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lunes, 10 de diciembre de 2018

Nueva enciclopedia.- Alberto Savinio [Andrea de Chirico] (1891-1952)


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«Conciencia: Siempre he recelado de Sócrates. (En una breve historia de la filosofía, compilada para su uso personal, Schopenhauer hace esta aguda observación: "Desconfío de los que no han dejado constancia escrita de su pensamiento"). Siempre he recelado de Sócrates pero sobre todo desde que descubrí y comprobé los incalculables daños que la conciencia ha acarreado a la humanidad. Y es a él a quien debemos ese bello regalo, a aquel hombre chato y respingado, a aquel defensor de los instintos plebeyos y de la sordidez mental y a su pérfida, tendenciosa interpretación del apolíneo "conócete a ti mismo". La conciencia existía ya, pero era un vicio que el hombre escondía en sí mismo, sin tener tampoco manera de exteriorizarlo. Y entonces llegó el descontento, el vengativo, el plebeyo envidioso, el antiartista (¡me gustaría a mí ver las estatuas del hijo de Sofronisio!) y se puso a exaltar ese vicio, lo legalizó, le dio autoridad para aparecer en público desvergonzadamente, para pavonearse. Toda la vulgaridad, toda la estupidez, toda la falta de nobleza, toda la superchería y pusilanimidad, toda la fea vida, todo el falso arte que arrecia desde entonces hasta nuestros días, y que hoy trata de imponerse a nosotros, los presocráticos, todo eso se lo debemos a él, a la "partera" de la conciencia.
 [...]
 Cultura: La cultura tiene por objeto principal dar a conocer muchas cosas. Y cuantas más cosas se conocen, tanta menos importancia se da a cada cosa: a más fe, menos fe absoluta. Conocer muchas cosas significa juzgarlas más libremente y, en consecuencia, mejor. Cuantas menos cosas se conocen, tanto más se cree que sólo ésas existen, sólo ésas cuentan, sólo ésas tienen importancia. Y así se llega al fanatismo, o sea a conocer una sola cosa y, en consecuencia, a creer, a tener fe solamente en ella. Véase, si no, el caso de los alemanes, que han llegado a la especialización. También el fanatismo es una especialización. Conclusión: ya que el fin de la cultura es dar a conocer el mayor número posible de cosas, y ya que conocer una cosa equivale a destruirla, el fin supremo de la cultura es la ignorancia. Permítaseme esta declaración de orgullo: yo vislumbro ya este estado supremo de cultura, este estado supremo de ignorancia. Ya vislumbro esta serenidad suprema, esta mirada sumamente sapiente que abarca un mundo de cosas conocidas y, en consecuencia, destruidas. Este cementerio de cosas. Esta paz final. En el fondo esta "meta" mía se confunde con el principio mismo de la vida cristiana, que es ignorar; y llega hasta superarla, porque mi meta ignora incluso a Dios. No sé decir, en verdad, si ignoro a Dios porque mi conciencia lo ha "atravesado" ya o si es porque no ha llegado nunca a conocerlo. Lo que hay que averiguar es si Dios es algo "por conocer".
[...]
 Deliberaciones: "Los persas tienen la costumbre de discutir sus asuntos más importantes en estado de embriaguez y al día siguiente se hacen repetir en ayunas lo que les había parecido bien de la discusión: si lo siguen encontrando bien también en ayunas, lo aceptan; si no, renuncian a ello. Y, a modo de compensación, discuten de nuevo cuando están embriagados las cosas que ya han discutido en ayunas". Esto dice Heródoto en el primer capítulo de sus Historias y Tácito atribuye la misma manera de deliberar a los germanos antiguos. Cuando Heródoto leyó sus Historias en la Olimpíada, el entusiasmo fue tal que a los nueve libros les fueron impuestos, por aclamación, los nombres de las nueve musas. No cabe imaginarse un historiador de nuestro tiempo, Johan Huizinga, por ejemplo, leyendo su Otoño de la Edad Media en las Olimpíadas de Amberes o de Berlín o de Los Ángeles y consiguiendo el mismo éxito. ¿Por qué aquello que era posible "entonces" no lo es ahora? El primer libro de las Historias de Heródoto está dedicado, como es natural, a Clío, que en griego se escribe kleio y significa "ciervo". El nombre de la más severa de las nueve musas revela la verdadera función de la historia, que consiste en ir "cerrando" nuestras acciones pasadas a fin de quitarnos de encima su peso y hacernos encontrar cada mañana un ánimo nuevo, a falta de un mundo nuevo.
[...]
 Etimología: Mi hija (de cinco años) ha descubierto que los fósforos se llaman así porque "se encienden". En sus ojos de oro ha lucido una luz nueva, primer reflejo de una inteligencia más firme de las cosas, de una felicidad más apuntalada por la razón. El mismo júbilo debió de sentir Leopardi al descubrir que náusea viene de naus, nave, y yo también, años más tarde, me sentí muy contento de descubrir que corbata viene de croata y que las dos primeras letras de snobismo son sigla de sine nobilitate, o que tiranno significó en su origen guardián del queso. El descubrimiento etimológico es una "iluminación". El descubrimiento etimológico nos da la impresión (o la ilusión) de tocar con la mano la verdad. De aquí esa gratísima sensación de ambición saciada. Pero es una sensación juvenil y cerrada en los límites de la adolescencia (o, mejor dicho: "del adolescentismo", porque muchas veces el sentimiento "adolescentístico" continúa más allá de la adolescencia). Una vez rotos estos límites, el significado primitivo de las palabras deja de sorprendernos, de arrebatarnos, y prudentemente nos atenemos a su significado habitual, a su significado adquirido, que, a veces, está lejanísimo del originario. Que en el Piamonte a la suegra la llamen madonna es cosa que nos importa poco. Una vez apagada la curiosidad de descubrir las "raíces", nos queda mayor libertad para hacer descubrimientos más importantes. El fin del siglo pasado fue edad de oro de la etimología. Adoradores de la diosa Razón, los hombres se hicieron la ilusión de que habían tocado con la mano la Verdad. Fue un momento de alegría plena, orgullosa, triunfante. Después, poco a poco, y mientras los discursos de los "iluminados" y los soniquetes de las filarmónicas seguían resonando en el cielo sin Dios, la decepción comenzó a minar un terreno aparentemente tan sólido. Y lo que en un principio había parecido aurora de una vida nueva y luminosísima, resultó no ser en realidad otra cosa que indicio de que, a trancas y a barrancas, la civilización septentrional había llegado a una situación de vía muerta.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Acantilado, 2010, en traducción de Jesús Pardo. ISBN: 978-84-92649-35-8.]

jueves, 6 de agosto de 2015

"Diario".- Eugene Ionesco (1909-1994)

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"Me pregunto cómo pueden todavía apasionarme, o por lo menos preocuparme, los problemas económicos, sociales, políticos, siendo así que yo sé: 1) que nos vamos a morir; 2) que la revolución no nos salva ni de la vida ni de la muerte; 3) que no puedo imaginarme un universo finito, un universo infinito, un universo ni finito ni infinito.
 Estamos en la vida para morir. La muerte es el final de la existencia; eso es, podrán decir, una verdad banal. A menudo, a través de la expresión gastada, lo banal desaparece y surge, resurge, la verdad completamente nueva. Estoy en uno de esos momentos en que me parece que me digo, por primera vez, que descubro que la existencia no tiene más que la muerte como final. No se puede hacer nada. No se puede hacer nada. No se puede hacer nada. No se puede hacer nada. Pero, ¿qué es esta condición de marioneta movida por cuerdas, con qué derecho se burlan de mí?
 Todavía me sucede que me quedo asombradísimo de no tener ya doce años.
*
 Al leer Fedón, solamente hacia el final del diálogo me doy cuenta de que estamos en muy buenas sábanas. Sócrates no ha conseguido convencerme de que el alma es inmortal y de que va a vivir en un mundo superior. Se tiene la impresión de que los discípulos de Sócrates tampoco están convencidos, puesto que lloran; de otra manera, ¿por qué iban a llorar? Cuando llega la noche y Sócrates toma el veneno; cuando sus pies se van quedando fríos, así como su vientre; cuando, por fin, muere, un terror, una tristeza enormes se apoderan de mí. Tan convincente es la descripción de la muerte de Sócrates, mucho más convincente que los argumentos de Sócrates a favor de la inmortalidad. Por otra parte, los argumentos se desvanecen en un instante; se olvidan inmediatamente, pero la imagen de Sócrates muerto se graba en mi memoria: todos los hombres son mortales; Sócrates es hombre, Sócrates es mortal. Me desperté esta noche y pensé en eso. Desde hacía mucho tiempo no había padecido una angustia tan lúcida, presente, glacial. Miedo a la nada. ¿Cómo decirlo? Puse las manos sobre el pecho como para sentirme allí; luego, de repente, tuve la sensación de que las tinieblas de la nada habían empezado ya a devorarme y de que ya no tenía pies, pantorrillas, muslos; ya no era más que un tronco que roían las llamas heladas de la nada. Encendí la luz. Qué bueno es vivir. Me sentí lleno de ternura hacia esta vida que se me apareció como un cuento de hadas; una fantasía luminosa en la noche. Nos matamos unos a otros porque sabemos que todos estaremos muertos. Por odio a la muerte es por lo que nos matamos los unos a los otros. La muerte apacible, serena, de Sócrates me parece de repente inverosímil y, sin embargo, es posible. Pero, ¿cómo?
*
 Es imposible comprender algo. Todos los que se imaginan que comprenden algo están limitados.. Solamente cuando digo que todo es incomprensible estoy lo más cerca posible de comprender la única cosa que nos es dado comprender.
 Nada es más fuerte que el porqué, nada está por encima del porqué, porque existe al final un porqué sin respuesta posible. En efecto, de porqué en porqué, de escalón en escalón, se llega al extremo de las cosas. Sólo cuando se llega, de porqué en porqué, al porqué sin respuesta, el hombre está al nivel del principio creador, frente al infinito, igual tal vez al infinito. En tanto que podemos responder al porqué, nos perdemos, nos extraviamos en las cosas. ¿Por qué esto?, contesto, "porque aquello", y, de explicación en explicación, asciendo hasta el punto donde ya no se puede darnos ninguna explicación que comer; de explicación en explicación, llego al punto cero o absoluto, es decir, allí donde verdad y mentira son equivalentes, se hacen iguales la una a la otra, se identifican, se anulan recíprocamente ante la nada absoluta. Se puede así comprender que cualquier acción, cualquier elección, cualquier historia, está justificada, al final de los tiempos, por una anulación definitiva. El porqué lo supera todo. Nada supera al porqué, ni siquiera la nada, porque la nada no es la explicación; frente al silencio, en el silencio, estalla la pregunta sin respuesta. Este último porqué, este gran porqué, es como una luz que lo borra todo, pero luz cegadora: ya no se puede distinguir nada, ya no hay nada que distinguir".   

sábado, 31 de enero de 2015

"Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano".- G.W.Leibniz (1646-1716)


  

"Teófilo: Os lo concedo en lo referente a las ideas puras, que contrapongo a las imágenes de los sentidos, y respecto a las verdades necesarias o de razón, que opongo a las verdades de hecho. En tal sentido, hay que afirmar que toda la Aritmética y la Geometría son innatas y están en nosotros de una manera virtual, de suerte que resulta posible encontrarlas si se las considera con atención y dejando de lado lo demás que tenemos en el espíritu, sin servirse de ninguna otra verdad aprendida por medio de la experiencia o por tradición ajena, tal y como Platón lo demostró en un diálogo, en el cual presenta a Sócrates conduciendo a un niño a verdades abstrusas por el solo medio de las preguntas, sin enseñarle nada. Por tanto, es posible fabricarse ciencias enteras en el propio gabinete, e incluso a ciegas, sin aprender mediante la vista o el tacto las verdades necesarias; aunque también es cierto que las ideas de que tratamos no habrían sido consideradas si nunca hubiésemos visto ni tocado nada. Una admirable economía de la naturaleza hace que no podamos tener pensamientos abstractos que no se apoyen en algo sensible, aun cuando no se trate mas que de caracteres como las figuras de las letras, o de sonidos; sin embargo, entre dichos pensamientos y los caracteres no existe ninguna conexión necesaria. Si estas huellas sensibles no fuesen necesarias, tampoco existiría la armonía preestablecida, sobre la cual tendré ocasión de conversar con vos más ampliamente. Pero todo eso no impide que el espíritu tome las verdades necesarias de sí mismo. De vez en cuando, se aprecia lo lejos que podría ir sin ningún tipo de ayuda, como en el caso del muchacho sueco que llegó a hacer de memoria e instantáneamente grandes cálculos, a base de cultivarla, sin haber aprendido la manera usual de contar, ni tampoco a leer ni a escribir, si es que recuerdo bien lo que se me contó al respecto. Cierto es que no llegó a resolver los problemas inversos, como los planteados en la extracción de raíces; pero eso no impide que hubiera podido conseguirlo por sí mismo mediante alguna nueva habilidad de su espíritu. De manera que todo eso lo único que prueba es que existen grados en la dificultad que tenemos para apercibirnos de lo que hay en nosotros mismos. Hay principios innatos que son comunes, y muy sencillos para todos; hay teoremas que, asimismo, se descubren pronto y construyen las ciencias naturales, las cuales son comprendidas mejor por algunos que por otros. En fin, en un sentido más amplio que es bueno utilizar para llegar a nociones más comprehensivas y determinadas, todas las verdades que se pueden deducir de los conocimientos innatos primitivos pueden a su vez ser denominadas innatas, porque el espíritu las puede extraer de su propio fondo, aun cuando a menudo no resulte fácil. Y si alguien da a las palabras otro sentido, no quiero entrar en discusiones referentes a palabras".

lunes, 19 de enero de 2015

"Metafísica".- Aristóteles (384 a.C. - 322 a.C.)

           

"La doctrina de las ideas nació entre sus fundadores de la consecuencia de los argumentos de Heráclito sobre la verdad de las cosas; argumentos que los persuadieron y según los cuales todas las cosas sensibles se encuentran en un flujo perpetuo, de forma que si hay ciencia y conocimiento de algo deben existir realidades fuera de las naturalezas sensibles, realidades permanentes, pues no hay ciencia de lo que está en perpetuo fluido. Sócrates se encerró en el estudio de las virtudes morales y fue el primero que planteó el problema de la definición general de estos objetos, pues, entre los físicos, Demócrito se había empeñado en una pequeña parte de la física y sólo definía lo caliente y lo frío y, anteriormente, los pitagóricos no habían definido más que un pequeño número de seres, de los cuales redujeron las nociones a los números: así eran las definiciones de la ocasión, lo justo o el matrimonio. Con razón Sócrates buscaba la esencia pues intentaba hacer silogismos y el principio de los silogismos es la esencia. La dialéctica no era todavía en aquel tiempo potencia bastante fuerte para razonar sobre los contrarios independientemente de la esencia y para determinar si la ciencia de los contrarios es una. Por lo tanto, con justo motivo podemos atribuir a Sócrates el descubrimiento de estos dos principios: el discurso inductivo y la definición general, ambos relativos al punto de partida de la ciencia. Sin embargo, Sócrates no concedía existencia separada a los universales ni a las definiciones.
 Por el contrario, los filósofos que vinieron después de él las separaron y dieron a tales realidades el nombre de ideas. Y así llegaron a otra consecuencia por un razonamiento idéntico: admitir como ideas todo aquello que es universal, y esto era casi como si alguien quisiera hacer una cuenta y creyese no poder conseguirla porque los números fueran demasiado pequeños y entonces los aumentara para efectuar su cuenta. En efecto, existe un mayor número de ideas, por decirlo así, que de individuos sensibles de los cuales esos filósofos buscan las causas y de los cuales proceden para llegar a las ideas. Efectivamente, a cada cosa corresponde una realidad homónima, y existiendo aparte tantas sustancias propiamente dichas como esencias de las demás cosas que suponen la unidad de una multiplicidad, ya se trate de una multiplicidad sensible o de una multiplicidad eterna.
 Luego, partiendo de todos los argumentos dialécticos mediante los cuales los platónicos pretenden demostrar la existencia de las ideas, llegan a la conclusión de que ninguno es evidente. Algunos de ellos no conducen a una conclusión necesaria, otros establecen ideas de las cosas que, según la misma opinión de lo platónicos, no las tienen. En efecto, de los argumentos basados en la existencia de las ciencias surgirán ideas de todas las cosas que son objeto de una ciencia; del argumento de la unidad de una multiplicidad surgirán también negaciones; finalmente, del argumento de que incluso lo que perece constituye un objeto del pensamiento surgirá también la idea de los objetos destruidos , pues su representación sigue presente en el pensamiento. Incluso algunos razonamientos más exactos conducen unos a admitir las ideas de los relativos y otros al argumento del tercer hombre. (Ahora bien, lo relativo no es considerado por los platónicos como un género en sí)".