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martes, 10 de marzo de 2020

El pensamiento chino.- Marcel Granet (1884-1940)

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Libro IV: Sectas y escuelas
Capítulo 3: Las recetas de santidad
II.-La mística de la autonomía

«Sólo la quietud procura un conocimiento verdadero de la naturaleza. […] Toda ciencia es imposible y en especial la historia: nada puede vivir de lo que ha sido, como no sean las huellas. […] No hay conocimiento verdadero fuera del Instante y del Total. […]
 Toda pretendida técnica no podría ser más que engañosa y nociva. Cualquier receta es intransmisible. Todo conocimiento, incomunicable, al menos dialécticamente. Los comportamientos naturales se perciben gracias a la quietud y no son enseñables; se llega a ellos mediante la única actitud eficaz: la de la concentración desinteresada y apacible.
 Un buen capataz no se molesta en explicar los detalles de su oficio. Se comporta de tal manera que el principio de toda eficacia resulta evidente para el discípulo. Quien sabe hacer no sabe ni por qué ni cómo lo hace; sólo sabe que consigue su objetivo y que lo conseguirá siempre, cuando con todo su ser piense en el éxito. Para abatir una cigarra en pleno vuelo basta con no ver en el Universo entero otra cosa que la cigarra misma: no se puede fallar aunque uno sea enclenque, jorobado y tuerto. […] El buen herrero hierra sin pensar en ello, y sin fatigarse; el buen carnicero corta sin pensar en ello, sin siquiera usar el cuchillo: uno y otro cortan o hierran espontáneamente.
 "Enseñar sin palabras, ser útil sin intervenir, es algo que muy pocos lo consiguen" y, sin embargo, "la suprema palabra es no decir nada (a los demás), el acto supremo es no intervenir (wu wei)". "¡No habléis! ¡Expresaos sin hablar! Un tal ha pasado su vida hablando y no ha dicho nada. Tal otro no ha hablado en toda su vida y nunca ha dejado de decir algo". "El que habla no sabe", "el que sabe no habla".
 La Sabiduría, la Potencia, no pueden comunicarse más que con la enseñanza muda, que es la única que respeta la naturaleza de las cosas y la autonomía de los seres.
 El Santo no sabe y no vive más que para él, sin embargo enseña todo y santifica todo. Enseña y santifica por un efecto directo de su eficacia. Completamente introvertido, se abstiene de todas las palabras o acciones particulares. No interviene en nada (wu wei). Se limita, como el Tao, a irradiar una vacuidad propicia para el desarrollo espontáneo de todos los seres.
 Esta vacuidad beatificante es, si se me permite decirlo así, la atmósfera del Paraíso. Son los mitos sobre la edad del oro, o sobre las Tierras de los Bienaventurados, los que sirven para ilustrar la moral y la política taoístas. Hay, allá hacia el noroeste, un muy lejano país en el que "no hay ningún jefe: (allí todo se hace) espontáneamente, ¡eso es todo! Allí no se conoce ni el amor a la vida, ni el odio a la muerte: tampoco existen muertes prematuras. No se conoce allí ni la afección por uno mismo ni el alejamiento de los otros: ¡no hay amor ni odio! Ni las nubes ni la bruma impiden la vista, ni los relámpagos ni los truenos turban el oído, ni lo bello ni lo feo corrompen los corazones, ni los montes ni los valles alteran los pasos..." Antiguamente, "cuando los hombres se comportaban naturalmente, no había ni caminos ni puentes..., cada cual permanecía en su casa sin pensar en lo que hacía o se paseaba sin saber a dónde iba. ¡Tragaban y reían a carcajadas! ¡Se daban palmadas de satisfacción en la tripa y se regocijaban! Y ahí radicaban sus talentos".
Resultado de imagen de el pensamiento chino editorial trotta En aquellos tiempos dichosos, los hombres podían vivir en la inocencia. Vivían sin mantener contactos con el vecino, sin fabricarse deseos artificiales. Eran autónomos, "satisfechos de sus maneras, apacibles en sus moradas […], morían de viejos sin haber entrado en relación" ni siquiera con esas casas cercanas, "en las que reconocían los ladridos de sus perros o los cantos de sus gallos". […] "Inocentes y toscos, reducen al mínimo su egoísmo y su deseo. Dan, pero no solicitan nada a cambio (bao)". Esos son los principios de la verdadera moral: "¡Sed simples, sed naturales! ¡Reducid al mínimo vuestro egoísmo y vuestros deseos" ordena Laozi y añade: "El sabio conserva la copia firmada del contrato pero nunca reclama lo que se le debe". Toda sociedad, toda moral, basadas en el respeto de una jerarquía autoritaria, en la ejecución forzada de los contratos, en la coacción, son perniciosas y degradantes.
 Autonomía sin restricciones, buen entendimiento espontáneo, ése es en política el único principio, la única regla en moral. Ritos y recompensas, leyes y castigos y, peor aún, servicio social y devoción al bien público, esas tesis abominables de Mozi, de los legistas, de los discípulos de Confucio, morales del sacrificio, de la disciplina, del honor, de todo eso provienen los peores desastres y la anarquía. Estas falsas morales, edificadas para eliminar alguna pasión, desencadenan todas las pasiones. Imponen el gusto por la intriga, por el espíritu procesal, por el empeño por dominar. Quien maquina para suscitar deseos artificiales, cuando lo que se propone es refrenar los deseos, ha errado su objetivo. ¿Hay que glorificar el desprecio a la muerte para tener buenos soldados? ¿Alguien puede hacerse obedecer amenazando a sus hombres con castigarlos con la muerte? Conseguiréis crear una banda de desalmados a los que no conseguiréis amedrentar nunca. Son las leyes las que hacen los criminales, los reglamentos los que provocan la anarquía. Quien sigue la naturaleza quiere permanecer libre y para lograrlo evita cualquier deseo. Sólo así se consigue permanecer inocente e inofensivo. Cuando se empieza a deformar la naturaleza humana, a oprimir al individuo, el resultado sólo puede ser la miseria, el crimen, el desorden.
 Los Maestros taoístas, sin embargo, lejos de profesar un individualismo absoluto, repudian las teorías de Yangzi. Zhuangzi le ataca con frecuencia, igual que a Mozi, diciéndoles que son enemigos de la naturaleza y que les gustaría enjaular a los hombres como si fueran palomas.
 Estos ataques son tan violentos porque el individualismo de Yangzi carece de contrapartida y, además, igual que el sectarismo de Mozi, lleva adherida una tendencia al pesimismo. Yangzi desprecia la vida que santifican los taoístas. "Cien años de vida serían demasiado. La mitad de ella se pasa, cuando niño, en los brazos de quien le lleva y, de viejo, chocheando. La otra mitad se reparte entre el sueño y el estado de vigilia; y, a su vez, este último período, se pasa entre enfermedades, dolores, penas, tristezas, pérdidas, temores, inquietudes. En los diez años que apenas quedan, no hay un solo instante que no tenga  sus preocupaciones". "Cien años de vida es tener que soportar demasiado. Y aún sería peor si, además, hubiera que esforzarse en prolongarla". Yangzi condena las prácticas de la larga vida (jiu sheng), tan queridas de los taoístas.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Trotta, 2013, en traducción de José Manuel Revuelta. ISBN: 978-84-9879-386-4.]

sábado, 12 de octubre de 2019

Nuestra Señora de las Flores.- Jean Genet (1910-1986)

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«Finalmente, tenía que pasar por todo eso, o sea: tenía que robar. En varias ocasiones se había entregado ya a este juego: en una mesa de objetos en venta, entre los que allí había y en el lugar más inasequible dejaba, como por descuido, una cosita que había comprado y pagado como es debido en un mostrador alejado. La dejaba ahí unos cuantos minutos, apartaba la vista y se interesaba por lo que había alrededor. Cuando el objeto se había fundido suficientemente en el resto de los objetos circundantes, lo robaba. Dos veces un inspector lo había atrapado y dos veces había tenido que pedir excusas la dirección, puesto que Miñón tenía el boleto entregado por la cajera.
  El robo en mostrador se hace según varios métodos, y cada tipo de mostrador exige quizás que se emplee uno en vez de otro. Por ejemplo, con una sola mano se pueden tomar a la vez dos objetos pequeños (billeteras), sostenerlos como si sólo hubiera uno, examinarlos largamente, deslizar uno en la manga y finalmente dejar el otro en su lugar, como si no conviniera. Ante montones de retales de seda hay que colocar descuidadamente una mano en el bolsillo roto del abrigo; se acerca uno al mostrador hasta tocarlo con el vientre y mientras la mano libre toca la tela y la saca de su sitio, la mano que está en el bolsillo sube hacia la parte de arriba del mostrador (siempre a nivel del ombligo), tira hacia sí del retal que está más abajo en el montón y se lleva de ese modo, gracias a la flexibilidad de la tela, hasta debajo del abrigo que lo oculta. Pero estas recetas que doy se las saben todas las amas de casa y todas las compradoras. Miñón prefería asir el objeto, hacerle describir una rápida parábola entre el mostrador y su bolsillo. Era audaz pero más bello. Como astros que caen, frascos de perfume, pipas y encendedores trazaban una curva pura y breve y le abultaban los muslos. Era un juego peligroso; que valiera o no la pena, sólo Miñón podría decidirlo. Ese juego era una ciencia que exigía entrenamiento y preparación, lo mismo que la ciencia militar. Primeramente era necesario estudiar la disposición de los espejos y sus biseles, y también de los que, oblicuos, colgados del techo, nos muestran dentro de un mundo cabeza abajo que los detectives, mediante el juego de bastidores que funciona en su cerebro, pronto ponen de pie y orientan. Era necesario acechar el instante en que la vendedora tiene la mirada en otra parte y en que los clientes, siempre traidores, no están mirando. Finalmente, habría que hallar, como un objeto perdido -o mejor aún, como uno de esos personajes de adivinanzas cuyas líneas, en los platos de postre, también son árboles y nubes- al detective. Busquen al detective. Es una mujer. El cine -además de otros juegos- enseña la naturalidad, una naturalidad totalmente compuesta de artificios y mil veces más engañosa que la verdadera. A fuerza de lograr parecerse a un congresista o a una partera, el detective de las películas ha dado a los rostros de los verdaderos congresistas y de las verdaderas parteras aspecto de detectives, y los verdaderos detectives, hoscos en medio de ese desorden que embarulla los rostros, agotados, han aceptado tener cara de detectives, lo cual no simplifica nada... "Un espía que pareciera espía seria un mal espía" me ha dicho un día una bailarina. (Generalmente se dice: "Una bailarina, una noche"). No lo creo.
  Miñón iba a salir del almacén. Por no tener nada que hacer, para aparentar naturalidad y también porque resulta difícil salirse de toda esa turbulencia, movimiento browniano tan poblado y moviente, conmovedor, como el aturdimiento de la mañana -se quedaba mirando al pasar los mostradores donde se ven camisas, tarros de pegamento, martillos, corderos y esponjas de hule. Tenía en los bolsillos dos encendedores y una cigarrera. Lo venían siguiendo. Cuando estuvo cerca de la puerta guardada por un coloso cubierto de galones, una ancianita le dijo tranquilamente:
  -¿Qué se ha robado usté, jovencito?
  Lo de "jovencito" encantó a Miñón; de no ser por eso, se habría abalanzado. Las palabras inocentes son las más perniciosas, hay que cuidarse de ellas. Casi al instante el coloso estuvo junto a él y lo tomó de la muñeca: se lanzó como la ola más formidable contra el bañista dormido en la playa. Las palabras de la anciana y el gesto del hombre abrieron instantáneamente a Miñón un nuevo universo: el universo de lo irremediable. Es el mismo que aquel en que nos encontramos, pero tenía esto de particular: que en vez de actuar y de sabernos actores, nos sabemos actuados. Una mirada -tal vez de nuestros ojos- tiene la agudeza repentina y exacta de lo extralúcido, y el orden de este mundo, visto del revés, aparece tan perfecto en lo ineludible que a este mundo no le queda más que desaparecer. Y es lo que hizo en un abrir y cerrar de ojos. El mundo se vuelve como un guante. Resulta que el guante soy yo y que comprendo por fin que en el día del juicio, habrá de llamarme Dios con mi voz misma: "¡Jean, Jean!"
  Miñón, lo mismo que yo, había conocido demasiados de esos fines del mundo para lamentarse, al volver a ponerse en pie después de ésta, sublevado contra ella. Una rebelión no habría sacado de él más que sobresalto de carpa en una carpeta, y eso lo habría vuelto ridículo. Dócilmente, como atado por una correa o en sueños, se dejó llevar por el portero y el detective-hembra hasta la oficina del comisario especial del almacén, en los sótanos. ¡Estaba fresco, trincado! Aquella misma noche el coche celular lo llevó al depósito donde pasó la noche con más de un vagabundo, mendigo, ladrón, ratero, chulo, falsificador, todo tipo de gente salida de entre las piedras mal unidas de las casas levantadas una junto a otra en los callejones más oscuros. Al día siguiente llevaron a Miñón y sus compañeros hasta la cárcel de Fresnes. Entonces tuvo que dar su apellido, el de su madre, y el nombre de pila, secreto hasta entonces, de su padre (inventó: Romualdo). También le preguntaron su edad y su profesión.
  -Su profesión? -dijo el escribano.
  -¿La mía?
  -Pos claro, la suya.
  Miñón estuvo a punto de ver salir de entre sus labios floridos: "moza de restaurant", pero contestó:
  -No tengo profesión, yo. No chambeo.
  Y, sin embargo, para Miñón esas palabras tuvieron el valor y el sentido de "moza de restaurant".
  Finalmente se encontró desnudo y le registraron la ropa hasta los dobladillos. El guardián le mandó abrir la boca, la inspeccionó, le pasó la mano por los tupidos cabellos y furtivamente, después de haberlos separado sobre la frente, le rozó la nuca, hueca aún, vibrante y cálida, sensible y dispuesta a provocar, bajo la caricia más leve, considerables estragos. En su nuca reconocemos que Miñón puede hacer todavía un delicioso tragahombres. Finalmente le dijo:
  -Échese usted hacia delante.
  Se inclinó. El guardián le miró el ano y vio una mancha negra.
  -Expela -le dijo.
  Miñón esperó, pero se había equivocado: el guardián dijo expela. La mancha negra era una cazcarria bastante gorda que crecía de día en día y que Miñón había tratado de arrancar ya en varias oportunidades, pero tenía que haberse arrancado los pelos o tomado un baño caliente.
 -Tiés cólico -dijo el guardián. (Pues bien, tener cólico significa también tener miedo, y eso no lo sabía el guardián).»
    [El texto pertenece a la edición en español de Juan Pablos Editor, 1973, en traducción de Leonor Tejada.]

domingo, 31 de diciembre de 2017

Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres.- Diógenes Laercio (180-240)


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Libro VI.- Capítulo II (Diógenes el cínico)

«Diógenes de Sínope era hijo del banquero Hicesias. Diocles cuenta que hubo de exiliarse porque su padre, que poseía un banco público, había adulterado la moneda. Sin embargo, Eubúlides, en su libro sobre Diógenes, asegura que fue éste mismo quien lo hizo, conchabado con su padre. Además, el mismo Diógenes confiesa en su "Pordalo" que había falsificado moneda. Cuentan algunos que, siendo encargado de la vigilancia los trabajadores, fue inducido por éstos, y se dirigió a Delfos o a Delos, patria de Apolo, y preguntó al oráculo si debía hacer lo que le pedían que hiciera. Como el dios le autorizara a modificar las instituciones públicas, no advirtiendo el doble sentido de la expresión(1), Diógenes adulteró la moneda pública y, al ser descubierto, fue expulsado, según unos, de la ciudad; según otros, huyó de la misma voluntariamente, por temor a las consecuencias.
 Hay aún quienes dicen que, habiéndole su padre confiado la moneda, éste la adulteró, el padre fue hecho preso y murió, y el hijo consiguió huir y se dirigió al Apolo délfico preguntándole, no si podía falsificar la moneda, sino qué debería hacer para alcanzar la mayor gloria; entonces recibió por respuesta el oráculo antes citado.
 Llegado a Atenas, se dirigió a Antístenes. Fue rechazado por él, ya que nunca admitía alumnos, pero merced a su constante porfía consiguió al fin que aquél lo aceptase. Cierta vez lo amenazó con su bastón, pero Diógenes, ofreciendo su mejilla, dijo: "Pega, que no hay bastón tan duro que me aparte de ti, mientras piense que tengas algo que decir."
 A partir de entonces fue su discípulo y, exiliado como era, se dispuso a llevar un frugal género de vida.
 Relata Teofrasto en su Megárico que, observando en cierta ocasión a un ratón que correteaba sin rumbo fijo, sin buscar lecho para dormir, sin temor a la noche, sin preocuparse de nada de lo que los humanos consideran provechoso, descubrió el modo de adaptarse a las circunstancias. Fue el primero, dicen algunos, que dobló su manto al verse obligado a dormir sobre él; que llevó alforjas para poner  en ellas sus provisiones y que hacía en cualquier lugar cualquier cosa, ya fuese comer, dormir o conversar. Así solía decir, señalando al pórtico de Zeus y al Pompeyon, que los atenienses le habían provisto de lugares para vivir.
 [...] Encargó a uno que le buscase una choza para vivir, pero como éste se demorara, se alojó en un barril del Metron, según él mismo narra en sus Cartas. En verano se revolcaba en la arena ardiente y en invierno abrazaba las estatuas cubiertas de nieve, ejercitándose ante todo tipo de adversidades.
 Se comportaba de modo terriblemente mordaz: echaba pestes de la escuela de Euclides, llamaba a los diálogos platónicos pérdidas de tiempo; a los juegos atléticos dionisíacos, gran espectáculo para estúpidos; a los líderes políticos, esclavos del populacho. Solía también decir que, cuando observaba a los pilotos, a los médicos y a los filósofos, debía admitir que el hombre era el más inteligente de los animales; pero que, cuando veía a intérpretes de sueños, adivinos y a la muchedumbre que les hacía caso, o a los codiciosos de fama y dinero, pensaba que no había ser viviente más necio que el hombre. Repetía de continuo que hay que tener cordura para vivir o cuerda para ahorcarse.
 [...] Preguntándosele en qué lugar de Grecia había visto hombres buenos respondió: "Hombres buenos, en ninguna parte; buenos muchachos, en Esparta." Cierta vez que nadie prestaba atención a una grave disertación suya, se puso a hacer trinos. Como la gente se arremolinara en torno a él, les reprochó el que se precipitaran a oír sandeces y, en cambio, tardaran tanto en acudir cuando el tema era serio. Decía que los hombres competían en cocearse mejor y cavar mejor las zanjas, pero no en ser mejores. Se extrañaba asimismo de que los gramáticos se ocuparan con tanto celo de los males de Ulises, despreocupándose de los suyos propios; de que los músicos afinaran las cuerdas de sus liras, mientras descuidaban la armonía de sus disposiciones anímicas; o de que los matemáticos se dieran a observar el sol y la luna, pero se despreocuparan de los asuntos de aquí; de que los oradores elogiaran la justicia, pero no la practicaran nunca; o de que, por último, los codiciosos echasen pestes del dinero, a la vez que lo amaban sin medida. Reprochaba asimismo a los que elogiaban a los virtuosos por su desprecio del dinero, pero envidiaban a los ricos. Le irritaba que se sacrificase a los dioses en demanda de salud y, en el curso del sacrificio, se celebrara un festín perjudicial a la salud misma. Se sorprendía de que los esclavos, viendo a sus dueños devorar manjares sin tregua, no les sustrajeran algunos.
 Elogiaba a los que, a punto de casarse, se echaban atrás; a los que, yendo a emprender una travesía marítima, renunciaban a la misma; a los que discurrían meterse en política, pero no lo hacían; a los que se habían propuesto formar una familia, pero rehusaban al final; a los que proyectaban vivir junto a los poderosos, pero renunciaban a ello.
 Solía decir que se debía ofrecer a los amigos la mano abierta.
 Narra Menipo en la Venta de Diógenes que, capturado éste y puesto a la venta como esclavo, se le preguntó qué sabía hacer: "Mandar", contestó; y al subastador le dijo: "Pregona si alguien desea adquirir un amo." Se le prohibió que se sentara y replicó: "No importa: estén como estén, los peces siempre encuentran comprador."
 Le maravillaba -decía- que antes de adquirir una marmita o un plato lo contrastáramos haciéndolo resonar, mientras que si de un hombre se trataba, nos contentáramos con una simple mirada.
 [...] Habiéndole uno invitado a entrar en su lujosa mansión, le advirtió que no escupiese en ella, tras lo cual Diógenes arrancó una buena flema y la escupió a la cara del dueño, para decirle después que no le había sido posible hallar lugar más inmundo en toda la casa. Otros, sin embargo, atribuyen esta anécdota a Aristipo.
 En otra ocasión, gritó: "¡Hombres a mí!" Al acudir una gran multitud les despachó golpeándolos con el bastón: "Hombres he dicho, no basura." Narra esto Hecatón en el libro primero de sus Sentencias.
 Se afirma que Alejandro había dicho: "De no haber sido Alejandro, me hubiera gustado ser Diógenes."
 [...] Decía de sí mismo que era un perro al que todos elogiaban, pero con el que nadie se atrevía a salir de caza.»
 
 (1) Paracharáxai tò nómisma: falsificar moneda/modificar las leyes/transmutar los valores. Nómina es moneda y ley, costumbre, uso.  
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Alhambra, en traducción de Rafael Sartorio. ISBN: 84-205-1269-9.]