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lunes, 27 de abril de 2020

La vuelta al mundo en 80 días.- Julio Verne (1828-1905)

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Capítulo XXVII

«Ese personaje, que había tomado el tren en la estación de Elko, era hombre de elevada estatura, muy moreno y bigote negro; vestía pantalón negro, corbata blanca y guantes de piel de perro. Parecía un reverendo. Iba de un extremo a otro del tren, y en la portezuela de cada vagón pegaba con obleas una nota manuscrita.
 Picaporte se acercó y leyó en una de esas notas que el honorable elder William Hitch, misionero mormón, aprovechando su presencia en el tren número 48, daría de once a doce, en el coche número 117, una conferencia sobre el mormonismo, invitando a oírla a todos los caballeros deseosos de instruirse en los misterios de la región de los "santos de los últimos días".
 Picaporte, que sólo sabía del mormonismo sus costumbres polígamas, base de la sociedad mormónica, se propuso asistir a ella.
 La noticia se esparció rápidamente por el tren, que llevaba un centenar de viajeros. Entre ellos, treinta a lo más, atraídos por el cebo de la conferencia, ocupaban a las once los asientos del coche número 117, figurando Picaporte en la primera fila de los fieles. Ni su amo ni Fix habían creído oportuno molestarse.
 A la hora fijada, el elder William Hitch se levantó, y con voz bastante irritada, como si de antemano le hubiesen contradicho, exclamó:
 -¡Oh, digo yo que Joe Smith es un mártir, que su hermano Hyram es un mártir, y que las persecuciones del Gobierno de la Unión contra los profetas van a hacer también un mártir de Brigham Young! ¿Quién se atreverá a sostener lo contrario?
 Nadie se aventuró a contradecir al misionero, cuya exaltación era un contraste con su fisonomía, naturalmente serena. Pero su cólera se explicaba, indudablemente, por estar entonces sometido el mormonismo a trances muy duros. El Gobierno de los Estados Unidos acababa de reducir, no sin trabajo, a esos fanáticos independientes. Se había hecho dueño del Utah, sometiéndolo a las leyes de la Unión, después de haber encarcelado a Brigham Young, acusado de rebelión y de poligamia. Desde aquella época, los discípulos del profeta redoblaban sus esfuerzos y aguardando los hechos, resistían con la palabra a las pretensiones del Congreso.
 Como se ve, el elder William Hitch hacía proselitismo en el ferrocarril.
julio verne / la vuelta al mundo en 80 días. * - Comprar Libros de ... Y entonces refirió apasionado, en relación con los raudales de su voz y la violencia de sus ademanes, la historia del mormonismo desde los tiempos bíblicos: "Cómo en Israel un profeta mormoní de la tribu de José publicó los anales de la nueva religión y los leyó a su hijo Morimón; cómo muchos siglos más tarde una traducción de ese precioso libro, escrito en caracteres egipcios, fue hecha por José Smith, junior, colono del estado de Vermont, quien se reveló como profeta místico en 1825; cómo por último, le apareció un mensajero celeste en una selva luminosa y le entregó los anales del Señor."
 En este momento, algunos oyentes poco interesados por la relación retrospectiva del misionero, abandonaron el vagón; pero William Hitch, prosiguiendo refirió "cómo Smith, junior, reuniendo a su padre, a sus dos hermanos y algunos discípulos, fundó la religión de los 'santos de los últimos días', religión que, adoptada, no tan sólo en América, sino en Inglaterra, Escandinavia y Alemania, cuenta entre sus fieles, no sólo artesanos, sino muchas personas que ejercen profesiones liberales; cómo una colonia fue fundada en Ohio; cómo se edificó un templo gastando doscientos mil pesos y cómo se construyó una ciudad en Kirkand; cómo Smith llegó a ser un audaz banquero y recibió de un simple exhibidor de momias un papiro que contenía la narración escrita de mano de Abraham y otros célebres egipcios".
 Como esta historia se iba haciendo un poco larga, las filas de los oyentes se fueron aclarando y el público quedó reducido a unas veinte personas.
 Pero el elder, sin dársele un ardite esta deserción, refirió los detalles "cómo José Smith quebró en 1837; cómo los accionistas le embrearon y le emplumaron; cómo se le volvió a ver más honorable y más honrado que nunca, algunos años después, en Independence, en el Missouri, y jefe de una comunidad floreciente que no contaba menos de tres mil discípulos. Y entonces, perseguido por el odio de los gentiles, se vio obligado a huir del Far-West americano".
 Aún quedaban diez oyentes y, entre ellos, el buen Picaporte, que era todo oídos. Así supo "cómo después de muchas persecuciones Smith apareció en Illinois y fundó, en 1839, a orillas del Misisipí, Nauvoo-la-Bella, cuya población se elevó hasta veinticinco mil almas; cómo Smith fue su alcalde, juez supremo y general en jefe; cómo en 1844 se presentó candidato a la presidencia de Estados Unidos y cómo, por último, atraído a una asechanza a Cartago, fue encarcelado y asesinado por una banda de hombres enmascarados".
 Al llegar a este punto sólo quedaba Picaporte en el vagón y el elder, mirándole de hito en hito, fascinándolo con sus palabras, le recordó que dos años después del asesinato de Smith, su sucesor, el profeta inspirado Brigham Young, abandonando Nauvoo, fue a establecerse a orillas del Lago Salado, y allí, en aquel admirable territorio, en medio de una región fértil, en el camino que los emigrantes atravesarían para ir a California, la nueva colonia, gracias a los principios de la poligamia del mormonismo, tomó enorme extensión.
 -¡Y por eso -añadió William Hitch-, por eso la envidia del Congreso se ha ejercitado contra nosotros! ¡Por eso los soldados de la Unión han pisoteado el suelo de Utah! ¡Por eso, el poeta inspirado Brigham Young, abandonando Nauvoo, reclama toda justicia! ¿Cederemos a la fuerza? ¡Jamás! ¡Arrojados del Vermont, arrojados del Missouri, arrojados del Utah, ya encontraremos algún territorio independiente donde plantar nuestra tienda, y usted, adicto mío -añadió el elder, fijando sobre su único oyente su enojada mirada-, ¿plantará la suya a la sombra de nuestra bandera?
 -¡No! -contestó con valentía Picaporte, que huyó a la vez, dejando al energúmeno predicador en el desierto.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1984, en traducción de Ángel Fuentes. ISBN: 84-7530-742-6.]

viernes, 7 de febrero de 2020

Compendio de revelaciones.- Girolamo Savonarola (1452-1498)

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«Tras esta predicación, en el curso de otras predicaciones mías, a menudo he dicho y he confirmado públicamente que el rey de Francia [Carlos VIII] ha sido elegido en ministro de la justicia divina por Dios, y que prosperará y alcanzará la victoria por más que se le oponga todo el mundo. Cierto es que tal como ya le escribí a él personalmente, para mantenerlo en la humildad, se sucederán muchas tribulaciones; sobre todo si él no se preocupa de corregir los males que cometen aquellos que le sirven, y en particular, si no tratara bien a la ciudad de Florencia. Puesto que Dios inducirá a los pueblos de éste a la rebelión, y permitirá que surjan numerosos adversarios y graves dificultades: y Dios quiere que éste sea amigo y protector de la ciudad de Florencia, la cual ha sido elegida para iniciar la reforma de Italia y de la Iglesia. Así que si él no querrá ser amigo de los Florentinos por propia voluntad, Dios le hará serlo a la fuerza. Además, puesto que ha sido designado ministro de la justicia divina, si se humilla y asume su condición de elegido, no se hundirá ante las tribulaciones; por el contrario, una vez humillado y purgado, resurgirá victorioso, y cuando los hombres le juzguen ya vencido, entonces se alzará triunfante, y observando lo que Dios le ha anunciado, conquistará un enorme reino. De otro modo, si se conduce por aquella vía que no es del agrado de Dios, podrá ser reprobado, tal y como el primer rey de Israel, Saúl; y podría ser elegido otro en su lugar, tal y como David fue elegido en el lugar de Saúl. En efecto, estas promesas y gracias concedidas personalmente al rey de Francia son condicionadas y no absolutas; absolutas son, en cambio, las profecías referidas a la reforma de la Iglesia y las gracias prometidas a los florentinos. Y para que todo el mundo entienda qué significa una profecía condicionada y qué una absoluta, debe tenerse presente que Dios conoce las cosas futuras de dos maneras: por un lado, en cuanto que están siempre presentes ante su eternidad; por otro lado, porque ellas mismas proceden del orden de sus causas. Y aunque Dios conozca estas cosas siempre simultáneamente en estos dos modos, sin embargo (porque el efecto no recibe toda la virtud de su causa, particularmente cuando la causa es de una excelencia extraordinaria, como en el caso de Dios), no siempre los profetas reciben de Dios juntamente la cognición de las cosas futuras en estos dos modos citados: sino que algunas veces la reciben en el primer modo, y entonces esta cognición se dice profecía de presciencia o de lo predestinado; otras veces en el segundo modo, y entonces a tal cognición se la llama profecía condicionada por conminación o promisión: puesto que es necesario entender que estas cosas anunciadas vendrán a ser solamente si no varía el orden de las causas, de las cuales rigurosamente dependen. Así que Jonás dijo: adhuc quadraginta dies et Ninive subvertetur [de aquí a cuarenta días, Nínive será destruida], que ciertamente no eran falsas palabras, puesto que eran entendidas de este modo: que los pecados de Nínive eran merecedores de que tras cuarenta días ésta fuera destruida. Similarmente Isaías dijo a Ezequiel, rey de Jerusalén: “Dispone domui tuae, quia morieris tu, et non vives” [Dispón de tu hacienda, porque morirás y no has de vivir]. Y estas palabras eran entendidas así: que la disposición de su cuerpo era tal, que estaba condenado a la muerte, a la cual no podía eludir por vía natural. Por tanto, el profeta, que es instruido por Dios, y que debe obedecer a Dios con simplicidad, debe asimismo anunciar las cosas futuras tal y como le han sido comunicadas por Dios; de otra manera incurriría en pecado, como sucedió con Jonás, que después fue castigado por su desobediencia, tal y como viene escrito en el relato de su profecía. Así pues, por inspiración divina, digo que si el rey de Francia observará lo que dijimos anteriormente, sin ninguna duda se alzará con la victoria y adquirirá un enorme reino; y si no lo observará, su causa correrá un enorme riesgo; y si no es ayudado por las plegarias de los justos, será reprobado por Dios, como ya dijimos precedentemente.
  A menudo aseguré también que todos los que atribulan a los florentinos sufrirán la tribulación de Dios. Y de esto, aparte de la autoridad de la luz divina, ya he alegado alguna razón: porque, transformado el régimen, el gobierno y las anteriores formas, este nuevo Estado y este pueblo, que reconquistó su libertad recientemente, a ningún pueblo o señor hasta ahora ha causado daño o injusticia. Así pues, quien atribula ahora a éstos, injustamente los ofende, y se hace acreedor de un castigo de parte de la justicia divina.
  Igualmente, prediqué públicamente, y reafirmo nuevamente por divina inspiración, que cualquier ciudadano florentino, de dentro o de fuera, que intente usurpar el poder de esta ciudad o violentar el novísimo régimen, a éste Dios le castigará gravemente con toda su casa y con todos sus seguidores, y finalmente, hará que terminen todos mal.
  Asimismo, ratificado por la luz divina, abiertamente ante todo el pueblo, vuelvo a confirmar que lo que ha sido prometido a Florencia se verificará ineludiblemente, incluso si todo el mundo se le pone en contra. Y que si los florentinos, que ya se han iniciado en la vida honrada, continúan y van mejorando en ella, en primer lugar disminuirían mucho sus tribulaciones antes de la prosperidad futura; segundo, de esta manera conseguirán que se cumplan rápidamente las promesas de la gracia; tercero, participarán de esto tanto ellos como su descendencia, aunque mucho más los hijos que los padres. Pero si las gracias anteriormente descritas ha sido prometidas en sentido absoluto a la ciudad de Florencia, no han sido prometidas a ninguna persona en particular. Por tanto, a muchos hombres malvados no se les hará partícipes de éstas, al menos si éstos no se enmiendan. Y en relación con esto dije alguna vez al pueblo que en un libro anoten de una parte a todos los que no creen y contradicen, y de otra parte a todos los que creen y siguen esta doctrina: prontamente verán que siete octavas partes de las tribulaciones concernirán a los descreídos y hostigadores. Conforto, pues, a todos a creer y a demostrar su fe con las obras. Porque esto no podrá dañar a nadie, sino sólo ser fuente de disfrute y de laude y gloria de nuestro Salvador Jesucristo qui cum Patre et Spiritu Sancto est Deus benedictus in saecula saeculorum. Amen.
  Yo sé que muchos hombres bestiales e inexpertos en estas cosas se harán befa de mí y dirán que estas cosas han sido halladas y dispuestas por la invención humana, y que son más bien ficciones poéticas que visiones o profecías. Vuélvanse éstos a leer a los profetas, sobre todo a Ezequiel, a Daniel y Zacarías y encontrarán cosas similares actuadas en ellos por el Espíritu Santo, las cuales ellos escribieron sin declarar su misterio, el cual dejaron a la discreción de los santos doctores. Y pueden creer éstos que los profetas vieron muchas cosas con innumerables particulares que no escribieron. Pero yo he querido extender esta visión y su revelación para consolar a los elegidos y para quitar de en medio tantas calumnias de los adversarios y todo pese a que, en realidad, mi intención era ocultarla. Pero, como ya he dicho, me he visto obligado a escribirla. Y todo lo que yo he escrito es cierto, y no sucederá la más mínima cosa en la tierra que no se ajuste a ello. Y si bien yo me he esforzado por escribir todo claramente, con todo creo que muchos tendrán diversas dificultades, como también los Evangelios, aunque parecen muy claros, presentan en realidad muchas dudas; y mucho más en el caso de los escritos de los profetas, que presentan múltiples contradicciones, a las cuales los santos doctores sólo tras un gran esfuerzo consiguen darles coherencia.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Los Libros de la Catarata, 2000, en traducción de Juan Manuel Forte. ISBN: 84-8319-091-5.]            
    

lunes, 17 de junio de 2019

Cuentos de Canterbury.- Geoffrey Chaucer (1343-1400)


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Cuento del bulero

«Señores -comenzó el bulero-, siempre que predico en las iglesias, trato de hablar en voz recia y armoniosa como una campana, pues me sé de memoria cuanto digo. Mi texto ha sido siempre y es uno solo: Radix malorum est Cupiditas.
 Principio por manifestar de dónde vengo y luego exhibo todas mis bulas. Pero antes muestro mis licencias, con el sello de nuestro soberano señor, para garantizar mi persona y evitar que sacerdote o clérigo alguno ose estorbar en mi santo ministerio.
 Después relato historias y extraigo bulas de papas, de cardenales, de patriarcas y de obispos, y pronuncio algunas palabras en latín para sazonar mi sermón y estimular la devoción de las gentes. Y sin más saco mis urnas de cristal, llenas de trapos y huesos, que los demás imaginan ser reliquias. Y tengo, engastado en latón, el brazuelo de una sacra oveja judía. He aquí como digo:
 -Atended mis palabras, buena gente. Si alguna de vuestras vacas, carneros, terneros o bueyes se hincha por haber comido un gusano o por picadura de insecto, hundid este hueso en un pozo, lavad con agua del pozo la lengua de la res y al instante veréis que vuelve la salud. Y cualquier oveja que beba de ese pozo se curará de sarna, úlceras o cualquier enfermedad. Y si el dueño de las bestias bebe todas las semanas un trago de esa agua en ayunas, antes que cante el gallo, sus vituallas y ganado se multiplicarán. También esa agua cura los celos. Así, cuando un hombre sospeche de su mujer, bástale hacer su potaje con esa agua y nunca más desconfiará de su esposa, aun si supiera la verdad de su pecado y le constare que ha tenido trato con dos o tres hombres.
 Ved este mitón. Quien meta la mano en él verá multiplicarse sus cereales, ya sean avena o trigo, siempre que dé peniques o dineros.
 Adviértoos, buenos hombres y mujeres, que si en este templo está alguna persona que hubiere cometido un pecado nefando y por bochornoso no ose confesarlo (como también si hay alguna mujer, joven o vieja, que hubiese hecho cornudo a su marido), personas tales no tendrán facultad ni merced de subir a hacer ofrenda a mis reliquias en este lugar. Empero, el que se halle libre de semejantes culpas, puede subir y ofrendar en nombre de Dios y yo le absolveré con la autoridad que por bula me ha sido conferida.
 Con estos manejos he ganado, un año tras otro, hasta cien marcos desde que soy bulero. Instálome en un púlpito, como un sacerdote, y ante la plebe ignara que abajo se hacina, predico como os dije y añado cien mentirosas cosas más. Alargo el cuello y me balanceo hacia oriente y hacia occidente, como palomo acomodándose sobre un tejado. Muevo manos y lengua con tal soltura que es cosa de ver mi diligencia. Dirijo todo mi sermón sobre el ominoso pecado de la avaricia, porque tiendo a tornar a las gentes generosas y hacerles desembolsar sus peniques en mi beneficio. Pues habéis de saber que mi propósito es ganar dinero y no enmendar pecados. ¡Poco se me da que las almas del prójimo anden errantes luego de sepultados sus cuerpos! Y por eso muchos de mis sermones tienen a menudo mala intención, porque unos buscan lisonjear a la gente, beneficiándome yo con mi hipocresía, y otros tienden a la vanagloria y otros a satisfacer mis inquinas. Sí, que cuando no oso combatir a alguien por otros medios, atácole con punzadora lengua en mis prédicas, y así le calumnio si ha ofendido a mis hermanos o a mí. Verdad es que no le menciono por su nombre, pero bien le conocen los demás por sus circunstancias y signos De esta suerte sirvo a los que me enojan, y así, so capa santa y justa, lanzo mi ponzoña.
 Pero, por declarar concisamente mi propósito, os diré que no predico sino por codicia y de aquí que mi texto haya sido y continúe siendo: Radix malorum est Cupiditas. Sermoneo, pues, contra el mismo vicio que ejerzo. Aunque yo incurra en ese pecado, hago que otros se separen y arrepientan hondamente de él, pero mi finalidad esencial no es ésa, sino satisfacer mi codicia. Y ahora, con esto basta sobre el asunto.
 Luego de cuanto dije, suelo relatar ejemplos de añejas historias, porque al vulgo ignorante le complacen los cuentos viejos, que les es fácil recordar y repetir sin trabajo. Por tanto, decidme: ¿debo yo, mientras pueda hablar y ganar oro y plata con lo que muestro, subsistir de buen grado en la miseria? No, ni nunca en verdad se me ocurrió así. Gústame discursear y pedir en tierras diversas, porque no quiero trabajar con las manos, ni tejer cestos, ni vivir de vanas limosnas. Tampoco imitaré a los apóstoles, pues deseo dinero, lana, queso y trigo, así sea ello a expensas del más pobre paje o de la viuda más menesterosa de la aldea, no parándome a reparar si los hijos de la mujer podrán por ello perecer de hambre. Porque quiero gustar el licor de la vida y tener en todas las ciudades mozas alegres.
 Ya acabo de esto, señores, y pues os proponéis que os relate un cuento, voy, por Dios (ahora que he bebido buena cerveza fuerte), a deciros cosas que espero sean de vuestro agrado. Porque, aunque vicioso, cábeme referiros una historia muy moral, que suelo unir a mis prédicas para sacar provecho. Callad, pues, que empiezo.
 Había antaño en Flandes una compañía de jóvenes que se entregaban a disoluciones tales como orgías, juego, lupanares y tabernas, en cuyos lugares danzaban al son de laúdes, arpas y guitarras, además de lo cual jugaban a los dados noche y día. Y para colmo comían y bebían más allá del límite de sus fuerzas, haciendo así sacrificio al diablo dentro de su propio diabólico templo, de manera nefanda y con excesos ominosos. Prorrumpían también en tremendos y hórridos juramentos, tales que daba pavor oírles, porque desgarraban el cuerpo de nuestro bendito Señor, sin duda pareciéndoles que los judíos no le habían desgarrado bastante. Y cada uno de ellos alababa los pecados de los otros.
 Tras esto llegaban danzarinas livianas y lindas, jóvenes vendedoras de frutas, cantoras con arpas, prostitutas, vendedoras de dulces y otras mujeres que son auténticas secretarias del diablo en materia de estimular y encender el fuego de la lascivia, que va unida siempre a la gula.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1984, en traducción de Juan G. de Luaces. ISBN: 84-320-3921-7.]
 

jueves, 20 de septiembre de 2018

El samurai.- Shusaku Endo (1923-1996)


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Capítulo 3

«Los monótonos días se suceden, cada uno igual al anterior. El mar no cambia nunca, ni las nubes que flotan sobre el horizonte y el crujido del aparejo es siempre el mismo. El San Juan Bautista sigue su derrotero sin novedad. Cada vez que digo la misa de la mañana pienso que el Señor nos ha concedido un viaje tan tranquilo para ayudarme a cumplir mis objetivos. La mente del Señor es insondable, pero Él desea, creo yo, que el obstinado Japón siga Sus enseñanzas y que yo sea Su instrumento.
 El capitán Montaño y el primer oficial Contreras, sin embargo, no sienten aprecio por mis intenciones. Jamás lo han dicho abiertamente, pero no hay duda de que no están de acuerdo conmigo. Quizás esto se debe a que, durante su permanencia en el Japón, no recibieron una sola impresión favorable del país ni de sus habitantes. No intentan acercarse a los emisarios ni a los demás japoneses más de lo imprescindible y no les gusta que los marinos españoles hablen con los japoneses. En dos ocasiones sugerí al capitán que invitáramos a la cena a los emisarios, pero se negó.
 -En el tiempo que me he visto obligado a permanecer en el Japón -me dijo hace dos días-, no he podido soportar la arrogancia y el genio vivo de los japoneses. Nunca he conocido gente menos sincera, gente que considera una virtud lograr que nadie sepa lo que piensan.
 Respondí que su sistema político es tan refinado que en ocasiones se hace difícil creer que sean una nación pagana.
 -Precisamente por eso es tan difícil tratar con ellos -dijo el primer oficial-. Dentro de poco tratarán de dominar el Pacífico. Si queréis convertirlos al cristianismo más fácilmente lo conseguiréis con las armas que con las palabras.
 -¿Con las armas? -dije impulsivamente-. Subestimáis este país. No es como Nueva España o las Filipinas. Los japoneses están familiarizados con la guerra y son terribles en la batalla. ¿Sabéis? Los jesuitas fracasaron porque cometieron el mismo error.
 Ni el capitán ni el primer oficial parecían interesados, pero aun así enumeré los errores de la estrategia jesuita uno por uno. Por ejemplo, el padre Coelho y el padre Frois querían que el Japón fuera una colonia española para propagar luego el cristianismo. Los gobernantes japoneses se encolerizaron cuando lo supieron. Cuando hablo de los jesuitas muchas veces pierdo la prudencia.
 -Para difundir en el Japón las enseñanzas de Dios -terminé, arrastrado por la pasión-, sólo hay un método posible. Hay que engatusarlos. España debe estar dispuesta a compartir con los japoneses las ganancias del comercio en el Pacífico a cambio de facilidades para la evangelización. Los japoneses sacrificarán cualquier otra cosa por esas ganancias. Si yo fuera obispo...
 Ante estas palabras el capitán y el primer oficial se miraron en silencio. No era el silencio de la aprobación; sin duda les parecía que mis cálculos eran poco adecuados para un sacerdote. Aunque tengo plena conciencia de la necesidad de ser discreto cuando se habla con personas mundanas, había cometido un desliz.
 -El padre parece más interesado por la evangelización del Japón -dijo irónicamente el capitán- que por el interés nacional de España.
 No agregó nada más. Era evidente que habían visto en mis palabras, "Si yo fuera obispo", la expresión de una vana ambición personal. Pero sólo el Señor conoce y juzga los corazones de los hombres. "Tú sabes bien que no he hablado por mera ambición personal. He elegido el Japón como el sitio donde he de morir. Ocurre simplemente que soy la persona apropiada para conseguir que resuenen en todo el Japón las voces que cantan Tus alabanzas."
 Sucedió algo interesante. Mientras caminaba por la cubierta recitando el breviario, se me acercó uno de los comerciantes japoneses. Me estudió con curiosidad mientras yo murmuraba mis plegarias, pero no era así. Me dedicó una sonrisa seductora, bajó la voz y me pidió que sólo a él le concediera privilegios para comerciar en Nueva España. Aparté el rostro, como si él tuviera mal aliento, pero continuó sonriendo y agregó:
 -Cuando llegue el momento, seré generoso. Ganaré dinero y una parte será para vos.
 Permití que la cólera asomara a mi rostro y le dije claramente que si bien era un intérprete, era también un sacerdote y como tal había renunciado al mundo secular. Luego lo envié de vuelta a su cabina.
 No deseo que estos dos meses de viaje me condenen al ocio como sacerdote. Todos los días digo misa en el comedor para los marinos españoles, pero los japoneses no se acercan siquiera a mirar. Para ellos la felicidad significa solamente obtener ganancias. Si una religión les prometiera todos los beneficios de esta vida -amasar riquezas, vencer en la batalla, librarse de las enfermedades-, los japoneses la aceptarían de buen grado; pero parecen totalmente insensibles a lo sobrenatural y a lo eterno. Aún así, me sentiré fracasado si en el curso del viaje no predico la palabra de Dios a los más de cien japoneses que nos acompañan.»

  [El fragmento pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1995, en traducción de Carlos Peralta. ISBN: 84-345-9068-9.]
 

sábado, 21 de mayo de 2016

"Apología".- Fray Bartolomé de las Casas (1484-1566)

 
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Contra los perseguidores y calumniadores de los pueblos del Nuevo Mundo descubierto en el Océano. Apología del reverendísimo señor fray Bartolomé de las Casas, obispo que fue de Chiapas, de la orden de Santo Domingo
Capítulo primero

 "Todos los que de palabra o por escrito enseñan que los habitantes del Nuevo Mundo, que vulgarmente llamamos indios, deben ser dominados y sometidos por la guerra, antes de que se les anuncie y predique el Evangelio, para que después estén bien sumisos y se instruyan en la palabra de Dios, yerran groseramente de dos maneras en la fe. En primer lugar yerran con respecto al Derecho divino y humano, al abusar de las divinas palabras y violentar el sentido de las escrituras, decretos papales y tradición de los Santos Padres. Además yerran al traer a colación historias que no son sino meras fábulas y desvergonzadísimos amaños, con los cuales, actuando como falsísimos enemigos y del todo contrarios al miserable pueblo indio, lo entregan a la perdición. Yerran además contra el sentido del Decreto o Bula del Pontífice Máximo Alejandro VI, cuyas palabras violentan y depravan para demostración de sus opiniones personales, como se pondrá todo de manifiesto en nuestra siguiente exposición.
 En segundo lugar, su error e ignorancia se pone muy de manifiesto, ya que sientan definiciones sobre asuntos que atañen a una infinita multitud de hombres y a amplísimas y vastísimas regiones; al no conocer bien éstos tales cosas, resulta de una desvergüenza y temeridad sumas el que aseguren que aquellas gentes poseen defectos gravísimos, ya naturales ya en sus costumbres, y condenen así, de una manera general, a tantos millares y millares de hombres, cuando la realidad es que la mayoría de éstos se ven libres de tales defectos.
 Todas estas cosas arrastran a innumerables almas a la perdición y contrarrestan las ventajas de la propagación de la religión cristiana, cerrando los ojos de aquellos que, locos de ciega ambición, ponen todas las energías de su cuerpo y alma en la única finalidad de lograr riquezas, imperio, honores y dignidades, y con tal fin destruyen y matan con inhumana crueldad a estas inocentísimas y mansísimas gentes, que a nadie hacen daño, que son moderadas y están muy preparadas y dispuestas a recibir y abrazar la palabra de Dios.
 ¿Quién habrá, ya no diré poco docto en teología, pero incluso de sano juicio que se atreva a proferir una opinión o sentencia tan poco cristiana de la cual se originan tan terribles guerras, tantas mortandades, tantas horfandades y tan miserables males? ¿Acaso no tenemos la palabra de Cristo que nos dice: "Mirad, no despreciéis a uno de estos pequeñuelos", "¡Ay de aquél por quien venga el escándalo!", "Quien no está conmigo está contra mí, y quien conmigo no recoge, dispersa", y (en otro lugar): "Le basta al día su malicia"?
 ¿Quién hay tan impío  que quiera incitar a hombres crueles, ambiciosos, soberbios, avaros, desenfrenados y siempre ociosos, a robar a sus hermanos y a destruir sus almas al mismo tiempo que sus cosas, no siendo nunca lícita la guerra, sino solamente cuando se hace por inevitable necesidad? ¿Quién, pues, de sana mente aprobará una guerra contra hombres inocentes, ignorantes, pacíficos, moderados, inermes y faltos de toda defensa humana, ya que de tal guerra se origina la segurísima perdición de las almas de aquella gente que perece sin el conocimiento de Dios y sin ser robustecida por los sacramentos; y para aquellos que sobreviven resulta odiosa y abominable la Religión Cristiana, por lo cual el fin que Dios se propone, y por cuya consecución tantos y tan grandes padecimientos sufrió, se frustra por las impiedades y atrocidades que algunos de los nuestros con inhumana crueldad ejercen contra aquellos? ¿Qué opinión concebirá de Cristo y de los cristianos aquella gente al ver que ciertos hombres cristianos, sin ninguna causa justa, a menos por tal gente conocida, ni imaginable siquiera, y sin que tales pueblos hayan incurrido en culpa contra los cristianos, se muestran crueles contra ellos con tanta devastación y tanto derramamiento de sangre?
 ¿Qué bien puede originarse de esas expediciones bélicas que sirva ante Dios -quien estima todas las cosas con inefable caridad- de contrapeso de tantos males, tantas injurias y tantas inusitadas mortandades?"