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miércoles, 10 de noviembre de 2021

Mi señor y mi amor.- Huda Barakat (1952)


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II


 «Me llegaba hasta el instituto a la hora de acabar las clases, pero manteniéndome a una distancia prudente del portalón de entrada. Llegaba, encendía un cigarrillo y me ponía a fumar mirando a otro lado para que no creyeran que les estaba esperando. Había otro motivo más para quedarme apartado. El bedel había advertido a los alumnos que no se me acercaran… Y a mí me tenía prohibido merodear alrededor del edificio y más aún cuando vio que fumaba. Eso porque no tenía en cuenta que encender un cigarrillo era precisamente lo que hacía la mayoría de chicos al traspasar el portalón.
 Al principio de verme por allí, los alumnos se arremolinaban a mi alrededor para celebrar que hubiera abandonado el instituto. Me felicitaban por mi valentía y se admiraban de la libertad de la que gozaba para decidir si abandonaba los estudios o no sin tener que batallar con la oposición de la familia. Que vinieran a celebrarlo era la confirmación de que había tomado la decisión acertada y de que mi opinión era la buena. “Estudiar en este país no sirve de nada”, me decían.
 También al principio seguían burlándose de los profesores que yo había conocido y al igual que cuando asistía todavía a clase con ellos, les llamaban por los motes que habían acabado sustituyendo por completo a sus verdaderos nombres. No se separaban de mí los primeros días que fui al instituto, ni dejaban de tocarme, de abrazarme, de tirárseme al cuello, de agarrarme de la camisa o de la mano para que les prestara atención armando un gran jaleo.
 Al principio, además, me preguntaban por Ayub.

 Seguí yendo todos los días, pero poco a poco iban siendo menos los que se me acercaban. Me quedaba de pie a un lado, apartado, fumando, mirándolos de reojo. Los pocos que me saludaban eran los que antes no habían sido mis amigos.
 Los de la última fila, que ahora que habían crecido formaban una pandilla. Los había que, como yo, habían abandonado los estudios en la secundaria. Otros continuaban, pero no por miedo a sus familias o porque les quedara algún resquicio de esperanza de llegar a aprender algo. Quienes seguían estudiando en el instituto realmente no asistían con regularidad a las clases. Iban porque aquél era campo abonado para dar rienda suelta a sus particulares diversiones sin importarles que todo acabara en expulsión o, al final del año escolar, se les prohibiera reinscribirse.
 Entraban en la escuela arrasándolo todo a su paso, como si cada mañana les fuera debida una victoria que afianzara su dominio. Eso lo hacían en especial los que gozaban de algún tipo de impunidad o inmunidad ante la dirección del centro. Sabían que contra ellos no se iba a adoptar ninguna medida. Esos chicos detentaban dentro de los muros del instituto un poder que les estaba todavía vetado fuera. Se tomaban el uso de la fuerza en el interior de la institución como un ejercicio. Una práctica más que provechosa para cuando llegara el momento de usarla en el exterior. El campo de prácticas estaba hecho a su medida para que a diario afirmaran su autoridad y estaban dispuestos a infringir todas las normas en todo momento. Era un reto que, concluyera como concluyera, se anotaban en la lista de victorias aun sabiendo que en verdad sus juegos sólo podían terminar en una derrota, en una expulsión que a fin de cuentas sería tomada como la coronación de su poder, de su rebeldía, de sus actos de insubordinación, de su recalcitrante negativa a instalarse. Ser expulsados representaba para ellos que sus exasperados enemigos les reconocían y se rendían a su victoria. Su salida del instituto a la vida real de la ciudad, del país, era el inicio de una nueva virilidad para ellos, era el destino para el que se habían estado preparando y ejercitando y que ellos en buena medida habían buscado.

 La iniciativa de acercarme a ellos en nuestros primeros encuentros había corrido de mi parte. Mi actitud les tenía algo desconcertados. Creían que habiendo sido yo uno de los listillos de la clase tenía que haber dejado la escuela por algún motivo de fuerza mayor o para ponerme a trabajar. Para ellos, los empollones como yo, los cobardes, los que iban de sobrados de la primera fila, no estábamos por la labor de dejar la escuela ni que nos sacaran de allí en volandas, porque nuestra miserable vida perdía todo su sentido más allá de los cuadernos y las sonrisas condescendientes de los maestros, para cuya consecución ningún sacrificio estaba de más.
 La verdad era que no me habían recibido con los brazos abiertos. Ni me habían tomado en serio ni me tenían respeto alguno y lo más seguro es que no creyeran que había dejado la escuela porque me había dado la real gana. Y había sido así. Me harté. Eso fue todo y lo que pudiera opinar mi padre no tenía para mí apenas valor.
 Más adelante me permitieron acompañarles en sus correrías lejos de la escuela y del barrio, pero sin insistir en ello, sin asomo de entusiasmo.
Resultado de imagen de huda barakat mi señor y mi amor Hubo una vez en que me pusieron delante de las narices las fotos porno que deslizaban dentro del coche de la maestra francesa, muy guapa ella, y empezaron a leerme las frasecillas que escribían encima de las imágenes. Me pidieron que yo añadiera alguna para calibrar hasta qué punto era yo distinto del que había sido cuando iba a clase.
 Superé sin dificultad ese primer examen y al cabo de poco los tenía ya asombrados por mi empuje y por mi sigilosa aproximación al jefe de la pandilla, al núcleo del poder. Y eso mientras yo seguía actuando como si la cosa no fuera conmigo. No resultaba fácil mantener la calma al tiempo que hacía tambalear la jerarquía del grupo… Y es que pronto se esfumó la satisfacción que había sentido al lograr unirme a ellos y que me aceptaran como uno más, ya que empezó a actuar el instinto de sobresalir, de destacar del resto, un deseo que tiraba de mí sin que yo pudiera controlarlo. A ellos no les temía. Lo que temía realmente era permanecer en la sombra igual y semejante a todos. Estaba todo el rato en tensión y nervioso, a punto de saltar y emplear toda mi energía para salir del círculo de los que agachan la cabeza, de los que no tienen valor, de los soldados de baja estofa y sin rango que se aturullan cuando el jefe los mira. Pero las cadenas que me ataban a la masa del pelotón eran muy sólidas y resultaba extenuante tirar siempre hacia adelante, hacia la posición de mando, teniendo al mismo tiempo que ahorrar fuerzas, mantener la calma y el equilibrio si de verdad quería cumplir mi deseo algún día.

 Solíamos reunirnos por la tarde o ya al anochecer. Pronto comprendí que no debía preguntar adónde nos dirigiríamos. Nadie en el grupo lo planteaba. Nos situábamos detrás de Rodeo o a su lado alternativamente. Nos llamábamos los unos a los otros por nuestros motes y Rodeo era el de nuestro jefe. Su mote nada tenía que ver con su nombre real, Kamil, y tampoco encerraba ninguna burla, como era el caso del de algunos de la pandilla, como el tontainas Corcho. En general los motes no significaban nada, como el de Habbak, que era el sonido que él hacía al imitar el aporreo de la batería. Bachir era el nombre real de Habbak y le gustaba el rock duro, sobre todo el grupo Metálica. Rodeo era un chico conocido porque había participado en muchas carreras con su moto trucada. Más de una vez estuvo a punto de morir. Sí, vio la muerte muy de cerca. Tras el último accidente salió del hospital con secuelas visibles en cara y cuerpo. Pero esa última carrera también la había ganado. De todos modos se retiró. Dijo que ya no le gustaba correr en moto porque no comportaba ningún riesgo real y que el circuito no era lo suficientemente largo para jugarse la vida como estaba mandado.

 Rodeo se agobiaba pronto. Ése era uno de sus puntos fuertes que tener en cuenta y a la vez una conminación a respetarlo siempre. Y como se agobiaba rápido, la distancia que mantenía en relación con cada uno de los integrantes de la pandilla se calculaba con precisión extrema y a diario. Bastaba con que alzara ligeramente el brazo señalando a quien él consideraba que se le estaba acercando demasiado para que el osado diera marcha atrás de inmediato. Y es que Rodeo no le dirigía la palabra a cualquiera ni porque sí.
 Al comienzo no había secretos entre nosotros, tal vez porque Rodeo no tenía nada importante que ocultarnos. Pero si ladeaba la cabeza hacia alguien o hacía un aparte para musitarle a uno algo en voz baja, tal gesto se interpretaba como una distinción que implicaba avanzar un puesto, aunque tal avance fuera a durar a lo sumo un par de días.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial La Otra Orilla, 2008, en traducción de Jaume Ferrer Carmona, pp. 79-86. ISBN: 978-84-92451-10-4.]

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Poesía completa.- William Blake (1757-1827)

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El negrito [de Cantos de Inocencia]

 «Mi madre me engendró en el salvaje sur / y soy negro. Pero, ¡ah!, mi alma es blanca.
Blanco como un ángel es el niño inglés; / pero yo soy negro, como desposeído de luz.
 
Mi madre me instruyó bajo un árbol / y allí sentada, antes del pleno calor del día,
me atrajo a su seno, besándome. / Luego, señalando al este, comenzó a decir:
 
"Mira el sol naciente. Allí mora Dios / e imparte su luz y regala su calor
y flores y árboles y bestias y hombres reciben / solaz por la mañana y dicha al mediodía.
 
Y se nos puso en la tierra / para que aprendamos a soportar los rayos del amor;
y estos negros cuerpos y estos rostros tostados / son sólo una nube y semejantes a un umbrío bosquecillo.
 
Pues cuando nuestras almas hayan aprendido el calor a soportar / la nube se desvanecerá. Oiremos su voz
que nos dirá: 'Salid del bosque, mis bien amados, / y en torno a mi tienda de oro, como corderos, regocijaos'.
 
Así habló mi madre, besándome / y así lo cuento al niñito inglés.
Cuando yo me libere de mi nube negra y él de la suya blanca / y como corderos nos regocijemos en torno a la tienda de Dios
 
le protegeré del calor hasta que pueda soportarlo / y se incline dichoso sobre la rodilla de nuestro padre.
Y entonces me estaré de pie, acariciando su plateado cabello / y seré como él; y en adelante me amará.
[…]

Resumen de lo humano [de Cantos de experiencia]

  La piedad no existiría / si no hiciéramos a alguien pobre;
y la Misericordia no tendría lugar / si todos fuesen tan felices como nosotros.

El miedo compartido trae la paz / hasta que los amores egoístas aumentan.
Entonces la crueldad urde una trampa / y siembra con cuidado sus cebos.

Se sienta con sagrados temores / y riega la tierra con lágrimas;
la humildad echa entonces raíces / bajo sus plantas.

No tarda en extender la lúgubre sombra / del misterio sobre su cabeza;
y la oruga y la mosca / se alimentan de misterio.

Luego crece del árbol el fruto del engaño, / rojizo y dulce al paladar,
y el cuerpo teje su nido / en su más espesa sombra.

Los dioses de la tierra y el mar / escrutaron la naturaleza para hallar este árbol,
pero vana resultó la búsqueda: / crece uno en cada cerebro humano.
[…]

XXXIX [de Poemas del Manuscrito de D.G. Rossetti (II)]

 Cuando Klopstock desafió a Inglaterra / avivó el orgullo de William Blake
y el viejo Padre Dios allá arriba / expulsó aires, eructó y tosió
antes de lanzar un fuerte juramento que estremeció los cielos / y de llamar al inglés Blake.
Blake estaba aliviando sus tripas / en Lambeth, bajo la alameda.
Se puso de pie / y dio tres vueltas, tres.
Resultado de imagen de william blake poesi completaLa luna al ver aquello, se tornó color escarlata. / Las estrellas arrojaron sus copas y huyeron;
todos los demonios del infierno / saludaron (a Blake) con gritos nueve veces más fuertes.
 
Klopstock acusó la triple vuelta / y también sus intestinos comenzaron a menearse:
tres veces tres se le pusieron del revés / y encerraron entre ellos a su alma con cerrojos de nueve vueltas,
de modo que el cuerpo no podía (separarse de ella) / hasta que, con la última (Trompeta, le salió en forma de pedo).
Entonces Dios Padre volvió a jurar. / No había visto nada parecido
desde que Noé se encerrara en su Arca, / desde que Eva decidiera lanzar sus chispas infernales,
desde que se usara ir por ahí desnudos, / desde que la vieja Nosecuántos fuera creada.
 
 De modo que pidió a Blake que se diese otra vez la vuelta / (con el fin de aliviar) el dolor de Klopstock (multiplicado por nueve),
y (apiadado, deshizo el entuerto). / Si Blake eso consiguió tan sólo con (no seguir cagando),
¿qué no hubiese logrado de haberse puesto a escribir?
[…]

CXIV [de Poemas del Manuscrito de D.G. Rossetti (II)]

Envejecido por el amor desde los siete hasta los siete veces siete / a menudo anhelo el infierno para descansar del cielo.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Orbis, 1986, en traducción de Pablo Mañé Garzón, pp. 103, 115-116, 151-152, 179. ISBN: 84-599-1217-5.]
 

domingo, 12 de julio de 2020

Historia de la Monja Alférez, Catalina de Erauso, escrita por ella misma.- Catalina de Erauso (1592-1650)

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Capítulo VI
Llega a la Concepción de Chile y halla allí a su hermano. Pasa a Paicabí, hállase en la batalla de Valdivia, gana una bandera. Retírase al Nacimiento, va al valle de Purén. Vuelve a la Concepción, mata a dos y a su propio hermano.

  «Llegamos al puerto de la Concepción en veinte días que se tardó en el camino. Es ciudad razonable, con título de noble y leal; tiene obispo. Fuimos bien recibidos por la falta de gente que había en Chile. Llegó luego orden del gobernador Alonso de Ribera para desembarcarnos, trájola su secretario el capitán Miguel de Erauso. Luego que oí su nombre me alegré y vi que era mi hermano, porque aunque no le conocía ni había visto, porque partió de San Sebastián para estas partes siendo yo de dos años, tenía noticia de él, si no de su residencia. Tomó la lista de la gente, fue pasando y preguntando a cada uno su nombre y patria; y llegando a mí y oyendo mi nombre y patria, soltó la pluma y me abrazó y fue haciendo preguntas por su padre y madre, y hermanas y por su hermanita Catalina la monja; y fui a todo respondiendo como podía, sin descubrirme ni caer él en ello. Fue prosiguiendo la lista y en acabando me llevó a comer a su casa, y me senté a comer. Díjome que aquel presidio que yo llevaba de Paicabí, era de mala pasadía de soldados; que él hablaría al gobernador para que me mudase de plaza. Subió al gobernador en comiendo, llevándome consigo. Diole cuenta de la gente que venía y pidióle de merced que mudase a su compañía a un mancebito que venía allí de su tierra, que no había visto otro de allá desde que salió. Mandóme entrar el gobernador y, en viéndome, no sé por qué, dijo que no me podía mudar. Mi hermano lo sintió y salióse. De allí a un rato llamó a mi hermano el gobernador, y díjole que fuese como pedía.
 Así, yéndose las compañías, quedé yo con mi hermano por su soldado, comiendo a su mesa casi tres años sin haber dado en ello. Fui con él algunas veces a casa de una dama que allí tenía y de ahí algunas otras veces me fui sin él; él alcanzó a saberlo y concibió mal, y díjome que allí no entrase. Acechóme y cogióme otra vez; esperóme, y al salir me embistió a cintarazos y me hirió en una mano. Fueme forzoso defenderme y al ruido acudió el capitán don Francisco de Aillón y metió paz; pero yo me hube de entrar en San Francisco por temor al gobernador, que era fuerte, y lo estuvo en esto, aunque más mi hermano intercedió, hasta que vino a desterrarme a Paicabí y sin remedio hube de ir al puerto de Paicabí y estuve allí tres años.
 Hube de salir a Paicabí, y pasar allí algunos trabajos, por tres años, habiendo antes vivido alegremente. Estábamos siempre con las armas en la mano, por la gran invasión de los indios que allí hay, hasta que vino finalmente el gobernador Alonso de Sarabia con todas las compañías de Chile. Juntámonos otros cuantos con él y alojámonos en los llanos de Valdivia, en campaña rasa, cinco mil hombres, con harta incomodidad. Tomaron y asolaron los indios la dicha Valdivia: salimos a ellos, y batallamos tres o cuatro veces, maltratándolos siempre y destrozando; pero llegándoles la vez última socorro, nos fue mal y nos mataron mucha gente y capitanes, y a mi alférez, y llevaron la bandera. Viéndola llevar, partimos tras ella yo y dos soldados de a caballo por medio de gran multitud, atropellando y matando, y recibiendo daño: en breve cayó muerto uno de los tres. Proseguimos los dos. Llegamos a la bandera, cayó de un bote de lanza mi compañero. Yo recibí un mal golpe en una pierna, maté al cacique que la llevaba y quitésela, y apreté con mi caballo, atropellando, matando e hiriendo a infinidad, pero malherido y pasado de tres flechas y de una lanza en el hombro izquierdo, que sentía mucho. En fin, llegué a mucha gente y caí luego del caballo. Acudiéronme algunos, y entre ellos mi hermano, a quien no había visto y me fue de consuelo. Curáronme y quedamos allí alojados nueve meses. Al cabo de ellos mi hermano me sacó del gobernador la bandera que yo gané y quedé alférez de la compañía de Alonso Moreno, la cual poco después se dio al capitán Gonzalo Rodríguez, primero capitán que yo conocí y holgué mucho.
 Fui alférez cinco años. Halléme en la batalla de Purén, donde murió el dicho mi capitán, y quedé yo con la compañía cosa de seis meses, teniendo en ellos varios encuentros con el enemigo, con varias heridas de flechas; en uno de los cuales me topé con un capitán de Indios, ya cristiano, llamado don Francisco Quispiguancha, hombre rico que nos traía bien inquietos con varias alarmas que nos tocó, y batallando con él lo derribé del caballo, y se me rindió, y lo hice al punto colgar de un árbol, cosa que después sintió el gobernador, que deseaba haberlo vivo, y diz que por eso no me dio la compañía y la dio al capitán Casadevante, reformándome y prometiéndome para la primera ocasión. De allí se retiró la gente, cada compañía a su presidio y yo pasé al Nacimiento, bueno sólo en el nombre, y en lo demás una muerte, con las armas a todas horas en la mano. Allí estuve pocos días, porque vino luego el maestre de campo Álvaro Nuñes de Pineda, con orden del gobernador, y sacó de allí y de otros presidios hasta ochocientos hombres de a caballo para el valle de Purén, entre los cuales fui yo, con otros oficiales y capitanes; a donde fuimos e hicimos muchos daños, talas y quemas en sembrados, en seis meses. Después, el gobernador Alonso de Ribera me dio licencia para volver a la Concepción y volví con mi plaza en la compañía de Francisco Navarrete, y allí estuve.
Historia de la Monja Alférez, Catalina de Erauso, escrita por ella ... Jugaba conmigo la fortuna tornando las dichas en azares. Estábame quieto en la Concepción, y hallándome un día en el cuerpo de guardia, entréme con otro amigo alférez en una casa de juego allí junto; pusímonos a jugar, fue corriendo el juego y en una diferencia que se ofreció, presentes muchos alrededor, me dijo que mentía como cornudo: yo saqué la espada y entrésela por el pecho. Cargaron tantos sobre mí, y tantos que entraron al ruido, que no pude moverme: teníame en particular asido un ayudante. Entró el auditor general Francisco de Párraga y asióme también fuertemente y zamarreábame haciéndome no sé qué preguntas; y yo decía que delante del gobernador declararía. Entró en esto mi hermano y díjome en vascuence que procurase salvar la vida. El auditor me cogió por el cuello de la ropilla, yo con la daga en la mano le dije que me soltase; zamarreóme; tiréle un golpe y atraveséle los carrillos; teníame aún: tiréle otro y soltóme; saqué la espada, cargaron muchos sobre mí, retiréme hacia la puerta, había algún embarazo, allanélo y salí y entréme en San Francisco que es allí cerca, y supe allí que quedaban muertos el alférez y el auditor. Acudió luego el gobernador Alonso García Remón: cercó la iglesia con soldados y así la tuvo seis meses. Echó bando prometiendo premio a quien diese preso, y que en ningún puerto se me diese embarcación, y avisó a los presidios y plazas e hizo otras diligencias: hasta que con el tiempo, que lo cura todo, fue templándose este rigor y fueron arrimándose intercesiones y se quitaron las guardas y fue cesando el sobresalto, y fue quedándome más desahogo, y me fui hallando amigos que me visitaron y se fue cayendo en la urgente provocación desde el principio y en el aprieto encadenado del lance.
 A este tiempo, y entre otros, vino un día don Juan de Silva, mi amigo, alférez vivo, y me dijo que había tenido unas palabras con don Francisco de Rojas, del hábito de Santiago, y lo había desafiado para aquella noche a las once, llevando cada uno a un amigo, y que él no tenía otro para eso sino a mí. Yo quedé un poco suspenso, recelando si habría allí forjada alguna treta para prenderme. El, que lo advirtió, me dijo: si no os parece, no sea. Yo me iré solo, que a otro yo no he de fiar mi lado. Yo dije ¿que en qué reparaba? Y acepté.
 En dando la oración, salí del convento y me fui a su casa: cenamos y parlamos hasta las diez, y en oyéndolas, tomamos las espadas y capas y salimos al puesto señalado.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2002, en edición de Ángel Esteban. ISBN: 84-376-1956-4.]

martes, 12 de febrero de 2019

Don Juan y Fausto.- Christian Dietrich Grabbe (1801-1836)


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Acto cuarto
Escena tercera

«Don Juan: (se pone serio por un momento.) Por mi honor, ¡eso ya es mucho! ¡Matar ladrones
no sería nada, pero casarse! ¡Casarse! ¡Ja!
Es el invierno, que parece que con la fuerza
del hielo sujeta la ola del arroyo / y a la vez la congela...
Es el intento alevoso y artificial / de atraer el sentimiento más libre y divino
desde la libertad del bosque hasta una casa de familia
(un sentimiento tan delicado que el menor contacto / -¿no lo he comprobado ya personalmente?- hace que
se disuelva, como pólvora ante fuego); / vale decir, el intento de convertir ruiseñores
en pájaros enjaulados, un ardor que nunca / se debe ni se puede volver costumbre,
y que, aun si sólo momentáneamente cual rayo / nos atraviesa, nos hace temblar ante la
aniquilación, para degradarlo a algo / normal, vulgar... Un hálito helado
sopla, mortífero, alrededor nuestro... pero no es / sino una llama frente a la idea de
casarse. ¡Ja! ¡A la chica que amo, / la abrazo; si la odio o si posee
dinero, la desposo!
 Leporello: Señor, esto en parte, / vale para mi casamiento con Isabel.
La odio como a un sapo. Lo entenderéis / apenas os lo explique: lo poco que había
para amar en ella, ya lo he gozado; / y la comida, lo sabéis, no se come dos veces.
 
(Don Juan quiere seguir subiendo. Leporello lo detiene.)
 
Señor, ¡alto! Aquí se abre un abismo.
 Don Juan: Rodeémoslo.
 Leporello: ¡Y ved! Más allá alguien cruza las piedras / como si fuesen cercas.
 Don Juan: Ha de ser / el Caballero diabólico que nos delató
el escondite de la señora y que nos ofreció / su ayuda.
 Fausto: (aparece.) ¡No, hombre! No es él; / él ya está cumpliendo el merecido castigo.
Es Fausto en persona.
 Don Juan: ¡Fausto en persona! ¡Ah, qué héroe! / Yo soy Don Juan, ¡y lo soy en persona!
 Leporello: Señor, corramos... es un mago... / Es capaz de matarnos, de destruirnos... de convertir
a vuestra merced en liebre y a mí en león.
 Don Juan: ¡Me río de toda la magia! Podrá / divertir, fingir, cambiar frentes y rostros,
pero al espíritu no podrá cambiarlo / jamás... él o perece, o permanece siempre
inalterable. Aunque me convierta en liebre / y tú en león, siempre seré Don Juan
y tú serás Leporello, mi criado.
 Fausto: ¡Retrocede, Juan, nunca conseguirás a la / que buscas!
 Don Juan: Mientras respiro, espero firmemente / obtenerla.
 Fausto: Huye, te digo, de / la erupción de mi poder.
 Don Juan: ¿De tu poder? / ¿De eso que ni siquiera alcanza para
alegrarte a ti, debilucho, cuyo pecho / es tan frágil que anhelaba las llamas del infierno
mientras aún los frescos manantiales de la vida / fluían alrededor?
 Fausto: ¡Feliz el esclavo en cadenas, / si no conoce la libertad!
 Don Juan: ¿Quién lleva cadenas? / ¿Quién ataca con poder sobrehumano
el corazón de Ana y no es capaz de expugnar / ese rinconcito?... ¿Para qué lo suprahumano
si sigues siendo humano?
 Fausto: ¿Para qué humano / si no aspiras a lo suprahumano?
 Don Juan: El superhombre, sea ángel o demonio, / es tan ajeno al amor de las mujeres como lo es
cualquier cosa infrahumana, sea un zambo, / una rana, o un mono... y amigo mío,
¡soy yo el que vive en el corazón de Doña Ana!
 Leporello: Estamos perdidos, señor... Os pasáis de la raya... / Permitid que me agarre de vuestra capa...
 ¡Tormenta y borrasca brotan de esos ojos!
 Fausto: ¡Ja!, ¡Si es verdad, como hace tiempo lo temo, /arrancaré de cuajo el corazón de Ana,
y con tu imagen! Y a ti te echaré / ante la sepultura del Gobernador,
acaso el único lugar de la tierra en el que / tiemblas ante los espíritus.
 Don Juan: ¡Te equivocas! / ¡No tiemblo ante ti ni ante espíritus!
 Fausto: ¡Espíritus, / llevadlo hacia allí!
 Leporello: Llevadme, señor... ¡Ved, nubes, vientos! / ¡Ah, y encima ahora pierdo mi lindo gorro!
 
 (Don Juan y Leporello, por indicación de Fausto, son arrebatados por la tormenta.)
 
 Fausto: ¡Lo ama! ¿Debo hacerla añicos?... / ¡El diablo tenía razón, no me mintió cuando
dijo que alguna vez me amó indeciblemente! / Sólo el que ha amado conoce el odio y la ira.
Sólo el que ha sido muy devoto se convertirá en Satanás.
Sólo el que ha sido Satanás puede ser un buen mojigato.
A Doña Ana, a esa que me desprecia... / ¿Quién podría decir si la amo o la odio más? (Sale.)»
 
       [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2007, en traducción de Marcelo G. Burello y Regula Rohland de Langbehn. ISBN: 978-84-376-2357-3.]
  

sábado, 26 de agosto de 2017

"El Cid".- Pierre Corneille (1606-1684)


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 Acto primero. Escena cuarta.
El conde don Gómez* y don Diego**.

«El Conde: Al fin, sois vos quien ganáis y el favor del rey os eleva a un rango que sólo a mí me correspondía. Os hace ayo del príncipe de Castilla.
 Don Diego: Este honor que hace a mi familia, muestra a todos que es justo y pone de manifiesto sobradamente que sabe recompensar los servicios pasados.
 El Conde: Por grandes que sean los reyes, son como nosotros; pueden equivocarse como los demás hombres y esta elección muestra a todos los cortesanos que saben pagar mal los servicios presentes.
 Don Diego: No sigamos hablando de una elección que irrita vuestro ánimo; el favor ha podido decidirla tanto como el mérito; de escogeros, quizá se hubiera podido escoger mejor, pero el rey me ha juzgado más apto para su deseo. Al honor que me ha hecho, añadid vos otro. Unamos con un lazo sagrado mi casa y la vuestra. Rodrigo ama a Jimena, y su digna persona es el objeto más querido de su afecto. Consentid en ello, señor, y aceptarle por yerno.
 El Conde: A más altos partidos debe aspirar Rodrigo, y el nuevo esplendor de vuestra dignidad debe llenar su corazón con otras vanidades. Ejercedla, señor, y educad al príncipe, mostradle cómo hay que regir una provincia, cómo hacer temblar por doquier a los pueblos sometidos a su ley, henchir de amor a los buenos y de espanto a los malvados: unid a estas virtudes las de un capitán, mostradle cómo hay que endurecerse con las fatigas, no tener rival en el oficio de Marte, pasar días enteros y noches a caballo, descansar completamente armado, forzar una muralla y deber sólo a uno mismo el triunfo en la batalla. Instruidle con vuestro ejemplo y recordad que han de ver sus ojos lo que le enseñáis.
 Don Diego: Para instruirse con el ejemplo, a pesar de la envidia, le bastará leer la historia de mi vida: ahí, en una larga trama de nobles acciones, verá cómo hay que domar a los pueblos, atacar una plaza, ordenar un ejército y con grandes hazañas labrar su renombre.
 El Conde: Mayor poder tienen los ejemplos vivos, un príncipe aprende mal sus deberes en un libro. Y a fin de cuentas, ¿qué hay en tan grande número de años que no pueda igualar una de mis jornadas? Si vos fuisteis valiente, yo lo soy ahora y este brazo es el más firme apoyo del reino; Granada y Aragón tiemblan cuando este acero reluce, mi nombre sirve de baluarte a toda Castilla; sin mí, pronto pasaríais a depender de otras leyes y si no me tuvieseis ya no tendríais reyes. Cada día, cada instante añade para gloria mía laurel sobre laurel, victoria sobre victoria: para ejercitarse en la generosidad, el príncipe ganaría combates caminando a mi lado; lejos de las frías lecciones que ha preferido a mi brazo, aprendería a vencer viendo mi comportamiento.
 Don Diego: Me habláis en vano de lo que yo conozco: os he visto combatir y mandar bajo mis órdenes; cuando en mis nervios la edad ha puesto su hielo, vuestro raro valor ha ocupado mi sitio; en fin, para ahorrarnos palabras superfluas, vos sois hoy lo que antaño yo fui. Sin embargo, en esta igualdad ya veis que entre nosotros un monarca hace diferencias.
 El Conde: Lo que yo merecía, vos os lo habéis llevado.
 Don Diego: Quien a vos os lo ha ganado, más lo había merecido.
 El Conde: Quien mejor puede ejercerlo, es el más digno.
 Don Diego: Ser rechazado no es buena señal de ello.
 El Conde: Lo habéis obtenido mediante intrigas, pues sois viejo cortesano.
 Don Diego: Mi único partidario ha sido el esplendor de mis hazañas.
 El Conde: Digamos mejor que el rey ha hecho honor a vuestros años.
 Don Diego: El rey, cuando lo hace, lo mide por el valor.
 El Conde: Si así fuera, ese honor sólo correspondería a mi brazo.
 Don Diego: Quien no ha podido obtenerlo no lo merecía.
 El Conde: ¿Qué no lo merecía? ¿Yo?
 Don Diego: Vos.
 El Conde: Tu desvergüenza, temerario viejo, tendrá su merecido. (Le da una bofetada.)
 Don Diego: Acaba, y toma mi vida después de afrenta tal, la primera con que mi raza ha visto enrojecer su frente. (Echan mano a las espadas.)
 El Conde: ¿Y qué piensas hacer con tanta debilidad?
 Don Diego: ¡Oh, Dios! Mis gastadas fuerzas en este trance me abandonan.
 El Conde: Tu espada es mía, pero te envanecerías demasiado si este vergonzoso trofeo hubiera pesado en mi mano. Adiós, y haz leer al príncipe, para su instrucción, y a pesar de la envidia, la historia de tu vida: este justo castigo a unas palabras insolentes no dejarán de servirle de pequeño ornamento.
 Don Diego: ¿No derramas mi sangre?
 El Conde: Mi ánimo está satisfecho y mis ojos reprochan a mi mano tu derrota.
 Don Diego: ¡Desprecias mi vida!
 El Conde: Detener su curso no sería más que adelantar la Parca tres días.»
 
 
*Don Gómez, conde Gormaz y padre de Jimena.
**Don Diego, padre de don Rodrigo.