viernes, 24 de febrero de 2017

"La ardilla".- Anatoli Kim (1939)


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 Primera parte

«Soy huérfano, mi padre murió durante la guerra de Corea, mi madre murió de hambre en el bosque estrechando en su mano un pedazo de papel en el que había escrito el nombre de su marido, oficial del Ejército Popular. Junto a mi madre yacía yo, un niño de tres años, y me recogieron unos campesinos que me entregaron a un establecimiento estatal. Es evidente que mi madre huía de la ofensiva enemiga llevándome en brazos, y que se perdió en la espesura de un bosque, en una de las lejanas provincias norcoreanas. No se sabe cuánto tiempo permaneció mi desgraciada madre en el bosque, pero evidentemente serían varios meses, si tenemos en cuenta que la ofensiva norteamericana fue en el verano de 195... y a ella la encontraron avanzado el otoño. Seguramente, se alimentaba únicamente de hierbas y raíces: incluso se encontró un puñado de hierba aprisionado entre los apretados dientes de la muerta.
 No recuerdo nada de esto ni surge en mi mente el vago perfil de mi madre por más que fuerce la memoria. En cambio, recuerdo con absoluta precisión cómo bajaba por el tronco de un árbol un animal pardo de cola sedosa, cómo recorría una rama extendida sobre mí y se quedaba inmóvil contemplándome atentamente desde arriba. Y en los ojos de la ardilla -pues era indudablemente una ardilla que debido a mi propia pequeñez yo veía enorme- brillaba tal curiosidad, tal benevolencia, alegría y vivacidad que yo me echaba a reír y alargaba la mano hacia ella. Más allá, la memoria se envuelve de nuevo en una bruma que oculta para siempre, a mis ojos, la auténtica historia de mi salvación. Y con todo, me ha quedado para siempre la invariable sensación de que la ardilla pardusca fue de algún modo la principal salvadora de mi vida. Es muy posible que esta seguridad provenga de la instantánea confianza  que apareció en este primer impulso de mi alma infantil, cuando yacía en el suelo junto a mi madre muerta y alargaba la mano hacia un animal cuyos ojos estaban llenos de claridad y alegría. Sea como sea, siempre que intento imaginar a mi desconocida madre veo a una ardilla que corre por un árbol y se apresura a venir a mí para empapar de esperanza y alegría el primer instante de mi existencia.
 Este recuerdo singular se refiere, por decirlo así, a la época mítica en que mi existencia estaba íntegramente en manos de las fuerzas superiores y no dependía ni de la gente ni de mi propia voluntad; a partir de aquí, todo lo que retuvo mi memoria infantil está relacionado con los años pasados en Sajalín, en la casa de mis padres adoptivos. Rusos sencillos, ambos habían trabajado toda la vida de contables y me adoptaron como hicieron otros por aquel entonces, cuando enviaban a la Unión Soviética a los niños coreanos huérfanos de guerra. Crecí en una casita de madera revestida de "abeto" y pintada al óleo, pero debo añadir que el color de la casa cambia en mi memoria varias veces: verde-ensalada muy apetitosa, marrón, severa y seria, o azul como los cielos. Mi infancia fue completamente feliz gracias a los cuidados y a las atenciones de aquellas personas queridas cuyo apellido llevo. Tuvo lugar en el extremo de una calle de un poblado de Sajalín, entre cobertizos donde crecían enormes bardanas, y había negros montones de carbón, imprescindibles junto a cada casa, y bajo el pacífico ladrido de los perros domésticos, que en la época de mi infancia llevaban una cadena fijada con un aro a un tenso alambre, y vivían en perreras.
 Querida mía, era la memorable época del paso de la vida rural a la ciudadana; la urbanización no se impuso súbitamente sino que siguió su correspondiente camino y produjo por razón natural un período de transición: el estadio de la vida en poblados. En un poblado, que a veces podía llamarse oficialmente ciudad, existían encalmadas callejuelas aldeanas y casas de madera que tomaban el agua de su pozo y se calentaban con su horno. La vida humana, al reflejar esta transición, llevaba el sello de anhelos contradictorios; no podía, por ejemplo, renunciar a la esperanza del huerto y del lechón cebado que gruñía en el pequeño cobertizo, pero su felicidad tampoco era imaginable sin envolverse algún día, aunque fuera una sola vez, en el humo y el tufo de la ciudad, sin vagar por el asfalto en el que nada crece.
 Vivo desde hace tiempo en una enorme ciudad, y aunque no acabo de acostumbrarme a vivir sobre el asfalto y el cemento, comprendo que sin estos pétreos y férreos nidos del alma humana no se hubiera producido en nuestro planeta un fenómeno misterioso y muy probablemente único en el Universo. Generadoras de energía en una maravillosa atmósfera, nuestras Ciudades arden y relucen en la noche caldeadas por su ardor interno, y ¿qué mariposa conseguiría no quemarse las alas volando hacia esa atractiva luz?
 Yo, un animalito con cola que corre fortuitamente por las placas de cemento de una de las mayores ciudades del mundo, tuve que experimentar muchas cosas maravillosas, horribles y sorprendentes, y mi testimonio de la vida, expuesto con sencillez, veracidad y detalle, puede ser interesante y aleccionador. De ningún modo guía mi impulso espiritual la mezquina vanidad de comunicar a todo el mundo mis aventuras. No. Pero no puedo callar siempre, con esa sumisión que me es propia, porque hay en la naturaleza un fenómeno inmortal que es la sensación del deber incumplido.
 Os amé en vida, pero nada o casi nada hice por mi amor, y debí hacer lo posible y lo imposible. Y ahora ya no existo: dejé libre el puesto que ocupaba dentro de los límites del aire de la tierra.»

2 comentarios:

  1. Hola. Muchas gracias, no me decidía por el libro, pero gracias a este fragmento definitivamente iré por él.

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