miércoles, 4 de febrero de 2015

"Areopagítica (Discurso sobre la libertad de prensa)".-John Milton (1608-1674)

   

"No voy a negar que este momento puede ser el más adecuado para que tanto la Iglesia como la República pongan vigilante mirada sobre los problemas de los libros, que son también de los hombres. De ahí que se trate de aislarlos, encarcelarlos y propinarles la justicia más severa, como a malhechores. Porque, evidentemente, los libros no son materia absolutamente inerte; por el contrario, llevan dentro una vida potencial que los convierte en tan activos como puede ser el espíritu mismo a cuya raíz pertenecen; más aún, conservan, como en un matraz, el extracto más puro, la quintaesencia de la inteligencia viviente que les ha dado el ser.
 Sé muy bien que los libros son tan ágiles en su desarrollo como aquellos dientes del dragón de la fábula que, desparramados por aquí y por allá, pueden hacer que broten gentes armadas. Y, por el contrario, si no se anda con cuidado, matar un buen libro es, casi, matar a un hombre. Quien mata a un hombre está arrebatando la vida a una criatura racional, trasunto de Dios; pero quien destruye un buen libro está matando la razón misma, está acabando, iba a decir que a través del ojo, con la propia imagen de Dios. Muchos hombres no pasan de ser un peso sobre la tierra; un buen libro, en cambio, es la valiosa y vivificante sangre de un espíritu excelso, voluntariamente remansada y atesorada para una existencia mucho más duradera que la vida misma. Ciertamente, no hay suma de años que pueda devolvernos una vida, pero, frecuentemente, tampoco podemos decir que se trate de una gran pérdida; en cambio, el paso de los siglos, que no nos devuelve una verdad que ha sido extraviada, sí hace, a  veces, que la falta de esa verdad haya conducido a naciones enteras a un destino desgraciado.
 Debemos, por tanto, ir con mucho tiento a la hora de desatar persecuciones contra los trabajos aún vivos de los hombres públicos, así como contra aquellas actividades propias de una vida sustanciosa, que se guardan y almacenan en los libros, si vemos, como así es, que puede haber en ello una suerte de asesinato, incluso a veces de martirio, y, puestos a generalizar esta persecución contra todo género de impreso, una verdadera matanza, en la que la ejecución no se ciñe a la muerte de una vida elemental, sino que hiere el corazón de la quintaesencia espiritual, el aliento mismo de la razón; es decir, que es una agresión que hiere más la inmortalidad misma que una vida.
 Sin embargo, siempre con mucho cuidado para que no puedan achacarme que estoy tratando de introducir el libertinaje sólo porque me opongo al sistema de licencias previas, tampoco voy a negar que este mal es tan antiguo que hasta nos va a permitir que veamos cómo lo han resuelto las antiguas repúblicas que lucharon contra semejante desorden, hasta el momento mismo en que el actual proyecto de imposición del sistema de licencias salió de mala manera de la Inquisición, fue agarrado al paso por nuestros prelados y él mismo asió con fuerza a algunos de nuestros presbíteros.
 En Atenas, donde libros e ingenios iban a la par en actividad, muy superior a la de cualquier otra parte de Grecia, no encuentro más que dos clases de escritos que el magistrado impone que sean sometidos a su jurisdicción: los blasfemos o ateos y los difamatorios. Por esa razón los libros de Protágoras fueron condenados por los jueces del Areópago a la quema pública, y hasta él mismo fue expulsado del territorio patrio después de un discurso en el que comenzó confesando que no sabía "si había dioses o no los había".
 Por lo que se refiere a la difamación, se acordó que nadie debía ser insultado por su nombre, tal como se hacía en la Comedia Antigua; así pues, se puede imaginar cómo se perseguía la calumnia. Y este sistema fue bastante eficaz, como escribe Cicerón, para aplastar los desesperados esfuerzos de otros ateos, así como el viejo recurso a la difamación, tal como lo demuestran los hechos.
 En cambio, nunca se preocuparon de otros movimientos y opiniones, aunque muchos de ellos se inclinaban a la lascivia y a negar la providencia divina.
 De tal suerte que no tenemos constancia escrita de que ni Epicuro, ni la escuela libertina de Cirene, ni las tesis que pregonaban la desvergüenza de los cínicos tuvieran que comparecer nunca ante los magistrados".
 
 

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