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jueves, 19 de marzo de 2020

La regla del juego.- José Luis Pardo (1954)

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II.- Práxis (o del juego 2)
Undécima aporía del aprender, o del camino del colegio

«Algo parecido a lo que Sócrates llama "corrupción de la juventud" es lo que designa Richard Sennett como "corrosión del carácter", a saber: el proceso de fragmentación biográfica que las nuevas exigencias del mercado laboral mundializado provocan en las vidas personales de los trabajadores. Teniendo en cuenta que en inglés character significa también "personaje", podríamos entender este fenómeno como la imposibilidad de construir un personaje verosímil que, para los individuos que trabajan en este nuevo sistema, se deriva de tales estructuras: las "vidas" de los habitantes se desvirtúan y se hacen jirones, estallando en secciones incompatibles, como esos personajes de las malas novelas que no se sostienen por pretender su autor engarzar en ellos aspectos inconmensurables que minan su credibilidad. Esto, que en un novelista sería un defecto, se ha convertido en la virtud de las nuevas formas de subjetividad: flexible, modular, interactiva, recomponible.
 Por nuestra parte, ya conocemos este síndrome en la descripción socrática (Cf. la aporía de la duración de los estudios) de los hombres que se ganan la vida en los tribunales y que, por trabajar ora para un amo, ora para otro, se ven obligados a defender argumentos contrarios e incompatibles, siempre con la premura de tiempo provocada por quien se lo retribuye, siendo incapaces de toda entereza moral o de toda veracidad en la edificación de un carácter firme. La indicación de Sennett, al reparar en las consecuencias de la nueva configuración del mercado del trabajo mediante el llamado empleo flexible, no hace más que redefinir en términos contemporáneos esa figura dibujada por Sócrates. En efecto, el "trabajador flexible" de nuestros días es aquel cuyo oficio carece de toda delimitación rigurosa: no es zapatero, ni sastre, ni siquiera obrero de una cadena de montaje de automóviles, sino que debe ser capaz de hacer cualquier cosa en un período de "formación permanente" que se identifica con la longitud completa de su vida laboral y a lo largo del cual debe estar dispuesto a reciclarse, reformarse, redefinirse y reajustarse cuantas veces sea necesario y en la medida en que lo sea. Los célebres "rigores del trabajo", que tanto sufrimiento causaron en épocas pasadas, han sido sustituidos por una elasticidad que sólo aparentemente es una liberación de aquel yugo: un trabajo absolutamente no-riguroso que, al redimirse de toda rigidez, elimina todo el rigor del contrato de trabajo, de la proporción del salario, de la duración de la jornada o de la estabilidad de los horarios, y obliga al así empleado (o, como también podríamos decir, "desempleado", en la medida en que ha sido eximido de los rigores del puesto de trabajo fijo) a cambiar constantemente de figura, de residencia, de carácter y de personaje. Si los productos de esta clase de trabajo ilustran a la perfección el ideal sofístico de esas cosas-que-no-son-nada-en-particular y de las cuales, por tanto, se puede decir tanto P como no-P, puesto que son únicamente potencia, potencia no realizada que puede ser cualquier cosa pero no es ninguna en definitiva, el trabajador privado de la rectitud de los derechos laborales y configurado por la elasticidad del mercado de trabajo flexible, representa la aplicación de esta misma "dinámica de fluidos" a la subjetividad humana, que pasa entonces a ser concebida como un caudal heraclíteo en constante devenir, pero que nunca llega a ser nadie, una "potencialidad" infinita pero infinitamente irrealizada, porque su sumisión a un proceso permanente de "actualización (updating) de la mano de obra" prueba que no desemboca jamás en nada actual. De quienes ocupan estos empleos potenciales y efímeros habría que decir, por tanto, que son más bien empleados potenciales, trabajadores únicamente virtuales pero no actuales ni reales, permanentemente en formación y, por ende, en irrevocable minoría de edad, incapaces de abandonar la escuela para incorporarse al mundo de los adultos. Y caben pocas dudas acerca de la adaptación de este tipo de (des-)empleos y (des-)empleados a un mundo en el cual también las "enfermedades potenciales" (las tasas de morbilidad) suplantan a las enfermedades reales, los crímenes potenciales (las tasas de criminalidad) a los actuales, los comicios potenciales (las encuestas de intención de voto) a los efectivos, o las ganancias potenciales (la especulación inmobiliaria y financiera) a las seguras, y en el cual los "licenciados en algo" (los que sabían algo de algo) van siendo reemplazados por una nueva estirpe de "licenciados (potencialmente) en todo" -que, como los sofistas, saben de cualquier cosa, pero que, naturalmente, para alcanzar un saber tan absoluto necesitan permanecer en la escuela todo el tiempo del mundo- que son (actualmente) "licenciados en nada".
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De la facilidad...

 De hecho, es difícil contemplar las desventuras de los trabajadores del nuevo mercado laboral mundial sin sentir una extraña sensación de comprensión por sus personajes. Podría decirse incluso "piedad", si se entendiese que no se trata solamente de una compasión del tipo de la que siente quien está en una situación segura y confortable por alguien que llama a la puerta pidiendo limosna o pasa frío en la calle. Es más bien una compasión cómplice, y por tanto podría merecer el tan sobado nombre de solidaridad. Lo que nos hace sentirnos solidarios de los problemas que padecen esos personajes es, claro está, que también padecemos o hemos padecido esos problemas. Se diría que, en el fondo, a través de la simpatía que en el lector despiertan esas figuras, se extiende la solidaridad de toda una muchedumbre de personas en el mundo. Si no fuera por el temor al anacronismo, podría incluso sugerirse que esa muchedumbre de personas son lo que alguien llamaba, en el siglo XIX, los proletarios de todos los países. Esta solidaridad se basa, pues, en una experiencia común, la que han tenido alguna vez todos los trabajadores asalariados, incluyendo probablemente al criado de Eutifrón, la experiencia de lo que el trabajo nos hace. Lo que el trabajo nos hace es arrancarnos brutalmente de nuestra comunidad natal, de nuestros lazos afectivos, de nuestras lealtades familiares, de nuestros vínculos de amistad e incluso de nuestras convicciones personales y arrojarnos a la intemperie, retirándonos todo aquello que sentíamos como protector. Es como pasar repentinamente a una situación de orfandad. […]
 En el trabajo tiene uno -uno que haya tenido la suerte de vivir preservado de esta sensación hasta su primer empleo-, por primera vez, la certeza de no ser nadie. Ésta es una experiencia de humillación tan completa que probablemente es extraña a aquellas formas de organización social no basadas en el empleo asalariado. Y uno intenta, por supuesto defenderse de esta humillación, pero, en la medida en que no puede eliminarse la necesidad de tener que trabajar, esta defensa es una defensa en la humillación, un consuelo o una estrategia para soportarla, no un combate contra ella que tenga una mínima expectativa de victoria.»
      
   [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2004. ISBN: 84-8109429-3.]

miércoles, 15 de enero de 2020

Cuentos de Liao Zhai.- Pu Songling (1640-1715)

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El letrado Ye

«En Huaiyang había un letrado de nombre Ye y apellido ya olvidado que, como escritor y poeta, no tenía rival en la región, si bien nunca lograba aprobar los exámenes provinciales.
  Cuando el magistrado Ding Shenghe ocupó su puesto en el distrito, leyó algunos de sus escritos y considerándolos de gran maestría lo citó para hablar con él. La profunda impresión que le causó su sabiduría lo movió a ofrecerle la biblioteca de la magistratura para realizar sus lecturas. Desde ese día ayudó a su familia con dinero y algún que otro envío de grano.
  Cercana ya la convocatoria de nuevos exámenes imperiales, el magistrado habló en persona con el presidente del tribunal calificador y le exaltó las virtudes del letrado. Ye hizo un examen insuperable. El magistrado, confiado en su triunfo, logró hacerse con la hoja de examen y al estudiarla en casa no pudo reprimir los aplausos de admiración que a cada momento le suscitaban los pasajes que iba leyendo.
  Pero el destino iba a jugarle una mala pasada al letrado: su nombre no figuraba en la lista de candidatos aprobados. Fue un duro golpe. Desde ese día quedó como atontado. Atormentado por considerarse indigno depositario de las esperanzas del magistrado, permanecía mudo, como una estatua de madera, y no probaba bocado. Al poco tiempo se quedó en el esqueleto.
   El magistrado, al saber de la mala suerte de su protegido, se puso también muy triste y se compadeció de él. Lo mandó llamar para consolarlo y le prometió llevarlo con él a casa al término de su oficio. El letrado no pudo reprimir las lágrimas. Al llegar a casa se encerró en su cuarto con intención de no salir nunca más de él y al poco tiempo cayó enfermo. El magistrado no hacía más que enviarle comida y medicinas a través de mensajeros, pero el letrado no mejoraba.
  Estando en esto, el magistrado fue destituido de su cargo por ofensas a un superior. En seguida le escribió al enfermo el siguiente mensaje: “Ya me ha sido fijada la fecha de regreso para volver a casa y la única razón por la que no me pongo en camino es porque espero que me acompañe. Saldríamos el día que usted decidiera.”
  El letrado leyó el mensaje en el lecho sin poder contener las lágrimas y le pidió al mensajero que le transmitiera al magistrado las siguientes palabras: “Mi enfermedad es grave y veo difícil que pueda curarme en breve plazo. Partid sin mí.”
  El magistrado no se resignaba a abandonar al letrado y comenzó a hacer los preparativos de viaje con la mayor lentitud posible para darle tiempo a que se recuperase.
  A los pocos días, un ujier le anunció la visita del letrado. El funcionario lo recibió con gran alegría y le preguntó si ya estaba bien de su enfermedad.
  -Me tenía muy preocupado el que tuvierais que aplazar vuestro viaje a causa de esta enfermedad sin importancia –contestó el letrado-. Ya estoy bien y puedo seguiros a donde dispongáis.
  Se pusieron en camino y a las pocas jornadas ya estaban en casa del magistrado. Una vez allí, el letrado pasó a ser el preceptor de su hijo Zai Chang, un joven de dieciséis años que no andaba muy versado en composición. Profesor y alumno permanecían juntos leyendo o estudiando desde primeras horas de la mañana hasta bien entrada la noche. El muchacho, muy inteligente, era capaz de aprender de memoria cualquier disertación sobre los libros canónicos* o algún texto similar con sólo haberlo leído dos o tres veces. Al cabo de un año dominaba ya el arte de la composición.
  Gracias al celo del maestro, el hijo del magistrado aprobó el examen. El letrado le había hecho aprenderse de memoria las tesis que él mismo había presentado en anteriores exámenes y, por extraño que parezca, los siete temas que le tocó desarrollar al muchacho fueron exactamente los mismos que el maestro le había enseñado en su clase.
  -Gracias a su talento –le dijo un día suspirando el magistrado- mi hijo ha logrado aprobar. ¡Lo que es una vergüenza es que a usted lo hayan suspendido!
   -¡La suerte, en verdad, me ha sido esquiva! –contestó el maestro-. Pero me consuela saber que el éxito de vuestro hijo sirve para demostrar a todo el mundo que mis repetidos suspensos no son por falta de aptitudes. Además, ningún hombre de letras podría quejarse de la comprensión que me habéis brindado desde un principio. ¡No sólo es afortunado el que puede quitarse los hábitos blancos de bachiller para vestir los de licenciado! […]

Cierto hombre de Zhucheng

  Sun Jingxia, letrado de Zhucheng, me contó que por su distrito pasaron unos bandidos y asesinaron a un hombre. Lo dejaron casi decapitado, la cabeza colgándole sobre el pecho. Cuando se fueron, los criados del muerto recogieron el cadáver para enterrarlo. Pero notaron que aún respiraba y, al examinarlo más de cerca, se dieron cuenta de que la tráquea no estaba del todo cortada. Le colocaron bien la cabeza en su sitio y lo llevaron a casa. Al día siguiente comenzó a gemir, y al medio año ya estaba curado gracias a la cuidadosa alimentación que le administraron.
  Una decena de años más tarde, el hombre estaba un buen día charlando con dos o tres amigos cuando a uno de ellos se le ocurrió un chiste que provocó la risa de los demás. El hombre reía y reía y de tanto reírse se le abrió la cicatriz del cuello y le cayó la cabeza. La sangre le brotaba a chorros. Los amigos sólo pudieron confirmar su muerte.
  Su padre denunció al provocador de la risa. Pero entre todos hicieron una colecta para sufragar el entierro y el hombre retiró la denuncia.
  (Comenta el cronista:
  ¡Ésta ha sido, sin duda, la mayor carcajada de la historia! El hombre, en realidad, tenía que haber muerto diez años atrás, cuando se quedó con la cabeza colgando de un hilo. ¡Querer abrir proceso contra el provocador de la risa es tanto como querer acusarlo de su primera muerte!

 *Los Cinco Libros Clásicos o Canónicos son: el Libro de las odas, el Libro de las mutaciones, el Libro de la Historia, el Libro de los ritos y los Anales de primavera y otoño. Éstos, en unión de los libros de la escuela confuciana, configuraban el temario de los exámenes imperiales.  
  
  [Los textos pertenecen a la edición en español de Alianza Editorial, 2004, en traducción de Laura A. Roverta y Laureano Ramírez. ISBN: 84-206-4571-0.] 
  

martes, 28 de mayo de 2019

Cómplice.- Iain Banks (1954-2013)


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9.-Tumor

«La puta cultura de escuadrón militar; adoración de la puta Maggie y que si somos bulldogs, que si devolver el guante que nos han tirado a la cara y vamos a beber cerveza hasta mearnos y enseñemos todos el culo por las ventanas del autobús y con chupas de camuflaje caminando por la calle mayor y bueno... al fin y al cabo estoy interesado en las artes marciales, ¿no? No soy un nazi hijo de puta, tan sólo colecciono efectos militares, no soy un puto racista pero odio a los negros y seguro que prefieren las revistas de armas a las revistas de culos para hacerse una paja encima de fotos brillantes de Lugers cromadas; la mitad de ellos piensan que Elvis sigue vivo; ¡vaya partida de descerebrados hijos de puta! Esos cabrones de mierda se merecen que los irlandeses los vuelen por los aires y después bajen rodando a pedazos por una montaña; una vez echamos un vistazo al interior de un vehículo acorazado que había quedado hecho pedazos; salió despedido por el aire a más de treinta metros de altura y después bajó rodando por una colina; hicimos turnos para mirar en el interior tan sólo para demostrarnos a nosotros mismos lo machotes que éramos; aquello parecía un puto matadero...
 Yo estaba sentado junto a Andy mientras él seguía despotricando. Bebíamos whisky. En la casa de Strathspeld tenía una gran habitación para él solo en el segundo piso; allí jugábamos cuando niños, construyendo maquetas, organizando batallas con soldados de juguete, con el tren eléctrico, los carros de combate montados por nosotros y los fuertes construidos con piezas de Lego; hacíamos experimentos con nuestro juego de química, hacíamos carreras con los coches de Scalextric, desde aquella misma ventana habíamos echado a volar planeadores, disparamos a blancos que veíamos en el jardín  con la escopeta de aire comprimido, matamos un par de pájaros y allí mismo nos habíamos fumado un par de paquetes de prohibidos cigarrillos. También nos fumamos allí innumerables porros mientras escuchábamos discos con otros amigos del pueblo y con Clare.
 -¿Por qué la gente tiene que ser tan jodidamente incompetente? -exclamó inesperadamente Andy, lanzando su vaso de whisky al otro lado de la habitación. El vaso se estrelló contra la pared, junto a la ventana. Me acordé de la construcción de copas de champán que se desintegró en el museo de la ciencia, tan sólo cuatro años antes. El whisky que le quedaba en el vaso dejó una pálida mancha en la pared. Concentré la mirada en aquel líquido que iba derramándose en goterones por la pared.
 -Lo siento -susurró Andy sin que sonara a disculpa.
 Se levantó tambaleándose de su silla y se fue adonde estaban los fragmentos de cristal rotos sobre la alfombra. Se agachó y comenzó a recogerlos, después los dejó caer otra vez, inclinó la cabeza, se llevó las manos a la cara y acto seguido comenzó a llorar.
 Dejé que llorara un rato y después me dirigí hacia él, me agaché a su lado y le pasé el brazo por los hombros.
 -¿Por qué la gente tiene que ser tan jodidamente inútil? -dijo sollozante-. ¿Por qué coño tienen que dejarte tirado? ¿Por qué coño no pueden hacer bien su puto trabajo? El cabrón de Halziel; el puto capitán de mierda Michael Lingary con medalla al valor incluida. ¡Hijos de puta!
 Se apartó de mí, se puso de pie y tropezó con una cómoda de madera de donde arrancó de golpe uno de los cajones, que cayó al suelo enmoquetado desparramando un montón de camisetas. Se arrodilló detrás del cajón y oí cómo rompía una cinta adhesiva.
 Se levantó sosteniendo en la mano una pistola y se puso a intentar introducir un cargador en la culata.
 -Ahora va usted a saber lo que es una extirpación cerebral, doctor Halziel de los cojones -dijo sin dejar de llorar, tratando de meter el cargador en la pistola.
 Halziel, pensé. Halziel. Reconocí el nombre de Lingary de los tiempos en que Andy hablaba de lo que le pasó en las Malvinas; fue el oficial al mando de la compañía de Andy, a quien Andy culpaba de las muertes de algunos de sus hombres. Pero Halziel... Oh, sí, por supuesto; el nombre del suplente que dejó que muriera Clare. El tipo que, según la gente del pueblo, estaba más interesado en pescar que en ejercer como médico.
 -¡Maldito cargador, hostia! -le gritó Andy a la pistola.
 De repente comencé a sentir frío. No sentí lo mismo cuando lo vi disparando su escopeta. Entonces no sentí miedo de él. Ahora sí lo sentía. No estaba seguro del todo de hacer lo correcto, pero aun así me levanté y me fui directamente hacia él cuando por fin logró encajar el cargador en la culata.
 -Oye, Andy... -le dije-. Venga, tío.
 Me echó una mirada que parecía que me viera por vez primera. Tenía el rostro enrojecido y abotargado por las lágrimas.
 -No empecemos otra vez Colley, cabrón; ya me dejaste tirado una vez, ¿no te acuerdas?
 -Eh, eh, cuidado -le dije levantando las manos y retrocediendo.
 Andy se lanzó hacia la puerta, la abrió, y con el impulso por poco se cae en el rellano. Lo seguí escaleras abajo oyendo cómo seguía insultando y soltando improperios; en el recibidor principal intentó ponerse una chaqueta pero no consiguió meter el brazo por la manga sin soltar la pistola. Abrió la puerta principal con tal violencia  que cuando golpeó el tope que hay junto a la pared, la pequeña ventana de vidrios de colores saltó en pedazos. [...]
 Yo me fui detrás de él, estaba intentando meterse en el Land Rover. Me puse a su lado mientras él insultaba a sus llaves y le daba un puñetazo al cristal de la ventanilla del conductor. Se puso la pistola de lado en la boca y la sostuvo con los dientes para tener las dos manos libres y se me pasó por la cabeza intentar quitársela pero pensé que probablemente acabaría matándonos a uno de los dos e incluso si lo conseguía él era mucho más fuerte que yo y me la arrebataría de las manos.
 -Anda, tío -dije tratando de parecer tranquilo-, venga; esto es una locura. Vamos. No te comportes como un demente, tío. Matar a ese capullo de Halziel no te va a devolver a Clare.
 -¡Cállate! -me gritó Andy tirando las llaves al suelo. Me agarró de las solapas y comenzó a golpearme contra el lateral del Land Rover-. ¡Cállate de una puta vez, cabrón de mierda! ¡Ya perfectamente que no hay nada en este puto mundo que pueda devolvérmela! ¡Ya lo sé! -Me golpeó varias veces la cabeza contra la ventanilla lateral del Land Rover-. ¡Sólo quiero asegurarme de dejar un puto incompetente menos en este mundo!»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de MDS Books/Mediasat, 2003, en traducción de Cristóbal Pera. ISBN: 84-96200-68-X.]
 

miércoles, 14 de junio de 2017

"Historias de dragones".- Edith Nesbit (1858-1924)


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El dragón domesticado

«Había una vez un castillo muy viejo, muy viejo... tan viejo que sus torres y sus murallas, y sus poternas y sus arcos, no eran ya más que ruinas y de su antiguo esplendor sólo quedaban dos habitaciones, y allí era donde Juan el herrero había instalado su fragua. Era demasiado pobre para vivir en una casa normal y no tenía que pagar alquiler  por vivir en aquellas ruinas, porque todos los señores del castillo se habían muerto hacía muchísimo tiempo.
 Así es que Juan se pasaba el tiempo soplando con su fuelle, y golpeando con su martillo y haciendo todo el trabajo que se le presentaba. Que no era mucho, porque la mayoría de los encargos iban a parar al alcalde, que también era herrero y que tenía una forja montada a lo grande, en la plaza mayor del pueblo, con doce aprendices martilleando durante todo el día, y doce maestros para enseñar a los aprendices, y fuelles eléctricos y un martillo automático y toda clase de adelantos.
 Pero, naturalmente, cuando la gente del pueblo tenía que herrar a un caballo, o arreglar un remache, iba a la herrería del alcalde. Y Juan el herrero se las iba arreglando lo mejor que podía con los encargos que le hacían los que iban de paso, que no sabían que la herrería del alcalde era mucho mejor.
 Las dos habitaciones en que vivía Juan eran abrigadas y no se calaban cuando llovía, pero no eran muy grandes y por eso el herrero cogió la costumbre de llevarse las herramientas y el carbón y los pocos materiales que tenía a los sótanos del castillo, que estaban francamente bien.
 Eran unos sótanos muy amplios, con el techo abovedado, y tenían en las paredes unas argollas de hierro, seguramente para sujetar a los prisioneros, y en una esquina había unos escalones que llevaban Dios sabe dónde: ni los señores que habitaban el castillo en sus buenos tiempos habían sabido nunca a dónde conducían aquellos escalones. De vez en cuando mandaban a patadas a un prisionero allá abajo, sin pensarlo más, y éste, naturalmente, nunca regresaba para contarlo.
 El herrero no se había atrevido nunca a pasar del séptimo escalón, ni yo tampoco, así es que ninguno de los dos podemos deciros lo que había al final de la escalera.
 Juan el herrero estaba casado y tenía un niño pequeño. Cuando su mujer terminaba de arreglar la casa, cogía al niño en brazos y se ponía a llorar recordando los días felices en que vivía con su padre, que tenía una granja con diecisiete vacas. Juan, que era entonces su novio, venía a verla por las tardes con su mejor traje y una flor en el ojal. Y ahora, a Juan el pelo se le estaba volviendo gris y casi no tenían qué comer.
 Y luego aquel niño, que se pasaba el día llorando. Por la noche, cuando su madre se disponía, por fin, a dormir, empezaba a llorar otra vez, con lo que la pobre mujer no podía descansar nunca del todo, porque el niño podía recuperar el sueño durante el día, pero ella no. Por eso, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba en una silla y se ponía a llorar, de cansada y preocupada que estaba.
 Una noche, el herrero estaba muy atareado preparando unas herraduras para la cabra de una señora muy rica, que quería probar si a su cabra le gustaría andar con herraduras, y quería saber a cómo le iban a salir las cuatro piezas. Aquel había sido el único encargo que había tenido Juan en toda la semana y, mientras él trabajaba, su mujer estaba meciendo al niño que, cosa rara, no estaba llorando.
 En aquel momento, por encima del soplar de los fuelles y del golpear del martillo, se dejó oír un ruido extraño: el herrero y su mujer se miraron.
 -Yo no he oído nada -dijo él.
 -Ni yo tampoco -dijo ella.
 Pero el ruido era cada vez más fuerte, y los dos tenían tanto interés en no oírlo, que él empezó a dar con el martillo más fuerte que nunca y ella se puso de pronto a cantarle al niño, cosa que hacía siglos que no hacía.
 Pero a pesar de los soplidos y de los martillazos y de las canciones de cuna, el ruido se oía cada vez más. Era como el ronroneo de un gato gigantesco, y la razón por la que no querían oírlo era porque venía de la mazmorra que se suponía que había al final de los escalones: aquellos escalones que nadie había bajado nunca del todo.
 -Ahí abajo no puede haber nada -dijo el herrero, secándose el sudor-. Y, además, dentro de poco tendré que ir a por más carbón.
 -No, claro que no hay nada. ¿Qué podría haber? -dijo su mujer.
 Y pusieron tanto interés en convencerse de ello que les faltó poco para conseguirlo.
 El herrero, con la pala en una mano y el martillo grande en la otra, se colgó la linterna de un dedo y bajó a por carbón.
 -Me llevo el martillo, no porque crea que hay nada ahí abajo -explicó-, sino para partir los pedazos grandes de carbón.
 -Naturalmente -dijo su mujer-, que había llevado carbón esa misma tarde y sabía que sólo había carbones pequeños.
 Y el herrero bajó los escalones del sótano y al llegar abajo se paró y levantó la lámpara para asegurarse de que estaba vacío como de costumbre. Y una de las mitades sí que estaba vacía como de costumbre, aparte de los hierros y de los trozos de carbón, pero la otra mitad estaba ocupada con algo que, así a primera vista, se parecía muchísimo a un dragón.
 "Habrá venido por esos horribles escalones, sabe Dios de dónde", se dijo el herrero, temblando como una hoja, y trató de dar media vuelta y subir otra vez.
 Pero el dragón fue más rápido que él. Adelantó una de sus zarpas y sujetó al herrero por una pierna: al moverse sonaba como un llavero lleno de llaves.
 -De irse, nada -dijo.
 -Ay, pobre de mí -dijo el pobre Juan, temblando cada vez más-. Qué final más triste para un herrero respetable.»
 

jueves, 10 de noviembre de 2016

"El principio de Peter".- Laurence J. Peter (1919-1990) y Raymond Hull (1919-1985)


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  Capítulo primero: El principio de Peter
 Un fenómeno universal

 "Viendo incompetencia en todos los niveles de todas las jerarquías -políticas, legales, educacionales e industriales-, formulé la hipótesis de que la causa radicaba en alguna característica intrínseca de las reglas que regían la colocación de los empleados. Así comenzó mi reflexivo estudio de las formas en que los empleados ascienden a lo largo de una jerarquía y de lo que les sucede después del ascenso.
 Para mis datos científicos, fueron recogidos centenares de casos. He aquí tres ejemplos típicos.
 Sección Gobierno Municipal, caso nº 17.  S.J. Cortés* era encargado de la conservación y el mantenimiento en el departamento de obras públicas de Buenavilla. Los funcionarios municipales le tenían en gran estima. Todos alababan su perenne afabilidad.
 "Me agrada Cortés -decía el superintendente de obras-. Tiene buen juicio, y siempre se muestra atento y afable".
 Este comportamiento resultaba adecuado para el puesto que ocupaba Cortés: no era de su incumbencia hacer política, así que no tenía por qué manifestarse en desacuerdo con sus superiores.
 El superintendente de obras se jubiló y Cortés le sucedió. Cortés continuó estando de acuerdo con todo el mundo. Transmitía a su encargado cualquier sugerencia que le llegaba desde arriba. Los conflictos de política resultantes y el continuo cambio de planes no tardaron en desmoralizar al departamento. Llovían las quejas por parte del alcalde y los demás funcionarios, los contribuyentes y el sindicato de trabajadores.
 Cortés continúa diciendo "sí" a todo el mundo y lleva presurosamente mensajes de un lado a otro entre sus superiores y sus subordinados. Nominalmente es superintendente, pero en realidad hace el trabajo de un mensajero. El departamento de conservación suele cerrar con déficit su presupuesto y, sin embargo, no llega a cumplir su programa de trabajo. En resumen, Cortés, un encargado competente, se convirtió en un superintendente incompetente.
 Sección Industrial de Servicios, caso nº 3. E. Diestro era un aprendiz excepcionalmente trabajador e inteligente del taller de reparaciones "G. Reece y Compañía", y no tardó en ascender a mecánico especialista. En este puesto demostró una extraordinaria habilidad para diagnosticar oscuras averías e hizo gala de una paciencia infinita para arreglarlas. Fue ascendido a encargado del taller.
 Pero aquí su amor a la mecánica y a la perfección se convierte en un inconveniente. Emprenderá cualquier tarea que le parezca interesante, por mucho trabajo que haya en el taller. "Vamos a ver qué se puede hacer", dice. No dejará un trabajo hasta quedar plenamente satisfecho de él.
 Se entromete constantemente. Raras veces se le encuentra en su puesto. Generalmente, está con la nariz metida en un motor desmantelado, mientras el hombre que debería estar haciendo ese trabajo se encuentra de pie a su lado mirando, y los demás obreros permanecen sentados esperando que se les asignen nuevas tareas. Como consecuencia, el taller se halla siempre sobrecargado de trabajo, siempre desorganizado y los plazos de entrega se incumplen con frecuencia.
 Diestro no puede comprender que al cliente medio le importa muy poco la perfección. ¡Lo que quiere es que le devuelvan puntualmente su coche! No puede comprender que a la mayoría de sus hombres les interesa menos los motores que los cheques de su sueldo. En consecuencia, Diestro se ve siempre en dificultades con sus clientes o con sus subordinados. Era un mecánico competente pero ahora es un encargado incompetente.
 Sección militar, caso nº 8. Consideremos el caso del famoso y recientemente fallecido general A. Buenaguerra. Sus modales cordiales y sencillos, su desdén hacia las pejigueras de los reglamentos y su indudable valor personal le convirtieron en el ídolo de sus hombres. Él les condujo a muchas y merecidas victorias.
 Cuando Buenaguerra fue ascendido a mariscal de campo tuvo que tratar no con soldados corrientes sino con políticos y generalísimos aliados.
 Le era imposible ajustarse al protocolo necesario. No podía pronunciar las cortesías y adulaciones convencionales. Discutía agriamente con todos los dignatarios y dio en pasarse días enteros tendido en su remolque, embriagado y sombrío. La dirección de la guerra pasó de sus manos a las de sus subordinados. Había sido ascendido a un puesto para cuyo desempeño era incompetente.
 ¡Una pista importante!
Con el tiempo, vi que todos estos casos tenían una característica común. El empleado había sido promovido de una posición de competencia a una posición de incompetencia. Comprendí que, tarde o temprano, esto podría sucederle a cualquier empleado en cualquier jerarquía".
 
 
*Se han cambiado algunos nombres, a fin de proteger al culpable.

viernes, 17 de octubre de 2014

"Oráculo manual y arte de prudencia". Baltasar Gracián (1601-1658)


  "105.-No cansar. Suele ser pesado el hombre de un negocio, y el de un verbo. La brevedad es lisonjera, y más negociante; gana por lo cortés lo que pierde por lo corto. Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo. Más obran quinta esencias que fárragos; y es verdad común que hombre largo raras veces entendido, no tanto en lo material de la disposición cuanto en lo formal del discurso. Hay hombres que sirven más de embarazo que adorno del universo, alhajas perdidas que todos las desvían. Excuse el discreto el embarazar, y mecho menos a grandes personajes, que viven muy ocupados, y sería peor desazonar a uno de ellos que todo lo restante del mundo. Lo bien dicho se dice presto.
  [...] 114.-Nunca competir.- Toda pretensión con oposición daña el crédito. La competencia tira luego a desdorar, por deslucir. Son pocos los que hacen buena guerra, descubre la emulación los defectos que olvidó la cortesía. Vivieron muchos acreditados mientras no tuvieron émulos. El calor de la contrariedad aviva o resucita las infamias muertas, desentierra hediondeces pasadas y antepasadas. Comiénzase la competencia con manifiesto de desdoros, ayudándose de cuanto puede y no debe; y aunque a veces, y las más, no sean armas de provecho las ofensas, hace de ellas vil satisfacción a su venganza, y sacude esta con tal aire, que hace saltar a los desaires el polvo del olvido. Siempre fue pacífica la benevolencia y benévola la reputación.
  [...] 129.-Nunca quejarse.- La queja siempre trae descrédito. Más sirve de ejemplar de atrevimiento a la pasión que de consuelo a la compasión. Abre el paso a quien la oye para lo mismo, y es la noticia del agravio del primero disculpa del segundo. Dan pie algunos con sus quejas de las ofensiones pasadas a las venideras, y pretendiendo remedio o consuelo, solicitan la complacencia, y aun el desprecio. Mejor política es celebrar obligaciones de unos para que sean empeños de otros, y el repetir favores de los ausentes es solicitar los de los presentes, es vender crédito de unos a otros. Y el varón atento nunca publique ni desaires ni defectos, sí estimaciones, que sirven para tener amigos y de contener enemigos.
  [...] 154.-No ser fácil.- Ni en creer, ni en querer. Conócese la madurez en la espera de la credulidad: es muy ordinario el mentir, sea extraordinario el creer. El que ligeramente se movió hállase después corrido; pero no se ha de dar a entender la duda de la fe ajena, que pasa de descortesía a agravio, porque se le trata al que contesta de engañador o engañado. Y aun no es ése el mayor inconveniente, cuanto que el no creer es indicio del mentir; porque el mentiroso tiene dos males, que ni cree ni es creído. La suspensión del juicio es cuerda en el que oye, y remítase de fe al autor aquel que dice: "También es especie de imprudencia la facilidad en el querer"; que, si se miente con la palabra, también con las cosas, y es más pernicioso este engaño por la obra.
  [...] 174.-No vivir a prisa.- El saber repartir las cosas es saberlas gozar. A muchos les sobra la vida y se les acaba la felicidad. Malogran los contentos, que no los gozan, y querrían después volver atrás, cuando se hallan tan adelante. Postillones del vivir, que a más del común correr del tiempo, añaden ellos su atropellamiento genial. Querrían devorar en un día lo que apenas podrían digerir en toda la vida: viven adelantados en las felicidades, cómense los años por venir y, como van con tanta prisa, acaban presto con todo. Aun en el querer saber ha de haber modo para no saber las cosas mal sabidas. Son más los días que las dichas: en el gozar, a espacio; en el obrar, a prisa. Las hazañas bien están, hechas; los contentos, mal, acabados".