jueves, 8 de enero de 2015

"La inteligencia de las flores".- Maurice Maeterlinck (1862-1949)


  

"Uno de los rasgos de nuestro tiempo es la concesión cada vez más grande y casi exclusiva que concedemos a esas partes de nuestra inteligencia que acabamos de llamar sentido común y buen sentido. No sucedió siempre así. Antes, el hombre no sentaba sobre el buen sentido más que una parte bastante limitada y la más vulgar de su vida. Lo demás tenía sus fundamentos en otras regiones de nuestro espíritu, principalmente en la imaginación. Las religiones, por ejemplo, y con ellas lo más claro de la moral de que son las fuentes principales, se elevaron siempre a gran distancia del minúsculo recinto del buen sentido. ¿Era excesivo? Falta saber si el exceso actual y el contrario no es ciego. El enorme desarrollo que han adquirido, en la práctica de nuestra vida, ciertas leyes mecánicas y científicas nos hace conceder al buen sentido una preponderancia: falta probar si tiene derecho a ella. La lógica aparentemente irreductible, pero quizás ilusoria, de algunos fenómenos que creemos conocer, nos hace olvidar la falta de lógica posible de millones de otros fenómenos que aún no conocemos. Las leyes de nuestro buen sentido son el fruto de una experiencia insignificante cuando se le compara con lo que ignoramos. "No hay efecto sin causa", dice nuestro buen sentido, por citar el ejemplo más vulgar. Sí, en el pequeño círculo de nuestra vida material, eso es incontestable y suficiente. Pero desde que salimos de ese círculo ínfimo, eso ya no responde a nada, puesto que las nociones de causa y de efecto son ambas incognoscibles en un mundo en que todo es desconocido. Y nuestra vida, desde el momento en que se eleva un poco, sale a cada instante del pequeño círculo material y experimental, y por consiguiente del dominio del buen sentido. Hasta en el mundo invisible que le sirve de modelo en nuestro espíritu, no observamos que reina en absoluto. En torno nuestro, en sus fenómenos más constantes y más familiares, la naturaleza no siempre obra según nuestro buen sentido. ¿Hay algo más insensato que sus despilfarros de existencias? ¿Hay algo más fuera de razón que esos millares de gérmenes ciegamente prodigados para llegar al azaroso nacimiento de un solo ser? ¿Hay algo más ilógico que la innumerable e inútil complicación de sus medios (por ejemplo en la vida de ciertos parásitos y la fecundación de las flores por los insectos), para llegar a los fines más simples? ¿Hay algo más insensato que esos millares de mundos que perecen en el espacio sin realizar una obra? Todo eso se halla fuera del alcance de nuestro buen sentido y le muestra que no siempre concuerda con la vida general y que se encuentra casi aislado en el universo. Es necesario que razone contra sí mismo y reconozca que no debemos darle, en nuestra vida no aislada, el lugar preponderante a que aspira. Esto no quiere decir que debamos abandonarlo donde nos es útil: pero conviene saber que no es suficiente para todo, no siendo casi nada. Así como existe fuera de nosotros un mundo que lo excede, existe otro en nosotros que lo rebasa. Está en su puesto y hace una humilde y sana labor en su pueblecito; pero que no pretenda hacerse amo de las grandes ciudades y soberano de mares y montañas. Y las grandes ciudades, los mares y las montañas ocupan en nosotros infinitamente más espacio que el pueblecito de nuestra existencia práctica. Es el acuerdo necesario sobre cierto número de verdades inferiores, a veces dudosas, pero indispensables y nada más. Es más bien una cadena que un apoyo. No olvidemos que casi todos nuestros progresos se han operado a pesar de los sarcasmos y de las maldiciones con que él acogió las hipótesis insensatas pero fecundas de la imaginación. Entre las oleadas inquietas y eternas de un universo sin límites, no nos agarremos a nuestro buen sentido como a la única roca de salvación. Atados a esa roca inmóvil a través de todas las edades, de todas las civilizaciones, no haríamos nada de lo que hacer debiéramos, ni llegaríamos a ser nada de lo que quizá podemos llegar a ser". 

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