domingo, 17 de diciembre de 2017

El oro (La maravillosa historia del general Johann August Suter).- Blaise Cendrars (1887-1961)


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Capítulo XI
40

«Mujeres, hay mujeres que trabajan en Los Placeres*, rudas reales mozas con agallas y que currelan  y que se revientan trabajando como los hombres. Apencan con todo, blasfeman, juran, fuman en pipa, escupen, mascan tabaco negro retorcido, al mismo tiempo que manejan la pala y la piqueta durante todo el día, para ir a la taberna por la noche a beber y perder el oro recogido jugando a las cartas. No son de fiar, pues son aún más vindicativas y más violentas que los hombres y, sobre todo, son mucho más quisquillosas en lo que a cuestiones de honor se refiere y defienden, con toda naturalidad, su honor a tiros, como esas dos francesas que se han hecho famosas en la historia de California y de las que habla el señor Simonin en su Relato de un viaje a California, publicado en La Vuelta al mundo, en el año 1862: "...después de haber hablado tan extensamente de los hombres, ¿por qué no decir algo sobre las mujeres, aunque haya muy pocas aún en California? Citaré, entre otras, a una de ellas a quien los mineros dieron el nombre de Juana de Arco. Trabajaba como un hombre en Los Placeres y fumaba en pipa. Y otra que explota una concesión muy rica y que responde al nombre de María Pantalón, debiendo este mote a la prenda masculina por la que muestra una gran predilección..." [...]

Capítulo XII
43
El padre Gabriel, el protector de los indios, acaba de pasar unos días en el Refugio. Se marcha hoy antes del alba, pues su misión lo reclama entre los salvajes. Es un hombre rudo y su palabra goza de gran prestigio entre las tribus; vive con los sioux, osages, comanches, pies-negros, serpientes, que lo escuchan como si de un oráculo se tratara. Siempre viaja a pie. Johann August Suter le acompaña hasta Piedra Redonda, en el sendero de la Sierra.
 -Capitán -le dice el padre Gabriel a Johann August Suter en el momento de separarse y apretándole la mano-, capitán, un trozo de la historia del mundo ha caído sobre tus hombros, pero tú sigues estando de pie sobre las ruinas de tu poder. Levanta la cabeza, mira a tu alrededor. Contempla a esos millares de individuos que desembarcan cada día y que vienen aquí para trabajar y hacer los cimientos de su felicidad. Una nueva vida se está instalando en la región. Tú debes dar ejemplo. ¡Ánimo, viejo pionero! Este país es tu verdadera patria. Vuelve a empezar. [...]

45
 Johann August Suter no puede olvidar el golpe recibido. Es presa de un terror sombrío. Se desinteresa cada vez más de los trabajos de la granja y su nueva puesta en marcha ya no le ocupa, como en otras ocasiones, todas sus facultades. Todo eso ya no le interesa apenas, y piensa que sus hijos pueden muy bien pasarse sin él y conseguirlo ellos solos, siguiendo simplemente sus indicaciones. Él se entrega a la lectura del Apocalipsis. Se hace montones de preguntas a las cuales no sabe cómo responder. Cree haber sido durante toda su vida un mero instrumento en las manos del Todopoderoso. Trata de adivinar con qué finalidad, por qué razón. Y tiene miedo.
 Él, el hombre de acción por excelencia; él, que nunca ha tenido dudas, ahora las tiene. Se vuelve reservado, desconfiado, avaro y actúa de manera solapada. Está lleno de escrúpulos. El descubrimiento de las minas de oro le ha hecho encanecer, tanto la barba como el pelo; hoy, la inquietud secreta que le roe por dentro le encorva y dobla su gran talla de jefe. Va vestido con una larga túnica de lana y se cubre con un gorro de piel de conejo. Se equivoca al hablar. Sus ojos se han vuelto huidizos. No duerme por la noche.
 El Oro.
 El Oro lo ha arruinado.
 No lo entiende.
 El oro, todo ese oro extraído desde hace cuatro años y todo el oro que se extraiga de sus tierras en el futuro le pertenece. Le han robado. Intenta hacer mentalmente una estimación de su valor, de dar una cifra. ¿Cien millones de dólares, mil millones? ¡Dios mío! La cabeza le da vueltas ante la idea de que nunca recibirá ni un céntimo. Es una injusticia. ¿A quién podría dirigirse, Señor? Y todos esos hombres que han venido a destruir mi vida, ¿por qué? Han incendiado mis molinos, saqueado y devastado mis plantaciones, robado y matado mis rebaños, arruinado mi ingente labor. ¿Acaso es eso justo? Y ahora, tras haberse asesinado entre sí, fundan familias, pueblos, ciudades y se organizan en las tierras de mi propiedad y, todo ello, bajo la protección de la ley. Si esto entra dentro del orden de las cosas, Señor, ¿por qué no puedo yo sacar también provecho de ello y por qué he merecido una desgracia tan grande? Después de todo, todas esas ciudades, todas esas ciudades y los pueblos y las familias y las gentes, su trabajo, sus reses, su dicha, me pertenecen. ¡Dios mío! ¿Qué puedo hacer? Todo se ha roto entre mis manos, bienes, fortuna, honor, Nueva Helvecia y Ana, mi pobre mujer. ¿Es esto posible y por qué?
 Suter busca una ayuda, un consejo, un apoyo en torno suyo; pero todo le esquiva hasta el punto de que tiene momentos en los que piensa que sus males son producto de su imaginación. Entonces, a través de un extraño examen retrospectivo de su conducta, piensa avergonzado en su infancia, en la religión, en su madre, en su padre, en donde reinaba el honor y el trabajo, y sobre todo en ese hombre íntegro, en ese hombre de orden y de justicia que era su abuelo.
 Es víctima de un espejismo.
 Cada vez con más frecuencia dirige sus pensamientos hacia su patria chica; piensa en ese rincón apacible de la vieja Europa en el que todo está en calma, regulado, en su sitio. Allí todo está bien ordenado, los puentes, los canales, los caminos. Las casas se mantienen en pie desde siempre. La vida de sus habitantes carece de historia: allí trabajan y allí son felices. Vuelve a ver Rünenberg como en una estampa. Piensa en la fuente en la que escupió cuando se fue. Querría regresar allí y morir.»  
 
*Arenal donde la corriente de las aguas depositó partículas de oro.
 
[El extracto pertenece a la edición en español de Anaya, en traducción de Encarnación García. ISBN: 84-7525-427-6.]
 

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