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domingo, 4 de mayo de 2025

Si esto es una mujer.- Noemí Trujillo (1976) y Lorenzo Silva (1966)

 

6.- Mamen

 «-Por otra parte, creo que debo contártelo, ayer vino a verme Guadalupe. Me contó la investigación que tenemos ahora mismo entre manos en el grupo. Una investigación en punto muerto y en la que se siente abandonada por los jefes y hasta por el juez.
 -Un homicidio, deduzco.
 -Es a lo que nos dedicamos. Las bodas, comuniones y bautizos las llevan en otro negociado.
 -Cuéntame algo del caso. -Ignoró mi ironía-. Si quieres.
 -Una mujer negra, descuartizada y arrojada al contenedor de la basura. Recuperaron los trozos de su cuerpo de dos vertederos distintos. Ni siquiera se sabe quién es, nadie la ha reclamado ni se ha denunciado su desaparición, que nos conste. Creen que podía ser una prostituta sin papeles, un cadáver que a nadie importa.
 -Salvo a Guadalupe. Y a ti.
 -Más a Guadalupe que a mí, para serte sincera. A fin de cuentas, yo desciendo de esos homo sapiens renegados que cruzaron a Europa hace milenios y se olvidaron de su origen africano. 
 -¿Por qué te empeñas en ser una cínica?
 -¿Me empeño?
 -Parece costarte reconocer que la historia te ha dejado tocada.
 -Claro que me ha tocado, no tengo una piedra bajo las tetas.
 Mamen torció el gesto. No aprobaba mi lenguaje descarnado.
 -¿Por qué quieres disimularlo entonces?
 -No lo disimulo, te lo estoy reconociendo. Lo que no quiero es engañarte ni generar una falsa impresión sobre las razones por las que vengo a decirte que quiero reincorporarme. No siento una necesidad especial de hacerle justicia a esa desgraciada, en particular, ni siquiera de ser algo así como la campeona, en abstracto, de todos los desgraciados del mundo. Hace tiempo que sé que hay muchos más de los que puedo proteger o confortar, y que siempre los va a seguir habiendo, aunque yo viva mil vidas y en todas ellas no deje de hacer lo que me han enseñado a hacer en ésta. Se trata de otra cosa.
 -De qué.
 -De que ayer, cuando la buena de Guadalupe me empezó a contar las dificultades del caso, se activaron inmediatamente todas las antenas que llevaban meses dormidas. Que cuando vi las fotos de esa pobre chica de piel oscura, de sus trozos tirados en la basura y en una mesa de autopsias, aparte del escalofrío que pueda sentir una persona normal, me sacudió algo diferente, algo que es sólo mío y de los que son como yo: la necesidad de ponerle nombre a esos pedazos de persona, de ponerle nombre al hijo de puta o los hijos de puta que la trataron como si sólo fuera un trozo de carne, de ponerle nombre también a lo que le hicieron, para que unos tipos o tipas con toga a los que no conozco y a lo peor tampoco entiendo, ni me caen bien, les hagan comerse con patatas todas las cosas feas que la ley le adjudica a quien se permite hacerle a un semejante algo así.
 Mamen me miró con una especie de fascinación.
 -Me dejas sin habla, sinceramente -murmuró.
 -¿Has leído a Procopio de Cesarea?
 -¿A quién?
 -Procopio. De Cesarea. Siglo VI.
  -Ni idea. ¿Quién era?
 -Palestino por nacimiento, en una ciudad que hoy es una ruina en Israel, funcionario del Imperio bizantino, escribía en griego y vio de primera mano buena parte de las atrocidades de su tiempo. Ha sido una de mis lecturas de estos meses. Una de las más instructivas de mi vida. He subrayado cientos de frases. Hay una que viene muy a propósito. Como tenía tiempo, aparte de subrayarlas me he aprendido unas cuantas. Creo que ésta la recuerdo literal.
 -Estoy deseando escucharla.
 -"Es la infamia de los nombres, y no la de los hechos en sí, de la que suelen avergonzarse los seres humanos casi siempre".
 La sopesó en silencio. E hizo algo más que eso: se la repitió, mentalmente, mientras la anotaba a toda prisa en su libreta.
 -Muy interesante. Me la guardo. ¿Siglo VI, dices?
 -Procopio había leído a todos los clásicos griegos. Por eso escribía como ellos. En los griegos está ya todo. Luego vinieron Freud y todos esos amigos tuyos a hacer como que inventaban algo.
 -Yo no soy muy seguidora de Freud. Lo mío es el rollo cognitivo-conductual, en realidad vengo a hacer lo contrario que él.
 -Bueno, en todo caso. Lo que quiero decirte es que yo he aprendido a hacer que la vergüenza de la que huyen los hombres, la vergüenza que viene de los nombres de la infamia, caiga sobre ellos. Que ese es mi lugar en el mundo y que siento que ha llegado el momento de volver a ocuparlo. Medio año lamiéndome las heridas ya es penitencia y humillación suficiente por lo que hice.
 El teléfono de Mamen brilló en el bolsillo de su bata.
 -Vete, anda -dijo-. Voy a darte el alta, pero si necesitas algo vienes a verme, ¿estamos? Intenta no meterte en líos, cuenta hasta diez antes de sacar la pistola y mantén la calma. Ya te ha pasado varias veces, Manuela, no puedes ir por ahí sacando la artillería como Harry el Sucio, hay que seguir las reglas del juego. En veinte años aquí he visto de todo, querida, pero eran otros tiempos. Ahora no puedes darles collejas a lo novatos ni encañonar a quien te hace la puñeta. Tienes que guardar las formas, por tu propio bien.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2019, pp. 71-74. ISBN: 978-84-233-5572-3.]

sábado, 27 de abril de 2019

Segunda Celestina.- Feliciano de Silva (1491-1554)


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Argumento de la XXIII Cena

«Elicia: Madre, bien dizen échate a enfermar y sabrás quién te quiere bien y quién te quiere mal. Que he aquí donde viene Areúsa y cuán desahilada viene.
 Areúsa: ¿Qué es esto, madre? Que toda vengo sin huelgo, cuando me dixeron que te havían visto venir depriessa, tú y mi prima, y que quedávades en Santa Clara.
 Celestina: A la fe, hija, los malhechores no es cosa nueva andar por iglesias. ¿Parécete que estoy bien librada, al cabo de mi vejez andar en tales passos?
 Areúsa: ¡Ay, madre! ¿Qué ha sido esto?; que desde la calle del Arcediano vengo los chapines en las manos por venir más apriessa.
 Elicia: ¿Y cómo, prima, y tú no lo sabes?
 Areúsa: No sé más de cómo os vieron venir, como quien viene a ganar beneficio.
 Elicia: ¡Ay, prima! Si tú huvieras visto en la escarapela que nos hemos visto, más con razón dixeras lo que dizes.
 Areúsa: ¿Y qué escarapela?
 Celestina: ¡Qué dimonios de escarapela! Que no fue nada, hija, sino que una borracha vino a mi casa y no sé qué deshonestidades me dixo y quebréle una rueca en los cascos, y dixéronnos que dava quexa; y yo havía de venir aquí a rezar ciertas devociones y traxe conmigo a tu prima; que ni hay por qué estar aquí y todo no fue nada.
 Elicia: ¡Osadas, madre, que no fue nada! Por tu vida, prima, que sobre echalle los tocados en el suelo con la cavellera, los chapines le deshize a chapinazos y las orejas le desé medio arrancadas; y dize mi tía que no fue nada.
 Celestina: Alacé, hija, no fue nada, pues no dexó allí las narizes y aun la vida, según lo que merescía.
 Areúsa: ¿Y quién era la señora?
 Elicia: Por cierto, vergüença es de dezillo por no ensusiar mi boca en nombralla, como ensuzié mis chapines en castigalla. Hi, hi, hi.
 Areúsa: ¿Y de qué te ríes?
 Elicia: De que no puedo dexar de reírme, de ver la borracha cómo venía, con sus guedejitas a los lados y sus dos dedos de color mal puesta en las mejillas, que no parecía sino unas santas viejas mal envernizadas, y cuando no me cato vila con su motila defuera y los cabellos rubios, sin tocas, por esse suelo, pisados de cuantos allí andavan.
 Areúsa: ¿Y quién era ella?
 Elicia: ¿Quién diablos podía ser, sino aquella rameruela borracha de Palana?
 Celestina: ¡A osadas, no, noramaças, rameruela! ¡Llámola yo rameraza y más que rameraza!
 Areúsa: ¿Quién, Palana, la cantonera de cuatro maravedís, que bive a la cal nueva?
 Elicia: Essa misma y no otra. Y aquí viene Centurio que la conocerá mejor.
 Areúsa: ¡En el nombre del padre y del Hijo y Espíritu Sancto! ¿Y dónde estava vuestro seso cuando en tal puerca ensuziávades las manos? A tal borracha mandalla matar a palos a dos azemileros.
 Elicia: ¡Ay, prima! ¿Y cómo dizes esso? Y aun, pardiós, paciencia nos puso ella para aguardar esso.
 Centurio: ¡Oh, despecho de la condición! ¿Y qué ha sido lo que ha passado? Que reniego de la leche que mamé, si no preciara más llegar a tiempo que cuanto tengo, para cortar el gesto a aquella borracha vellaca de Palana.
 Elicia: Y tú, señor, ¿has sabido lo que fue?
 Centurio: ¿Qué fue? Fue que, juro a la santa letanía, que no he dexado botica en todo el burdel que no he buscado aquella vellaca; y aun boto al santo martilojo, que este guante de malla me calcé para dalle dos pares de bofetones, por no ensuziar las manos en aquella puerca, que las tales no se han de castigar sino de pomo de espada o tanto del bofetón de guante, hasta hazella escopir la malla a bueltas de las muelas y dientes.
 Elicia: ¿Dónde los supiste, señor?
 Centurio: ¡Déxame, pesar de los moros, que estoy para me ahorcar! ¿Y tú, madre, havías de poner manos en tal borracha?
 Celestina: Hijo, por tu vida, que me hizo salir de seso; que bien veo que fue desatino, una muger como yo ponerme a castigar tal puerca.
 Centurio: ¿Burlando dizes desvarío? Ora sus, sus, no se hable más en esto, que ello se hará lo que se ha de hazer, para castigo de una y escarmiento de muchas tales vellacas, borrachas, puercas, suzias, estableras, como aquéllas y otras tales.
 Elicia: Yo te certifico, señor, que ella queda bien castigada de mis manos.
 Centurio: Ora, que ello se hará lo que se ha de hazer; no se hable más en ello, que he aquí donde viene el señor Felides; acá deve de venir.
 Celestina: Deve de haver sabido lo que passa y, mal pecado, como yo fui muy querida de la señora Sevilla, viéneme a visitar y ver lo que he menester, que para esto son los buenos en el lugar. Mi señor Felides, bien dize el proverbio, échate a enfermar, y sabrás quién te quiere bien o quién te quiere mal, bien empleado es el servicio en tales personas donde las mercedes no tienen descuido en todo tiempo.
 Felides: ¿Qué ha sido esto, madre? Que en saliendo de mi casa me dixeron no sé qué, y derecho he venido a ver lo que mandas.
 Celestina: Señor, no fue nada, ¿qué havía de ser, sino cosas de mugeres? Mas, a osadas, hijo Pandulfo, que nos ha costado caro dos vezes que en mi casa has entrado, que la fama que hemos sacado, en el dedo la ataremos.
 Pandulfo: Señora, dissimularas tú con aquella puerca y dixérasmelo, que yo la castigara como ella merecía.»
 
      [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1988, en edición de Consolación Baranda, pp. 351-355. ISBN: 84-376-0757-4.]