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lunes, 5 de julio de 2021

Kappa.- Ryunosuke Akutagawa (1892-1927)


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 «Antes de proseguir, creo que debería describir brevemente a los kappa. Hasta ahora se dudaba de su existencia pero, puesto que yo he vivido entre ellos, doy fe de que son reales sin ningún género de duda. Así que dicho esto, pasemos a los detalles concretos. Debo decir que su aspecto se ajusta plenamente a la descripción que se encuentra en el libro Breve historia del tigre de agua: tienen una coronilla de pelo corto, y pies y manos palmeadas, como los patos. La altura media de un kappa no llega a un metro y, según el doctor Chak, su peso suele oscilar entre nueve y trece kilos, aunque también advirtió que hay kappas más corpulentos que pueden llegar a pesar hasta veinticinco kilos. Justo en el centro de su cabeza tienen un platillo ovalado que se endurece a medida que el kappa se hace mayor. De hecho, el platillo de Bag, un kappa viejo, es bastante distinto al tacto del de uno joven, como el de Chak. Sin embargo, el atributo más extraño del kappa es el color de su piel. Los kappa no son de un color determinado, como los humanos; cambian en función de lo que les rodea, de forma parecida a los camaleones. Cuando están cerca de la hierba, se vuelven verdes, y cuando se posan sobre una roca, su piel se vuelve grisácea como la piedra. Ignoro si los kappa comparten algo más con los camaleones. Cuando descubrí la cualidad cambiante del color de su piel, me acordé de que, según las leyendas tradicionales, los kappa del oeste eran verdes y los del norte eran rojos. Además, recordé que cuando estaba persiguiendo a Bag, no entendía cómo podía escabullirse tan fácilmente y durante tanto tiempo: está claro que era gracias a este ardid óptico, se ocultaba en el paisaje y lo convertía en su aliado.
 Los kappa poseen una capa de grasa de un dedo de espesor bajo la piel y, aunque la temperatura de este país subterráneo es relativamente baja –pues suele rondar los diez grados-, no precisan de ropa. Eso sí, llevan gafas, e incluso algunos tienen carteras y petacas de tabaco. Por suerte, los kappa, igual que los canguros, tienen una bolsita en el abdomen, y en ella transportan los accesorios que en ese momento no utilizan. A mí me resultaba un poco raro verlos corretear por ahí sin ni siquiera un pedazo de tela que cubriera sus partes y, una vez, le pregunté a Bag de dónde venía la costumbre de ir desnudos por el mundo. Él se echó a reír, a carcajadas, doblando la cintura, y por fin, cuando recuperó el aliento, logró replicar:
 -Pues, a nosotros lo que nos parece curiosísimo es la obsesión que tenéis los humanos por taparos todo el rato.

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 Gradualmente, aprendí el idioma kappanés y pude comprender más sobre sus costumbres y prácticas sociales. Lo más asombroso y confuso era la forma en que los kappa lo entendían todo al revés: cuando los seres humanos nos tomamos algo en serio, a ellos les divierte sobremanera. Igualmente, todo lo que nos parece gracioso a nosotros, los kappa lo consideran extremadamente serio.
 Por ejemplo, los humanos creen que la compasión y la decencia son cualidades importantísimas y muy, pero que muy serias; sin embargo, cada vez que los kappa oyen estas palabras estallan en risotadas interminables. Está claro que su sentido del humor difiere mucho del nuestro.
 Una vez charlaba con el doctor Chak acerca de los métodos anticonceptivos. De repente, abrió la boca y exhaló una carcajada, y otra y otra, hasta que sus quevedos temblaron sobre su nariz. Como era de esperar, eso me puso de mal humor (a uno no le gusta que se rían de lo que dice sin saber por qué), y le pregunté secamente de qué se reía. Aunque en aquel entonces aún no dominaba el kappanés, así que puede que me confundiera un poco, su respuesta fue la siguiente:
 -¡Pero bueno! Es ridículo que los padres tengan en cuenta sus circunstancias personales y su conveniencia. ¿No le parece el colmo del egoísmo?
Resultado de imagen de akutagawa kappa atico de los libros No le dije lo que realmente pensaba: que a mí me parecía ridículo el modo en que las hembras kappa dan a luz. Poco antes de esa conversación con el doctor Chak, hbaía ido con Bag a su casa para observar a su mujer mientras ésta paría. Igual que nosotros, los kappa llaman al médico o a una comadrona para que les ayude durante el nacimiento del bebé. Pero justo antes de que nazca el crío, el padre, casi como si estuviera manteniendo una conversación telefónica, acerca la boca a la vagina de la madre y pregunta en voz muy alta:
 -¿Quieres nacer, o no? Piensa muy seriamente antes de contestar.
 Así procedió Bag, se arrodilló en el suelo de modo que su cabeza quedara frente al sexo de su mujer y formuló varias veces esa pregunta, acercándose más en cada ocasión. Después, se levantó y, siguiendo las instrucciones del médico, hizo gárgaras con un líquido desinfectante. No tardó en llegar, desde el útero de la madre, la vocecilla del niño, que replicó vacilante:
 -Muchas gracias por preguntar, pero no quiero nacer. Me aterroriza la posibilidad de heredar las costumbres, los complejos y hasta pudiera ser que la locura de mi padre. –Y añadió-: Aparte de eso, creo que la existencia de un kappa no sirve para nada. Es más, creo que su propósito es más bien maligno.
 La respuesta puso en situación muy embarazosa a Bag, que empezó a rascarse la cabeza nerviosamente. Mientras, la comadrona que estaba ayudando en el parto introdujo un grueso tubo de cristal en el útero de la esposa del pescador y lo utilizó para inyectar un fluido en la placenta. Claramente, era una sustancia calmante, pues, aliviada, la madre soltó un profundo suspiro. Al mismo tiempo, su hinchada barriga empezó a disminuir, igual que un balón se desinfla al perder aire.
 Como habréis deducido por la respuesta del feto de Bag, los bebés kappa pueden andar y hablar desde el mismo instante en que nacen. Una vez, Chak me contó la historia de un crío que pronunció un discurso sobre la existencia de Dios cuando apenas contaba con veintiséis días de vida. Lamentablemente, dicen que el pobre se murió antes de cumplir los dos meses.»

     [El texto pertenece a la edición en español de la Editorial Ático de los Libros, 2010, en traducción de David Favard, pp. 19-24. ISBN: 978-84-938295-0-6.]

jueves, 3 de junio de 2021

Mi filosofía de A a B y de B a A.- Andy Warhol (1928-1987)


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6.-Trabajo


 «Antes de que me pegaran un tiro pensaba que estaba aquí más a medias que por entero: siempre creí estar viendo la tele y no la vida real. La gente dice a veces que las cosas que pasan en el cine no son reales, pero lo cierto es que lo que no es real son las cosas que pasan en la vida real. Las películas hacen que las emociones sean tan fuertes y reales que las cosas que te ocurren en la realidad son como si las vieras en la tele: no sientes nada.
 Desde el instante en que me dispararon, he sabido que miraba la televisión. Los canales cambian, pero todo es televisión. Cuando realmente estás metido en algo, por lo general piensas en otra cosa. Cuando me desperté en alguna parte (no sabía que estaba en un hospital ni que a Bobby Kennedy le habían disparado al día siguiente de mi propio atentado), oí comentarios fantasiosos acerca de miles de personas que se congregaban y rezaban en la catedral de St. Patrick y entonces oí la palabra “Kennedy” y eso me devolvió al mundo de la televisión porque sólo entonces me di cuenta de que, bueno, allí estaba yo, sufriente.
 Así pues, me dispararon en mi empresa: Andy Warhol Enterprises. En aquel momento, 1968, Andy Warhol Enterprises consistía en unas cuantas personas que trabajaban para mí según un sistema bastante corriente, algo así como empleados que trabajaban por libre en proyectos específicos, un montón de superstars o hiperstars, o como quiera que se llame a la gente con mucho talento, pero cuyas aptitudes son difíciles de definir y casi imposibles de comercializar. Ese era el “personal” de Andy Warhol Enterprisesen aquellos tiempos. Un entrevistador me hizo una serie de preguntas acerca de cómo dirigía mi oficina y traté de explicarle que en realidad no la dirigía, ella me dirigía a mí. Recurrí a un montón de frases como “me da mucha pasta”, de modo que no comprendió en realidad lo que yo decía.
 Mientras estuve en el hospital, mi “personal” siguió haciendo sus cosas y me di cuenta de que en realidad lo que yo tenía era una empresa cinética, porque seguía delante sin mí. Me gustó comprobarlo, porque por aquel entonces yo había decidido que el mejor arte eran los “negocios”.
 El arte de los negocios es el paso que sigue al Arte. Empecé como artista comercial y quiero terminar como artista empresario. Tras hacer lo que se llama “arte”, o como quiera que se lo llame, pasé al arte de los negocios. Quería ser un Empresario Artístico o un Artista Empresario. Ser bueno en los negocios es la más fascinante de las artes. Durante los años hippies, la gente despreció la idea de los negocios. Decían: “El dinero es malo” y “Trabajar es malo”, pero hacer dinero es un arte y trabajar es un arte y los buenos negocios son la mejor de las artes.
 Al principio no todo en Andy Warhol Enterprises estaba demasiado bien organizado. Pasamos directamente del arte a los negocios cuando firmamos un acuerdo para suministrar a una sala de cine una película semanal. Esto comercializó nuestra producción cinematográfica y nos llevó de los cortometrajes a las películas de larga duración y de éstas a los seriales. Aprendimos un poco de distribución y pronto empezamos a intentar distribuirnos nuestras películas, pero descubrimos que era demasiado difícil. No esperaba que las películas que hacíamos fueran comerciales. Era mucho ya el que el arte se hubiera perdido en la corriente comercial y entrado en el mundo real. Resultaba ya muy problemático ser capaz de mirar y ver nuestra película allá fuera, en el mundo real, en un rótulo y no aquí dentro, en el mundo del arte. El arte de los negocios. El negocio del arte. Los Negocios del Negocio del Arte.
 […]
Supongo que tengo una interpretación muy libre del “trabajo”, porque creo que el solo hecho de estar vivo ya supone muchísimo trabajo para algo que no siempre quieres hacer. Nacer es como ser secuestrado. Y luego vendido como esclavo. La gente trabaja sin parar. La maquinaria siempre está en funcionamiento. Incluso cuando duermes.
 […]
 Me encantaba trabajar cuando trabajaba en arte comercial y me decían qué hacer y cómo hacerlo y tu única obligación era la de corregir y ellos te decían sí o no. Lo difícil es tener que idealizar las cosas más insulsas por tu cuenta. Creo que la persona que más me gustaría tener como asesor es a un jefe. Un jefe que pudiera decirme qué hacer, porque eso facilita las cosas cuando estás trabajando.
 A menos que tengas un trabajo en el que debes hacer lo que otro te dice, la única persona “cualificada” para ser tu jefe sería una computadora que estuviera especialmente programada para ti, que recogiera todos los datos sobre tus finanzas, prejuicios, sutilezas, ideas en potencia, rabietas, aptitudes, crisis de identidad, cantidad y naturaleza de competencias, lo que tomas para desayunar el día que tienes que firmar un contrato, de quién estás celoso, etcétera. Mucha gente podría ayudarme en partes y secciones de mis negocios, pero sólo una computadora sería para mí de absoluta utilidad.
 Si tuviera una buena computadora, podría ponerme al día con mis pensamientos durante los fines de semana en caso de que vaya retardado  con respecto a mí mismo. Una computadora sería como un jefe muy cualificado.

 Algo que no hago ahora y que debería hacer es conocer a más científicos. Creo que la mejor cena sería aquella en que se le pidiera a cada invitado que trajera a la mesa alguna novedad científica. No tendrías más tarde la sensación de que has perdido el tiempo alimentando tu maquinaria con simples trozos de comida. Pero nada que tenga relación con las enfermedades. Únicamente las novedades de la ciencia pura.
 La gente me envía cantidad de regalos por correo, pero me gustaría que, en vez de tantos regalos y paquetes artísticos, me enviasen paquetes científicos en un lenguaje que yo pudiera entender. Eso haría que volviera a desear abrir la correspondencia.

Resultado de imagen de mi filosofia de la aa a B y de b a aandy warhol Cuando trabajo en un proyecto de negocios, en todo momento espero que suceda algo malo. Siempre espero que los acuerdos fracasen de la peor manera posible. Sin embargo, supongo que no debiera preocuparme. Si algo malo debe ocurrirte, ocurrirá, no puedes impedir que suceda. Y jamás ocurre de hecho hasta que hayas superado el punto en que ya no te importa que ocurra o no. Una actriz amiga mía me dijo que cuando ya no quería más dinero y ya no deseaba más joyas, fue precisamente cuando recibió dinero y joyas. Supongo que las cosas ocurren para tu propio bien, porque cuando dejas de desear cosas es precisamente cuando el poseerlas ya no te chiflará. Sólo cuando has dejado desearlas, puedes dominarlas. O antes. Pero jamás durante. Si consigues las cosas cuando realmente las deseas, te vuelves loco. Todo se distorsiona cuando algo que deseas realmente lo tienes bailando en la punta de la nariz.

 Después del hecho de vivir, el trabajo más duro es el del sexo. Por supuesto, para algunos no es un trabajo, porque necesitan ejercicio y tienen energía para el sexo y éste les brinda aún más energía. Algunos obtienen energía del sexo y otros pierden energía con el sexo. He descubierto que es demasiado trabajo. Pero si tienes tiempo para ello y necesitas ejercicio, debes hacerlo. Pero aún así podrías ahorrarte muchas molestias  averiguando primero si eres un obtenedor de energía o un perdedor de energía. Pero puedo comprenderlo cuando veo a gente que anda corriendo en busca de sexo.
 Representa el mismo trabajo para una persona atractiva no practicar el sexo como practicarlo para una persona no-atractiva, de modo que es útil si la gente atractiva obtiene energía del sexo y si la gente no-atractiva pierde energía con el sexo, porque entonces confluirán todos sus deseos en la dirección en que los empuja la gente.
 Junto con la práctica del sexo, ser sexuado también cuesta mucho trabajo. Me pregunto qué es más difícil: 1) que un hombre sea un hombre, 2) que un hombre sea una mujer, 3) que una mujer sea una mujer, o 4) que una mujer sea un hombre. La verdad es que no conozco la respuesta, pero tras observar a todos estos tipos, sé que los que más trabajan son los hombres que tratan de ser mujeres. Pierden el doble de tiempo. Lo hacen todo por duplicado: piensan en afeitarse y en no afeitarse, en adornarse y no adornarse, en comprar ropa de hombre y ropa de mujer. Supongo que es interesante intentar ser de otro sexo, pero puede ser igualmente fascinante ser tan sólo de tu propio sexo.
 […]
 Las azafatas gozan de la mejor imagen pública: anfitrionas en el aire. En realidad, su trabajo es el mismo que el de una camarera en Bickford’s, además de otras tareas adicionales. No quiero rebajar a las azafatas. Simplemente quiero enaltecer a las damas de Bickford’s. La diferencia radica en que la azafata tiene un trabajo de Nuevo Mundo en el que jamás competirá con ningún estigma de clase, rémora del síndrome aristocracia-campesinado del Viejo Mundo.
 […]
 Es extraño ver cómo el tener dinero no es gran cosa. Llevas a tres personas a un restaurante y pagas trescientos dólares. Vale. Entonces llevas a esas mismas tres personas a cualquier bar de la esquina y lo tomas todo allí. Te llenas tanto en el bar de la esquina como en el gran restaurante –en realidad, más- y te cuesta sólo quince o veinte dólares y básicamente obtienes la misma comida.
 El otro día estaba pensando en lo que hay que hacer ahora en América para tener éxito. Antes, bastaba con tener aspecto de persona de toda confianza y llevar un buen traje. Mirando a mi alrededor, supongo que hoy en día tienes que hacer lo mismo, pero sin llevar un buen traje. Creo que eso es todo. Piensa como un rico. Vístete como un pobre.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 1993, en traducción de Marcelo Covián, pp. 99-115. ISBN: 84-7223-676-5.]

miércoles, 28 de abril de 2021

Cuerpos del rey.- Pierre Michon (1945)


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Cuerpos del rey

El cielo es un hombre pero que muy grande

 «Pocas veces he rezado. A principios de septiembre de 2001, mi madre, que durante su vida adulta intentó ser mi padre y mi madre, que en su avanzada vejez habría podido ser mi hija, mi madre se estaba muriendo en el hospital de G., una ciudad pequeña. Había árboles enormes en su ventana, una muralla de hojas. Todos los días del final de ese verano fueron hermosos, el sol cambiaba incansablemente esa pared verde, bajo la mirada de una moribunda que había amado los árboles. Iba a verla a diario, pero cuando llegué el 7 de septiembre vi que había llegado el momento (lo vi con la cabeza; el corazón se me quedaba a la zaga): agonizaba con un estertor, ya no volvería a hablar, había entrado en ese tiempo del alma errabunda que los tibetanos llaman el bardo. Me senté a su lado y, al cabo de un rato que soy incapaz de calcular, al cabo de horas o de minutos, me levanté como una exhalación, salí y me fui corriendo a una librería a comprar libros. Escogí con calma. Volví con el tomo XXIII de la Carte archéologique de la Gaule Romaine, el tomo segundo de los Dits et écrits de Michel Foucault, en la colección Quarto, y un tercer libro que he olvidado. Seguía corriendo, igual que la liebre de la fábula. Podían ser de las seis de la tarde. Cuando entré en la habitación de mi madre, el estertor había cesado y la respiración también; le tomé la mano y no había perdido aún nada de su tibieza. Llamé a la enfermera, que confirmó el fallecimiento, y me dejaron solo. El único presente era mi pensamiento, y me daba constancia de las cosas, como hacía un rato. Los libros estaban colocados, con mucha formalidad, a los pies de la cama, en su bolsita, junto a los pies de los cadáveres, que son diminutos. La muralla verde le era propicia al pensamiento. También el pensamiento estaba tibio, como lo está siempre. Yo necesitaba rezar, convocar el corazón y el alma que aquella mujer se merecía. Probé con una de esas cosas que se aprenden en la catequesis, el Padre Nuestro seguramente, pero lo dejé enseguida. Y luego el texto, la oración, se me impuso, llegada desde muy lejos, como si me la hubiera enviado otra persona, y la dije en voz alta, para que, como si dijéramos, la muerta la oyese: “Hombres y hermanos que seguís en la vida, no nos juzguéis con duro corazón, pues si tenéis compasión de estos tristes, habréis más pronto de Dios el perdón”. El corazón y el alma acudieron, dije el poema de cabo a cabo, como hay que decirlo, entre lágrimas; lo dije de pie ante el cadáver de mi madre como hay que estar, entre lágrimas.
 Recé en otra ocasión, en el mes de octubre, unos años antes. Una criatura había nacido durante la noche, yo acababa de volver a mi casa al alba. Algo me embargó, que era un deseo de rezar, de clausurar, de abrirme. Sentado en la cama, tranquilo, sonriente si es que se sonríe a solas, dije de cabo a cabo, en voz alta, El sueño de Booz. Lo dije como hay que decirlo, entre el sosiego, la aceptación de todo, la esperanza sin razón aparente, la gloria que siempre llega.

 La balada de los ahorcados puede decirse para una madre muerta. El sueño de Booz puede decirse para una hija que ha nacido viva y viable, como ponen los parteros en su informe rutinario. Muy pocas obras en verso hay que puedan aguantar en esas dos ocasiones, de la misma forma que se dice que el tungsteno aguanta en una temperatura de cero absoluto, el tungsteno que reviste esos hermosos telescopios que contemplan el Big Bang, en vilo entre la tierra y la luna. El tungsteno contempla el Big Bang. Los dos poemas que ya he dicho contemplan los cadáveres, entre los que hay cadáveres de madres, contemplan el alma que es recuerdo de esos cadáveres en los que habitó, desde los que miró el trocito de Big Bang que a ella se le concedió fugitivamente; contemplan los cuerpos vivos, los niños pequeños que nacen, que envejecerán y morirán. Los contemplan, les hablan, hablan de ellos, de los cadáveres, de los niños, y de nosotros, que estamos en medio, como si los cadáveres, los niños y nosotros fuéramos lo mismo; y somos lo mismo. Tranqu
ilizan al cadáver, tranquilizan al niño en pie. Tal es sin duda el cometido de la poesía. Casi no le veo otro. Los poemas pueden tener ese efecto, pueden servir para eso, pueden abarcar en la misma ojeada el Big Bang y el juicio final y todo cuanto acontece entre ambos, el duelo eterno y la alegría, que también es eterna; la riqueza y la miseria, que es su sombra; la muralla verde, la muerta, los adjetivos viva y viable; pueden conmover y trastornar a los hombres al darles fugazmente esa visión doble. ¿De qué sirven los poetas en estos tiempos nuestros de aflicción, en este año de aflicción de 2002, como lo fue también en Moulins el año 1462, cuando Villon estaba acabando el Testamento, como lo fue también el año 1859, en cuyo mes de mayo escribió Hugo Booz, como lo fue el impreciso año del neolítico tardío en el que soñaba Booz, Wozu Dichter, para qué iba a haber poetas? Sólo para eso.

 Seguramente he rezado en más ocasiones, pero esas oraciones no lo eran del todo, no eran para una anciana muerta o una niña viva, no eran para nada, iban a los árboles, a mi complacencia conmigo mismo, a la dicha que no viene a cuento y se otorga rimas para ir a más. Una vez fui con unos amigos arqueólogos a una excavación en la alta Etiopía, en la provincia de Menz: tres mil metros de altura en los trópicos, es decir, algo así como el clima de Toscana, el cielo de un azul extravagante, y esa alfombra vegetal que los geógrafos llaman el parque y es una sabana, pero a medio camino entre los pastos y la meseta calcárea, un césped inglés. Las excavaciones fijaban el perímetro de la ciudad de tiendas de un rey medieval que tuvo buen cuidado, como lo aconsejaba Vegecio, “de asentar el campamento en lugar seguro, donde puedan conseguirse leña, pastos y agua y aire saludable en abundancia”. Había de todo eso en abundancia; había también cereal, que la gente de allá entierra con una reja de arado de madera dura de mimosa, siega con hoz y trilla en la era; enebros gigantes, tabulares, regalistas, dignos de cobijar a los reyes con su sombra; órganos basálticos con los cimientos al aire, un caótico desmoronamiento de rocas, hermosos bloques poliédricos desplomados, que apetecía comerse, como en Hambre de Rimbaud, en los que tomas asiento lo mismo que un rey; y, allende el campamento del rey y los órganos caídos, había una pradera larga y ancha plantada de eucaliptos que daba, en caída vertical, a la muralla natural de un cañón de trescientos metros de altura.
Resultado de imagen de cuerpos de rey Allí iba yo con frecuencia. No había nadie y sí lo había. Con frecuencia me creía solo y, de pronto, me rodeaban unos niños, atentos, plácidos, prestos a brindar sus servicios, a explicar en mal inglés el cometido de lo que fuera, de viento, de los árboles, de las ramas de los árboles, de Dios o de la poesía rimada, cuanto se le ocurriera a uno. No se ponían pesados. Pero se habían fijado, desde el primer día, en que yo siempre llevaba en el bolsillo varios lápices, de esos de plástico de colores que vienen en unas carteritas y se compran en los quioscos de las estaciones; para ellos eran un tesoro. Por eso las charlas y los servicios prestados transcurrían al compás de frecuentes: Father. A pen? Give a pen, father. Tales transacciones con el father (¿me tomaban acaso por un sacerdote, por un patriarca? ¿O se limitaban a dejar constancia de que era viejo?) no les impedían recoger ramas secas de eucalipto, pues para eso acudían a aquella pradera por encima del nivel del cañón. Esa tarea de espigadores era la obligación de los niños de Menz, o, como mucho, de los jóvenes; estaba enterado de que las pocas mujeres que recogían leña eran viudas, o las habían abandonado, y no tenían hijos. Abundan las mujeres en esa situación y buscan desesperadamente un compañero, un genitor; cualquiera les vale, no son nada exigentes.
 Una noche vi a una de esas mujeres. Se acercaba desde el otro extremo de la pradera. Me hacía breves señas, según se aproximaba, al tiempo que recogía leña. Eran insinuaciones discretas y meridianas a la vez, sonrisas, miradas, una forma modesta y franca de aparecer con aspecto favorecido, pero sin melindres ni ramplonería; así debían de ser las proposiciones sexuales desde siempre en las sociedades agrarias de las que ya nada sabemos. En aquel momento, no caí en la cuenta de qué quería, pensé que era afable. Llegó hasta mí, con el haz de leña bajo el brazo. Podía andar por los treinta o los cuarenta años, era aún bastante guapa, pero le faltaban dientes y tenía el vientre deformado. En ese mal norteamericano del que dispone el mundo entero, en esa lengua siria del imperio, me habló, sonriente y blindada sin alarde. Sus cuatro hijos habían muerto, su marido también. Sonreía. Tenía el indómito coraje de estar viva. Me miraba a los ojos. Come home. Bread. Milk. Me. Tala (la cerveza en etíope). Se reía y hablaba en serio. Yo me reía también. Le dije que ya tenía homes y families y que alguien me estaba esperando en la aldea para tomar tala. Le di algo que no era amor, lo que suele llevarse en el bolsillo trasero de los vaqueros y vale para todo. Se fue con la misma sonrisa, los mismos modales francos y directos.
 El falso patriarca rechazó a la espigadora de verdad.
 Me había enternecido. Se había ido. Llegaba un leve viento desde el cañón. Recité de cabo a cabo El sueño de Booz, por los eucaliptos y los enebros, por los reyes muertos, por el neolítico, por la era y los diluvios, por mí porque me gustaba y porque me hacía llorar y para estar ya borracho antes de emborracharme con tala, por el cañón por el que te puedes caer, por la jerga universal, por las oportunidades perdidas, por las mujeres que apeteces y por las que no apeteces, por nunca jamás, por Corvus crassirostris que anida en Menz, thick-billed raven, que es de vuelo torpe, pico carroñero y grito repugnante, tiene el plumaje más fúnebre que el de la corneja añosa, pero luce en la nuca el ancho de una mano infantil de armiño, de leche, de nieve, un espejo puro donde se mira el candor.
 Estaba terminando el poema cuando apareció de verdad la hoz de oro en el campo de las estrellas. Me fui a beber tala.  

 Quizás no esté de más referir lo poco que sucede en ese poema, según lo entiendo yo: un hombre duerme, una noche de trilla o de siega. Duerme al aire libre. Estamos en los tiempos bíblicos. El hombre que duerme es un segador, y algo más que un segador, el dueño de la siega, un hacendado, un latifundista. El grano rebosa. El hombre es viudo, sin hijos, recorre el último tramo del camino cumpliendo con las formas, sin resentimiento. Tiene un sueño; y ve en él, con la rígida forma de un roble que le nace del vientre, una juvenil erección y una prolongada descendencia muy ilustre. No se lo cree, sabe que sueña. Pero está en un error: mientras duerme y sueña, una Forastera que había ajustado para que espigara, una mujer muy joven, se ha tendido a su lado, ha desnudado sin ambigüedad el pecho y espera la voluntad del hombre. Con los ojos abiertos al cielo, se pregunta por el origen de la luna.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2006, en traducción de María Teresa Gallego Urrutia, pp. 63-70. ISBN: 84-339-7096-8.]         
        

jueves, 12 de octubre de 2017

"Recuerdos, sueños, pensamientos".- Carl Gustav Jung (1875-1961)


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Período escolar
I

«Mi decimoprimer año fue, hasta cierto punto, trascendental para mí, pues a la sazón fui al Instituto de Basilea. Con tal motivo tuve que separarme de mis compañeros de juegos del pueblo y entré verdaderamente en el "gran mundo", donde gente poderosa, mucho más poderosa que mi padre, vivía en grandes y espléndidas casas, iban en costosas calesas tiradas por soberbios caballos y se expresaba en los distinguidos idiomas francés y alemán. Sus hijos, bien vestidos, de elegantes modales y disponiendo de dinero abundante, eran mis compañeros de clase. Con asombro y mal disimulada envidia me enteré que habían estado durante las vacaciones en los Alpes, en las "resplandecientes montañas nevadas" junto a Zúrich, e incluso en el mar, lo cual llegaba a ser el colmo. Yo los observaba como seres de otro mundo, procedentes de aquel dominio inaccesible de las nevadas montañas que brillaban como ascuas y de las lejanías inmensas del inimaginable mar. Reconocí entonces que éramos pobres, que mi padre era un pobre párroco de aldea y yo un hijo de párroco mucho más pobre todavía, que tenía agujeros en la suela de los zapatos y tenía que pasar seis horas de clase con los calcetines empapados. Empecé a contemplar a mis padres con otros ojos y empecé a comprender sus desvelos y preocupaciones. Por mi padre sentía yo especial compasión y, curiosamente, menos por mi madre. Se me aparecía como algo más fuerte. Sin embargo, me ponía de su parte cuando mi padre no podía dominar su nerviosismo. Esto no fue precisamente favorable para la formación de mi carácter. Para liberarme de estos conflictos me situé en el papel de supremo juez de paz que nolens volens debe juzgar a sus padres. Esto me ocasionó un cierto engreimiento que hizo aumentar mi orgullo, ya de por sí vacilante, a la vez que lo disminuía.
 Cuando yo tenía nueve años, mi madre dio a luz a una niña. Mi padre estaba nervioso y satisfecho. "Esta noche tienes una hermanita", dijo, y yo me quedé del todo sorprendido pues no había notado nada anteriormente. El que mi madre permaneciese con frecuencia en cama no me había llamado la atención. Lo interpretaba como una imperdonable debilidad. Mi padre me llevó a la cama de mamá y ella sostenía en sus brazos un pequeño ser que por su aspecto resultaba decepcionante: una cara roja y diminuta como de viejo, los ojos cerrados, posiblemente ciegos como perritos. El personaje tenía en la espalda algunos largos pelos rojizos, lo que me hizo pensar: ¿se convertiría en un mono? Me sentía intimidado y no sabía cómo tomármelo. ¿Éste era el aspecto de un recién nacido? Se murmuró entonces algo acerca de la cigüeña que había traído al niño. ¿Qué pasaba, sin embargo, con una camada de perros y gatos? ¿Cuántas veces hubiera tenido que volar la cigüeña hasta que todos los cachorros estuvieran allí? ¿Y qué sucedía con las vacas? Yo no podía imaginarme que una cigüeña trajera en su pico a toda una ternera. Además los campesinos decían que la vaca había tenido terneras y no que la cigüeña las había traído. Esta historia era evidentemente una patraña que querían hacerme tragar. Yo estaba seguro de que mi madre había vuelto a hacer algo que yo no debía saber.
 Esta repentina aparición de mi hermana me dejó una vaga sensación de desconfianza que incitaban mi curiosidad e interés. Posteriores reacciones extrañas de mi madre confirmaron mis sospechas; algo deplorable iba unido a este nacimiento. Por lo demás, este acontecimiento no me inquietó, pero ciertamente contribuyó a agravar un suceso que tuvo lugar cuando yo tenía doce años.
 Mi madre tenía la desagradable costumbre de hacerme todas las advertencias posibles cuando iba yo de visita o era invitado. Entonces llevaba yo no sólo mi mejor traje y zapatos limpios, sino que también notaba una sensación de dignidad en mis aspecto y modales y sentía como una humillación el que la gente de la calle pudiera oír las cosas ofensivas que mi madre me gritaba: "No olvides tampoco cumplir las recomendaciones de papá y mamá, y limpiarte la nariz, ¿llevas pañuelo?, ¿te has lavado las manos?", etcétera. Me parecía del todo inadecuado poner en evidencia mis sentimientos de inferioridad ante todo el mundo, en el que yo desde hacía tiempo cuidaba mi vanidad y autosuficiencia. Estas ocasiones significaban mucho para mí. En el camino hacia la casa donde estaba invitado me sentía importante y digno, como siempre que llevaba el vestido de los domingos en un día laborable. Pero el cuadro variaba mucho tan pronto como traspasaba el umbral de la casa ajena. Entonces me ofuscaba la impresión de la grandeza y poderío de esa gente. Me sentía atemorizado ante ellos y en mi pequeñez me hubiera hundido catorce brazas bajo tierra al hacer sonar yo la campana. El sonido que resonaba allá dentro zumbaba en mis oídos como una maldición. Me sentía tan insignificante y miedoso como un perro que huye. Lo peor era que mi madre me había preparado antes "correctamente". "Mis zapatos están sucios y también mis manos. No tengo pañuelo, mi cuello está mugriento", resonaba en mis oídos. Entonces, por despecho, no realizaba ninguna recomendación o me comportaba deliberadamente de un modo tímido y obstinado. Cuando las cosas iban mal pensaba en mi secreto tesoro en la viga que me ayudaba entonces a recobrar mi dignidad humana: recordaba en mi desespero que yo también era el otro -aquel del secreto inviolable, la piedra y el hombrecito con levita y sombrero de copa. [...]
 No he podido esclarecer hasta hoy, en que a mis ochenta y tres años escribo estos recuerdos, qué relaciones guardaban entre sí mis tempranos recuerdos: son como brotes aislados que nacen de un rizoma subterráneo. Son como las fases de un proceso evolutivo inconsciente. Mientras que siempre me resultó imposible encontrar una relación positiva con el "hér Jesús", recuerdo que a partir de los once años aproximadamente empezó a interesarme la idea de Dios. Empecé a rezar a Dios, lo que me complacía en cierto modo porque Dios me parecía carente de contradicciones. Dios no intervenía en mis desconfianzas. [...] Él (Dios) era más bien un ser único de quien no era posible hacerse una idea exacta, como había oído decir. Era como un viejo señor muy poderoso; pero me decía para tranquilizarme: "No puedes imaginártelo, ni establecer comparación alguna". No podía, pues, permitirme familiaridades con él como con el "hér Jesús" que no era ningún "secreto". Una cierta analogía con mi secreto de la viga empezó a perfilarse...»
 

sábado, 3 de septiembre de 2016

"Poemas de la locura".- Friedrich Hölderlin (1770-1843)

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"2 .- Visión
 


Imágenes que la plenitud del día a los hombres muestran,
En el verdor de la llana lejanía,
Antes de que la luz decline en el crepúsculo,
Y la tenue claridad dulcemente serene los sonidos del día.
 
Oscura, cerrada, parece a menudo la interioridad del mundo,
Sin esperanza, lleno de dudas el sentido de los hombres,
Mas el esplendor de la Naturaleza alegra sus días
Y lejana yace la oscura pregunta de la duda.
 
4.-Vida más elevada
 
Su vida escoge el hombre, su objetivo,
Gana libre de error sabiduría, pensamientos,
Recuerdos que perdiéronse en el mundo,
Y nada puede contrariar su valor íntimo.

El esplendor de la Naturaleza embellece sus días,
Otórgale su espíritu nuevas vestiduras
En su interior, y así contempla la verdad,
Y el más alto sentido, y las más singulares preguntas.

Puede así el hombre conocer entonces el sentido de la vida,
Nombrar su meta lo más alto, lo más elevado,
Saber que uno es el sentido de la humanidad y de la vida,
Considerar que el más alto sentido es la más noble vida.


25.- El hombre

Quien honra el Bien no se causa ningún daño,
Altísimo se guarda, no es vana su existencia,
El valor conoce, el provecho de vida semejante,
En lo mejor confía, por senderos de bendición camina.


27.- Las delicias de este mundo 
 
  Las delicias de este mundo ya he gozado,
  Los días de mi juventud hace tanto, ¡tanto!, que se desvanecieron,
  Abril y Mayo y Julio están lejanos,
 ¡Ya nada soy, ya nada me complace!

 
28.- A Zimmer
 

Diversas son las líneas de la vida
Cual sendas y límites de montañas.
Lo que aquí somos, allí un Dios ha de ampliarlo
Con Armonía y eterna paz y recompensa.


32.- En el nacimiento de un niño
 
Con qué alegría debe mirar
El padre celestial al niño que ha nacido,
Cuando por prados florecidos camine
En compañía de otros, que le son amados.

Alégrate de vivir,
De un alma pura emana
La belleza del anhelo soberbio,
Divina causa de tu mayor beneficio".