lunes, 8 de marzo de 2021

El Evangelio según el Hijo.- Norman Mailer (1923-2007)

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  «A mi regreso a Cafarnaúm, uno de los ancianos de la sinagoga (su nombre era Jairo) se me acercó y cayó de rodillas ante mí. Hasta ese momento, los fariseos no me habían ofrecido nada más que un lugar donde predicar (y a regañadientes). Pero ahí estaba Jairo, suplicándome: “Mi hija está a punto de morir. Te lo ruego, ven y cúrala para que pueda vivir”.
 Para entonces ya sabía lo cerca que está la fe de la incredulidad. Ambas se introducen subrepticiamente, como ladrones, en el corazón. En aquel instante lo comprendí: los jefes de la sinagoga podían desaprobarme, pero eso no significaba que no hubiera penetrado en sus corazones. Fortalecido por aquel encuentro, acompañé a Jairo a su casa. Un gran gentío nos seguía. Mientras recorríamos las calles, noté que alguien me había hecho algo malo. De pronto, toda virtud curativa me abandonó. Me volví y dije: “¿Quién ha tocado mis ropas?”
 Un desconocido dijo: “Mira qué multitud, ¿cómo puedes preguntar ‘¿quién me ha tocado?’” Pero entonces, una mujer profirió un grito y se postró ante nosotros. “Hace doce años que padezco un flujo de sangre”, dijo. “Todo lo que tenía lo he gastado en médicos y sólo he empeorado. Había oído hablar de ti y he tocado tu vestido. Pensaba: ‘Él me sanará’. Y lo has hecho. He dejado de sangrar”.
 En sus ojos vi que decía la verdad. Así que me mostré amable. Le dije: “Hija, ve en paz, y mañana estarás completamente curada”. Sin embargo, en cuanto se hubo marchado se acercó a Jairo uno de sus criados y le dijo: “Tu hija ya no vive”.
 ¿Acaso aquella mujer enferma se había llevado toda la virtud de que yo había hecho acopio para salvar a la niña?
 Pero en aquel instante mi Padre vino a mí y, al sentir Su fuerza, me volví hacia aquel anciano de la sinagoga y le dije: “Jairo, no temas; solamente ten fe”. Mi esperanza era que su hija no estuviera muerta, sino descansando en esa larga sombra de sueño que se halla próxima a la muerte. Pues entonces tal vez pudiera salvarla. No sabía si tenía el poder de volver a la vida a los que estaban muertos de verdad.
 Recité para mí las palabras del profeta Isaías: “Despierta y canta, tú que moras en el polvo”.
 En casa de Jairo había un gran alboroto. Muchos lloraban y gemían. Entré y dije: “La niña no ha muerto, está dormida”.
 Lo dije para serenar el ambiente. Los muertos se resucitan mejor en silencio; el tumulto sólo los empuja al más allá. De modo que pedí a las plañideras que salieran de la casa, y fui con Jairo y su mujer donde yacía la niña. La cogí de la mano y recité unas palabras del Libro Segundo de los Reyes: “Cuando Eliseo llegó a la casa, el niño estaba muerto, y él oró al Señor. Subió luego y se acostó sobre el niño, y puso su boca sobre la boca de él, sus ojos sobre los ojos, sus manos sobre las manos, y cubrió con su cuerpo el cuerpo del niño y la carne del niño entró en calor y el niño bostezó siete veces y abrió sus ojos”.
 “Y una vez dicho esto”, les dije al padre y a la madre, “no hay que hacer nada más”. Pues sabía que si yacía sobre la niña y ésta no se movía, el daño sería incalculable. Con el poder del Señor en mi mano, simplemente, la toqué y dije: “Muchacha, a ti te lo digo, levántate”. Y al punto se levantó y caminó. Sus padres estaban atónitos, pero les dije que le dieran de comer y que lo hicieran con todo el amor de que fueran capaces. Lo dije porque la niña, medio despierta, parecía muy desgraciada por haber vuelto entre los vivos. No sabía si había muerto de verdad y había resucitado. Pero comprendí que las relaciones entre marido y mujer eran de gran infelicidad, y que eso había arrojado un velo de tristeza sobre la niña. Vi que habitaba una casa de sentimientos impuros. El aire no era dulce en aquellas habitaciones y sólo se percibían esas pútridas miserias que se alimentan de sí mismas. Antes de irme, les dije a Jairo y a su mujer que ayunaran, que rezaran y que cada mañana pusieran una flor en un pequeño jarrón junto a la cama de la niña.
 Fue muy simple decirle a la muchacha que se levantara, pero sentía un gran peso sobre mí. La mujer que me había tocado el vestido me había dejado casi sin fuerzas, y las pocas que me quedaban las había gastado resucitando a aquella niña que apenas deseaba vivir. ¿Me había excedido haciendo uso de los poderes del Señor? ¿Sería más prudente ahorra Sus esfuerzos para otros asuntos? Sentí el deseo de regresar a Nazaret y comprendí que quería disculparme con mi madre por aquella hora en que herí su amor.

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 De modo que regresé a mi tierra y mis discípulos me siguieron, y pasé dos días en Nazaret con María. Pero no sé si conseguí que me perdonara del todo. ¿Cómo iba a hacerlo, después de haber dicho: “¿Quién es mi madre?”
Resultado de imagen de el evangelio segun el hijo   El sábado me puse a predicar en la sinagoga, pero no tardé en oír expresiones de descontento. La gente comenzó a decir: “¿Qué sabiduría es ésta?” Y cuando les hablé de mis obras, del leproso y de la tormenta, sentí que había perdido la modestia (una pérdida que era como si tuviera un espíritu inmundo en mi interior). Y, además, no me creyeron. Fue como si las noticias hubiesen llegado a todas partes menos a Nazaret. Les oía decir: “¿No es ése el carpintero, el hijo de María?” Y me pregunté si ser herido en el orgullo duele más que verse en el trance de tener que honrar a un hombre que hasta entonces no había sido más que un don nadie. Me apenó que no me dieran amor. “Ningún profeta es honrado en su patria, ni entre sus parientes, ni en su casa”, dije. “Y tampoco puede un médico curar a nadie que lo conozca. Por descontado, un médico no es mejor que su paciente”. Y, ciertamente, en Nazaret no pude hacer ningún milagro.
 Sin embargo, al sábado siguiente me desperté de nuevo con la fuerza de mi Padre y fui capaz de curar a una mujer que llevaba dieciocho años padeciendo una enfermedad. Y aun así, antes de que cayera la tarde fui reprendido por otro jefe de aquel pequeño templo por curar en sábado. Era un hombre rico, muy satisfecho de sí mismo, y dijo: “Hay seis días en los que el hombre ha de trabajar y en esos seis días se le puede curar, pero no en sábado”.
 A lo que respondí: “El sábado sacáis los bueyes del pesebre para llevarlos a abrevar. Y, sin embargo, no permitís que esta mujer se libere de sus ligaduras el día en que celebramos las obras del Señor”.
 Pero él no rehuyó la discusión. Replicó: “Algunos no soltamos nuestros bueyes en sábado. La fe es un sendero estrecho”. Esto me irritó. Debería haberle dicho: “¡Hipócrita! Llevas a abrevar tus bueyes en sábado. No quieres que pasen sed y pierdan valor”. Pero fui prudente y dije: “Estrecho es el camino que lleva a la vida, y ancho el camino hacia la destrucción”.
 Asintió, como si fuera él quien más se hubiera acercado al meollo de la cuestión: “El ancho camino de la fe sencilla carece de peligros”, dijo, “cuando hace buen tiempo. Pero cuando llueve o es de noche, ese ancho camino se convierte en un lodazal intransitable. Busca, Jesús, el estrecho sendero que asciende entre las rocas. No cures en sábado. Ése es el ancho camino”.
 Dicho esto, me puso una mano en el hombro con gesto paternal, como si yo perteneciera a una fe inferior. En el tacto de sus dedos había esa seguridad en sí mismo propia de los ricos. Su mano le decía a mi carne: “Respeta mis palabras. Estoy muy por encima de ti”.
 Me había avergonzado. Mis poderes me abandonaron. Una vez más, y en mi propia sinagoga, estaba sin fuerzas.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1998, en traducción de Damián Alou, pp. 88-92. ISBN: 84-339-0877-4.]

domingo, 7 de marzo de 2021

La comunicación.- Mª Victoria Escandell Vidal (¿...?)

 
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Capítulo 1: Algunas reflexiones iniciales
1.6.-¿Cuándo hay comunicación?

   «¿Cuándo podemos decir genuinamente que hay comunicación? Podemos entender esta pregunta en dos sentidos diferentes. En uno de ellos, orientamos la pregunta hacia la recepción, de modo que equivale más o menos a cuándo diríamos que la comunicación se ha producido con éxito; la respuesta obvia es que ha habido comunicación cuando la persona a la que se dirige el mensaje lo recibe e interpreta correctamente. No es este, sin embargo, el sentido sobre el que quiero llamar la atención: el que me interesa es el otro sentido, en el que la pregunta se orienta hacia la producción. ¿Qué requisitos tienen que cumplirse para que podamos hablar propiamente de 'comunicación'?
 Para dar respuesta a esta pregunta, consideremos la siguiente situación. A su centro de trabajo ha llegado un nuevo profesor y se lo presentan. Charlan un rato y él le explica en qué otros centros ha trabajado anteriormente, qué materias prefiere, dónde ha encontrado casa... Por su acento, se ve que es andaluz, y por el modo de relacionarse y la manera de vestir parece un hombre campechano y amante de los deportes al aire libre; en el dedo anular ve la marca blanca que queda al quitarse un anillo: quizá se acaba de divorciar y por eso ha pedido el traslado... Usted no conocía al profesor de antes y no tenía sobre él ninguna información previa, de modo que toda la que ahora posee la ha obtenido en la conversación que acaban de mantener.
 La pregunta es la siguiente: todos los datos de que ahora dispone, ¿le han sido comunicados? Algunos, desde luego, sí: todos los relativos a su trabajo anterior y a sus preferencias docentes, es decir, todas las informaciones que le ha proporcionado explícitamente su colega durante la conversación. Hay otros, en cambio, que ha obtenido sin que su interlocutor haya hecho nada para transmitírselos: son las deducciones sobre su procedencia, sus aficiones o el cambio reciente en su estado civil. Para usted constituyen, obviamente, información nueva. Y, sin embargo, no parece que podamos decir que su interlocutor le haya comunicado esta información; es usted el que la ha inferido a partir de ciertos indicios disponibles.
 Imaginemos de nuevo la situación anterior, pero modificando un detalle: cuando usted lo conoce, el profesor lleva una alianza. Más tarde, usted se entera de que las cosas entre el profesor y su pareja no van bien. Un día, se cruza de nuevo con su colega, y éste levanta la mano y le muestra la marca blanca en su dedo anular. ¿Constituye esto una muestra de comunicación? Los elementos son los mismos que en el caso anterior: usted ve una marca blanca en el dedo anular y de ella deduce que el profesor se ha divorciado. Hay, sin embargo, una diferencia decisiva: en el primer caso, usted simplemente notó la marca de manera casual; en el segundo, su colega le ha mostrado la marca de manera patente, sabiendo que en cuanto la vea, y en función de su conocimiento previo, hará usted la deducción adecuada. En este segundo caso sí podemos hablar de comunicación, porque ha habido una intención manifiesta por parte de una persona de producir un gesto visible para que, a partir de ese gesto, pueda usted inferir los contenidos que dicha persona pretendía transmitirle.
 En consecuencia, parece acertado no agrupar bajo la misma denominación los procesos en los que se transmiten contenidos intencionalmente (sea por medios lingüísticos o de otra naturaleza) y aquellos otros en los que los contenidos se obtienen como fruto de la deducción a partir de datos observados más o menos fortuitamente: sólo hay comunicación cuando hay 'intención comunicativa'. Es cierto que se puede obtener información de muchas fuentes (de señales producidas intencionalmente y de la observación de las cosas), pero sólo cuando aquella se ofrece de manera voluntaria es legítimo hablar  de comunicación. Al inicio del capítulo recogíamos la toma de contacto como una propiedad característica de la comunicación; pues bien, ahora estamos en condiciones de refinar algo más aquella idea y de incluir la intencionalidad como un nuevo elemento en nuestra caracterización: una información que no se transmite intencionalmente no es una información comunicada.
Resultado de imagen de victoria escandell vidal la comunicacion  La intencionalidad confiere, además, una dimensión añadida de credibilidad a la información recibida. Efectivamente, cuando un emisor comunica intencionalmente unos datos, se hace responsable de la verdad de la información que proporciona: si lo que dice es falso, siempre podrá ser acusado de haber mentido. Los datos que uno obtiene a partir de fenómenos no intencionales, en cambio, no tienen más garantía que la propia de la deducción que se ha hecho. Uno puede equivocarse, por ejemplo, al confundir el acento andaluz con el acento canario; o atribuir a la ropa que lleva el profesor una significación que no le corresponde: por ejemplo, puede ser que al nuevo profesor le perdieran la maleta en el vuelo de llegada y las prendas que viste son las que le ha prestado otro colega y no tienen nada que ver con su manera habitual de vestir, y la marca blanca del anillo puede deberse a un olvido casual... Lo importante es que, si cualquiera de las deducciones que uno ha hecho por cuenta propia resulta ser falsa, no se puede culpar a nadie de haber proporcionado una información inexacta. Por supuesto, entra dentro de lo posible el que alguien manipule conscientemente algunos elementos para provocar deducciones falsas: el profesor puede imitar un acento andaluz para ocultar su procedencia. Pero tampoco en este caos puede hablarse de comunicación ya que, aunque la modificación es consciente, su éxito depende precisamente de que esa voluntariedad permanezca oculta. 
 La intención es fundamental porque establece una diferencia decisiva entre los actos voluntarios y los involuntarios: los actos voluntarios representan formas de comportamiento; los actos involuntarios son actos reflejos. Si tiene algún interés estudiar la comunicación humana es porque constituye una variedad específica y compleja de comportamiento y no, simplemente, un acto reflejo.
 La comunicación humana contrasta así con la comunicación animal en varios sentidos. Es cierto que se habla del lenguaje de las abejas, para referirse a los mecanismos por los que las abejas exploradoras comunican al resto de la colmena la distancia y la dirección en la que se encuentra una nueva fuente de alimento, utilizando para ello una danza especial. De los monos vervet se dice que cuentan con tres llamadas de alerta diferentes, para advertir al grupo de la presencia de diversos tipos de depredadores: una, para los leopardos, que hace que todo el grupo se suba a lo más alto de los árboles; otra, para las águilas, que hace que todos se vayan a las ramas bajas o al suelo; y otra, para las serpientes, que hace que todos salten, golpeen el suelo y agiten los brazos. Ahora bien, incluso en los casos que parecen más complejos, lo que solemos llamar 'comunicación animal' no pasa de ser, en realidad, un acto reflejo, en el que un individuo reacciona ante un estímulo o una situación (la visión de un predador, o de una presa; la visión de un competidor o de una posible pareja reproductora...) de la única manera en que puede hacerlo; esta reacción consiste en emitir una señal analógica, sin posibilidades de elección o de modificación.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 2005, pp. 17-20. ISBN: 84-249-2739-7.]
 

sábado, 6 de marzo de 2021

El náufrago metódico. Antología.- Luis Rosales (1910-1992)

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El mundo es nuestra herencia [de Rimas]

 «Considérate vivo y ponte en cura, / lo restante no importa.
Basta cambiar de sitio la alegría / que nadie tiene.
Ahora / ponte a hacer el amor.
La primavera / está siempre esperando,
aunque nos toca / alguna hambre del mundo en el reparto,
y una extraña congoja / hace que nuestros huesos, de repente,
entierren el amor sobre la alfombra. / Considérate vivo; es suficiente,
basta vivir como quien da limosna, / basta ponerse en marcha y que la vida
cobre su transitoria / y pujante verdad:
todo está siendo / cuanto ha podido ser:
las mariposas / no son estrellas: vuelan
un solo día de sol y se deshojan. / No elijas tu camino: no hay caminos,
la luz es luz como la sombra es sombra,
considérate vivo y ponte en cura, / lo restante no importa.
Hay quien entierra el mundo poco a poco / y en la playa, cansado, el mar se ahoga.
No esperes un milagro que te quite / del pecho esta congoja;
no hay nada ya que preguntar, no hay nada / que responder,
hay cosas. / ¿Las ves? Míralas bien, pues las palabras
son lluvia sobre el mar. Como una copa
de vino hay que beber / la vida gota a gota,
porque la angustia embriaga como el vino, / hasta poder decir:
llegó la hora, / no sabemos de qué,
no lo sabemos/ ni lo hemos de saber, pero no importa
ha llegado y es todo: nos empuja; / es nuestra y nos conforta.
Considérate vivo y no preguntes / lo que tienes que hacer:
llegó la hora.
 […]

Ciego por voluntad y por destino [de La casa encendida]

Porque todo es igual y tú lo sabes, / has llegado a tu casa, y has cerrado la puerta
con ese mismo gesto con que se tira un día, / con que se quita la hoja atrasada al calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes. / Has llegado a tu casa,
y, al entrar, / has sentido la extrañeza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras, / y encendiste la luz para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas como estarán dentro de un año; / y después,
te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida, / y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas,
y te has sentido solo, / humanamente solo,
definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa, / y ahora querrías saber para qué sirve estar sentado,
para qué sirve estar sentado igual que un náufrago / entre tus pobres cosas cotidianas.
Sí, ahora quisiera yo saber / para qué sirven el gabinete nómada y el hogar que jamás se ha encendido
y el Belén de Granada / -el Belén que fue niño cuando nosotros todavía nos dormíamos cantando-
y para qué puede servir esta palabra: ahora / esta palabra misma: “ahora”,
cuando empieza la nieve / cuando nace la nieve
cuando crece la nieve en una vida que quizás está siendo la mía, / en una vida que no tiene memoria perdurable,
que no tiene mañana, / que no conoce apenas si era clavel, si es rosa,
si fue azucenamente hacia la tarde.
Sí, ahora / me gustaría saber para qué sirve este silencio que me rodea,
este silencio que es como un luto de hombres solos, / este silencio que yo tengo,
este silencio / que cuando Dios lo quiere se nos cansa en el cuerpo,
se nos lleva, / se nos duerme a morir,
porque todo es igual y tú lo sabes.
Sí, he llegado a mi casa, he llegado, desde luego, a mi casa, / y ahora es lo de siempre
lo de nogal diario, / los cuadros que aún no he tenido tiempo de colgar y están sobre la mesa que vistió volantes mi hermana,
la madera que duele,  / y la pequeña luz deshabitando la habitación,
y la pequeña luz que es como un hueco en la penumbra, / y el vaso para nadie
y el puñado de sueño, / y las estanterías,
y estar sentado para siempre. / Sí, he vuelto de la calle; estoy sentado;
[…]

El contenido del corazón [de El contenido del corazón]

Resultado de imagen de el naufrago metodico  La felicidad no es más que una palabra: no te molestes en buscarla. Hay muchas cosas en el mundo. Yo hago balance vital a fin de año para tener el sueño al día y volver a encontrarme en situación de disponibilidad. El inventario empieza siendo una inspección de alcantarillas, y para realizar esta inspección hay una regla universal: vigila tu alegría y lo demás se te dará por añadidura. Vigila tu alegría, pero no vayas en su busca. No es necesario. Cuando el impulso vital va aminorándose con los años es preciso aprender a vivir. Los años vuelven con las hojas y hacerse hombre es un trabajo cotidiano, sencillo y casi manual que, al fin y al cabo, se reduce a golpear en las paredes del corazón para saber dónde está la oquedad. –Lo primero es lo lleno, oigo decir a un transeúnte en un lenguaje que conozco y tardo mucho en entender. No sé cómo se juntan estas palabras. No sé dónde se juntan. Tal vez quieren decir que sólo el tacto nos puede dar la sensación de lo que suena a falso, de lo que suena hueco en nuestra vida, como la macicez del vientre, al percutirlo, revela la presencia del tumor. Yo hago balance a fin de año con una sola finalidad: tener el sueño a raya. No es un trabajo laborioso, ni de zahorí, y un esfuerzo pequeño produce resultados remuneradores. Sólo es preciso atender, pues aunque nadie repara en ello, la atención por sí sola puede darle sentido a la vida. Más importante que elegir entre los recuerdos es ordenarlos pues, a quien tiene desorden, la trastera se le va atiborrando de macanas. Esto lo supe desde niño y ahora he sabido que en el pasado siempre hay algo que conviene saldar, pero a su justo precio. En el pasado siempre hay recuerdos que hoy están desteñidos y ayer nos produjeron escalofrío. No han vuelto a hacernos tiritar. Sin embargo, subsisten. No elijas entre ellos: sólo tienes que barajarlos. Su precisión demuestra su valor. Trata de hacerlos más precisos. Si han perdido valor, no podrás precisarlos. Esto es lo único que importa, porque no preferir es señorío. Por lo tanto no te quemes en vísperas: nada hay más importante que vivir.
 El presente vital siempre es un saldo, pero este saldo es, justamente, todo lo que tenemos. Así pues, debes poner en orden los trastos viejos y pesar la pavesa vital antes que el viento se la lleve. Hay que hacer inventario de raíces y este inventario convertirá las sensaciones que ayer fueron alucinadas en sensaciones resumidas y tal vez nos devuelva la visión del Veleta desde el valle de Otivar y los libros que deberíamos haber escrito y la inocencia que no tuvimos y el tronco familiar. El contenido del corazón no es propiamente una elegía, sino un  balance comercial, o si se quiere, una liquidación. Pero hay que hacer este balance como si fuera el último, para que todo tenga en él su estatura definitiva. Desde esta alegre cesantía que va siendo el vivir conviene inventarlo todo. Conviene inventariar los ademanes y los hechos, las dejaciones y los gestos que han ido haciéndonos y han ido haciendo nuestra vida.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Visor Libros, 2005, en edición de Luis García Montero, pp. 164-165, 173-175, 272-273. ISBN: 84-7522-577-2.]

viernes, 5 de marzo de 2021

Diccionario de últimas palabras.- Werner Fuld (1947)

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«A: De Abelardo a Austen

 Al hacérsele al filósofo griego Anaxágoras (†428 a.C.) la pregunta de cuál sería el mejor modo de que se acordasen de él: “Dad a los alumnos un día de vacación”.

D: De D’Annunzio a Duveen

 El matemático y filósofo René Descartes (†1650) tenía ideas sumamente particulares acerca de Dios y del mundo. A los animales los tenía por máquinas vivientes, que funcionan sólo mecánicamente, y, al no tener alma, no pueden sentir ningún dolor. El alma era localizada por Descartes en el ser humano en la glándula pineal. En su opinión, de no estar penetrados ambos por Dios, el cuerpo y el alma no tendrían nada que ver entre sí. Así es como Descartes, al final de sus días, pudo hablar en estos términos a su alma: “Ha llegado la hora de abandonar tu prisión y desprenderte de las cadenas de tu cuerpo. ¡Mucha suerte!” 
 […]
 A la vista de la guillotina, el girondino Jean-François Ducos (†1793) tuvo aún una idea: “La Convención debe sacar un decreto que garantice la inseparabilidad de nuestras cabezas de nuestros cuerpos”.
 El fundador suizo de la Cruz Roja, Henri Dunant (†1910), a cuya iniciativa diplomática se ha de agradecer también la Convención de Ginebra, de 1864, vinculante hasta hoy día, era partidario de un cristianismo primitivo y rechazaba –claro que sin resultado alguno- todas las ceremonias de la Iglesia: “Mi deseo es ser enterrado como un perro, sin ninguna de todas vuestras celebraciones. Dios respetará mi última voluntad y espero que vosotros también lo hagáis. Amén”. 
 […]

F: De Federico II a Frohman

 El escritor francés Bernard de Fontenelle (†1757), cuyas obras excesivamente numerosas han sido hoy día, en conjunto, y con razón olvidadas, fue famoso entre sus contemporáneos por su estilo elegante. No se nos han transmitido ideas suyas que sean originales, aunque Fontenelle alcanzó la avanzada edad, inhabitual en aquel entonces, de cien años. La única frase que le sobrevivió y que resulta característica de la cortesía de que hizo gala toda su vida es la última que pronunció: “No siento nada, salvo una cierta dificultad de seguir existiendo”.
 […]

H: De Hall a Hus

 El poeta Heinrich Heine (†1856) no tenía fama de haber llevado una vida que pudiera resultarle particularmente grata a la divinidad. Por ello, en su lecho de muerte fue preguntado si no le preocupaba si Dios acaso no le iba a perdonar sus pecados. Pero Heine estaba seguro: “Dios me perdonará: es su profesión”.
 […]
 El joven asesino Richard Hickock (†1965), que, insatisfecho con su propia vida, había liquidado con la ayuda de un cómplice a una familia entera –Truman Capote cuenta la historia en su libro A sangre fría-, dijo en la horca: “Me enviáis a un mundo mejor de lo que éste haya sido nunca”.
 […]

L: De Laënnec a Lutero

 Su profesión fue la de genio universal: Leonardo da Vinci (†1519) se había formado como pintor y escultor, pero sus intereses se inclinaban más bien hacia las artes técnicas del tipo de la arquitectura y hacia las ciencias naturales. Terminó pocos de sus cuadros, no pasando muchos de ellos de su estado preliminar de dibujo. En sus escritos de índole teórica, Leonardo se reveló como un investigador visionario, ocupado con el diseño de aparatos de vuelo o el surgimiento de los fósiles. La multiplicidad de sus intereses fue, en definitiva, un impedimento para su concentración en un campo específico consecuentemente trabajado, quedándose casi todas sus obras en el estado de fragmentos. Él mismo lo reconocía y lamentaba a la hora de su muerte: “He ofendido a Dios y a los hombres al no haber resultado mis obras tan buenas como podrían haber sido”.
[…]

O: De Oates a Oscar II

 El explorador de la Antártida Lawrence Oates (†1912) fue una de las víctimas de la expedición al Polo Sur de Robert Scott. Por habérsele quedado congelados sus miembros en las constantes tempestades de nieve apenas podía andar, y pidió a sus compañeros, que querían partir de nuevo al día siguiente, que le dejasen solo atrás. Cuando ellos se negaron a atender sus ruegos, reunió sus últimas fuerzas y salió en medio de la tormenta mientras decía: “Voy a salir y probablemente me quede fuera un rato”.
 […]  

R: De Raabe a Rubinstein

 La presuntuosa y preciosa obra temprana del poeta alemán Rainer María Rilke (†1926) no daba a conocer aún qué nuevos mundos del lenguaje elaboraría luego este autor. Rilke continuó siendo, tanto en la vida como en el arte, un solitario, un viajero errante en busca de un gozo que él sólo encontró en una existencia lingüística. La leucemia le estaba devorando por dentro, pero él prohibió a los médicos que le dijeran el nombre de la enfermedad e incluso le hablaran de la posibilidad de la muerte. Cuando la cosa fue a mayores, le dijo a la amiga que estaba sentada junto a su lecho: “Ayúdeme a morir mi propia muerte, yo no quiero la muerte de los médicos, quiero tener mi libertad. La vida ya no puede darme nada más. He estado en todas las cimas… No olvide nunca, querida, que la vida es algo magnífico”.
 El dramaturgo británico Thomas William Robertson (†1871), antaño famoso por los diálogos de sus muy representadas obras teatrales, se despedía, al final, de su hijo: “Adiós, hijo mío, y que Dios te bendiga. Ven mañana y mira por mí. No tengas miedo si yo no te digo nada… Y no olvides dar un beso a tu padre”.
 […] 

S: De Sade a Swift

Resultado de imagen de diccionario de ultimas palabras  En los lexicones alemanes es designado Carl Schurz (†1906) como político y publicista estadounidense. Da la impresión de que a los alemanes les sigue resultando penoso reconocer que en 1848 hubo un intento, si bien vacilante, de revolución. Schurz, entonces estudiante de Historia en Bonn, se unió a los sublevados, fue arrestado, se liberó luego a sí mismo y, en una valerosa acción (1850), también al líder Gottfried Kinkel, razón por la cual no le quedaba otra elección que aceptar su ejecución o emigrar. De modo que huyó sin ser reconocido, a los Estados Unidos, donde se unió, como enemigo de la esclavitud, al partido republicano de Lincoln, teniendo una gran participación, como orador muy apreciado, en su victoria electoral de 1860, cuyo resultado fue decidido por los votantes germanoamericanos. En la Guerra Civil mandó como general una división germanoamericana y siguió siendo, hasta una edad avanzada, un defensor de los derechos de los indios en la sociedad norteamericana. Habiendo escapado a la muerte más de una vez, su comentario en el lecho de muerte fue el siguiente: “¡Es tan sencillo morir”!
[…]

V: De Valentino a Voltaire

 Dos años tuvo que esperar en prisión Sir Henry Vane (†1662) su ejecución. Había intrigado contra Cromwell y era responsable, en gran medida, de su derrocamiento. El reentronizado Carlos II amnistió a todos los implicados, pero no a Henry Vane, probablemente con la sospecha no del todo descabellada, de que Vane podría volverse en el futuro contra él mismo. En el cadalso, nuestro delincuente bromeaba: “La muerte no me asusta. Hasta ahora ha sido ella la que se ha asustado de mí”.
[…]

W: De Wallace a Wycherley

  La razón de la ejecución de Waltheof, conde de Northumberland (†1076), sigue oculta entre la niebla de la historia. Más nítidamente se oyó cómo, con la cabeza en el tajo, empezó a recitar el pater noster, hasta llegar al “Y no nos dejes caer en la tentación…” Su voz quedó aquí ahogada por las lágrimas, pero el verdugo no quiso esperar a que el conde se recompusiera, y le decapitó de un golpe. Los asistentes a la ejecución aseguraban luego que la cabeza seccionada habría recitado aún, con toda claridad, las últimas palabras de la oración: “Mas líbranos del mal. Amén”.
[…]
 Cuando Oscar Wilde (†1900) vio a los dos médicos que hicieron su aparición en el hotel parisino Alsace para visitarlo por última vez en su lecho de muerte, el poeta, completamente empobrecido, comentó: “Muero como he vivido siempre… por encima de mis posibilidades”.
[…]

X: De Xavière a Xavière

 El aristócrata francés Henri de Xavière († 1794), estando ya ante la guillotina, rechazó un último vaso de vino: “Cuando he bebido pierdo fácilmente mi sentido de la orientación”.

Y: De Yeats a Young

 A lo largo de su vida, el poeta irlandés William Butler Yeats (†1939) lo había intentado con el espiritismo, la filosofía india, la cábala, los misterios celtas y la Rosa Cruz, pero nada daba paz duradera a su alma anhelante. De manera que su voluminosa obra da testimonio, más que de su propio carácter, de la multiplicidad de influencias que tuvo. Únicamente más tarde encontró, en los poemas, su tono personal. Cerró aquella búsqueda de sentido, de toda una vida, con un suspiro: “Ya basta”.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 2004, en traducción de Pedro Madrigal, pp. 14-15, 58, 62, 72, 94-95, 119, 143, 163-164, 175-176, 197-198, 202-203, 205, 207. ISBN: 84-322-9640-6.]