viernes, 21 de abril de 2017

"Introducción a la psicología".- George A. Miller (1920-2012)


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16.- Aguijones y guías

«Dijo una vez Emerson que el hombre es tan perezoso como se atreve a serlo. Es éste el tipo de error que cabe esperar de un puritano de Nueva Inglaterra. No es que no nos atrevamos a ser perezosos: lo que ocurre es que no queremos serlo. Si verdaderamente nos aplicáramos a ello, podríamos ser mucho más vagos de lo que en verdad somos.
 ¿Qué grado de ociosidad puede alcanzar el hombre? Los límites absolutos vienen impuestos, desde luego, por su propio organismo: como mínimo tendrá que obtener y consumir comida y bebida; de vez en cuando tendrá que apartarse de algún peligro; tendrá que depositar sus desperdicios a alguna distancia de su lugar de reposo; tendrá que cubrirse cuando haga demasiado frío y quitarse del sol cuando haga demasiado calor; y, aun cuando no sea vital para él en el mismo sentido, a buen seguro que comenzará un día a exhibirse para atraer la atención de una compañera. Pero en un ambiente amable, donde encuentre a mano lo necesario para la vida, estas exigencias mínimas de la biología sólo ocuparán una fracción de sus horas de vigilia. Juzgando por todo lo que cabría aprender en un texto de fisiología, el hombre podría atreverse a ser perezosísimo.
 En algunas tierras idílicas favorecidas por ventajas naturales en lo que se refiere a alimento y seguridad, la vida puede aproximarse mucho más a este mínimo biológico que en nuestra cultura. Pero incluso en su forma más sencilla la vida humana bulle a una temperatura varios grados por encima del letargo absoluto. Las dificultades comienzan cuando nos vemos mezclados con otra gente, con otros individuos, los cuales experimentan en el ocio tanto placer como nosotros. Tenemos que competir con ellos por la comida y la bebida. Asimismo, nos encontramos con que los demás se han apropiado ya de todos los sitios abrigados  y prendas de vestir apetecibles y que insisten, además, en que depositemos nuestros desperdicios lejos de sus lugares de reposo. Por añadidura, suelen tener opiniones firmes en relación con la debida forma de resolver estos problemas. Lo que resulta peligroso y exige verdadera osadía es ser más perezoso de lo que los vecinos de uno creen que debería tolerarse. En resumen, existen límites tanto sociales como biológicos en cuanto al grado de ociosidad que puede alcanzar un vago de siete suelas.
 Y aun cuando nos hemos adentrado en los confines de la conveniencia social, hay todavía otros aguijones que funcionan dentro de nosotros. Algo nos mantiene activos: la curiosidad, el juego, el humor, las fábulas, el aburrimiento. La mente es un órgano que no descansa. Hasta Emerson admitiría que el demonio encuentra trabajo para las manos ociosas.
 El estudio de la motivación es el estudio de todos esos impulsos y acicates -biológicos, sociales, psicológicos- que desafían nuestra pereza y nos mueven, de grado o por fuerza, a actuar. Los psicólogos hablan a veces como si el estudio de la motivación fuera su coto de caza particular; sin embargo, es un dominio mucho más extenso e indefinido que va desde la bioquímica en un extremo hasta la sociología, la economía y la antropología en el otro.  Participan en él muy diversos mecanismos y ninguna teoría unitaria dará jamás cuenta de todos ellos.
 Pero no siempre ha sido patente esta diversidad. La historia del tema ha sido una búsqueda pertinaz de un principio simple y soberano que explicara todo cuanto hacemos. El placer, el instinto, las facultades mentales, la volición, la pasión y la razón se hallan entre los candidatos propuestos para el título.
 A partir de Darwin el instinto se convirtió en la explicación favorita. Esta noción convenientemente vaga significaba que los hombres actúan como lo hacen porque han nacido así y porque no pueden evitarlo. En consecuencia, cuando la psicología trató, por primera vez, de hacerse científica, era lógico que intentara confeccionar un catálogo de todos los instintos con los que ha nacido el hombre.
 William James fue un catalogador sobremanera entusiasta. Mantuvo la opinión inusitada, pero interesante, de que los hombres nacen con muchos, muchísimos instintos, que se mantienen en actividad sólo durante el tiempo suficiente para establecer los hábitos necesarios y que luego, si el desarrollo se produce de manera natural, se esfuman tranquilamente. En 1890 mencionaba en su lista los siguientes:
 chupar, morder, masticar, lamer, gesticular, escupir, asir, señalar, llevarse a la boca, llorar, sonreír, volver la cabeza, levantar la cabeza, sentarse, ponerse de pie, andar a gatas, andar, trepar, vocalizar, imitar sonidos, imitar gestos, rivalidad, pugnacidad, ira, resentimiento, simpatía, cazar, miedo de los ruidos, miedo de las personas extrañas, miedo de los animales extraños, miedo de las cosas negras, miedo de los sitios altos, etc. atesorar, construir, jugar, curiosidad, sociabilidad, timidez, reserva, limpieza, modestia, vergüenza, amor, sexo, celos y amor paternal.
 Suponíase que todos esto instintos -y aún más- eran instintos humanos transitorios. Con tantas reacciones heredadas espoleándole, el niño tendría poco tiempo para holgar. "El reposo -dijo el amigo íntimo de James, el juez Oliver Wendell Homes, como si quisiera corregir a Emerson- no es el sino del hombre."
 Naturalmente, la lista de James no fue la última palabra. Cada nuevo autor proponía su propia versión. En 1908 una lista especialmente famosa confeccionada por William McDougall apareaba siete instintos humanos con sus emociones primarias correspondientes, de la siguiente manera:
 el instinto de volar y la emoción del miedo, el instinto de la repulsión y la emoción del asco, el instinto de la curiosidad y la emoción del asombro, el instinto de la pugnacidad y la emoción de la ira, el instinto de la autohumillación y la emoción de la sumisión, el instinto de la autoafirmación y la emoción del orgullo y el instinto de los cuidados paternales y la emoción de la ternura.
 Además de estos siete instintos, McDougall creía que había otros que no despertaban emociones tan específicas y bien definidas: la reproducción, el instinto gregario, la adquisición y la construcción. [...]
 En los años veinte los psicólogos norteamericanos se resolvieron  a tirar por la borda estas teorías demasiado exuberantes y empezar de nuevo. Gran parte de la conducta a la que se había denominado instintiva era, en realidad, adquirida por medio del aprendizaje.»

 

jueves, 20 de abril de 2017

"Imitación de Cristo".- Tomás de Kempis (1379-1471)

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 Segundo tratado
Capítulo X: Del agradecimiento por la gracia de Dios

 «¿Para qué buscar descanso, pues naciste para trabajo? Ponte a paciencia más que a consolación, a llevar cruz más que a tener alegría.
 Cierto no hay hombre en el mundo que no tomase muy de gana la consolación y alegría espiritual, si siempre la pudiese tener, porque las consolaciones espirituales exceden a todos los placeres del mundo y a los deleites de la carne, los cuales son torpes y vanos; mas los espirituales sólo son alegres y honestos, engendrados de las virtudes e infundidos de Dios en los corazones limpios.
 Mas no puede ninguno usar de contino de estas consolaciones divinas como quiere, porque el tiempo de la tentación pocas veces cesa.
 Muy contraria es a la soberana visitación la falsa libertad de ánima y la gran confianza de sí.
 Bien hace Dios dando la gracia de la consolación; mas el hombre hace mal no lo atribuyendo todo a Dios, haciéndole gracias.
 Y por esto no abundan en nos los dones de la gracia, porque somos ingratos al Hacedor y no lo atribuimos todo a la fuente original.
 Siempre se debe gracia al que dignamente es agradecido y es quitado al soberbio lo que se suele dar al humilde.
 No quiero consolación que me quite la compunción y conocimiento de mí mismo, ni deseo contemplación que me lleve en soberbia.
 Por cierto, no es santo todo lo alto; ni todo deseo, puro; ni todo lo dulce, bueno; ni todo lo que amamos, agradable a Dios.
 De grado acepto yo la gracia que me haga más humilde y temeroso y me disponga más a renunciarme a mí.
 El enseñado con el don de la gracia y avisado con el azote de haberla perdido no osará atribuirse a sí bien alguno; mas antes confesará ser pobre y desnudo.
 Da a Dios lo que es de Dios y atribuye a ti lo que es tuyo; esto es, da gracias a Dios por la gracia y a ti sólo atribuye la culpa y conoce serte debida por la culpa dignamente la pena.
 Ponte siempre en lo más bajo y darte han lo alto, porque no está lo muy alto sin lo hondo.
 Los grandes santos cerca de Dios son pequeños cerca de sí, y cuanto más gloriosos, tanto en sí más humildes, llenos de verdad y de gloria celestial; y no son codiciosos de gloria vana: fundados y confirmados en Dios, en ninguna manera pueden ser soberbios.
 Y los que atribuyen a Dios todo cuanto bien reciben, no buscan ser loados unos de otros, mas buscan la gloria que de sólo Dios viene y codician que sea Dios glorificado sobre todos en sí mismos y en todos los santos, y siempre tiene esto por fin.
 Pues, hermano, sé agradecido en lo poco y serás digno de recibir mayores cosas.
 Ten en  muy mucho lo poco y lo más despreciado por singular don porque si se mira a la dignidad del dador, ningún don te parecerá pequeño.
 Por cierto, no es poco lo que el soberano Dios da.
 Y aunque dé penas y azotes, se lo debemos agradecer; que siempre es para nuestra salud todo lo que permite que nos venga.
 El que desea guardar la gracia de Dios, agradézcale la gracia que le ha dado y sufra con paciencia cuando le fuere quitada.
 Haga oración continua para que le sea tornada, y sea cauto, prudente y humilde porque no la pierda.

Capítulo XI: De cuán pocos son los que aman la cruz de Cristo
 
 Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, mas muy poquitos que llevan su cruz.
 Tiene muchos que desean la consolación, y muy pocos que quieran la tribulación.
 Muchos compañeros para la mesa, y pocos para la abstinencia.
 Todos quieren gozar con Cristo, mas pocos quieren sufrir algo por Él.
 Muchos siguen a Jesús hasta el partir del pan, mas pocos a beber el cáliz de la Pasión.
 Muchos honran sus milagros, mas pocos siguen el vituperio de la cruz.
 Muchos aman a Jesús cuando no hay adversidades.
 Muchos le alaban y bendicen en el tiempo que reciben de Él consolaciones; mas si Jesús se escondiese y los dejase un poco, luego se quejarían o desesperarían.
 Mas los que aman a Jesús por el mismo Jesús y no por su propia consolación, bendícenlo en la tribulación y angustia tan bien como en la consolación.
 Y si nunca les quisiese dar consolación, siempre lo alabarían y harían gracias.
 ¡Oh, cuánto puede el amor puro de Jesús, sin mezcla de amor propio!
 Muy claro está que se pueden llamar propiamente mercenarios los que siempre buscan consolaciones.
 Ciertamente, más se aman a sí mismos que a Cristo los que de contino piensan en sus ganancias y provechos.
 ¿Dónde se hallará uno que sea tal que quiera servir a Dios de balde?
 Pocas veces se halla alguno tan espiritual que esté desnudo de todas las cosas.»
 

miércoles, 19 de abril de 2017

"Leyendas de la Tierra".- Dorothy Vitaliano (1916-2008)

 
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 IV.- Folklore sobre la forma de la tierra

 «A diferencia de las tectitas que, a pesar del interés que revisten desde el punto de vista científico, no tienen un valor económico, excepto como curiosidad  o piezas de museo, los depósitos de minerales reúnen un gran interés práctico. Sus orígenes han preocupado desde la antigüedad. La tribu de Ngadjuri, del sur de Australia, describe en un relato cómo se formaron dos depósitos de pigmentos naturales que ellos utilizan para pintarse cuando practican sus ritos. Desde algún lugar del norte llegó una anciana con dos perros salvajes, uno rojo y otro negro. La anciana era caníbal y los perros mataban gente para ella y compartían el festín, de modo que los pobladores abandonaban frecuentemente los terrenos en los que acampaban para así apartarse de su camino. Sin embargo, cuando se supo que se aproximaba a uno de sus campamentos más grandes, la gente decidió, en lugar de huir, matar al salvaje trío. Dos hermanos fueron elegidos para realizar la tarea y, armados de sus bumeráns, se dispusieron a hacerles frente. Uno de los jóvenes se escondió en un árbol y llamó a los perros para atraer su atención. El perro rojo lo divisó y se lanzó sobre el árbol, mientras el otro hermano salía de su escondrijo, detrás de un arbusto, y arrojaba el bumerán con tal habilidad que cortó al perro en dos. De nuevo, el joven que trepó al árbol llamó la atención del perro negro y éste corrió la misma suerte. Después, los hermanos mataron a la mujer caníbal y así concluyó aquella terrible amenaza. En el lugar en el que se derramó la sangre del perro rojo se formó un depósito de ocre de este color y donde se esparció la del perro negro, uno de ocre negro. (El ocre rojo es una forma impura, en polvo, del mineral de óxido de hierro, hematita; el negro, es una mezcla impura de óxido de manganeso y otros óxidos.)
 El descubrimiento de oro o plata es, en sí mismo, un acontecimiento fascinante. En nuestra memoria surgen historias que, frecuentemente, constituyen más bien folklore que realidad, acerca de depósitos particulares. Se supone que el descubrimiento de plata en Tonopah, en Nevada, en 1902, se debe a un mono del que se dice que pateó un trozo del metal, llamando así la atención de su amo, el buscador de yacimientos Jim Butler.
 Cuando los inicios de una empresa minera se pierden en las brumas del tiempo, las circunstancias que motivaron su descubrimiento adquieren visos de leyenda. Tal es la historia de Banská Stiavnica, una vieja ciudad minera de Eslovaquia que, según Tácito, producía oro y plata desde el siglo I a.C. (El oro y la plata hace mucho que ya no existen, pero el depósito de Banská Stiavnica aún contiene plomo, zinc y cobre.) De acuerdo con la leyenda, un hombre poseía dos salamandras, una de las cuales tenía la habilidad de oler el oro, y la otra la plata. Lo único que el hombre tenía que hacer era soltarlas, seguirlas a donde le condujeran y, si había oro o plata en el suelo, le indicaban dónde era preciso cavar. Estas salamandras, por tanto, le señalaron el lugar en el que se encontraba el mineral en Banská Stiavnica. La leyenda está tan firmemente unida a este depósito que el emblema del lugar presenta dos salamandras, y las procesiones festivas hasta allí están dirigidas por un hombre que lleva una figura exageradamente grande de una salamandra. No se sabe si alguna salamandra tuvo algo que ver con este descubrimiento... Cabe considerar que, quizás, alguien vio desaparecer una salamandra por un orificio, o debajo de una roca -lo que es completamente natural en el caso de una criatura que se sobresalta tan fácilmente- y puesto que desde siempre se ha atribuido a las salamandras un increíble poder mágico (incluida la habilidad de vivir en las llamas), se habría sentido impulsado a investigar y... ¡eureka!
 Retrocediendo un poco más en el tiempo, llegamos hasta el Jasón de la mitología clásica, cuya principal aventura, el apoderarse del Vellocino de Oro, presenta matices geológicos. Jasón, hijo de un rey de Tesalia, fue con sus acompañantes los Argonautas a capturar el Vellocino de Oro que se hallaba en un huerto sagrado en el reino de Cólquide, en Fasis (mar Negro), donde lo custodiaba un dragón que nunca dormía. Ayudado por la hechicera Medea, princesa de Cólquide, Jasón realizó hechos prodigiosos y finalmente consiguió apoderarse del Vellocino de Oro y escapar con él, llevando consigo, de regreso a Tesalia, a Medea. Una antigua interpretación de este mito indica que la expedición de los Argonautas era semi-pirata y que el Vellocino de Oro representa el botín que obtuvieron. Una posibilidad más interesante, desde el punto de vista geológico, ha sido expuesta por T.A. Rickard. En su opinión, Jasón es el antecesor espiritual de los Forty-Niners de California, los Sourdoughs del Klondike y todos los buscadores de oro de todos los tiempos. Parece que existía una tribu, llamada Tibareni, en la antigua Cólquide, que practicaba una técnica de búsqueda consistente en lavar mediante una corriente de agua los yacimientos que contenían oro, dejando correr el agua sobre pieles de oveja que retenían las auríferas partículas. Después de sacudir las escamas gruesas y las pepitas, colgaban los vellones en los árboles para que se secaran y, luego, los golpeaban para extraer el polvo de oro más fino. Fue el rumor acerca de estos "vellones de oro" lo que impulsó a Jasón a emprender su expedición a Cólquide. En esta explicación, dice Rickard, también se encuentra implícito el moderno método de flotación, según el cual el aceite natural de los vellones coge y retiene las partículas metálicas.
 El nombre de un pequeño yacimiento minero, hoy desaparecido, en la Paradise Range (Cordillera del Paraíso) de Nevada es Pactolus. Nunca se materializaron las esperanzas de encontrar oro allí. El nombre se debe a alguien que, sin duda, recibió una educación clásica. El río Pactolus, en Lidia, Asia Menor, era una fuente de aluvión aurífero en la antigüedad. La explicación geológica de cómo llegó allí el oro es prosaica si la comparamos con el mito que inspiró el nombre del yacimiento de Nevada.»

 

martes, 18 de abril de 2017

"La colina de Watership".- Richard Adams (1920)

 
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19.- Miedo en la oscuridad

«Sin duda, los agujeros eran toscos. -"Lo más apropiado para un grupo de vagabundos como nosotros", dijo Pelucón-, pero los que están exhaustos y aquellos que vagan por un territorio extraño no son escrupulosos respecto a su vivienda. Por lo menos había sitio para doce conejos y las conejeras estaban secas. Dos de las galerías -las que estaban entre los espinos- conducían directamente a agujeros excavados en la parte superior del subsuelo de greda. Los conejos no forran los lugares donde duermen y un suelo demasiado duro, casi rocoso, resulta muy incómodo para los que no están acostumbrados. No obstante, los agujeros del declive tenían galerías en la habitual forma de arco que bajaban a la greda y luego volvían a curvarse hacia arriba para acceder a conejeras con suelos de tierra batida. No había pasajes de comunicación, pero los conejos estaban demasiado cansados para preocuparse por eso. Durmieron cuatro en cada conejera, abrigados y seguros. Avellano permaneció despierto un buen rato, lamiendo la pata de Espino Cerval, que estaba rígida y sensible. Le tranquilizó descubrir que no había olor a infección, pero las cosas que había oído sobre las ratas le impulsaron a cuidar de que Espino Cerval hiciera mucho reposo y se mantuviera alejado de la suciedad hasta que la herida hubiese mejorado. "Es el tercero que se hace daño: no obstante, en conjunto, las cosas podrían haber ido mucho peor", pensó, adormeciéndose.
 La breve oscuridad de junio se escurrió en pocas horas. La luz volvió pronto a la alta colina, pero los conejos no se movieron. Siguieron durmiendo hasta mucho después del amanecer, en medio del silencio más profundo que habían conocido en su vida. Hoy en día, el nivel de ruido en campos y bosques es elevado, excesivo para ser tolerado por algunas especies de animales. Pocos lugares escapan al estrépito de la vida de los humanos: coches, autobuses, motocicletas, tractores, camiones. El ruido de una urbanización por la mañana puede oírse a gran distancia. La gente que graba el canto de los pájaros suele hacerlo muy temprano -antes de las seis-, siempre que puede. Pocos después, la invasión de ruidos lejanos en los bosques se torna demasiado alta y constante. Durante los últimos cincuenta años el silencio ha desaparecido en buena parte del mundo natural. Pero allí, a la colina de Watership, sólo llegaban débiles ecos de los ruidos de la llanura.
 El sol ya estaba alto, aunque no tanto como la colina, cuando Avellano despertó. Con él se encontraban en la conejera Espino Cerval, Quinto y Puchero. Era él el que estaba más cerca de la entrada y no los despertó cuando se deslizó hacia el corredor. Cuando salió al exterior se detuvo para hacer hraka y luego fue dando saltitos a través de los espinos hasta la hierba. Abajo, el campo aparecía cubierto de niebla temprana que ya empezaba a dispersarse. Aquí y allá, en la lejanía, se distinguían las formas de árboles y tejados de los que pendían jirones de niebla como olas que rompieran contra las rocas. No había nubes en el cielo y su azul intenso se tornaba en malva en la franja del horizonte. El viento había remitido y las arañas se habían escondido bajo la hierba. Sería un día muy caluroso.
 Avellano erró de un lado a otro como suelen hacer los conejos cuando comen: cinco o seis brincos lentos y oscilantes por la hierba; una pausa para mirar a su alrededor, sentados con las orejas tiesas: luego mordisquean otro rato y saltan de nuevo unos metros. Por primera vez en muchos días se sentía relajado y seguro. Empezó a preguntarse si habría muchas cosas que aprender sobre su nuevo hogar.
 "Quinto tenía razón -pensó. Éste es el lugar que nos conviene. Pero debemos acostumbrarnos a él y cuantos menos errores cometamos, mejor. Me pregunto qué fue de los conejos que hicieron estos agujeros. ¿Dejaron de correr o se limitaron a mudarse? Si pudiéramos encontrarlos, podrían contarnos muchas cosas."
 En ese momento vio a un conejo salir indeciso del agujero más apartado. Era Zarzamora. Él también hizo hraka, se rascó y entonces salió a plena luz y se peinó las orejas. Cuando empezó a comer, Avellano le alcanzó y siguió a su lado, mordisqueando las matas de hierba y yendo adonde se le antojaba a su amigo. Encontraron una mata de polígala -de un azul tan intenso como el del cielo-, con largos tallos que se arrastraban entre la hierba y unas flores diminutas que extendían sus pétalos como alas. Zarzamora la olió, pero las hojas eran ásperas y nada apetitosas.
 -¿Qué es esto? ¿Lo sabes? -preguntó.
 -No, no lo sé -dijo Avellano-. Nunca lo había visto.
 -Hay muchas cosas que no sabemos -dijo Zarzamora-. Acerca de este lugar, quiero decir: las plantas son nuevas, los olores son nuevos. También nosotros necesitamos ideas nuevas.
 -Bueno, tú eres el tipo de las ideas -observó Avellano-. Nunca sé nada hasta que tú me lo dices.
 -Pero tú vas al frente y arrostras los peligros antes que nadie -contestó Zarzamora-. Todos lo hemos visto. Y ahora nuestro viaje ha terminado, ¿verdad? Este lugar es tan seguro como vaticinó Quinto. Nada puede acercarse a nosotros sin que lo sepamos: es decir, mientras podamos olerlo, verlo y oírlo.
 -Todos podemos hacer eso.
 -Menos cuando dormimos: y no podemos ver en la oscuridad.
 -Pero la noche es oscura -dijo Avellano- y los conejos tienen que dormir.
 -¿A la intemperie?
 -Bueno, podemos seguir utilizando estos agujeros, si queremos, pero supongo que muchos se acostarán al aire libre. Después de todo, no puedes esperar que un grupo de conejos machos se ponga a cavar. Tal vez escarben un poco, como aquel día que cruzamos el berzal, pero nada más.
 -Eso es lo que estaba pensando -dijo Zarzamora-. Esos conejos que hemos dejado, Prímula y el resto, hacían muchas cosas que no eran naturales en los conejos, como clavar piedras en la tierra y llevarse comida bajo tierra y Frith sabe qué más.
 -Bien pensado, al Threarah le llevaban la lechuga bajo tierra.
 -Exactamente. ¿No lo entiendes? Cambiaban lo que los conejos hacen de modo natural porque pensaban que podían mejorar. Y si ellos cambiaban sus costumbres, también podemos hacerlo nosotros, si queremos. Dices que los conejos machos no cavan. Y es verdad. Pero podrían cavar si quisieran. Supón que tuviéramos madrigueras profundas y cómodas para dormir. Para protegernos del mal tiempo y estar a cubierto por la noche. Entonces sí que estaríamos seguros. Y no hay nada que nos impida tenerlas, excepto que los machos no quieren cavar. No es que no puedan, es que no quieren.
 -¿Qué piensas, entonces? -preguntó Avellano, interesado y reacio al mismo tiempo-. ¿Quieres que intentemos convertir estos agujeros en una buena madriguera?»
 

lunes, 17 de abril de 2017

"Carmen".- Prosper Mérimée (1803-1870)


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III

«He nacido -dijo- en Elizondo, en el valle de Batzán. Me llamo don José Lizarrabengoa y usted conoce lo bastante España, caballero, para que mi nombre le diga al instante que soy vasco y cristiano viejo. Si me pongo el don, es porque tengo derecho a ello, y si estuviera en Elizondo le enseñaría un pergamino con mi genealogía. Quisieron que fuera sacerdote, y me pusieron a estudiar, pero yo apenas sacaba provecho. Me gustaba demasiado el juego de la pelota y es lo que me ha perdido. Cuando jugamos a la pelota, nosotros los navarros, nos olvidamos de todo. Un día que había ganado yo, un muchacho de Álava se metió conmigo; cogimos las makilas y le vencí también; pero esto me obligó a marcharme del país. Encontré a unos dragones y me alisté en el regimiento de Almansa, en caballería. La gente de nuestras montañas aprende pronto el oficio militar. Ascendí enseguida a cabo y me habían prometido hacerme sargento cuando, para desdicha mía, me pusieron de guardia en la fábrica de tabacos de Sevilla. Si ha ido usted a Sevilla habrá visto ese gran edificio, extramuros, cerca del Guadalquivir. Me parece estar viendo todavía la puerta y, al lado, el cuerpo de guardia. Los españoles, cuando están de servicio, juegan a las cartas o duermen; yo, como buen navarro, trataba constantemente de estar ocupado. Me encontraba haciendo una cadena con alambre de latón, para sujetar la baqueta. De repente, los camaradas dicen:
 -La campana está tocando; las chicas van a entrar al trabajo.
 Sabrá, señor, que hay de cuatrocientas a quinientas mujeres empleadas en la fábrica. Son las que lían los cigarros en una gran sala, donde los hombres no entran sin un permiso del Veinticuatro, porque cuando hace calor, se aligeran de ropa, sobre todo las jóvenes. A la hora en que las obreras vuelven después de comer, muchos jóvenes van a verlas pasar y se las dicen de todos los colores. Pocas de ellas rehúsan una mantilla de glasé y los aficionados a esa pesca no tienen más que agacharse para coger el pez. Mientras los otros miraban, yo permanecía en mi banco, cerca de la puerta. Era joven entonces; siempre estaba pensando en mi tierra y no creía que hubiera chicas guapas sin faldas azules y sin trenzas cayéndoles por los hombros. Además, las andaluzas me daban miedo; no estaba aún acostumbrado a su manera de comportarse; siempre de broma, jamás una palabra en serio. Así pues, tenía yo la nariz en la cadena, cuando oigo a unos ciudadanos que decían:
 -¡Mira la gitanilla!
 Levanté los ojos y la vi. Era un viernes, nunca lo olvidaré. Vi a esa Carmen que usted conoce, en cuya casa le encontré hace algunos meses.
 Llevaba una falda roja muy corta que dejaba ver unas medias de seda blancas con más de un agujero, y bonitos zapatos de tafilete rojo, anudados con cinta color de fuego. Apartaba la mantilla para descubrir los hombros y un gran ramo de casia que sobresalía de la camisa. Tenía también una flor de casia en la comisura de la boca y avanzaba balanceándose sobre las caderas como una potranca de la remonta de Córdoba. Una mujer con ese traje en mi país habría hecho persignarse a la gente. En Sevilla, todos echaban algún piropo atrevido a su figura; respondía a cada uno mirando dulcemente con el rabillo del ojo, con el puño en la cadera, descarada como una auténtica gitana que era. Al principio no me agradó y reanudé mi trabajo; pero ella, como suelen hacer las mujeres y los gatos, que no vienen cuando se les llama y vienen cuando no se les llama, se paró ante mí y me dirigió la palabra:
 -Compadre -me dijo, a la manera andaluza-, ¿quieres darme la cadena para poner la llave de mi caja de caudales?
 -¡Es para colgar la aguja del fusil! -respondí.
 -¡La aguja! -exclamó riendo-. ¡Ah! El señor hace encaje, porque necesita agujas y alfileres.
 Todos los que allí estaban se echaron a reír y noté que me ponía colorado y era incapaz de responder.
 -¡Vamos, corazón mío -continuó ella-, hazme siete varas de encaje negro para una mantilla, alfilerero de mi alma!
 Y cogiendo la flor de casia que tenía en la boca, me la lanzó, con un movimiento del pulgar, exactamente entre los dos ojos. Caballero, me hizo el efecto de una bala que me alcanzaba... No sabía dónde meterme, me quedé inmóvil como un pasmarote. Cuando hubo entrado en la fábrica, vi que la flor de casia se había caído al suelo entre mis pies; no sé lo que me pasó, pero la cogí sin que mis camaradas se dieran cuenta y la guardé cuidadosamente en la guerrera. ¡Primera tontería!
 Dos o tres horas después, aún estaba pensando en ello, cuando llega jadeando al cuerpo de guardia un portero con la cara demudada. Nos dice que en la gran sala de cigarros habían asesinado a una mujer y que era preciso enviar la guardia. El sargento me ordena que tome dos hombres y vaya a ver. Tomo a mis hombres y subo. Figúrese usted, señor, que dentro de la sala encuentro en primer lugar trescientas mujeres en camisa, o poco menos, todas gritando, dando alaridos, gesticulando, haciendo un estruendo que no dejaría oír a Dios tronar. A un lado había una, patas arriba, cubierta de sangre, con una X en la cara que acababan de hacerle de dos navajazos. Frente a la malherida, socorrida por las mejores del grupo, veo a Carmen sujeta por cinco o seis comadres. La mujer herida gritaba:
 -¡Confesión! ¡Confesión! ¡Me muero!
 Carmen no decía nada, apretaba los dientes y movía los ojos como un camaleón.
 -¿Qué ocurre? -pregunté.
 Me las vi y me las deseé para saber lo que había pasado, porque todas las obreras me hablaban a la vez. Parece ser que la mujer herida se había jactado de tener dinero bastante en el bolsillo para comprar un burro en la feria de Triana.
 -¡Atiza! -dijo Carmen, que tenía la lengua expedita-. ¿No te basta con una escoba?
 La otra, herida por la afrenta, quizá porque se sentía sospechosa con ese objeto, responde que no entendía de escobas, por no tener el honor de ser gitana ni ahijada de Satanás, pero que la señorita Carmencita conocería muy pronto su burro, cuando el señor corregidor la llevara a pasear con dos lacayos por detrás para espantarla las moscas.
 -Pues yo te voy a hacer bebederos de moscas en la mejilla -dijo Carmen-, y quiero pintarte en ella un jabeque -después de esto, ¡zas! ¡zas! Con la navaja  de cortar la punta de los cigarros comienza a dibujarle en la cara cruces de San Andrés.
 El caso estaba claro; cogí a Carmen por un brazo:
 -Hermana -le dije cortésmente-, tienes que seguirme.»

 

domingo, 16 de abril de 2017

"La vida en un hilo".- Edgar Neville (1899-1967)

 
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 Parte primera

«Mercedes: Es muy bonito, tiene una montura antigua preciosa, pero no creo que mis tías tengan ningún interés en comprarse alhajas, y yo mucho menos; además, aún me quedan muchos meses de azabache. (Después de decir esto, levanta la vista y observa la atención con que la mira doña Tomasita. Al cabo de un cierto tiempo se echa a reír.) Vamos, doña Tomasita, que ya me está usted adivinando el porvenir.
 Tomasita: Yo no adivino el porvenir.
 Mercedes: Pues a mí me han dicho que solamente con mirar a los ojos a la gente sabe usted lo que les va a suceder.
 Tomasita: Pues no es así.
 Mercedes: ¿Entonces es que se me ha metido un carboncillo? (Hace como si se quitara algo de los ojos.)
 Tomasita: (Riendo.) No, señora; es que yo tengo una facultad de adivinadora, pero que desgraciadamente no consiste en adivinar el porvenir. Yo, mirando a los ojos, acabo descubriendo el pasado de las personas.
 Mercedes: Bueno, pero el pasado ya lo saben ellas.
 Tomasita: Pues verá usted, no es eso. Las personas saben solamente el pasado que vivieron, el pasado que les ocurrió, pero yo adivino el pasado que les estuvo rondando, el pasado que hubieran tenido si, un día de su vida, hubieran hecho un gesto en vez de otro, o hubieran mirado a la derecha en vez de mirar a la izquierda. La vida de las personas, como el alma está en un hilo, casi siempre se puede decir que depende del azar, y a todos nos llega un momento en la vida en el que hemos de dudar entre dos o más caminos, no sabemos cuál es el que vamos a seguir, cuál es el que nos conviene más, hasta que escogemos uno.
 Mercedes: ¿Y usted, en el fondo de los ojos, ve lo que hubiera sucedido si se hubiera elegido otro camino?
 Tomasita: Exactamente, eso es lo que yo veo. Pero, claro, eso no le interesa a nadie y por ello no he podido hacer ningún número en el teatro.
 Mercedes: ¿Y qué ha visto usted en mis ojos?
 Tomasita: Pues empiezo a ver cosas curiosas.
 Mercedes: Me extraña, porque mi vida ha sido muy sencilla y nunca se han presentado ante mí dos caminos.
 Tomasita: Me parece que se equivoca usted.
 Mercedes: No, no me equivoco. Desgraciadamente, mi vida ha sido muy monótona: la infancia, los estudios, mi encuentro con mi pobre marido, mi boda con él, y luego unos años sin ninguna variedad para terminar con su fallecimiento y con la herencia de este reloj que se va a encargar de llenar el resto de mi vida.
 Tomasita: No; se equivoca usted. Hubo un día crucial para usted, como lo hay para todo el mundo, y el suyo está muy claro. ¿Usted no se asusta como sus tías?
 Mercedes: No, yo no me asusto de nada. Ya ve usted, me han regalado este reloj y no me he subido encima de los muebles. Puede usted decirme lo que ha visto en mí.
 Tomasita: Pues claramente he visto que el mismo día que conoció a su marido, conoció usted a otro hombre.
 Mercedes: No creo, a Ramón le conocí en una tienda de flores y aquel día no había conocido a nadie más.
 Tomasita: Me parece que está usted equivocada, o puede que no se acuerde, pero se encontró usted en aquella tienda de flores con otro hombre.
 Mercedes: (Haciendo memoria.) ¡No...! ¡Ah! Bueno, un muchacho que... Pero no le llegué ni a conocer.
 Tomasita: Pues ese muchacho llevaba en él el germen de la felicidad. Si en vez de trabar amistad con el que luego fue su marido, lo hubiera hecho con ese otro hombre, su vida habría sido muy distinta; desde luego, menos sosegada y próspera que la que ha vivido, pero mucho más alegre y mucho más divertida, porque así  como este hombre traía en él, como le digo, el germen de su felicidad, su propio esposo, que en paz descanse, llevaba en él el germen del aburrimiento.
 Mercedes: (Que se ha ido interesando mucho.) ¡Y que lo diga!
 Tomasita: Ya ve usted si se ven cosas en el fondo de los ojos.
 Mercedes: ¿Y por qué no me dice usted cómo es ese hombre que lleva mi felicidad? ¿Cómo se llama? ¿Dónde vive?
 Tomasita: Desgraciadamente, no lo sé ni lo puedo saber. Yo veo, como si dijéramos, la figura de un hombre, pero sin rostro, con un rostro tan impreciso que no lo puedo describir, y tampoco sé el nombre, le tendría que poner un nombre cualquiera: José o Manolo o Miguel.
 Mercedes: Miguel me gusta.
 Tomasita: Y en cuanto a las señas, comprenderá usted que no es sitio los ojos para encontrarlas.
 Mercedes: ¡Qué lástima!
 Tomasita: Ya se dará usted cuenta que si yo, además de saber quién es el portador de la felicidad de las personas, supiera su nombre y su dirección, menudo negocio iba a hacer.
 Mercedes: (Riéndose.) Ya lo creo.
 Tomasita: Hay negocios parecidos, pero están mal vistos.
 Mercedes: (Riéndose.) Sí. Tenga usted el collar y siga mirándome para decirme cómo hubiera sido mi vida si aquel día hubiera cogido el otro camino. (Se acerca más a ella. Doña Tomasita la mira fijamente.)
 Tomasita: Pues verá, como le he dicho antes, la cosa comenzó en una tienda de flores, un día que llovía. Allí estaban, como ya recuerda, dos hombres. Los dos se iban a encontrar con usted, y la casualidad, que rige el destino de las personas muchas veces, hizo que eligiera usted uno en lugar de otro y que eso fuera una equivocación.»

 

sábado, 15 de abril de 2017

"Comentarios Reales de los Incas".- Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616)


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  Libro Segundo.
Capítulo XIII: De algunas leyes que los Incas tuvieron en su gobierno.

   «Nunca tuvieron pena pecuniaria ni confiscación de bienes, porque decían que castigar en la hacienda y dejar vivos los delincuentes no era desear quitar los malos de la república, sino la hacienda a los malhechores y dejarlos con más libertad para que hiciesen mayores males. Si algún curaca se rebelaba (que era lo que más rigurosamente castigaban los Incas) o hacía otro delito que mereciese pena de muerte, aunque se la diesen no quitaban el estado al sucesor, sino que se lo daban representándole la culpa y la pena de su padre, para que se guardase de otro tanto. Pedro de Cieza de León dice de los Incas a este propósito lo que sigue, capítulo veintiuno: "Y tuvieron otro aviso para no ser aborrecidos de los naturales, que nunca quitaron el señorío de ser caciques a los que le venían de herencia y eran naturales. Y si por ventura alguno cometía delito o se hallaba culpado en tal manera que mereciese ser desprivado del señorío que tenía, daban y encomendaban el cacicazgo a sus hijos o hermanos y mandaban que fuesen obedecidas por todos", etc. Hasta aquí es de Pedro de Cieza. Lo mismo guardaban en la guerra, que nunca descomponían los capitanes naturales de las provincias de donde era la gente que traían para la guerra: dejábanles con los oficios, aunque fuesen maeses de campo, y dábanles otros de la sangre real por superiores, y los capitanes holgaban mucho de servir como tenientes de los Incas, cuyos miembros decían que eran, siendo ministros y soldados suyos, lo cual tomaban los vasallos por grandísimo favor. No podía el juez arbitrar sobre la pena que la ley mandaba dar, sino que la había de ejecutar por entero, so pena de muerte por quebrantador del mandamiento real. Decían que dando licencia al juez para poder arbitrar, disminuían la majestad de la ley, hecha por el Rey de acuerdo al parecer de hombres tan graves y experimentados como los había en el Consejo, la cual experiencia y gravedad faltaba en los jueces particulares, y que era hacer venales los jueces y abrirles puerta para que, o por cohechos o por ruegos, pudiesen comprarles la justicia, de donde nacería grandísima confusión en la república, porque cada juez haría lo que quisiese y que no era razón que nadie se hiciese legislador sino ejecutor de lo que mandaba la ley, por rigurosa que fuese. Cierto, mirado el rigor que aquellas leyes tenían, que por la mayor parte (por liviano que fuese el delito, como hemos dicho) era la pena de muerte, se puede decir que eran leyes de bárbaros; empero, considerado bien el provecho que de aquel mismo rigor se le seguía a la república, se podría decir que eran leyes de gente prudente que deseaba extirpar los males de su república, porque de ejecutarse la pena de la ley con tanta severidad y de amar los hombres naturalmente la vida y aborrecer la muerte, venían a aborrecer el delito que la causaba, y de aquí nacía que apenas se ofrecía en todo el año delito que castigar en todo el Imperio del Inca, porque todo él, con ser mil y trescientas leguas de largo y haber tanta variedad de naciones y lenguas, se gobernaba por unas mismas leyes y ordenanzas, como si no fuera más de una sola casa. Valía también mucho, para que aquellas leyes las guardasen con amor y respeto, que las tenían por divinas, porque, como en su vana creencia tenían a sus Reyes por hijos del Sol y al Sol por su dios, tenían por mandamiento divino cualquiera común mandato del Rey, cuanto más las leyes particulares que hacía para el bien común. Y así decían ellos que el Sol las mandaba hacer y las revelaba a su hijo el Inca, y de aquí nacía tenerse por sacrílego y anatema el quebrantador de la ley, aunque no se supiese su delito. Y acaeció muchas veces que los tales delincuentes, acusados de su propia conciencia, venían a publicar ante la justicia sus ocultos pecados, porque demás de creer que su ánima se condenaba, creían por muy averiguado que por su causa y por su pecado venían los males a la república, como enfermedades, muertes y malos años y otra cualquiera desgracia común o particular, y decían que querían aplacar a su Dios con su muerte para que por su pecado no enviase más males al mundo. Y de estas confesiones públicas entiendo que ha nacido el querer afirmar los españoles historiadores que confesaban los indios del Perú en secreto, como hacemos los cristianos, y que tenían confesores diputados, lo cual es relación falsa de los indios, que lo dicen por adular los españoles y congraciarse con ellos respondiendo a las preguntas que les hacen conforme al gusto que sienten en el que les pregunta, y no conforme a la verdad. Que cierto no hubo confesiones secretas en los indios (hablo de los del Perú y no me entremeto en otras naciones, reinos o provincias que no conozco) sino las confesiones públicas que hemos dicho, pidiendo castigo ejemplar.
   No tuvieron apelaciones de un tribunal para otro en cualquier pleito que hubiese, civil o criminal, porque, no pudiendo arbitrar el juez, se ejecutaba llanamente en la primera sentencia la ley que trataba de aquel caso, y se fenecía el pleito, aunque, según el gobierno de aquellos Reyes y la vivienda de sus vasallos, pocos casos civiles se les ofrecían sobre qué pleitear. En cada pueblo había juez para los casos que allí se ofreciesen, el cual era obligado a ejecutar la ley en oyendo las partes, dentro de cinco días. Si se ofrecía algún caso de más calidad o atrocidad que los ordinarios, que requiriese juez superior, iban al pueblo metrópoli de la tal provincia y allí sentenciaban, que en cada cabeza de provincia había gobernador superior para todo lo que se ofreciese, porque ningún pleiteante saliese de su pueblo o de su provincia a pedir justicia. Porque los Reyes Incas entendieron bien que a los pobres, por su pobreza, no les estaba bien seguir su justicia fuera de su tierra ni en muchos tribunales, por los gastos que se hacen y molestias que se padecen, que muchas veces monta más esto que lo que van a pedir, por lo cual dejan perecer su justicia, principalmente si pleitean contra ricos y poderosos, los cuales, con su pujanza, ahogan la justicia de los pobres. Pues queriendo aquellos Príncipes remediar estos inconvenientes, no dieron lugar a que los jueces arbitrasen ni hubiese muchos tribunales ni los pleiteantes saliesen de sus provincias. De las sentencias que los jueces ordinarios daban en los pleitos hacían relación cada luna a otros jueces superiores y aquéllos a otros más superiores, que los había en la corte de muchos grados, conforme a la calidad y gravedad de los negocios, porque en todos los ministerios de la república había orden de menores a mayores hasta los supremos, que eran los presidentes o visorreyes de las cuatro partes del Imperio. La relación era para que viesen si se había administrado recta justicia, porque los jueces inferiores no se descuidasen de hacerla, y, no la habiendo hecho, eran castigados rigurosamente. Esto era como residencia secreta que les tomaban cada mes. La manera de dar estos avisos al Inca y a los de su Consejo Supremo era por nudos dados en cordoncillos de diversos colores, que por ellos se entendían como por cifras. Porque los nudos de tales y tales colores decían los delitos que se habían castigado, y ciertos hilillos de diferentes colores que iban asidos a los cordones más gruesos decían la pena que se había dado y la ley que se había ejecutado. Y de esta manera se entendían, porque no tuvieron letras, y adelante haremos capítulo aparte donde se dará más larga relación de la manera del contar que tuvieron por estos nudos, que, cierto, muchas veces ha causado admiración a los españoles ver que los mayores contadores de ellos yerren en su aritmética y que los indios estén tan ciertos en las suyas de particiones y compañías, que, cuanto más dificultosas, tanto más fáciles se muestran, porque los que las manejan no entienden en otra cosa de día y de noche y así están diestrísimos en ellas.
  Si se levantaba alguna disensión entre dos reinos y provincias sobre los términos o sobre los pastos, enviaba el Inca un juez de los de sangre real, que, habiéndose informado y visto por sus ojos lo que a ambas partes convenía, procurase concertarlas, y el concierto que se hiciese diese por sentencia en nombre del Inca, que quedase por ley inviolable, como pronunciada por el mismo Rey. Cuando el juez no podía concertar las partes, daba relación al Inca de lo que había hecho, con aviso de lo que convenía a cada una de las partes y de lo que ellas dificultaban, con lo cual daba el Inca la sentencia hecha ley, y cuando no le satisfacía la relación del juez, mandaba se suspendiese el pleito hasta la primera vista que hiciese de aquel distrito, para que, habiéndolo visto por sus ojos, lo sentenciase él mismo. Esto tenían los vasallos por grandísima merced y favor del Inca.»
 
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Si quieres escuchar , un homenaje al piano, de Francisco González Gamarra, clica aquí: Homenaje al Inca Garcilaso de la Vega.