domingo, 14 de noviembre de 2021

La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad.- Josep María Esquirol (1963)


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IV.-Elogio de la cotidianidad: lo sencilla que es la vida


 «Ésta es la clave: “Enséñale lo sencillo”. Algunas veces tendríamos que desdoblarnos para ser el ángel que escucha y mira, como por primera vez, la sencillez de nuestra vida cotidiana indicada con el dedo y narrada por nosotros mismos. Evitemos buscar siempre lo extraordinario, admirémonos de lo simple y llano y aprendamos a apreciarlo porque, desde cierto punto de vista, es lo más sublime de todo. He ahí la lección. La tenemos al alcance de la mano y, quizá por eso, sea paradójicamente una de las más difíciles. Para quienes no puedan prescindir de los libros, Chéjov y Kierkegaard (que habla de lo sublime en lo mundano) son muy buenos maestros para impartir esta lección. Apropiarnos (y no en el sentido de la posesión) de la cotidianidad y de la sencillez de la vida, de alguna manera, “nos salva”. Y aunque con esto ya estaría dicho todo, vale la pena avanzar paso a paso.
 Si nos atenemos al significado de la propia expresión, la vida cotidiana es la vida que se vive la mayoría de los días y, así, la característica de la cotidianidad es más bien la repetición y la rutina; pero no exactamente la repetición de lo idéntico (al final siniestro e insoportable), sino la repetición de lo similar, en una especie de síntesis entre lo ya conocido y lo ligeramente nuevo. Una pareja puede tener un hijo. El día del nacimiento será, a buen seguro, un día muy especial y extraordinario, pues no todos los días se tiene un hijo. Pero, a partir de este momento, el hijo estará presente todos los días en la vida de la pareja; formará parte de su cotidianidad. Por ello se habla a veces de la “carga” de los hijos, no sólo en el sentido de la inmensa atención que requieren, sino también porque, aunque quisiéramos –que no es nunca el caso- no es posible librarse ya de ellos. El hijo estará ahí todos los días, pero, efectivamente, no todos los días de la misma manera. La cotidianidad es una especie de síntesis en la que cierta variación va apareciendo e integrándose. Tal es la razón por la que, para caracterizarla, no resulta acertado hablar de “mera rutina” o de “mera repetición”. En el “cada día” y en el “un día tras otro”, hay contraste, la citada síntesis de lo conocido y lo nuevo, y también una discreta esperanza. Los contrastes son evidentes: días laborables y días festivos; esfuerzo, cansancio y respiro, descanso; tener los pies en el suelo y ensueño. Sólo el día festivo convierte la vida diaria en diaria. Y el día festivo entra a su vez en la normalidad y lo cíclico. Un día festivo enlaza con el siguiente y ambos determinan la vida diaria en el intervalo, no es tiempo muerto, sino el momento de alivio que confirma el trabajo cotidiano; es como la escuela para la vida diaria y el paréntesis vacacional apto para pensar, recogerse, distraerse, respirar y gozar. El día laborable, en cambio, expresa el tiempo como tiempo de dificultad: el hombre despierta y tiene ante sí las labores del día.
 El mismo contraste se da entre día y noche. La noche y el descanso son una invitación para distenderse y abandonarse al sueño. El sueño es descanso y liberación de la pesadumbre y del desgaste diurnos. Aunque en alguna ocasión pueda haberse relacionado el suicidio con el deseo de dormir y de soñar, la diferencia es muy grande: la liberación en el sueño es, ante todo, recuperación para el mañana. Más allá de la relación con el binomio esfuerzo-descanso, el contraste tiene aquí que ver con el protagonismo. Si bien eres tú quien afronta el día –aunque respondiendo a lo que el día reclama-, de noche tú no eres ya quien conduce la nave: te conducen. Sigues respirando, pero es como si la vida fuese la que te respira o respira por ti. La noche te circunda y te absorbe. Luego vendrá de nuevo el alba y te despertará. Entonces comienza el día y comienza el yo: porque el yo tiene quehaceres. Por la noche no hay tiempo. El tiempo empieza con el día, al “mismo tiempo” que el esfuerzo y que el pautado movimiento del yo.
 Los contenidos del día tienen que ver, efectivamente, con el esfuerzo y el trabajo, pero también con la satisfacción de las necesidades y con el mantenimiento de las relaciones humanas. Y en todo esto se da el contraste entre dificultad y satisfacción. Hay placer en satisfacer las necesidades básicas: en comer, en descansar, en mantener relaciones sexuales; lo hay también en las conversaciones, en la convivencia, en las distracciones… Y, del mismo modo, la dificultad no pertenece sólo al trabajo sino que también está asociada a los conflictos relativos al reconocimiento y a la competencia con los demás, a la decepción por las expectativas abiertas y no alcanzadas, etcétera. Hay una dificultad ligada al instante: como si cada momento requiriese un pequeño esfuerzo que, por acumulación, diese la nada despreciable fatiga del día. El movimiento de la existencia no se despliega sin esfuerzo; es como si el tiempo fuera denso, como si el plano estuviera siempre ligeramente inclinado y hubiese que subir. Cuesta moverse, llenar la jarra de agua y soportar las mentiras del contexto, e incluso cuesta respirar. Cuesta sobre todo el día a día de la enfermedad, de la opresión y de la miseria. La huida o la evasión se explican, en parte, por toda esta serie de dificultades.
Resultado de imagen de josep maria esquirol la resistencia intima A la repetición, el contraste, el gozo y la dificultad que caracterizan la cotidianidad hay que añadir el punto más decisivo de todos: la proximidad. Pero preguntémonos antes a qué se debe que tan a menudo se haya considerado la vida cotidiana como una vida de segundo orden. Uno de los factores es, sin duda, el impulso romántico, con su exaltación de la vida excepcional, en forma o en intensidad. El héroe romántico –se dirá- puede morir joven, pero por lo menos ha sabido sobresalir y escapar de la medianía anónima del común de los mortales. Hoy, afortunadamente o no, ese modelo romántico ha ido a menos, aunque, a pesar de ello, no ha sido sustituido por la justa atención a la vida cotidiana. En la sociedad de la apariencia, la gente suspira por el éxito mediático, o por la vanagloria del pequeño, o no tan pequeño, poder jerárquico, mientras la vida corriente sigue siendo menospreciada. Los modelos sociales tradicionales eran elitistas, así como los románticos, y ahora también los mediáticos (se requiere todavía a una multitud más numerosa apara aplaudir a los famosos).
 Salvo algunas excepciones, tampoco el discurso filosófico contemporáneo ha ayudado mucho a subrayar la valía de la cotidianidad, más bien al contrario. Heidegger ha contribuido decisivamente al descrédito de ésta. Merece la pena que nos detengamos un poco en este punto porque, como siempre, el diálogo con el maestro alemán puede enriquecer nuestro propio planteamiento. Ser y tiempo lleva a la identificación entre cotidianidad, indiferencia y caída en la inautenticidad y la impropiedad. Tal vez una lectura algo más exigente y meticulosa deba matizar un poco más, ya que Heidegger afirma también que la indiferencia de la cotidianidad del Dasein es un carácter fenoménico positivo de este ente, puesto que es el punto de partida y de retorno de toda forma más auténtica. La cotidianidad, según Heidegger, no sería un fenómeno accidental que pudiera dejarse atrás, sino un fenómeno constitutivo y básico a partir del cual es posible no obstante un movimiento más apropiado, más propio: el movimiento de la existencia. Queda claro que en este esquema la cotidianidad representa la parte más deficitaria; por ello le atribuye Heidegger la indiferencia, la medianía y el anonimato. En la cotidianidad nadie es propiamente un sí mismo, es decir, alguien que hable y actúe desde sí y para sí mismo, sino que lo que cada uno hace y dice tiene mucho que ver con lo que se suele decir y lo que se suele hacer. Así, Heidegger afirma que, en la cotidianidad, el sí mismo del Dasein es uno mismo, y no el sí mismo propio, es decir, el sí mismo asumido expresamente. Hay, pues, algo de mí mismo que he de asumir para ser propiamente. La cotidianidad es un permanecer en la cotidianidad, precisamente por no haberse enfrentado a ello. La imperiosa conveniencia de salir de la cotidianidad se pone de manifiesto en este fragmento en el que, además, se habla de una doble personalidad de sucumbir: “El Dasein puede ‘padecer’ sordamente la cotidianidad, puede hundirse en su oscura pesantez, o bien evitarla buscando nuevas distracciones para su dispersión en los quehaceres”. Si bien la apropiación es una salida de la cotidianidad, hay otra puerta de acceso mucho más fácil: la evasión.
 Una doble vía para no “superar” la cotidianidad: hundirse en ella o evadirse de ella. La segunda es como una especie de incremento de la dispersión, de dispersión sobre la dispersión Pero ¿de qué debemos evadirnos? Hay algo que ya se da en la vida cotidiana que es nuestro modo fundamental de ser y que podemos o bien afrontar para apropiárnoslo, o bien soslayar. Como ya se ha dicho, Heidegger cree que se trata de nuestro ser-para-la-muerte y asumirlo significa profundizar en la conciencia de nuestra mortalidad. No somos ninguna cosa, ni nada que podamos pensar bajo la categoría de substancia. En realidad, el mundo de las cosas no conoce la muerte, sólo la transformación. La conciencia de la muerte es la conciencia del final y de la nada de la existencia. La conciencia nos llama a ser-para-la-muerte, que es lo mismo que decir que nos llama a la existencia, o lo mismo que decir que nos llama a ser propiamente. Esta conciencia contrasta con la “caída” que consiste en considerarse una cosa entre cosas. Caído significa estar en medio de las cosas, abrigado y protegido por ellas (por las cosas, por las costumbres, por todo lo que llena y pauta la vida cotidiana). Pero la angustia rescata al hombre de su caída y lo conduce precisamente a lo inhóspito, fuera de casa (Umheimlichkeit). […] La caída, que es como habitar entre las cosas, es una huida del estar arrojado; de manera que no huimos de lo inhóspito del mundo, sino de lo inhóspito de nosotros mismos. Hay diversas formas de huida. Una de ellas es la curiosidad, consistente en querer ver, pero no querer ver para comprender más o menos, sino querer ver algo para perderlo de vista enseguida ay continuar buscando novedades. En este caso la curiosidad y la novedad equivalen a la incapacidad para serenarse, a la continua huida hacia adelante.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2018, pp. 54-61. ISBN: 978-84-16011-44-5.]

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Mi señor y mi amor.- Huda Barakat (1952)


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II


 «Me llegaba hasta el instituto a la hora de acabar las clases, pero manteniéndome a una distancia prudente del portalón de entrada. Llegaba, encendía un cigarrillo y me ponía a fumar mirando a otro lado para que no creyeran que les estaba esperando. Había otro motivo más para quedarme apartado. El bedel había advertido a los alumnos que no se me acercaran… Y a mí me tenía prohibido merodear alrededor del edificio y más aún cuando vio que fumaba. Eso porque no tenía en cuenta que encender un cigarrillo era precisamente lo que hacía la mayoría de chicos al traspasar el portalón.
 Al principio de verme por allí, los alumnos se arremolinaban a mi alrededor para celebrar que hubiera abandonado el instituto. Me felicitaban por mi valentía y se admiraban de la libertad de la que gozaba para decidir si abandonaba los estudios o no sin tener que batallar con la oposición de la familia. Que vinieran a celebrarlo era la confirmación de que había tomado la decisión acertada y de que mi opinión era la buena. “Estudiar en este país no sirve de nada”, me decían.
 También al principio seguían burlándose de los profesores que yo había conocido y al igual que cuando asistía todavía a clase con ellos, les llamaban por los motes que habían acabado sustituyendo por completo a sus verdaderos nombres. No se separaban de mí los primeros días que fui al instituto, ni dejaban de tocarme, de abrazarme, de tirárseme al cuello, de agarrarme de la camisa o de la mano para que les prestara atención armando un gran jaleo.
 Al principio, además, me preguntaban por Ayub.

 Seguí yendo todos los días, pero poco a poco iban siendo menos los que se me acercaban. Me quedaba de pie a un lado, apartado, fumando, mirándolos de reojo. Los pocos que me saludaban eran los que antes no habían sido mis amigos.
 Los de la última fila, que ahora que habían crecido formaban una pandilla. Los había que, como yo, habían abandonado los estudios en la secundaria. Otros continuaban, pero no por miedo a sus familias o porque les quedara algún resquicio de esperanza de llegar a aprender algo. Quienes seguían estudiando en el instituto realmente no asistían con regularidad a las clases. Iban porque aquél era campo abonado para dar rienda suelta a sus particulares diversiones sin importarles que todo acabara en expulsión o, al final del año escolar, se les prohibiera reinscribirse.
 Entraban en la escuela arrasándolo todo a su paso, como si cada mañana les fuera debida una victoria que afianzara su dominio. Eso lo hacían en especial los que gozaban de algún tipo de impunidad o inmunidad ante la dirección del centro. Sabían que contra ellos no se iba a adoptar ninguna medida. Esos chicos detentaban dentro de los muros del instituto un poder que les estaba todavía vetado fuera. Se tomaban el uso de la fuerza en el interior de la institución como un ejercicio. Una práctica más que provechosa para cuando llegara el momento de usarla en el exterior. El campo de prácticas estaba hecho a su medida para que a diario afirmaran su autoridad y estaban dispuestos a infringir todas las normas en todo momento. Era un reto que, concluyera como concluyera, se anotaban en la lista de victorias aun sabiendo que en verdad sus juegos sólo podían terminar en una derrota, en una expulsión que a fin de cuentas sería tomada como la coronación de su poder, de su rebeldía, de sus actos de insubordinación, de su recalcitrante negativa a instalarse. Ser expulsados representaba para ellos que sus exasperados enemigos les reconocían y se rendían a su victoria. Su salida del instituto a la vida real de la ciudad, del país, era el inicio de una nueva virilidad para ellos, era el destino para el que se habían estado preparando y ejercitando y que ellos en buena medida habían buscado.

 La iniciativa de acercarme a ellos en nuestros primeros encuentros había corrido de mi parte. Mi actitud les tenía algo desconcertados. Creían que habiendo sido yo uno de los listillos de la clase tenía que haber dejado la escuela por algún motivo de fuerza mayor o para ponerme a trabajar. Para ellos, los empollones como yo, los cobardes, los que iban de sobrados de la primera fila, no estábamos por la labor de dejar la escuela ni que nos sacaran de allí en volandas, porque nuestra miserable vida perdía todo su sentido más allá de los cuadernos y las sonrisas condescendientes de los maestros, para cuya consecución ningún sacrificio estaba de más.
 La verdad era que no me habían recibido con los brazos abiertos. Ni me habían tomado en serio ni me tenían respeto alguno y lo más seguro es que no creyeran que había dejado la escuela porque me había dado la real gana. Y había sido así. Me harté. Eso fue todo y lo que pudiera opinar mi padre no tenía para mí apenas valor.
 Más adelante me permitieron acompañarles en sus correrías lejos de la escuela y del barrio, pero sin insistir en ello, sin asomo de entusiasmo.
Resultado de imagen de huda barakat mi señor y mi amor Hubo una vez en que me pusieron delante de las narices las fotos porno que deslizaban dentro del coche de la maestra francesa, muy guapa ella, y empezaron a leerme las frasecillas que escribían encima de las imágenes. Me pidieron que yo añadiera alguna para calibrar hasta qué punto era yo distinto del que había sido cuando iba a clase.
 Superé sin dificultad ese primer examen y al cabo de poco los tenía ya asombrados por mi empuje y por mi sigilosa aproximación al jefe de la pandilla, al núcleo del poder. Y eso mientras yo seguía actuando como si la cosa no fuera conmigo. No resultaba fácil mantener la calma al tiempo que hacía tambalear la jerarquía del grupo… Y es que pronto se esfumó la satisfacción que había sentido al lograr unirme a ellos y que me aceptaran como uno más, ya que empezó a actuar el instinto de sobresalir, de destacar del resto, un deseo que tiraba de mí sin que yo pudiera controlarlo. A ellos no les temía. Lo que temía realmente era permanecer en la sombra igual y semejante a todos. Estaba todo el rato en tensión y nervioso, a punto de saltar y emplear toda mi energía para salir del círculo de los que agachan la cabeza, de los que no tienen valor, de los soldados de baja estofa y sin rango que se aturullan cuando el jefe los mira. Pero las cadenas que me ataban a la masa del pelotón eran muy sólidas y resultaba extenuante tirar siempre hacia adelante, hacia la posición de mando, teniendo al mismo tiempo que ahorrar fuerzas, mantener la calma y el equilibrio si de verdad quería cumplir mi deseo algún día.

 Solíamos reunirnos por la tarde o ya al anochecer. Pronto comprendí que no debía preguntar adónde nos dirigiríamos. Nadie en el grupo lo planteaba. Nos situábamos detrás de Rodeo o a su lado alternativamente. Nos llamábamos los unos a los otros por nuestros motes y Rodeo era el de nuestro jefe. Su mote nada tenía que ver con su nombre real, Kamil, y tampoco encerraba ninguna burla, como era el caso del de algunos de la pandilla, como el tontainas Corcho. En general los motes no significaban nada, como el de Habbak, que era el sonido que él hacía al imitar el aporreo de la batería. Bachir era el nombre real de Habbak y le gustaba el rock duro, sobre todo el grupo Metálica. Rodeo era un chico conocido porque había participado en muchas carreras con su moto trucada. Más de una vez estuvo a punto de morir. Sí, vio la muerte muy de cerca. Tras el último accidente salió del hospital con secuelas visibles en cara y cuerpo. Pero esa última carrera también la había ganado. De todos modos se retiró. Dijo que ya no le gustaba correr en moto porque no comportaba ningún riesgo real y que el circuito no era lo suficientemente largo para jugarse la vida como estaba mandado.

 Rodeo se agobiaba pronto. Ése era uno de sus puntos fuertes que tener en cuenta y a la vez una conminación a respetarlo siempre. Y como se agobiaba rápido, la distancia que mantenía en relación con cada uno de los integrantes de la pandilla se calculaba con precisión extrema y a diario. Bastaba con que alzara ligeramente el brazo señalando a quien él consideraba que se le estaba acercando demasiado para que el osado diera marcha atrás de inmediato. Y es que Rodeo no le dirigía la palabra a cualquiera ni porque sí.
 Al comienzo no había secretos entre nosotros, tal vez porque Rodeo no tenía nada importante que ocultarnos. Pero si ladeaba la cabeza hacia alguien o hacía un aparte para musitarle a uno algo en voz baja, tal gesto se interpretaba como una distinción que implicaba avanzar un puesto, aunque tal avance fuera a durar a lo sumo un par de días.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial La Otra Orilla, 2008, en traducción de Jaume Ferrer Carmona, pp. 79-86. ISBN: 978-84-92451-10-4.]

sábado, 6 de noviembre de 2021

La hora de clase. Por una erótica de la enseñanza.- Massimo Recalcati (1959)


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3.-La Ley de la Escuela

El trauma positivo de la Escuela

 «En nuestro tiempo, el maestro está cada vez más solo. Esta soledad no refleja sólo su condición de precariedad social, sino también, como hemos visto, la ruptura de un pacto generacional con los padres. El estudio del psicoanalista recoge con frecuencia sus cascajos: padres cada vez más cómplices y aliados de hijos cada vez menos agradecidos y cada vez menos exigentes, que en lugar de apoyar la labor educativa de la Escuela, ante el primer obstáculo, prefieren allanar el camino a sus hijos, evitar el tropiezo, por ejemplo, cambiando de colegio o de profesores; en definitiva, protestando continuamente contra el Otro tal como lo hacen sus propios hijos. En otros tiempos, la alianza generacional entre padres y profesores no se veía cuestionada jamás. El riesgo era más bien justificar las tendencias autoritarias del proceso educativo. Hoy, en cambio, esta alianza tiende a disolverse. El obstáculo de la diferencia generacional y del fracaso escolar sólo se vive como una frustración innecesaria que simplemente ha de ser evitada. En este entorno difícil la pregunta que persigue al docente se radicaliza cada vez más: ¿cómo puede seguir amando su profesión? ¿Cómo puede resistir al marchitamiento, a la acomodación en la rutina del saber suministrado según los estándares establecidos, a la tentación de la desinversión o “renunciatismo”? ¿Cómo puede mantener viva la erótica que entraña su práctica?
 La Escuela en su condición de Escuela obligatoria –fruto de una Ley sólo severa- mata fatalmente la instancia del deseo. El propio psicoanálisis demuestra en su clínica cómo la insistencia imperativa de la exigencia que proviene del Otro (“¡Estudia!”, “¡estudia!”) sólo genera resistencia, rechazo, oposición, anorexia mental. Para que pueda existir el deseo se hace necesario un espacio que separe al sujeto de la exigencia del Otro. Cuando este espacio falta, el sujeto puede reaccionar defendiendo su propio deseo amenazado por la invasión del Otro, como ocurre, por ejemplo, en el caso de la anorexia. Si el Otro insiste en ofrecerme su “papilla asfixiante” (“¡Come!”, “¡come!”), me negaré a comérmela, para que reconozca que no soy solamente un tracto digestivo sino un sujeto del deseo.
 El mismo razonamiento se aplica también a muchos problemas del aprendizaje. ¿Cómo es posible, en efecto, obligar al deseo? ¿No es una contradicción en sus términos? ¿Acaso no rechaza el deseo cualquier sentido de obligación, no es quizá su más acérrimo antagonista? Ésta es la paradoja de la Escuela –el rasgo decisivo de su función- que se sitúa precisamente en este delicadísimo pivote: ¿Cómo puede hacerse brotar el deseo –el deseo de saber- cuando el aprendizaje del saber se vuelve obligatorio? ¿Cómo no convertir la obligatoriedad en un parásito mortal del saber? ¿Cómo, en última instancia, entrelazar el deseo con la Ley?
 Considerar la obligatoriedad de la escolarización una suerte de batallón disciplinario es un error ideológico que pretende ahorrar a la vida el impacto inevitable con el trauma de la Ley. La enseñanza obligatoria, que no debe confundirse con la acción disciplinaria y represiva de la Escuela, impone en cambio un trauma beneficioso y necesario. Que la Escuela sea obligatoria no autoriza a concebir la educación como un enderezamiento autoritario de vides torcidas. Todos sabemos que son precisamente las distorsiones, las anomalías, las desviaciones del surco ya trazado de la normalidad las que manifiestan por lo general los talentos más fructíferos de nuestra juventud.
 El trauma de la Escuela impone un corte, una fractura, una separación del sujeto respecto a la cultura y la lengua de su familia. De hecho, de ninguna manera puede la familia agotar el horizonte del mundo. La Escuela obligatoria marca el necesario alejamiento del sujeto de su familia y su posible encuentro con otros mundos: es la obligación del exilio, de la transición de la lengua madre a la lengua del alfabeto o a otras lenguas, porque sin la traducción , como diría Benjamín, no hay supervivencia.
 Hasta los estudios más actualizados sobre el estado de la Escuela en Italia nos dicen que son más de ochenta los idiomas que se hablan en ella. La Fundación Agnelli ha confirmado recientemente algo que los enseñantes demócratas saben desde hace tiempo, y es que las clases que mejor funcionan son las más heterogéneas socialmente. La Escuela lleva consigo –en su propio ADN- un alma profundamente multicultural, puesto que ratifica la obligación del contacto con el mundo para el ser humano, de romper con el clan de pertenencia, o mejor, de vivir y de jugar culturalmente su propia pertenencia en la contaminación y en el encuentro con el Otro.
 En nuestro tiempo, la Escuela ha dejado de ser una institución disciplinaria, para convertirse en una institución de resistencia a la indisciplina del hiperhedonismo acéfalo que rige nuestra sociedad. La pulsión parece rechazar la obligación del alejamiento introducido por la Ley de la castración para permanecer adherida a la Cosa materna y a sus sucedáneos incestuosos. La resistencia de la Escuela consiste hoy en sustentar el valor traumático de la Ley de la palabra en una época en la que la única obligación que parece existir es la del goce en sí mismo, del goce como única forma posible de la Ley.
Resultado de imagen de massimo recalcati la hora de clase La soledad de la Escuela y de los profesores está vinculada a su actuación a contracorriente respecto al rumbo incestuoso del mandamiento social hoy dominante que pretende asegurar la conexión continua del sujeto a una serie infinita de objetos inhumanos: alcohol, drogas, psicofármacos, la imagen del propio cuerpo, objetos estética y tecnológicamente de lo más variados. Para que exista deseo de saber, pero también formación, educación, “humanización de la vida”, es necesario el vaciamiento traumático y preliminar de esta presencia adhesiva del objeto. Para que exista deseo de saber, para que haya arrebato, transferencia, movimiento, erotización de la vida, apertura hacia el conocimiento, hacia la cultura, para que haya –como teoriza el psicoanálisis- sublimación de la pulsión, debe haber vaciamiento, desprendimiento, desconexión, negativa al goce inmediato del objeto. De hecho, la sublimación tiene como condición de fondo el vaciado del objeto, su pérdida: la posibilidad de la palabra se produce solamente cuando la boca no está llena de comida, cuando se da el suficiente silencio para que sea escuchada.
 En este sentido, la Escuela obligatoria es un lugar, cada vez más decisivo hoy en día, de auténtica prevención primaria. La Ley que impone la senda de la palabra como senda de la “humanización de la vida”, es la Ley que sabe prometer una satisfacción distinta a la más inmediata, pregonada y celebrada por el hiperhedonismo contemporáneo. La Escuela es una institución que encarna un punto de resistencia ética a la cultura perversa del “¿por qué no?”, que priva de todo sentido a la renuncia y al aplazamiento de la satisfacción pulsional. Efectivamente, “¿por qué no?”, ¿por qué la experiencia del límite debe seguir teniendo aún sentido? ¿Por qué debe haber obligaciones, una Escuela obligatoria? No desde luego –como pensábamos en el 77- para que el poder pueda ejercer un control meticuloso sobre la vida. Ésta es una representación superada de la Escuela y convertida, hoy en día, en absolutamente ideológica. La obligación de la escolaridad es beneficiosa, porque se sustenta sobre una promesa que está en la base de todo proceso formativo. Es una promesa capaz de hacer existir un goce más fuerte, más potente, más grande que el que se consigue perversamente con el consumo inmediato y la adicción compulsiva a la presencia del objeto. Este otro goce, este goce adicional, sólo puede alcanzarse a través de la senda de expresión y del deseo: es el goce de la lectura, de la escritura, de la cultura, de la acción colectiva, del trabajo, del amor, del erotismo, del encuentro, del juego.
 La promesa que la Escuela sostiene hoy, fatalmente a contracorriente, es que el deseo humano, para desplegarse, para volverse capaz de realización, necesita algo que sepa encarnar la Ley de la palabra. Porque sin esa Ley no hay deseo, sino sólo deshumanización nihilista de la vida.

 Alucinación y sublimación

 El trabajo de los profesores se ha convertido en una labor de frontera: sustituir a familias inexistentes o angustiadas, romper la tendencia al aislamiento y a la adaptación alelada y conformista de muchos jóvenes, oponerse al mundo muerto de los objetos gadget y al poder de seducción de la televisión y de las nuevas tecnologías, rehabilitar la importancia de la cultura relegada por el hiperhedonismo contemporáneo a la categoría de mero figurante en el escenario del mundo, reactivar las dimensiones vitales de la escuela y de la palabra, revivir deseos, proyectos, impulsos, visiones de una generación crecida a través de modelos identificadores apáticamente pragmáticos, desencantados, cínicos y narcisistas, alimentada por un uso excesivo de la televisión y por el régimen de conexión perpetua a la Red.
 Los profesores más concienciados nos lo dicen de todas las maneras: “¡Ya no escuchan!”, “¡Ya no hablan!”, “¡Ya no estudian!”, “¡Ya no leen!”, “¡Ya no desean!”. Los estudiantes de hoy cultivan el sueño de una autonomía con respecto al Otro frente a una crisis estructural del sistema capitalista que, en vez de favorecer un proceso de independencia, tiende a prolongar una dependencia sintomática.
 La ilusión de una “senda corta” hacia el éxito personal es la gran fascinación de hoy y genera modelos peligrosos que descuidan la disciplina paciente de la formación y alimentan la obstinada negativa a todo aplazamiento del goce. Para Freud, este modelo de satisfacción, alcanzado por una “senda corta”, se corresponde con el mecanismo psicótico de la alucinación.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2016, en traducción de Carlos Gumpert, pp. 76-82. ISBN: 978-84-339-6407-6.]

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Mogens.- Jens Peter Jacobsen (1847-1885)


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La peste en Bérgamo


 «Estaba la Bérgamo Vieja, sobre la cima de un monte y al abrigo de sus puertas y murallas, y estaba la Bérgamo Nueva, a los pies del mismo monte y expuesta a todos los vientos.
 Un día se desató al peste en la ciudad nueva. Comenzó a propagarse a un ritmo endiablado; muchos murieron y el resto huyó por la llanura hasta desperdigarse en todas direcciones. Y aunque los vecinos de la Bérgamo Vieja incendiaron la ciudad abandonada para purificar el aire, poco remedio supuso. También ellos empezaron a morir en las alturas: al principio uno al día, luego cinco, luego diez y luego un par de docenas, y al alcanzar el mal su apogeo, aún muchos más.
 Y ellos no podían huir como los de la ciudad nueva. Hubo quienes lo intentaron, pero acabaron llevando una vida de bestias acosadas, ocultos en las zanjas y en las cloacas, al abrigo de las cercas y en medio del verdor de los sembrados; y es que los campesinos, que con la llegada de los primeros fugitivos habían visto irrumpir la peste en sus granjas, ahuyentaban de sus tierras a pedradas a cuanto desconocido les salía al paso, o lo molían a palos como a un perro rabioso, sin piedad ni misericordia. En legítima defensa, pensaban ellos.
 Tuvieron que quedarse donde estaban, las gentes de la Bérgamo Vieja. Día tras día, el calor se hacía más tórrido y el terrible contagio se volvía más voraz. El horror arreció hasta tornarse demencia, y la tierra pareció engullir todo rastro de orden y buen gobierno para reemplazarlo por cuanto existe de malo.
 En los primeros tiempos, con el brotar de la peste, todos se mantenían unidos en armonía y concordia, velaban por que los cadáveres recibiesen la debida sepultura, se cuidaban de encender diariamente en las plazas grandes hogueras, para que el humo purificador circulase por las calles, y repartían enebro y vinagre entre los pobres. Pero, por encima de todo, acudían a las iglesias, ya fuese a horas o a deshoras, solos o en procesión. De día se postraban ante Dios con sus plegarias, y de noche, cuando el sol se ocultaba tras las cumbres, las campanas de todas las iglesias lanzaban al cielo el lamento de sus cientos de gargantas. Se ordenaban ayunos, y a diario se exponían reliquias en los altares.
 Por fin, no sabiendo ya qué hacer, desde el balcón del consistorio y al son de tubas y trombones proclamaron a la Virgen Santísima alcaldesa de la ciudad, ahora y por siempre.
 Mas de poco sirvieron todos sus desvelos; nada surtía efecto. Poco a poco, las gentes se fueron convenciendo de que el Cielo o bien no quería o no podía auxiliarlas, y no sólo se cruzaron de brazos, resignándose a que ocurriera lo que hubiese de ocurrir, sino que el pecado, antes un morbo latente e insidioso, pareció trocarse en una peste maligna, manifiesta y furiosa que, a la par que la epidemia corporal, ansiara matar el alma como ésta ansiaba aniquilar el cuerpo. Tan increíbles eran sus actos, tan monstruoso su empedernimiento. El aire estaba plagado de blasfemia e impiedad, de resuellos de glotones y alaridos de borrachos, y la más salvaje de sus noches no era más negra de obscenidades que cualquiera de sus días.
 “¡A día de hoy comeremos, ya mañana moriremos!” Parecían haberle puesto música a este estribillo e interpretarlo, con un sinfín de instrumentos, en un eterno concierto infernal. De no haber estado inventados ya todos los pecados, se habrían ideado allí, pues no había camino que, en su perversidad, dejasen de explorar. Florecían entre ellos los vicios más antinaturales y les eran familiares pecados tan insólitos como la nigromancia, la brujería y el culto al diablo, pues fueron muchos los que acudieron a las potencias infernales en busca del auxilio que el Cielo les negaba.
 Todo rastro de caridad y compasión se borró de su espíritu, cada quien pensaba sólo en sí mismo. Al enfermo lo veían como a un enemigo público y si un pobre desdichado se desplomaba en la calle, presa de los primeros vértigos de la fiebre, no sólo no había puerta que se le abriera sino que, a punta de lanza y a pedradas, lo obligaban a arrastrarse hasta apartarlo del camino de los sanos.
 Día tras día, la peste arreciaba. El sol estival se abatía sobre la ciudad, no caía una gota de lluvia ni  corría un soplo de brisa. Los cadáveres que se pudrían en el interior de las casas y los que yacían a medio enterrar despedían un hedor asfixiante, que venía a mezclarse con el aire estancado de las calles y atraía nubes de cuervos y cornejas, que ennegrecían  muros y tejados. Y sobre las murallas que ceñían las calles se posaron, llegadas de muy lejos, unas aves grandes y extrañas, de picos voraces y curvas garras, que lo observaban todo con ojos calmos y ávidos, como si sólo aguardasen a que la desdichada ciudad se viera reducida a una enorme fosa de carroña.
 Se cumplían once semanas del estallido de la peste cuando los torreros y otras personas apostadas en lugares elevados vieron acercarse un singular cortejo que serpenteaba por la llanura. Poco a poco se adentraron en las calles de la ciudad nueva, entre los muros tiznados y los negros montones de ceniza que antaño fueran tinglados de madera. ¡Qué gentío! Serían seiscientos o más, hombres y mujeres, viejos y jóvenes. Portaban entre unos y otros grandes cruces negras y, sobre sus cabezas, amplios estandartes rojos como la sangre y el fuego. Cantaban a la par que andaban, llenando el aire inerte y bochornoso de melodías extrañas y desesperados lamentos.
Resultado de imagen de mogens jans perter jakobsen Marrones, grises, negras eran sus ropas, pero llevaban todos una marca roja en el pecho, que resultó ser una cruz cuando la vieron de cerca. Seguían aproximándose. Se apiñaban por el empinado camino amurallado que subía hacia la ciudad vieja. […]
 Los bergamascos se agolparon a contemplarlos, con asombro e inquietud. Sus rostros enrojecidos y embriagados contrastaban con la palidez de los recién llegados; sus miradas embotadas y veladas de lujuria se agachaban ante las de estos ojos hirientes, llameantes; los blasfemos que reían olvidaban cerrar la boca al oír los himnos. ¡Y había sangre en todos los flagelos!
 Las gentes se incomodaron al ver a aquellos extraños. Mas poco tardó en quedar atrás esa sensación. Apenas reconocieron entre los crucíferos a un zapatero de Brescia que no andaba muy bien de la cabeza, pasó a ser cosa de risa la procesión entera. Como, por otra parte, era algo novedoso que venía a distraerlos de la rutina, al ver que los forasteros se encaminaban a la catedral salieron todos en pos de ellos como habrían corrido detrás de un grupo de saltimbanquis o de un oso amaestrado.
 Sin embargo, a medida que avanzaban a empellones se iban exasperando, pues se sentían prosaicos frente a tal solemnidad y entendían sobradamente por qué aquellos zapateros y sastres habían ido hasta allí para convertirlos, para rezar por ellos y pronunciar palabras que nadie quería oír.
 Dos filósofos flacos y canosos, que habían hecho de la impiedad un sistema, incitaban a la turba y la azuzaban con toda la maldad de sus corazones, de forma que, a cada paso que daban en dirección a la iglesia, la actitud de las gentes se volvía más amenazadora y sus accesos de cólera más violentos. Poco faltó para que llegaran a ponerles la mano encima a aquellos sastres flagelantes venidos de otros lugares.
 De repente, a menos de cien pasos de la entrada del templo, una taberna abrió sus puertas y una partida de jaraneros, unos a lomos de otros, salió en tropel, se situó a la cabeza de la procesión y la condujo entre cánticos, alaridos y cómicos gestos de devoción; todos, salvo uno de ellos, que fue dando volteretas hasta los escalones recubiertos de hierba de la iglesia. Y así, entre risas, entraron todos en paz en el santuario.
 […]
 Entre tanto, los de la taberna llevaron sus tropelías hasta el mismísimo altar mayor. Uno de ellos, un joven carnicero fuerte y corpulento, se quitó el mandil blanco y se lo anudó al cuello de modo que le colgaba a la espalda como un manto. De tal guisa empezó a oficiar con palabras absurdas y terribles, cuajadas de obscenidades y blasfemias. Un gordinflón bajito y entrado en años, sorprendentemente ágil y vivaracho, con cara de calabaza pelada, le hacía las veces de sacristán, respondiéndole con las tonadas más lascivas en boga por aquellos lares; se arrodillaba, hacía reverencias, volvía el trasero hacia el altar, agitaba la campana como si de un cascabel de bufón se tratara y hacía molinetes con el incensario. Los demás borrachos, tumbados cuan largos eran en los reclinatorios, hipaban de embriaguez entre aullidos y carcajadas.
 La iglesia entera reía, vociferaba y se regodeaba a costa de los forasteros. Si se fijaban bien, les gritaban, podrían apreciar en cuánta estima tenía la Bérgamo Vieja al Señor. Su regocijo, sin embargo, no obedecía tanto al placer de ofender a Dios como al disfrute que les procuraba imaginar cuán dolorosamente debían de clavarse sus blasfemias, como aguijones, en los corazones de aquellos hombres piadosos.
 Hirviendo de odio y sed de venganza, estos permanecían en el centro de la nave, entre gemidos de aflicción. Con la mirada y las manos levantadas hacia Dios, le rogaban que se vengase del desprecio del que era víctima en su propia casa. […]
 De pronto, uno de los forasteros, un fraile joven, se puso en pie y tomó la palabra.»
  
   [El texto pertenece a la edición en español de Ardicia Editorial, 2016, en traducción de Blanca Ortiz Ostalé, pp. 65-71 y 73. ISBN: 978-84-944476-1-7.]