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domingo, 4 de mayo de 2025

Si esto es una mujer.- Noemí Trujillo (1976) y Lorenzo Silva (1966)

 

6.- Mamen

 «-Por otra parte, creo que debo contártelo, ayer vino a verme Guadalupe. Me contó la investigación que tenemos ahora mismo entre manos en el grupo. Una investigación en punto muerto y en la que se siente abandonada por los jefes y hasta por el juez.
 -Un homicidio, deduzco.
 -Es a lo que nos dedicamos. Las bodas, comuniones y bautizos las llevan en otro negociado.
 -Cuéntame algo del caso. -Ignoró mi ironía-. Si quieres.
 -Una mujer negra, descuartizada y arrojada al contenedor de la basura. Recuperaron los trozos de su cuerpo de dos vertederos distintos. Ni siquiera se sabe quién es, nadie la ha reclamado ni se ha denunciado su desaparición, que nos conste. Creen que podía ser una prostituta sin papeles, un cadáver que a nadie importa.
 -Salvo a Guadalupe. Y a ti.
 -Más a Guadalupe que a mí, para serte sincera. A fin de cuentas, yo desciendo de esos homo sapiens renegados que cruzaron a Europa hace milenios y se olvidaron de su origen africano. 
 -¿Por qué te empeñas en ser una cínica?
 -¿Me empeño?
 -Parece costarte reconocer que la historia te ha dejado tocada.
 -Claro que me ha tocado, no tengo una piedra bajo las tetas.
 Mamen torció el gesto. No aprobaba mi lenguaje descarnado.
 -¿Por qué quieres disimularlo entonces?
 -No lo disimulo, te lo estoy reconociendo. Lo que no quiero es engañarte ni generar una falsa impresión sobre las razones por las que vengo a decirte que quiero reincorporarme. No siento una necesidad especial de hacerle justicia a esa desgraciada, en particular, ni siquiera de ser algo así como la campeona, en abstracto, de todos los desgraciados del mundo. Hace tiempo que sé que hay muchos más de los que puedo proteger o confortar, y que siempre los va a seguir habiendo, aunque yo viva mil vidas y en todas ellas no deje de hacer lo que me han enseñado a hacer en ésta. Se trata de otra cosa.
 -De qué.
 -De que ayer, cuando la buena de Guadalupe me empezó a contar las dificultades del caso, se activaron inmediatamente todas las antenas que llevaban meses dormidas. Que cuando vi las fotos de esa pobre chica de piel oscura, de sus trozos tirados en la basura y en una mesa de autopsias, aparte del escalofrío que pueda sentir una persona normal, me sacudió algo diferente, algo que es sólo mío y de los que son como yo: la necesidad de ponerle nombre a esos pedazos de persona, de ponerle nombre al hijo de puta o los hijos de puta que la trataron como si sólo fuera un trozo de carne, de ponerle nombre también a lo que le hicieron, para que unos tipos o tipas con toga a los que no conozco y a lo peor tampoco entiendo, ni me caen bien, les hagan comerse con patatas todas las cosas feas que la ley le adjudica a quien se permite hacerle a un semejante algo así.
 Mamen me miró con una especie de fascinación.
 -Me dejas sin habla, sinceramente -murmuró.
 -¿Has leído a Procopio de Cesarea?
 -¿A quién?
 -Procopio. De Cesarea. Siglo VI.
  -Ni idea. ¿Quién era?
 -Palestino por nacimiento, en una ciudad que hoy es una ruina en Israel, funcionario del Imperio bizantino, escribía en griego y vio de primera mano buena parte de las atrocidades de su tiempo. Ha sido una de mis lecturas de estos meses. Una de las más instructivas de mi vida. He subrayado cientos de frases. Hay una que viene muy a propósito. Como tenía tiempo, aparte de subrayarlas me he aprendido unas cuantas. Creo que ésta la recuerdo literal.
 -Estoy deseando escucharla.
 -"Es la infamia de los nombres, y no la de los hechos en sí, de la que suelen avergonzarse los seres humanos casi siempre".
 La sopesó en silencio. E hizo algo más que eso: se la repitió, mentalmente, mientras la anotaba a toda prisa en su libreta.
 -Muy interesante. Me la guardo. ¿Siglo VI, dices?
 -Procopio había leído a todos los clásicos griegos. Por eso escribía como ellos. En los griegos está ya todo. Luego vinieron Freud y todos esos amigos tuyos a hacer como que inventaban algo.
 -Yo no soy muy seguidora de Freud. Lo mío es el rollo cognitivo-conductual, en realidad vengo a hacer lo contrario que él.
 -Bueno, en todo caso. Lo que quiero decirte es que yo he aprendido a hacer que la vergüenza de la que huyen los hombres, la vergüenza que viene de los nombres de la infamia, caiga sobre ellos. Que ese es mi lugar en el mundo y que siento que ha llegado el momento de volver a ocuparlo. Medio año lamiéndome las heridas ya es penitencia y humillación suficiente por lo que hice.
 El teléfono de Mamen brilló en el bolsillo de su bata.
 -Vete, anda -dijo-. Voy a darte el alta, pero si necesitas algo vienes a verme, ¿estamos? Intenta no meterte en líos, cuenta hasta diez antes de sacar la pistola y mantén la calma. Ya te ha pasado varias veces, Manuela, no puedes ir por ahí sacando la artillería como Harry el Sucio, hay que seguir las reglas del juego. En veinte años aquí he visto de todo, querida, pero eran otros tiempos. Ahora no puedes darles collejas a lo novatos ni encañonar a quien te hace la puñeta. Tienes que guardar las formas, por tu propio bien.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2019, pp. 71-74. ISBN: 978-84-233-5572-3.]

miércoles, 10 de marzo de 2021

El número 11.- Jonathan Coe (1961)

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El premio Winshaw
4

   «¿No era él el primer investigador criminal verdaderamente intelectual de Inglaterra? ¿No consideraba que todo crimen se resuelve mejor si se sitúa en su contexto político? ¿Qué la teoría cultural y la filosofía moral podían a menudo señalar el camino hacia la solución de un modo más claro que unas huellas dactilares en el marco de una ventana o unas huellas de pisadas en el sendero de un jardín? Era el momento de ponerse a estudiar.
 De modo que durante los siguientes cinco días el oficial Pilbeam apenas salió de su estudio.
 Al principio se sorprendió al comprobar que se había escrito tan poco sobre la historia y la filosofía del humor. Aparte de algunos comentarios dispersos de Platón, Aristóteles y Cicerón, los filósofos de la antigüedad parecían no tener mucho que decir sobre este tema. La observación más temprana en lengua inglesa al respecto era de Thomas Hobbes, quien se mostraba de acuerdo con René Descartes en que la risa derivaba del orgullo y era una expresión agresiva de superioridad sobre nuestros conciudadanos. Immanuel Kant fue uno de los primeros filósofos que planteó una incongruente teoría sobre el humor, en la que afirmaba que “la risa es una afección que brota por la repentina transformación de una expectativa fallida en nada” y que produce “una sensación de alivio al remover los intestinos”. Kierkegaard se metió de lleno en el tema sosteniendo que la comedia nacía de la contradicción, aunque en ese caso era una “contradicción indolora” frente a la “contradicción dolorosa” de la tragedia. Por otro lado, Henri Bergson volvió a la teoría de la superioridad para explicar el humor y la refinó declarando que nos reímos de otras personas cuando percibimos en ellas “une certaine raideur de mécanique là où l’on voudrait trouver la souplesse attentive et la vivante flexibilité d’une personne”. Sólo unos años después, Freud publicaba su seminal El chiste y su relación con el inconsciente, donde proponía una teoría que parecía ser la más profunda y persuasiva de todas. Freud consideraba que el golpe de efecto de un chiste creaba una suerte de cortocircuito psíquico que nos trasladaba rápidamente de una idea a otra por un camino rápido e inesperado que de este modo permitía una “economía de gasto psíquico”, un ahorro de energía mental que se expulsaba a través del explosivo estallido de la carcajada.
 Nathan leyó todas esas explicaciones con suma atención, marcando los pasajes más interesantes y tomando detalladas notas. Se fijó en que muy pocos pensadores habían abordado específicamente el tema de la sátira o el humor político, aunque localizó una desdeñosa observación de Milan Kundera. Por lo visto, Kundera menospreciaba la sátira como “arte de tesis” que pretendía conducir a los espectadores hacia una posición política o moral preconcebida, y por tanto quedaba por debajo de lo que él consideraba el auténtico propósito de una creación artística, que consistía en hacer a la gente consciente de la ambigüedad y multiplicidad de los significados.
 Cuando consideró que ya había agotado las fuentes escritas de las que disponía, Nathan exploró internet y empezó a rastrear blogs sobre comedia y foros de discusión, la mayor parte de ellos consagrados a las manifestaciones contemporáneas del humor. Se adentró en un mundo muy diferente en el que obsesos y pirados de la comedia que sabían un montón sobre el tema y estaban completamente ofuscados con el asunto, debatían sobre el humor moderno dando rienda suelta a toda la pasión sin restricciones, la compulsión, hostilidad, vitriolo, excesos escatológicos, arbitrariedad, agresividad, mezquindad, grosería, impudor y obscenidad que permitía internet. Era gente que amaba la comedia con tanta intensidad que su amor se podía transformar en odio por una minucia. Un chiste que no les parecía gracioso o un humorista que no les había hecho reír se convertían en una ofensa personal que debía vengarse multiplicando por diez el castigo. Mostraban una admiración reverente por el reducido grupo de humoristas más radicales, los que utilizaban el escenario para lanzar una crítica ácida, provocadora y profunda a la sociedad con un lenguaje que los convertía en inaceptables para la mayor parte del público. A los humoristas comunes y corrientes, los que no pretendían otra cosa que divertir y entretener a su público con un sentido del absurdo amable, se los toleraba como una distracción inocua. El auténtico odio se reservaba para aquellos cuyo trabajo se situaba entre estos dos polos: los que salpimentaban sus inofensivos espectáculos con moderadas digresiones políticas que complacían a la audiencia para dejar constancia de su conciencia social de corte progresista. Éstos eran objeto de ataques, ridiculización y escarnio por parte de esos críticos internautas aislados en el cómodo anonimato.
 Después de rastrear todo ese material durante dos o tres horas, Nathan clicó en un enlace a un blog que lo dejó pasmado porque combinaba una evidente solidez argumentativa con una evidente tendencia al desvarío. El autor parecía una especie de aspirante a anarquista/terrorista, aunque no quedaba claro si sus impulsos revolucionarios lo habían llevado en alguna ocasión más allá de la pantalla de su ordenador portátil. Había una foto de perfil, pero en ella tenía la cara girada noventa grados con respecto a la cámara, en sombra, y además la imagen estaba desenfocada como para hacer que el retratado resultase (deliberadamente) inidentificable. El blog se llamaba estaestullamadadespertador y el nombre de usuario del autor era ChristieMalry2.
 La entrada que llamó la atención de Nathan se titulaba “No es broma” y le pareció interesante por varios motivos. Para empezar era obvio que ChristieMary2 aceptaba la teoría de Freud sobre el origen de la risa, pero él, de un modo fascinante, la trasladaba de la esfera psicológica a la política:
 Freud [escribía el bloguero] consideraba que la risa es placentera porque genera un ahorro de gasto psíquico. Quintaesencialmente, en otras palabras, absorbe energía y la LIBERA o la DISIPA y por lo tanto la convierte en inútil. De modo que ¿cómo se aplica esto al (llamado) humor “político” por el que Inglaterra es mundialmente famosa? Se aplica de este modo: el humor político es la antítesis de la acción política. So sólo su antítesis, sino su enemigo mortal.
Resultado de imagen de jonathan coe el numero 11  Cada vez que nos reímos de la desvergüenza de un político corrupto, de la codicia del gestor de un fondo de inversión, de las espurias efusiones de una columnista de derechas, los estamos librando de la culpa. La RABIA que deberíamos sentir hacia esa gente, que de otro modo debería conducir a la ACCIÓN, es liberada y disipada en forma de RISA. Lo cual es una manera de dar al público lo que desea y exactamente por lo que están pagando: otra excusa para seguir sentados sobre sus posaderas y continuar su propio camino egoísta y cómodo sin recibir ningún tipo de verdadera amenaza o reto a su preciado estilo de vida.
 Por eso no son Josephine Winstan-Eaves y los de su tediosa índole los que generan la mayor amenaza a la justicia social en la Inglaterra de hoy. Son los Mickey Parr, Ray Turnbull y Ryan Quirky, con sus siempre predecibles mofas hacia ella, ante las que los gilipollas de clase media que escuchan la jodida Radio-4, leen el Guardian, beben litros de Pinot Grigio y pagan por ver a esos humoristas en estadios y sintonizan sus programas de radio, babean y se ríen y después sienten que no tienen que hacer NADA excepto reacomodarse en sus butacas con los brazos cruzados a la espera de la siguiente ironía cutre. Reírse a carcajadas de esos chistes patéticos y superficiales, que podría escribir mientras duerme un chimpancé ciego, les proporciona la excusa perfecta para aplacar su mala conciencia y conformar la engañosa imagen que se han creado de sí mismos como combatientes del bando correcto en una batalla entre la izquierda y la derecha, que en cualquier caso se combatió y perdió hace años.
 Odio a estos jodidos humoristas de clase media progresistas de izquierda y lo mismo deberías hacer tú. Me parece quintaesencial que sean barridos de la faz de este planeta porque de lo contrario jamás acumularemos la energía necesaria para derrocar a nuestra actual casta política podrida, corrupta y destructora de almas. ¡Abajo el humor, joder! ¡Y arriba la auténtica lucha!
 El oficial Pilbeam leyó varias veces esos párrafos. Después guardó la web en favoritos y, para asegurarse de no perder la información, imprimió los bloques más significativos y guardó escrupulosamente las hojas en uno de sus archivadores. Bostezó y miró el reloj.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2017, en traducción de Mauricio Bach, pp. 241-246. ISBN: 978-84-339-7970-4.]

sábado, 28 de diciembre de 2019

Cuentos.- Gilbert Keith Chesterton (1874-1936)

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La cruz azul

 «Valentin se detuvo, fumando, frente a los visillos listados y se quedó un rato contemplándolos.
 Lo más increíble de los milagros está en que acontezcan. A veces se juntan las nubes del cielo para figurar el extraño contorno de un ojo humano; a veces, en el fondo de un pasaje equívoco, un árbol asume la elaborada figura de un signo de interrogación. Yo mismo he visto estas cosas hace pocos días. Nelson muere en el instante de la victoria y un hombre llamado Williams da la casualidad de que asesina un día a otro llamado Williamson: ¡una especie de infanticidio! En suma, la vida posee el cierto elemento de coincidencia fantástica, que la gente, acostumbrada a contar sólo con los prosaico, nunca percibe. Como lo expresa muy bien la paradoja de Poe, la prudencia debiera contar siempre con lo imprevisto.
 Arístides Valentin era profundamente francés y la inteligencia francesa es, especial y únicamente, inteligencia. Valentin no era "máquina pensante" -insensata frase, hija del fatalismo y el materialismo modernos-. La máquina es solamente máquina por cuanto no puede pensar. Pero él era un hombre pensante y, al mismo tiempo, un hombre claro. Todos sus éxitos, tan admirables que parecían cosa de magia, se debían a la lógica, a esa ideación francesa clara y llena de buen sentido. Los franceses electrizan al mundo, no lanzando una paradoja, sino realizando una evidencia. Y la realizan al extremo que puede verse con la Revolución francesa. Pero, por lo mismo que Valentin entendía el uso de la razón, palpaba sus limitaciones. Sólo el ignorante en motorismo puede hablar de motores sin petróleo; sólo el ignorante en cosas de la razón puede creer que se razone sin sólidos e indisputables primeros principios. Y en el caso no había sólidos primeros principios. A Flambeau le habían perdido la pista en Harwich y, si estaba en Londres, podría encontrárselo en toda la escala que va desde un gigantesco trampista, que recorre los arrabales de Wimblendon, hasta un gigantesco toastmaster en algún banquete del "Hotel Métropole". Cuando sólo contaba con noticias tan vagas, Valentin solía tomar un camino y un método que le eran propios.
 En casos como éste, Valentin se fiaba de lo imprevisto. En casos como éste, cuando no era posible seguir un proceso racional, seguía, fría y cuidadosamente, el proceso de lo irracional. En vez de ir  a los lugares más indicados -Bancos, puestos de Policía, sitios de reunión-, Valentin asistía sistemáticamente a los menos indicados: llamaba a las casas vacías, se metía por las calles cerradas, recorría todas las callejas bloqueadas de escombros, se dejaba ir por todas las transversales que lo alejaran inútilmente de las arterias céntricas. Y defendía muy lógicamente este procedimiento absurdo. Decía que, a tener alguna vislumbre, nada hubiera sido peor que aquello; pero, a falta de toda noticia, aquello era lo mejor, porque había al menos probabilidades de que la misma extravagancia que había llamado la atención del perseguidor hubiera impresionado antes al perseguido. El hombre tiene que empezar sus investigaciones por algún sitio y lo mejor era empezar donde otro hombre pudo detenerse. El aspecto de aquella escalinata, la misma quietud y curiosidad del restaurante, todo aquello conmovió la romántica imaginación del policía y le sugirió la idea de probar fortuna. Subió las gradas y, sentándose en una mesa junto a la ventana, pidió una taza de café solo.
 Aún no había almorzado. Sobre la mesa, las ligeras angarillas que habían servido para otro desayuno le recordaron su apetito; pidió, además, un huevo escalfado y procedió, pensativo, a endulzar su café, sin olvidar un punto a Flambeau. Pensaba cómo Flambeau había escapado en una ocasión gracias a un incendio; otra vez, con pretexto de pagar por una carta falta de franqueo y otra, poniendo a unos a ver por el telescopio un cometa que iba a destruir el mundo. Y Valentin se decía -con razón- que su cerebro de detective y el del criminal eran igualmente poderosos. Pero también se daba cuenta de su propia desventaja: "El criminal -pensaba sonriendo- es sólo el crítico." Y levantó lentamente su taza de café hasta los labios..., pero la separó al instante: le había puesto sal en vez de azúcar.
 Examinó el objeto en que le habían servido la sal; era un azucarero, tan inequívocamente destinado al azúcar como lo está la botella de champaña para el champaña. No entendía cómo habían podido servirle sal. Buscó por allí algún azucarero ortodoxo...; sí, allí había dos saleros llenos. Tal vez reservaban alguna sorpresa. Probó el contenido de los saleros, era azúcar. Entonces extendió la vista en derredor con aire de interés, buscando algunas huellas de aquel singular gusto artístico que llevaba a poner el azúcar en los saleros y la sal en los azucareros. Salvo un manchón de líquido oscuro, derramado sobre una de las paredes, empapeladas de blanco, todo lo demás aparecía limpio, agradable, normal. Llamó al timbre. Cuando el camarero acudió presuroso, despeinado y algo torpe todavía a aquella hora de la mañana, el detective -que no carecía de gusto por las bromas sencillas- le pidió que probara el azúcar y dijera si aquello estaba a la altura de la reputación de la casa. El resultado fue que el camarero bostezó y acabó de despertarse.
 -¿Y todas las mañanas gastan ustedes a sus clientes estas bromitas? -preguntó Valentin-. ¿No les resulta nunca cansada la bromita de trocar la sal y el azúcar?
 El camarero, cuando acabó de entender la ironía, le aseguró tartamudeante que no era tal la intención del establecimiento, que aquello era una equivocación inexplicable. Tomó el azucarero y lo contempló y lo mismo hizo con el salero, manifestando un creciente asombro.»
   
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1987. ISBN: 84-85471-18-0.]


sábado, 12 de octubre de 2019

Nuestra Señora de las Flores.- Jean Genet (1910-1986)

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«Finalmente, tenía que pasar por todo eso, o sea: tenía que robar. En varias ocasiones se había entregado ya a este juego: en una mesa de objetos en venta, entre los que allí había y en el lugar más inasequible dejaba, como por descuido, una cosita que había comprado y pagado como es debido en un mostrador alejado. La dejaba ahí unos cuantos minutos, apartaba la vista y se interesaba por lo que había alrededor. Cuando el objeto se había fundido suficientemente en el resto de los objetos circundantes, lo robaba. Dos veces un inspector lo había atrapado y dos veces había tenido que pedir excusas la dirección, puesto que Miñón tenía el boleto entregado por la cajera.
  El robo en mostrador se hace según varios métodos, y cada tipo de mostrador exige quizás que se emplee uno en vez de otro. Por ejemplo, con una sola mano se pueden tomar a la vez dos objetos pequeños (billeteras), sostenerlos como si sólo hubiera uno, examinarlos largamente, deslizar uno en la manga y finalmente dejar el otro en su lugar, como si no conviniera. Ante montones de retales de seda hay que colocar descuidadamente una mano en el bolsillo roto del abrigo; se acerca uno al mostrador hasta tocarlo con el vientre y mientras la mano libre toca la tela y la saca de su sitio, la mano que está en el bolsillo sube hacia la parte de arriba del mostrador (siempre a nivel del ombligo), tira hacia sí del retal que está más abajo en el montón y se lleva de ese modo, gracias a la flexibilidad de la tela, hasta debajo del abrigo que lo oculta. Pero estas recetas que doy se las saben todas las amas de casa y todas las compradoras. Miñón prefería asir el objeto, hacerle describir una rápida parábola entre el mostrador y su bolsillo. Era audaz pero más bello. Como astros que caen, frascos de perfume, pipas y encendedores trazaban una curva pura y breve y le abultaban los muslos. Era un juego peligroso; que valiera o no la pena, sólo Miñón podría decidirlo. Ese juego era una ciencia que exigía entrenamiento y preparación, lo mismo que la ciencia militar. Primeramente era necesario estudiar la disposición de los espejos y sus biseles, y también de los que, oblicuos, colgados del techo, nos muestran dentro de un mundo cabeza abajo que los detectives, mediante el juego de bastidores que funciona en su cerebro, pronto ponen de pie y orientan. Era necesario acechar el instante en que la vendedora tiene la mirada en otra parte y en que los clientes, siempre traidores, no están mirando. Finalmente, habría que hallar, como un objeto perdido -o mejor aún, como uno de esos personajes de adivinanzas cuyas líneas, en los platos de postre, también son árboles y nubes- al detective. Busquen al detective. Es una mujer. El cine -además de otros juegos- enseña la naturalidad, una naturalidad totalmente compuesta de artificios y mil veces más engañosa que la verdadera. A fuerza de lograr parecerse a un congresista o a una partera, el detective de las películas ha dado a los rostros de los verdaderos congresistas y de las verdaderas parteras aspecto de detectives, y los verdaderos detectives, hoscos en medio de ese desorden que embarulla los rostros, agotados, han aceptado tener cara de detectives, lo cual no simplifica nada... "Un espía que pareciera espía seria un mal espía" me ha dicho un día una bailarina. (Generalmente se dice: "Una bailarina, una noche"). No lo creo.
  Miñón iba a salir del almacén. Por no tener nada que hacer, para aparentar naturalidad y también porque resulta difícil salirse de toda esa turbulencia, movimiento browniano tan poblado y moviente, conmovedor, como el aturdimiento de la mañana -se quedaba mirando al pasar los mostradores donde se ven camisas, tarros de pegamento, martillos, corderos y esponjas de hule. Tenía en los bolsillos dos encendedores y una cigarrera. Lo venían siguiendo. Cuando estuvo cerca de la puerta guardada por un coloso cubierto de galones, una ancianita le dijo tranquilamente:
  -¿Qué se ha robado usté, jovencito?
  Lo de "jovencito" encantó a Miñón; de no ser por eso, se habría abalanzado. Las palabras inocentes son las más perniciosas, hay que cuidarse de ellas. Casi al instante el coloso estuvo junto a él y lo tomó de la muñeca: se lanzó como la ola más formidable contra el bañista dormido en la playa. Las palabras de la anciana y el gesto del hombre abrieron instantáneamente a Miñón un nuevo universo: el universo de lo irremediable. Es el mismo que aquel en que nos encontramos, pero tenía esto de particular: que en vez de actuar y de sabernos actores, nos sabemos actuados. Una mirada -tal vez de nuestros ojos- tiene la agudeza repentina y exacta de lo extralúcido, y el orden de este mundo, visto del revés, aparece tan perfecto en lo ineludible que a este mundo no le queda más que desaparecer. Y es lo que hizo en un abrir y cerrar de ojos. El mundo se vuelve como un guante. Resulta que el guante soy yo y que comprendo por fin que en el día del juicio, habrá de llamarme Dios con mi voz misma: "¡Jean, Jean!"
  Miñón, lo mismo que yo, había conocido demasiados de esos fines del mundo para lamentarse, al volver a ponerse en pie después de ésta, sublevado contra ella. Una rebelión no habría sacado de él más que sobresalto de carpa en una carpeta, y eso lo habría vuelto ridículo. Dócilmente, como atado por una correa o en sueños, se dejó llevar por el portero y el detective-hembra hasta la oficina del comisario especial del almacén, en los sótanos. ¡Estaba fresco, trincado! Aquella misma noche el coche celular lo llevó al depósito donde pasó la noche con más de un vagabundo, mendigo, ladrón, ratero, chulo, falsificador, todo tipo de gente salida de entre las piedras mal unidas de las casas levantadas una junto a otra en los callejones más oscuros. Al día siguiente llevaron a Miñón y sus compañeros hasta la cárcel de Fresnes. Entonces tuvo que dar su apellido, el de su madre, y el nombre de pila, secreto hasta entonces, de su padre (inventó: Romualdo). También le preguntaron su edad y su profesión.
  -Su profesión? -dijo el escribano.
  -¿La mía?
  -Pos claro, la suya.
  Miñón estuvo a punto de ver salir de entre sus labios floridos: "moza de restaurant", pero contestó:
  -No tengo profesión, yo. No chambeo.
  Y, sin embargo, para Miñón esas palabras tuvieron el valor y el sentido de "moza de restaurant".
  Finalmente se encontró desnudo y le registraron la ropa hasta los dobladillos. El guardián le mandó abrir la boca, la inspeccionó, le pasó la mano por los tupidos cabellos y furtivamente, después de haberlos separado sobre la frente, le rozó la nuca, hueca aún, vibrante y cálida, sensible y dispuesta a provocar, bajo la caricia más leve, considerables estragos. En su nuca reconocemos que Miñón puede hacer todavía un delicioso tragahombres. Finalmente le dijo:
  -Échese usted hacia delante.
  Se inclinó. El guardián le miró el ano y vio una mancha negra.
  -Expela -le dijo.
  Miñón esperó, pero se había equivocado: el guardián dijo expela. La mancha negra era una cazcarria bastante gorda que crecía de día en día y que Miñón había tratado de arrancar ya en varias oportunidades, pero tenía que haberse arrancado los pelos o tomado un baño caliente.
 -Tiés cólico -dijo el guardián. (Pues bien, tener cólico significa también tener miedo, y eso no lo sabía el guardián).»
    [El texto pertenece a la edición en español de Juan Pablos Editor, 1973, en traducción de Leonor Tejada.]

miércoles, 16 de septiembre de 2015

"El sabueso de los Baskerville".- Arthur Conan Doyle (1859-1930)

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 4.- Sir Henry Baskerville
 “-¿De qué están hablando? -preguntó Sir Henry con aspereza-. Tengo la impresión de que todos ustedes, caballeros, están más al tanto que yo de mis propios asuntos.

 -Le haremos partícipe de todo lo que sabemos antes de que abandone esta habitación, Sir Henry, se lo prometo -dijo Sherlock Holmes-. Pero, por el momento, con su permiso, nos ceñiremos a este documento tan interesante, que debe de haberse compuesto y echado al correo anoche. ¿Tiene usted el Times de ayer, Watson?

 -Está ahí en el rincón.

 -¿Le importa acercármelo..., la tercera página, con los editoriales? -Holmes examinó los artículos con rapidez, recorriendo las columnas de arriba abajo con la mirada-. Un editorial muy importante sobre la libertad de comercio. Permítanme que les lea un extracto. "Quizá lo engatusen a usted para que se imagine que su especialidad comercial o su industria se verán incentivadas mediante una tarifa protectora, pero si da en utilizar la razón comprenderá que, a la larga, esa legislación alejará del país mucha riqueza, disminuirá el valor de nuestras importaciones y empeorará las condiciones generales de vida en nuestras tierras." ¿Qué le parece, Watson? -exclamó Holmes, con gran regocijo, frotándose las manos satisfecho-. ¿No cree usted que se trata de una opinión admirable?

 El doctor Mortimer miró a Holmes con interés profesional y Sir Henry Baskerville volvió hacia mí unos ojos tan oscuros como desconcertados.

 -No sé mucho sobre tarifas y cosas semejantes -dijo-, pero me parece que nos estamos apartando un poco de la cuestión.

 -Pues yo opino, por el contrario, que la estamos siguiendo muy de cerca, Sir Henry. Watson, aquí presente, sabe más que usted acerca de mis métodos, pero me temo que tampoco él ha captado del todo la importancia de esta frase.

  -No; confieso que no veo la relación.

 -Y, sin embargo, mi querido Watson, existe una conexión muy estrecha, dado que la primera está sacada de ésta. "Usted", "su", su", "vida", "razón", "valor", "alejará", "del". ¿Ve usted ahora de dónde se han tomado esas palabras?

 -¡Por todos los demonios, tiene usted razón! ¡Que me aspen si no es de lo más ingenioso! -exclamó Sir Henry.

 -Y por si quedara alguna duda, no hay más que ver cómo "alejará" y "del" están en el mismo recorte.

 -Cierto, ¡así es!

 -A decir verdad, señor Holmes, esto sobrepasa cualquier cosa que hubiera podido imaginar -dijo el doctor Mortimer, contemplando a mi amigo con asombro-. Entendería que alguien dijera que las palabras han salido de un periódico, pero precisar cuál y añadir que se trata del editorial, es una de las cosas más sorprendentes que he visto nunca. ¿Cómo lo ha hecho?

 -Imagino, doctor, que usted distinguiría entre el cráneo de un negro y el de un esquimal.

 -Sin duda.

 -Pero, ¿cómo?

 -Porque es mi pasatiempo favorito. Las diferencias son evidentes. El borde supraorbital, el ángulo facial, la curva del maxilar, el...

 -Pues éste es mi pasatiempo favorito y las diferencias también son evidentes. A mis ojos es tanta la diferencia entre el tipo de imprenta grande y bien espaciado de un artículo del Times y la impresión descuidada de un periódico de la tarde de medio penique como la que pueda existir para usted entre sus negros y sus esquimales. La detección de caracteres de imprenta es una de las ramas más elementales del saber para el experto en delitos, aunque debo confesar que, en una ocasión, cuando era muy joven, confundí el Leeds Mercury con el Western Morning Press. Pero un editorial del Times es inconfundible y esas palabras no se podían haber tomado de ningún otro sitio. Y puesto que se hizo ayer, era más que probable que las encontráramos donde las hemos encontrado.

 -Hasta donde soy capaz de seguirle, señor Holmes -dijo Sir Henry Baskerville-, afirma usted que alguien cortó ese mensaje con unas tijeras...

 -Tijeras para uñas -dijo Holmes-. Se puede ver que eran unas tijeras de hoja muy pequeña, ya que quien lo hizo tuvo que dar dos tijeretazos para "alejará del".

 -Efectivamente. Alguien, entonces, recortó el mensaje con unas tijeras muy pequeñas, lo pegó con engrudo...

 -Goma -dijo Holmes".