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domingo, 23 de agosto de 2026

Un pequeño paso para [un] hombre.- Rafael Clemente (1945)

4.- La nave principal
La historia del bolígrafo espacial

  «Los primeros astronautas, fueran rusos o americanos, utilizaron lápices como herramienta de escritura. Pero tenía sus inconvenientes: el grafito es conductor e inflamable y una punta rota flotando por la cabina resultaba un peligro, puesto que podía introducirse en algún equipo eléctrico o bloquear el movimiento de un conmutador.
 A comienzos del proyecto Gemini, la NASA encargó un lápiz retráctil diseñado para ser usado en el espacio con todas las garantías. El contrato se lo llevó una empresa de mecánica de precisión, con un importe total de 4.328,50 dólares por treinta y cuatro unidades. Cada una salía a casi ciento treinta dólares. El escándalo y las acusaciones de despilfarro perseguirían a la Agencia durante muchos años.
 En la misma época y por iniciativa propia, Paul Fisher, un fabricante de equipos de escritura, patentó un bolígrafo capaz de escribir boca abajo. El secreto estaba en su cartucho de tinta, presurizado con nitrógeno a poco más de dos atmósferas y una tinta en gel. Fisher aseguró que el desarrollo había costado cerca de un millón de dólares, pero la NASA -escarmentada por la historia del lápiz- no participó en el proyecto. Se limitó a comprar unos centenares de bolígrafos cuando ya estuvieron en el mercado... a un precio de cuatro dólares menos descuento por cantidad. Los rusos también se hicieron clientes de la Fisher Space Pen.
 Hoy, medio siglo después, el bolígrafo espacial sigue disponible en el mercado; la inflación ha multiplicado por diez su precio con respecto a aquellos primeros ejemplares.

Gastronomía para exploradores lunares

 En las misiones Apollo, la cocina espacial había mejorado mucho con respecto a la que padecieron los primeros astronautas. Ya podían escoger sus preferencias entre un menú de setenta platos. Eso sí, siempre se trataba de alimentos liofilizados, deshidratados o que pudieran presentarse en bocaditos. Para beber, agua, obtenida como subproducto de las pilas de combustible del módulo de servicio. La nave disponía de dos dispensadores: uno para agua fría y otro para agua caliente. Los astronautas se quejaron con frecuencia no tanto de su sabor, sino de que contenía numerosas burbujas de gas que les provocaban molestias gástricas. Se probaron varias soluciones, entre ellas la de centrifugar el agua en bolsas de plástico, pero ninguna funcionó. Sólo a partir de la segunda misión lunar el problema quedó resuelto mediante unos filtros catalizadores de plata y paladio que absorbían el hidrógeno y lo descargaban al vacío.
 En general, la gastronomía durante los viajes de ida y vuelta a la Luna resultaba aceptable. Otra cosa muy distinta eran los menús disponibles en la propia Luna.
 Las primeras comidas en la Luna (Apollo 11) fueron bastante espartanas. La despensa del módulo lunar contenía sólo dos menús, seleccionados entre otras cosas por su bajo residuo. El primero: cubos de tocino, melocotón, galletitas de azúcar, zumo de piña y pomelo y café; el segundo, algo más sustancioso: estofado de buey, sopa de pollo, pastel de dátiles y zumos de uva y naranja.
 Por si a los astronautas les apetecía "picar" algo más, se habían añadido algunos frutos secos, barras de caramelo, pan y pavo en salsa. Sin platos ni vasos, por supuesto. La vajilla del Eagle sólo eran dos cucharas.
 Todos los alimentos podían conservarse sin refrigerar y tampoco hacía falta calentarlos (en el módulo lunar no había nada parecido a una cocina ni a una nevera). Algunos, como el tocino y el pavo, iban estabilizados con una cubierta de gelatina. Las galletas y el pan habían sido tratados para evitar migas que pudieran salir flotando (2).

Ir al lavabo camino de la Luna

 La eliminación de los residuos fisiológicos, tanto sólidos como líquidos, fue problemática ya desde los primeros vuelos tripulados y continuó siéndolo durante todo el programa Apollo. En general, los sólidos se almacenaban a bordo; la orina se descargaba en el vacío del espacio, donde se vaporizaba al instante. Sólo en los últimos vuelos se trajeron muestras de orina a la Tierra, como parte de ciertos estudios médicos.
 Para los astronautas, ir de vientre nunca resultó una experiencia satisfactoria. Las heces se recogían en unas bolsas de plástico con borde adhesivo para sujetarlas a las nalgas. No era fácil y con frecuencia parte del material escapaba y flotaba en la cabina, pegándose a los trajes o a los paneles de mando.
 Al menos en una ocasión, durante su trigésima revolución alrededor de la Luna, los astronautas del Apollo 10 se refirieron a algunos aspectos menos agradables de compartir espacios en momentos tan delicados. Como el descubrimiento de un objeto volante claramente identificado:

 CERNAN: ¿De dónde ha salido eso? 
 STAFFORD: Pásame una servilleta rápido. Hay una mierda flotando en el aire.
 YOUNG: Yo no lo hice. No es mío.
 CERNAN: Creo que tampoco es uno de los míos.
 STAFFORD: El mío era un poco más pegajoso...

 Los tres rechazaban con vehemencia la paternidad del descubrimiento. La transcripción oficial de la conversación, al menos en su primera edición, llevaba el sello "Confidencial".
 Una vez terminado su uso, el astronauta debía introducir en la bolsa una pastilla germicida, amasar bien y guardarla en un compartimento creado al efecto. Todo el proceso podía llevar hasta una hora. No es de extrañar, pues, que para minimizar el problema se recurriese a laxantes antes del lanzamiento, dietas bajas en residuos e incluso medicación reductora del movimiento intestinal.
 En el módulo de mando, los residuos se guardaban en un compartimento situado en la pared derecha de la cabina, que no siempre cerraba herméticamente. El germicida pretendía impedir la fermentación y la emisión de gases. Lo último que la NASA quería era ver alguna de las bolsas hinchándose y amenazando con convertirse en una especie de granada maloliente. Para evitarlo, todos los residuos sólidos se almacenaban en un doble envoltorio de plástico. En caso de ruptura de una bolsa de heces ya guardada en el cajón de desechos, un sensor registraba el aumento de presión. Si superaba una décima de atmósfera, se abría una válvula que comunicaba con la cabina para alertar a los astronautas por el método más antiguo: el olor. Entonces podían accionar a mano otra válvula para conectarlo con el circuito de expulsión de orina y evacuar por allí el aire contaminado. Las bolsas permanecerían a bordo hasta volver a la Tierra.
 A bordo del módulo lunar, las heces se trataban de forma similar, salvo que las bolsas usadas acabarían arrojadas al exterior junto con el resto de la basura. Los astronautas aborrecían este sistema, en especial cuando tenían que utilizarlo vestidos con sus escafandras: el culote no era lo suficientemente amplio para aplicar bien los adhesivos. Pero nadie había encontrado ninguna solución mejor. El uso de un inodoro más o menos convencional tendría que esperar años, hasta que entrasen en servicio los laboratorios Skylab, Salyut o el propio transbordador espacial.»

(2) Un resumen de la tecnología empleada en la preparación de alimentos para los vuelos Apollo puede consultarse en http://history.nasa.gov/SP-368/s6ch1.htm
    
 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2018, pp. 126-131. ISBN: 978-84-480-2494-4.]

martes, 31 de marzo de 2020

Los males de la patria y la futura revolución española.- Lucas Mallada (1841-1921)

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V.-La inmoralidad pública

«La pobreza de nuestro suelo es insuficiente para explicarnos el malestar de la agricultura y el atraso de la industria y del comercio. Otras causas muy poderosas influyen, sin duda, en la deplorable situación de la patria, entorpecen su movimiento progresivo y contribuyen a la miseria general que por todas partes se nota. Entre esas causas, ninguna perjudica más al adelanto y a la prosperidad de España que la inmoralidad pública, por la cual entendemos la mala o desacertada conducta, observada por una parte considerable de los habitantes de una nación, en contra del bien general.
 Esta inmoralidad pública puede ser producida por dos corrientes distintas: la que se desborda de sus cauces naturales por donde siguen su curso las malas acciones en el orden privado; y la que invade los terrenos acotados al dominio público, o sea la que arrastra los intereses pertenecientes al bien común. Un Estado no puede resistir mucho tiempo la acción de esas corrientes, sin caminar muy aprisa a su decadencia o a su disolución; y se comprende que en una época limitada haya un país dominado por una de esas dos corrientes invasoras, pero faltando la otra, o siendo muy débil. Desde larga fecha España se halla casi enteramente inundada por las dos, de donde resulta mayor número de males que en otros pueblos más o menos civilizados, o dicho de otro modo, de donde resulta la imposibilidad de que España adelante, como es debido, en el camino de la perfección.
 Concederemos a los optimistas que en todas las partes del mundo hay bandidos, estafadores, asesinos y parásitos; también concederemos que en todos los tiempos hubo una masa considerable de delincuentes y viciosos y que los caracteres de la inmoralidad pública se modifican y varían de siglo en siglo, según el medio ambiente que se respira, es decir, según los cambios en las leyes y costumbres que rigen una nación. Mas para apreciar los grados de inmoralidad pública que en la actualidad hay entre nosotros sería preciso responder con exactitud a las preguntas siguientes:
 ¿Son los caracteres de la inmoralidad pública española de peor índole que los de otros países civilizados?
 ¿Es hoy mayor la inmoralidad que en tiempos anteriores?
 ¿Son de tal naturaleza esos caracteres que hacen, por ahora, inevitable el incremento de la inmoralidad?
 ¿Sería posible sin grandes revoluciones políticas y sociales contener los malos efectos de la inmoralidad pública?
 ¿Cuáles son, en resumen, las causas principales de esta inmoralidad y qué medios habría de corregirla?
 Las personas timoratas a la antigua española, aquellas buenas almas cuyo fervor religioso es muy grande, nos responderán sin vacilar que el mundo camina rápidamente por los abismos del más grosero materialismo, y que la inmoralidad pública tiene que ir en progresivo desarrollo, hasta reducirse a su mínima expresión el número de los elegidos. Muchos amantes del progreso dirán, por el contrario, que al purgarse de toscos errores y rancias preocupaciones, el espíritu humano se purifica y cada día se hace más digno de las altas misiones que sobre la tierra le encomendara el Creador, no debiendo admitirse que actualmente sea mayor la inmoralidad pública que en otros tiempos. Eclécticos habrá también que, reconociendo en nuestra época un visible aumento en la criminalidad y en la malicia, sostendrán que la humanidad sigue su camino de perfección por líneas onduladas que marcan puntos más altos y más bajos en sus caracteres morales, dirigiéndose a través de los siglos a la cumbre de dicha perfección, y siendo ley general que a los períodos de decadencia a de barbarie sucedan otros de glorioso renacimiento.
 Es, de todos modos, axiomático que las naciones naturalmente pobres, o que se hallan muy abatidas por largos años de decadencia, están más obligadas a la virtud que las ricas y florecientes, deben ser de intachable moralidad y conquistar la estimación de los otros pueblos a fuerza de honradez y de cordura. Y decimos esto por lo frecuente que es en España disculpar los grandes hechos criminales y las repetidas defraudaciones al Erario público, acusando a otros pueblos de incurrir en iguales faltas. Pero con tan variados procedimientos, preguntamos nosotros, ¿en qué parte del mundo habrá perversión más grande de sentido moral?
 Necesario es que nos ciegue un amor propio muy mal entendido para no ver que España, en este nuestro siglo, es uno de los países donde mayor inmoralidad pública se observa. No diremos, de buenas a primeras, que los españoles, en inmensa mayoría, son inmorales; pero así como una epidemia que arrebatase la vida al 10 o al 20 por 100 de los habitantes de una comarca sería considerada como una espantosa catástrofe, bastaría probar que el 10 o que el 20 por 100 de los españoles son unos bribones, para justificar la famosa frase de que España es un presidio suelto. ¿Qué español no lo ha dicho alguna vez en su vida? ¿Qué español ignora el axioma de que la ociosidad es madre de todos los vicios? ¿Qué español ignora que ha nacido en un país donde mayor indolencia, mayor apatía, mayor ociosidad imperan entre todos los pueblos civilizados?
 La mala hierba de la inmoralidad pública creció por todos los ámbitos del país, porque encontró muy bien preparado para ella el terreno hueco de nuestra fantasía y de nuestra desidia, abonado copiosamente con la basura de la mezquina y bastarda política intervenida por los caciques y regado de continuo con las lluvias desprendidas de las nubes del desbarajuste administrativo. Condiciones favorables al desarrollo de la funesta semilla, que no se ven en tan alto grado manifiestas en otro país del mundo.
 Pues la indolencia general es la primera causa de la inmoralidad pública, una vez perdida la vergüenza, con el mal ejemplo de otros tales que medran por ruines mañas, se hace más descansado, breve y lucrativo recurrir a la intriga y al fraude, como método de vida, que desempeñar honrada y tranquilamente un modesto papel en la lista de las personas trabajadoras. Cuando antes de nuestros días eran mucho menores las necesidades ordinarias de la vida y menos extendido el lujo, con poca cosa se mantenía satisfecha a una familia. Mas ahora la ruindad ha cundido como el aceite, y a millones de españoles, que en tiempo de nuestros abuelos no rebasaban los límites de su modesto y sencillo régimen, han sucedido otros tantos que, con recursos poco superiores a los de un obrero, pretenden hacer ostentaciones de príncipes y de grandes personajes en las villas y ciudades.
 La estúpida fatuidad a que nos hemos acostumbrado de juzgar al prójimo por su porte exterior, el loco empeño tan general de competir en lujo y en boato con la aristocracia o con les acaudalados burgueses, tanto más aparatosos y fanfarrones cuanto de más villano origen proceden, por la mayor necesidad de honra y de respetabilidad que les acomete, obligaron a muchas familias a vivir al día o con el deplorable sistema de trampa adelante, siguiendo el mal ejemplo hasta las clases más humildes, y desde las ciudades más populosas hasta las más apartadas aldeas.
 Las conciencias se ensancharon grandemente en igual proporción que el despilfarro y las defraudaciones, las cuales, tratándose del Erario público, revisten cuantas formas pudieron idearse en los tiempos antiguos y modernos. ¿Qué nación hay en el mundo, ni jamás la hubo, donde con tanto descaro y tan a mansalva se saqueen los fondos del Estado y se derroche la fortuna pública? ¿Dónde ni cuándo se ha visto una perversión tan inicua del sentido moral? Nuestros antepasados decían que quien hace bien al común, no lo hace a ningún; pero nosotros, al paso que vamos, tendremos que admitir como buena la doctrina de que robar al Estado no es robar. Hasta punto tal va llegando el desenfreno en nuestros días. No parece sino que ya estamos en los de la disolución social, en vísperas del diluvio, o que los bárbaros se hallan otra vez a las puertas de Roma.
males patria futura revolución española - Iberlibro Diariamente se dan noticias de desaparición de caudales, filtraciones, irregularidades, chanchullos, infundios y otras mil suertes de latrocinios, ora se cometan sin más artificio que la violencia ni mayor ingenio que un abuso de confianza, ora se efectúen guardando formas legales, sorprendiendo la buena fe de los gobernantes honrados, o desplegando una finura y un talento dignos de mejores hazañas. En las contratas, en los suministros, en los arriendos, en las compras y ventas de propiedades, en la provisión de destinos y concesión de ascensos, en los expedientes de mil clases, aquí donde tanto papel se emborrona y tantos cartapacios se barajan y traspapelan, en los tributos, en todo cuanto represente algún valor, allá donde haya subastas o percepción de impuestos y reclamaciones justas o injustas, a bandadas acuden aves de rapiña, disfrazadas unas veces de formales empleados, o de respetables personajes, o de probos industriales y comerciantes, o notándose, por el contrario, a tiro de ballesta, que son cuadrillas de bandidos los que se ciernen sobre el negocio. Y bien hayan los intereses generales cuando sólo son gravados por las primas de los barateros de oficio. Que ya hoy los negocios suelen prepararse de manera que desde el principio al final se falsean los compromisos adquiridos, y a expensas del Estado, o por mejor decir, de los pobres contribuyentes, se lucran más de cuatro, y más de cuatro mil, y tal vez más de cuatrocientos mil bribones, hasta que resolvamos entre todos el curioso problema, si no está resuelto, de que la mitad de los españoles que goza, figura y campa por sus respetos, viva a expensas de la otra mitad que sufre, paga y trabaja. Y mientras tanto, aún habrá buen número de soñadores y Quijotes que esperan la hora de que la patria sea considerada o admitida entre las grandes potencias. ¡No en nuestro siglo! Que otras grandezas hacen falta para alcanzar el correspondiente poderío.
 Uno de los rasgos más notables de la inmoralidad pública española es la impunidad. En el arte diabólico de explotar al Erario no hay quien nos iguale. Se cometerán diariamente todas las clases de engaños, pero nunca se sabrá quiénes son los delincuentes, como si se escamoteara el caudal de la Nación por maleficio de brujerías y encantamiento. Desde los jefes más respetables y dignos de los partidos políticos, hasta el obrero más infeliz y pobremente retribuido en su honradísimo trabajo, todos tenemos noticias de miles y miles de fraudes, malversación de caudales y estafas, pero bien se guardará nadie de hacer una acusación concreta, ni de citar un nombre propio. La administración (?) de justicia no tiene que ver con esos asuntos, pues por muchos robos que se cometan en España, no han de ir a la cárcel ni a presidio más que los ladrones vulgares, esto es, los ladrones que carecen de educación, o sea los que no saben guardar las buenas formas, ante las cuales, por efecto de nuestra fantasía, no hay español que no se sacrifique o se ofusque.
  El tanto de culpa que se encarga frecuentemente averiguar a los tribunales, casi siempre con dura frase, encerrada en órdenes severas y terminantes, es una de tantas bromas insulsas de la fantasía nacional, que raras veces conduce con sana lógica al fondo de la cuestión. Los pobrecitos jueces y magistrados se pierden en un laberinto de historias sin alcanzar un rayo de luz; y si por casualidad sospechan algo, y aun algos, no encuentran sólidas bases para acertada sentencia, o los culpables que aparecen no parecen; y si lo parecen, no resultan los verdaderos o principales culpables.
 Desdichada condición de todo país decadente o imposibilitado en mucho tiempo de regenerarse es la falta de virilidad, o sea la cobardía, que lleva aparejada consigo la maledicencia, gracias a la cual, ya que falte valor para formular acusaciones concretas y para expulsar del trato común de las personas honradas a los bribones, no queda uno de éstos que no sea señalado con el dedo. Por este lado todos estamos tranquilos. Los defraudadores y trapisondistas, con su ancha conciencia, calificando de tontos a los hombres honrados; los hombres honrados, sumidos en nuestra modestia y nuestra insignificancia, calificando de listos a los enriquecidos advenedizos que nos salpican de lodo con sus lujosos trenes.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Tipografía de Manuel Ginés Hernández, 1890. Extraído de la Edición Digital de la Biblioteca Digital Hispánica.]

jueves, 29 de noviembre de 2018

Todos nosotros. Poesía reunida.- Raymond Carver (1938-1988)


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A mi hija

«Es demasiado tarde para maldecirte, para desearte,
digamos, la fealdad, como Yeats hizo con su hija. Cuando
la vimos en Sligo vendiendo sus cuadros, había funcionado:
era la mujer más fea y más vieja de Irlanda. / Pero estaba a salvo.
Durante mucho tiempo no entendí / sus motivos. En cualquier caso, es demasiado tarde,
como digo. Ya eres mayor y preciosa. / Eres una borracha preciosa, hija.
Pero una borracha. No puedo decir que se me parta
el corazón. No tengo corazón cuando se trata 
de la bebida. Es triste, sí. Sólo Dios lo sabe. / Tu viejo amigo, ése al que llaman Silo, ha regresado
a la ciudad y el alcohol ha vuelto a correr de nuevo. / Llevas tres días borracha, me dices,
cuando sabes jodidamente bien que la bebida es veneno / para nuestra familia. ¿No te servimos de ejemplo
tu madre y yo? Dos personas / que se querían a golpes,
que acabaron a golpes con el amor que se tenían, vaciando vaso tras vaso,
maldiciones, desgracias, traiciones. / ¡Debes de estar loca! ¿No has tenido suficiente?
¿Quieres matarte? Puede que sea eso. A lo mejor / creo que te conozco y no te conozco.
No te estoy tomando el pelo, niña. ¿Quién te toma el pelo? / Hija, no debes beber.
Las últimas veces que nos vimos lo habías dejado. / El cuello escayolado y además
un dedo entablillado, gafas oscuras para ocultar / el moratón en el ojo. Un labio
que un hombre debería besar en vez de partir. / ¡Oh, Dios, Dios, Dios!
Tienes que intentarlo ya. / ¿Me oyes? ¡Despierta! Tienes que cortar con esto
y empezar de nuevo. Tienes que dejarlo por completo. Te lo estoy pidiendo.
Vale, sólo te lo digo. Mira, el destino de nuestra familia
es el despilfarro, no el ahorro. Pero puedes cambiar las cosas. / ¡Debes hacerlo, no tienes más remedio!
Hija, no bebas. / Te matará. Como hizo con tu madre y conmigo.
Así.
 
Mi muerte
Si tengo suerte, estaré conectado / a una cama de hospital. Tubos
por la nariz. Pero intentad no asustaros, amigos. / Os digo desde ahora que está bien así.
Poco se puede pedir al final. / Espero que alguien telefonee a los demás
para decir, "¡ven rápido, se está yendo!" / Y vendrán. Así tendré tiempo
para despedirme de las personas que amo. Si tengo suerte, darán un paso adelante
para que pueda verles por última vez / y llevarme ese recuerdo.
Puede que bajen la mirada ante mí y quieran echar a correr
y aullar. Pero, al menos, puesto que me quieren, / me cogerán la mano y me dirán "Valor"
o "Todo va a ir bien". / Y tienen razón. Todo va a ir bien.
Me basta con que sepas lo feliz que me has hecho. / Sólo espero que siga la suerte y pueda mostrar
mi agradecimiento. / Que pueda abrir y cerrar los ojos para decir
"Sí, te escucho. Te entiendo". / Incluso que pueda llegar a decir algo así:
"También yo te quiero. Sé feliz". / ¡Así lo espero! Pero no quiero pedir demasiado.
Si no tengo suerte, si no la merezco, bueno, / me tendré que ir sin decir adiós ni darle la mano a nadie.
Sin poder decirte lo mucho que te quise y lo mucho que disfruté
de tu compañía todos estos años. En cualquier caso, / no me guardes luto mucho tiempo. Quiero que sepas
que fui feliz contigo. / Y recuerda que te dije esto hace tiempo, en abril de 1984.
Pero alégrate por mí si puedo morir en presencia / de mis amigos y de mi familia. Si es así, créeme,
salí de mi vida por la puerta grande. No perdí esta vez.
 
Los tirantes
Mamá me dijo que no tenía ningún cinturón que me sirviera y
que iba a tener que llevar tirantes al colegio / al día siguiente. Nadie llevaba tirantes en segundo
ni en ningún otro curso. Me dijo, / te los pondrás o te daré con ellos. Yo no
quería más problemas. Mi padre dijo algo. Estaba / en la cama que ocupaba la mayor parte de la habitación
de la cabaña en la que vivíamos. Nos preguntó si no podíamos
callarnos y resolverlo por la mañana. ¿No tenía que levantarse temprano
para ir al trabajo? Me pidió que le trajera
un vaso de agua. Es por culpa de todo ese whisky, dijo mamá. Está deshidratado.
Fui al fregadero y, no sé por qué, le llevé
un vaso del agua jabonosa de lavar los platos. Lo bebió y me dijo, sabe
rara, hijo. ¿De dónde la sacaste? / Del fregadero, le contesté.
Creí que querías a tu padre, dijo mamá. / Y le quiero, le quiero, dije yo, y fui al fregadero, metí un vaso
en el agua jabonosa y me bebí dos vasos nada más / que para demostrárselo. Quiero a papá, le dije.
Creía que me iba a poner malo allí mismo. 
Si yo fuera tú me sentiría avergonzada, dijo mamá. No entiendo
cómo puedes hacerle eso a tu padre. Y bien sabe Dios que mañana
vas a llevar esos tirantes, porque si no, / te arrancaré el pelo a mechones. No quiero ponerme tirantes,
dije yo. Vas a ponértelos, dijo ella. Y con las mismas
cogió los tirantes y empezó a pegarme con ellos en las piernas desnudas
mientras yo iba a saltos y gritando por la habitación. Mi padre
gritó que parásemos, por el amor de Dios, estaros quietos. Le dolía
mucho la cabeza y además se sentía mal del estómago por el agua de lavar
los platos. Eso es gracias a éste, dijo mamá. Entonces alguien empezó
a dar golpes en la pared. Primero sonaba
como un puñetazo boom, boom, boom y luego como si alguien
golpeara con el mango de una escoba. Por el amor de Dios, / váyase a la cama, gritó alguien.
¡Basta ya! Y nos acostamos. Apagamos las luces y
nos fuimos a la cama. Quedamos en silencio. El silencio de una casa
en la que nadie puede dormir.»
 
   [Los textos pertenecen a la edición en español de Bartleby Editores, 2006, en traducción de Jaime Priede. ISBN: 84-95408-59-7.]