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miércoles, 16 de septiembre de 2020

Vacas, cerdos, guerras y brujas.- Marvin Harris (1927-2001)

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El macho salvaje

  «Si prescindimos de la concepción y de la especialización sexual relacionada, la asignación de roles sociales en base al sexo no se deriva automáticamente de las diferencias biológicas entre hombre y mujer. Si sólo conociéramos los hechos de la biología y anatomía humanas, no podríamos predecir que las hembras fueran el sexo socialmente subordinado. La especie humana es única en el reino animal, ya que no hay correspondencia entre su dotación anatómica hereditaria y sus medios de subsistencia y defensa. Somos la especie más peligrosa del mundo no porque tengamos los dientes más grandes, las garras más afiladas, los aguijones más venenosos o la piel más gruesa, sino porque sabemos cómo proveernos de instrumentos y armas mortíferas que cumplen las funciones de dientes, garras, aguijones y piel con más eficacia que cualquier simple mecanismo anatómico. Nuestra forma principal de adaptación biológica es la cultura, no la anatomía. No cabe esperar que los hombres dominen a las mujeres por el mero hecho de ser más altos y más fuertes, más de lo que cabe esperar que la especie humana sea gobernada por el ganado vacuno o los caballos, animales cuya diferencia de peso con respecto al marido corriente es treinta veces superior a la existente entre éste y su esposa. En las sociedades humanas, el dominio sexual no depende de qué sexo alcanza un mayor tamaño o es innatamente más agresivo, sino de qué sexo controla la tecnología de la defensa y de la agresión.
 Si sólo conociera la anatomía y capacidades culturales de los hombres y de las mujeres, me inclinaría a pensar que serían las mujeres, y no los hombres, quienes controlarían la tecnología de la defensa  y de la agresión y que si un sexo tuviera que subordinarse a otro, sería la hembra quien dominaría al varón. Aunque quedaría impresionado por el dimorfismo físico -mayor altura, peso y fuerza de los varones- en especial en relación con las armas que se manejan con la mano, todavía me causaría mayor asombro algo que las hembras tienen y que los hombres no pueden conseguir, a saber, el control del nacimiento, el cuidado y la alimentación de los niños. En otras palabras, las mujeres controlan la crianza, y gracias a ello pueden modificar potencialmente cualquier estilo de vida que las amenace. Cae dentro de su poder de negligencia selectiva el producir una proporción entre los sexos que favorezca mucho más a las hembras que a los varones. También tienen el poder de sabotear la "masculinidad" de los varones, recompensando a los chicos por ser pasivos en vez de agresivos. Cabría esperar que las mujeres centraran sus esfuerzos en criar hembras solidarias  y agresivas en vez de varones y, por añadidura, que los pocos supervivientes masculinos de cada generación fueran tímidos, obedientes, trabajadores y agradecidos  por los favores sexuales. Predeciría que las mujeres monopolizarían la dirección de los grupos locales, serían responsables de las relaciones chamánicas con lo sobrenatural y que Dios sería llamado ELLA. Finalmente, esperaría que la forma de matrimonio ideal y más prestigioso sería la poliandria, en la cual una sola mujer controla los servicios sexuales y económicos de varios hombres.
 Algunos teóricos que vivieron en el siglo XIX postularon en realidad este tipo de sistemas sociales dominados por las mujeres como la condición primordial de la humanidad. Por ejemplo, Friedrich Engels, quien tomó sus ideas del antropólogo americano Lewis Henry Morgan, creía que las sociedades modernas habían pasado por una fase de matriarcado en la cual la filiación se trazaba exclusivamente por la línea femenina y en la que las mujeres dominaban políticamente a los hombres. En la actualidad, muchos movimientos de liberación de la mujer continúan creyendo en este mito y en sus consecuencias. Probablemente, los varones subordinados rechazaron y derrocaron a las matriarcas, les arrebataron sus armas y, desde entonces, han estado conspirando para explotar y degradar al sexo femenino. Algunas mujeres que admiten este tipo de análisis arguyen que sólo una contraconspiración militante, equivalente a una especie de guerra de guerrillas entre los sexos, podría instaurar el equilibrio entre el poder y la autoridad masculinos y femeninos.
Vacas, cerdos, guerras y brujas: Los enigmas de la cultura: Amazon.es:  Harris, Marvin: Libros Hay un planteamiento incorrecto en esta teoría: nadie ha podido demostrar jamás un solo caso que fuera representativo del verdadero matriarcado. La única evidencia para esta fase, prescindiendo de los antiguos mitos de las amazonas, es que aproximadamente de un 10 a un 15% de las sociedades del mundo trazan el parentesco y la filiación exclusivamente a través de las hembras. Pero el cálculo de la filiación a través de las hembras es la matrilinealidad, no el matriarcado. Aunque la posición de la mujer en los grupos de parentesco matrilineales tiende a ser relativamente buena, faltan los rasgos principales del matriarcado. Son los varones, en definitiva, quienes dominan la vida económica, civil y religiosa y quienes gozan del acceso privilegiado a varias esposas a la vez. Si el padre no es la principal autoridad dentro de la familia, tampoco lo es la madre. La figura autoritaria en las familias matrilineales es otro varón: el hermano de la madre (o el hermano de la madre de la madre o bien el hijo de la hermana de la madre de la madre).
 El predominio de la guerra acaba con la lógica que constituye la premisa de la predicción del matriarcado. Las mujeres están capacitadas teóricamente para resistir e, incluso, subyugar a los varones a los que ellas mismas han alimentado y socializado; pero los varones criados en otra aldea o tribu presentan un tipo diferente de desafío. Tan pronto como los varones empiezan, por la razón que sea, a llevar el peso del conflicto intergrupal, las mujeres no tienen otra opción que criar el mayor número posible de varones feroces.
 La supremacía del varón es un caso de "realimentación positiva" o de lo que se ha llamado "amplificación de la desviación": el proceso que se produce cuando las instalaciones de micrófonos y altavoces recogen y reamplifican sus propias señales, produciendo chirridos que parecen taladrar la cabeza. Cuanto más feroces son los varones, mayor es el número de guerras emprendidas y mayor la necesidad de los mismos. Asimismo, cuanto más feroces son los varones, mayor es su agresividad sexual, mayor la explotación de las hembras y mayor la incidencia de la poliginia, el control que ejerce un solo hombre sobre varias esposas. A su vez, la poliginia agrava el déficit de mujeres, aumenta  nivel de frustración entre los varones jóvenes e incrementa la motivación para ir a la guerra. La amplificación alcanza un clímax intolerable; se desprecia y se mata en la infancia a las mujeres, lo que obliga a los hombres a emprender la guerra para capturar esposas y poder criar así un mayor número de hombres agresivos.
 Para comprender la relación entre machismo y guerra es mejor que examinemos los estilos de vida de un grupo específico de sexistas militares primitivos. He elegido a los yanomamo, un grupo tribal de unos 10.000 amerindios que habita la frontera entre Brasil y Venezuela.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1992, en traducción de Juan Oliver Sánchez Fernández. ISBN: 84-206-1755-5.]

lunes, 29 de junio de 2020

Carpe Diem (Coge la flor del día).- Saul Bellow (1915-2005)

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IV

 «-Nosotros, los científicos hablamos de culpabilidad irracional, Wilhem -dijo el doctor Tamkin, como si Wilhem fuera un alumno de su clase-. Pero en una situación así, por el dinero, le deseaba algo malo. Me doy cuenta. No es ahora momento de describir los detalles, pero ese capital me hizo sentirme culpable. Capital y Crimen empiezan con C. Conspiración. Canallada.
 Wilhem, con su mente pensando por él al azar, dijo:
 -¿Y qué le parece Compasión? ¿Corazón Cariñoso?
 -Hay una cosa que usted debería ver con claridad. Concentrar capital es una agresión. Eso es todo. La explicación funcional no es más que una. La gente va al mercado a matar. Dicen: "Me voy a cargar a todos". No es casual. Sólo que no tienen valor auténtico para matar y erigen un símbolo de eso. El dinero. Matan en su fantasía. Ahora, contar y numerar es siempre una actividad sádica. Como golpear. En la Biblia, los judíos no dejaban que les contaran. Sabían que eso era sádico.
 -No entiendo lo que quiere decir -dijo Wilhem. Una extraña incomodidad le invadía. Empezaba a hacer demasiado calor y se notaba la cabeza aturdida.
 -¿Qué les hace querer matar?
 -Poco a poco verá dónde va a parar todo -le aseguró el doctor Tamkin. Sus sorprendentes ojos tenían algo de la sustanciosa sequedad de una piel parda. Innumerables pelos cristalinos o espiguillas de luz resplandecían en sus atrevidas superficies-. No lo puede comprender sin pasar primero años enteros estudiando lo más profundo de la conducta humana y animal, los profundos secretos químicos, orgánicos y espirituales de la vida. Yo soy un poeta psicológico.
 -Si es usted ese tipo de poeta -dijo Wilhem, cuyos dedos palpaban en el bolsillo los sobrecitos con cápsulas de Phenaphen-, ¿qué hace en el mercado?
 -Ésa es una buena pregunta. Quizá soy mejor en la especulación porque no me importa. Básicamente, no deseo el dinero con suficiente intensidad y por eso lo veo con la cabeza bien fría.
 Wilhem pensó: ¡Ah, claro! Eso sí que es una respuesta, ¿no? Apuesto a que si yo tomara una actitud fuerte se echaría atrás en todo. Se arrastraría delante de mí. ¡Cómo me mira a hurtadillas, a ver si me lo creo! Se tragó la pastilla de Phenaphen con un largo sorbo de agua. Los cercos de los ojos se le enrojecieron al deglutir. Y luego se sintió más tranquilo.
 -Vamos a ver si le puedo dar una respuesta que le satisfaga -dijo el doctor Tamkin.
 Le pusieron delante las tostadas. Las untó de mantequilla, extendió sobre ellas  oscuro jarabe de arce, las partió en cuatro y empezó a comer con duras mandíbulas, activas y musculosas, que a veces crujían en los goznes. Apretó contra el pecho el mango del cuchillo y dijo:
 -Aquí dentro, en el pecho humano -el mío, el suyo, el de cualquiera- no hay una sola alma. Hay un montón de almas. Pero hay dos principales, el alma de verdad y el al alma que finge. ¡Bueno! Todos se dan cuenta de que tienen que amar algo o a alguien. Nota que debe salir fuera. "Si no puedes amar, ¿qué eres?" ¿Está usted conmigo?
 -Sí, doctor, creo que sí -dijo Wilhem, atento: un poco escéptico pero duro, sin embargo.
 -¿Qué eres tú? Nada. Ésa es la respuesta. En el fondo de los fondos... ¡nada! Y, claro, uno no lo puede aguantar y quiere ser Algo y lo intenta. Pero en vez de ser ese Algo, el hombre se lo echa encima a todos. No se puede ser muy estricto con uno mismo. Uno ama un poco. Por ejemplo, usted tiene un perro -(¡Tijeras!)- o da dinero a una organización de caridad. Bueno, eso no es amor, ¿verdad? ¿Qué es? Egoísmo, pura y simplemente. Es un modo de amar del alma que finge. Vanidad. Sólo vanidad, eso es. Y dominio social. El interés del alma que finge es el mismo que el interés del alma social, el mecanismo de la sociedad. Ésa es la principal tragedia de la vida humana. ¡Ah, es terrible! ¡Terrible! Uno no es libre. Lleva dentro a su propio traidor, que le va a vender. Hay que obedecerle como un esclavo. Le hace trabajar a uno como un caballo. Y ¿para qué? ¿Para quién?
 -Sí, ¿para qué? -Esas palabras del doctor le llegaron al corazón a Wilhem-. Estoy absolutamente de acuerdo -dijo-. ¿Cuándo quedaremos libres?
Saul Bellow. Carpe Diem (Coge la flor del día). de segunda mano ... -El propósito es conservar en marcha todo el asunto. La verdadera alma es la que paga el precio. Sufre y se pone enferma y se da cuenta de que el alma que finge no puede ser amada. Porque el alma que finge es una mentira. Al alma verdadera le gusta la verdad. Y cuando el alma verdadera lo siente así, quiere matar a la que finge. El amor se ha convertido en odio. Entonces uno se vuelve peligroso. Un matador. Hay que matar al engañador.
 -¿Eso le pasa a todo el mundo?
 El doctor respondió con sencillez:
 -Sí, a todo el mundo. Claro, para simplificar, he hablado del alma: no es un término científico, pero ayuda a entender. Cuando mata el matador, quiere matar a esa alma, dentro de él, que le ha engañado y estafado. ¿Quién es su enemigo? Él. ¿Y su amante? También. Por tanto, todo suicidio es crimen y todo crimen es suicidio. Es el mismo fenómeno idéntico. Biológicamente, el alma que finge le quita la energía al alma verdadera y la debilita, igual que un parásito. Ocurre inconscientemente, sin darse cuenta, en lo hondo del organismo. ¿Ha estudiado alguna vez parasitología?
 -No, mi papá es el médico.
 -Debería leer algún libro sobre eso.
 Wilhem dijo:
 -Pero eso significa que el mundo está lleno de asesinos. Y eso no es mundo. Es una especie de infierno.
 -Claro -dijo el doctor-. Por lo menos, una especie de purgatorio. Uno anda sobre los cadáveres. Están por todas partes. Les oigo clamar de profundis y retorcerse las manos. Les oigo, pobres bestias humanas. No puedo menos de oírles. Y mis ojos están abiertos para verlo. Tengo que llorar también. Esa es la tragicomedia humana.
 Wilhem trató de captar su visión. Y otra vez el doctor le pareció indigno de confianza y dudó de él.
 -Bueno -dijo-, también hay gente buena, corriente, que ayuda. Están... por ahí, por el campo. Por todas partes. De todos modos, ¿qué cosas morbosas está leyendo? -El cuarto del doctor estaba lleno de libros.
 -Leo la mejor literatura, ciencia y filosofía -dijo el doctor Tamkin. Wilhem había observado que en su cuarto hasta la antena de la TV estaba sobre un montón de libros-. Korzybski, Aristóteles, Freud, W.H. Sheldon y todos los grandes poetas. Usted me responde como un lego. No ha aplicado en serio su mente a esto.
 -Muy interesante -dijo Wilhem. Se daba cuenta de que no había aplicado su mente estrictamente a nada-. Pero no tiene que creer que soy un maniquí. También tengo mis ideas.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 1985, en traducción de José María Valverde. ISBN: 84-322-2259-3.]

domingo, 18 de noviembre de 2018

Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos.- Élisabeth Roudinesco (1944)


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5.-La sociedad perversa

«En un texto sorprendente, Henri F. Ellenberger comparaba en 1964 las diversas modalidades de reclusión de los animales. Distinguía tres: los antiguos paradeisos persas, donde los animales vivían en libertad; los jardines zoológicos de los aztecas, donde se clasificaba metódicamente a los animales que convivían con los enanos, los jorobados, los anormales de nacimiento y los albinos; y, por último, las casas de fieras del mundo occidental, en las que, cual bufones, los animales servían para divertir a los reyes. A continuación subrayaba que la Revolución había puesto fin a este dominio del soberano sobre el animal.
 La Revolución, decía Ellenberger, había dado nacimiento simultáneamente al manicomio y al parque zoológico moderno. Y acto seguido observaba que cuanto más se había sustraído a los locos, por las virtudes de la reclusión, de la mirada de las multitudes deseosas de humillarlos, más se encontraban expuestos a ella, por el contrario, los animales. En conclusión, Ellenberger se interrogaba sobre la eficacia terapéutica que podía tener en los perturbados la visita a los zoológicos. Al contacto con la mirada del animal, subrayaba, el alienado reconquista una especie de dignidad. En contra de los integristas de la liberación animal, a los que reprochaba una visión antropomórfica de éste, y en contra de los destructores de la naturaleza y del reino animal, alababa la utopía futura de un posible retorno de los antiguos paradeisos.
 Más que explorar las diferentes facetas de esta historia cruzada de los locos, los animales y los anormales, o incluso de describir la manera en que los hombres califican la animalidad, como harán Jacques Derrida y Élisabeth de Fontenay, los etólogos, cognitivistas y comportamentalistas centraron sus trabajos ya no sólo en una clasificación de las especies y en el modo de vida de los animales, sino en su sexualidad, con el objetivo principal -al menos los especialistas en los grandes simios- de descubrir todas las similitudes posibles entre los primates humanos y no humanos. Desde esta perspectiva posdarwiniana ya no se trataba de hacer descender al hombre del mono sino de hacer que el mono accediera al estatus del hombre.
 En una primera época se había aventurado la idea de que la ausencia en los mamíferos de toda forma de cópula frontal era el signo de cierta organización de la sexualidad basada en el bestialismo, la violencia, la agresividad, la dominación y, por qué no, el goce del otro. En consecuencia, la cópula frontal se contemplaba como lo propio del hombre o como el signo de la normalidad de la sexualidad humana, centrada en el necesario reconocimiento de que la diferencia de sexos resulta prioritaria. De esta constatación se deducía que el orgasmo femenino no existía en el reino animal.
 Por consiguiente, primatólogos y especialistas en mamíferos dieron a este acoplamiento de frente el nombre de "postura del misionero" con el fin de certificar que estaba relacionado con la civilización o, más bien, con la misión civilizadora del Occidente cristiano: "Vemos en el acoplamiento frontal una marca de dignidad y de sensibilidad", escribe Frans de Waal, "que separa a los humanos civilizados de los supuestos infrahumanos. Esta postura copulatoria fue elevada al rango de innovación cultural que modificaba fundamentalmente la relación entre hombres y mujeres. Se creía que los pueblos sin escritura obtendrían con ello gran provecho. De ahí la expresión de postura del misionero."
 Si la ausencia de esta postura en el reino animal podía entenderse como uno de los signos principales que permiten diferenciar al hombre del animal, en contrapartida eso significaba que la presencia entre los humanos del coito a tergo debía interpretarse como la supervivencia de un comportamiento animal. Como recordaremos, para los moralistas este tipo de cópula tenía que ver con un instinto bestial y por lo tanto demoníaco o perverso, pues al diablo siempre se lo representaba con los rasgos de un animal lúbrico. Asimismo, desde esta perspectiva el orgasmo femenino se designaba como la expresión de una animalidad de naturaleza perversa.
 En una segunda época los naturalistas darwinianos y evolucionistas afirmaron que la presencia en los humanos del coito a tergo no hacía sino probar la realidad de una continuidad absoluta entre los dos reinos. Desde este punto de vista existiría en los animales una especie de conciencia del bien y del mal; unos serían perversos y otros no, o lo serían en grados diversos. Semejante hipótesis equivalía a demostrar que la perversión era un fenómeno natural y que si los monos machos se acoplaban entre ellos es porque eran invertidos. ¿Y por qué no las vacas? Desde el momento en que llegaban a mamar sus propias ubres, nada impedía deducir que eran asimilables a los fetichistas o a los masturbadores.
 Por lo que respecta a los psicoanalistas, tendían a ver en la cópula frontal, exclusivamente humana, una especie de prueba de la existencia de un complejo preedípico que convertía a todo hombre en un hijo que quería fusionarse con su madre y a toda mujer en una madre que transformaba al hombre inseminador en un anexo de su propio cuerpo. Al acoplarse de ese modo, decían en sustancia, el hombre ocupa, con respecto a la mujer, el lugar de un bebé que ésta tendría en sus brazos, y a su vez, en esta posición ella es un sustituto del bebé para el hombre.
 Entonces, la observación de los bonobos hizo saltar por los aires todas estas opiniones. Primos de los chimpacés, estos monos excepcionales forman una extraña sociedad en la que machos y hembras parecen más atraídos por los placeres del sexo y del alimento que por la conquista y la dominación. Copulan de frente, conocen la práctica de la felación y de la masturbación y, lo que es más, su sexualidad no está directamente ligada a la reproducción. En ocasiones los machos tienen relaciones con otros machos y las hembras con otras hembras. El orgasmo, compartido por ambos sexos, da lugar a manifestaciones de placer intenso.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2009, en traducción de Rosa Alapont. ISBN: 978-84-339-6285-0.]
 

jueves, 3 de mayo de 2018

Cómo se comunican los animales.- Heribert Schmid (1927)


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VI.- Se conocen personalmente
 "Ki-ki-ri-kí", ya estoy aquí

«Erich Baeumer, médico, zoólogo y, quizá, quien mejor conoce cuanto acontece en un gallinero, ha descrito magníficamente un enfrentamiento entre dos gallos. Tras una espectacular pelea, Zar, el "aspirante", logra vencer a Peter, que hasta ese momento era el jefe indiscutible del gallinero. El derrotado esconde la cabeza entre un trozo de cartón y la pared y no hace siquiera ademán de responder a los picotazos que aún le propina el vencedor, Zar, que se aleja con la cabeza erguida. Un cuarto de hora más tarde, Peter sigue en su rincón. ¿Qué consecuencias podemos extraer de todo ello? ¿Tendrá este comportamiento algún significado biológico? En primer lugar, el acto de esconder la cabeza en el pequeño hueco existente entre el cartón y la pared equivale a proteger la parte más vulnerable del cuerpo contra los ataques del vencedor, pero ello no explica por qué este último pierde de repente todo su interés y se aleja de su adversario.
 ¿Podría interpretarse en el sentido de que el gallo derrotado "pierde la cara" al esconder la cabeza? Cuando el vencedor no pudo ver "la cara" de su rival fue como si éste hubiera dejado de existir para él, lo que significaría que los gallos se reconocen fundamentalmente por el rostro.
 Para comprobarlo, Erich Baeumer pintó la cabeza a varios gallos con un color diferente al suyo. Durante algún tiempo, los restantes miembros del gallinero no respetaron la posición que hasta entonces habían ocupado, es decir, no los reconocieron debido a la pintura. Mediante otros experimentos y observaciones se ha comprobado que las gallinas se reconocen efectivamente por los rasgos del rostro.
 Erich Baeumer describe también otra peculiaridad. En cierta ocasión compró una gallina de dos años y la colocó en un recinto reservado especialmente para ella. A continuación hizo entrar en él a las restantes gallinas una por una y al instante se entabló una pelea para establecer las posiciones. La recién llegada venció a diez rivales y fue derrotada en dos ocasiones. En ambos casos mostró una conducta peculiar; en primer lugar, escondió la cara y luego plegó las alas, como si quisiera hacerse más pequeña a los ojos de la vencedora, aleteó débilmente dos o tres veces, titubeó, repitió el aleteo y, por último, se retiró "resignada" a su rincón, donde procedió a limpiarse las alas hasta que, en un momento dado, inclinó la cabeza ante la vencedora y adoptó la postura típica del apareamiento. ¿Cómo cabe interpretar este comportamiento? El acto de esconder la cabeza inhibe claramente la agresividad del adversario.
 Por otra parte, las gallinas suelen aletear en presencia de un "superior", lo que los investigadores interpretan como una huida simbólica, como un gesto de sometimiento con el que vienen a decir: "Yo soy de rango inferior y, por tanto, estoy dispuesta a apartarme de tu camino." El aseo, en cambio, es insólito en estas circunstancias, pues, por lo general, las gallinas se dedican a él cuando están tranquilas o descansando; sin embargo, en esta ocasión la derrotada procedió a limpiarse al terminar la pelea en presencia incluso de la vencedora. Los investigadores interpretan esta actitud como una manifestación del desconcierto del animal: la gallina vencida no sabe muy bien lo que ha de hacer a continuación y responde al deseo de actuar desarrollando una actividad más o menos conveniente, como es el aseo personal.
 Por último, el acto de inclinar la cabeza puede interpretarse del modo siguiente: la gallina derrotada confunde a la vencedora con un gallo debido a su mayor fortaleza y como muestra de su sumisión le indica que está dispuesta a dejarse cubrir.
 Tal como se desprende de las observaciones de Erich Baeumer, los gallos y las gallinas se entienden mediante movimientos, gestos y actitudes determinados, por lo que su lenguaje puede definirse perfectamente como "corporal". Baeumer ha observado, como mínimo, seis mensajes que las gallinas transmiten valiéndose del lenguaje corporal. ¿Qué significado tienen entonces las conocidas señales acústicas?
 Los polluelos pían constantemente, pues de otro modo su madre no les hace el menor caso. Si se encierra a un pollo debajo de una campana de cristal aislada contra el ruido de forma que la gallina pueda verlo, pero no oírlo, ésta le ignora por completo, lo que demuestra que los polluelos mantienen el contacto con sus madres piando. Cuando sienten frío, pían con mayor frecuencia y en un tono más alto para que la gallina les cobije bajo sus alas. Cuando se extravían emiten un sonido mucho más penetrante, como si "lloraran", para llamar la atención de su madre.
 Cuando están excitadas, se sienten amenazadas o han puesto un huevo, las gallinas cacarean; en otras ocasiones, en cambio, el cacareo sirve para congregar a los individuos dispersos. Cuando divisan algo que se mueve por el suelo, por ejemplo, un perro, un gato o una persona, el gallo o las gallinas cluecas (no tanto las otras) emiten sonidos breves y agudos con los que alertan al resto del gallinero.
 Sobradamente conocido es también el "cloclo" con que los gallos acostumbran llamar a las hembras y las gallinas cluecas a los polluelos para alimentarlos y que se diferencia claramente del sonido que emiten cuando "salen de paseo".
 La llamada para comer la provoca el descubrimiento de una fuente de alimento, aunque de vez en cuando el gallo "miente" e imita este sonido para llamar a las gallinas.
 Asimismo, el gallo o las cluecas, y muy raramente las demás gallinas, emiten una voz de alarma, que suena como un "kiu" breve y apresurado, cuando perciben algún peligro en el aire. Al oírlo, los pollos corren a refugiarse en el rincón más cercano o debajo de las alas de su madre, de donde no se mueven hasta que ha pasado el peligro.
 Cada varios segundos, la clueca emite un "orr" apagado con el que indica a los polluelos que permanezcan en su sitio sin moverse. Una vez restablecida la calma, cloquea normalmente, poniendo así fin a la alarma.
 Si el peligro no es excesivo, los gallos emiten un "reeh" o "raah", igual que para expresar susto o sorpresa.
 Cuando varias gallinas coinciden en un mismo lugar, producen unos sonidos característicos con los que indican a las de rango inferior que se aparten de su camino. Si éstas no obedecen, reciben sus correspondientes picotazos. Las gallinas emiten con frecuencia un autoritario "aac", "agac", "equec". Significa: "¡Sitio!". Estos cacareos hacen apartarse a las más débiles. Si no se hace caso a la advertencia, la gallina dominante picotea a las demás.»
 
  [El extracto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1994, en traducción de DIORKI traductores. ISBN: 84-345-8951-6.]

miércoles, 12 de noviembre de 2014

"El zoo humano". Desmond Morris (1928)

 
   

 "La civilización sólo tiene una antigüedad de diez mil años. Somos, fundamentalmente, los mismos animales que nuestros antepasados cazadores. Todos nosotros, absolutamente todos, independientemente de nuestra nacionalidad, hemos salido de ese tronco. Todos poseemos las mismas propiedades genéticas básicas. Todos somos monos desnudos bajo la extraordinaria variedad de los vestidos que hemos adoptado. No está de más que recordemos esto cuando empezamos a practicar nuestros juegos de formación de grupos propios y cuando, bajo las tremendas presiones de la vida supertribal, empiezan a escapar de nuestro control y nos encontramos a punto de derramar la sangre de personas que, por debajo de la superficie, son exactamente iguales a nosotros.
  Una vez dicho esto me queda, no obstante, una sensación de desasosiego. La razón no es difícil de hallar. Por una parte, he señalado que el impulso de formación de grupos propios es ilógico e irracional; por otra, he puesto de relieve que las condiciones existentes son tan propicias para una contienda entre grupos que nuestra única esperanza estriba en aplicar un control racional e inteligente. Podría alegarse que me estoy mostrando excesivamente optimista al propugnar el control racional de lo profundamente irracional. Quizá no es pedir demasiado que los procesos racionales sean incorporados como una ayuda para resolución del problema, pero dadas las actuales evidencias, parece haber pocas esperanzas de que ellos solos sean suficientes para resolverlo. Basta observar al más intelectual de los manifestantes golpeando las cabezas de los policías con pancartas en las que se lee "poned fin a esta violencia", o escuchar a los políticos más brillantes defender la guerra "para asegurar la paz", para comprender que, en estas materias, el control racional posee una cualidad evasiva. Se necesita algo más. Debemos atacar de raíz las condiciones a las que antes he aludido y que nos están empujando tan eficazmente a la violencia entre grupos.
  Ya he examinado esas condiciones, pero será útil resumirlas brevemente. Son las siguientes:
 
     1.-El desarrollo de territorios humanos fijos
     2.-El crecimiento de las tribus hasta que se conviertan en superpobladas supertribus
     3.-La invención de armas que matan a distancia
     4.-El alejamiento de los dirigentes de la primera línea de combate
     5.-La creación de una clase especializada cuyos miembros tienen por profesión matar
     6.-El desarrollo de desigualdades tecnológicas entre los grupos
     7.-El incremento de frustrada agresión de status dentro de los grupos
     8.-Las demandas de las rivalidades de status entre grupos de los dirigentes
     9.-La pérdida de la personalidad social dentro de las supertribus
    10.-La explotación del impulso cooperativo a ayudar a los amigos víctimas de un ataque
 
  La única condición que he omitido deliberadamente en esta lista es el desarrollo de ideologías diferentes. Como zoólogo que considera al hombre como animal me resulta difícil, en el contexto presente, tomar en serio tales diferencias. Si se valora la situación entre grupos en términos de comportamiento real, más que de verbalizada teorización, las diferencias de ideología se tornan insignificantes comparadas con las condiciones más fundamentales. Son, simplemente, las excusas desesperadamente buscadas para suministrar altisonantes razones que justifiquen la destrucción de millares de vidas humanas".