Mostrando entradas con la etiqueta Kapuscinski. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Kapuscinski. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de octubre de 2020

Ébano.- Ryszard Kapuscinski (1932-2007)

Resultado de imagen de kapuscinski 

El pozo

  «Los somalíes constituyen un solo pueblo de varios millones de habitantes. Tienen lengua, historia y cultura comunes. Al igual que territorio. Y la misma religión: el islam. Una cuarta parte de esta comunidad vive en el sur y se dedica a la agricultura, cultivando sorgo, maíz, fríjoles y plátanos. Pero la mayoría se compone de nómadas, propietarios de rebaños. Precisamente me hallo ahora entre ellos, en un vasto territorio semidesértico, allá por entre Berbera  y Las Anod. Los somalíes se dividen en varios clanes grandes (tales como issaq, daarood, dir, hawiye) y éstos, a su vez, en clanes menores, que se cuentan por decenas, y estos últimos, finalmente en grupos emparentados, por centenares e incluso miles. Los lazos familiares, las alianzas y los conflictos entre todas estas comunidades y constelaciones de linaje conforman la historia de la sociedad somalí.
 El somalí nace en algún lugar junto a un camino, en una cabaña-refugio o, simplemente, bajo el cielo raso. Jamás sabrá su lugar de nacimiento, que tampoco será inscrito en parte alguna. Al igual que sus padres, no tendrá una aldea o un pueblo natal. Tiene una única identidad: la que marca su relación con la familia, el grupo de parientes y el clan. Cuando se encuentran dos desconocidos, empiezan diciendo: ¿Que quién soy? Soy Soba, de la familia de Ahmad Abdullah, la cual pertenece al grupo de Mussa Araye, que, a su vez, pertenece al clan de Hasean Said, el cual forma parte de la unión de clanes isaaq, etc. Tras semejante presentación, le toca el turno al segundo desconocido, quien procederá a facilitar los detalles de su origen y definir sus raíces, y ese intercambio de información , que se prolonga durante largo rato, resulta sumamente importante, pues ambos desconocidos intentan averiguar lo que los une o separa, y si se fundirán en un abrazo o se abalanzarán el uno sobre el otro con un cuchillo. A todo esto, la relación particular entre las dos personas, su simpatía o antipatía mutuas, no tiene ninguna importancia; la actitud hacia el otro, amistosa u hostil, depende de cómo se presentan en el momento dado las relaciones entre sus respectivos clanes. La persona privada, particular, el individuo, no existe; sólo cuenta como parte de este u otro linaje.
 Cuando el niño cumple ocho años se le concede un gran honor: a partir de este momento, junto con sus compañeros, se encargará de cuidar de un rebaño de camellos, el tesoro más preciado de los nómadas somalíes. Entre ellos, todo se mide por el valor de los camellos: la riqueza, el poder, la vida. Sobre todo la vida. Si Ahmed mata a un miembro de otra familia, la suya tiene que pagar a la del muerto una indemnización. Si ha matado a un hombre, cien camellos; y si a una mujer, cincuenta. Si no, ¡habrá guerra! Sin camellos la persona no puede existir. Se alimenta de la leche de las hembras. Traslada su casa a lomos del animal. Sólo vendiéndolo puede fundar una familia: entrar en posesión de una esposa exige pagar un precio, siempre en camellos, a los parientes de la elegida. Finalmente, salvará la vida, pagando la correspondiente indemnización con dichos animales.
 El rebaño que poseen todos los grupos familiares se compone de camellos, cabras y ovejas. Aquí no se puede cultivar la tierra. Es una arena seca y abrasadora  en que no germina nada. De modo que el rebaño se convierte en la única fuente de ingresos, de vida. Pero los animales necesitan de agua y pastos. Y aquí, incluso en la estación de las lluvias no abundan, y en la seca la mayoría de los pastos desaparecen del todo y los arroyos y los pozos pierden mucha profundidad , cuando no toda el agua. Entonces llegan la sequía y el hambre, y muere el ganado así como mucha gente.
 Ahora el pequeño somalí empieza a conocer su mundo. Lo aprende. Esas acacias solitarias, esos baobabs gigantes gigantescos se convierten en señales que le dicen dónde está y por dónde debe caminar. Esas rocas altas, esos barrancos verticales llenos de piedras, esas peñas rocosas salientes le indican el camino, le enseñan las direcciones y no le permiten perderse. Pero el paisaje en cuestión, que en un principio le parece legible y conocido, no tarda en despojarle del sentimiento de seguridad. Pronto resulta que los mismos lugares y laberintos, las mismas composiciones de señales que lo rodean ofrecen un aspecto en la época quemada por la sequía y otro diferente, cuando, en la estación de las lluvias, se cubren de un verde frondoso; que las mismas crestas y hendiduras rocosas cobran unas formas, profundidad y color en los horizontales rayos del sol de la mañana y otras, muy distintas, al mediodía, cuando caen sobre ellas rayos verticales. Sólo entonces comprenderá el chiquillo que un mismo paisaje entraña un sinfín de composiciones que varían y cambian y que hay que saber cuándo y en qué orden se suceden y qué significan, qué le dicen y qué le advierten.
Resultado de imagen de kapuscinski ébano  Y ésta es su primera lección: que el mundo habla haciéndolo en muchas lenguas, y que constantemente hay que aprenderlas. Aunque a medida que pasa el tiempo, el chico recibe también otra lección: conoce a su planeta, el mapa del mismo y los caminos e itinerarios en él señalados, sus direcciones, trayectorias y trazado. Aunque, aparentemente, no se vea nada alrededor, nada más que extensiones desnudas y desiertas, lo cierto es que estas tierras las cruzan numerosos caminos y senderos, rutas e itinerarios, cierto que invisibles en la arena y entre las rocas, pero no menos impresos de modo imborrable en la memoria de las gentes que llevan siglos atravesándolos. En este lugar empieza el gran juego somalí, el juego de la supervivencia, de la vida: dichas rutas conducen de pozo en pozo, de pasto en pasto. Como consecuencia de guerras, conflictos y regateos seculares, cada grupo familiar, cada unión y clan tiene sus propias rutas, pozos y pastos reconocidos por la tradición. La situación casi roza lo ideal cuando se trata de un año de lluvias abundantes y pastos frondosos, cuando los rebaños cuentan con un número de cabezas moderado y no han nacido demasiados niños. Pero basta que llegue la sequía -lo que, al fin y al cabo, se repite a menudo-, para que desaparezca la hierba y se sequen los pozos. Entonces, toda esa red de caminos y senderos, tan primorosamente tejida durante años para que los clanes al trasladarse no se topen unos con otros y no pisen territorio ajeno, de pronto pierde vigencia, se enmaraña, resquebraja y estalla en mil pedazos. Empieza una búsqueda desesperada de pozos en los que aún hay agua, intentos de alcanzarlos a cualquier precio. Desde todas partes, los hombres conducen a sus rebaños a esos escasos lugares donde todavía se conservan briznas de hierba. La estación seca se convierte en época de fiebre, tensión, furia y guerras. Afloran entonces los peores rasgos del ser humano: la desconfianza, la astucia, la avaricia y el odio.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Folio, 2004, en traducción de Agata Orzeszek, pp.200-203. ISBN: 84-413-1966-9.]
 

martes, 10 de noviembre de 2015

"Ébano".- Ryszard Kapuscinski (1932-2007)

 
Resultado de imagen de ryszard kapuscinski 
Conferencia sobre Ruanda
 
 "Señoras y señores: el tema de nuestra conferencia no es otro que Ruanda, un país pequeño, tanto, que en muchos mapas que encontrarán ustedes en los libros dedicados a África está señalado con un insignificante punto. [...] Ruanda es un país montañoso. África se caracteriza más bien por sus llanuras y altiplanos; en Ruanda, sin embargo, no hay más que montañas y más montañas. Se elevan hasta alcanzar cotas de dos mil y tres mil metros, e incluso más altas. Por eso el país a menudo recibe el nombre del Tíbet de África, y no sólo a causa del paisaje, sino también debido a su singularidad, diferencia, otredad. Esa otredad, aparte de la geografía, también atañe a la sociedad. A saber: mientras la población de los países africanos es, por regla general, multitribal (en el Congo viven trescientas tribus, doscientas cincuenta en Nigeria, etc.), Ruanda está habitada por una sola comunidad, un solo pueblo, el banyaruanda, que se divide en tres castas tradicionales: la de los propietarios de rebaños, tutsis (14 por ciento de la población); la de los agricultores, hutus (85 por ciento), y la de los jornaleros y criados, twa (1 por ciento). Este sistema de castas (con ciertas analogías con la India) se formó siglos atrás: aún hoy sigue abierta la discusión de si tal cosa se produjo en el siglo XII o sólo en el XV, dado que no existen fuentes escritas al respecto. Lo cierto es que durante siglos existió allí un reino gobernado por un monarca que recibía el nombre de mwami y que procedía de la casta tutsi.
 Protegido por las montañas, el reino era un país cerrado: no mantenía relaciones con nadie. Los banyaruanda no organizaban expediciones de conquista, ni -como en su tiempo los japoneses- dejaban entrar extranjeros en su territorio (de ahí que no conociesen, por ejemplo, el tráfico de esclavos, que era el azote de otros pueblos africanos). El primer europeo que llegó hasta Ruanda, en 1894, era un viajero y oficial alemán, el conde G. A. von Götzen. Cabe añadir que ocho años antes, los imperios coloniales, al repartirse África en la conferencia de Berlín, habían concedido Ruanda precisamente a los alemanes, decisión sobre la cual no se informó a ningún ruandés, ni tan siquiera al rey. Durante años, los banyaruanda vivieron como un pueblo colonizado, sin saber una palabra de ello. En años posteriores, los alemanes no manifestaron gran interés por esta colonia suya y después de la Primera Guerra Mundial la perdieron a favor de Bélgica. Durante mucho tiempo, tampoco los belgas se mostraron muy activos. Ruanda estaba situada muy lejos de las costas, a más de mil quinientos kilómetros, pero, sobre todo, el país no representaba ningún valor, dado que no se habían encontrado en él materias primas importantes. Gracias a ello, el ancestral sistema social de los banyaruanda, instalado en aquella fortaleza de alta montaña, pudo conservarse en su forma primigenia hasta la segunda mitad del siglo XX. Dicho sistema tenía muchos rasgos parecidos al feudalismo europeo. Gobernaba el país un monarca rodeado por un grupo de aristócratas y por gran número de nobles de alcurnia. Todos ellos formaban la casta dominante, la de los tutsis. Su mayor riqueza -en realidad, su única riqueza- la constituía el ganado: los cebúes, una raza bovina que se caracteriza por la belleza de sus cuernos, largos, estilizados y en forma de sable. No se los mataba: eran sagrados, intocables. Los tutsi se alimentaban de su leche y de su sangre (se la sacaban pinchando con lanzas las arterias del cuello y la recogían en unas vasijas previamente lavadas con orina de vaca). Todo eso lo hacían los hombres, pues el acceso a los cebúes estaba vetado a las mujeres.
 La vaca era la medida de todo: de la riqueza, del prestigio, del poder. Cuantas más vacas poseía, más rico era su dueño. Cuanto más rico era, más poder tenía. Era el rey quien poseía más cabezas y sus rebaños disfrutaban de especial atención. [...] El tutsi se sienta en el umbral de su choza y contempla sus rebaños paciendo en la pendiente de la montaña. Esta visión lo llena de orgullo y felicidad. Los tutsi no son pastores ni nómadas, ni siquiera ganaderos. Son dueños de los rebaños, son la casta dominante, la aristocracia.
 Los hutus, en cambio, forman la casta, mucho más numerosa, de los agricultores (en la India se les llama wajshya). Entre tutsi y hutus dominaban unas relaciones feudales: el tutsi era el señor y el hutu, su vasallo. Los hutus eran clientes de los tutsis. Eran agricultores que vivían de cultivar la tierra. Entregaban al señor parte de sus cosechas a cambio de protección y de una vaca, que recibían en usufructo (los tutsi tenían el monopolio: los hutus podían tener una vaca sólo si la arrendaban a su señor). Todo igual que en el feudalismo: la misma dependencia, las mismas costumbres, la misma explotación.
 Paulatinamente, a mediados del siglo XX, crece un conflicto dramático entre las dos castas. Lo que se disputan es la tierra. Ruanda es pequeña, montañosa y muy densamente poblada.  Como sucede a menudo en África, también en Ruanda llega a producirse una lucha entre los que viven de criar ganado y los que cultivan la tierra".