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lunes, 8 de junio de 2020

Huasipungo.- Jorge Icaza (1906-1978)

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   «Cuando salió disparado el teniente político y se quedaron solos el cura y el dueño de Cuchitambo, mirándose con una extraña sonrisita cómplice, escucharon con deleite cómo se alejaban en la noche los pasos de la mula. Luego, con un gesto más franco -mutuo entendimiento- se denunciaron su vil propósito. Era el mismo: "Cerca de una hora en ir y volver. La chola es buena, generosa, amiga de hacer favores... ¿Qué esperamos?" Don Alfonso, el más audaz, guiñó libidinosamente el ojo al cura indicándole la dirección de la puerta por donde se podía llegar a la cocina donde se hallaba Juana. Se pusieron de pie como buenos caballeros -sólo una nota de burla bamboleante y cómica subrayó la borrachera sobre la afanosa seguridad y la ardiente intención de los dos hombres-, dieron uno, dos pasos. No... No había para qué precipitarse como buitres sobre la presa. Todo tiene su límite, su forma... "¿Atropellarnos por semejante pendejada? Imposible. Somos amigos, aliados...", se dijo don Alfonso cediendo el camino al sotanudo con una reverencia cortés y galante que parecía afirmar: "Pase usted primero... Pase usted..." Con una sonrisa babosa de beatífica humildad respondió el sacerdote: "De ninguna manera. Usted... Usted, don Alfonsito..."
 En la cocina, a la luz de una vela agarrada a una pared -con la pega de su propio sebo-, la chola cabeceaba sentada junto al fuego de un fogón en el suelo. En sus cachetes rubicundos y en sus ojos semiabiertos el reflejo de las candelas ponía una especie de caliente temblor en la piel. El ilustre borracho se acercó a ella dando traspiés.
 -Ave María. Casi me asusto -murmuró la mujer frotándose perezosamente los ojos.
 -¿Por qué, cholitica? -interrogó mimoso el latifundista tirándose al suelo.
 -¿No empezará con sus cosas, no? El Jacinto... -dijo ella en tono de amenaza que trataba de ocultar un viejo adulterio.
 -No está. Le mandé a la hacienda -concluyó don Alfonso, metiendo las manos bajo los follones de la hembra.
 -¿Qué es, pes? -protestó Juana sin moverse del puesto, dejando que...
 -Cholitica.
 -Ha de ser lo mismo que otras veces.
 -¿Lo mismo?
 -Hasta pasar el gusto no más. Ofrece... Ofrece...
 -No, tontita. Espera... Espera... -balbuceó el dueño de Cuchitambo acariciando con manos temblorosas las formas más recónditas de la chola, olor a sudadero y a cebollas.
 -Entonces... ¿Qué fue lo que dijo, pes? ¿Qué fue lo que prometió, pes?
 -¡Ah! -exclamó Pereira y murmuró algo al oído de la mujer que a esas alturas del diálogo amoroso se hallaba acostada en el suelo, boca arriba, los follones sobre el pecho, las piernas en desvergonzada exhibición.
 -Así mismo dice y... -alcanzó a comentar ella ahogándose entre los besos babosos y las violentas caricias del ilustre borracho. Siempre ella fue débil en el último momento. ¿Cuántas veces no se prometió exigir? Exigir por su cuerpo algo de lo mucho que deseó desde niña. Exigir al único hombre que podía darle: lo que le faltaba para sus hijos, para su casa, para cubrirse como una señora de la ciudad, para comer... Él nunca cumplió... ¡Nunca! No obstante le hizo soñar. Soñar desde la primera vez. Siempre recordaba aquello. Ella dio un grito y se defendió con los puños, con los dientes, ¡Ah! Pero él... Él le estrujó los senos, el vientre, le besó en las mejillas, en las orejas, en el cuello, sin importarle los golpes. Luego le tumbó al suelo sobre un campo de tréboles y le hundió las rodillas entre las piernas. Ella... Ella podía seguir la defensa, quizás vencer, huir. Mas, de pronto, él le dijo con ternura apasionada que sonaba a verdad cosas que nadie le había dicho antes: "Cuando me separe de mi mujer me casaré contigo. Te regalaré una vaca. Te llevaré a Quito. Serás la patrona". Ante semejante cariño -perspectiva de un paraíso inalcanzable- todos los escrúpulos femeninos se derrumbaron en el alma de la chola, y toda la furia se desangró en un llanto como de súplica y gozo a la vez. Dejó hacer. Algo narcotizante le había postrado en dulces esperanzas.
Libros - Ejemplares antiguos, descatalogados y libros de segunda ... En cuanto se desocupó el latifundista entró el cura. También a él -ministro de Taita Dios- nunca pudo la mujer del teniente político negarle nada. A Juana le gustaba ese misterioso olorcito a sacristía que en los momentos más íntimos despedía el tonsurado. Y aquella noche, con picardía y rubor excitantes, al ser acariciada y requerida, ella objetó:
 -Jesús. Me han creído pila de agua bendita.
 -Sí... Sí, bonitica... -alcanzó a murmurar el fraile aturdido por el alcohol y el deseo.
 Cuando los ilustres jinetes la abandonaron, Juana probó a levantarse sin muchos remordimientos -quizás pecado con patrón y con cura no era pecado-. Pero luego, al cubrir sus desnudeces bajándose los follones, arreglándose la blusa, y notar que desde un rincón velado por la penumbra, el menor de sus hijos había estado observando la escena con ojos de asombro doloroso, sintió una vergüenza más profunda que el posible remordimiento, más pesada que la venganza que podía hallar en su marido.
 Desde la conversación con el tío Julio y desde que en el campo sintió cómo se iba y llegaba el dinero, don Alfonso Pereira abrió su codicia sobre los negocios -grandes y pequeños-, sobre los proyectos de explotación agrícola, sobre todo cuanto podía asegurarle en su papel de "patrón grande, su mercé". Era sin duda por eso que cuando montaba en su predilecta mula negra para ir por la mañana al pueblo a sus intrigas y trabajos pro minga del carretero, enredaba su imaginación en largas perspectivas de suculentos resultados económicos: "Puedo... Puedo exprimir a la tierra, es mía... A los indios, son míos... A los chagras... Bueno... No son míos pero hacen lo que les digo, carajo". Luego pensaba llevar las cosechas a la capital por el carretero nuevo, por el tren. Su fantasía adelantaba los acontecimientos: perforada la montaña, domada la roca, seco el pantano, en la ladera y en el valle gigantescos sembrados.»

              [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Losada, 1975. ]

martes, 18 de agosto de 2015

"El chulla Romero y Flores".- Jorge Icaza (1906-1978)


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V

 "Repuesto de su fracaso y con febril inquietud que delataba su rebeldía -nostalgia, contrapunto de un bien imposible-, Romero y Flores ordenó cuidadosamente las copias de los recibos, de los informes, de las transferencias que había detenido de su trabajo de incorruptible fiscalizador. Sin consultar a nadie -violencia de su transformación- se entrevistó con el director de un periódico -"patrón grande, su mercé" de la publicidad-. Aquel poderoso personaje, cuya pulcritud en actitudes y ofertas contrastaba con lo agresivo y repugnante de su cabellera en cepillo de zapatos, de su boca de dientes salidos, de sus ojos pequeños en somnolencia mogólica tras gruesos lentes de ancho cerco de carey -cabeza de puerco hornado con espejuelos de gringo- aceptó gustoso documentos y propuestas. Sólo hizo una pequeñísima objeción al despedir a su informante, a su desinteresado colaborador:
 -No saldrá mañana. Tenemos el material completo. Saldrá... Bueno... Ya veremos... Es nuestro deber.
 Verdaderamente emocionado por lo que él creía un triunfo, buen éxito de su gestión, Romero y Flores tropezó en la puerta de calle del edificio donde funcionaba la empresa periodística con un hombre monologaba como un poseso -maldiciones, reproches y mímica de biliosa factura-, con un hombre que al sentirse observado elevó el tono de la voz en franca confidencia:
 -Tres veces he traído la carta para que la publiquen. Tres copias. Siempre el mismo pretexto. Que la pusieron en la canastilla, que la vio el fulano, que la tomó el mengano, que la guardó el zutano...
 -¿La carta?
 -Donde refutaba las calumnias que me llevaron a la quiebra. Las calumnias que estos infames publicaron en primera página. ¿Rectificar? ¿Para qué? ¿Qué vale un pobre hombre de la calle, solo, jodido?
 -Pero la verdad...
 -¿Qué les importa? La única verdad que defienden es la verdad de sus intereses.
 -Usted puede...-continuó el mozo dando esperanzas de otros caminos a su interlocutor.
 -No hay caso. Estamos atrapados en una red invisible de codicia que se conecta en las altas esferas.
 -Sin embargo...
 -Atrapados. Y tenemos que aceptar lo inaceptable y atenernos a lo que nos otorguen o nos hagan. Todo en beneficio de nuestro orgullo de libres.
 -Eso repugna... Sería como... Preferible... -murmuró el chulla crispando las manos en actitud de desafío.
 -Sí. Comprendo. Usted propone la lucha. Claro. Es joven. ¿Con quién? ¿Contra ellos? ¡Al carajo! -concluyó el desconocido, y sin esperar respuesta se alejó en la corriente de la calle.
 "Soy... Soy un hombre... Si estrangulo a la venganza que alimenta este renacer de mi rebeldía, volveré a vagar al capricho de...", se dijo Romero y Flores con fiereza que cortó de un tajo su pensamiento, aconsejándole en cambio ir en auxilio de su denuncia, de sus papeles -esparcidos, en visión subconsciente, por diabólico huracán-. Mas, al trazar el itinerario del rescate -gradería resbalosa de mármol bruñido, porteros de intriga barata, turno de cola sin apelación, razones para...-, desechó la duda y procuró aferrarse a la oferta formal del caballero de cabeza de puerco hornado con espejuelos de gringo.
 Ni el lunes, ni el martes, ni el miércoles, ni nunca, apareció en la gran prensa la pequeña verdad del mozo. Después, mucho después, supo que el silencio -celo patriótico en defensa del prestigio nacional e internacional del país- había tenido su precio. Precio que no cobró él. Precio que cobraron los intermediarios y dueños de la libertad de expresión.
 Hizo por ese entonces el chulla cuanto estuvo a su alcance para satisfacer su sentimiento de rebeldía -murmuró, chilló, amenazó por cantinas, bodegones, trastiendas y plazas-. El fracaso del chantaje a los altos funcionarios y el silencio profundo de la prensa sobre su denuncia no lograron aplastarle. Ciego de amarga furia intrigó entre los enemigos políticos de don Ramiro Paredes y Nieto. Pero al establecer en su verdad la existencia de cómplices a quienes se debía sancionar, halló con asombro que la enemistad entre esas gentes era de barniz, de superficie. Que un interés burocrático les unía, les encadenaba".