? ¿Entusiasmo por la caza?...
 -Es cierto. ¡Cierto!
 -Además de la inclinación a asesinar a quienes se interponen en su camino.
 Sacudió la cabeza, mientras me señalaba con el índice y lo movía con reprobación.
 -Ahí ha estado impertinente, señor Marlowe. Y las impertinencias me gustan tan poco como la curiosidad.
 Reanudó su marcha de un lado a otro. Yo no separaba los ojos de su bastón de mando. La marca que dejaría en mi rostro si me golpeaba no sería fácil de olvidar.
 -Matar es necesario en algunas ocasiones. O llamémoslo más bien eliminar -su rostro se ensombreció-. Algunas personas no merecen vivir. Es un hecho -se aproximó a mí y se puso en cuclillas a un lado de la silla a la que yo estaba atado. Tuve la desagradable sensación de que iba a hacerme una confidencia-. Usted conocía a Lynn Peterson, ¿verdad?
 -No la conocía, no. La vi...
 Se limitó a asentir.
 -Usted fue la última persona que la vio con vida. En esa cuenta no entran esas dos piltrafas -señaló con la cabeza hacia la puerta.
 -Sí, eso parece. Ella me cayó bien, aunque fue poco el tiempo que pude tratarla, claro.
 Contempló mi rostro desde el lateral donde permanecía acuclillado.
 -¿De verdad? -un músculo se contraía espasmódicamente en su sien izquierda.
 -Sí, me pareció una buena persona.
 Asintió con expresión ausente. Una extraña tensión había aparecido en su mirada.
 -Era mi hija -dijo.
 Tardé en asimilar lo que acababa de oír. No se me ocurrió nada que decir, así que no dije nada. Canning seguía observándome. Una lejana y honda tristeza apareció y desapareció de su rostro en cuestión de segundos. Se levantó, caminó hasta el extremo de la piscina y permaneció allí en silencio, de espaldas a mí y con la mirada perdida en el agua. Luego se volvió.
 -No finja no estar sorprendido, señor Marlowe.
 -No estoy fingiendo nada. Estoy sorprendido. Sólo que no sé qué decirle.
 Ya no quedaba nada de mi cigarrillo. Canning se acercó y, con expresión de asco, despegó la colilla de mis labios. Sujetándola entre el índice y el pulgar, lejos de él como si fuese el cadáver de una cucaracha, la llevó hasta la mesa que había en la esquina y la dejó caer en un cenicero. Luego se acercó de nuevo a mí.
 -¿Cómo es que su hija se apellidaba Peterson? -le pregunté.
 -Se puso el apellido de su madre, quién sabe por qué. Mi esposa no era una mujer muy recomendable, señor Marlowe. Era en parte mexicana, así que yo hubiera debido sospecharlo. Se casó conmigo por el dinero y cuando se gastó una buena parte (o, debería decir, cuando yo puse freno a sus gastos), se marchó con un tipo que resultó ser un estafador. No es una historia muy agradable, lo sé. No puedo decir que esté orgulloso de esa etapa de mi vida. Lo único que puedo alegar en mi defensa es que era joven y estaba, supongo, ciego de amor -sonrió de oreja a oreja mostrando los dientes-. ¿No es eso lo que dicen todos los cornudos?
 -No lo sé.
 -Es usted un hombre con suerte.
 -Hay suertes y suertes, señor Canning -lancé una ojeada a las sogas-. La mía no parece muy activa últimamente.
 Otra vez se me nubló la mente, supongo que debido a la presión de las cuerdas, que me cortaban la circulación. Pero sentía que estaba recuperando las fuerzas, a no ser que fuese un mero efecto de la nicotina. Me pregunté cuánto tiempo se alargaría la situación. Me pregunté también cómo acabaría. Recordé el ojo colgante de López y la sangre en la pechera de su camisa. Aunque Wilber Canning estaba interpretando el papel de viejo amable, yo sabía que no había nada amable en él. Excepto, quizá, en lo que concernía a su hija muerta.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Santillana Ediciones Generales, 2014, en traducción de Nuria Barrios. ISBN: 978-84-204-1692-2.]

martes, 26 de marzo de 2019

La guitarra azul.- John Banville (1945)


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II

«Gloria me culpa de la muerte de nuestra hija. ¿Qué cómo lo sé? Porque me lo dijo. No, aguardad: lo que dijo fue que no me lo perdonaba, que es algo completamente distinto. La niña, me apresuro a aclarar, murió de una rara y fatídica afección del hígado -me dijeron el nombre, pero lo olvidé al momento-, que no tenía cura. Es difícil imaginar que alguien tan pequeño pueda tener un hígado, la verdad. Fue años después cuando Gloria se volvió hacia mí y, como si se le hubiera ocurrido de improviso -¿de improviso?, parecía largamente meditado, más bien-, me dijo:
 -No puedo perdonártelo, lo sabes.
 No había rencor en su voz, hablaba en un tono suave, coloquial; sin emoción alguna que yo pudiera percibir. Estaba estableciendo un hecho, me estaba informando de una particularidad. Cuando intenté protestar, ella me cortó, en tono amable pero firme:
 -Ya sé lo que me vas a decir, pero yo necesito tener a alguien a quien culpar y ése eres tú. ¿No te importa?
 Lo pensé, antes de contestar que el hecho de que me importara o no, nada tenía que ver con la cuestión. Ella también reflexionó un instante, asintió con un seco movimiento de cabeza y, sin decir una palabra más, seguimos caminando. Qué conversación tan peculiar, pensaréis y tendréis razón; pero a nosotros no nos lo pareció entonces. Os aseguro que el duelo produce extraños efectos; también la culpa, pero ese es otro asunto y está guardado en otro compartimento del sobrecargado y sufriente corazón.
 He olvidado casi todo de nuestra hija, nuestra pequeña Olivia; son muy útiles los sumideros que he horadado en el lecho de la memoria. La he momificado; vive dentro de mí como uno de esos cadáveres de santos milagrosamente preservados que se exponen bajo los altares de las iglesias italianas, resguardados por un cristal; así reposa ella, diminuta, con una palidez cérea, extrañamente quieta; ella, y sin embargo, otra, inmutable a través de las mudanzas de los años.
 Nació cuando vivíamos en la ciudad, en una casa alquilada en Cedar Street, una vivienda diminuta con ventanas minúsculas y un suelo de listones de madera que parecían chillar cuando los pisabas. Me gustaba porque tenía un ático con un tragaluz orientado al norte bajo el cual instalé mi caballete. En aquellos días estaba pintando una tormenta, entre el asombro ante mi talento y el terrible temor de no saber hacia dónde iba y de que me estuviera engañando a mí mismo. Lo peor de la vivienda: que nuestra casera era la madre de Gloria, la Viuda Palmer. El nombre no le va, ya que carece de la figura elegante y lánguida de la palmera. Más bien al contrario, es un pajarraco anquilosado con aspecto de halcón -todavía continúa muy erguida en su jaula-, con el cabello con permanente, una boca pálida y tensa y una de esas narices respingonas -esa palabra es demasiado graciosa para lo que describe- que ofrecen una desagradable visión de los cavernosos orificios nasales hasta cuando miran de frente. Pero estoy siendo demasiado duro. La mujer no tuvo una vida fácil cuando se quedó viuda y aún menos cuando su marido estaba allí para atormentarla. Aquel libertino, Ulrik Palmer, de los Palmer de Palmerstown, como le gustaba hacerse llamar sin el menor atisbo de ironía, fue un gandul que la trató con desprecio mientras vivió y que la dejó sin nada cuando murió, salvo unas cuantas propiedades dispersas por la ciudad, como la casa de Cedar Street, por la que yo debía pagar un alquiler escandalosamente alto, detalle que suscitaba un larvado resentimiento por mi parte y una áspera actitud defensiva por parte de Gloria. Por cierto, no tengo ni la más remota idea de cómo una pareja tan mezquina como Ma y Pa Palmer consiguieron crear una criatura tan magnífica como mi Gloria. Tal vez era huérfana y nunca se lo dijeron, no me extrañaría.
 Fue el dolor lo que nos condujo a aquel sur adormecido por el sol. El dolor alienta los desplazamientos, exhorta a la fuga, a la búsqueda incansable de nuevos horizontes. Tras la muerte de la niña, Gloria y yo nos convertimos en un blanco móvil para esquivar, para intentar esquivar, los dardos abrasadores que el dios del dolor lanza con su ardiente arco. La muerte y el amor tienen en común más de lo que parece, al menos en lo concerniente a los sentimientos. Supongo que era inevitable que volviésemos a los escenarios de nuestros primeros devaneos, como si así pudiésemos anular los años, como si pudiéramos hacer retroceder el tiempo para que lo que había sucedido no sucediera. Gloria vivió con mayor dolor nuestra tragedia y eso, asimismo, era inevitable; después de todo, era una parte de ella, carne de su carne, quien había muerto. Mi papel se había limitado a liberar, tres meses antes, al diminuto y loco velocista cuya meta era abrirse camino fuera de mí y avanzar como un renacuajo hacia el desdeñoso y, al final, muy receptivo blanco. Otra perforación, otro agujero más entre los agujeros. Cuán limpiamente parece ordenarse todo, esta vida, estas vidas.
 Nunca imaginé que la criatura hubiese estado con nosotros suficiente tiempo como para que advirtiéramos con tanta intensidad su presencia, o más bien su ausencia. Era muy pequeña, se marchó muy pronto. Su muerte tuvo un efecto embrutecedor en nuestras vidas, en la de Gloria y en la mía, algo de nosotros murió con ella. No es nada sorprendente, lo sé, no somos los únicos a quienes ha sucedido; continuamente mueren niños y se llevan consigo una parte de sus padres. Teníamos la sensación -y en este caso creo que pudo hablar por Gloria tanto como por mí- de que nos encontrábamos sin llave ante la entrada de nuestra casa y golpeábamos la puerta una y otra vez, pero no oíamos nada dentro, ni siquiera un eco, como si la casa se hubiese llenado de arena, de arcilla, de cenizas hasta el techo.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House, 2016, en traducción de Nuria Barrios. ISBN: 978-84-204-1364-8.]