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sábado, 6 de noviembre de 2021

La hora de clase. Por una erótica de la enseñanza.- Massimo Recalcati (1959)


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3.-La Ley de la Escuela

El trauma positivo de la Escuela

 «En nuestro tiempo, el maestro está cada vez más solo. Esta soledad no refleja sólo su condición de precariedad social, sino también, como hemos visto, la ruptura de un pacto generacional con los padres. El estudio del psicoanalista recoge con frecuencia sus cascajos: padres cada vez más cómplices y aliados de hijos cada vez menos agradecidos y cada vez menos exigentes, que en lugar de apoyar la labor educativa de la Escuela, ante el primer obstáculo, prefieren allanar el camino a sus hijos, evitar el tropiezo, por ejemplo, cambiando de colegio o de profesores; en definitiva, protestando continuamente contra el Otro tal como lo hacen sus propios hijos. En otros tiempos, la alianza generacional entre padres y profesores no se veía cuestionada jamás. El riesgo era más bien justificar las tendencias autoritarias del proceso educativo. Hoy, en cambio, esta alianza tiende a disolverse. El obstáculo de la diferencia generacional y del fracaso escolar sólo se vive como una frustración innecesaria que simplemente ha de ser evitada. En este entorno difícil la pregunta que persigue al docente se radicaliza cada vez más: ¿cómo puede seguir amando su profesión? ¿Cómo puede resistir al marchitamiento, a la acomodación en la rutina del saber suministrado según los estándares establecidos, a la tentación de la desinversión o “renunciatismo”? ¿Cómo puede mantener viva la erótica que entraña su práctica?
 La Escuela en su condición de Escuela obligatoria –fruto de una Ley sólo severa- mata fatalmente la instancia del deseo. El propio psicoanálisis demuestra en su clínica cómo la insistencia imperativa de la exigencia que proviene del Otro (“¡Estudia!”, “¡estudia!”) sólo genera resistencia, rechazo, oposición, anorexia mental. Para que pueda existir el deseo se hace necesario un espacio que separe al sujeto de la exigencia del Otro. Cuando este espacio falta, el sujeto puede reaccionar defendiendo su propio deseo amenazado por la invasión del Otro, como ocurre, por ejemplo, en el caso de la anorexia. Si el Otro insiste en ofrecerme su “papilla asfixiante” (“¡Come!”, “¡come!”), me negaré a comérmela, para que reconozca que no soy solamente un tracto digestivo sino un sujeto del deseo.
 El mismo razonamiento se aplica también a muchos problemas del aprendizaje. ¿Cómo es posible, en efecto, obligar al deseo? ¿No es una contradicción en sus términos? ¿Acaso no rechaza el deseo cualquier sentido de obligación, no es quizá su más acérrimo antagonista? Ésta es la paradoja de la Escuela –el rasgo decisivo de su función- que se sitúa precisamente en este delicadísimo pivote: ¿Cómo puede hacerse brotar el deseo –el deseo de saber- cuando el aprendizaje del saber se vuelve obligatorio? ¿Cómo no convertir la obligatoriedad en un parásito mortal del saber? ¿Cómo, en última instancia, entrelazar el deseo con la Ley?
 Considerar la obligatoriedad de la escolarización una suerte de batallón disciplinario es un error ideológico que pretende ahorrar a la vida el impacto inevitable con el trauma de la Ley. La enseñanza obligatoria, que no debe confundirse con la acción disciplinaria y represiva de la Escuela, impone en cambio un trauma beneficioso y necesario. Que la Escuela sea obligatoria no autoriza a concebir la educación como un enderezamiento autoritario de vides torcidas. Todos sabemos que son precisamente las distorsiones, las anomalías, las desviaciones del surco ya trazado de la normalidad las que manifiestan por lo general los talentos más fructíferos de nuestra juventud.
 El trauma de la Escuela impone un corte, una fractura, una separación del sujeto respecto a la cultura y la lengua de su familia. De hecho, de ninguna manera puede la familia agotar el horizonte del mundo. La Escuela obligatoria marca el necesario alejamiento del sujeto de su familia y su posible encuentro con otros mundos: es la obligación del exilio, de la transición de la lengua madre a la lengua del alfabeto o a otras lenguas, porque sin la traducción , como diría Benjamín, no hay supervivencia.
 Hasta los estudios más actualizados sobre el estado de la Escuela en Italia nos dicen que son más de ochenta los idiomas que se hablan en ella. La Fundación Agnelli ha confirmado recientemente algo que los enseñantes demócratas saben desde hace tiempo, y es que las clases que mejor funcionan son las más heterogéneas socialmente. La Escuela lleva consigo –en su propio ADN- un alma profundamente multicultural, puesto que ratifica la obligación del contacto con el mundo para el ser humano, de romper con el clan de pertenencia, o mejor, de vivir y de jugar culturalmente su propia pertenencia en la contaminación y en el encuentro con el Otro.
 En nuestro tiempo, la Escuela ha dejado de ser una institución disciplinaria, para convertirse en una institución de resistencia a la indisciplina del hiperhedonismo acéfalo que rige nuestra sociedad. La pulsión parece rechazar la obligación del alejamiento introducido por la Ley de la castración para permanecer adherida a la Cosa materna y a sus sucedáneos incestuosos. La resistencia de la Escuela consiste hoy en sustentar el valor traumático de la Ley de la palabra en una época en la que la única obligación que parece existir es la del goce en sí mismo, del goce como única forma posible de la Ley.
Resultado de imagen de massimo recalcati la hora de clase La soledad de la Escuela y de los profesores está vinculada a su actuación a contracorriente respecto al rumbo incestuoso del mandamiento social hoy dominante que pretende asegurar la conexión continua del sujeto a una serie infinita de objetos inhumanos: alcohol, drogas, psicofármacos, la imagen del propio cuerpo, objetos estética y tecnológicamente de lo más variados. Para que exista deseo de saber, pero también formación, educación, “humanización de la vida”, es necesario el vaciamiento traumático y preliminar de esta presencia adhesiva del objeto. Para que exista deseo de saber, para que haya arrebato, transferencia, movimiento, erotización de la vida, apertura hacia el conocimiento, hacia la cultura, para que haya –como teoriza el psicoanálisis- sublimación de la pulsión, debe haber vaciamiento, desprendimiento, desconexión, negativa al goce inmediato del objeto. De hecho, la sublimación tiene como condición de fondo el vaciado del objeto, su pérdida: la posibilidad de la palabra se produce solamente cuando la boca no está llena de comida, cuando se da el suficiente silencio para que sea escuchada.
 En este sentido, la Escuela obligatoria es un lugar, cada vez más decisivo hoy en día, de auténtica prevención primaria. La Ley que impone la senda de la palabra como senda de la “humanización de la vida”, es la Ley que sabe prometer una satisfacción distinta a la más inmediata, pregonada y celebrada por el hiperhedonismo contemporáneo. La Escuela es una institución que encarna un punto de resistencia ética a la cultura perversa del “¿por qué no?”, que priva de todo sentido a la renuncia y al aplazamiento de la satisfacción pulsional. Efectivamente, “¿por qué no?”, ¿por qué la experiencia del límite debe seguir teniendo aún sentido? ¿Por qué debe haber obligaciones, una Escuela obligatoria? No desde luego –como pensábamos en el 77- para que el poder pueda ejercer un control meticuloso sobre la vida. Ésta es una representación superada de la Escuela y convertida, hoy en día, en absolutamente ideológica. La obligación de la escolaridad es beneficiosa, porque se sustenta sobre una promesa que está en la base de todo proceso formativo. Es una promesa capaz de hacer existir un goce más fuerte, más potente, más grande que el que se consigue perversamente con el consumo inmediato y la adicción compulsiva a la presencia del objeto. Este otro goce, este goce adicional, sólo puede alcanzarse a través de la senda de expresión y del deseo: es el goce de la lectura, de la escritura, de la cultura, de la acción colectiva, del trabajo, del amor, del erotismo, del encuentro, del juego.
 La promesa que la Escuela sostiene hoy, fatalmente a contracorriente, es que el deseo humano, para desplegarse, para volverse capaz de realización, necesita algo que sepa encarnar la Ley de la palabra. Porque sin esa Ley no hay deseo, sino sólo deshumanización nihilista de la vida.

 Alucinación y sublimación

 El trabajo de los profesores se ha convertido en una labor de frontera: sustituir a familias inexistentes o angustiadas, romper la tendencia al aislamiento y a la adaptación alelada y conformista de muchos jóvenes, oponerse al mundo muerto de los objetos gadget y al poder de seducción de la televisión y de las nuevas tecnologías, rehabilitar la importancia de la cultura relegada por el hiperhedonismo contemporáneo a la categoría de mero figurante en el escenario del mundo, reactivar las dimensiones vitales de la escuela y de la palabra, revivir deseos, proyectos, impulsos, visiones de una generación crecida a través de modelos identificadores apáticamente pragmáticos, desencantados, cínicos y narcisistas, alimentada por un uso excesivo de la televisión y por el régimen de conexión perpetua a la Red.
 Los profesores más concienciados nos lo dicen de todas las maneras: “¡Ya no escuchan!”, “¡Ya no hablan!”, “¡Ya no estudian!”, “¡Ya no leen!”, “¡Ya no desean!”. Los estudiantes de hoy cultivan el sueño de una autonomía con respecto al Otro frente a una crisis estructural del sistema capitalista que, en vez de favorecer un proceso de independencia, tiende a prolongar una dependencia sintomática.
 La ilusión de una “senda corta” hacia el éxito personal es la gran fascinación de hoy y genera modelos peligrosos que descuidan la disciplina paciente de la formación y alimentan la obstinada negativa a todo aplazamiento del goce. Para Freud, este modelo de satisfacción, alcanzado por una “senda corta”, se corresponde con el mecanismo psicótico de la alucinación.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2016, en traducción de Carlos Gumpert, pp. 76-82. ISBN: 978-84-339-6407-6.]

miércoles, 20 de octubre de 2021

Autobiografía de un espantapájaros. Testimonio de resiliencia: el retorno a la vida.- Boris Cyrulnik (1937)


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II.-Para felicidad de los pervertidos

¿Western o success story?

 «Por lo tanto, la resiliencia no es, de ningún modo, un relato de éxito. Es la historia de la lucha de un niño empujado hacia la muerte que inventa una estrategia para retornar a la vida. Está más cerca de un western que de una success story. Lo que crea el suspense en una historia de vida resiliente no es el fracaso que se produce al comienzo del filme sino la pugna interior, es decir, el devenir imprevisible que ofrece soluciones sorprendentes, a menudo novelescas.
 En 1944, Georges llevaba una vida tranquila como un niño escondido  en una familia de laboriosos campesinos de la región de Corrèze cuando los soldados de la división Das Reich entraron en casa de los Lagier. No tuvo miedo cuando los de la SS le exigieron comida. Les dio los huevos que sus padres dejaban en el gallinero para incitar a las gallinas a poner más. Esos huevos gardeniou (guardanidos) siempre están podridos. Los soldados deberían haberse dado cuenta de ello al cascarlos antes de comerlos. El niño estaba orgulloso de su acto de resistencia, hasta el día en que oyó hablar de Oradour-sur-Glane, cuyos habitantes fueron encerrados en la iglesia que luego los de la SS furiosos incendiaron. Por más que le explicaron que quien había cometido aquel crimen había sido otro grupo de la Panzerdivision llegado de Montauban, durante años Georges estuvo convencido de que era responsable de la enorme masacre por haber encolerizado a los soldadazos dándoles huevos podridos. Se volvió un niño triste, con menos entusiasmo por estar con sus compañeros y dolorosamente amable: “Siempre tenía miedo de hacer daño. Ya había hecho demasiado en mi infancia”. Recuerdos como éste configuran la culpa y explican los comportamientos de expiación, pero impiden descubrir otros recuerdos inconscientes. Hablábamos de esto en Hanói con una joven vietnamita que había perdido un apierna como consecuencia de la explosión de una mina. Para ella el culpable era, sin duda, el gobierno estadounidense, que había hecho colocar las minas en el momento en que retiraba sus tropas. Consideraba que aquel terrible accidente no era un trauma porque su personalidad nunca había sufrido el desgarro ni la agonía propios del trauma ni siquiera en los peores momentos de su sufrimiento. Para ella, la cuestión era más sencilla: había un agresor y una inocente mutilada.
 Un acontecimiento adquiere significaciones muy diferentes según la red relacional en que se inscriba: “El papel que cumplen los otros es fundamental en la respuesta de las víctimas”. En 1942, Hélène tenía 13 años y vivía en París. La felicidad de su infancia en el seno de una familia judía cultivada e integrada se ensombreció súbitamente el día en que su madre empezó a coserle una estrella de seis puntas en el vestido. Hélène se opuso vivamente diciendo que se negaba a someterse a los dictados de los alemanes. Una noche, un policía vestido de civil llegó para advertirles que había recibido la orden de hacer una redada. Tenían que huir. Hélène, muy angustiada, tomó en sus brazos a su hermanito y se adelantó a refugiarse en casa de una vecina mientras su madre preparaba la maleta. Pero cuando bajaba las escaleras se encontró con el policía que subía a arrestarlas. Al principio pensó que debía volver a prevenir a su madre, pero ya era demasiado tarde. ¿Gritar, entonces? Si lo hacía sería arrestada, junto con el bebé. Su vestido no tenía la estrella. Sin decir una palabra, Hélène continuó bajando la escalera y se escabulló con el bebé en brazos. Pero a lo largo de toda su vida esta escena se impuso en su memoria: “Si yo hubiera gritado, mi madre no hubiera muerto […] yo despreciaba a mis padres porque usaban la estrella […] y luego los abandoné […]”. Las condiciones en que se había salvado adquirían en su memoria la significación de una traición, de un abandono por egoísmo: “Nunca podré confesar lo que hice para sobrevivir”. La vergüenza la obligaba a callar y la culpa la obligaba a expiarla. Las circunstancias de su sálvese quien pueda le daban una representación repugnante de sí misma: “Sobreviví porque fui cobarde, por pensar sólo en mí dejé morir a mi madre”. Durante años, Hélène se mantenía apartada de los demás. Hablaba poco, evitaba las miradas y declinaba cuanta invitación se le hacía, sobre todo las que le habría gustado aceptar. Y encontraba la explicación de su temor a la felicidad, de sus estrategias de fracaso y sus comportamientos punitivos en aquella escena fundadora en la que, al no gritar para advertir a su madre, se había hecho cómplice de su muerte. Hasta el día en que, treinta años después, una vecina le devolvió los muebles que el gobierno de Vichy le había permitido comprar a un precio irrisorio en el marco de la política de “pasar de a manos arias los bienes judíos”. Detrás de un cajón halló la libreta donde de pequeña escribía su diario íntimo. Treinta años más tarde Hélène pudo leer estupefacta que, desde los 9 años, era una niña divertida que hacía reír a todos, que inventaba sainetes para entretener a la familia y que ¡soñaba con sacrificarse! Cinco años antes del arresto de su madre y de la vergüenza que ese episodio desencadenó en su espíritu, Hélène ya sentía vergüenza “de querer ser feliz”. En ese momento comenzó a recuperar algunos recuerdos olvidados de su infancia cuando, siendo una niña bien educada, tocaba muy bien el piano pero se negaba a hacerlo en público por temor a humillar a quienes no sabían tocar. Ya entonces había comenzado a desarrollar una tendencia masoquista estructural cercana a la melancolía. Probablemente Hélène se habría sentido culpable y avergonzada de aspirar a la felicidad aun cuando no hubiese habido guerra. Se habría castigado por miedo a lastimar a los otros, aun cuando su madre no hubiese sido deportada “por su culpa”.
 El pequeño Georges se sentía culpable de la masacre de Oradour, como muchos niños que, en su pensamiento mágico, creen ser la causa de la enfermedad de su madre o del rayo que incendió el granero porque desobedecieron una orden paterna. Hélène se castigaba por haber sido cómplice de la muerte de su madre, como ya antes de la guerra se castigaba por ser feliz cuando otros sufrían.
Resultado de imagen de autobiografia d eun espantapajaros El trauma es demasiado explicativo. Cuando uno le atribuye todo lo que sucede ulteriormente, cuando uno insiste demasiado en un acontecimiento trágico, deja en la sombra el desarrollo estructural que ya se estaba preparando antes. En los dos casos citados, la culpa consciente creó versiones autopunitivas que, de alguna manera, aliviaron a los niños. Pero en el caso de Georges el masoquismo coyuntural fue momentáneo e incluso desapareció años más tarde cuando, experto en la tragedia de Oradour, Georges se dedicó a investigar en los archivos de la Shoah. En cambio, Hélène organizó su vida siguiendo una estructura relacional que, ya antes del trauma, erotizaba el sufrimiento.

 El sufrimiento está allí. ¿Hay que amarlo?

 El problema está planteado así: frente a la pérdida, la adversidad y el sufrimiento que todos debemos abordar tarde o temprano en el curso de nuestra existencia, podemos adoptar diversas estrategias. Uno puede abandonarse al sufrimiento, tratar de ser indiferente o dedicarse a ser una víctima. Estas tres soluciones son antirresilientes porque todas significan un obstáculo para un proyecto de desarrollo. En el extremo opuesto, hacer algo con ese sufrimiento, utilizar la necesidad de comprender para trascenderlo y convertirlo en un proyecto social o cultural constituyen actitudes que impulsan a la resiliencia.
 El masoquista estructural buscará el sufrimiento para erotizarse, cuando en realidad podría no sufrir. Mientras que el masoquista coyuntural hace algo con el sufrimiento que le toca en suerte. Georges no tenía miedo de la felicidad cuando la tragedia de Oradour le llenó de culpa. Hélène, en cambio, ya experimentaba esa curiosa inversión que le daba permiso para alcanzar la felicidad con la condición de sufrir primero. En realidad, son dos estrategias emparentadas para abordar el sufrimiento pero, mientras Georges experimenta el placer de superarlo, Hélène ya tiene la costumbre de amarlo.
 Ya se trate de masoquismo sexual o de su primo hermano, el masoquismo moral, siempre se observa una estrategia del mismo tipo:
§         Es una estrategia interactiva que se nota en las actitudes menores de la vida cotidiana. Se trata de borrarse frente a los demás, de callarse cuando el otro habla, de afanarse por obedecer el menor gesto sin necesidad de que el otro pida nada.
§         Es relacional: todo se decide teniendo únicamente en cuenta los deseos del otro: dónde quiere vivir o adónde quiere ir de vacaciones.
§         Es existencial: el masoquista sólo puede dar sentido a su vida mediante la felicidad del Otro, lo único que cuenta es el placer del Otro.»
  
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gedisa, 2009, en traducción de Alcira Bixio, pp.125-129. ISBN: 978-84-9784-352-2.]

martes, 26 de mayo de 2020

Edad de hombre.- Michel Leiris (1901-1990)

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V.-La cabeza de Holofernes

  «Uno de los recuerdos más remotos que guardo es el que tiene que ver con la escena siguiente: tengo seis o siete años y estoy en la escuela mixta. En mi mismo banco se sienta una niña con un vestido de terciopelo gris y largos cabellos rizados y rubios. Ella y yo estudiamos juntos una lección en el mismo libro de Historia sagrada colocado sobre la mesa de madera negra. Aún veo con bastante claridad la imagen que mirábamos en ese momento: se trataba del sacrificio de Abraham. Sobre un niño arrodillado con las manos juntas y la garganta estirada, el brazo del patriarca se levantaba armado de un enorme cuchillo y el viejo elevaba los ojos hacia el cielo sin ironía, buscando la aprobación del dios malvado al que ofrecía su hijo en holocausto.
 Este grabado -adorno bastante pobre de una de las páginas de un libro para jóvenes- me ha dejado una impresión imborrable y a su alrededor gravitan varios otros recuerdos. En primer lugar, otras leyendas leídas en manuales de historia o mitología, como el mito de Prometeo, con el hígado devorado por un buitre, o la historia del niño espartano que había robado un zorro, lo había escondido bajo su túnica y, aunque el animal le mordía cruelmente el pecho, no dijo nada y prefirió sufrir mil muertes antes que revelar su hurto. Y luego sueños, los primeros que recuerdo haber tenido: en una ocasión me encuentro en un bosque, seguramente en medio de un claro; alrededor, todo es verde y la hierba está salpicada de amapolas y margaritas. De repente aparece un lobo con el hocico abierto y se abalanza sobre mí -con sus orejas puntiagudas, sus ojos brillantes, se enorme lengua rosada y húmeda que le cuelga entre los dientes blancos- y me devora. Otra vez es un caballo de tiro el que me come. Aún recuerdo angustiado una vieja carreta pintada de amarillo y negro a imitación de un enrejado, mojada por la lluvia y conducida por un sórdido cochero, tocado con un viejo sombrero blanco de copa. Hay más imágenes del mismo libro de Historia sagrada: el Mar Rojo tragándose al ejército del faraón, los suplicios infligidos a los Macabeos por Antíoco, rey de Siria, el hermano de Judas Macabeo muriendo aplastado bajo el elefante que acaba de apuñalar, Moisés y la zarza ardiendo.
 Esos recuerdos diversos se asocian en mí a la amenaza proferida cierto día por mi hermano mayor de operarme de apendicitis con un sacacorchos, así como a la de mi compañero de clase con el que me había peleado, que me dijo una vez que su padre me abriría el cráneo a hachazos. Se relacionan también con la desagradable impresión que me dejó un accidente sufrido por un muchacho de mi misma edad, que se hizo un corte profundo en la muñeca y llevaba un enorme vendaje bajo cuya blancura adivinaba la muñeca sanguinolenta y casi completamente cercenada, con la mano separada, por así decir, del antebrazo. Aparecen luego, por oleadas cada vez más espaciadas e imprecisas, recuerdos de hechos diversos tales como los ruidos de una riña oídos una tarde que salía con mis padres de la casa de un tío que vivía en un barrio de mala fama, o los gritos espantosos lanzados por una mujer que acababa de arrollar el metro, en una de las estaciones más siniestras del metro elevado que hace el servicio de los bulevares periféricos.
 Completamente dominado por esos pavores de la infancia, veo mi vida como la de un pueblo perpetuamente preso de terrores supersticiosos y colocado bajo el dominio de sombríos y crueles misterios. El hombre es un lobo para el hombre y los animales sólo están hechos para devorarnos o para ser devorados. Es posible que esta forma pánica de ver las cosas esté en relación con diversos recuerdos que tengo referentes a hombres heridos.

 Garganta cortada

Edad de hombre - Editorial Laetoli S.L. A los cinco o seis años fui víctima de una agresión. Quiero decir que sufrí en la garganta una operación que consistió en operarme de vegetaciones. La intervención tuvo lugar de una manera brutal y sin anestesia. Primero mis padres cometieron la falta de llevarme al cirujano sin decirme a dónde me conducían. Si mis recuerdos son ciertos, me imaginaba que íbamos al circo. Estaba, por tanto, muy lejos de adivinar la broma siniestra que me reservaban el viejo médico de la familia, que ayudaba al cirujano, y el cirujano mismo. Fue de principio a fin una mala jugada y tuve la impresión de que me habían conducido a una emboscada abominable. Así ocurrieron las cosas: dejando a mis padres en la sala de espera, el viejo médico me llevó hasta otra habitación, donde me esperaba el cirujano con una gran barba negra y una blusa blanca (tal es al menos su imagen de ogro que conservo). Divisé instrumentos cortantes y, seguramente, me espanté, pues, tomándome en sus rodillas, el viejo médico dijo para tranquilizarme: "Ven, monín, vamos a jugar a las cocinitas". A partir de ese momento no recuerdo nada más que el ataque repentino del cirujano, que hundió un instrumento en mi garganta, el dolor que sentí y el grito de animal destripado que lancé. Mi madre, que me oía desde la habitación de al lado, estaba despavorida.
 En el coche que nos llevó de vuelta no dije nada. El golpe había sido tan violento que durante veinticuatro horas fue imposible sacarme una palabra; mi madre, completamente desorientada, se preguntaba si no me había quedado mudo. Todo lo que recuerdo del período inmediato que siguió a la operación es la vuelta en coche, las vanas tentativas de mis padres por hacerme hablar, y más tarde, en casa, a mi madre sosteniéndome en sus brazos delante de la chimenea del salón, los sorbetes que me hacían tragar y la sangre que cada cierto tiempo escupía, y que para mí se confundía con el color fresa de los sorbetes.
 Creo que éste es el más penoso de mis recuerdos infantiles. No sólo no comprendía que me hubieran causado tanto dolor, sino que veía en ello una treta, una trampa, una perfidia atroz por parte de los adultos que no me habían mimado más que para entregarse a la más salvaje agresión contra mi persona. Toda mi imagen de la vida se vio marcada por ella: el mundo, lleno de trampas, no es más que una vasta prisión o quirófano; sólo estoy sobre la tierra para ser pasto de los médicos, carne de cañón, carne de ataúd; igual que la promesa falaz de llevarme al circo o de jugar a las cocinitas, todo lo que puede ocurrirme de agradable entre tanto no es más que un cebo, una manera de dorarme la píldora para conducirme con más seguridad al matadero al que seré llevado tarde o temprano.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Laetoli, 2005, en traducción de Eliana Graciela Wacquez. ISBN: 84-933698-7-X.]