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domingo, 1 de marzo de 2020

Imagino un largo camino.- Rachel Ingalls (1940)

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La herencia

«Aquella tarde ella y Carl tomaron el té con Theodore, que les habló de las obligaciones que entrañaba llevar una hacienda grande como aquélla y los problemas de envejecer sin herederos.
 -Tienes que dejárselo todo a las instituciones -les dijo-. Y hacerlo de tal forma que la generación siguiente no tenga que discutir continuamente qué era lo que realmente querías tú.
 Carla dijo entonces que ella estaba de acuerdo con su abuela, que debías regalar simplemente tus bienes y que los demás hicieran con ellos lo que quisieran. Daba vueltas y vueltas al anillo de su abuela mientras hablaba. No era fácil contradecir a Theodore.
 -Una o dos baratijas no pueden compararse con una inmensa extensión de tierra -dijo él.
 -El principio me parece el mismo. El futuro puede ser completamente distinto. La forma de vivir la gente, las circunstancias de su...
 -El futuro -afirmó Theodore- puede controlarse desde el pasado. Una buena planificación asegura que el futuro sea como quieres que sea. Hay que mirar el futuro, eso es todo.
 -Nadie lo ha conseguido nunca.
 -Yo estoy de acuerdo con tu tío -dijo Carl.
 -¿Eh?
 -Pues claro. Es sólo cuestión de organización. Es política.
 -Desde luego -dijo ella.
 -Exacto. -Carl miró a Theodore como buscando confirmación a sus palabras, y añadió: -Y la sistematización de la herencia.
 -¿Qué quieres decir?
 -Quiero decir que lo importante de superar los períodos de Neanderthal y Cro-Magnon es que una vez que has conseguido un buen cerebro puedes conseguir que las personas con inteligencia inferior a la tuya trabajen para ti. Y que si te reproduces exclusivamente con los de tu clase, los tuyos serán cada vez más inteligentes, mientras que los suyos experimentarán una degeneración progresiva y serán cada vez más estúpidos hasta llegar a ser totalmente incapaces de regir su propia existencia sin el control de otros.
 -¿Y es así como opera la herencia? Creía que se daba por sentado que había saltos; ya sabes, las similitudes aparecen tangencialmente y entre generaciones separadas por tres o cuatro etapas.
 -No -dijo categóricamente Carl-. No tienes más que fijarte en los galgos y los caballos. Es cuestión de controlar la reproducción.
 El tío Theodore asintió. Miró a Carl con aprobación. El origen de la teoría era evidente.
 -Aun en el caso de que eso fuera cierto, que no lo creo -dijo Carla-, ¿sería correcto no considerar iguales a las personas porque sean tontas o inferiores por su nacimiento?
 -Pues claro, es absolutamente correcto -respondió Theodore, asumiendo el mando- impedir que ocupen una posición de poder para la que no están en absoluto cualificados.
Resultado de imagen de imagino un largo camino -Pero si cambias las circunstancias, la educación y la enseñanza de las personas, cambias también sus aptitudes.
 -No, no se puede hacer nada con una raza deficiente.
 Se sentía bastante irritada como para proseguir la discusión, aunque dispersara la reunión. Cuando abrió la boca para empezar vio que todos los demás estaban de parte de Theodore. Más valdría dejarlo.
 -La verdad, no estoy de acuerdo -dijo.
 Kristel soltó una risilla y comentó que siempre había creído que lo mejor era dejar los debates sobre estos temas políticos importantes a los hombres. Regina le lanzó una mirada despectiva.
 -El futuro es cosa nuestra -dijo Theodore-. Como el presente.
 Carla se llevó la taza a los labios. Tal vez la manía del control, como toda aquella vía de razonamiento, tuviera relación con el hecho de que aquellas personas no tenían generaciones que las siguieran. El futuro significaba hijos. Ahora se alegraba al fin de no haber tenido ninguno. Recordó una de las peleas que había tenido con su marido, de pronto pudo recordar incluso, con absoluta precisión, los tonos de voces gritándose.
 "¿Cuándo vas a quedar embarazada?", le había gritado él.
 "Cuando dejes de acostarte con quien te da la gana", le había gritado ella a su vez.
 "No pienso dejar de hacerlo -le había contestado él-. Me gusta. Es mucho más divertido que tú en este momento."
 Y así sucesivamente. La situación se había prolongado tiempo y tiempo. Y durante todo aquel tiempo ella había deseado tener hijos aunque también sabía que independientemente de lo que dijera, la dejaría en cuanto los tuviera. Le detestaba más que a nada en el mundo y sentía verdaderos deseos de matarle una y otra vez..., una sola no bastaría.
 Apretó con fuerza la taza, con la vista clavada en la alfombra. Todavía le quería y eso empeoraba las cosas. El matrimonio no podía haber terminado de otro modo, pero aún se sorprendía deseando que todo hubiera sido diferente. El pasado determina el futuro, pero el presente siempre le parecía caótico e incontrolable.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Edhasa, 1990, en traducción de Ángela Pérez. ISBN: 84-350-1345-6.]

lunes, 2 de septiembre de 2019

El libro de arena.- Jorge Luis Borges (1899-1986)

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Utopía de un hombre que está cansado

«El camino era desparejo. Empezó a caer la lluvia. A unos doscientos o trescientos metros vi la luz de una casa. Era baja y rectangular y cercada de árboles. Me abrió la puerta un hombre tan alto que casi me dio miedo. Estaba vestido de gris. Sentí que esperaba a alguien. No había cerradura en la puerta.
 Entramos en una larga habitación con las paredes de madera. Pendía del cielo raso una lámpara de luz amarillenta. La mesa, por alguna razón, me extrañó. En la mesa había una clepsidra, la primera que he visto fuera de algún grabado en acero. El hombre me indicó una de las sillas.
 Ensayé diversos idiomas y no nos entendimos. Cuando él habló lo hizo en latín. Junté mis ya lejanas memorias de bachiller y me preparé para el diálogo.
 -Por la ropa -me dijo- veo que llegas de otro siglo. La diversidad de las lenguas favorecía la diversidad de los pueblos y aun de las guerras; la tierra ha regresado al latín. Hay quienes temen que vuelva a degenerar en francés, en lemosín o en papiamento, pero el riesgo no es inmediato. Por lo demás, ni lo que ha sido ni lo que será me interesan.
 [...] Los rasgos de mi huésped eran agudos y tenía algo singular en los ojos. No olvidaré ese rostro severo y pálido que no volveré a ver. No gesticulaba al hablar.
 Me trababa la obligación del latín, pero finalmente le dije:
 -¿No te asombra mi súbita aparición?
 -No -me replicó-, tales visitas nos ocurren de siglo en siglo. No duran mucho, a más tardar estarás mañana en tu casa.
 La certidumbre de su voz me bastó. Juzgué prudente presentarme:
 -Soy Eudoro Acevedo. Nací en 1897, en la ciudad de Buenos Aires. He cumplido ya setenta años. Soy profesor de letras inglesas y americanas y escritor de cuentos fantásticos.
 -Recuerdo haber leído sin desagrado -me contestó- dos cuentos fantásticos. Los Viajes del Capitán Lemuel Gulliver, que muchos consideran verídicos, y la Suma Teológica. Pero no hablemos de hechos. Ya a nadie le importan los hechos. Son meros puntos de partida para la invención y el razonamiento. En las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido. Ante todo el olvido de lo personal y local. Vivimos en el tiempo, que es sucesivo, pero tratamos de vivir sub specie aeternitatis. Del pasado nos quedan algunos nombres, que el lenguaje tiende a olvidar. Eludimos las inútiles precisiones. No hay cronología ni historia. No hay tampoco estadísticas. Me has dicho que te llamas Eudoro; yo no puedo decirte cómo me llamo, porque me dicen alguien.
 -¿Y cómo se llamaba tu padre?
 -No se llamaba.
 En una de las paredes vi un anaquel. Abrí un volumen al azar; las letras eran claras e indescifrables y trazadas a mano. Sus líneas angulares me recordaron el alfabeto rúnico que, sin embargo, sólo se empleó para la escritura epigráfica. Pensé que los hombres del porvenir no eran más altos sino más diestros. Instintivamente miré los largos y finos dedos del hombre.
 Éste me dijo:
 -Ahora vas a ver algo que nunca has visto.
 Me tendió con cuidado un ejemplar de la Utopía de Moro, impreso en Basilea en el año 1518 y en el que faltaban hojas y láminas.
 No sin fatuidad repliqué:
 -Es un libro impreso. En casa habrá más de dos mil, aunque no tan antiguos ni tan preciosos.
 Leí en voz alta el título.
 El otro se rio.
 -Nadie puede leer dos mil libros. En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de una media docena. Además, no importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios.
 -En mi curioso ayer -contesté-, prevalecía la superstición de que entre cada tarde y cada mañana ocurren hechos que es una vergüenza ignorar. El planeta estaba poblado de espectros colectivos, el Canadá, el Brasil, el Congo Suizo y el Mercado Común. Casi nadie sabía la historia previa de esos entes platónicos, pero sí los más íntimos pormenores del último congreso de pedagogos, la inminente ruptura de relaciones y los mensajes que los presidentes mandaban, elaborados por el secretario del secretario con la prudente imprecisión que era propia del género.
 Todo esto se leía para el olvido, porque a las pocas horas lo borrarían otras trivialidades. De todas las funciones, la de político era sin duda la más pública. Un embajador o un ministro era una suerte de lisiado que era preciso trasladar en largos y ruidosos vehículos, cercado de ciclistas y granaderos y aguardado por ansiosos fotógrafos. Parece que les hubieran cortado los pies, solía decir mi madre. Las imágenes y la letra impresa eran más reales que las cosas. Sólo lo publicado era verdadero. Esse est percipi (ser es ser retratado) era el principio, el medio y el fin de nuestro singular concepto dl mundo. En el ayer que me tocó, la gente era ingenua; creía que una mercadería era buena porque así lo afirmaba y lo repetía su propio fabricante. También eran frecuentes los robos, aunque nadie ignoraba que la posesión de dinero no da mayor felicidad ni mayor quietud.
 -¿Dinero? -repitió-. Ya no hay quien adolezca de pobreza, que habrá sido insufrible, ni de riqueza, que habrá sido la forma más incómoda de la vulgaridad. Cada cual ejerce un oficio.
 -Como los rabinos -le dije.
 Pareció no entender y prosiguió.
 -Tampoco hay ciudades. A juzgar por las ruinas de Bahía Blanca, que tuve la curiosidad de explorar, no se ha perdido mucho. Ya que no hay posesiones, no hay herencias. Cuando el hombre madura a los cien años, está listo a enfrentarse consigo mismo y con su soledad. Ya ha engendrado un hijo.
 -¿Un hijo? -pregunté.
 -Sí. Uno solo. No conviene fomentar el género humano. Hay quienes piensan que es un órgano de la divinidad para tener conciencia del universo, pero nadie sabe con certidumbre si hay tal divinidad. Creo que ahora se discuten las ventajas y desventajas de un suicidio gradual o simultáneo de todos los hombres del mundo. Pero volvamos a lo nuestro.
 Asentí.
 -Cumplidos los cien años, el individuo puede prescindir del amor y de la amistad. Los males y la muerte involuntaria no lo amenazan. Ejerce alguna de las artes, la filosofía, las matemáticas o juega a un ajedrez solitario. Cuando quiere se mata. Dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1980. ISBN: 84-206-1662-1.]

sábado, 10 de agosto de 2019

Economía: las reglas del juego.- Michel Didier (1940)

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Capítulo 12: La economía y la justicia social
La desigualdad y la injusticia son realidades difíciles de medir

«El debate sobre la desigualdad social se parece a un diálogo de sordos. Se está de acuerdo en reconocer confusamente el hecho de las desigualdades, pero es tan compleja la realidad que se escapa de entre los dedos cuando se le quiere dar un contenido preciso.
 Pongamos por caso la desigualdad de las rentas, que es con mucho el caso más simple: "La dificultad, la ambigüedad de las discusiones viene del hecho de que la desigualdad de las rentas no se mide en números como la longitud de una mesa", escribe el Centro de Estudios de Rentas y Costes y explica las razones:
 1.-Una persona percibe rentas que tienen varias procedencias: salarios, primas, intereses de inversiones, alquileres, etc. ¿Se está hablando de la desigualdad de un tipo de renta particular (las desigualdades del salario, por ejemplo) o de la desigualdad del total de las rentas?
 2.-Por otra parte, las rentas individuales se comparten en un presupuesto familiar. Entre un soltero que gane 10.000 francos mensuales, un matrimonio en el que cada uno gane 8.000 francos (lo que arroja la cantidad de 16.000) y una familia con dos hijos que disponga de 23.000 francos, ¿quién es el más favorecido? No hay una respuesta indiscutible a esta pregunta. Es posible que se viva mejor con 16.000 francos para dos que con 10.000 para uno solo, ya que la vida en común permite compartir ciertos gastos. Pero el ahorro que resulte de los gastos comunes dependerá de la organización del hogar, que no es igual para todos.
 3.-También habrá que tener en cuenta todo el contexto. Con una misma renta se vive de muy diferente forma en la ciudad o en el campo, en el norte o en el sur, a los treinta años o a los sesenta. Un matrimonio joven tiene que equipar su casa y su renta se ve en cierto modo "amputada" por estos gastos. Con la misma renta un matrimonio de más edad y bien instalado goza de un margen de consumo muy superior.
 4.-En el capítulo 2º demostramos ya la diferencia que existe entre el salario convencional que sirve de base a la nómina y el que el asalariado cobra en realidad, habida cuenta de las primas y, después, de las retenciones de la Seguridad Social y de pensiones. Para apreciar la desigualdad de las rentas es preferible manejar el resultado final, es decir, lo que entra en el presupuesto familiar. Dentro de esta lógica, y yendo hasta el final del razonamiento, convendría calcular la renta disponible de cada uno, agregando los subsidios familiares recibidos, las prestaciones familiares, las ayudas a la vivienda, etc. y restando luego los impuestos pagados, ya que los impuestos son progresivos y modifican la escala de las rentas.
 Sin embargo, algunas de estas correcciones, cuyo principio está generalmente admitido, tuercen un poco la realidad. Por ejemplo, las cuotas de pensiones complementarias altas disminuyen la renta disponible; pero constituyen también una inversión para el futuro. A renta disponible igual, es mucho mejor acumular una jubilación mejor. Esta desigualdad se desdibuja si se toma como criterio de comparación la renta disponible.
 5.-Por último, dando como resueltos los problemas de estimación estadística, subsiste una dificultad de principio y más fundamental. La reivindicación de una mayor igualdad encuentra su fundamento y su fuerza en la necesidad de justicia que todos llevamos dentro. Pero, si Igualdad y Justicia son dos nociones próximas, no llegan a confundirse. Hay desigualdades chocantes y escandalosas y hay otras que se consideran equitativas y, en cierto modo, deseables.
 Al combatir las desigualdades sin discernimiento, se corre el riesgo de cometer injusticias en nombre de la justicia. Pongamos como ejemplo el "efecto de carrera". Se considera como normal en la mayor parte de las profesiones que la remuneración aumente con la antigüedad. Esta prima a la antigüedad, en una comparación bruta de rentas, se mezcla con todas las demás rentas y aparece como una desigualdad. Ahora bien, esta desigualdad no es una injusticia y, en general, la reclaman todos los interesados. Es la contrapartida a una mayor experiencia en la profesión y a una mejor productividad. El hecho de que esta desigualdad sea considerada como justa significa claramente que, por una parte, la eficacia y la justicia se sitúan en registros diferentes; por otra, que el sentimiento de justicia es un estado de opinión ligado a los valores morales y sociales del momento. No todo el mundo necesita lo mismo. Esta doble confrontación, por un lado, entre la eficacia y la justicia y, por otro, entre las diferentes concepciones de la justicia plantea a los economistas problemas temibles.

 ¿El mercado contra la justicia?

 Para las democracias que proclaman la libertad, el contrato social es un compromiso entre dos tipos de valores: los valores materiales, cuya circulación depende del mercado, y los valores sociales, que están regulados por ley y que son objeto de derechos.
 En teoría, se podría concebir que toda la organización social reposa sobre leyes y sobre una burocracia que las aplica. Se sabe, sin embargo, que las sociedades que han aplicado este principio hasta sus últimas consecuencias han estado siempre inclinadas a suprimir todas las libertades y a hundirse en la confusión. Se podría, a la inversa, concebir una sociedad en la que todo se pudiera comprar y vender libremente: los bienes económicos, una papeleta de voto, una mujer o el fallo de un tribunal. Además de que sería francamente intolerable para algunos, una sociedad semejante no podría funcionar sin que se garantizaran a cada uno ciertos derechos fundamentales, al menos el derecho a vivir en paz y el de obtener el pago de las ventas. De hecho, ya lo hemos dicho, todo sistema social estable combina siempre en grados diversos la libertad de mercado, el imperativo de la ley y la adhesión a la tradición. Nuestra concepción del orden y de la justicia social nos lleva a preservar del todopoderoso don Dinero el ámbito de los valores fundamentales. El campo de los valores preservados constituye el ámbito de los derechos.
 A diferencia de los bienes, los derechos se atribuyen por igual a todo el mundo. La atribución de los derechos no está ligada a un mérito o a un esfuerzo personal, sino que se deriva del principio "un hombre, un voto". El ejemplo típico es el derecho de voto. La característica de un derecho, incluso limitado, es que no se puede cambiar por dinero y que la regla de atribución está fijada para todos.
 En el libro primero del Contrato Social, Juan Jacobo Rousseau se propone "unir siempre en esta búsqueda lo que el derecho permite con lo que el interés prescribe, a fin de que la justicia y la utilidad no se encuentren separadas". Sería, en efecto, un error considerar que los derechos y el dinero son dos campos de la actividad extraños entre sí. El campo del dinero está regido también por leyes. En una sociedad hay varios tipos de lazos entre los hombres: las relaciones creadas por el intercambio de bienes por dinero, motivadas por el interés, y las relaciones impuestas por la ley y el derecho, que persiguen la equidad. [...] La cuestión que ahora nos planteamos es la siguiente: ¿está el funcionamiento espontáneo del mercado en contradicción con los principios de la justicia? Para poder responder hay que volver al mecanismo del reparto de rentas en el mercado libre. El punto de vista tradicional es que, en los mecanismos del mercado libre, una "mano invisible" da a cada uno aquello que le corresponde. Y que la retribución de cada uno es igual a su contribución a la producción.»
 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Deusto, 1991. ISBN: 84-234-0891-4.]

sábado, 15 de abril de 2017

"Comentarios Reales de los Incas".- Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616)


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  Libro Segundo.
Capítulo XIII: De algunas leyes que los Incas tuvieron en su gobierno.

   «Nunca tuvieron pena pecuniaria ni confiscación de bienes, porque decían que castigar en la hacienda y dejar vivos los delincuentes no era desear quitar los malos de la república, sino la hacienda a los malhechores y dejarlos con más libertad para que hiciesen mayores males. Si algún curaca se rebelaba (que era lo que más rigurosamente castigaban los Incas) o hacía otro delito que mereciese pena de muerte, aunque se la diesen no quitaban el estado al sucesor, sino que se lo daban representándole la culpa y la pena de su padre, para que se guardase de otro tanto. Pedro de Cieza de León dice de los Incas a este propósito lo que sigue, capítulo veintiuno: "Y tuvieron otro aviso para no ser aborrecidos de los naturales, que nunca quitaron el señorío de ser caciques a los que le venían de herencia y eran naturales. Y si por ventura alguno cometía delito o se hallaba culpado en tal manera que mereciese ser desprivado del señorío que tenía, daban y encomendaban el cacicazgo a sus hijos o hermanos y mandaban que fuesen obedecidas por todos", etc. Hasta aquí es de Pedro de Cieza. Lo mismo guardaban en la guerra, que nunca descomponían los capitanes naturales de las provincias de donde era la gente que traían para la guerra: dejábanles con los oficios, aunque fuesen maeses de campo, y dábanles otros de la sangre real por superiores, y los capitanes holgaban mucho de servir como tenientes de los Incas, cuyos miembros decían que eran, siendo ministros y soldados suyos, lo cual tomaban los vasallos por grandísimo favor. No podía el juez arbitrar sobre la pena que la ley mandaba dar, sino que la había de ejecutar por entero, so pena de muerte por quebrantador del mandamiento real. Decían que dando licencia al juez para poder arbitrar, disminuían la majestad de la ley, hecha por el Rey de acuerdo al parecer de hombres tan graves y experimentados como los había en el Consejo, la cual experiencia y gravedad faltaba en los jueces particulares, y que era hacer venales los jueces y abrirles puerta para que, o por cohechos o por ruegos, pudiesen comprarles la justicia, de donde nacería grandísima confusión en la república, porque cada juez haría lo que quisiese y que no era razón que nadie se hiciese legislador sino ejecutor de lo que mandaba la ley, por rigurosa que fuese. Cierto, mirado el rigor que aquellas leyes tenían, que por la mayor parte (por liviano que fuese el delito, como hemos dicho) era la pena de muerte, se puede decir que eran leyes de bárbaros; empero, considerado bien el provecho que de aquel mismo rigor se le seguía a la república, se podría decir que eran leyes de gente prudente que deseaba extirpar los males de su república, porque de ejecutarse la pena de la ley con tanta severidad y de amar los hombres naturalmente la vida y aborrecer la muerte, venían a aborrecer el delito que la causaba, y de aquí nacía que apenas se ofrecía en todo el año delito que castigar en todo el Imperio del Inca, porque todo él, con ser mil y trescientas leguas de largo y haber tanta variedad de naciones y lenguas, se gobernaba por unas mismas leyes y ordenanzas, como si no fuera más de una sola casa. Valía también mucho, para que aquellas leyes las guardasen con amor y respeto, que las tenían por divinas, porque, como en su vana creencia tenían a sus Reyes por hijos del Sol y al Sol por su dios, tenían por mandamiento divino cualquiera común mandato del Rey, cuanto más las leyes particulares que hacía para el bien común. Y así decían ellos que el Sol las mandaba hacer y las revelaba a su hijo el Inca, y de aquí nacía tenerse por sacrílego y anatema el quebrantador de la ley, aunque no se supiese su delito. Y acaeció muchas veces que los tales delincuentes, acusados de su propia conciencia, venían a publicar ante la justicia sus ocultos pecados, porque demás de creer que su ánima se condenaba, creían por muy averiguado que por su causa y por su pecado venían los males a la república, como enfermedades, muertes y malos años y otra cualquiera desgracia común o particular, y decían que querían aplacar a su Dios con su muerte para que por su pecado no enviase más males al mundo. Y de estas confesiones públicas entiendo que ha nacido el querer afirmar los españoles historiadores que confesaban los indios del Perú en secreto, como hacemos los cristianos, y que tenían confesores diputados, lo cual es relación falsa de los indios, que lo dicen por adular los españoles y congraciarse con ellos respondiendo a las preguntas que les hacen conforme al gusto que sienten en el que les pregunta, y no conforme a la verdad. Que cierto no hubo confesiones secretas en los indios (hablo de los del Perú y no me entremeto en otras naciones, reinos o provincias que no conozco) sino las confesiones públicas que hemos dicho, pidiendo castigo ejemplar.
   No tuvieron apelaciones de un tribunal para otro en cualquier pleito que hubiese, civil o criminal, porque, no pudiendo arbitrar el juez, se ejecutaba llanamente en la primera sentencia la ley que trataba de aquel caso, y se fenecía el pleito, aunque, según el gobierno de aquellos Reyes y la vivienda de sus vasallos, pocos casos civiles se les ofrecían sobre qué pleitear. En cada pueblo había juez para los casos que allí se ofreciesen, el cual era obligado a ejecutar la ley en oyendo las partes, dentro de cinco días. Si se ofrecía algún caso de más calidad o atrocidad que los ordinarios, que requiriese juez superior, iban al pueblo metrópoli de la tal provincia y allí sentenciaban, que en cada cabeza de provincia había gobernador superior para todo lo que se ofreciese, porque ningún pleiteante saliese de su pueblo o de su provincia a pedir justicia. Porque los Reyes Incas entendieron bien que a los pobres, por su pobreza, no les estaba bien seguir su justicia fuera de su tierra ni en muchos tribunales, por los gastos que se hacen y molestias que se padecen, que muchas veces monta más esto que lo que van a pedir, por lo cual dejan perecer su justicia, principalmente si pleitean contra ricos y poderosos, los cuales, con su pujanza, ahogan la justicia de los pobres. Pues queriendo aquellos Príncipes remediar estos inconvenientes, no dieron lugar a que los jueces arbitrasen ni hubiese muchos tribunales ni los pleiteantes saliesen de sus provincias. De las sentencias que los jueces ordinarios daban en los pleitos hacían relación cada luna a otros jueces superiores y aquéllos a otros más superiores, que los había en la corte de muchos grados, conforme a la calidad y gravedad de los negocios, porque en todos los ministerios de la república había orden de menores a mayores hasta los supremos, que eran los presidentes o visorreyes de las cuatro partes del Imperio. La relación era para que viesen si se había administrado recta justicia, porque los jueces inferiores no se descuidasen de hacerla, y, no la habiendo hecho, eran castigados rigurosamente. Esto era como residencia secreta que les tomaban cada mes. La manera de dar estos avisos al Inca y a los de su Consejo Supremo era por nudos dados en cordoncillos de diversos colores, que por ellos se entendían como por cifras. Porque los nudos de tales y tales colores decían los delitos que se habían castigado, y ciertos hilillos de diferentes colores que iban asidos a los cordones más gruesos decían la pena que se había dado y la ley que se había ejecutado. Y de esta manera se entendían, porque no tuvieron letras, y adelante haremos capítulo aparte donde se dará más larga relación de la manera del contar que tuvieron por estos nudos, que, cierto, muchas veces ha causado admiración a los españoles ver que los mayores contadores de ellos yerren en su aritmética y que los indios estén tan ciertos en las suyas de particiones y compañías, que, cuanto más dificultosas, tanto más fáciles se muestran, porque los que las manejan no entienden en otra cosa de día y de noche y así están diestrísimos en ellas.
  Si se levantaba alguna disensión entre dos reinos y provincias sobre los términos o sobre los pastos, enviaba el Inca un juez de los de sangre real, que, habiéndose informado y visto por sus ojos lo que a ambas partes convenía, procurase concertarlas, y el concierto que se hiciese diese por sentencia en nombre del Inca, que quedase por ley inviolable, como pronunciada por el mismo Rey. Cuando el juez no podía concertar las partes, daba relación al Inca de lo que había hecho, con aviso de lo que convenía a cada una de las partes y de lo que ellas dificultaban, con lo cual daba el Inca la sentencia hecha ley, y cuando no le satisfacía la relación del juez, mandaba se suspendiese el pleito hasta la primera vista que hiciese de aquel distrito, para que, habiéndolo visto por sus ojos, lo sentenciase él mismo. Esto tenían los vasallos por grandísima merced y favor del Inca.»
 
*************
 
Si quieres escuchar , un homenaje al piano, de Francisco González Gamarra, clica aquí: Homenaje al Inca Garcilaso de la Vega.




jueves, 18 de junio de 2015

"Archipiélago Gulag (1918-1956)".- Alexandr Solzhenitsyn (1918-2008)


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Las naves del Archipiélago

 "Más te valdría dejar cuanto antes de ser un panoli, un ridículo novato, víctima y presa. Porque de cada cien veces, noventa y cinco la carta no llega a destino. Y en caso de que llegue, no será alegría lo que traiga a tu casa. ¡Se acabó el medir tu vida, tu respiración por horas y días! ¡En el país donde acabas de entrar todas las dimensiones son épicas! Entre el momento en que uno entra y hasta que sale transcurren décadas, cuartos de siglo. ¡Jamás volverás a tu mundo anterior! Cuanto antes te acostumbres a estar sin los tuyos, y ellos sin ti, tanto mejor. Tanto más fácil será.
 Poseed cuantas menos cosas mejor y no tendréis que temblar por ellas. No tengáis maleta, y los guardias no podrán destrozárosla al entrar en el vagón (cuando en un compartimento van veinticinco personas, ¿se le ocurriría a usted algo mejor?). No llevéis botas nuevas ni zapatos de moda, y menos todavía un traje de lana, porque en el vagón-zak, en el cuervo o nada más entrar en la prisión de tránsito os los robarán de todos modos, o si no os los requisarán, escamotearán o cambiarán. Si los entregas sin resistencia, la humillación te envenenará el alma. Si te los quitan con lucha, acabarás con la boca ensangrentada por aferrarte a tus bienes. Bien sé que os resultan repulsivas esas jetas insolentes, esas mañas burlonas, esos adefesios de dos patas, ¿pero no os parece que la posesión de bienes y el temor a perderlos os privan de una oportunidad excepcional para observar y comprender? ¿O es que creéis que los filibusteros, los piratas, los grandes capitanes cantados por Kipling y Gumiliov, no eran malhechores como éstos? Pues sabed que eran de la misma especie... Y si en los cuadros románticos siempre os han parecido seductores, ¿por qué han de pareceros aquí repulsivos?
 También hay que comprenderlos a ellos. La prisión es su único hogar. Por más que el régimen los mime, por más que atenúe sus sentencias, por más que los amnistíe, su hado interno los hace volver una y otra vez... ¿Acaso no les correspondía, pues, decir la primera palabra en la legislación del Archipiélago? Si fuera de la cárcel hubo un tiempo en que se persiguió -con mucho éxito- el derecho a la propiedad (después, a los propios abolicionistas les entró el gusto por poseer). ¿Por qué habría de tolerarse ese derecho entre rejas? Si estás en babia, si no te comes a tiempo tu tocino, si no has querido compartir con los amigos el azúcar y el tabaco, vendrán los cofrades a vaciar lo que guardes en la arroba* y así corregir tu falta de ética. Cuando te dan unos míseros y desgastados zapatos por troca de tus botas de moda, un grasiento jubón a cambio de tu jersey, no es porque quieran quedarse con tus pertenencias para siempre: tus botas servirán para perderlas y ganarlas a las cartas cinco veces, y tu jersey lo colocarán mañana por un litro de vodka y una ristra de salchichas. Veinticuatro horas después ya no tendrán nada, lo mismo que tú. Es el segundo principio de la termodinámica: la diferencia entre niveles debe quedar compensada.
 ¡No poseáis! ¡No poseáis nada! -nos enseñaron Buda y Cristo, los estoicos y los cínicos-. ¿Por qué no alcanzamos a entender, en nuestra codicia, esta sencilla admonición? ¿Por qué no comprendemos que las posesiones corrompen nuestras almas?
 Deja, pues, que el arenque se caliente en tu bolsillo hasta llegar a la prisión de tránsito, así no tendrás que mendigar agua aquí. Y si dan ración de pan y azúcar para dos días, cómetelos de una sola vez. Entonces, nadie podrá robártelos y no tendrás preocupaciones. ¡Vivid como las aves del cielo!
 Debes poseer sólo cuanto puedas llevar siempre contigo: tu conocimiento de lenguas y de países, tu conocimiento de los hombres. Que tu memoria sea tu hato de viaje. ¡Recuérdalo todo! ¡Recuerda! Estas amargas semillas son las únicas que quizás algún día germinen.
 Mira en torno tuyo: estás rodeado de seres humanos. Quizá más adelante recordarás a uno de ellos durante toda tu vida y te comerás las uñas por no haberle hecho preguntas. Cuanto menos hables, más escucharás. Las vidas humanas se extienden como finas hebras de isla en isla del Archipiélago. Se entremezclan, se rozan unas a otras por espacio de una noche en vagones semioscuros y bamboleantes como éste, y luego se separan para siempre. Aplica, pues, el oído a su leve susurro y a ese traqueteo regular, porque es el huso de la vida lo que repiquetea bajo el vagón".
 
*Arroba: en jerga penitenciaria, el saco con ropa, alimentos, etc. que llevan los presos.