lunes, 8 de junio de 2020

Huasipungo.- Jorge Icaza (1906-1978)

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   «Cuando salió disparado el teniente político y se quedaron solos el cura y el dueño de Cuchitambo, mirándose con una extraña sonrisita cómplice, escucharon con deleite cómo se alejaban en la noche los pasos de la mula. Luego, con un gesto más franco -mutuo entendimiento- se denunciaron su vil propósito. Era el mismo: "Cerca de una hora en ir y volver. La chola es buena, generosa, amiga de hacer favores... ¿Qué esperamos?" Don Alfonso, el más audaz, guiñó libidinosamente el ojo al cura indicándole la dirección de la puerta por donde se podía llegar a la cocina donde se hallaba Juana. Se pusieron de pie como buenos caballeros -sólo una nota de burla bamboleante y cómica subrayó la borrachera sobre la afanosa seguridad y la ardiente intención de los dos hombres-, dieron uno, dos pasos. No... No había para qué precipitarse como buitres sobre la presa. Todo tiene su límite, su forma... "¿Atropellarnos por semejante pendejada? Imposible. Somos amigos, aliados...", se dijo don Alfonso cediendo el camino al sotanudo con una reverencia cortés y galante que parecía afirmar: "Pase usted primero... Pase usted..." Con una sonrisa babosa de beatífica humildad respondió el sacerdote: "De ninguna manera. Usted... Usted, don Alfonsito..."
 En la cocina, a la luz de una vela agarrada a una pared -con la pega de su propio sebo-, la chola cabeceaba sentada junto al fuego de un fogón en el suelo. En sus cachetes rubicundos y en sus ojos semiabiertos el reflejo de las candelas ponía una especie de caliente temblor en la piel. El ilustre borracho se acercó a ella dando traspiés.
 -Ave María. Casi me asusto -murmuró la mujer frotándose perezosamente los ojos.
 -¿Por qué, cholitica? -interrogó mimoso el latifundista tirándose al suelo.
 -¿No empezará con sus cosas, no? El Jacinto... -dijo ella en tono de amenaza que trataba de ocultar un viejo adulterio.
 -No está. Le mandé a la hacienda -concluyó don Alfonso, metiendo las manos bajo los follones de la hembra.
 -¿Qué es, pes? -protestó Juana sin moverse del puesto, dejando que...
 -Cholitica.
 -Ha de ser lo mismo que otras veces.
 -¿Lo mismo?
 -Hasta pasar el gusto no más. Ofrece... Ofrece...
 -No, tontita. Espera... Espera... -balbuceó el dueño de Cuchitambo acariciando con manos temblorosas las formas más recónditas de la chola, olor a sudadero y a cebollas.
 -Entonces... ¿Qué fue lo que dijo, pes? ¿Qué fue lo que prometió, pes?
 -¡Ah! -exclamó Pereira y murmuró algo al oído de la mujer que a esas alturas del diálogo amoroso se hallaba acostada en el suelo, boca arriba, los follones sobre el pecho, las piernas en desvergonzada exhibición.
 -Así mismo dice y... -alcanzó a comentar ella ahogándose entre los besos babosos y las violentas caricias del ilustre borracho. Siempre ella fue débil en el último momento. ¿Cuántas veces no se prometió exigir? Exigir por su cuerpo algo de lo mucho que deseó desde niña. Exigir al único hombre que podía darle: lo que le faltaba para sus hijos, para su casa, para cubrirse como una señora de la ciudad, para comer... Él nunca cumplió... ¡Nunca! No obstante le hizo soñar. Soñar desde la primera vez. Siempre recordaba aquello. Ella dio un grito y se defendió con los puños, con los dientes, ¡Ah! Pero él... Él le estrujó los senos, el vientre, le besó en las mejillas, en las orejas, en el cuello, sin importarle los golpes. Luego le tumbó al suelo sobre un campo de tréboles y le hundió las rodillas entre las piernas. Ella... Ella podía seguir la defensa, quizás vencer, huir. Mas, de pronto, él le dijo con ternura apasionada que sonaba a verdad cosas que nadie le había dicho antes: "Cuando me separe de mi mujer me casaré contigo. Te regalaré una vaca. Te llevaré a Quito. Serás la patrona". Ante semejante cariño -perspectiva de un paraíso inalcanzable- todos los escrúpulos femeninos se derrumbaron en el alma de la chola, y toda la furia se desangró en un llanto como de súplica y gozo a la vez. Dejó hacer. Algo narcotizante le había postrado en dulces esperanzas.
Libros - Ejemplares antiguos, descatalogados y libros de segunda ... En cuanto se desocupó el latifundista entró el cura. También a él -ministro de Taita Dios- nunca pudo la mujer del teniente político negarle nada. A Juana le gustaba ese misterioso olorcito a sacristía que en los momentos más íntimos despedía el tonsurado. Y aquella noche, con picardía y rubor excitantes, al ser acariciada y requerida, ella objetó:
 -Jesús. Me han creído pila de agua bendita.
 -Sí... Sí, bonitica... -alcanzó a murmurar el fraile aturdido por el alcohol y el deseo.
 Cuando los ilustres jinetes la abandonaron, Juana probó a levantarse sin muchos remordimientos -quizás pecado con patrón y con cura no era pecado-. Pero luego, al cubrir sus desnudeces bajándose los follones, arreglándose la blusa, y notar que desde un rincón velado por la penumbra, el menor de sus hijos había estado observando la escena con ojos de asombro doloroso, sintió una vergüenza más profunda que el posible remordimiento, más pesada que la venganza que podía hallar en su marido.
 Desde la conversación con el tío Julio y desde que en el campo sintió cómo se iba y llegaba el dinero, don Alfonso Pereira abrió su codicia sobre los negocios -grandes y pequeños-, sobre los proyectos de explotación agrícola, sobre todo cuanto podía asegurarle en su papel de "patrón grande, su mercé". Era sin duda por eso que cuando montaba en su predilecta mula negra para ir por la mañana al pueblo a sus intrigas y trabajos pro minga del carretero, enredaba su imaginación en largas perspectivas de suculentos resultados económicos: "Puedo... Puedo exprimir a la tierra, es mía... A los indios, son míos... A los chagras... Bueno... No son míos pero hacen lo que les digo, carajo". Luego pensaba llevar las cosechas a la capital por el carretero nuevo, por el tren. Su fantasía adelantaba los acontecimientos: perforada la montaña, domada la roca, seco el pantano, en la ladera y en el valle gigantescos sembrados.»

              [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Losada, 1975. ]

domingo, 7 de junio de 2020

María Zef.- Paola Drigo (1876-1938)

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Primera parte

   «Esa misma tarde ingresaron a Catine en el hospital. En realidad, aquélla fue una auténtica excepción a la norma, pues el hospital estaba reservado a los pobres del municipio y no a la gente de fuera, no a los transeúntes, pero el grave estado de la pobrecita, que así se reveló inmediatamente al ojo experto del médico, y la lejanía de su lugar de procedencia, recomendaron, después de algunas dudas, transgredir la aplicación del reglamento.
 La acogieron, aunque ya no podían hacer nada. "Pleuritis bilateral, agravada por un cuadro general de agotamiento."
 Cómo había podido la desdichada tenerse en pie hasta pocas horas antes, hablar y caminar con aquellas lesiones tan severas y tan profundas en los pulmones, en aquel estado de debilidad y de desnutrición se antojaba imposible de entender.
 E, ironías del destino, ahora que por fin tenía una cama, un techo y una botella de agua caliente sobre sus gélidas rodillas, su estado empeoró precipitadamente, apenas le dio tiempo a recibir los sacramentos y, al alba, expiró.
 De los papeles que encontraron en sus bolsillos, salieron un nombre, un apellido y un lugar de origen. Enviaron un telegrama a las autoridades de su municipio para acordar urgentemente el entierro y la repatriación de las huerfanitas.
 A la espera de noticias y de instrucciones, el suceso se extendió por todo el pueblo, donde hablaban del "lamentable caso".
 Aquel, más que un pueblo, era una vasta aldea de llanura que gozaba de cierta prosperidad y que no se había resentido demasiado ni por la sequía ni por las inundaciones gracias a una fábrica de hilo que absorbía casi toda la mano de obra de los alrededores.
 Incluso era un pueblo afortunado porque nunca ocurría nada; ni escándalos, ni quiebras, ni pestilencias, ni suicidios. Un pueblo en el que, además, hacía diez años que no moría nadie: de hecho, por este motivo, lo habían mencionado en el Corriere della Sera.
 Ante semejante escasez de acontecimientos, la conmovedora historia de Catine y de las dos huerfanitas causó gran conmoción y llegó especialmente a la imaginación y al noble corazón de las señoras. Quisieron ir a ver a Catine muerta, lavada, peinada y compuesta como nunca lo había estado en vida; quisieron conocer a las huerfanitas y, después de muchos besos y caricias, les regalaron dos vestiditos de lana negra, un bonito par de zapatos nuevos y dos extravagantes sombreros. Entretanto, los hombres, en el café y en la farmacia, discutían acaloradamente y, pese a sus tradiciones, poco faltaba para que llegasen a las manos.
 -¿No se ha procedido a realizar la autopsia? Se trata de muerte súbita.
 -Casi súbita.
 -¿Qué súbita? Una pleuritis claramente diagnosticada. Hacía seis meses que la sufría.
 -Y algo más, parece ser... -insinuaba uno que parecía bien informado bajando la voz.- No sé si me explico... Estas mujeres vagabundas, cuyos maridos se van a trabajar al extranjero... Ésta también... -y se acercó a la oreja de su vecino para terminar la frase.
 -De cualquier modo, esperamos instrucciones de su pueblo. ¡Hay que ser prudentes en estos casos delicados, por Dios!
 Pero dado que las instrucciones se demoraban o eran confusas y contradictorias -al parecer la difunta no tenía parientes o éstos no se interesaban por su suerte- y, sobre todo, dado que tras las lluvias sopló un siroco que generó un hedor de estercolero en las charcas, se decidió, por medidas sanitarias, darle sepultura provisionalmente, con la posibilidad de proceder más tarde a la exhumación y a la autopsia del cadáver.
 Rápidamente, las buenas señoras organizaron una colecta y todos, con mayor o menor generosidad, contribuyeron.
 Catine tuvo su corona de flores frescas, dos sacerdotes y un "cortejo" de seis niñas vestidas de blanco, una pompa y un lujo que la pobrecita nunca habría podido imaginar.
 Mientras tanto, las hermanas del hospicio habían acogido a Mariutine y Rosùte.
 Para mantener a Mariutine ocupada, la metieron en la escuela y les habría gustado que Rosùte se quedara con los niños del parvulario, pero no hubo modo de separarla de su hermana.
 -Total, es por pocos días -pensó la madre superiora, y renunció a insistir.
Prepublicación | 'Maria Zef', de Paola Drigo En la escuela, la monja que impartía las clases inmediatamente se dio cuenta, con una mezcla de sorpresa y reprobación, de que, a su edad, Mariutine aún no sabía sostener una aguja en la mano, no sabía manejar el dedal, cortaba hebras de hilo de un metro de largo y daba puntadas torcidas y desordenadas propias de un zapatero remendón.
 A decir verdad, la muchachita ponía todo su empeño en aprender y, con lo lista e inteligente que era, en poco tiempo tal vez habría alcanzado el nivel de sus coetáneas. Sí, ella aprendería a coser, pero para los pocos días que tenía que quedarse, ¿valía la pena enseñarle?
 Además, cargaba con otra circunstancia muy grave que había escandalizado a todo el hospicio: cuando le preguntaron, cándidamente confesó que aún no había hecho la Primera Comunión y, en cuanto a prácticas religiosas, iba a la iglesia si acaso una vez al año.
 -Pero, ¿los domingos no asistías a la Santa Misa?
 -Siempre caminábamos. Íbamos de pueblo en pueblo.
 -Y, ¿nunca entrabais en la Iglesia?
 -Ah, sí, cuando estábamos cansadas.
 -Y, ¡cuándo estabais en casa, en vuestro pueblo?
 -La iglesia estaba lejos. A tres horas de camino, por la montaña.
 Y todo esto en un dialecto rudo, apocopado, casi incomprensible.
 -Y tú, bonita, ¿qué hacías cuando estabas en casa? -continuaba la madre superiora, paciente y tenaz.
 -Cuidaba de las ovejas.
 -¿Y tu madre?
 -Mâri hacía todo lo demás.
 Lo que fuese aquel todo lo demás, no quedó claro, pero, a ojos de las monjas, la pobre Catine ya había sido juzgada y condenada a las llamas del infierno para toda la eternidad.
 Sin duda, debía haber sido una madre sin conciencia y sin escrúpulos, descuidada, que desatendía a sus hijas y sus deberes más sagrados.
 -Pobres niñas, qué pena que tengan que volver a un ambiente semejante -suspiraba preocupada la madre superiora.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Periférica, 2016, en traducción de Paula Caballero Sánchez y Carmen Torres García. ISBN: 978-84-16291-36-6.]

sábado, 6 de junio de 2020

El ocultismo y la creación poética.- Eduardo Azcuy (1926-1992)

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IX.-Surrealismo y revolución interior

  «Hombres nacidos de la crisis, comprometidos en una búsqueda sobrehumana, los surrealistas revivieron la concepción mágica del cosmos, agotaron rápidamente sus imperfectas técnicas de acceso a lo incondicionado y perseguidos por la frustración y el deterioro progresivo, se extraviaron en heterodoxias previsibles. Unos insistieron en la gran aventura de renovación esteticista, y otros, ante el llamado del marxismo, sólo consideraron la revuelta del arte contra el orden social imperante.
 Ambas "desviaciones" perdieron su vigencia y hoy pertenecen a la historia del arte o a la de los sueños irrealizados. El surrealismo literario fue fulgurante y positivo, el surrealismo político fue quimérico y muy pronto mostró sus limitaciones insalvables. Pero tanto uno como otro fueron signos exteriores de un pensamiento trascendente; la corteza ahora caduca, expuesta a la crítica y a las "defunciones" prematuras, que guardaba el verdadero sentido de una memorable pero equívoca insurrección del espíritu. Por eso, los caminos coherentes no estaban en el arte ni en la lucha política. Cuando los componentes doctrinarios comenzaron a desintegrarse, sólo unos pocos disidentes entrevieron la clave. Frente a los herejes y a Breton, que mantenía una solitaria fidelidad a los principios, surgieron jóvenes como Lecomte y Daumal que jugaron su vida al margen de la literatura y la política en una empresa de transformación espiritual, erizada de peligros. Esa meta esencial, oscurecida por el "arte surrealista" o por la revolución literaria, es la que permanece vigente.
 El surrealismo, como actitud de rebelión contra los condicionamientos que cercan al hombre en su interior y en su exterior y como impulso para superar el nivel ordinario de conciencia y trascender, se inscribe en la vasta empresa individual y colectiva, que en todas las épocas pugna por hallar el sendero que conduce al conocimiento metafísico, es decir, a la comprensión y a la experiencia inmediata de la Realidad última, que es fundamento y causa del universo y principio y sentido de la vida humana.
 Unidos frente a la hipocresía de las estructuras sociales, los surrealistas enfrentan al mundo oficial con inaudita violencia y furor iconoclasta. Practican la rebelión absoluta, están contra todo, o casi todo, niegan las evidencias y como Rimbaud se querellan con las apariencias del mundo. Son poetas y escritores que han partido hacia la libertad. Odian al arte, pero lo realizan en nuevos niveles. Pretenden utilizar a la poesía abriendo deliberadamente las compuertas del inconsciente y se entregan a los sueños y a la escritura automática.
 No buscan la belleza. No buscan cambios en "el orden físico" ni construyen fórmulas artísticas. Son "especialistas en rebelión". Ellos mismos se hallan en estado de revolución y su actividad fundamental consiste en elaborar técnicas para liberar al hombre de las trabas morales y de la pesada carga de los condicionamientos. El surrealismo se autodefine como una "vibración", como un "grito del espíritu que se vuelve sobre sí mismo". Su modo de acción es una ascesis, una particular ascesis colectiva por medio de la cual un grupo de "iniciados" pretende nada menos que trascender la condición humana. Ese y no otro, es su verdadero significado. "Colocar al hombre por encima de los sentidos", como pedía Novalis; lograr la liberación interior por medio de la destrucción sucesiva de los hábitos, las actitudes cristalizadas y las repeticiones. Acceder finalmente a una conciencia de la totalidad y a una perfecta espontaneidad creadora. En otras palabras, surrealismo equivale a un estado de conciencia en rebelión, que intenta penetrar el velo de la Maya y conocer lo infinito y, bajo ciertos aspectos, conforma una moderna secta de tipo gnóstico. Como afirma Michel Carrouges, nació de una inmensa desesperación ante el estado en que el hombre ha quedado reducido sobre la tierra y de una esperanza sin límites en la metamorfosis humana.
 Al recordar su punto de partida Breton ha comparado al surrealismo con un campamento de jóvenes que, en torno del fuego, discuten los detalles de la más ambiciosa de las expediciones: forzar los límites del mundo "real" con el solo instrumento de la poesía. Por eso, en medio de las burlas y los desafíos, de los ataques múltiples a los sistemas y a los tabúes que condicionan al hombre, de los escándalos y de las destrucciones necesarias, existe en ellos una profunda nostalgia metafísica que es la que otorga sentido trascendente a esa rebelión desesperada.
Neonadaísmo2011: EL OCULTISMO Y LA CREACIÓN POÉTICA / Helena Restrepo La gran ascesis surrealista comienza con una toma de conciencia de lo absurdo del mundo, de la gratuidad de la existencia. La vida se les presenta como una inconsistente sucesión de momentos carentes de sentido. Hay una ansiedad frente a la muerte y a la nada. Ese vértigo mórbido, esa náusea en el sentido sartreano es solamente un punto de partida. Pero al contrario que Sartre que ve en la temporalidad de la existencia una dimensión fatal, e incapaz de superarla, se instala en esa gratuidad y acepta con horror el juego de ejercer una responsabilidad condicionada, el surrealismo entiende que esa terrible experiencia de la angustia y la desesperación no es un fin en sí mismo, sino el indispensable prolegómeno para el nacimiento de un hombre nuevo.
 El existencialismo ha llevado al máximo esa lucidez exacerbada del hombre frente a lo ilusorio de la temporalidad. Su filosofía es la del hombre único que pretende ser responsable de su vida y de su muerte. La del hombre sin Dios cuya existencia precede a la esencia; la del ser que se construye a sí mismo sobre la base de una intransferible responsabilidad y de una completa libertad. Pero el precio de esa libertad responsable no es otro que la angustia. De pronto, al detener su activismo insensato, su carrera vana tras lo convencional y lo superfluo, el hombre experimenta el vacío, la impostura de la vida cotidiana y lo injustificable de ese accionar carente de sentido. Apresado por el temor se esfuerza en olvidar, se propone respuestas y acude a los razonamientos, pero ese sentimiento obsesionante ya se ha instalado en él y comienza a crecer la contingencia. "Lo esencial es la contingencia -dice Sartre-Roquentin-, quiero decir que por definición la existencia no es la necesidad. Existir es estar ahí simplemente: los existentes aparecen, se dejan encontrar pero jamás se los puede deducir... todo es gratuito, este jardín, esta ciudad, yo mismo. Cuando uno lo entiende el corazón se sobresalta y todo flota".
 Ante esa revelación el surrealismo lucha por descubrir las estructuras primitivas de la mente, se nutre de pensamiento mágico y de filosofías orientales e intuye que sin esa profunda agonía no podrá lograrse la muerte ritual y el renacimiento a una personalidad transformada.
 Las primeras etapas de su ascesis consisten en enfrentar los mecanismos que tornan inauténtico y ficticio el devenir del hombre. Se ataca al arte, a la moral, a la sociedad. Se escarnece la mediocridad, se repudian las costumbres, los sistemas cristalizados, las complacencias fáciles y las estériles rutinas que aniquilan en el espíritu la imagen real del universo.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Monte Ávila Editores, 1982. Depósito legal: If-82-0710.]

viernes, 5 de junio de 2020

El cibermundo, la política de lo peor.- Paul Virilio (1932-2018)


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La pérdida del mundo o cómo reencontrar el cuerpo propio

   «En 1978 escribió Defensa popular y luchas ecológicas. ¿Qué es lo que ha cambiado desde entonces en su crítica de la sociedad industrial y de los desgastes que engendra? ¿La ecología gris se apoya aún sobre movimientos populares para luchar?
 El tipo de resistencia estaba esbozado en Velocidad y política, que había servido de prefacio a Defensa popular y luchas ecológicas. La historia de lo político es inseparable de la historia de la riqueza y del capital -no es necesario ser marxista para decir esto. La cara oculta de la riqueza y de la acumulación, es decir, de la capitalización, es la aceleración. Ayer, la aceleración de los transportes marítimos; hoy, la aceleración de las informaciones. Así pues, se impone una política de la velocidad. Desde el momento en que estamos amenazados por una cibernética social, por las telecomunicaciones, por Internet y por la automatización de la interactividad, es necesario que haya una economía política de la velocidad al igual que existe una economía política de la riqueza y de la acumulación. De otro modo, no podremos resistirnos a esta contaminación de las distancias que es imperceptible e invisible. Tomemos el ejemplo del Atlántico. No es más que una gran basura. Al inventar los aviones supersónicos se eliminaron los paquebotes. El Atlántico sólo sirve para algunos transbordadores o algunos cargueros. Ya no es recorrido por el hombre salvo como lugar de ocio para cruceros en solitario o remeros como los de Aboville. Se da, pues, una pérdida de la extensión atlántica que anuncia la pérdida de la extensión planetaria.
 ¡Cuántas pérdidas! No se escapa ni el sexo, que ha desaparecido con el cibersexo, el miedo lo ha reemplazado, escribe usted. ¿Qué son el sexo y el amor para usted, Paul Virilio?
 El miedo al otro es lo contrario del amor. Se olvida esto cuando se piensa que el amor está unido al erotismo, a la sexualidad, a los placeres de la carne. La cuestión del amor se opone al odio, es decir, al miedo a los otros. El odio nace del miedo. Sin embargo, hoy en día, asistimos a una desintegración de la unidad de población. Para el hombre de las ciudades, la unidad de población es la familia y el lugar de población, la ciudad. Cuanto más se extiende el lugar de población, más se reduce la unidad de población: en las ciudades antiguas eran, por ejemplo, las tribus de Israel; en la Edad Media esas unidades estaban formadas por las familias en sentido amplio, como en África hoy en día; en los siglos XVI y XVII, comenzó a imponerse la familia burguesa con los padres, los abuelos y los niños; posteriormente, con la revolución industrial, apareció la familia nuclear; y, hoy en día, en la metaciudad -es decir, la ciudad virtual- se impone la familia monoparental. La familia ya no tiene descendencia; se desintegra. La mujer o el hombre se va con los niños. Estamos, pues, al final de un ciclo, al comienzo de una exclusión recíproca. El divorcio no es simplemente un fenómeno de costumbres, es un fenómeno de especie. Y las tele-tecnologías lo acentúan. La telesexualidad (o cibersexualidad) corona hechos que ya eran cataclísmicos. Para demostrar que todo esto no tiene nada que ver con ninguna moral sino con la demografía, voy a poner un ejemplo: la prostituta de Flaubert o de Maupassant, la de La Maison Tellier, es una prostituta con la que se mantiene una relación de amistad. ¡La prostitución en las ciudades actuales se reduce a la niña en el escaparate! Ya no es más que un producto. Si se considera el strip-tease o el peep-show, no existe el miedo al otro, sino una retirada, un distanciamiento. Con la video-pornografía, la distancia alcanza su punto álgido. Con el Minitel rosa, sólo existe la voz -el Minitel no sirve sólo para citarse, para eso bastaría el teléfono. Ahora tenemos el cibersexo, la telesexualidad. Con ello el divorcio alcanza su clímax puesto que nos desintegramos. Ya no es el divorcio de la pareja, ¡sino el divorcio de la copulación! De hecho, "hacer el amor a distancia" refleja la frase de Nietzsche: "Amad al que está lejos como a vosotros mismos". Todo el delirio alrededor del acoso sexual, este proceso de intención ofrecido al otro, es ya un signo patológico de odio al prójimo. Es el fin de la alteridad sexual. En ello yace una locura de especie que generan los pueblos desarrollados.
 ¿Ha encontrado usted un texto sobre ciberfeminismo?
El cibermundo, la política de lo peor Teorema. Serie Menor: Amazon ... Ese texto está extraído de Chimère, la revista de Félix Guattari. El ciberfeminismo existe en los Estados Unidos desde hace un tiempo y quiere tener su puesto en el control de las sensaciones. Para comprender esto hay que volver a insistir en la cibersexualidad, que se desarrolla porque los sentidos del hombre son transferidos a distancia. Casi el 80% de la producción microelectrónica está compuesta de captores, de sensores o de teledetectores. Por medio de éstos ha sido posible escuchar a distancia gracias a la radio y al micrófono; ver a distancia gracias a la cámara y a la televisión; tocar a distancia, por una parte, con el guante teletacto que permite tocar y sentir con la presión de la mano del otro a miles de kilómetros y, por la otra, con el traje de datos -datasuit- que permite sentir el cuerpo del otro. El último captor que acaba de ser innovado es el captor olfativo. ¡Se puede oler a distancia! La última percepción que no es transferible es el gusto. No se puede beber un buen vino a distancia. En alguna parte se produce un desgarro, una brecha para hacer salir las sensaciones del cuerpo...
 Usted parece sensible al problema del aumento del número de divorcios. ¿Las familias recompuestas no son, a su parecer, nuevas familias?
 Sí. De hecho, en todas las familias hay familias recompuestas. La familia recompuesta, en cierto modo, es una invención de autodefensa frente a la tendencia que acabo de mencionar. Es una de las leyes del urbanismo. Existen dos leyes en el urbanismo: la primera es la persistencia del sitio. Una ciudad no se reconstruye jamás afuera. La segunda es que cuanto más se extiende el lugar de habitación, más se deshace la unidad de población. Incluso en África, donde la demografía no deja de crecer, el número de habitantes baja constantemente en las ciudades. En los países occidentales, esta ley ha llegado al paroxismo con las familias monoparentales. Desde el invierno de 1994, madres de familia viven en los sótanos de París con sus hijos. Es una imagen del drama de nuestras sociedades.
 ¿Esta tendencia a la separación de sexos que usted describe no está equilibrada, en Europa, por una persistencia cultural del modelo cortés?
 No es imposible, pero no es ése el objeto de mi trabajo, que consiste en mostrar las tendencias negativas para prevenir el mal. Yo realizo un trabajo estadístico y anticipo las tendencias que empiezan a observarse. No niego que no sean más que tendencias y que junto a ellas haya familias unidas y una procreación demográfica asegurada. Pero si queremos que esto continúe hay que denunciar el carácter negativo y la propensión a excluir conjuntamente a los más necesitados y al otro. Esta exclusión está reforzada por las teletecnologías y por el trabajo a distancia que prefigura el amor a distancia. Respecto a los que se divorcian, existe un problema de temporalidad. Tomemos como ejemplo el modo de vida del siglo pasado. Las vivencias de aquellas parejas no tienen nada que ver con las de una pareja contemporánea. La presión de la ciudad, la velocidad de los cambios, el estrés y la aceleración de las costumbres hacen que en cinco años una pareja moderna viva cincuenta de los de una pareja de aquella época. Al haber vivido  cincuenta años en cinco ya no soportan vivir juntos... Acontecimientos del tempo. Existe una ritmología de la vida pública. Uno puede entenderse a partir de cierto ritmo. Si se acelera se fracasa. El submarino y la fábrica son buenos ejemplos: en el submarino, la ley de proximidad de una tripulación hace que los unos estén encima de los otros. Como consecuencia aparece el odio, porque no existe la distancia necesaria. En la fábrica, debido a que hay demasiado trabajo, y además a que también está el reloj -la productividad-, se termina por odiar a la gente a la que se podría amar trabajando tranquilamente. El tempo excesivo de la ciudad moderna es un elemento de desintegración y deconstrucción -como diría Derrida- de la unidad de población. Como resultado surge una especie de guerra civil fría.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2005, en traducción de Mónica Poole. ISBN: 84-376-1574-7.]