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sábado, 30 de octubre de 2021

Llenos de vida.- John Fante (1909-1983)


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   «El padre John Gondalfo  se presentó dos días después. Al llegar aquella tarde lo vi sentado en la sala, con mi padre y con Joyce. Su aspecto era el del típico hombre duro. Había sido capellán de marines en el Pacífico Sur. Llevaba esperándome una hora. A causa del calor se había quitado la chaqueta, debajo de la cual llevaba una camiseta blanca. El negro vello de su musculoso pecho se colaba por la trama del tejido. Tenía brazos de luchador y se mantenía en forma jugando solo a frontón en el garaje de la parroquia. Era joven, no tendría más de treinta y dos años, con un aceitunado rostro siciliano, nariz rota y pelo cortado al rape. Parecía un medio o un delantero centro de Santa Clara. En cuanto lo vi me di cuenta de que era de ascendencia italiana y el paisanaje no tardó en crear una cruda confianza. Me estrujó los nudillos al darme la mano.
 -Son las cinco y media, Fante. ¿Dónde estaba?
 Le dije que trabajando.
 -¿A qué hora sale?
 Le dije que poco después de las cuatro.
 -¿Las cuatro? ¿Dónde ha estado esta hora y media?
 Le dije que en Lucey’s, tomando un whisky.
 -¿No sabe que su mujer está embarazada?
 Joyce estaba en un sillón, con el montículo apoyado con indolencia en su vientre y con las piernas algo separadas para sujetarlo. Adoraba al padre John. También percibí la admiración de mi padre, así como una ligera hostilidad hacia mí.
 -¿Qué tiene de malo beber aquí, en su propia casa? –dijo el padre John-. ¿Con su mujer y este gran hombre que es su padre? ¿Se le ha ocurrido alguna vez?
 Sus hombros me impresionaban, y  la intensa negrura de sus ojos.
 -Claro, padre. También bebo en casa y mucho.
 -Ya es hora de que se enfrente a sí mismo, Fante.
 -Sin duda, padre, pero…
 -No discuta conmigo, joven. ¿Cree que acabo de llegar en el ferry de Hoboken?
 Yo no quería discutir con nadie. Al mirar a Joyce, me di cuenta de que el espíritu de la admonición del padre John la había contagiado. En aquel momento me descalificaba totalmente. También mi padre, que estaba sentado delante de una botella de vino, humedeciéndose los labios y confirmando sabiamente con la cabeza las palabras del sacerdote.
 El padre John dio una palmada, se frotó las manazas con fuerza y dijo:
 -Bueno, vayamos al asunto. Fante, su mujer quiere entrar en la Santa Madre Iglesia Católica. ¿Alguna objeción?
 -Ninguna, padre.
 Y era la pura verdad. No podía haber objeciones. Sí, se me daba la posibilidad de desear otra cosa, la esperanza de que pospusiera temporalmente su decisión, pero era otra historia.
 -¿Y usted? Aquí su padre, este hombre grande y extraordinario, me ha contado que trabajó como un esclavo para proporcionarle una esmerada educación católica. Pero ahora lee libros y, si me lo permite, escribe libros. ¿Qué tiene contra nosotros, Fante? Debe de ser usted muy inteligente. Cuéntemelo todo. Escucho.
 -No tengo nada contra la Iglesia, padre. Es sólo que quiero pensar…
 -¡Ah!, ¿conque es eso? La infalibilidad del Santo Padre. Así que quiere saber si el obispo de Roma es realmente infalible en cuestiones de fe y moralidad. Fante, se lo aclararé de una vez para siempre: lo es. ¿Qué más le preocupa?
 Me acerqué a mi padre, me hice con la botella y bebí un trago. El repentino ataque del padre John me había dejado aturdido y necesitaba tener tranquilas las ideas.
 -Verá, padre. La Santísima Virgen…
 -Yo le explicaré lo de la Santísima Virgen, Fante. Permítame exponérselo con claridad y sin ambigüedades. María, madre de Dios, fue concebida sin pecado y al morir ascendió a los cielos. Un hombre de su inteligencia tiene que comprenderlo.
 -Sí, padre. Lo aceptaré por el momento. Pero en la misa, en la eucaristía…
 -La eucaristía es la transformación del pan y el vino en cuerpo y sangre de Cristo. ¿Qué más le inquieta?
 -Verá, padre. Cuando un hombre se confiesa…
 -Cristo dio a sus sacerdotes el poder de perdonar pecados cuando dijo: “Recibid el Espíritu Santo. Los pecados que perdonéis serán perdonados; y los pecados que no borréis no serán borrados”. Lo dice el Nuevo Testamento. Léalo.
 -Entiendo las palabras, padre. Pero en el dogma del pecado original…
Resultado de imagen de john fante llenos de vida -¡Ja! ¡De modo que es eso! Por pecado original entendemos que como descendientes de nuestros primeros padres somos concebidos en pecado y así permanecemos hasta que recibimos el glorioso sacramento del bautismo…
 -Sí, padre, eso ya lo sé. Pero la resurrección…
 -¿La resurrección? Por el amor del cielo, Fante, si es muy sencillo. Cristo nuestro Señor fue crucificado, resucitó de entre los muertos y ahí tenemos la inmortalidad prometida a todos sus hijos. ¿O prefiere morir como un perro, condenado eternamente al olvido?
 Di un suspiro y tomé asiento. Era imposible decir nada más. Mi padre carraspeó y esbozó una ligera sonrisa mientras empinaba la botella. Había en sus ojos una cordialidad curiosa. La ceniza que se le desprendió del cigarro aterrizó de cualquier manera en sus muslos.
 -El muchacho lee demasiado, padre. Hace años que se lo digo.
 Ahora era “el muchacho”.
 -Me gusta leer, papá. Es parte de mi profesión.
 -Y esos libros, padre. Control de natalidad, me lo dijo él mismo.
 -¿Control de natalidad? –El padre John sonrió con tristeza mientras cabeceaba-. Yo le diré lo que es el control de natalidad en la Iglesia católica. No existe.
 -Ya se lo dije yo, padre. Le dije: “No me gusta eso”. La culpa no es de la chica. Ella es protestante. No se da cuenta. Pero él… él me lo dijo. “Me gusta controlar a mi familia”, así me lo dijo, hace un par de días. A mí, a su propio padre.
 -Algo así le dije –admití-. Pero a lo que me refería, padre, era a que mis ingresos…
-¿Lo ve usted? –intervino mi padre-. Llevan casados casi cuatro años. Tiempo de sobra para dos hijos, un niño y una niña. Nietos. Pero ¿están aquí, padre? Suba esas escaleras. Mire en todas las habitaciones, debajo de las camas, en los armarios. No los encontrará. Nicky y Philomena. Nicky tendría ahora tres años y hablaría con su abuelo. La niña daría ahora sus primeros pasos. ¿Los ve en esta casa, padre? Salga al patio trasero; mire en el garaje. No, no los encontrará, porque no están aquí. ¡Y la culpa es de él! –me señaló con el dedo, el de la uña rota.
 -Para ya, papá.
 -No pienso parar. Quiero saberlo, porque soy su abuelo. ¿Dónde está Nicky? ¿Dónde está Philomena?
 -¿Cómo quieres que lo sepa?
 Joyce se acercó a mi padre y se sentó junto a él. Le asió la rojiza zarpa y le habló con dulzura.
 -No ha habido otros, papá Fante. Se lo digo con el corazón en la mano.
 No había que tratarlo así, porque podía tomarle gusto al sentimentalismo. Dicho y hecho: puso cara de compunción, le tembló la barbilla, se le humedecieron los ojos. Quise advertir a Joyce con la mirada. Era cierto que me había opuesto al embarazo hasta que pudiéramos permitírnoslo. También era verdad que ella había aceptado arriesgarse sin dinero. Pero nunca se me había ocurrido pensar que aquellas ocasiones fueran entidades humanas concretas, ni dar nombre a los niños no concebidos, y en aquellos instantes veía el duelo y la melancolía en el rostro de Joyce, arrastrada por el estado de ánimo de mi padre.
 - Hablo de mi sangre –prosiguió mi padre-. Hay dos a los que no veré nunca, pero están aquí, en alguna parte y su abuelo no se siente bien, porque no puede comprarles helados.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2008, en traducción de Antonio-Prometeo Moya, pp. 103-108. ISBN: 978-84-339-7484-6.]

lunes, 30 de septiembre de 2019

Los ritos de paso.- Arnold van Gennep (1873-1957)

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9.-Otros grupos de ritos de paso

«No obstante, en el caso de algunos de los ritos que interpreto como ritos de paso, es preciso que ofrezca, aunque sea rápidamente, mis razones:
 1º Cabellos.-Han sido objeto de una monografía de Wilken, cuyas opiniones han sido aceptadas y desarrolladas, entre otros, por Robertson Smith, Sidney Hartland, etcétera. En realidad, lo que se llama "el sacrificio de los cabellos" comprende dos operaciones distintas: a) cortar el pelo; b) dedicarlo, consagrarlo o sacrificarlo. Pues bien, cortarse el pelo es separarse del mundo anterior; dedicarlo es vincularse al mundo sagrado y más especialmente a una divinidad o a un demonio, con quien de ese modo se emparenta. Pero ésta es sólo una de las formas de utilización del pelo cortado, en el cual reside, como en el prepucio o en las uñas cortadas, una parte de la personalidad. Con mucha frecuencia, esta idea no existe, y no se hace nada en absoluto con los desperdicios. En otros lugares sí que existe y son enterrados, quemados, conservados en un saquito, confiados a un pariente, etc. Asimismo, el rito de cortar el pelo o una parte de la cabellera (tonsura) se utiliza en muchas circunstancias diferentes: se afeita la cabeza del niño para indicar que entra en otro estadio, la vida; se afeita la cabeza de la muchacha en el momento de casarse, con objeto de cambiarla de clase de edad; de igual manera, las viudas se cortan el pelo para romper el lazo creado por el matrimonio, reforzándose el rito con el depósito de la cabellera sobre la tumba; a veces es al muerto al que se le corta el pelo, siempre con la misma idea. Pues hay una razón de que el rito de separación afecte a los cabellos: es que éstos son, por su forma, su color, su longitud, el modo de disponerlos, un carácter distintivo fácilmente reconocible tanto individual como colectivo. "Cuando son muy jóvenes, las niñas de los rehamna (Marruecos) llevan la cabeza afeitada, excepto los cabellos de delante y un mechón sobre el vértex; cuando llegan a la pubertad, dejan crecer sus cabellos, conservando los que están sobre la frente y enrollando los demás sobre la cabeza; cuando se casan, se dividen los cabellos en dos trenzas que quedan colgando por detrás; pero a partir del momento en que son madres, se pasan esas dos trenzas delante del pecho, por encima de los hombros". El peinado sirve así a las mujeres rehamna para marcar los períodos de su vida y su pertenencia a esta o aquella categoría de la sociedad femenina. Sería fácil citar muchos otros documentos del mismo género. Lo que quería indicar es que el tratamiento dispensado a los cabellos entra con mucha frecuencia en la clase de los ritos de paso.
 2º Velo.-"¿Por qué -se preguntaba Plutarco- ponerse un velo sobre la cabeza para adorar a los dioses?" La respuesta es simple: para separarse de lo profano (ya que hasta la vista, como se dijo a propósito de los shammar, es un contacto) y para no vivir ya más que en el mundo sagrado. En la adoración, en el sacrificio, en los ritos del matrimonio, etc., el "velamiento" es temporal. Pero en otros casos, la separación o la agregación, o ambas, son definitivas. Tal es el caso para las mujeres musulmanas, las judías de Túnez, etc., que, al pertenecer por una parte a la sociedad sexual, por la otra a una sociedad familiar determinada, deben aislarse del resto del mundo resguardándose con un velo. Del mismo modo, en el catolicismo, pasar del estadio liminar (noviciado) al estadio de agregación definitiva a la comunidad es "tomar el velo". De igual manera, en fin, en ciertos pueblos una viuda se separa de su marido muerto, bien únicamente durante su luto, bien para siempre, o incluso de las demás mujeres casadas y de los hombres, llevando un velo. Cubriéndose con un velo tras haber bebido la cicuta, Sócrates se separaba del mundo de los vivos para agregarse al mundo de los muertos y de los dioses; pero habiendo tenido que recomendar a Critón que sacrificara un gallo a Esculapio, es decir, queriendo de nuevo actuar como vivo, se descubrió el rostro, para volver a cubrírselo inmediatamente después. Del mismo modo, cuando los romanos "consagraban" a los dioses, entendían que, cubriendo con un velo a las víctimas designadas, las separaban de este mundo para agregarlas al otro, divino y sagrado. El rito cristiano que hemos señalado existía en el momento de la iniciación a los misterios, y la explicación es la misma en los dos casos.
 3º Lenguas especiales.-Durante la mayoría de las ceremonias de que hemos hablado, y sobre todo durante los períodos de margen, se emplea un lenguaje especial que, a veces, comporta todo un vocabulario desconocido o inusitado en la sociedad general y, otras veces, sólo consiste en la prohibición de emplear ciertas palabras de la lengua común. Hay así lenguas para las mujeres, para los iniciados, para los herreros, para los sacerdotes (lengua litúrgica), etc. No hay que ver en ello más que un fenómeno del mismo tipo que el cambio de ropa, las mutilaciones, la alimentación especial (tabúes alimenticios), etc., es decir, un procedimiento de diferenciación perfectamente normal. No insisto en este punto, puesto que ya lo he discutido en otro lugar más detalladamente.
 4º Ritos sexuales.-La prohibición del acto sexual es un elemento de la mayoría de los conjuntos ceremoniales y, al igual que las lenguas especiales, no debe ser clasificado aparte. En los pueblos en que el coito no implica ni impureza ni peligro mágico-religioso, el tabú en cuestión no se presenta: pero allí donde esta opinión existe, es natural que el individuo que desee entrar en el mundo sagrado y, tras entrar en él, actuar deba alcanzar un estado de "pureza" y mantenerse en él. Pero, por otra parte, y ésta es una de las formas de la rotación de la noción de sagrado a que nos hemos referido en el capítulo 1, al tiempo que es impuro, el coito es "poderoso"; ésa es la razón de que lo encontremos empleado como un rito de una eficacia superior. Está claro que el coito con una prostituta consagrada a una divinidad no es más que uno de los medios, del mismo género que la comunión, para agregarse a la divinidad, o incluso identificarse con ella. Pues conviene asignar al acto su sentido material, de penetración. Otros ritos, como el de Mylitta (toda muchacha debía ofrecerse una vez a un extranjero y recibir de él una moneda), son más complejos. Su mejor interpretación la ha dado Westermarck: piensa que era un medio para asegurar la fecundidad de la muchacha, basado en el poder sagrado del extranjero. Ésta no era, propiamente hablando, una prostituta sagrada; el acto se realizaba en terreno sagrado; es posible que su finalidad fuera al mismo tiempo agregar el extranjero a la divinidad o a la ciudad.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2008, en traducción de Juan Aranzadi. ISBN: 978-84-206-6217-6.]