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sábado, 13 de julio de 2019

El universo en tu mano.- Christophe Galfard (1976)

 
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Tercera parte. Rápido.
4.-Cómo no envejecer

«En realidad, tras la publicación de la teoría de la relatividad especial tuvieron que pasar sesenta y seis años antes de que dos científicos estadounidenses, Joseph Hafele y Richard Keating, diseñaran un experimento capaz de detectar los extraños efectos de dilatación temporal que Einstein había previsto.
 Nos encontramos en 1971.
 Hafele y Keating han adquirido tres relojes atómicos, los relojes más precisos que se hayan fabricado jamás. Una vez se sincronizan entre sí, permanecen sincronizados con una precisión extraordinaria: no cambian más de una milmillonésima de segundo en el transcurso de millones de años. Son muy, pero que muy fiables.
 Como íbamos diciendo, Hafele y Keating disponían de tres de estos relojes. Sincronizados.
 Se los llevaron a un aeropuerto.
 Dejaron uno en tierra, en el vestíbulo del aeropuerto y, literalmente, reservaron un asiento para cada uno de los otros dos en dos vuelos comerciales distintos.
 Cuando imagino la reacción del resto de pasajeros no puedo reprimir una sonrisa...
 El caso es que ambos vuelos despegaron, uno hacia el este y el otro hacia el oeste, y dieron la vuelta a la Tierra antes de aterrizar de nuevo en el aeropuerto de origen para reunirse con su colega sincronizado con base en la Tierra. Como la Tierra rota sobre sí misma hacia el este, volar en dirección este u oeste supone una pequeña diferencia para la velocidad relativa general de los aviones y el aeropuerto.
 Si la naturaleza se comportase según cree nuestra intuición, los tres relojes atómicos deberían permanecer sincronizados independientemente de los aviones. En el reloj universal que Dios tiene en la mesita de noche, un segundo siempre es un segundo, así que el segundero debería marcar al mismo ritmo un segundo tras otro. Todos los relojes que has visto y utilizado, mecánicos o no, coinciden en ese punto, así que el asunto debería quedar zanjado. Pues no. A la naturaleza le importa bien poco lo que crea nuestra intuición y resulta que ésta se equivoca. Lo que sucede es que los relojes que solemos usar no son lo bastante precisos para ayudarnos a entender que, aunque nuestra intuición puede equivocarse, Einstein no lo hacía.
 En cuanto los dos aviones aterrizaron de nuevo en el aeropuerto, Hafele y Keating comprobaron que los tres relojes atómicos ya no estaban sincronizados.
 El reloj del avión que volaba hacia el este se había atrasado 59 milmillonésimas de segundo comparado con el que había permanecido en el aeropuerto. El que había viajado hacia el oeste, se había adelantado 273 milmillonésimas de segundo.
 Si los tres relojes hubiesen permanecido en el mismo sitio, habrían tenido que pasar más de 300 millones de años para que se produjese un desajuste de este tipo de forma natural.
*
 Según Hafele y Keating, el desajuste se debía a dos motivos.
 El primero tiene que ver con las velocidades implicadas, es decir, con la relatividad especial: tal como había predicho Einstein, las velocidades relativas de los tres relojes habían causado unos minúsculos, pero medibles, efectos de dilatación del tiempo.
 El segundo motivo, sin embargo, no tiene nada que ver con las velocidades, sino que se relaciona con la gravedad y la teoría general de la relatividad de Einstein: del mismo modo que una pelota pesada que rueda sobre una lámina de goma dobla más la goma que le queda cerca que la que está más alejada, según Einstein, el efecto de la Tierra sobre el espacio-tiempo debería ser más pronunciado cerca de su superficie que a la altitud a la que vuelan los aviones, por lo que el ritmo al que fluye el tiempo se altera a diferentes altitudes.
 Ambos efectos, independientes entre sí, ya se habían calculado antes de que Hafele y Keating hicieran su experimento.
 Y los resultados cuadraban.
 Las teorías de Einstein predecían que, en comparación con el reloj que se había quedado en tierra, el reloj que había volado hacia el este debería de terminar atrasándose hasta 60 milmillonésimas de segundo, mientras que el que había volado hacia el oeste debería adelantarse unas 275 milmillonésimas de segundo.
 El experimento demostró que tenía razón.
*
 Puede que no te parezca un resultado impresionante porque las diferencias temporales citadas parecen minúsculas (y lo son), pero recuerda que un avión no viaja tan rápido y que la Tierra no es un objeto cósmico demasiado grande. Si volásemos más rápido o nos acercásemos más a un objeto espacial mucho más poderoso desde una perspectiva gravitacional, la diferencia temporal pasaría a ser enorme, como ya has experimentado en el avión de tu sueño, que iba a una velocidad cercana a la de la luz.
 Huelga decir que desde 1971, ha mejorado la tecnología con la que se puede realizar el experimento de Hafele y Keating y se ha podido confirmar el resultado con un grado de precisión cada vez mayor. El espacio-tiempo significa lo que significa: una mezcla de espacio y tiempo.
 En el ámbito de nuestro universo, el ritmo a que avanza el tiempo depende del observador: depende del lugar en el que te encuentres, de lo que tengas al lado (el factor gravedad) y de tu velocidad. A principios de siglo, esta idea era muy abstracta pero, hoy en día, se trata de un hecho ratificado por experimentos que todos tenemos que aceptar.
 En el universo en que vivimos, el tiempo y las distancias no son conceptos universales. Dependen del observador, de quien los experimente y de quien esté mirando lo que ocurre. Ambos son conceptos relativos, ya que, de otro modo, la velocidad de la luz no sería fija ni limitaría a las demás.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Blackie Books, 2016, en traducción de Pablo Álvarez Ellacuria. ISBN: 978-84-16290-62-8.]
 

miércoles, 20 de marzo de 2019

Avicena o la ruta de Isfahán.- Gilbert Sinoué (1947)


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Vigesimosegunda maqama

«Gazna, 1019
 Queridísimo hijo de Sina, te saludo.
 Hace mucho tiempo que no me has escrito y que no recibo noticias tuyas. Nuestras misivas se han extraviado, cruzado y extraviado de nuevo. Te creía en Raiy, estabas en Qazvin, te escribí a Qazvin, estabas en Hamadhan y eras, además, visir. Por mi parte, he vivido más en la India que en la corte del Gaznawí. Hoy se reinicia nuestro diálogo y me hace feliz que el Altísimo, en su gran bondad, nos haya permitido encontrarnos de nuevo.
 Tengo ante los ojos el Canon concluido. Te lo agradezco, es un monumento. Y te agradezco también la copia de alguna de tus obras que has tenido la bondad de hacerme llegar. Devoré tu Esencial de filosofía y tu Compendio de la pulsación me ha fascinado. Cuando pienso en nuestra discusión en la morada de tu padre y recuerdo tus escrúpulos en querer lanzarte a la escritura, no puedo evitar una sonrisa. He sentido también gran interés por tu compendio de astronomía. A este respecto, tal vez te interese saber que, a petición del rey, he comenzado a construir un instrumento al que he llamado -tradición obliga- Yamin el-Dawla*. Me permitirá medir con gran precisión la latitud de Gazna. A decir verdad, no es la primera vez que intento este tipo de experiencia. Hace dos años, cuando estaba en Kabul, sin instrumentos, bastante deprimido, lo confieso, y en miserables condiciones, conseguí fabricar un cuadrante improvisado trazando un arco graduado  en el dorso de una tabla de cálculo y utilizando una plomada. Sobre la base de los resultados obtenidos, que te comunicaré si lo deseas, conseguí elaborar con precisión la latitud de la localidad. Pienso, además, establecer progresivamente una tabla de las longitudes y latitudes de las ciudades y regiones más importantes del mundo islámico**.
 Refiriéndome también a la astronomía, llamo tu atención sobre la obra del gran astrónomo indio Brahmagupta, y sobre los cuadernos de Tabahafara. Lo que en ellos se aprende no carece de interés.
 Algunos sabios hindúes sostienen que la Tierra se desplaza y los cielos están fijos. Otros niegan este aserto alegando que, si así fuera, las rocas y los árboles caerían de la Tierra. Brahmagupta no es de esta opinión y afirma que la teoría no implica semejante consecuencia, aparentemente porque piensa que todas las cosas pesadas son atraídas por el centro de la Tierra. Por mi parte, estimo que los más eminentes astrónomos, tanto los antiguos como los modernos, han estudiado asiduamente la cuestión del movimiento de la Tierra y han intentado negarlo. Así, compuse hace seis meses una obra sobre el tema a la que llamé: Las claves de la astronomía. Con toda modestia, pienso haber llegado más lejos que quienes nos precedieron, si no en la expresión, sí al menos en el examen de todos los datos del tema.
 Pero creo que lo que despertará, sobre todo, tu interés es la noticia que voy a darte: he conseguido establecer la circunferencia de la Tierra.
 He aquí los hechos. Hace dos años, me hallaba en el fuerte de Nandana***. Comencé midiendo la altitud de un monte vecino que se perfilaba por detrás del fuerte; determiné luego, a partir de esta montaña, la inclinación del horizonte visible. El resultado: 6.338,80 kms. para el radio terrestre****.
 Por otra parte, durante mis desplazamientos a la India, me interesé mucho por los eclipses y por el modo de medir las partes iluminadas de la Luna. Me empeñé en hacer una clasificación de los cuerpos celestes según su tamaño (de hecho según su luminosidad). Y clasifiqué mil veintinueve estrellas.
 En un campo muy distinto, cuento con profundizar mi observación de las capas estratificadas de las rocas, pues estoy cada vez más convencido de que todos los cambios se produjeron hace mucho, mucho tiempo, en condiciones de frío y calor que ahora desconocemos.
 Pero debo dejar de hablar continuamente de mis proyectos o mis realizaciones. Podría parecerte pretencioso. Acabaré pues esta carta limitándome a comunicarte las últimas noticias de la región. Tal vez lo ignores, pero el sultán Ibn Ma'mun y su esposa (que, me permito recordártelo, era la hermana del rey de Gazna) perecieron en una revuelta de palacio. Mahmud se apresuró a vengar la muerte marchando sobre Jwarizm. Sofocó la rebelión y designó como sucesor de Ibn Ma'mun a uno de los oficiales de su séquito. Hoy por hoy, el reino de Gaznawí está en el punto álgido de su expansión.
 En lo referente a mis relaciones con el soberano, no te sorprenderé demasiado si te confío que no son demasiado armoniosas. Es, indiscutiblemente, un tirano sanguinario, sediento de poder. Sospecho que sueña en un gran imperio comparable al del gran Iskandar. Ciertamente te preguntas las razones que me impulsan a permanecer en su corte. Se resumen en pocas palabras: mi pasión por la India.»
 
*La mano derecha del Estado. Era uno de los títulos que el califa de Bagdad había otorgado a Mahmud. El instrumento monumental que el-Biruni construyó se designaba, según la costumbre, con el nombre del protector real. (N. del T.)
**El-Biruni estableció, en efecto, esa tabla que contenía más de seiscientos puntos y permitió determinar científicamente la dirección de La Meca. (N. del T.)
*** El fuerte de Nandana, del que quedan ciertos vestigios, se levantaba en una región de pequeños valles a un centenar de kilómetros al sur de Islamabad, actual capital de Pakistán. (N. del T.) 
****Sus resultados (que se citan en kilómetros para mayor claridad) son de sorprendente exactitud. Comparados con las cifras actuales: 6.370,98 kms ó 6.353,41 kms. en la latitud de Nandana, representan sólo una diferencia de 17,57 kms. (N. del T.)
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones B, 2006, en traducción de Manuel Serrat Crespo. ISBN: 84-96581-45-4.]