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viernes, 25 de septiembre de 2020

El jugador invisible.- Giuseppe Pontiggia (1934-2003)

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XV

 «Mario Cattaneo, a sus cincuenta y ocho años, era un ex escritor. Treinta y un años atrás había publicado una novela, Instantes, vencedora del premio "Nuevos Escritores", y se había dicho de él: "es más que una promesa". A partir de entonces no había escrito nada, a excepción de la voz "novela" para una enciclopedia en fascículos, dos artículos para una revista de información bibliográfica que luego había desaparecido y dos intervenciones sobre la situación de la narrativa. Aquejado de súbita esterilidad, nunca había dejado de pensar en una futura novela, cuando dejase de enseñar en la escuela media y disminuyesen sus colaboraciones editoriales. Esta última actividad le ocupaba casi por completo: manuscritos de las más variadas extensiones, algunos minúsculos, otros gigantescos,  encerrados en cajas de tamaño de un diccionario, eran dejados en la portería por apresurados recaderos. Él bajaba cada día a recogerlos, los desempaquetaba, los sopesaba, leía el nombre del autor y el título, luego subía a su estudio, donde los alineaba sobre un arcón negro. Cuando les llegaba el turno, se recostaba en su diván de piel artificial y comenzaba a leerlos.
 La esperanza de descubrir, también él, un nuevo escritor en un desconocido no le abandonaba nunca, pero no se cumplió con mucha frecuencia en el transcurso de los años. Esas pocas veces habían significado una extraña, intensa y efímera felicidad, una participación silenciosa y decisiva en la alegría de otra persona.
 Muy a menudo, lamentablemente, las obras eran mediocres, y la evaluación se convertía en un trabajo melancólico. […]
 También le cansaban, habitualmente, las novelas de la memoria, en las que el autor quería "recordar todo", creyendo probablemente que ése había sido el intento de Proust. ¿Cómo detenerle? Sólo el final del libro lo conseguía, pero era casi siempre una interrupción, no una conclusión. En realidad, las novelas de la memoria eran inagotables y agotaban también sus reservas de energía. […]
 Otros textos de desconocidos entraban, por el contrario, en el espacio arbitrario y aleatorio, pero también bastante preciso, de la publicabilidad. Entonces comenzaban las dudas, un interés inquieto, la espera de que llegaran las páginas que le hicieran inclinarse por el sí o por el no. En ocasiones, sin embargo, no llegaba y la indecisión continuaba más allá del índice, mientras paseaba por el pasillo, donde siempre encontraba a alguien de la familia, uno de sus dos hijos, su mujer o su suegra, a los que decía cualquier cosa para distraerse y volver luego a echarse en el diván. […]          
 Además, casi siempre era cierto. El problema del tiempo libre, acerca del cual fabulaban los periódicos, consistía para él en tenerlo. Y cuanto menos tenía, más fatales asuetos se tomaba en el curso del trabajo, para encontrarse a la postre con el agua al cuello. Llevaba veintitrés años empleando este símil, sin investigar nunca la causa. En cierta ocasión pensó que para un nadador el agua no es algo muy temible, sino más bien necesario, sobre todo en el cuello. A veces, cuando releía, entre uno y otro manuscrito, ciertos libros que tenía en la biblioteca, la página inicial del Pickwick o de Moby Dick, por ejemplo, o bien Pelo de zanahoria o los Viajes de Gulliver, experimentaba una inesperada emoción, como si encontrara autores de otro planeta que, sin embargo, escribían justamente para él. Lo que estaban diciendo le concernía, allí, en aquel momento, de pie en su estudio, sin necesidad de apelaciones y relecturas, con la felicidad vivificante de una intimidad completa. Cuando después volvía a un manuscrito de trescientas páginas donde tal vez -por explícita voluntad del autor- sucedía "todo", ya no se sentía en el estado idóneo para opinar. Con frecuencia el autor fracasaba no porque no tuviera cualidades, sino porque no renunciaba a ninguna. Ávido e infantil, se comportaba como aquellos clientes que, en un menú a precio fijo y libre elección, no renuncian a ninguno de los primeros platos y, como ha previsto el cocinero, llegan ahítos al segundo. A veces, al releer estos informes, descubría que había errado el tono, la valoración, la previsión, y se sentía responsable. Las cartas de rechazo corrían a cargo de los editores y eran elaboradas a partir de una fuerte desconfianza en la objetividad del destinatario, actitud correspondida con igual convicción por la otra parte; abundantes en elogios y en retractaciones, lindaban, al igual que las contraportadas y la publicidad, con lo imaginario: la verdad era un accidente en el que también podían incurrir, pero sólo casualmente.
 "Imaginario" era una palabra que le gustaba. E incluso la protagonista de la novela que escribiría -el día que se liberara de sus compromisos laborales y pudiera dedicarle todas sus energías- era víctima de un embarazo imaginario. Se había documentado acerca de estos casos poco frecuentes, en los que la gestación puede durar nueve meses y llegar a los dolores del parto, y a veces incluso al mismo parto que consiste en una repentina y completa emisión de aire, en el momento ya inaplazable de la verdad. Este sería el final de la novela y cuanto más lo pensaba más adecuado le parecía a lo que él había entendido del  mundo. Y cuando había hablado de ello con sus tres mujeres, en lugares y momentos diferentes -con una en el cine, con otra en las escaleras, con la tercera en el taxi-, las tres habían mostrado curiosidad, igual que un editor y dos amigos, sobre todo por ese deshincharse y aflojarse del final. Se había convencido, juzgando y corrigiendo textos ajenos, de que una idea narrativa para ser buena debe convencer incluso resumida en pocas frases. Ahora bien, si al exponer la suya equivocaba un verbo o un adjetivo, sentía que toda la trama se resquebrajaba y debilitaba, pero esto era natural: cada palabra es un mundo y no podemos permitirnos distracciones con ellas. Pero a veces temía que el interés por su historia estuviera suscitado sobre todo por su habilidad en elegir y colocar palabras, ejercitada en una prolongada experiencia de solapas y que, una vez que se hubiera aplicado a desarrollarla, a ampliarla en una novela, la idea se revelara como una burbuja de aire, semejante a la de su protagonista. También le hacían estremecerse de angustia el paso del tiempo y el incremento de su edad, pero le reconfortaba pensar que muchos narradores dan lo mejor de sí en la madurez. Los ejemplos, sin embargo, a medida que avanzaba la edad, disminuían en número. Aparte de unos pocos menores, De Foe y Swift eran los clásicos que todavía le quedaban.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1987, en traducción de Joaquín Jordá. ISBN: 88-339-3103-2.]
  

jueves, 21 de junio de 2018

El mal del ímpetu.- Iván A. Goncharov (1812-1891)


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«A partir de ese momento me convertí en un triste espectador de la evolución del "mal del ímpetu". A veces se me ocurría librarlos aun en contra de su voluntad, aunque sólo fuera por poco tiempo, de aquella seducción diabólica: cerrar la puerta justo en el momento en que estuvieran a punto de salir o lanzarme en busca de los médicos más famosos y, despertando primero su interés y luego su compasión, rogarles que ayudaran a los desdichados mártires. Pero eso habría significado enemistarme con ellos para siempre, porque no habían perdido el juicio y, cuando no se mencionaban los paseos, seguían siendo los "Zúrov de invierno", es decir, eran tan amables y generosos como en los meses invernales.
 No voy a importunar al lector con la descripción de los distintos matices y casos particulares del "mal del ímpetu": en el relato de mi amigo Tiazhelenko, que he reproducido casi literalmente, se encuentra la noción general de esta dolencia y a mí solo me queda añadir, para mayor claridad y precisión, la crónica de uno o dos de los paseos, los más reveladores del estado enfermizo en el que se encontraba el alma de mis conocidos.
 Cada paseo se distinguía, invariablemente, por alguna aventura en particular: o porque se rompía el eje de la calesa y ésta volcaba, y de ella, como del cuerno de la abundancia, surgían y se esparcían los más diversos objetos en un desorden prodigioso: cacerolas, huevos, carne asada, caballeros, tazas, bastones, chanclos, damas, un samovar, bollos, sombrillas, cuchillos, cucharitas; o porque una lluvia de varios días y el cansancio acumulado los obligaban a buscar refugio en alguna cabaña que se convertía en un divertido escenario dada la diversidad que albergaba: terneros, niños, estanterías vacías, paredes mugrientas, hombres rusos y fineses, cucarachas, cazuelas, platos, damas rusas y de origen finlandés, abrigos femeninos, impermeables, ropones campesinos, elegantes sombreros de mujer y calzado rural, todo colocado sin ningún orden, formando un variopinto divertimento. Además de la peripecia principal, solían tener lugar pequeños e impredecibles accidentes: alguno de los niños caía al agua, Zinaída Mijáilovna mojaba por error su esbelto piececito en un cenagoso cauce... Pero, ¿acaso es posible referir todo lo que sucedía durante sus incursiones a campos y bosques? ¿Y acaso podría haber sido diferente tomando en cuenta que estos infelices, aun cuando nadie los empujaba, se lanzaban al encuentro de tanta incomodidad? Recuerdo que una mañana, cuando el tiempo todavía era bueno, nos pusimos de acuerdo para ir a Strelna después de la comida y visitar el palacio y los jardines. Mientras comíamos, un nubarrón plomizo cubrió el cielo y a lo lejos retumbó un trueno. Los estampidos sonaban cada vez más cerca hasta que, finalmente, se soltó un chubasco terrible. Yo me alegré pensando que sin duda alguna el paseo quedaría aplazado, sobretodo porque el aguacero no tardó en convertirse en una lluvia fina y persistente; pero mi alegría fue vana: a eso de las cinco se aproximaron a la escalinata varios carruajes de alquiler.
 -¿Qué significa esto?
 -¿Cómo qué significa? ¿Y Strelna? -exclamaron a coro.
 -¿Pero quién se va a atrever a ir con un tiempo como este?
 -¿Qué le ocurre al tiempo? Sólo está lloviendo.
 -¡Y les parece poco! Podemos coger frío, constiparnos y morir.
 -¿Y qué importa? ¡A cambio, habremos paseado! Llevamos cinco paraguas, siete capas impermeables, doce pares de chanclos y...
 -¡Y las cañas de pescar! -añadió Alexéi Petróvich.
 No tuve alternativa; les había dado mi palabra y fui. Diluvió hasta la mañana siguiente y por eso, al llegar a Strelna, en vez de visitar el palacio, nos vimos obligados a entrar en una taberna en la que tuvimos el placer de degustar un té de muy extraña consistencia, color y sabor y de deleitarnos con un correoso bistec.
 A partir de ese momento, comencé a espaciar mis visitas a los Zúrov, porque gracias a aquellos paseos caí enfermo en tres ocasiones y, por otro lado, con frecuencia no los encontraba en casa y, si los encontraba, siempre estaban atareados preparando alguna salida, o descansando de ellas; aunque lo habitual era que estuvieran indispuestos. Sin embargo, a pesar de todo, no perdía la esperanza de que sanaran y pensaba que los consejos de los amigos, la ayuda de los médicos y, finalmente, la salud que se les escapaba, acabarían por destruir la raíz de su infortunada monomanía. Pero, ¡ay!, qué cruelmente equivocado estaba. La descripción de los siguientes tres ataques, o -según la denominación que ellos les daban- tres paseos, será suficiente para  mostrar hasta qué punto "el mal" se había apoderado de aquellos infelices.
 En una ocasión llegué a visitarlos por la noche y me asombró el silencio que reinaba en esa casa donde las alegres exclamaciones, las risas y los sonidos del piano se sucedían ininterrupidamente. Le pregunté  al sirviente cuál era el motivo de aquel incomprensible silencio.
 -Ha ocurrido una desgracia, señor -respondió en un susurro.
 -¿Qué desgracia? -pregunté alarmado.
 -La vieja señora ha tenido a bien perder la vista.
 -¡No es posible! ¡Dios! ¡Pobre abuela! ¿Cómo ha sucedido?
 -Ayer, durante el paseo, tuvo a bien sentarse largo rato al rayo del sol y mirarlo fijamente y, cuando llegó a casa, tuvo a bien dejar de ver.
 Alexéi Petróvich me recibió en la sala y confirmó lo que me habían dicho añadiendo, además, que lamentaba lo de la abuela sobre todo porque esta circunstancia paralizaba temporalmente los paseos. Yo meneé la cabeza cinco veces: una de ellas intentaba expresar mi compasión por la abuela y cuatro mi indignación por las palabras de Alexéi Petróvich.
 "Bueno -pensé-, a ver si así se sosiegan por lo menos cuatro días. Cómo me alegro; tal vez con esto se vayan tranquilizando poco a poco."
 Acompañado de estas consoladoras reflexiones me fui a casa y me acosté a dormir.
 A la mañana siguiente, antes de las seis, distintas voces entremezcladas y el ruido de muchos pasos en la acera me despertaron y me obligaron a levantarme. Suponiendo que se tratase de algún incendio que se hubiera declarado por los alrededores, me asomé a la ventana ¡y qué fue lo que vi! Alexéi Petróvich, sin gorro, con los cabellos flotando al viento y una alegría salvaje en los ojos, devoraba a grandes zancadas el espacio; llevaba puesto un impermeable que se hinchaba con el aire como si fuese una vela; en las manos tenía dos cañas de pescar con sus aparejos. Detrás de él venían los niños, uno más pequeño que otro, saltando llenos de alegría, algunas veces quedándose rezagados y otras, por el contrario, adelantándose. Me quedé petrificado. Hasta entonces "el mal" no se había manifestado de una manera tan violenta. Miré de nuevo: la pandilla entera se había detenido y se había puesto a bostezar frente a mis ventanas.
 -¿Adónde dirigen sus apresurados pasos, miserables, y por qué perturban la tranquilidad del prójimo? -les espeté con voz inspirada.
 En aquel momento me parecieron seres excepcionales en los que estaba impreso el sello de la maldición y creí necesario utilizar, como se hace en esos casos, un lenguaje especial para dirigirme a ellos.
 -¡Iremos andando a Párgolovo!- gritaron a coro. [...]
 -¿Pero están ustedes en sus cabales? ¡Hasta Párgolovo hay doce verstas!»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Minúscula, en traducción de Selma Ancira. ISBN: 978-84-95587-73-2.]