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miércoles, 17 de agosto de 2016

"Cuentos de la Alhambra".- Washington Irving (1783-1859)

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Tradiciones locales

 "El pueblo español tiene pasión oriental por contar cuentos; es por todo extremo amante de lo maravilloso. Reunidos en el atrio o umbral de la puerta de la casa en las noches del estío, o alrededor de las grandes y soberbias campanas de las chimeneas de las ventanas en el invierno, escuchan con insaciable delicia las leyendas milagrosas de santos, las peligrosas aventuras de viajeros y las temerarias empresas de bandoleros y contrabandistas. El salvaje y solitario aspecto del país, la imperfecta difusión de la enseñanza, la escasez de asuntos generales de conversación y la vida novelesca y aventurera de un país en que los viajes se hacen como en los tiempos primitivos, hace que produzca una fuerte impresión lo extravagante e inverosímil. No hay, en verdad, ningún tema más persistente y popular que el de los tesoros enterrados por los moros y que esté tan arraigado en todas las comarcas. Atravesando las agrestes sierras, teatro de antiguas acciones de guerra y hechos notables, se ven moriscas atalayas levantadas sobre peñascos o dominando algún pueblecillo; y, si preguntáis a vuestro arriero lo que allí pasó, dejará en el acto de chupar su cigarrillo para contaros alguna conseja de tesoros moriscos enterrados bajo sus cimientos, y no habrá ningún ruinoso alcázar en cualquier ciudad que no tenga una áurea tradición, transmitida de generación en generación por la gente pobre de la vecindad.
 Éstas, lo mismo que la mayor parte de las ficciones populares, tienen algún fundamento histórico. Durante las guerras entre moros y cristianos, que asolaron este país por espacio de algunos siglos, las ciudades y los castillos estaban expuestos a cambiar repentinamente de dueño, y sus habitantes, mientras duraban los bloqueos y los asaltos, se veían precisados a esconder su dinero y sus alhajas en las entrañas de la tierra, a ocultarlo en las bóvedas y pozos, tal como se hace hoy día en los despóticos y bárbaros países de Oriente. Cuando la expulsión de los moriscos, muchos de ellos escondieron también sus más preciosos objetos, creyendo que su destierro sería solamente temporal y que ellos volverían y recuperarían sus tesoros en el porvenir. Se ha descubierto casualmente algún que otro dinero, después de pasados algunos siglos, entre las ruinas de las fortalezas y casas moriscas, habiendo bastado unos cuantos hechos aislados de esta clase para dar pie a un sinnúmero de narraciones fabulosas sobre tesoros ocultos.
 Las historias que de aquí brotan tienen generalmente cierto tinte oriental y participan de esa mezcla de árabe y cristiano que parece característica en las cosas de España, especialmente en las provincias del Mediodía. Las riquezas escondidas han de estar casi siempre bajo la influencia mágica o guardadas por encantamientos y talismanes y, algunas veces, defendidas por horribles monstruos o fieros dragones o bien por moros encantados que se hallan maravillosamente vestidos, con sus férreas armaduras y desnudas las espadas, pero inmóviles como estatuas y haciendo una desvelada guardia durante muchos siglos.
 La Alhambra, por sus especiales circunstancias históricas, es un rico manantial de ficciones populares de este género, y han contribuido a aumentarlo las mil reliquias que se han desenterrado de vez en cuando. Cierta vez se encontró un gran jarrón de barro que contenía monedas moriscas y el esqueleto de un gallo, el cual -según la opinión de algunos inteligentes que lo vieron- debió ser enterrado vivo. Otra vez se descubrió otro jarrón que contenía un gran escarabajo de arcilla cocida, cubierto con inscripciones arábigas, y del cual se dijo que era un prodigioso amuleto de ocultas virtudes. De esta manera los cerebros de la escuálida muchedumbre moradora de la Alhambra se dieron a tejer ilusiones con tal fecundidad, que no hay salón, torre o bóveda en la vieja fortaleza que no se haya hecho el teatro de alguna tradición maravillosa. [...]
 Si el escrupuloso lector encuentra algo que lastime su credulidad, sea indulgente recordando la naturaleza especial de aquellos sitios, pues no cabe que sean exigidas allí las leyes de la probabilidad que rigen las cosas comunes de la vida, debiendo sólo tenerse en cuenta que la mayor parte de los sucesos ocurren en los salones de un palacio encantado; que todo sucede y pasa sobre un suelo fantástico".     

martes, 16 de febrero de 2016

"Nueve cuentos".- Jerome David Salinger (1919-2010)


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Justo antes de la guerra con los esquimales

 "Ginnie decidió ir al grano. El taxi se estaba acercando a la casa de Selena.
 -No tengo ganas de cargar otra vez con el pago de todo el viaje -dijo-. No soy millonaria, ¿sabes?
 Selena puso primero expresión de asombrada, después de ofendida:
 -¿Acaso no pago siempre la mitad? -preguntó con ingenuidad.
 -No -replicó Ginnie rotundamente-. Pagaste la mitad el primer sábado, a comienzos del mes pasado. Y desde entonces, nunca más. No quiero ser mezquina pero estoy viviendo con cuatro dólares y medio por semana. Y de ahí tengo que...
 -Yo siempre traigo las pelotas de tenis, ¿no es cierto? -preguntó Selena con tono desagradable.
 A veces Ginnie sentía ganas de matar a Selena.
 -Tu padre las fabrica o algo así -dijo-. No te cuestan nada. Yo me tengo que pagar hasta la más mínima cosa que...
 -Está bien, está bien -dijo Selena levantando la voz y con un aire de suficiencia como para asegurarse la última palabra.
 En forma displicente, se revisó los bolsillos del abrigo.
 -Sólo tengo treinta y cinco centavos -dijo, fríamente-. ¿Es bastante?
 -No. Lo siento, pero me debes un dólar sesenta y cinco. He llevado la cuenta de cada...
 -Tendré que subir y pedírselo a mamá. ¿No puedes esperar hasta el lunes? Podría llevarte el dinero a la clase de gimnasia, si eso te hace más feliz.
 La actitud de Selena no invitaba a la clemencia.
 -No -dijo Ginnie-. Tengo que ir al cine esta noche. Necesito el dinero.
 Sumidas en un silencio hostil, las dos chicas miraron por ventanillas opuestas hasta que el taxi se detuvo frente a la casa de Selena. Entonces Selena, sentada del lado de la acera, se bajó. Dejando apenas abierta la puerta del automóvil, caminó con vivacidad y soltura hasta el edificio, como si fuera una reina de Hollywood de visita. Ginnie, con la cara ardiendo, pagó el importe del viaje. Después recogió sus cosas de tenis -raqueta, toalla y sombrero para el sol- y fue detrás de Selena. A sus quince años, Ginnie medía alrededor de un metro setenta y cinco y su calzado de tenis era del número 40. Al entrar en el hall de la casa su sensación de torpeza, caminando sobre suelas de goma, le daba un aire de oso. Selena juzgó preferible contemplar fijamente el indicador de pisos del ascensor.
 -Ahora me debes un dólar noventa -dijo Ginnie, acercándose al ascensor con grandes zancadas.
 Selena se dio la vuelta.
 -Tal vez te interese saber -dijo- que mi madre está muy enferma.
 -¿Qué le pasa?
 -Prácticamente tiene pulmonía, y si te parece que me divierte molestarla sólo por un asunto de dinero... -Selena pronunció la frase incompleta con todo el aplomo posible.
 A Ginnie esta información la desconcertó un poco, aunque no sabía hasta qué punto podía ser verdad, pero no por eso cayó en sentimentalismos.
 -Yo no se la contagié -dijo, y entró en el ascensor.
 Luego que Selena tocó el timbre del piso las hicieron pasar, o mejor dicho, la puerta fue entornada por una criatura negra con la que, al parecer, Selena no se hallaba en muy buenas relaciones. Ginnie dejó caer sus cosas de tenis en una silla del vestíbulo y siguió a Selena. En la sala, Selena se volvió y dijo:
 -¿Te molesta esperar aquí? Tal vez tenga que despertar a mamá y todo eso.
 -De acuerdo -dijo Ginnie, y se dejó caer en un sofá.
 -Nunca hubiera creído que podías ser tan mezquina -dijo Selena, que estaba lo bastante enojada como para usar la palabra "mezquina", aunque le faltaba valor para poder subrayarla.
 -Ahora estás enterada -dijo Ginnie, y le abrió en la cara un ejemplar del Vogue".

lunes, 1 de febrero de 2016

"Cuentos".- Horacio Quiroga (1878-1937)


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Miss Dorothy Phillips, mi esposa

"Yo pertenezco al grupo de los pobres diablos que salen noche a noche del cinematógrafo enamorados de una estrella. Me llamo Guillermo Grant, tengo treinta y un años, soy alto, delgado y trigueño como cuadra, a efectos de la exportación, a un americano del sud. Estoy apenas en regular posición y gozo de buena salud.
 Voy pasando la vida sin quejarme demasiado, muy poco descontento de la suerte, sobre todo cuando he podido mirar de frente un par de hermosos ojos todo el tiempo que he deseado.
 Hay hombres, mucho más respetables que yo desde luego, que si algo reprochan a la vida es no haberles dado tiempo para redondear un hermoso pensamiento. Son personas de vasta responsabilidad moral ante ellos mismos, en quienes no cabe, ni en posesión ni en comprensión, la frivolidad de mis treinta y un años de existencia. Yo no he dejado, sin embargo, de tener amarguras, aspiracioncitas, y por mi cabeza ha pasado alguna que otra vez algún pensamiento. Pero en ningún instante la angustia y el ansia han turbado mis horas como al sentir detenidos en mí dos ojos de gran belleza.
 Es una verdad clásica que no hay hermosura completa si los ojos no son el primer rasgo bello del semblante. Por mi parte, si yo fuera dictador decretaría la muerte de toda mujer que presumiera de hermosa, teniendo los ojos feos. Hay derecho para hacer saltar una sociedad de abajo arriba y el mismo derecho -pero al revés- para aplastarla de arriba abajo. Hay derecho para muchísimas cosas. Pero para lo que no hay derecho, ni lo habrá nunca, es para usurpar el título de bella cuando la dama tiene los ojos de ratón. No importa que la boca, la nariz, el corte de cara sean admirables. Faltan los ojos, que lo son todo.
 -El alma se ve en los ojos -dijo alguien-. Y el cuerpo también, agrego yo. Por lo cual, erigido en comisario de un comité ideal de Belleza Pública, enviaría sin otro motivo al patíbulo a toda dama que presumiera de bella teniendo los ojos antedichos. Y tal vez a dos o tres amigas.

***
 Con esta indignación -y los deleites correlativos- he pasado los treinta y un años de mi vida, esperando, esperando.
 ¿Esperando qué? Dios lo sabe. Acaso el bendito país en que las mujeres consideran cosa muy ligera mirar largamente en los ojos a un hombre a quien ven por primera vez. Porque no hay suspensión de aliento, absorción más paralizante que la que ejercen dos ojos extraordinariamente bellos. Es tal que ni aun se requiere que los ojos nos miren con amor. Ellos son en sí mismos el abismo, el vértigo en que el varón pierde la cabeza, sobre todo cuando no puede caer en él. Esto, cuando nos miran por casualidad; porque si el amor es la clave de esa casualidad, no hay entonces locura que no sea digna de ser cometida por ellos.
 Quien esto anota es un hombre de bien, con ideas juiciosas y ponderadas. Podrá parecer frívolo, pero lo que dice no lo es. Si una pulgada de más o menos en la nariz de Cleopatra -según el filósofo- hubiera cambiado el mundo, no quiero pensar en lo que podía haber pasado si aquella señora llega a tener los ojos más hermosos de lo que los tuvo: el Occidente desplazado hacia el Oriente trescientos años antes -y el resto.

***
 Siendo como soy, se comprende muy bien que el advenimiento del cinematógrafo haya sido para mí el comienzo de una nueva era por la cual cuento las noches sucesivas en que he salido mareado y pálido del cine, porque he dejado mi corazón, con todas sus pulsaciones, en la pantalla que impregnó por tres cuartos de hora el encanto de Brownie Vernon".