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miércoles, 5 de enero de 2022

Cartas contra la guerra.- Tiziano Terzani (1938-2004)


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Carta desde el Himalaya: ¿qué hacer? 


   «En el Himalaya indio, 17 de enero de 2002 
 Me gusta estar en un cuerpo que envejece. Puedo mirar las montañas sin el deseo de escalarlas. Cuando era joven habría querido conquistarlas; ahora puedo dejarme conquistar por ellas. Las montañas, como el mar, recuerdan una grandeza por la cual el hombre se siente inspirado, elevado. Esa misma grandeza está también en cada uno de nosotros pero allí nos es difícil reconocerla. Por eso nos atraen las montañas. Por eso a través de los siglos, tantísimos hombres y mujeres han venido aquí arriba, al Himalaya, esperando encontrar en estas alturas las respuestas que se les escapaban permaneciendo en las llanuras. Siguen viniendo. 
 El invierno pasado por delante de mi refugio pasó un viejo sanyasin vestido de anaranjado. Estaba acompañado por un discípulo, también él renunciatario. 
 -¿Adónde vais, Mahajá? -le pregunté. 
 -A buscar a Dios -respondió, como si fuera la cosa más natural del mundo. 
 Yo vengo, como esta vez, a tratar de poner un poco de orden en mi mente. Las impresiones de los últimos meses han sido fortísimas y antes de volver a partir, de “bajar a la llanura” otra vez, necesito silencio. Sólo así puede oírse la voz que sabe, la voz que habla dentro de nosotros. Quizá sólo sea la voz del sentido común, pero es una voz verdadera. 
 Las montañas son siempre generosas. Me regalan albas y ocasos irrepetibles; el silencio sólo es roto por los sonidos de la naturaleza que lo hacen aún más vivo. 
 Aquí la existencia es sencillísima. Escribo sentado sobre el suelo de madera, un panel solar alimenta mi pequeño ordenador; uso el agua de una fuente en la que beben los animales del bosque -a veces incluso un leopardo-, cocino arroz y verduras con una bombona de gas, atento a no tirar la cerilla usada. Aquí todo es extremado, no se despilfarra nada y pronto se aprende a dar valor a cualquier pequeña cosa. La sencillez es una enorme ayuda para poner orden. 
 A veces me pregunto si el sentimiento de frustración, de impotencia que muchos, en especial entre los jóvenes, tienen ante el mundo moderno se debe al hecho de que éste les parece tan complicado, tan difícil de entender que la única reacción posible es creerlo un mundo ajeno: un mundo en el que no se puede poner las manos, un mundo que no se puede cambiar. Pero no es así: el mundo es de todos. 
 Sin embargo, ante la complejidad de mecanismos inhumanos - gestionados quién sabe dónde, quién sabe por quién- el individuo está cada vez más desorientado, se siente perdido, y así acaba por cumplir sencillamente sus pequeños deberes laborales, la tarea que tiene delante, desinteresándose por el resto y aumentando así su aislamiento, su sentimiento de inutilidad. Por eso es importante, en mi opinión, devolver cada problema a lo esencial. Si se plantean las preguntas de fondo, las respuestas serán más fáciles. 
 ¿Queremos eliminar las armas? Bien: no perdamos el tiempo discutiendo sobre el hecho de que cerrar las fábricas de fusiles, de municiones, de minas antipersonales o de bombas atómicas creará más desocupados. Primero resolvamos la cuestión moral, después abordaremos la económica. ¿O queremos, aun antes de intentarlo, rendirnos ante el hecho de que la economía lo determina todo, de que sólo nos interesa lo que es útil? 
 “En toda la historia siempre ha habido guerras. Por eso seguirá habiéndolas”, se dice. “Pero ¿por qué repetir la vieja historia? ¿Por qué no tratar de comenzar una nueva?”, respondió Gandhi a quién le hacía esta acostumbrada y banal objeción. 
 La idea de que el ser humano pueda romper con su pasado y dar un salto cualitativo en la evolución era recurrente en el pensamiento indio del siglo pasado. El argumento es sencillo: si el homo sapiens, lo que ahora somos, es resultado de nuestra evolución, ¿por qué no imaginarse que este hombre, con una nueva mutación, se convierta en un ser más espiritual, menos aferrado a la materia, más comprometido en su relación con el prójimo y menos rapaz en relación con el resto del universo? 
 Y luego: dado que esta evolución tiene que ver con la conciencia, ¿por qué no tratar de dar, ahora, conscientemente, un primer paso en esa dirección? El momento no podría ser más apropiado, visto que este homo sapiens ha llegado ahora al máximo de su poder, incluido el de destruirse a sí mismo con esas armas que, con poca sabiduría, ha creado. 
 Mirémonos al espejo. No hay duda de que en el curso de los últimos milenios hemos hecho enormes progresos: hemos conseguido volar como pájaros, nadar bajo el agua como peces, vamos a la luna y enviamos sondas a Marte. Ahora somos capaces incluso de clonar la vida. Sin embargo con todo este progreso no estamos en paz ni con nosotros mismos ni con el mundo que está a nuestro alrededor. Hemos apestado la tierra, desacralizado ríos y lagos, talado bosques enteros y vuelto infernal la vida de los animales, salvo aquellos pocos a los que llamamos “amigos” y que mimamos mientras satisfacen nuestra necesidad de un sustituto de compañía humana. 
 Aire, agua, tierra y fuego, que todas las antiguas civilizaciones han visto como los elementos básicos de vida - y por eso eran sagrados- ya no son, como eran, capaces de autorregenerarse naturalmente desde que el hombre ha conseguido dominarlos y manipular su fuerza para sus propios fines. Su sagrada pureza ha sido contaminada. Se ha roto el equilibrio. 
Resultado de imagen de tiziano terzani cartas contra la gurra El gran progreso material no ha ido al mismo ritmo que nuestro progreso espiritual. Es más: quizá desde este punto de vista el hombre nunca ha sido tan pobre como desde que se ha vuelto tan rico. De aquí la idea de que el hombre, conscientemente, invierta esta tendencia y recupere el control de ese extraordinario instrumento que es su mente. Esa mente, hasta ahora empeñada preferentemente en conocer el mundo exterior y apoderarse de él como si ésa fuera la única fuente de nuestra huidiza felicidad, debería dirigirse también a la exploración del mundo interior, al conocimiento de uno mismo. 
 ¿Ideas absurdas de algún faquir sentado sobre una cama de clavos? Para nada. Estas son ideas que, de una u otra forma, con lenguajes diversos, circulan desde hace algún tiempo por el mundo. Circulan por el mundo occidental, donde el sistema contra el que estas ideas teóricamente se dirigen las ha reabsorbido, convirtiéndolas en “productos” de un vastísimo mercado “alternativo” que va de los cursos de yoga a los de meditación, de la aromaterapia a las “vacaciones espirituales” para todos los frustrados de la carrera detrás de los conejos de plástico de la felicidad material. Estas ideas circulan por el mundo islámico, desgarrado entre tradición y modernidad, donde se vuelve a descubrir el significado original de la yihad, que no es sólo la guerra santa contra el enemigo exterior, sino ante todo la guerra santa interior contra los instintos y las pasiones humanas más bajos. 
 Por lo cual no queda dicho que un desarrollo humano hacia arriba sea imposible. Se trata de no continuar inconscientemente en la dirección en la que vamos en este momento. Esta dirección es desatinada, como es desatinada la guerra de Osama bin Laden y la de George W. Bush. Los dos citan a Dios, pero con esto no hacen más divinas sus masacres. 
  Entonces detengámonos. Imaginemos nuestro momento de ahora desde la perspectiva de nuestros biznietos. Miremos al hoy desde el punto de vista del mañana para no tener que lamentarnos después por haber perdido una buena ocasión. La ocasión es entender de una vez por todas del mundo es uno, que cada parte tiene su sentido, que es posible reemplazar la lógica de la competitividad por la ética de la coexistencia, que nadie tiene el monopolio de nada, que la idea de una civilización superior a otra es sólo fruto de la ignorancia, que la armonía como la belleza, está en el equilibrio de los opuestos y que la idea de eliminar a uno de los dos es sencillamente sacrílega. ¿Cómo sería el día sin la noche? ¿La vida sin la muerte? ¿O el Bien, si Bush consiguiera eliminar, como ha prometido, el Mal del mundo? 
 Esta manía de querer reducirlo todo a una uniformidad es muy occidental. Vivekananda, el gran místico indio, viajaba a fines del siglo XIX a Estados Unidos para hacer conocer el hinduismo. En San Francisco, al final de una conferencia, una señora estadounidense se levantó y le preguntó: “¿No piensa que el mundo sería más hermoso si hubiera una sola religión para todos los hombres?” “No”, respondió Vivekananda. “Quizá sería aún más hermoso si hubiera tantas religiones como hombres”. 
  “Los imperios crecen y los imperios desaparecen” dice el inicio de uno de los clásicos de la literatura china, La novela de los Tres Reinos. También le sucederá al estadounidense, cuanto más trate de imponerse por la fuerza bruta de sus armas, ahora sofisticadísimas, en vez de con la fuerza de los valores espirituales y de los ideales originales de sus mismos Padres Fundadores. 
 Los primeros en percatarse de mi regreso aquí arriba han sido dos viejos cuervos que todas las mañanas, a la hora del desayuno, se plantan en el deodar, el árbol de Dios, un majestuoso cedro delante de casa y graznan a más no poder hasta que han recibido las sobras de mi yogur -he aprendido a hacérmelo- y los últimos granos de arroz en el cuenco.»

    [El texto pertenece a la edición en español de R.B.A. Libros, 2002, en traducción de Juan Carlos Gentile Vitale,  pp. 149-154. ISBN: 84-7901-872-0.]

martes, 23 de junio de 2020

Historia de los heterodoxos españoles.- Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912)

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Capítulo I: Sectas místicas.-Alumbrados.-Quietistas.-Miguel de Molinos.-Embustes y bellaquerías
VII: El quietismo. -Miguel de Molinos (1627-1696). Exposición de la doctrina de su «Guía espiritual».

    «De la vida de este famoso heresiarca antes de su viaje a Roma apenas quedan noticias. De él, como de otros disidentes nuestros, puede decirse que no fue profeta en su patria ni le conoció nadie hasta que los extraños le levantaron en palmas. Era un clérigo oscuro, natural de Muniesa, en la diócesis de Zaragoza, y se había educado en Valencia, donde tuvo un beneficio y fue confesor de unas monjas. Se jactaba de haber sido discípulo de los Jesuitas del colegio de San Pablo, a quienes apoyó en sus cuestiones con la Universidad.
  Fue a Roma en solicitud de una causa de beatificación el año 1665, pontificado de Clemente IX. De los documentos que tenemos a vista consta que moraba cerca del arco de Portugal, en la calle del Corso, y que de allí se trasladó a otra casa de la calle de la Vite. Asistía muy de continuo a la congregación llamada Escuela de Cristo, en San Lorenzo in Lucina, que más adelante se estableció en Santa Ana de Monte-Cavallo, hospicio de religiosas descalzas de Santa Teresa; luego cerca de la iglesia de San Marcelo, en las casas del cardenal de Aragón, y finalmente, en la iglesia de San Alfonso, de PP. Agustinos Descalzos españoles. Esta congregación fue el primer foco del quietismo, y Molinos llegó a dominarla a su albedrío, arrojando de ella a más de cien hermanos que le eran hostiles. Pronto su fama de piedad y religión le abrieron las puertas de las principales casas de Roma. Parecía buena y sana su doctrina, como que recomendaba sin cesar las obras espirituales del Venerable Gregorio López y del P. Falcón .
  Era, conforme le describen las relaciones italianas del tiempo, “hombre de mediana estatura, bien formado de cuerpo, de buena presencia, de color vivo, barba negra y aspecto serio”. Pasaba por director espiritual sapientísimo y por hombre muy arreglado en vida y costumbres, aunque no muy dado a prácticas exteriores de devoción.
  El fundamento de esta reputación estribaba en un libro tan breve como bien escrito, especie de manual ascético, cuyo rótulo a la letra dice: Guía espiritual que desembaraza el alma y la conduce al interior camino para alcanzar la perfecta contemplación. No imprimió esta obrilla el mismo Molinos, sino su fidus Achates, Fr. Juan de Santa María, que recogió para ella aprobaciones de Fr. Martín Ibáñez de Villanueva, Trinitario calzado, calificador de la Inquisición de España; del P. Francisco María de Bologna, calificador de la Inquisición romana; de fray Domingo de la Santísima Trinidad; del P. Martín Esparza, Jesuita, y del P. Francisco Jerez, Capuchino, definidor general de su Orden. La primera edición se hizo en 1675; reimprimióse al año siguiente en Venecia, y con tal entusiasmo fue acogida, que en seis años llegaron a veinte las ediciones en diversas lenguas. Hoy son todas rarísimas; yo la he visto en latín, en francés y en italiano, pero jamás en castellano; y es lástima, porque debe ser un modelo de tersura y pureza de lengua. Molinos no estaba contagiado en nada por el mal gusto del Siglo XVII, y es un escritor de primer orden, sobrio, nervioso y concentrado, cualidades que brillan aún a través de las versiones.
  Con todo eso, la Guía espiritual es uno de los libros menos conocidos y menos leídos del mundo, aunque de los más citados. Yo voy a presentar un fiel resumen de ella, que muestre su importancia en la historia de las especulaciones místicas. Es fácil analizarla, porque Molinos, al contrario de su paisano Servet, con quien tiene otros puntos de contacto, se distingue por la claridad y el método.
  El editor, Fr. Juan de Santa María, quiere persuadirnos de que Molinos escribió la Guía “sin otra lectura ni estudio que la oración y el martirio interior, sin más artificio que los movimientos del corazón, sin otra mira que la de responder a la inspiración y, por decirlo así, a la violencia divina”. A despecho de tales pretensiones, comunes en todos los iluminados, v. gr., en Juan de Valdés, Molinos era hombre de grandes lecturas místicas, así ortodoxas como heterodoxas, y con frecuencia cita y aprovecha, torciéndolos a su propósito, conceptos y frases de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, lo mismo que de Ruysbroeck y de Tauler o del Aeropagita y de San Buenaventura.
  Molinos empieza por definir la mística ciencia de sentimiento, que se adquiere por infusión del espíritu divino, no por la lectura de los libros ni por sabiduría humana. Dos caminos hay para llegar a Dios: uno, la meditación y el razonamiento; otro, la fe sencilla y la contemplación. El primero es para los que comienzan; el segundo, para los ya adelantados, en quienes es preciso que el amor vuele, dejando al entendimiento atrás. Cuando el alma ha roto los lazos de la razón, Dios obra en ella y la llena de luz y de sabiduría. En tal estado, basta fe general y confusa, y aun negativa, que con serlo, excede siempre a las ideas más claras y distintas que se forman de Dios mediante las criaturas.
  La meditación es cosa distinta de la contemplación, aunque una y otra sean formas de oración; pero la primera es obra de la inteligencia; la segunda, del amor. Puede definirse la contemplación: una vista sincera y dulce sin reflexión ni razonamiento. Para alcanzarla es fuerza abandonar todos los objetos creados, así espirituales como materiales, y ponerse en manos de Dios. En el interior del alma se halla su imagen, se escucha su voz, como si no hubiera en el mundo más que él y nosotros.
  La contemplación se divide en acquisita o activa e infusa o pasiva. La primera es imperfecta y está en mano del hombre llegar a ella, si Dios le llama por ese camino y le da los auxilios de la gracia. Las señales de esto son: 1.ª incapacidad de meditar; 2.ª tendencia a la soledad; 3.ª fastidio y disgusto de los libros espirituales; 4.ª firme propósito de perseverar en la oración; 5.ª vergüenza de sí mismo, horror extremo del pecado y profundo respeto a Dios. En cuanto a la contemplación infusa, que Molinos describe con palabras de Santa Teresa en el Camino de perfección (c. 25), es una pura gracia de Dios, que la da a quien Él quiere.
  El objeto de la Guía es desterrar la rebelión de nuestra voluntad y conducirla a la paz y recogimiento interior. No hay que arredrarse por las tinieblas, por la sequedad y las tentaciones. Son medios de que Dios se vale para purificar el alma. “Es fuerza que sepáis -dice Molinos- que vuestra alma es el centro, el asiento y el reino de Dios. Si queréis que el Soberano Rey venga a sentarse en el trono de vuestra alma, debéis tenerla limpia, tranquila, vacía y sosegada; limpia de pecados y de defectos; tranquila y exenta de errores; vacía de pensamientos y deseos; sosegada en las tentaciones y aflicciones”.
  Cuando el alma se encuentra privada del razonamiento, debe perseverar en la oración y no afligirse, porque su mayor felicidad se halla en ese estado. Esta sequedad y estas tinieblas son el camino más breve y seguro para llegar a la contemplación. Sufrir y esperar, pues, que Dios hará lo restante. Hay que marchar con los ojos cerrados, sin pensar ni razonar absolutamente. A Dios hemos de buscarle no fuera, sino dentro de nosotros mismos. El alma no debe afligirse ni dejar la oración aunque se siente oscura, seca, solitaria y llena de tentaciones y tinieblas. La oración tierna y amorosa es sólo para los principiantes, que aún no pueden salir de la devoción sensible. Al contrario, la sequedad es indicio de que la parte sensible se va extinguiendo, y, por lo tanto, buena señal; como que produce todos estos bienes: 1.º, perseverancia en la oración; 2.º, disgusto de todas las cosas mundanas; 3.º, consideración de nuestros defectos propios; 4.º, advertencias secretas, que impiden cometer tal o cual acción y mueven a corregirse; 5.º, remordimiento de cualquier falta ligera; 6.º, deseos ardientes de sufrir y hacer cuanto Dios quiera; 7.º, inclinación poderosa a la virtud; 8.º, conocerse el alma a sí misma y despreciar las criaturas; 9.º, humildad, mortificación, constancia y sumisión. De ninguno de estos efectos se da cuenta el alma por entonces, pero los reconoce después.
  Hay dos especies de devoción: la esencial y verdadera y la accidental y sensible. Debe huirse de la segunda, y aun despreciarla, si se quiere adelantar en la vía interior.
  Ni ha de creerse que cuando el alma permanece quieta y silenciosa está en la ociosidad, antes el Espíritu Santo trabaja entonces en ella, y las tinieblas que Dios envía son el camino más derecho y seguro: aniquilan el alma y disipan todas las ideas que se oponen a la contemplación pura de la verdad divina.
  No llegará el alma a la paz interior si antes Dios no la purifica. Los ejercicios y mortificaciones no sirven para eso. El deber del alma consiste en no hacer nada proprio motu, sino someterse a cuanto Dios quiera imponerle. El espíritu ha de ser como un papel en blanco, donde Dios escriba lo que quiera. Ha de permanecer el alma largas horas en oración muda, humilde y sumisa, sin obrar, ni conocer, ni tratar de comprender cosa alguna. Será acrisolada con todo linaje de tormentos interiores y exteriores y se desatarán contra ella todas las pasiones y los deseos impuros. Pero no debe inquietarse ni apartarse del camino espiritual por más recia que la tempestad brame. La tentación sirve para probar al hombre y hacerle sentir su bajeza, y en la tentación se apura y acendra el alma como en el crisol el oro. «Las tentaciones -concluye Molinos- son una gran felicidad. El modo de rechazarlas es no hacer caso de ellas, porque la mayor de las tentaciones es no tenerlas».
  La fe debe ser pura, sin imágenes ni ideas; sencilla y sin razonamientos; universal, sin reflexión sobre objetos distintos. En medio del recogimiento asaltarán al alma todos sus enemigos; pero el alma saldrá ilesa y triunfante con ponerse en las manos de Dios, hacer un acto de fe, separarse de todo lo sensible y permanecer inactiva, retirada en la parte superior de sí misma, abismándose en la nada, como en su centro, y sin pensar en nada, y mucho menos en sí misma. Dios hará lo demás. No se pierde la contemplación virtual y adquirida aunque la molesten mil pensamientos importunos, con tal que no se consienta en ellos.
  Los trabajos ordinarios de la vida (estudiar, predicar comer, beber, negociar, etc.) no se apartan del camino de la contemplación, que virtualmente se sigue dada la primera resolución de entregarse a la voluntad divina.
  La meditación no comunica al alma más que algunas verdades particulares; sólo en la contemplación se halla la verdad universal. Puede entrarse en el mar inmenso de la divinidad teniendo presentes los misterios de la humanidad de Jesucristo; pero mejor por un acto sencillo de fe que por la meditación, la cual, por lo que tiene de racional y sensible, no es del agrado de Molinos. Él está por la contemplación pura, en que callan las palabras, los deseos y los pensamientos.»

        [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Aldus, 1946, (Consejo Superior de Investigaciones Científicas).]

sábado, 17 de agosto de 2019

Edictos de la ley sagrada.- Asoka Vardhana (304-232 a.C.)

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I.-Edictos en la roca (E.R.)
E.R. V

«1.-El rey Piyadasi, amado por los dioses, así dice:
 2.-El bien es difícil.
 3.-El que emprende el bien, ése hace una cosa difícil.
 4.-Y sin embargo mucho bien ha sido hecho por mí.
 5.-De este modo mis hijos y mis nietos y más allá, así, mi descendencia hasta el fin de los tiempos, me imitarán de este modo, en verdad harán el bien.
 6.-El que descuide un solo mandamiento de aquí, en verdad hará el mal:
 7.- El mal es fácil de hacer.
 8.-En verdad, en el pasado por largo tiempo no existieron antes ministros de la Ley Sagrada; en verdad, al décimo tercer año de ser ungido yo los ministros de la Ley Sagrada fueron instituidos.
 9.-Estos, en medio de pueblos de todas las religiones, están atareados en el establecimiento de la Ley Sagrada, en el crecimiento de la Ley Sagrada, en el bien y felicidad de todo hombre fiel a la Ley Sagrada de entre los griegos, los kambojas y los gamdhara de entre los Lathika y los Pitinika y demás pueblos de la frontera occidental.
 10.-Entre siervos y señores, entre brahmanes y hombres del pueblo, entre los miserables, entre los viejos, están atareados para su bien y para la remoción de las ataduras de los fieles a la Ley Sagrada.
 11.-Del prisionero en el cuidado, en la remoción de las cadenas, en la liberación -ésta es la condición: "tiene hijos", "es víctima de injusticia", "es viejo"- están atareados esos hombres.
 12.-Aquí, en Pataliputra, y en todas las ciudades alejadas, en las habitaciones privadas de mis hermanos y hermanas y otros parientes, en todas partes, están atareados.
 13.-El que se apoya en la Ley Sagrada, el que se asienta en la Ley Sagrada, el que es fiel a la liberalidad -en todas partes en mi imperio al que es fiel a la Ley Sagrada están dedicados los ministros de la Ley Sagrada.
 14.-Con este fin este edicto de la Ley Sagrada ha sido grabado: que sea largamente duradero y de este modo mi descendencia lo siga.
[...]

E.R. XI
 1.-El rey Piyadasi amado por los dioses así dice:
 2.-No hay don semejante al don de la Ley Sagrada; la intimidad en la Ley Sagrada, la comunidad en la Ley Sagrada, la unión en la Ley Sagrada.
 3.-Es esto:
 4.-Para los esclavos y siervos, amabilidad; para la madre y el padre, obediencia; para amigos, compañeros y parientes, ascetas y brahmanes, liberalidad; para los vivientes, renuncia a darles muerte.
 5.-Esto debe ser dicho por un padre, un hijo, un hermano, un amo, un amigo o compañero, incluso un vecino.
 6.-"Esto es bueno, esto debe hacerse".
 7.-Si se hace así, este mundo es su ganancia y en el otro un mérito infinito se origina por ese don de la Ley sagrada.
[...]

II.-Edictos en los pilares (E.P.) 
E.P. I
 1.-El rey Piyadasi amado por los dioses así dice:
 2.-Este edicto de la Ley Sagrada ha sido hecho grabar por mí a los veintiséis años de ser ungido.
 3.-Ganar este mundo y el otro es difícil si no es con mucho amor a la Ley Sagrada, con mucha meditación, con mucha obediencia, con extrema prudencia, con extrema energía.
 4.-Pero gracias a mi enseñanza la atención a la Ley Sagrada y el amor a la Ley Sagrada día a día han crecido y crecerán.
 5.-Mis funcionarios -los altos, los bajos y los de en medio- la siguen y la hacen seguir, siendo capaces de llevar a ella a los vacilantes.
 6.-E igual los ministros de la frontera.
 7.-Ésta es la regla: la protección es con la Ley, el Gobierno es con la Ley, el beneficio es con la Ley, la guardia es con la Ley.

E.P. II
 1.-El rey Piyadasi amado por los dioses así dice:
 2.-La Ley Sagrada es buena, pero ¿qué es la Piedad?
 3.-Falta de pecado, muchas buenas obras, compasión, liberalidad, veracidad, pureza.
 4.-El don del conocimiento en muchos lugares por mí ha sido difundido.
 5.-A los animales de dos patas y a los de cuatro, a las aves y peces muchos beneficios han sido hechos por mí, hasta el don de la vida.
 6.-Y otras muchas buenas obras han sido realizadas por mí.
 7.-Con este fin ha sido hecho grabar por mí este edicto de la Ley Sagrada; para que obren de este modo y sea duradero.
 8.-Y el que obre de este modo, realizará el bien.

E.P. III  
 1.-El rey Piyadasi amado por los dioses así dice:  
 2.-Las buenas obras uno las reconoce: "esta buena obra ha sido hecha por mí".
 3.-En forma alguna reconoce uno el mal: "esta obra mala ha sido hecha por mí", o bien, "eso que se llama pecado".
 4.-Pero es difícil esta meditación.
 5.Hay que reconocer esto:
 6.-Estas cosas son la vía del pecado: la malignidad, la crueldad, la ira, la arrogancia, la envidia. Que yo no yerre por esta razón.
 7.-Hay sobre todo que reconocer esto:
 8.-Aquello es para mí para este mundo, aquello es para mí para el otro.»

 [Los textos pertenecen a la edición en español de RBA, 2007, en traducción de Francisco Rodríguez Adrados. ISBN: 978-84-473-5263-0.]

jueves, 9 de febrero de 2017

"Poesía reunida".- William Butler Yeats (1865-1939)


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 La meditación del viejo pescador

«Vosotras, olas, aunque dancéis a mis pies como niños que juegan,
aunque brilléis y relumbréis, aunque ronroneéis y os abalancéis,
en junios más cálidos que éstos las olas eran más alegres,
cuando yo era un muchacho con el corazón intacto.

Ya no hay arenques en la mar como antaño;
ay, cómo crujían las banastas en el carro
que llevaba las capturas a Sligo para su venta,
cuando yo era un muchacho con el corazón intacto.

Y tú, orgullosa muchacha, no eres tan bella cuando su remo
se oye en el agua como eran, distantes y altivas,
las que caminaban por la tarde junto a las redes y guijas,
cuando yo era un muchacho con el corazón intacto.


La balada de Moll Magee

Venid aquí, rapazuelos, / y no me tiréis piedras a mí
porque hable entre dientes. / Apiadaos de Moll Magee.

Mi marido era un pobre pescador / con mando en las orillas;
y yo salaba arenques / todo, todo el santo día.

Y, a veces, desde la cabaña en que salaba / apenas podía arrastrar los pies,
bajo la bendita luz de la luna / por la calle guijarrosa.

Siempre estaba debilucha, / recién nacida mi hijita;
de día la cuidaba una vecina, / y yo la cuidaba hasta el alba.

Me echaba sobre mi niña; / queridos rapazuelos,
atendía a mi niña fría / cuando el alba helada y clara.

¡Una mujer cansada duerme tan mal! / Mi marido se puso colorado y pálido,
y me dio dinero, y me ordenó marchar / a casa de los míos, en Kinsale.

Me condujo afuera y cerró la puerta / y me echó su maldición;
en silencio me marché / y no pude ver ningún vecino.

Ventanas y puertas estaban cerradas, / una estrella brillaba tenue y verde,
la paja del camino se arqueaba / en el callejón vacío.

En silencio me marché: / al pasar junto al establo de Martin
vi a una afable vecina / soplando su fuego matinal.

Me entresacó mi historia: / he gastado todo mi dinero,
y aunque con ojos de piedad y burla / me da de comer y beber.

Dice que seguro que vendrá mi marido, / y me llevará otra vez a casa;
pero siempre, cuando voy por ahí, / puertas afuera o en el interior de las casas,

amontonando leña o turba, / o yendo al pozo,
pienso en mi bebé / y lloro por mi suerte.

Y a veces estoy segura de que sabe / que al abrir de par en par su puerta,
Dios enciende las estrellas, sus velas, / y mira con buenos ojos a los pobres.

Así que, rapazuelos, / no me tiréis piedras a mí,
congregaos con ojos brillantes / y apiadaos de Moll Magee.


La isla en el lago de Innisfree

Me levantaré ahora e iré, iré a Innisfree,
y haré allí una humilde cabaña de arcilla y zarzas;
nueve hileras de judías tendré allí, una colmena que me dé miel
y viviré solo en un claro entre el zumbar de las abejas.

Y allí tendré algo de paz, pues la paz viene gota a gota
y cae desde los velos matinales a donde canta el grillo;
allí la medianoche es una luz tenue, y un cárdeno brillo el mediodía,
y colman el atardecer las alas del pardillo.

Me levantaré ahora e iré, pues siempre, día y noche,
oigo el rumor del lago ante la orilla;
cuando estoy en la calzada, o en las grises aceras,
lo oigo en lo más hondo de mi corazón.»