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jueves, 29 de octubre de 2020

El euro.- Joseph E. Stiglitz (1943)

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Epílogo: El brexit y sus consecuencias
El gran experimento

  «Hace treinta años los banqueros y otros miembros de la élite hicieron otras promesas implícitas muy distintas, bastante similares a las de la época de la fundación del euro. La globalización, la financiarización, la integración económica, la rebaja de los tipos fiscales a las empresas y a las personas, y la liberalización iban a crear un nuevo orden económico. Los tipos más bajos serían un incentivo; la liberalización sería el motor. Los dos factores juntos producirían un estallido de energía económica beneficioso para todos. Quizás habría más desigualdad, sí, pero obsesionarse con ello era rendirse a la envidia. Si a todo el mundo le iba mejor, si el pastel económico era más grande en general, ¿quién iba a quejarse de que a unos les fuera mejor que a otros, sobre todo si a los que mejor les iba eran los creadores de empleo, los innovadores, la fuente de la mejora del nivel de vida para todos los demás?
 La única parte de este relato que resultó acertada fue que las "reformas" engendraron más desigualdad, incluso más de lo que temían los críticos más feroces. Pero el crecimiento se frenó y el resultado fue el estancamiento económico y una mayor inseguridad para grandes segmentos de la sociedad; en Estados Unidos, para el 90 por ciento. Los países europeos, en su mayoría (salvo Escandinavia), no fueron muy a la zaga.
 El Reino Unido podía enorgullecerse de tener menos paro que el resto de Europa, un 5 por ciento frente al 8,7 por ciento (y 10,2 por ciento en la eurozona) en marzo de 2016. Sin embargo, para quienes no tienen trabajo o perspectiva de tenerlo las estadísticas son magro consuelo. Y a los que tenían trabajo tampoco les iba especialmente bien: los salarios y la productividad estaban estancados y la amenaza constante de recortes en la red de protección social de la que tantos dependían hacía que se sintieran más vulnerables.
 A ambos lados del Atlántico, muchos en la izquierda aceptaron varias ideas neoliberales. La crítica que hacían a la derecha era que tenían el corazón insensible. Se volvió cada vez más difícil distinguir entre los conservadores compasivos y la "nueva izquierda". Bill Clinton en Estados Unidos, Tony Blair en el Reino Unido y Gerhard Schroeder en Alemania introdujeron reformas que la derecha llevaba décadas intentando hacer. En Estados Unidos, por ejemplo, Clinton redujo el tipo fiscal sobre las ganancias de capital -la principal fuente de ingresos para los muy ricos- y emprendió una liberalización masiva del mercado financiero. En el Reino Unido, Blair y Gordon Brown, su sucesor, hablaron de una regulación "ligera", un término casi tan contradictorio como el de "autorregulación". Todos rivalizaron por ver quién eliminaba más reglas; al final, los bancos fueron los grandes vencedores, y nuestras sociedades, las grandes perdedoras.
 Todos estos líderes impulsaron acuerdos comerciales; unos acuerdos que no sólo supusieron la rebaja de aranceles, sino que también reforzaron los derechos de propiedad intelectual, garantizaron la liberalización y la integración de los mercados financieros, y promovieron los intereses empresariales de otras maneras, por ejemplo haciendo que fuera más difícil hacer respetar las normas medioambientales, sanitarias y económicas.
Resultado de imagen de joseph stiglitz el euro La nueva política tenía algo muy extraño. Las élites, tanto de la derecha como de la izquierda, parecían haber alcanzado un amplio consenso sobre muchos de los principios del orden económico. Había discrepancias a propósito de detalles, por supuesto. A la izquierda, por ejemplo, le preocupaba más el medioambiente, y por lo menos hablaba de justicia social y derechos humanos. Pero el centro derecha y la "nueva izquierda" apoyaban una lista de prioridades económicas entre las que figuraban la liberalización y la desregulación, la globalización y la bajada de impuestos (aunque nunca tanto como le habría gustado a la derecha). En macroeconomía eso suponía luchar contra la inflación y mantener el equilibrio presupuestario. En Europa el centro del nuevo consenso fue el impulso del proyecto europeo, y eso en la mayor parte de la Unión quería decir "el euro". Sin embargo, ese consenso entre el centro izquierda y el centro derecha, ese orden económico y político, no estaba beneficiando a la mayoría de los ciudadanos, ni en Estados Unidos ni en Europa.
   La crisis financiera y económica de 2008 pudo tener quizá un papel fundamental a la hora de precipitar la crisis política actual. Los políticos que habían prometido cambios no cumplieron lo que se esperaba. Los ciudadanos sabían que el sistema era injusto y estaba manipulado, pero tras la crisis y la desigual "recuperación" les pareció aún más injusto, más manipulado de lo que podían imaginar, y perdieron la escasa confianza que tenían en que el proceso político pudiera corregirlo, de modo que votaron a políticos que prometían rectificar la situación. Barack Obama hizo campaña con el lema de "Un cambio en el que puedes creer". Aunque sí cumplió sus promesas en ciertas áreas -logró introducir una reforma sanitaria que los demócratas trataban de implantar desde hacía décadas-, en ciertas áreas económicas que eran cruciales para el bienestar de los ciudadanos, por alguna razón, no lo consiguió. No es extraño: los nuevos políticos -en Estados Unidos, Reino Unido y otros países-, en gran parte, respondían al mismo tipo y servían a la misma ideología y los mismos intereses especiales que los que habían prometido que la globalización iba a beneficiar a todos.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House Grupo Editorial, 2017, en traducción de Inga Pellisa y María Luisa Rodríguez Tapia, pp. 342-344. ISBN: 978-84-663-4158-5.]
 

domingo, 18 de octubre de 2020

Los Mandible. Una familia: 2029-2047.- Lionel Shriver (1957)


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2029
8.-Los gozos de ser imprescindible

  «Cuando lo citaron para que se reuniera con la rectora en agosto, Lowell supuso que Ellen Packer quería disculparse personalmente por el desaprensivo retraso de la nómina. En épocas de estrechez, se recorta el presupuesto del sindicato de estudiantes y se reducen las horas de apertura de la piscina. No se castiga al personal docente.
 Un agravio tan internalizado confería una sensación de poder y, antes de reunirse con la rectora, dio mil vueltas pensando si debía darle a Packer un tirón de orejas o mostrarse magnánimo. […] El secretario de la rectora no lo miró a los ojos en ningún momento, ni siquiera cuando el joven le anunció que la señora Packer estaba lista para recibirlo.
 Ellen Packer era gorda. No rellenita ni rechoncha, sino descaradamente gorda, de las que parecen decirle a uno qué-miras, y puesto que no se disculpaba por serlo, Lowell empezó a perder las esperanzas depositadas en ese encuentro. Por supuesto, él nunca empleaba la palabra gordo/a delante de nadie, pues ese adjetivo sentencioso se había asociado con negro/a y enano/a con el sentido "no natural", punto. Además, en los últimos quince años habían cambiado más cosas que el lenguaje. Detrás de un escritorio macizo como ella, la enormidad de Packer era una declaración política. Desde que los obesos habían pasado a ser la mayoría, habían obtenido una astuta ventaja sobre los contemporáneos más raquíticos. A fin de cuentas, sustantivos como peso y gravedad connotaban seriedad e importancia, y eso sin mencionar a la gente gorda. Las personas como Packer hacían gala de su volumen para subrayar que eran fuerzas con las que había que contar sí o sí. […]
 -Profesor Stackhouse… La verdad es que no creo que sirva de mucho andarme con rodeos -anunció Parker después de que Lowell ocupara la silla eléctrica delante del escritorio. La voz de Packer siempre sorprendía; era aguda y cantarina-. Quiero darle las gracias por los largos años de servicio en esta universidad y espero que no se tome usted esto como un reflejo de insatisfacción de la administración con sus clases o su capacidad para la investigación. Pero me temo que no podemos renovarle el contrato.
 Lowell se quedó tan estupefacto que su réplica llegó un segundo demasiado tarde.
 -Eso es imposible. Soy titular.
 -Ayer, a última hora de la noche, la junta votó a favor de revisar el reglamento de Georgetown. A partir de septiembre, ya no ofreceremos plazas de titular. Y lo prometido anteriormente en relación con una plaza fija queda revocado de inmediato. Los sueldos de los profesores están llevándose una parte inaceptable del presupuesto.
 -Pero la titularidad protege la libertad de cátedra...
 -La titularidad es un anacronismo -lo interrumpió la rectora-. ¿Qué otra profesión ofrece un trabajo para toda la vida?
 -Hay procedimientos para eliminar una plaza de profesor titular -dijo Lowell, intentando no perder los nervios y lanzarse a una autoinmolación-. Pero el protocolo es complejo... Se requiere mucho más que una visita al rectorado. Los casos raros siempre tienen que ver con acusaciones de acoso sexual o insensibilidad racial, y a mí no se me ha acusado de ninguna de esas dos cosas... A menos que tenga usted alguna otra buena noticia que comunicarme.
 -Puede usted demandarnos, por supuesto -dijo Packer, como quien no quiere la cosa. Antes de ese encuentro a las cuatro de la tarde debió de tener esa misma conversación varias veces-. Aunque, en su situación, me lo pensaría dos veces... Los honorarios del abogado... La universidad también se ha asesorado. Conocemos todos los detalles. Ahora mismo lo que está en juego es la existencia de esta institución. Si usted y otros colegas despedidos ganasen los juicios, esta universidad ya no podría existir. ¿Qué indemnización cobraría entonces?
 -Pero dejando a un lado la cuestión de la titularidad, éste es un despido injusto.
 -No hay despido injusto cuando la plaza que usted ocupa se ha eliminado. Entre nosotros, le diré que estoy de acuerdo en que, en sentido estrictamente jurídico, es injusto que usted pierda su trabajo. Pero le bastará con darse un paseo por esta ciudad para ver injusticias parecidas en todas las esquinas.
 -Dado el carácter de lo que está ocurriendo en el país, me asombra ver que se despida precisamente a un profesor del Departamento de Economía.
 -Acepto la ironía -dijo ella en tono insulso-. Pero si su disciplina fuese una ciencia más rigurosa, el carácter de lo que está ocurriendo podría ser otro.
 -Que en mi campo trabajen también algunos pánfilos atípicos no implica que todos tengamos la cabeza en el culo. -La mordacidad fue un lujo que Lowell se permitió-. Hablando de lo cual, ¿le importa decirme a qué otros miembros de mi departamento ha puesto de patitas en la calle?
 -No debería. Es confidencial. Pero supongo que pronto será vox populi. -La rectora le dio los nombres de un puñado de colegas.
 Resultó que era la mitad del departamento. Pero lo que hizo él principalmente fue tomar nota de los nombres que no oyó.
 -¿No han despedido a Mark Vandermire? ¡Es un imbécil populista! ¡Un agitador!
 -No voy a justificar el razonamiento que ha determinado cada decisión. Tomarlas ha sido difícil. Pero con la confiscación del oro y la liquidación de la deuda con China, las investigaciones del profesor Vandermire sobre metales preciosos siguen siendo oportunas.
 -Entonces la ideología sí ha desempeñado un papel en esta matanza selectiva. Y después hablan de libertad de cátedra.
 Packer cerró el fleX.
 -¿Publicó usted o no que los Estados Unidos podían "gestionar fácilmente" la deuda nacional del 290% del PIB que tendríamos en 1950? ¿O que la Reserva Federal había, de hecho, "infrautilizado" la política monetaria y que podía permitirse ser "más expansionista"? ¿Que la inflación es un "bien social" que ayuda a los pobres porque alivia el endeudamiento y que una "moneda sana y fuerte" no es más que "un fetiche de los ricos"? No estoy segura de que mis vecinos, que de ninguna manera están en una buena posición económica, estuviesen de acuerdo con usted. No ahora que están pagando veinte dólares por un Tootsie Roll.
Resultado de imagen de los mandible una familia -Fue Vandermire quien le proporcionó esas citas de mis trabajos, ¿verdad? -Eran los mismos fragmentos que la rata venía refregándole por la cara desde hacía meses-. Pero sí, sostengo cada una de estas afirmaciones, pues esta calamidad no tiene nada que ver con la deuda soberana ni con la política monetaria. ¡Sólo tiene que ver con el báncor! Además, ¿qué pasa con Ryan Biersdorfer? ¿Está diciéndome que no lo despiden porque la universidad respalda su opinión de que el colapso financiero es lo mejor que le ha ocurrido a los Estados Unidos desde que llegó el congelador con sistema antiescarcha?
  -Entre usted y yo, su iconoclastia me parece exagerada. Pero el tratado Las correcciones del profesor Biersdorfer está teniendo una gran repercusión en todo el mundo, y tal vez lo ayude a recaudar fondos para Georgetown en el extranjero. Al menos es un punto de vista positivo que, al parecer, hace que alguna gente se sienta mejor.
 -Ya voy entendiendo cómo selecciona a sus profesores. Rescatando a los que hacen que los estudiantes se sientan mejor.
 -Lo siento, profesor Stackhouse, no era mi intención inmiscuirme en los conflictos internos de su disciplina. Me temo que tenemos que poner punto final a esta conversación.
 Lowell empezó a sentirse presa del pánico. No había querido una confrontación.
 -Escuche, ¿y si acepto una reducción de mi sueldo?»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2017, en traducción de Daniel Najmías, pp. 207-211. ISBN: 978-84-339-7980-3.]

jueves, 19 de marzo de 2020

La regla del juego.- José Luis Pardo (1954)

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II.- Práxis (o del juego 2)
Undécima aporía del aprender, o del camino del colegio

«Algo parecido a lo que Sócrates llama "corrupción de la juventud" es lo que designa Richard Sennett como "corrosión del carácter", a saber: el proceso de fragmentación biográfica que las nuevas exigencias del mercado laboral mundializado provocan en las vidas personales de los trabajadores. Teniendo en cuenta que en inglés character significa también "personaje", podríamos entender este fenómeno como la imposibilidad de construir un personaje verosímil que, para los individuos que trabajan en este nuevo sistema, se deriva de tales estructuras: las "vidas" de los habitantes se desvirtúan y se hacen jirones, estallando en secciones incompatibles, como esos personajes de las malas novelas que no se sostienen por pretender su autor engarzar en ellos aspectos inconmensurables que minan su credibilidad. Esto, que en un novelista sería un defecto, se ha convertido en la virtud de las nuevas formas de subjetividad: flexible, modular, interactiva, recomponible.
 Por nuestra parte, ya conocemos este síndrome en la descripción socrática (Cf. la aporía de la duración de los estudios) de los hombres que se ganan la vida en los tribunales y que, por trabajar ora para un amo, ora para otro, se ven obligados a defender argumentos contrarios e incompatibles, siempre con la premura de tiempo provocada por quien se lo retribuye, siendo incapaces de toda entereza moral o de toda veracidad en la edificación de un carácter firme. La indicación de Sennett, al reparar en las consecuencias de la nueva configuración del mercado del trabajo mediante el llamado empleo flexible, no hace más que redefinir en términos contemporáneos esa figura dibujada por Sócrates. En efecto, el "trabajador flexible" de nuestros días es aquel cuyo oficio carece de toda delimitación rigurosa: no es zapatero, ni sastre, ni siquiera obrero de una cadena de montaje de automóviles, sino que debe ser capaz de hacer cualquier cosa en un período de "formación permanente" que se identifica con la longitud completa de su vida laboral y a lo largo del cual debe estar dispuesto a reciclarse, reformarse, redefinirse y reajustarse cuantas veces sea necesario y en la medida en que lo sea. Los célebres "rigores del trabajo", que tanto sufrimiento causaron en épocas pasadas, han sido sustituidos por una elasticidad que sólo aparentemente es una liberación de aquel yugo: un trabajo absolutamente no-riguroso que, al redimirse de toda rigidez, elimina todo el rigor del contrato de trabajo, de la proporción del salario, de la duración de la jornada o de la estabilidad de los horarios, y obliga al así empleado (o, como también podríamos decir, "desempleado", en la medida en que ha sido eximido de los rigores del puesto de trabajo fijo) a cambiar constantemente de figura, de residencia, de carácter y de personaje. Si los productos de esta clase de trabajo ilustran a la perfección el ideal sofístico de esas cosas-que-no-son-nada-en-particular y de las cuales, por tanto, se puede decir tanto P como no-P, puesto que son únicamente potencia, potencia no realizada que puede ser cualquier cosa pero no es ninguna en definitiva, el trabajador privado de la rectitud de los derechos laborales y configurado por la elasticidad del mercado de trabajo flexible, representa la aplicación de esta misma "dinámica de fluidos" a la subjetividad humana, que pasa entonces a ser concebida como un caudal heraclíteo en constante devenir, pero que nunca llega a ser nadie, una "potencialidad" infinita pero infinitamente irrealizada, porque su sumisión a un proceso permanente de "actualización (updating) de la mano de obra" prueba que no desemboca jamás en nada actual. De quienes ocupan estos empleos potenciales y efímeros habría que decir, por tanto, que son más bien empleados potenciales, trabajadores únicamente virtuales pero no actuales ni reales, permanentemente en formación y, por ende, en irrevocable minoría de edad, incapaces de abandonar la escuela para incorporarse al mundo de los adultos. Y caben pocas dudas acerca de la adaptación de este tipo de (des-)empleos y (des-)empleados a un mundo en el cual también las "enfermedades potenciales" (las tasas de morbilidad) suplantan a las enfermedades reales, los crímenes potenciales (las tasas de criminalidad) a los actuales, los comicios potenciales (las encuestas de intención de voto) a los efectivos, o las ganancias potenciales (la especulación inmobiliaria y financiera) a las seguras, y en el cual los "licenciados en algo" (los que sabían algo de algo) van siendo reemplazados por una nueva estirpe de "licenciados (potencialmente) en todo" -que, como los sofistas, saben de cualquier cosa, pero que, naturalmente, para alcanzar un saber tan absoluto necesitan permanecer en la escuela todo el tiempo del mundo- que son (actualmente) "licenciados en nada".
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De la facilidad...

 De hecho, es difícil contemplar las desventuras de los trabajadores del nuevo mercado laboral mundial sin sentir una extraña sensación de comprensión por sus personajes. Podría decirse incluso "piedad", si se entendiese que no se trata solamente de una compasión del tipo de la que siente quien está en una situación segura y confortable por alguien que llama a la puerta pidiendo limosna o pasa frío en la calle. Es más bien una compasión cómplice, y por tanto podría merecer el tan sobado nombre de solidaridad. Lo que nos hace sentirnos solidarios de los problemas que padecen esos personajes es, claro está, que también padecemos o hemos padecido esos problemas. Se diría que, en el fondo, a través de la simpatía que en el lector despiertan esas figuras, se extiende la solidaridad de toda una muchedumbre de personas en el mundo. Si no fuera por el temor al anacronismo, podría incluso sugerirse que esa muchedumbre de personas son lo que alguien llamaba, en el siglo XIX, los proletarios de todos los países. Esta solidaridad se basa, pues, en una experiencia común, la que han tenido alguna vez todos los trabajadores asalariados, incluyendo probablemente al criado de Eutifrón, la experiencia de lo que el trabajo nos hace. Lo que el trabajo nos hace es arrancarnos brutalmente de nuestra comunidad natal, de nuestros lazos afectivos, de nuestras lealtades familiares, de nuestros vínculos de amistad e incluso de nuestras convicciones personales y arrojarnos a la intemperie, retirándonos todo aquello que sentíamos como protector. Es como pasar repentinamente a una situación de orfandad. […]
 En el trabajo tiene uno -uno que haya tenido la suerte de vivir preservado de esta sensación hasta su primer empleo-, por primera vez, la certeza de no ser nadie. Ésta es una experiencia de humillación tan completa que probablemente es extraña a aquellas formas de organización social no basadas en el empleo asalariado. Y uno intenta, por supuesto defenderse de esta humillación, pero, en la medida en que no puede eliminarse la necesidad de tener que trabajar, esta defensa es una defensa en la humillación, un consuelo o una estrategia para soportarla, no un combate contra ella que tenga una mínima expectativa de victoria.»
      
   [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2004. ISBN: 84-8109429-3.]

domingo, 9 de febrero de 2020

Mujeres en la cama.- Gina Berriault (1926-1999)

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El diario de K.W.
2 de marzo

 «Es prudente registrar el día en que me despidieron  de la escuela Eunice B. Stratton porque, por mi propio bien, necesito recordar los motivos. Cuando se me escapan, me asusto y me pregunto qué defecto absurdo debo tener como para que me despacharan del trabajo. ¿Por qué me despidieron? Me negué a servir el almuerzo a los niños. Había todas aquellas bandejas y todas aquellas caritas moviéndose sobre las bandejas, asomándose a los recipientes de sopa de verdura, puré de patata, crema de maíz. Todo estaba como siempre ha estado en todas las escuelas en las que he trabajado como ayudante sustituta de cafetería. Pero me negué a servirles. ¿Por qué? Se me ocurrió pensar que la comida era abominable y que si los niños de la escuela Stratton, o los de cualquier otra escuela de la ciudad, continuaban comiéndola, y si seguían tomando aquellos almuerzos cada día, sólo se estarían preparando para sufrir, sólo crecerían para sufrir. La pena que sentía por ellos se me atragantaba. Llevaba ya días con un nudo en la garganta; ni siquiera podía desayunar y aquella variedad de alimentos me asqueaba. Así que ahí estaba yo, con mi uniforme blanco y mi pelo gris cuidadosamente recogido en una coleta rala con un lazo verde para que no cayera en la comida, las manos lavadas, mis huesudas manos desinfectadas con el potente jabón ámbar que gotea de una bola de cristal en el lavabo y un poco de pintalabios de color vivo en mis finos labios, ahí estaba yo con los niños amontonándose, amontonándose, y yo sin poder levantar la mano con el cucharón. No, no puedo hacer caso alegremente a las vocecitas agudas de las caritas sobre las bandejas: "¡Sirve! ¡Sirve! ¿Qué pasa? ¡Sirve!"
 Oigo las voces de mis colegas, de mi supervisora, una mujer robusta, desaliñada incluso con su pulcro uniforme. Me susurra por encima del hombro mientras me empuja a un lado y agarra el cucharón. Vaya pareja que hacemos las dos, ella con su figura pechugona y yo lisa como un palo uniformado; ella charlatana, de esas personas a las que les encanta servir con el cucharón y comer (siempre me ponía enferma sentarme frente a ella cuando los niños salían de la cafetería y la escuchaba hablar con restos de mayonesa en el labio inferior) y yo, la callada, de las que no les gusta ni servir ni comer. ¿Por qué precisamente entonces pensé que yo no tenía nada que hacer en la industria alimentaria, ni siquiera contribuir a que los niños reciban un nutritivo almuerzo caliente? Así que no me extrañó que, una vez que se hubo servido la comida a todos los niños y yo siguiera allí de pie sin mover un dedo, me notificaran que estaba despedida. Fue aquella lástima que sentía por ellos la que no me permitió usar aquel cucharón. No, era lástima de mí misma porque el joven se había trasladado al piso de arriba, ¿y qué podía importar si bajaba a preguntarme sobre mis iniciales, si son las iniciales de una vieja? La lástima que sentí por los niños la sentía también por mí y ahora ha llegado a un punto en el que no me permite hablar con nadie. Me resulta difícil pedir lo que quiero al encargado de la verdulería que está en el exterior del mercado Buon Gusto: diez céntimos de espárragos viejos, una lechuga lacia por cinco céntimos, sobre todo porque no quiero nada, pero uno tiene que comer para seguir con vida. A veces me vende lo que no le he pedido porque no me oye pedir nada. Yo creo que, en pequeñas transacciones como las compraventas de verdura, no hay suficiente comunicación como para que te engañen; de hecho, me he pasado la vida haciendo pequeñas transacciones. Pero, como no oye nada, mete verduras en las bolsas  y cuando llego a casa me encuentro con una coliflor o unas acelgas, cosas que no como nunca (su simple olor me pone enferma), y tiro todo a la basura. Como de todas formas no aguanto ver la comida, es una suerte que no sea la que pedí. Cuando paso por delante de la panadería Stella y veo los pasteles y los panecillos de Pascua, cuando paso delante del supermercado Safeway y veo los carteles de grandes letras rojas anunciando jugosos asados de ternera, cuando paso por delante de los restaurantes y, a través de los cristales, veo a los clientes que comen una sopa contundente o cortan un filete o beben vino, o cuando leo en la columna de cotilleo que en el Taj Mahal de la India al periodista cotilla le sirvieron un ave cubierta con láminas de oro como en tiempos de los mogoles, pienso en el pasaje de aquella novela rusa en la que un pobre estudiante se sienta muerto de hambre en el compartimento de un tren y un par de gordos kuláks sacan pan y salchichas y comen sin ofrecerle nada y sin asomo de vergüenza. Cuando me como mi té con tostada, siento sobre mí los ojos de los pobres. No me siento pobre cuando como, así que no me gusta comer. No puedo pensar en los hambrientos del mundo porque hay demasiados como para pensarlos a la vez, así que el estudiante del tren los representa a todos, incluidos los niños de la escuela y yo misma: todos aquellos que tiene hambre física y espiritual. No, no quiero comer más. Aunque tuviera un trabajo, creo que comería menos de lo que solía comer... El motivo por el que perdí el trabajo, que acabo de exponer, suena razonable cuando lo escribo y lo leo, pero me temo que dentro de un rato, cuando esté haciendo cualquier otra cosa, sólo me parecerá una más de las rarezas y locuras que tanto me cuesta admitir.
 6 de marzo

 Otra vez me siento enfadada. El día que me despidieron no sentía esta clase de enfado, aunque era un trabajo importante en el que te hacen firmar un documento donde se afirma que no eres miembro de ninguna organización que pretenda derribar al gobierno. El enfado empezó cuando supe que no hay empleos para una mujer de sesenta y tres años. Ya lo sabía de antes, pero no significaba mucho para mí porque tenía trabajo, pero cuando dejé de tenerlo, el hecho de que no hubiera empleos me enfadó. Tengo la costumbre de robar los periódicos atrasados de los domingos a la mujer que vive en el piso de arriba, enfrente del arquitecto. Es diminuta como un ratón y trabaja en una floristería. Amontona los periódicos fuera de su puerta de servicio para tirarlos más tarde, así que, en realidad, no es que los esté robando, aunque sería más educado pedírselos. Sin embargo, no me gusta humillarme, sobre todo porque ella me importa un rábano. Empezó a importarme un rábano el día en que me crucé con ella, que subía, mientras yo sacaba un óleo mío por la escalera principal para ver si alguna galería quería exhibirlo; me pidió que se lo enseñara y lo único que se le ocurrió decir fue "¡Qué monada!". ¿Se cree que soy una idiota a la que le gusta que le digan que su trabajo es una monada? En aquel momento llegué a la conclusión de que la idiota era ella si pensaba que yo era tan estúpida como para quedarme cautivada por una palabra como monada. Hay idiotas e idiotas y uno puede encariñarse con algunos, pero ella es una idiota de las que uno evita. De todas formas, los anuncios de ofertas de trabajo son un insulto directo a la cara. Dicen "Chica menor de veinticinco años" o "Debe ser joven y atractiva". Yo solía decirles a mis jefes: "¡Váyanse a la mierda!", pero después de que me despidieran leía los anuncios y me deprimía. Tal vez debería ir a la cola del paro, aunque como yo era sólo una trabajadora a tiempo parcial y discontinua que apenas ganaba nada, no estoy muy segura de que me corresponda algo. Además, hay demasiada gente en las colas y demasiados papeles que rellenar, demasiado ir y venir y demasiadas caras que se conocen entre sí. Lo que hay que hacer es no deprimirse, y la forma de hacerlo es lograr sentirse a gusto a toda costa. Uno puede alegrarse de no tener trabajo y de no estar deseando encontrar uno. Eso es mejor que deprimirse.»
   
   [El texto pertenece a la edición en español de Jus Libreros y Editores, 2018, en traducción de Olivia de Miguel Crespo. ISBN: 978-607-9409-90-6.]

martes, 7 de enero de 2020

La fábrica del hombre endeudado.- Maurizio Lazzarato (1955)

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Conclusión

 «Debemos hacernos ahora una pregunta esencial: ¿en qué condiciones podemos reactivar una lucha de clases que la iniciativa capitalista ha desplazado por completo hacia el terreno muy "abstracto" y "desterritorializado" de la deuda?
 Marx decía que la crisis consigue hacer entrar en la "cabeza dura" de los capitalistas aquello que en otras circunstancias éstos jamás habrían aceptado. En este caso, la "cabeza dura" que hay que horadar es la de los dirigentes e intelectuales de la izquierda sindical y política, porque la deuda debería disipar de una sola vez todas sus ilusiones. Como terreno de combate, la deuda impone la transversalidad en todos los ámbitos: transversalidad entre Estados y espacios nacionales, transversalidad entre lo económico, lo político y lo social, transversalidad entre figuras de la explotación y la dominación. Estamos obligados a elevarnos a ese nivel de generalización y desterritorialización si no queremos que el Gran Acreedor nos barra o nos aplaste.
 El espacio político en el cual hay que trabar combate no puede ser, en ningún caso, el del Estado-nación. La deuda se burla de las fronteras y las nacionalidades; a escala de la economía-mundo, no conoce otra cosa que acreedores y deudores. Por las mismas razones, también obliga a adoptar una mirada que no sea la del trabajo y el empleo para pensar una política a la altura del Capital como "Acreedor Universal". La deuda supera las divisiones entre empleo y desempleo, activos e inactivos, productivos y asistidos, precarios y no precarios, que son las divisiones a partir de las cuales la izquierda construyó sus categorías de pensamiento y acción.
 La figura del "hombre endeudado" es transversal a la sociedad en su conjunto y exige nuevas solidaridades y nuevas cooperaciones. Debemos pensar, asimismo, la transversalidad entre "naturaleza y cultura", porque el neoliberalismo ha agravado aún más la deuda que hemos contraído con el planeta y con nosotros mismos en cuanto seres vivos.
 Una de las condiciones indispensables para la activación de la lucha de clases es una reinvención de la "democracia" que atraviese y reconfigure aquello que incluso teorías políticas muy sofisticadas siguen pensando por separado -lo político, lo social y lo económico-, porque la deuda ya ha integrado estos ámbitos en un dispositivo que los articula y les asigna un ordenamiento. La economía de la deuda parece realizar en plenitud el modo de gobierno sugerido por Foucault, para cuyo ejercicio es necesario tener el control de lo social y de la población metamorfoseada en población endeudada. Esta condición es imprescindible para poder gobernar la heterogeneidad de la política y la economía, pero bajo un régimen autoritario, y ya no "liberal". Si no se puede reducir la política al poder; si la política no es, simplemente, el calco positivo del negativo de la política de la deuda, y si no se puede deducir una política de la economía (de la deuda), difícilmente se vea en el capitalismo que una acción política surja en otro lugar que no sea la propia política del capital y contra ella. ¿Dónde se inventan las razones del "daño" y las condiciones del "litigio" sino en el marco de las relaciones de explotación y dominación actuales? El negativo dibujado por la deuda define las condiciones históricas de las cuales la lucha se aparta para inventar nuevas formas de subjetivación y nuevas posibilidades de vida. Empero, esas condiciones son en cada caso históricas, singulares, específicas; hoy se anudan alrededor de la deuda.
 La tarea más urgente consiste en imaginar y experimentar modalidades de lucha que tengan la eficacia de bloqueo que tenía la huelga en la sociedad industrial. El nivel de desterritorialización del mando capitalista nos obliga a ello. Las cabezas duras de capitalistas y gobernantes no entienden otra cosa que el lenguaje de la crisis y el del combate.
 Si hemos esbozado un recorrido teórico y político en torno a la economía de la deuda, no lo hicimos tanto para presentar una nueva teoría general y global del neoliberalismo, sino para proponer un punto de vista transversal a partir del cual puedan desplegarse las luchas.
 La lucha contra la economía de la deuda, y sobre todo contra su "moral" de la culpa, que en el fondo es una moral del miedo, requiere igualmente una conversión subjetiva específica. Nietzsche puede aún darnos algunas indicaciones: "El ateísmo libera a la humanidad de todos los sentimientos de deuda hacia su origen, hacia su causa prima. El ateísmo es inseparable de una especie de segunda inocencia".
 La reanudación de la lucha de clases en el lugar adecuado, o sea, donde es más eficaz, debe reconquistar esa "segunda inocencia" con respecto a la deuda: una segunda inocencia ya no referida a la deuda divina, sino a la deuda terrenal, la deuda que pesa en nuestras billeteras y modula y formatea nuestras subjetividades. No sólo se trata, en consecuencia, de anular las deudas o reivindicar los incumplimientos, aun cuando esto sería muy útil, sino de apartarse de la moral de la deuda y del discurso en el cual ella nos encierra.
 Hemos perdido mucho tiempo, y perdido sin atenuantes, al intentar justificarnos con referencia a la deuda. ¡Cualquier justificación nos hace ya culpables! Hay que conquistar esa segunda inocencia, liberarse de toda culpa, todo deber, toda mal conciencia, y no devolver ni siquiera un centavo; hay que luchar por la anulación de la deuda, que no es -recordémoslo- un problema económico, sino un dispositivo de poder que no sólo nos empobrece, sino que nos lleva a la catástrofe.
 La catástrofe financiera dista de haber terminado, porque ninguna regulación de las finanzas es posible. Regularlas significaría decretar el fin del neoliberalismo. Por otra parte, las oligarquías, plutocracias y "aristocracias" en el poder no tienen un programa político de recambio. Lo que el FMI, Europa y el Banco Central Europeo mandan, bajo el chantaje de los "mercados", siguen siendo, como siempre, remedios neoliberales que no hacen sino agravar la situación.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Amorrortu Editores, 2013, en traducción de Horacio Pons. ISBN: 978-84-610-9046-4.]