Mostrando entradas con la etiqueta Convención. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Convención. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de octubre de 2020

La filosofía en invierno.- Ricardo Menéndez Salmón (1971)

Resultado de imagen de menendez salmon 

4 de noviembre de 1677
Se vende memoria

  «-Era hermosísima. Una rosa entre tanta basura -comentará años más tarde, en su lecho de muerte, Hendryck van der Spyck, recordando la tarde en que se subastaron los bienes de su alquilado, Baruch Spinoza, y todos descubrieron el rostro de su último secreto, su enamorada Rebeca Eckermann.
 La esposa de Arthur, el molinero, apareció vestida de luto riguroso y con una cinta blanca sujetando los cabellos, como una virgen flamenca, investida de una decencia en su porte y una serenidad de ánimo que jamás se hubieran sospechado en la persona de una campesina. Los asistentes a la puja se miraron en sus ojos como quien se busca en las aguas de un pozo sereno y claro. Sin embargo, cuando advirtieron que estaba a punto de dar a luz, los menos discretos ahogaron un juramento, una amenaza, un puñado de blasfemias.
 -Pero yo ordené que se abstuvieran de hacer juicios. Ni la memoria del muerto ni la vanidad del marido ultrajado se merecían aquello -añadirá el casero llevándose la mano a su maltrecho corazón, acuciado por la vejez y el oprobio de las deudas.
 Pocas personas, salvando allegados del filósofo y algún amigo de Ámsterdam, tenían noticia de su relación con la señora Eckermann, de soltera Niemayer, una muchacha que en tres primaveras había pasado de ser una ninfa de pies descalzos a convertirse en una mujer de retrato, bella como un amanecer en los diques, con aquella cabellera ensortijada aunque a la par sedosa que parecía poseer vida propia, con aquellos labios casi siempre plegados a torno a una mueca hostil  y a la vez seductora, con aquellas piernas que los universitarios miraban de reojo, atormentados por sus pliegues de bronce, y los burgueses de La Haya festejaban en sus reuniones.
 De su amor, asegura Hendryck van der Spyck, nada se supo con certeza, salvo que, a tenor de lo sucedido durante esa inolvidable reunión, debió ser grande y admirable.
 -Tuvieron que amarse como los desesperados, en silencio y en secreto, ladrones robándole tiempo al Tiempo -aventurará el agente militar en compañía de sus familiares, horas antes de que su vida se apague como un fósforo mojado-. Que se presentara ante nosotros en aquel estado, con semejante indulgencia hacia nuestro rencor, nuestra envidia, nuestra falta de talento, significaba que se encontraba allí para demostrarnos a quienes nos creíamos espejo de virtudes y guardianes de una existencia dichosa, que ella había conocido una forma más alta de felicidad que todos nosotros juntos, y que nos concedía el don de su presencia, ajena a lo que tantas miserables conciencias se atreviesen a urdir, para rendir homenaje al hombre a cuyo lado la había compartido.
 Había catorce hombres en la sala. Sentada con las rodillas muy rectas, Rebeca sacó de una manga un pañuelo que esparció por el ambiente su maravilloso aroma a espliego. Llevaba la cara lavada, libre de afeites y velos, y hablando con tono firme, sin un adarme de debilidad, instó a los señores Ferdinand Huygens (abogado de profesión) y Johannes van Kempen (testigo durante al acta levantada para inventariar las posesiones del difunto) a que, por favor, apagaran sus respectivos cigarros, pues un persistente dolor de garganta le molestaba hacía días.
 -No supieron qué decir. Se les quedó cara de sapos -sonreirá acaso por última vez el moribundo narrador al rememorar la hazaña de Rebeca, su fantástica insolencia, su candidez convertida en arma arrojadiza contra las miserias, las falsedades, el orden de una sociedad sin refugio contra los incendios de un amor como el suyo-. Nevaba con fuerza. Éramos humildes, ruines, previsibles, misántropos. Éramos salvajes con trajes hechos a medida. Los bienes de mi alquilado se subastaron por 430 florines, de los que, en calidad de dueño de la casa y compareciente, me llevé casi 40.
 La lista de pertenencias que, el 21 de febrero pasado, Willem van den Howe certificó a la muerte del filósofo resultaba un tanto desalentadora: una cama, una almohada, dos almohadones, dos mantas, un par de sábanas rojas, cortinas, un volante con una colcha de paño, siete camisas, un molino de afilar, utensilios para pulir cristales, un pantalón y una chaqueta turcos, un pantalón y una chaqueta de paño, un abrigo turco negro y otro de color, un manguito negro, una lleva, un sello, dos sombreros negros, un par de zapatos negros y otros grises, un par de hebillas de plata, un cuadrito representando a un tipejo (sic), una mesita de madera, una mesilla de tres patas, un armario con libros.
 -Ella permaneció en silencio toda la subasta. No pestañeó mientras rufianes, comerciantes y buhoneros iban dando sus limosnas por lo que aquel hombre, el mismo que desdeñó una cátedra en la Universidad de Heildeberg, el mismo que renunció a publicar sus escritos en su patria, el mismo que tuvo en un puño la voluntad del gran Jan de Witt, había conseguido reunir a lo largo de su vida: una cama donde morir con dignidad, una máquina para ganarse el pan, unas ropas con las que cubrirse del frío. Sólo al aparecer los libros rompió a llorar.
 Rebeca regresó a las tardes transcurridas en el cobijo del molino, a los duelos de las sombras y el silencio, al bostezo de las horas, a la maraña de pieles, al sol otoñal que se filtraba por los huecos de las paredes (las goteras de la luz, como a él le gustaba decir) mientras Baruch le enseñaba a leer con una paciencia increíble, mostrando una indulgencia ante su ignorancia que jamás había visto ni sentido en ninguna otra criatura viva. Imaginó entonces sus manos recorriendo las páginas ahora en venta, revivió la caricia de sus labios bosquejando las palabras allí impresas, se admiró del dibujo de su nariz hebrea aspirando los profundos aromas, a pantano y tiempo, que se emboscaban tras los libros de Quevedo, Cervantes y Covarrubias, los gigantes de la patria de sus antepasados, cuyas obras declamaba en aquella lengua de pájaros que era como un bálsamo sobre la piel herida.
Resultado de imagen de la filosofía en invierno -Las lágrimas mostraron su desnudez. Resultaba tan obvio que deseaba pujar como que no tenía ni un céntimo. El viejo Eckermann la había abandonado a su suerte. Ni siquiera el vestido que llevaba le pertenecía. Más tarde supimos que lo había robado del armario de una doncella. Sólo era una mujer preñada que aguardaba el hijo de un muerto, una desposeída -anunciará con voz estrangulada el agonizante anfitrión, ganado por una emoción sin mácula-. No obstante, me consta que lo intentó. Aquella misma tarde, concluida la subasta, se acercó a casa del comprador ofreciéndole un camafeo de jade a cambio de los libros. Fue inútil. El hombre ni siquiera permitió que traspasara el umbral, cerró la puerta delante de su cara, insultándola con cierta palabra que, a menudo, se pronuncia en las tabernas, los mercados, incluso los púlpitos. Ella se desnudó en mitad del patio, gritando a los cuatro vientos que tomara su carne grávida, pues era lo único que podía ofrecerle y, por lo que podía entender, lo único de que sabía servirse para vivir. Por fortuna, una de las cocineras se apiadó de su situación, la cubrió con una manta y le ofreció comida. Parece increíble, pero a la vista de los libros su dignidad se había derrumbado como un castillo de naipes, y la mujer que horas antes nos asombrara con su serenidad, apenas era ahora un títere roto en manos del dolor. […]
 Esa misma noche Rebeca abandonó La Haya tras tomar un coche de postas, en dirección al mar, siempre hacia el norte. Apenas podía andar debido a su embarazo. Durante semanas no se recibieron noticias suyas.
 -Casi habíamos olvidado su rostro y su sufrimiento, las circunstancias de su derrota, cuando una mañana de finales de diciembre llegó a mi casa una carta lacrada, proveniente de España. Venía firmada por una abadesa, la madre María Isabel de Argote y Lanchas, y había tardado un mes en alcanzar su destino. En ella, sin adornos ni palabras graves, pero con escrúpulo cristiano, se me comunicaba que Rebeca Eckermann, de soltera Niemayer, natural de La Haya, había fallecido en una humilde celda de monjas, durante el oficio de maitines, el 19 de noviembre del año del Señor de 1677, al dar a luz a un varón que, debido a la extrema debilidad de la madre y a las penalidades sufridas durante el larguísimo viaje, no había sobrevivido al parto.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de KRK Ediciones, 2007, pp. 83-90. ISBN: 978-84-8367-038-5.]
 

miércoles, 13 de mayo de 2020

Los afanes del veraneo.- Carlo Goldoni (1707-1793)

Resultado de imagen de carlo goldoni 

Acto primero
Escena XII
(Jacinta y Leonardo) 

«Jacinta: Sí, lo amo, lo aprecio, lo quiero, pero no puedo soportar a los celosos.
 Leonardo: (Seco.) Servidor, señorita Jacinta.
 Jacinta: (Seca.) Está usted en su casa, señor Leonardo.
 Leonardo: Discúlpeme si he venido a molestarla.
 Jacinta: (Con ironía.) Está bien, señor maestro de ceremonias, está bien.
 Leonardo: He venido a desearle buen viaje.
 Jacinta: ¿A dónde?
 Leonardo: Al campo.
 Jacinta: ¿Y usted no viene?
 Leonardo: No, señorita.
 Jacinta: ¿Por qué, si se puede saber?
 Leonardo: Porque no quisiera causarle molestias.
 Jacinta: (Con ironía.) Usted no molesta nunca. Usted agrada siempre. Es tan gracioso, que agrada siempre.
 Leonardo: No soy yo el gracioso. Al gracioso* lo llevará con usted en su carroza.
 Jacinta: Yo no soy quien manda, señor. Mi padre es el amo, y es muy dueño de llevar con él a quien quiera.
 Leonardo: Pero la hija se adapta de buena gana.
 Jacinta: Si es de buena o mala gana, usted no es adivino para saberlo.
 Leonardo: Hablemos claro, señorita Jacinta. Esa compañía no me gusta.
 Jacinta: De nada vale que me lo diga a mí.
 Leonardo: Entonces, ¿a quién se lo tengo que decir?
 Jacinta: A mi padre.
 Leonardo: Con él no puedo explicarme libremente.
 Jacinta: Ni yo puedo decidir a mi gusto.
 Leonardo: Pero si tuviera interés en mi amistad, encontraría la manera de no disgustarme.
 Jacinta: ¿Y cómo? Sugiérame usted la manera.
 Leonardo: Bueno, cuando uno quiere, encuentra siempre un pretexto.
 Jacinta: ¿Por ejemplo?
 Leonardo: Por ejemplo, se inventa un problema que retrase la salida y se gana tiempo; y si realmente interesa, se suspende el viaje antes de disgustar a una persona a la que se estima en algo.
 Jacinta: Sí; para hacer el ridículo, ése es el mejor camino.
 Leonardo: Bien, reconozca que no le importo nada.
 Jacinta: Le tengo afecto y estima; pero por culpa suya no quiero quedar mal ante todo el mundo.
 Leonardo: ¿Sería una gran desgracia el que un año no fuera de veraneo?
 Jacinta: ¡Un año sin veraneo! ¿Qué dirían de mí en Montenero? ¿Qué dirían de mí en Liorna? No me atrevería ni a mirar a nadie a la cara.
 Leonardo: Si es así, no le demos más vueltas. Vaya, diviértase y que le aproveche.
 Jacinta: Pero vendrá también usted.
La posadera; los afanes del veraneo; el abanico (Bolsillo) (Tapa ... Leonardo: No, señorita; yo no voy.
 Jacinta: (Amorosamente.) Ande, sí, venga.
 Leonardo: Con ése no quiero ir.
 Jacinta: Pero, ¿qué le ha hecho ése?
 Leonardo: No lo puedo soportar.
 Jacinta: Entonces, el odio que tiene hacia él es más grande que el amor que siente hacia mí.
 Leonardo: Lo odio precisamente por culpa suya.
 Jacinta: Pero, ¿por qué motivo?
 Leonardo: Pues, porque, porque...; no me haga hablar.
 Jacinta: ¿Porque tiene celos de él?
 Leonardo: Sí, porque tengo celos de él.
 Jacinta: Aquí le quería yo. Los celos que tiene de él son una ofensa que me hace mí, porque si está celoso es que me cree una casquivana, una coqueta, una inconstante. Quien estima a una persona no puede nutrir tales sentimientos, y donde no hay estima no hay amor; y si no me ama, déjeme, y si no sabe amar, aprenda. Yo lo amo, y soy fiel y sincera y sé cuál es mi deber; no quiero celos, no quiero desdenes, no quiero hacer el ridículo por nadie, y de veraneo tengo que ir, debo ir y quiero ir. (Sale.)
 Leonardo: Vete, que el diablo te lleve. Pero no, puede ser que no vayas. A lo mejor preparo de tal manera las cosas que tú no vas. Maldito sea el veraneo. En él ha hecho esa amistad; en él ha conocido a ése. Sacrifiquémoslo todo; que diga la gente lo que dice siempre; que diga mi hermana lo que quiera. No vuelvo a ir de veraneo, no voy más al campo. (Sale.)»

 *Se trata de Guillermo, su rival en amores.

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1985, en traducción de Manuel Carrera. ISBN: 84-376-0552-0.]

viernes, 31 de enero de 2020

La razón salvaje. La lógica del dominio: tecnociencia, racismo y racionalidad.- Juanma Sánchez Arteaga (1974)

Resultado de imagen de juanma sanchez arteaga 
Segunda parte
3.-Hacia una teoría superracional del conocimiento tecnocientífico
La “significación amplia” de los conceptos tecnocientíficos

«La comprensión del sentido de un texto tecnocientífico trasciende la mera dimensión enunciativo-descriptiva, que es la única que se mantiene explícita en el tipo de habla particular de la comunidad científica moderna: un vocabulario técnico especializado, acompañado de misteriosos gráficos y repleto de crípticos enunciados cuantitativos. Más allá de su evidente función utilitaria orientada a fines instrumentales de manipulación y dominio del objeto de estudio, tal reduccionismo manifiesto de toda comunicación científica a los aspectos puramente enunciativo-descriptivos de la acción comunicativa tiene, en la práctica, una función retórica principal, la cual ha sido perfeccionada a lo largo de los siglos: la potenciación máxima del “efecto verdad” de los mensajes científicos.
  El perfeccionamiento en la eficacia simbólica del lenguaje científico, frente a otras formas de jerga especializada a las que otorgamos un grado de fe muy inferior en nuestras sociedades, se consigue resaltando al máximo la dimensión enunciativo-descriptiva del lenguaje tecnológico o científico-natural que se aplica al discurso sobre la naturaleza. En este sentido, para potenciar el efecto verdad de las propias ideas existen clásicas estratagemas retóricas conocidas incluso por el más torpe de los científicos contemporáneos como, por ejemplo:
  -La cuantificación de las cualidades a toda costa –aún en el caso de que esta cuantificación no presente utilidad alguna-.
  -El empleo de una terminología hermética de aparente rigor, aunque ésta esté desprovista, en ocasiones, de todo significado real en un sentido fáctico. Esta estrategia es también una característica propia de las sociedades secretas en otras culturas y fue también usada por la Iglesia cristiana  durante siglos, cuando para aumentar la eficacia simbólica de su autoridad daba la misas en latín, una lengua que nadie, entre el pueblo llano, entendía.
  -El tradicional argumentum ad verecundiam o argumento de autoridad. Dígase el mayor disparate de la historia, pero póngase a su lado la firma de un científico cualquiera, con una referencia bibliográfica exacta, y muy pocos acudirán a la fuente para comprobar los fundamentos del disparate. Este se aceptará como algo evidente y “demostrado”. La estrategia a seguir en este caso ya quedó perfectamente explicada por Schopenhauer en su delicioso El arte de tener Razón: “Para el vulgus hay numerosísimas autoridades que gozan de respeto: por tanto, si uno no dispone de una enteramente adecuada, tómese una que lo es en apariencia, cítese lo que alguien ha dicho en otro sentido o en otras circunstancias. Las autoridades que el otro no entiende en absoluto suelen ser las más eficaces. Los incultos tienen un peculiar respeto por las fórmulas griegas y latinas. En caso de necesidad, también se puede no sólo tergiversar las autoridades, sino falsificarlas sin más, o citar algunas que sean de nuestra entera invención: la mayoría de las veces ni tiene el libro a mano ni tampoco sabe manejarlo”.
  -Una estratagema más: el empleo de explicaciones tautológicas, que nada explican en realidad, pero que cuelan, por así decir, disimulando su carácter de perogrulladas tras una jerga técnica de aparente rigor. Este fue el truco utilizado, en su momento, por los inventores de la idea de “selección natural”, entendida como “la supervivencia de los más aptos”, lo cual, en último término, no significa otra cosa que la supervivencia de los que sobreviven. Esta es también una estratagema clásica, conocida por los retóricos y dialécticos como la fallacia non causae ut causae –la falacia de hacer pasar por causa lo que no lo es-, que, de acuerdo con Schopenhauer, “si el adversario es tímido o estúpido y uno mismo posee mucho descaro y una buena voz, puede resultar bien”.
  -Otro recurso muy socorrido, en fin, para potenciar al máximo el efecto verdad del lenguaje-ritual de las ciencias naturales modernas aplicadas al ser humano consiste en eliminar de todas las proposiciones científicas al sujeto gramatical (que es también el sujeto histórico) que las enuncia. El paso último en esta dirección retórica asumida por el moderno lenguaje tecnocientífico consiste en la supresión misma de las proposiciones y en su sustitución por esquemas, diagramas, gráficos o inscripciones, que eliminan del objeto de estudio toda la dimensión histórica, social y humana en la que fue producido (Goody, 1985; Horton, 1993; Bloor, 2003). En cualquier caso, cuando aún existen –entre los gráficos, los algoritmos y las tablas-, las acciones científico-tecnológicas son descritas sin aludir al sujeto que las realiza: “se demuestra…, se deduce…, se vierten tantas gotas de …, se sacrifican tantos ratones…”. Nadie interviene en estas simples verificaciones autoevidentes: los elementos implicados en el procedimiento analítico del laboratorio no presentan historia, no tienen dueños, ni precio ni patrones. La tecnociencia moderna, como el mito, “priva totalmente de historia al objeto del que habla” (Barthes, 2003, 247).
  Resumiendo, sólo gracias a una convención retórica colectiva que en sí misma no posee nada de lógico (en términos formales), el lenguaje científico sobre la naturaleza, la salud y la racionalidad del Homo sapiens consigue disimular, hasta ocultarlas, el resto de las dimensiones socioemocionales de su “significación amplia”. Sin embargo, detrás de la mera denotación aséptica de las hipótesis, deducciones, falsaciones o corroboraciones científicas, se encuentra el ser humano histórico que las expresa simbólicamente como creencias o convicciones acerca de una serie de conceptos mitológicos sobre la naturaleza, muchos de los cuales recorren la historia de todas las culturas. Detrás de las estadísticas, los gráficos, los instrumentos tecnológicos de observación… se encuentra siempre un sujeto histórico oculto, quien produce las citadas construcciones simbólicas con un interés particular y que se dirige a un auditorio seleccionado en función de ciertas preferencias indeterminables en un sentido lógico pero que, sin embargo, pueden estudiarse recurriendo, por ejemplo, al análisis de la Sociología emocional o de la economía política de la ciencia moderna…»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Lengua de Trapo, 2007. ISBN: 978-84-8381-000-2.]
  

jueves, 14 de noviembre de 2019

Muertos de amor.- Carlos Cañeque (1957)

Resultado de imagen de carlos cañeque 

«-Se trata de una de las posibilidades de negocio más importantes que existen actualmente en el mundo. Seguramente, ustedes viven en un mundo muy ajetreado y estos minutos que voy a emplear en hablarles les representarán un cierto sacrificio. Sin embargo, pueden resultarles de gran valor ya que en ellos está la respuesta a muchas de las preguntas que nos hacemos. Por ejemplo, ¿cómo podemos obtener una total independencia en el mundo de los negocios? La independencia económica, ¿no es el gran sueño de todos? Pero, ¿qué significa ser económicamente independiente? ¿Lo han pensado ustedes alguna vez? Según nuestros analistas americanos, se es económicamente independiente cuando se tiene el control de los dos elementos que deciden la vida del noventa y cinco por ciento de la población mundial. Estos elementos son: el tiempo y el dinero. Miren ustedes, si el dinero y el tiempo no fueran obstáculos en sus vidas, ¿conducirían el mismo coche que conducen hoy? Dejen volar su imaginación y piensen, por un momento, qué tipo de coche conducirían. ¿Cada cuánto tiempo lo cambiarían? Quizá comprarían un segundo coche para su mujer... Si el dinero no fuera obstáculo para ustedes, ¿en qué casa vivirían? ¿En la misma? ¿Harían alguna reforma? O a lo mejor comprarían ese chalet en la montaña o en primera línea frente al mar, ese chalet para ir a pasar los fines de semana. Piensen unos segundos en esas vacaciones ideales. Si el dinero y el tiempo no fueran un obstáculo, ¿llevarían a sus hijos al mismo colegio que van hoy? ¿Cuánto dinero podrían destinar a obras benéficas? Como ven, todas estas decisiones se ven afectadas por el tiempo o el dinero. ¿Han pensado ustedes cómo cambiarían sus vidas si tuvieran el control de estos dos elementos? Nuestros expertos dicen que nunca ha existido un momento mejor que el actual para conseguir independencia económica. Y la independencia y el éxito económico están al alcance de todos. Como ha demostrado una encuesta en la revista Passion Economic World, el ochenta por ciento de los multimillonarios proceden de familias humildes. La carencia de estudios universitarios ya no es un impedimento para el camino hacia las cúspides. Según la misma encuesta, el sesenta y tres por ciento de los hombres más ricos del mundo tienen algún tipo de estudio universitario, pero, sin embargo, esta formación no les garantizó nada. De hecho, muchos profesionales (médicos, abogados, ingenieros, etcétera) que trabajan toda su vida para grandes empresas, nunca alcanzan la independencia económica que les llevaría a estar entre los grandes.
 -¿Lo ves, hija? ¿A que las ideas que tienen son buenas?
 -Sí, mamá -respondió la Reme con indiferencia.
 Su cabeza estaba en las maravillosas lecciones del profesor, en la decoración del restaurante oriental-occidental, en el carpaccio de morcilla, en Brasil. No se atrevía a contarle lo ocurrido a su madre, aunque tendría que decidirse pronto. A su lado un joven escribía los datos de Passion Economic World.
 -Big Net no quiere empleados -continuó el orador-, quiere hombres de negocios, hombres independientes que sean capaces de crear. Hombres como el señor Bill Crawford, que nació en una familia muy humilde, que de niño casi no tenía ni zapatos, ni nevera ni televisor y que hoy es millonario gracias a Big Net. Él es uno de los pocos que ha conseguido nuestra máxima condecoración, el Clavel Diamante, al sobrepasar la cifra de los cien mil auspiciados. Por favor, un fuerte aplauso para Bill Crawford.
 Toda la sala se vio inundada por una cerrada ovación. García Palacios cogió sus papeles, se hizo a un lado y estuvo aplaudiendo hasta que el americano llegó al micrófono.
 -Ése es Clavel Diamante -comentó la señora Rodríguez con progresivo entusiasmo-, sólo hay cincuenta y tres en todo el mundo.
 La Reme hizo un gesto afirmativo para dar a entender a su madre que la estaba escuchando. Con el escepticismo reflejado en su rostro, trató de concentrarse en las palabras de aquel hombre de aspecto bondadoso que empezaba a hablar. Tenía el pelo muy rubio y llevaba una corbata roja y azul, de idénticos tonos a los del logotipo de la organización.
 -Buenas tardes -dijo abriendo una sonrisa que descubría el grueso trazo rojo de sus encías superiores-, quiero contarles un poco de mi vida. Yo nací en Arkansas, como decía García Palacios, en una familia muy humilde. En mi juventud fui camarero, mecánico y recepcionista en un hotel del extrarradio de Chicago. Cuando cumplí los treinta, un amigo me metió en Big Net y comencé a trabajar con entusiasmo. A los pocos meses ya había conseguido auspiciar a más de cincuenta hombres y mujeres que fueron capaces de levantar sus propios negocios. Crecer, crecer, ése era mi sueño que estaba convirtiendo, con mi trabajo, en realidad. Y creciendo yo hacía crecer a los demás, les hacía soñar, volar hacia arriba. Ellos me saludaban sonrientes, conduciendo un coche nuevo o cortando el césped de su nueva casa. Todavía tengo en la memoria sus caras, su alegría -ahora alzaba la voz, como en un mitin-. Ellos creyeron en mí en Big Net y ellos son hoy, pueden ustedes creerme, hombres afortunados. Pero hoy he venido desde Arkansas para hablarles de la venta directa de nuestros productos, de la forma en que pueden auspiciar a los demás y de algunas otras cosas. No vengo a ofrecerles ningún contrato, en Big Net no hay contratos, ni a pedirles que dejen sus actuales ocupaciones. Sólo vengo a proponerles que estén dispuestos a dedicar un poco de tiempo a un proyecto que podría ser muy importante para ustedes. Es una propuesta muy fácil porque en Big Net no necesitamos estudios universitarios, ni tampoco invertir dinero, porque el dinero está en nosotros como el agua está en una fuente. Todo depende de que digamos, como yo dije un día sabio y feliz de mi vida, sí, quiero pertenecer a la organización. Créanme, se lo dice un hombre con la experiencia de toda una vida, es tan fácil como esto, tan fácil como empezar ahora mismo a auspiciarles a todos ustedes. Por favor, póngase en pie, sí, por favor, en pie, muy bien, y ahora repitan muy fuerte conmigo: "Sí, quiero ser auspiciado, sí, quiero ser auspiciado por Big Net". Por favor, más fuerte, con todas sus fuerzas: "Sí, quiero ser auspiciado por Big Net".
 La señora Rodríguez observó el tono pálido que había cubierto la cara de su hija, que permanecía en silencio, sin repetir las palabras propuestas por Crawford.
 -Pero, niña, ¿qué te pasa? Te veo blanca, no sé, ¿estás escuchando lo que dice el señor Canfor

     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 1999. ISBN: 84-233-3170-9.]

martes, 13 de junio de 2017

"Mariposas y supercuerdas. Diccionario para nuestro tiempo".- José Ferrater Mora (1912-1991)


Resultado de imagen de jo se ferrater mora
Política
 Sobre derechas e izquierdas

«Se ha insinuado a veces (muchas) que rechazar la división entre derechas e izquierdas, declarando acaso que ya está "pasada de moda", constituye una prueba de que se es de derechas. Yo no diría tanto, pero sí que, cuando menos durante bastantes años, los "derechistas" han mirado tal división con menos simpatía que los "izquierdistas". Nada de eso, sin embargo, la hace o todavía aceptable o ya caduca. Lo que la hace es superficial y apresurada a menos de especificarse en cada caso en virtud de qué motivos o en vista de qué circunstancias se usan -o vuelven a usarse- esos gastados vocablos.
 Es sabido, para empezar, que, en su empleo político, tuvieron un origen puramente circunstancial, un uso, por así decirlo, "locativo". Los "representantes del pueblo" más conservadores, menos radicales, más tradicionales, etc. se congregaban a la derecha de lo que en muchas naciones con sistemas parlamentarios ha venido a constituir un hemiciclo. Los más revolucionarios, los más radicales, los menos tradicionales, etc., se congregaban a la izquierda. Este modo de distribuirse en el espacio creaba inmediatamente gran número de posibilidades: unos estaban en la "extrema izquierda" y otro en la "extrema derecha" y otros, en muy diversos grados, en el centro, con lo que a la vez se producía un centro derecha y un centro izquierda y varios otros matices como una derecha y una izquierda del centro derecha y una izquierda y una derecha del centro izquierda, et caetera. La colocación de diputados en el recinto parlamentario hubiera podido ser distinta: si los representantes de la "Montaña" en el curso de la Convención francesa se hubieran colocado, como parecía corresponder a su nombre, en las partes superiores del recinto, los derechistas serían llamados "montañeses", y si los jacobinos se hubiesen distribuido en las primeras filas del hemiciclo, los izquierdistas podrían ser llamados "bases", con los enragés sentados probablemente en el suelo antes de las filas primeras y los girondinos moderados entre la "montaña" y la "base". Todo lo cual nos enseña por lo menos esto: que no es legítimo jugar con significados no políticos de las palabras "derecha" e "izquierda", tales como los derivados de frases del tipo de "hacer las cosas a derechas" a diferencia de lo "torcido" y "siniestro" que puede ser todo lo que se refiera a la izquierda.
 Ni siquiera el uso más general y vago de la derecha como conservadora y tradicional y la izquierda como revolucionaria y radical está totalmente a salvo de objeciones. Se puede ser todo lo radical que se quiera dentro de la derecha (y la izquierda) y todo lo conservador que se desee dentro de la izquierda (o la derecha).
 Así, pues, sólo dentro de un determinado contexto sigue siendo legítimo usar palabras, que entonces pierden sus sentidos generales y adquieren sentidos específicos.
 Por ejemplo: los diputados pertenecientes al llamado "Grupo Interregional" del actual Parlamento soviético están sin reservas en favor de una mayor liberalización política, de un franco pluralismo político y de una decidida tendencia a desmantelar el sistema económico todavía ampliamente vigente y a reemplazarlo por una economía de mercado (de la cual, por lo demás, hay innumerables especies). Algunos de los miembros de este grupo no parecen ni siquiera asustarse de que se hable de capitalismo e inclusive ha circulado, o vuelto a circular, entre ellos el conocido chiste: "El capitalismo es el sistema al que se llega después de pasar por varias décadas de comunismo."
 Ahora bien, ¿qué posición -"derecha" o "izquierda"- defienden los miembros de ese Grupo? Los comunistas ortodoxos o duros, que todavía los hay, dirán que son unos reaccionarios y, desde luego, unos derechistas rabiosos. Ellos alegarán, en cambio, que esos comunistas a marchamartillo son unos conservadores impenitentes, al punto de ser ellos los verdaderos derechistas. ¿Y qué posición ocupa a la hora presente Gorbachov, a los cinco años de haber iniciado a la vez la glasnost y la perestroika? Lo comunistas ortodoxos dirán que ellos son los verdaderamente revolucionarios, porque si no quieren cambiar nada por el momento es sólo porque están (¡o estaban!) en el camino hacia el "verdadero socialismo" y hacia la "sociedad sin clases" que Gorbachov y todos los aún llamados "disidentes" hacen mangas y capirotes para entorpecer o derribar y ello sólo con la aviesa intención de entregar el país a los "lacayos capitalistas" y a la "derecha". Por su lado, los "interregionales" alegarán -como de hecho lo están haciendo- que los comunistas recalcitrantes son unos inmovilistas reaccionarios y, en consecuencia, unos derechistas mientras que ellos quieren romper con lo que se ha convertido en un neotradicionalismo, al punto que o bien aspiran a que Gorbachov, que tal vez es ya "demasiado conservador" abandone las riendas del mando, o bien desean -como varios han declarado- que Gorbachov se desplace "junto a ellos, algo más a la izquierda".
 La situación actual en la Unión Soviética, y en los países ex comunistas y ex satélites del Este, se ha dado asimismo innumerables veces -y sigue dándose, con todos los cambios históricos pertinentes- en otros países, donde, además, se da con frecuencia la circunstancia de que los gobernantes de derechas hagan (y acaso sólo ellos puedan realmente hacerlo) una política de izquierdas, y de que los gobernantes de izquierda hagan (y asimismo sean sólo ellos quienes puedan hacerlo) una política de derechas. Esto explica situaciones sobremanera confusas, como la de que, de nuevo en la Unión Soviética, los que se designan a sí mismos como patriotas a ultranza (los del grupo Pamiat -Memoria-) puedan defender a los comunistas tradicionales como los que conservan aún el empuje "imperial" del zarismo. En punto a confusiones, nada mejor que la política.
 En cualquier caso, todo eso contribuye a que se desdibujen cada vez más los significados generales de las palabras "derecha" e "izquierda", que entonces pueden usarse sólo como nociones muy generales -los filósofos dirían como "conceptos regulativos"- o bien tienen  que especificarse trayendo a colación las circunstancias concretas dentro de las cuales son empleados. No hay que ser de derechas (o de izquierdas) para reconocerlo.
 Todo lo cual hace que los problemas y conflictos políticos sean mucho más difíciles de describir y explicar de lo que suponen quienes se aferran sin más a los vocablos "derecha", "izquierda", "centro", etc. No es de extrañar que se haya tendido a emplear otros términos que, como pragmatistas o ideólogos, todavía parecen algo nuevos (por lo menos entre los comentaristas políticos) y que tal vez sirvan hasta que, con el desgaste, acaben por vaciarse de sentido.»