domingo, 20 de marzo de 2016

"Delta de Venus".- Anaïs Nin (1903-1977)


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Artistas y modelos

 "Una mañana me llamaron de un estudio de Greenwich Village, donde un escultor daba comienzo a una estatuilla. Se llamaba Millard. Tenía ya un boceto de la figura que se proponía moldear y, para la fase siguiente, necesitaba una modelo. 
 La estatuilla llevaba un vestido ajustado que dejaba ver cada línea y cada curva del cuerpo. El escultor me pidió que me desnudara completamente, pues su trabajo así lo requería. Parecía tan absorto por la estatuilla y me miraba con expresión tan ausente que fui capaz de desvestirme y posar sin dudarlo. Aunque por entonces yo era bastante inocente, me hizo sentir como si mi cuerpo no fuera distinto de mi rostro, como si yo fuera igual que la estatuilla.
 Mientras Millard trabajaba, hablaba de su vida anterior en Montparnasse y el tiempo transcurría con rapidez. No sé si con sus historias pretendía excitar mi imaginación, pero no dio señales de interesarse por mí. Gozaba recreando la atmósfera de Montparnasse para sí mismo. He aquí una de las historias que me contó:
 "La esposa de un pintor moderno era ninfómana. Creo que estaba tuberculosa. Tenía una cara blanca como el yeso, ardientes ojos negros profundamente hundidos en su rostro, párpados pintados de verde. Poseía una voluptuosa figura, que cubría sugestivamente de raso negro. Su cintura era estrecha en relación al resto de su cuerpo. La rodeaba un cinturón griego de plata, de unos quince centímetros de anchura, con piedras incrustadas. Este cinturón era fascinante. Era como el cinturón de un esclavo. Uno sentía que, en lo profundo de su ser, ella era una esclava, una esclava de su apetito sexual, que abrir el cinturón era todo cuanto había que hacer para que se dejara caer en los brazos de cualquiera. Se parecía mucho al cinturón de castidad que, según se decía, los cruzados ponían a sus esposas. Había uno en el Musée Cluny: un cinturón de plata muy ancho con un accesorio colgante que cubría el sexo y lo dejaba cerrado mientras durasen las cruzadas. Alguien me contó la deliciosa historia del cruzado que colocó un cinturón de castidad a su esposa y dejó la llave al cuidado de su mejor amigo, por si él moría. Apenas había cabalgado unas millas, cuando vio a su amigo galopando furiosamente tras él y gritándole: "¡Me has dado una llave equivocada!"
 Tales eran los sentimientos que despertaba el cinturón de Louise en todos los hombres. Al verla entrar en el café, con sus ojos que nos miraban, hambrientos, buscando una respuesta, una invitación para sentarse, sabíamos que había salido en busca de la caza del día. También su marido lo sabía. Hacía un papel lamentable, siempre buscándola, y sus amigos le decían que estaba en otro y luego en otro café, lo que le daba tiempo para encerrarse en una habitación de hotel con alguien. Entonces todo el mundo trataba de comunicarle que su marido estaba buscándola. Al fin, desesperado, empezó a pedir a sus mejores amigos que se acostaran con ella, para que al menos no cayera en manos extrañas.
 Los extranjeros le inspiraban temor, sobre todo los sudamericanos, los negros y los cubanos. Había oído comentarios acerca de la extraordinaria capacidad sexual de estos hombres y presentía que, si su mujer caía en manos de uno de ellos, nunca volvería a él. De todas formas, después de haberse acostado con todos sus amigos, Louise conoció a un extranjero.
 Era un cubano, un hombretón moreno, extraordinariamente atractivo, con el pelo largo y lacio a la manera de un hindú y con un rostro hermoso, pleno y noble".        

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