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miércoles, 9 de septiembre de 2020

Pasos.- Lope de Rueda (1510-1565)

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Las aceitunas

  «Toruvio: Sí, ¿carguilla de leña le parece a la señora? Juro al cielo de Dios que éramos yo y vuestro ahijado a cargarla y no podíamos.
 Águeda: Ya, noramaza sea, marido. ¡Y qué mojado que venís!
 Toruvio: Vengo hecho una sopa de agua. Mujer, por vida vuestra, que me deis algo de cenar.
 Águeda: ¿Yo qué diablos os tengo de dar, si no tengo cosa ninguna?
 Mencigüela: ¡Jesús, padre, y qué mojada que venía aquella leña!
 Toruvio: Sí, después dirá tu madre que es el alba...
Águeda: Corre, muchacha; adrézale un par de huevos para que cene tu padre y hazle luego la cama. Yo os aseguro, marido, que nunca se os acordó de plantar aquel renuevo de aceitunas que rogué que plantaseis.
 Toruvio: ¿Pues en qué me he detenido sino en plantarle como me rogaste?
 Águeda: Callad, marido. ¿Y adónde lo plantaste?
 Toruvio: Allí junto a la higuera breval, adonde, si se os acuerda, os di un beso.
 Mencigüela: Padre, bien puede entrar a cenar, que ya está adrezado todo.
 Águeda: Marido, ¿no sabéis qué he pensado? Que aquel renuevo de aceitunas que plantaste hoy, que de aquí a seis o siete años, llevará cuatro o cinco hanegas de aceitunas. Y que, poniendo plantas acá y plantas acullá, de aquí a veinticinco o treinta años, tendréis un olivar hecho y derecho.
 Toruvio: Eso es la verdad, mujer, que no puede dejar de ser lindo.
 Águeda: Mirad, marido, ¿sabéis qué he pensado? Que yo cogeré el aceituna y vos la acarrearéis con el asnillo y Mencigüela la venderá en la plaza. Y mira, muchacha, que te mando que no me des menos el celemín de a dos reales castellanos.
 Toruvio: ¿Cómo a dos reales castellanos? ¿No veis que es cargo de conciencia y nos llevará al amotacén cada día la pena? Que basta pedir a catorce o quince dineros por celemín.
 Águeda: Callad, marido, que es el veduño de la casta de los de Córdoba.
 Toruvio: Pues aunque sea de la casta de los de Córdoba, basta pedir lo que tengo dicho.
 Águeda: Ora no me quebréis la cabeza. Mira, muchacha, que te mando que no las des menos el celemín de a dos reales castellanos.
 Toruvio: ¿Cómo a dos reales castellanos? Ven acá, muchacha, ¿a cómo has de pedir?
 Mencigüela: A como quisiereis, padre.
 Toruvio: A catorce o quince dineros.
 Mencigüela: Así lo haré, padre.
 Águeda: ¿Cómo "así lo haré, padre"? Ven acá, muchacha, ¿a cómo has de pedir?
 Mencigüela: A como mandareis, madre.
 Águeda: A dos reales castellanos.
 Toruvio: ¿Cómo a dos reales castellanos? Yo os prometo que, si no hacéis lo que yo os mando, que os tengo de dar más de doscientos correonazos. ¿A cómo has de pedir?
 Mencigüela: A como vos decís, padre.
 Toruvio: A catorce o quince dineros.
 Mencigüela: Así lo haré, padre.
 Águeda: ¿Cómo "así lo haré, padre"? Tomad, tomad: haced lo que yo os mando.
 Toruvio: Dejad a la muchacha.
 Mencigüela: ¡Ay, madre! ¡Ay, padre, que me mata!
(Entra Aloja)
 Aloja: ¿Qué es esto, vecinos? ¿Por qué maltratáis así a la muchacha?
 Águeda: ¡Ay, señor! Este mal hombre que me quiere dar las cosas a menos precio y quiere echar a perder mi casa. ¡Unas aceitunas que son como nueces!
 Toruvio: Yo juro a los huesos de mi linaje que no son aún como piñones.
 Águeda: ¡Sí son! 
pasos y entremeses (lope de rueda, cervantes, c - Buy Theater Books at  todocoleccion - 192060426 Toruvio: ¡No son!
 Aloja: Ora, vecina, hacedme tamaño placer que os entréis allá dentro, que yo lo averiguaré todo.
 Águeda: ¿Averigüe o póngase todo del quebranto?
 Aloja: Señor vecino, ¿que son de las aceitunas? Sacadlas acá fuera, que yo las compraré, aunque sean veinte hanegas.
 Toruvio: Que no, señor, que no es de esa manera que vuesa merced se piensa; que no están las aceitunas aquí en casa, sino en la heredad.
 Aloja. Pues traedlas aquí, que yo os las compraré todas al precio que justo fuere.
 Mencigüela: A dos reales quiere mi madre que se venda el celemín.
 Aloja: Cara cosa es esa.
 Toruvio: ¿No le parece a vuesa merced?
 Mencigüela: Y mi padre a quince dineros.
 Aloja: Tenga yo una muestra de ellas.
 Toruvio: ¡Válame Dios, señor! Vuesa merced no me quiere entender. Hoy he yo plantado un renuevo de aceitunas y dice mi mujer que de aquí a seis o siete años llevará cuatro o cinco hanegas de aceituna y que ella la cogería y que yo la acarrease y la muchacha la vendiese. Y que, a fuerza de derecho, había de pedir a dos reales por cada celemín. Yo, que no, y ella, que sí. Y sobre esto ha sido la cuistión.
 Aloja: ¡Oh, qué graciosa cuistión! Nunca tal se ha visto. Las aceitunas no están plantadas y ya ha llevado la muchacha tarea sobre ellas.
 Mencigüela: ¿Qué le parece, señor?
 Toruvio: No llores, rapaza, la muchacha, señor, es como un oro. Ora andad, hija, y ponedme la mesa, que yo os prometo de hacer un sayuelo de las primeras aceitunas que se vendieren.
 Aloja: Ora andad, vecino; entraos allá dentro y tened paz con vuestra mujer.
 Toruvio: Adiós, señor.
 Aloja: Ora, por cierto, ¡qué cosas vemos en esta vida que ponen espanto! Las aceitunas no están plantadas, ya las habemos visto reñidas. Razón será que dé fin a mi embajada.»

  [El texto pertenece a la edición de Grupo Anaya, 2011, en edición de Juan María Marín. ISBN: 978-84-667-0301-7.]

domingo, 20 de mayo de 2018

Laberinto de fortuna.- Juan de Mena (1411-1456)


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II.- Argumenta contra la Fortuna

«Tus casos fallaçes, Fortuna, cantamos, / estados de gentes que giras e trocas;
tus grandes discordias, tus firmezas pocas, / y los qu'en tu rueda quexosos fallamos.
Fasta que al tempo de agora vengamos / de fechos pasados cobdicia mi pluma
y de los presentes fazer breve suma, / y dé fin Apolo, pues nos començamos. [...]

IV.-Ennarra
Como no creo que fuessen menores / que los d'Afrricano los fechos del Çid,
nin que feroçes menos en la lid / entrasen los nuestros que los agenores,
las grandes façañas de nuestros señores, / la mucha constancia de quien los más ama,
yaze en teniebras, dormida su fama, / dañada d'olvido por falta de auctores.

V.-Pone en exemplo
La gran Babilonia, que uvo cercado / la madre de Nino de tierra cozida,
si ya por el suelo nos es destruida, / ¡quánto más presto lo mal fabricado!
E si los muros que Febo a travado / argólica fuerça pudo subverter,
¿qué fábrica pueden mis manos fazer / que no faga curso segund lo passado? [...]

VII.-Disputa con la Fortuna
Pues dame liçençia, mudable Fortuna, / por tal que blasme de ti como devo.
Lo que a los sabios non debe ser nuevo / inoto a persona podrá ser alguna;
e pues que tu fecho así contrapuna, / fas a tus casos como se concorden,
ca todas las cosas regidas por orden / son amigables de forma más una. [...]

IX.- Concluye contra la Fortuna
¿Pues cómo, Fortuna, regir todas cosas / con ley absoluta sin orden te plaze?
¡Tú non farías lo qu'el cielo faze, / e fazen los tiempos, las plantas e rosas!
O muestra tus hobras ser siempre dañosas, / o prósperas, buenas, durables, eternas;
non nos fatigues con vezes alternas, / alegres agora e agora enojosas.

X.-Propiedades de la Fortuna
Mas bien acatada tu varia mudança, / por ley te goviernas, maguer discrepante,
ca tu firmeza es non ser constante, / tu temperamento es distemperança,
tu más cierta orden es desordenança, / es la tu regla seer muy enorme,
tu conformidat es non ser confforme, / tú desesperas a toda sperança. [...]

XII.-Aplicación
Assí, fluctüosa Fortuna aborrida, / tus casos inçiertos semejan atales,
que corren por ondas de bienes e males, / faziendo non çierta ninguna corrida.
Pues ya por que vea la tu sinmedida, / la casa me muestra do anda tu rueda,
por que de vista decir cierto pueda / el modo en que tractas allá nuestra vida. [...]

LVI.-De las tres ruedas que vido en la casa de la Fortuna
Bolviendo los ojos a do me mandava, / vi más adentro muy grandes tres ruedas:
las dos eran firmes, inmotas e quedas, / mas la de en medio boltar non çesava;
e vi que debaxo de todas estaba / caída por tierra giente infinita,
que avía en la fruente cada qual escripta / el nombre e la suerte por donde passava,

LVII.-Pregunta el auctor a la Providencia
aunque la una que no se movía, / la gente que en ella havía de ser
e la que debaxo esperava caer / con túrbido velo su mote cobría.
Yo que de aquesto muy poco sentía / fiz de mi dubda complida palabra,
a mi guiadora rogando que abra / esta figura que non entendía.

LVIII.-Respuesta
La qual me respuso: "Saber te conviene / que de tres edades te quiero decir:
pasadas, presentes e de porvenir; / ocupa su rueda cada qual e tiene.
Las dos que son quedas, la una contiene / la gente pasada y la otra futura;
la que se buelve en el medio procura / la que en el siglo presente detiene.

LIX.-Prosigue la Providencia
Así que conosce tú que la terçera / contiene las formas e las simulacras
de muchas personas profanas e sacras / de gente que al mundo será venidera,
e por ende cubierta de tal velo era / su faç, aunque formas tú viesses de hombres,
porque sus vidas aun nin sus nombres / saberse por seso mortal non podiera.

LX.-Razón de la Providencia porque los ombres no pueden saber lo porvenir
El umano seso se çiega e oprime / en las baxas artes que le da Minerva;
pues vee que faría en las que reserva / aquél que los fuegos corruscos esgrime.
Por eso ninguno non piense ni estime / prestigïando poder ser sçiente
de lo conçebido en la divina mente, / por mucho que en ello trasçenda ni rime.»


 [El extracto pertenece a la edición  en español de Ediciones Cátedra, 1979, en edición de John G. Cummins. ISBN: 84-376-0210-6.]

martes, 4 de agosto de 2015

"La tierra de Jauja".- Lope de Rueda (1510-1565)

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 "Panarizo: Mucho mejor sería, si tú lo pudieses acabar, que la hiciesen obispesa de la tierra de Jauja.
 Mendrugo: ¡Cómo! ¿Qué tierra es ésa?
 Honcigera: Muy extremada, a do pagan soldada a los hombres por dormir.
 Mendrugo: ¿Por su vida?
 Panarizo: Sí, de verdad.
 Honcigera: Ven acá, asiéntate un poco y contarte hemos las maravillas de la tierra de Jauja.
 Mendrugo: ¿De dónde, señor?
 Panarizo: De la tierra en que azotan a los hombres porque trabajan.
 Mendrugo: ¡Oh, qué buena tierra! Cuénteme las maravillas de esa tierra, por vida suya.
 Honcigera: ¡Sus! ven acá, asiéntate aquí en medio de los dos. Mira...
 Mendrugo: Ya miro, señor.
 Honcigera: Mira: en la tierra de Jauja, hay un río de miel; y junto a él, otro de leche; y entre río y río, hay un puente de mantequillas encadenada de requesones y caen en aquel río de la miel, que no parece sino que están diciendo: "Comedme, comedme".
 Mendrugo: Mas, ¡pardiez!, no era de menester a mí convidarme tantas veces.
 Panarizo: ¡Escucha aquí, necio!
 Mendrugo: Ya escucho, señor.
 Panarizo: Mira: en la tierra de Jauja hay unos árboles que los troncos son de tocino.
 Mendrugo: ¡Oh, benditos árboles! ¡Dios os bendiga, amén!
 Panarizo: Y las hojas son hojuelas, y el fruto de estos árboles son buñuelos y caen en aquel río de la miel, que ellos mismos están diciendo: "Mascadme, mascadme"
 Honcigera. ¡Vuélvete acá!
 Mendrugo: Ya me vuelvo.
 Honcigera: Mira: en la tierra de Jauja, las calles están empedradas con yemas de huevos; y entre yema y yema un pastel con lonjas de tocino.
 Mendrugo: ¿Y asadas?
 Honcigera: Y asadas, que ellas mismas dicen: "Tragadme, tragadme".
 Mendrugo: Ya parece que las trago.
 Panarizo: ¡Entiende, bobazo!
 Mendrugo: Diga, que ya entiendo.
 Panarizo: Mira: en la tierra  de Jauja hay unos asadores de trescientos pasos de largo, con muchas gallinas y capones, perdices, conejos, francolines...
 Mendrugo: ¡Oh, cómo los como yo ésos!
 Panarizo: Y junto a cada ave, un cuchillo, que no es de menester más que cortar; que ello mismo dice: "Engollidme, engollidme".
 Mendrugo: ¿Qué? ¿Las aves hablan?
 Honcigera: ¡Óyeme!
 Mendrugo: Que ya oigo, pecador de mí: estarme hía todo el día oyendo cosas de comer.
 Honcigera: Mira: en la tierra de Jauja hay muchas cajas de confitura, mucho calabazate, mucho diacitrón, muchos mazapanes, muchos confites.
 Mendrugo: Dígalo más pausado, señor, eso.
 Honcigera: Hay ragea y unas limetas de vino que él mismo se está diciendo: "Bebedme, comedme, bebedme, comedme".
 Panarizo: ¡Ten cuenta!
 Mendrugo: Harta cuenta me tengo yo, señor, que me parece que engulo y bebo.
 Panarizo: Mira. en la tierra de Jauja hay muchas cazuelas con arroz y huevos y queso.
 Mendrugo: ¿Cómo ésta que yo traigo?
 Panarizo: ¡Que vienen llenas! ¡Y ofrezco al diablo la cosa que vuelven!
 Mendrugo: ¡Válalos el diablo! ¡Dios les guarde! ¿Y qué se han hecho estos mis contadores de la tierra de Jauja? ¡Ofrecidos seáis a cincuenta aviones! ¿Y qué es de mi cazuela? Juro a mí que ha sido bellaquísimamente hecho. ¡Oh, válalos el de las patas luengas! Si había tanto que comer en su tierra, ¿para qué me comían mi cazuela? Pues yo juro a mí, que juro a bueno, que tengo de enviar tras ellos cuatro o cinco dineros de hermandades para que los traigan a su costa. Pero primero quiero decir a vuesas mercedes lo que me han encomendado".