martes, 20 de septiembre de 2016

"El diablo blanco".- John Webster (1580-1634)


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 Acto V. Escena I

 "Francisco: Cierto: es sabido que en el campo, en tiempo de cosecha, el campesino no se atreve ni siquiera a enseñar la escopeta a los pichones, por mucho que sea el grano que éstos estropeen. Y, ¿por qué? Pues porque esas aves pertenecen al dueño del señorío. Mientras que los pobres gorriones, cuyo único señor es el que está en los cielos, acaban en la cazuela por el mismo delito.
 Flamineo: Voy a daros ahora una enseñanza de buen aviso. Dice el Duque que os ha concedido una pensión, pero eso no es más que una simple promesa. Haced que os lo diga por escrito y firmado de su mano. Y es que he conocido el caso de más de uno que, como vos, volvieron de combatir al turco y tuvieron una pensión durante tres o cuatro meses -para comprarse una nueva pierna de madera o para renovar sus emplastos-, pero después se acabó. Es una miserable cortesía que me recuerda la actitud del verdugo que, sí, da de beber algo caliente y reconfortante al pobre desgraciado que se halla al borde de la muerte en su potro, pero con el único fin de conseguir que su alma cobre nuevo aliento para soportar el fuego de nuevas torturas. (Entran Hortensio, un joven caballero, Zanca y otros dos.) ¿Qué tal venís, gentiles caballeros? ¿Está ya todo dispuesto para el torneo? (Vase Francisco.)
 Caballero: Sí, ya están los participantes vistiendo sus armaduras.
 Hortensio: ¿Y éste? ¿Quién es?
 Flamineo: Otro recién llegado, que jura como los halconeros y como los calendaristas escupe mentiras día tras día en los oídos del Duque. Le conozco desde que llegara a la corte, con un tufo a sudor no menor que el de los mozos que recogen las pelotas en el juego.
 Hortensio: Mirad, por ahí viene vuestra apasionada amante.
 Flamineo: Sois para mí como un hermano y como tal os confieso que amo a esa mora, a esa hechicera, y que a ella me encuentro por fuerza ligado pues tiene conocimiento de mis villanías. Sí, la amo, pero del mismo modo que se tiene a un lobo agarrado por las orejas: que si no fuera por el miedo que tengo a que se me revuelva y al cuello se me tire, de buen grado dejaría que se marchara con todos los diablos.
 Hortensio: Tengo oído que os anda exigiendo matrimonio.
 Flamineo: Sí, cierto es que le hice tan lúgubre promesa y ahora corro, intentando huir de ella, como un perro espantado por una botella que al rabo lleva atada y que, aun deseando quitársela de un mordisco, no lo hace al no atreverse a volver la mirada atrás. ¡Hola, mi adorada gitana!
 Zanca: Es gélido más que ardiente vuestro amor por mí.
 Flamineo: ¡Cielos, si más que seguro soy como amante! Ya tenemos muchas rameras en la ciudad que producen rápidos e intensos ardores.
 Hortensio: ¿Qué pensáis, pues, acerca de esas mujeres tan garbosas y perfumadas?
 Flamineo: Que por mucho que de elegante raso vistan, ello no puede salvarlas. Mirad, puedo aseguraros que de ellas se desprende un cierto aroma de enfermedad, y ya sabéis, quien con perros se acuesta, con pulgas se levanta.
 Zanca: ¿Será posible? ¿Qué me despreciéis solamente porque otras usen afeites y vistan trajes vistosos?
 Flamineo: ¿Cómo, que amo a las mujeres por su maquillaje o vistosa apariencia? No, y para explicarlo voy a soltar de mi perrera un nuevo ejemplo canino: Esopo tenía un perro estúpido que dejaba escapar la tajada para ir tras su sombra. Algo semejante ocurre con los cortesanos, que a buen seguro que podrían elegir mejor los platos de su menú...
 Zanca: Recordad vuestra promesa.
 Flamineo: Los juramentos que los enamorados pronuncian son como las oraciones de los marinos: siempre los hacen en circunstancias de extrema necesidad. Pero, luego, cuando la tempestad amaina y la nave deja de hacer piruetas en el lecho del océano, de las promesas pasan a la bebida. Y no es de extrañar, pues entre caballeros ambas cosas -el beber y el prometer- suelen ir tan juntas, y en tan buena combinación, como los zapateros con el tocino salado de Westfalia, que tienen efecto similar: la bebida nos lleva a hacer promesas y éstas a beber de nuevo para celebrarlas. ¿No os ha parecido este discurso mío harto mejor que las moralistas disertaciones de vuestro amigo, el caballero de tez bronceada? (Entra Cornelia.)
 Cornelia: ¡Ah, mujer perdida! ¿Es éste el sitio que habéis escogido para halconear? ¡Levantad el vuelo y marchad al burdel! (Golpea a Zanca.)"   

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