miércoles, 16 de marzo de 2016

"Hambre".- Knut Hamsun (1859-1952)


Resultado de imagen de hamsun  
Tercera parte

 "Tenía un hambre cruel y no sabía cómo poner término a mi feroz apetito. Me senté de un lado y luego del otro, en el banco, y apoyé el pecho en las rodillas. Cuando oscureció, me arrastré hacia el Depósito.
 Dios sabe cómo llegué hasta allí... y me senté en la esquina de la balaustrada. Arranqué uno de los bolsillos de mi americana y empecé a masticarlo -sin ninguna idea fija, desde luego-, con aspecto sombrío, con la mirada fija ante mí, sin ver; aparte de esto, no advertía nada.
 De repente se me ocurrió bajar a los puestos del Mercado de la Carne, que estaba cerca, para procurarme un pedazo de carne cruda. Me levanté, salvé la balaustrada, fui hasta el otro extremo del tejado del Mercado y bajé al nivel de los mostradores, grité al pie de la escalera, haciendo un ademán de amenaza, como si hablara con un perro que se quedaba arriba, detrás de mí. Descaradamente me dirigí al primer dependiente que encontré.
 -Tenga usted la amabilidad de darme un hueso para mi perro -dije-. Nada más que un hueso, aunque esté bien pelado; es sólo para que tenga algo que llevarse a la boca.
 Me dio un hueso, un magnífico hueso al que se adhería algo de carne y me lo guardé en el bolsillo. Di las gracias al hombre tan calurosamente que me miró asombrado.
 -No hay de qué -me dijo.
 -No diga usted eso -balbucí-; es usted muy amable.
 Subí. Mi corazón latía con fuerza. Me metí en el callejón de los Herreros, tan lejos como pude ocultarme y me detuve ante la puerta carcomida de un patio sin luz. Una completa oscuridad reinaba a mi alrededor, empecé a morder la carne del hueso.
 No era agradable, desprendía un nauseabundo olor de sangre vieja y me dio vómito en seguida. Hice una nueva tentativa. Si pudiera retener un trocito de carne, produciría su efecto. Probé de nuevo, pero me dieron náuseas. Me enfurecí, mordí violentamente la carne, arranqué un pedacito y lo tragué a la fuerza. De nada me sirvió. Tan pronto los pedazos se calentaban en mi estómago, ascendían. Apreté locamente los puños, lloré de desesperación y mordí como un poseído; tanto lloré, que el hueso se mojó de lágrimas; vomité, juré y mordí cada vez más fuerte; oré como si mi corazón fuera a romperse y vomité otra vez. En voz alta amenacé a todas las potencias del mundo con todas las penas del infierno.
 Silencio. Ni un ser humano en las cercanías, ni una luz, ni un ruido. Llego al colmo de la sobreexcitación, respiro pesada y ruidosamente, lloro y rechino los dientes cada vez que tengo que devolver los trozos de carne que quizá me hubieran reanimado un poco. No consiguiendo nada, a pesar de todas mis tentativas, arrojo el hueso contra la puerta. Lleno del más impotente odio, transportado de furor, dirijo violentamente al cielo peticiones y amenazas.
 Nadie me contesta.
 Tiemblo de sobreexcitación y debilidad, sigo allí sin moverme, murmurando aún blasfemias e injurias, sollozando después de mi violenta crisis de lágrimas, destrozado y afónico después de mi loca explosión de furor. Permanecí allí una media hora, sollozando y gruñendo, arrimado a la puerta. Al oír las voces de dos hombres que entraban en el callejón de los Herreros, abandoné la puerta y deslizándome a lo largo de las casas, salí a las calles alumbradas. Al llegar, arrastrando los pies, al Alto de Young, mi imaginación empezó a trabajar de un modo insensato. Di en pensar que las casuchas de las esquinas del mercado, los cobertizos y los viejos puestos de los ropavejeros son una vergüenza para aquel sitio. Deslucen todo el aspecto del mercado, profanan la ciudad. ¡Abajo todo aquello! Mientras andaba, calculaba lo que costaría transportar allí el Servicio Cartográfico, el bello edificio que me gustaba más cada vez que lo veía. El traslado no costaría menos de setenta o setenta y dos mil coronas, una bonita suma, hay que convenir en ello, una hermosa cantidad guardada en el bolsillo, para comenzar". 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Realiza tu comentario: