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lunes, 19 de octubre de 2020

Sátiras.- Quinto Horacio Flaco (65 a.C. - 8 a.C.)

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Sátiras, II, 7
Horacio y su esclavo

  «-Hace rato que te escucho y quisiera decirte algunas palabras; pero yo soy tu esclavo y siento miedo.
 -¿Eres tú, Davo?
 -Sí, Davo, servidor fiel del amo que lo compró, y todo lo sobrio que es preciso; es decir, que puedes estar tranquilo, por mi vida.
 -¡Bien! Ya que nuestros antepasados así lo quisieron, usa de la libertad de diciembre. Habla.
 -Entre los hombres, aman algunos el vicio con constancia y persiguen sin cesar su meta; muchos nada, otros se afirman en el bien, otros son dóciles agentes del mal. Reconocido muchas veces por sus tres anillos, Prisco fue durante toda su vida la irregularidad misma: cambiaba cada hora el laticlavo por el augusticlavo, salía de un palacio para encerrarse en lugares de los que un liberto un poco escrupuloso no hubiera podido salir decentemente; unas veces optaba por seducir a las mujeres en Roma, otras por enseñar filosofía en Atenas, como hombre nacido bajo la influencia maligna de todos los Vortumnos reunidos. Volanerio, el dicharachero, cuando la bien merecida gota entumeció las articulaciones de sus dedos, contrató a un hombre a sueldo diario para que agitase e introdujese en su lugar los huesos en el cubilete; cuanta mayor constancia demostró en sus propios vicios, tanto más suave fue su desdicha y su parte mejor que la de aquel otro que sufre con la cuerda tensa unas veces, relajada otras.
 -¿Vas a decime de una vez, bribón, a dónde se encaminan esas pláticas?
 -A ti, sí, a ti.
 -¿Cómo, malvado?
Resultado de imagen de literatura latina jean bayet -Alabas tu condición y las costumbres de la plebe de antaño, y, a pesar de ello, si algún dios te llevara a ellas, protestarías bruscamente, bien porque no crees en la superioridad moral de los principios que proclamas, o porque los defiendes sin tener fuerza para practicarlos y sigues atascado con el vano deseo de arrancar tu pie del fango. En Roma deseas el campo; en el campo pones por las nubes la ciudad ausente; así es tu inconstancia. Si por casualidad no recibes ninguna invitación para cenar, te enorgulleces de tus hortalizas libres de inquietudes, y como si únicamente fueras a comer a la ciudad forzado y constreñido, te declaras feliz y te congratulas de no tener que ir a cenar a ningún sitio. Mecenas te invita a acudir, convidado tardío, en el momento en que se encienden las luces: "¿Nadie va a traerme aceite con mayor rapidez? ¿No me oye nadie?" Así gritas con gran estruendo, y huyes como un ladrón. Mulvio y los demás dicharacheros se marchan, con imprecaciones que es preferible no repetir. "Sí, lo confieso -podría decir Mulvio-, yo me dejo guiar fácilmente por mi estómago; el olor de la cocina eleva mi nariz; carezco de energía, soy perezoso, y añadid, si queréis, tabernario. Tú, en cambio, siendo igual que yo, y peor aún tal vez, ¿debes atacarme espontáneamente, como si tuvieras mayor valía, y ocultar tu vicios con elegantes palabras?" ¿Qué decir, si es manifiesto que tú eres más necio que yo, comprado por quinientas dracmas?... Deja de intimidarme con ese rostro terrible; contén tu mano y tu cólera mientras te explico lo que me ha enseñado el portero de Crispino. A ti te atrae la mujer de otro, mientras que Davo se contenta con una cortesana de baja ralea: ¿cuál de los dos, en su pecado, merece antes la cruz?... "Yo no soy un libertino", dices; ni yo tampoco soy un ladrón, por Hércules, cuando por prudencia, paso sin detenerme ante los vasos de plata. Quita el peligro, y la naturaleza, ya sin frenos, se lanzará en libre carrera. ¿Eres tú mi dueño? ¿Tú, a quien tantas cosas y tantos individuos hacen esclavo de tiranías tan imperiosas? ¿Tú, a quien la fusta -si cayera dos o tres veces sobre tus hombros- no podría librar de una esclavitud miserable? Añade aún una consideración que no debe tener menos peso; pues si llamamos "esclavo sometido" a quien sirve a un esclavo, como dice vuestra costumbre, o compañero de esclavitud, ¿qué soy yo para ti? Con toda seguridad, tú, que me das órdenes, eres esclavo miserable de otro señor y, como una marioneta, te pones en movimiento por resortes extraños. ¿Quién es libre, pues? El sabio, el hombre que posee el dominio de sí mismo, al que no espantan ni la pobreza, ni la muerte, ni las cadenas; que es fuerte para luchar contra las pasiones, para despreciar los honores, que constituye un todo en sí mismo, ofreciendo a las cosas externas como la superficie lisa de una esfera. en la que ninguna de ellas tiene poder para adherirse, y no se deja domeñar por los asaltos impotentes de la Fortuna. De todos estos rasgos, ¿hay alguno que puedas reconocer como tuyo propio? Una mujer exige de ti cinco talentos, te atormenta, te cierra su puerta y te rocía con agua helada; luego te llama; aparta tu cuello de su  yugo vergonzoso; entonces di: "Soy libre; sí, libre". No puedes, pues un rudo señor hurga en tu espíritu, te ataca duramente con su espolón si estás cansado y te obliga a cambiar de dirección a pesar de tus esfuerzos contrarios. Cuando quedas, insensato, paralizado de admiración ante un pequeño cuadro de Pausias, ¿en qué eres menos culpable que yo cuando admiro, extendidas las pantorrillas, los combates de Fulvio, de Rutaba o de Pacideyano, dibujados con minio o carbón de un modo tan impresionante que diríase que vemos a los hombres, blandiendo sus armas, luchar, herir y esquivar los golpes? Davo, sin embargo, es una mala persona, un callejero; a ti te llaman experto fino y hábil, en materia de antigüedades. Yo no valgo nada, si me dejo seducir por un dulce humeante; tu gran virtud, tu gran valor, ¿resisten la lucha contra las comidas exquisitas? Mis concesiones al estómago me resultan más funestas. ¿Por qué? Porque cargan mi espalda de golpes. Pero, ¿en qué respecto resultas tú menos castigado cuando buscas esos alimentos que no se pueden comprar a bajo precio? Pues las buenas comidas repetidas en exceso causan acidez, y los pies temblorosos, se resisten a sostener el cuerpo enfermo. ¿Es culpable acaso el esclavo que, cuando se acerca la noche, cambia furtivamente un estrigilo por un racimo de uvas? Y el amo que, para dar gusto a su glotonería, vende sus tierras, ¿no tiene nada de servil? Añade que no tienes el defecto de no poder permanecer una hora contigo mismo, que no sabes hacer una perfecta clasificación de tus diversiones, que tratas de esquivarte como de un esclavo fugitivo y errante, intentando acallar tu inquietud con el vino o con el sueño: trabajo vano, pues este compañero sombrío se une al fugitivo y le sigue paso a paso.
 -¿Dónde hay una piedra?
 -¿Para qué?
 -¿O flechas?
 -Este hombre está loco, o compone versos.
 -Si no marchas pronto de aquí, irás a ocupar el noveno lugar entre los trabajadores de mi finca sabina.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de la obra "Literatura Latina" por Jean Bayet, Editorial Ariel, 1981, en traducción de Andrés Espinosa Alarcón, pp. 245-247. ISBN: 84-344-3905-0.]
 

martes, 8 de octubre de 2019

Contra la "identidad".- Philip Pullman (1946)

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Contra la identidad

«En 2006, el gobierno británico sometió a aprobación una ley por la que se prohibía hablar o actuar de un modo que expresara lo que sus proponentes denominaban "odio religioso". No hará falta decir que había una buena razón para ello: los gobiernos siempre tienen una buena razón para obrar mal. "Es nuestra firme intención -decían- proporcionar a las personas de todos los credos religiosos la misma cobertura legal contra la incitación al odio basada en su religión."
 Lo malo de aquella proposición de ley era, evidentemente, que iba en grave detrimento de la libertad de expresión; y yo, como otros muchos escritores, me puse instintivamente en contra. Tratando de discernir el motivo de esta reacción mía, di en plantearme cada vez más en serio la cuestión de la "identidad", porque ahí parece estar el "quid" del problema. Nuestra "identidad" ¿en función de lo que somos, de lo que hacemos, o de ambos factores?
 Me parece que:
 1.-Podemos controlar lo que hacemos, pero no lo que somos.
 2.-Por otra parte, y simultáneamente, lo que hacemos depende de lo que somos (de lo que hemos de hacer con ello), y lo que somos puede verse modificado por lo que hacemos.
 3.-Lo que hacemos es moralmente significante. Lo que somos, no.
 4.-Con respecto al pasado: para algunos de nosotros tiene importancia saber que nuestros antepasados proceden de esta o aquella parte del mundo, conocer un poco la historia de nuestra familia, percibir que estamos conectados a un entorno, o a una lengua, o a un clima, o a una forma artística de expresión, o a una religión que nuestros antepasados consideraron propia.
 5.-Con respecto al presente: para todos nosotros es importante percibir nuestra adscripción a algún lugar o a algún grupo que de algún modo se nos asemeja. Necesitamos ser libres de vivir en  un lugar y entre unas personas que nos hacen sentirnos en casa, y no en el destierro, ni amenazados.
 6.-La alabanza o la condena, la virtud o la culpa, han de aplicarse a nuestros actos, no a nuestra ascendencia ni a nuestra adscripción a este o aquel grupo.
 7.-Las creencias religiosas o la fe son, en parte, resultado del temperamento. Mi temperamento puede inclinarme al escepticismo; el de otras personas puede inclinarlas a creer en las fuerzas sobrenaturales. En lo que atañe al componente temperamental de nuestras creencias, mi escepticismo no debe ser motivo de condena o alabanza, como tampoco la fe de otras personas.
 8.-Es cuando actuamos según nuestras creencias cuando entran en juego la alabanza o la condena. Ahí termina el componente temperamental de la religión y empieza el componente moral.
 Oficialmente, Gran Bretaña sigue siendo un país cristiano. La iglesia cristiana o, para ser más exactos, su parte anglicana, se halla estrechamente involucrada en los grandes rituales de la vida pública, como las coronaciones y los funerales de Estado; se reza al inicio de las sesiones parlamentarias; los obispos de la Iglesia de Inglaterra tienen derecho a un escaño en la Casa de los Lores; hay una ley contra la blasfemia que protege a la religión cristiana; los herederos del trono no pueden casarse con personas de religión católica.
 […]
 En alguno de sus aspectos, esta actitud es consecuencia directa del énfasis que pone la Iglesia reformada en la justificación por vía de la fe. No importaban las buenas obras que hicieras: tenías que comprometerte con la fe para acceder al perdón y la sanación por lo que pasabas a formar parte de los justos, quedando ya transformado para siempre. De ahí el moderno fenómeno norteamericano del renacimiento: nacer de nuevo no consiste sólo en modificar el comportamiento. Es tener una nueva "identidad", dejar atrás al pecador que fuimos, ser una persona distinta.
 Pero el énfasis en la interioridad de la "identidad" tiene unas raíces muy profundas.
 […]
 En su manifestación más extremada, esta actitud puede llevar a una especie de disonancia cognoscitiva, cuando alguien se arroga una "identidad" interior que no guarda relación alguna con sus actos. "Sí, he matado a mi mujer y a mis hijos, pero soy una buena persona." El New York Times pone en boca del abogado defensor de un jefe de los boyscouts condenado hace poco por pornografía infantil las siguientes palabras: "No me queda más remedio que decírselo a ustedes: es un buen hombre."
 De manera que "ser", a ojos de muchas personas, posee aparentemente su propia condición moral, que puede ser buena o mala, pero que se resiste a toda forma de cambio, excepto el milagroso (nacer de nuevo). "Ser" manda en "hacer". No resulta nada fácil reflejar el desconcierto y el disgusto que genera en mí esta actitud con respecto a la "identidad". Creo, con bastante apasionamiento, que lo que somos en verdad es cuestión privada, algo casi infinitamente complejo y ambiguo, interno y externo al mismo tiempo, y de naturaleza doble, o triple, o múltiple, y en gran parte misterioso, incluso para nosotros mismos; y, además, que lo que somos es sólo una parte de nosotros, porque la identidad, a diferencia de la "identidad", debe incluir lo que hacemos. Y me parece que encontrarse, en todos los aspectos de esta complejidad, reducido a ojos del público a una propiedad que aparentemente incluye todas las demás ("gay", "negro", "musulmán", lo que sea) equivale a ser víctima de una extraordinaria vulgaridad intelectual. Literalmente, vulgar de "vulgus". Pensamiento de muchedumbre.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Seix Barral, 2010, en traducción de Ramón Buenaventura. ISBN: 978-84-322-4320-2.]

martes, 24 de septiembre de 2019

Momentos decisivos.- Félix de Azúa (1944)

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Un asalto

«Con la inexorable proximidad de los exámenes finales la población estudiantil entraba en un estado de nerviosismo y agitación que era consecuencia no sólo de la falta de sueño y el suplicio que se avecinaba, sino también de la fiebre que trae consigo el inicio del verano, cuando las muchachas abandonan abrigos y chaquetas para vestir ligerísimos vestidos verbeneros que estallan en las aulas como fuegos artificiales impregnándolo todo con el acre aroma de la pólvora genital. Pero el nerviosismo y la agitación de aquella mañana parecían haber subido de golpe y las aguas gorgoteaban a punto de ebullición. Había asamblea y la gran sala de actos donde se celebraba era un hormiguero con estudiantes que colgaban incluso de los altos alféizares de las ventanas. No cabía ni un alma, pero siempre quedaba algún rezagado que trataba de abrirse paso pisando piernas y cabezas, levantando ayes y tacos en escala de piano. Sobre el ruido de las conversaciones sobresalían los discursos, generalmente breves e interrumpidos por gritos hostiles o burlescos. Sin embargo, todos los oradores recogían cerrados aplausos, incluso el que decía representar a la Falange de izquierdas y la revolución pendiente.
 Los parlamentarios eran a veces desaseados, vestidos con chaquetas y pantalones de lana marrón similares a los usados por el personal de tranvías, o bien muchachos corrientes con camisas blancas y pantalón tejano de pitillo, aunque todavía primaba de modo aplastante el conjunto con corbata. Defendían la unidad sindical de obreros y estudiantes, la supresión del SEU, o, en general, la libertad y la democracia sin entrar en detalles, aunque también se pudo oír algo sobre la insumisión juvenil. Todavía no eran habituales palabras como "revolución" o "lucha armada", ni se mencionó a Franco ni a ningún político del régimen por su nombre.
 Acababa de ponerse en pie un muchacho de calva incipiente cuando comenzaron a chistar y ordenar silencio algunos alumnos y profesores ayudantes estratégicamente repartidos por la sala. Corrió la voz de que iba a hablar el representante del partido comunista catalán, el PSUC. A diferencia de los oradores que le habían precedido, el muchacho habló con voz tranquila y grave, en tono neutro y pausado, sin gestos bruscos.
 Anunció para el curso siguiente una Asamblea Nacional Libre de Estudiantes que iba a reunir democráticamente a todas las fuerzas progresistas de España en un solo frente elegido democráticamente por circunscripciones administrativas. La Asamblea sería el órgano democrático de representación unitario y federal, y trabajaría en estrecha colaboración con los sindicatos obreros clandestinos democráticamente elegidos. Insistió en que sólo la unión entre trabajadores de la cultura y fuerzas obreras y de progreso podía traer la democracia a España, pero para entonces el gentío había perdido interés y aumentaba el rumor de conversaciones a pesar de las llamadas al orden que surgían aquí y allá con imperativos "silencio, silencio". El delegado concluyó pidiendo que se eligiera democráticamente a un representante de derecho para una futura plataforma universitaria catalana que enviaría a su representante a la Mesa Confederal, la cual elegiría democráticamente al equipo dirigente de la futura Asamblea. En ese momento fue interrumpido desde una de las últimas filas, próxima a la puerta.
 Un estudiante larguirucho, frágil, casi esquelético y vestido de negro, gritó que él representaba a la Internacional Situacionista Sexta Conferencia de Amberes, tras lo cual se produjo un silencio más inducido por el estupor que por la disciplina. El muchacho se lanzó a una diatriba contra el delegado, miembro o militante del PSUC, al que llamaba una y otra vez menchevique. Nadie parecía entenderle, pero todos habían girado el cuello y le miraban fascinados.
 "Tú quieres un mundo nivelado y dirigido por un paranoico que continúe la tarea de Urano, pero nosotros crearemos consciente y colectivamente una nueva civilización, tú utilizas los fotomontajes de la Enciclopedia Soviética, nosotros usamos el détournement para demostrar que esas imágenes son la mejor prueba de vuestras mentiras, tú quieres construir infernales campos de concentración estatales bajo el nombre del Padre, pero nosotros producimos situaciones efímeras y poéticas porque ya hemos matado al padre, a la patria, y a la patria del padre y de la madre patria."
 Los individuos estratégicamente situados comenzaron a reaccionar gritando consignas como "fuera ese loco", o bien "es de la social". El grupito dirigido por uno de los profesores ayudantes se puso a corear "fuera policía, de la universidad" con un ritmo yámbico, pero sólo lograron enfurecer al representante de la Sexta Conferencia de Amberes, cada vez más seguro de sí mismo y veloz en su discurso.
 "¡Estáis por una sociedad ortopédica!, ¡yo os escupo en la cara como Diógenes el Cínico!, ¡yo soy telépata y leo en vuestros macabros cerebros!, ¡queréis forcluir el animal que somos, pero acabaréis vuestros días pintando las paredes del manicomio con vuestra propia mierda!, ¡vosotros sois el animal más peligroso, el sujet de Lacan, el monstruo del Lago Ness!"
 Se levantaron protestas generales e irritadas pero también un buen número de alumnos que disentían, "dejadle hablar", y que coreaban "libertad de expresión, libertad de expresión" con otro latiguillo rítmico. Unas chicas reían y comentaban que no entendían nada pero que les parecía muy sincero y muy humano, "también tiene derecho a decir lo que piensa, ¿o no?", preguntaban. Envalentonado, el de la Sexta Conferencia atronó la sala como un predicador.
 "¡Yo soy el Ángel Negro que no queréis ver y os digo que la realidad es un invento de la burguesía, la jaula del hombre normal, ese loco, el único loco!, ¡la burguesía ha forcluido el nombre de Dios para colgárselo del falo, pero nosotros vamos a liberar todos los secretos y muy especialmente los secretos del proletariado, los secretos mejor guardados del universo, más guardados que los secretos de Fátima porque el clero comunista es un mutante perfeccionado del clero romano!, ¡vosotros, en cuya cabeza todavía gotea la sangre del pacto de Brest/Litovsk, lo sabéis muy bien!, ¡y yo lo voy a decir, voy a decir el secreto mejor guardado del universo!, ¡el proletariado es una mierda asquerosa!"
 El último grito, proferido como un aullido interminable, hizo estallar la asamblea. La mayoría aplaudía muerta de risa, pero otros trataban de acercarse al Ángel Negro con malas intenciones.»


     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2000. ISBN: 84-339-2452-4.]

martes, 18 de agosto de 2015

"El chulla Romero y Flores".- Jorge Icaza (1906-1978)


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V

 "Repuesto de su fracaso y con febril inquietud que delataba su rebeldía -nostalgia, contrapunto de un bien imposible-, Romero y Flores ordenó cuidadosamente las copias de los recibos, de los informes, de las transferencias que había detenido de su trabajo de incorruptible fiscalizador. Sin consultar a nadie -violencia de su transformación- se entrevistó con el director de un periódico -"patrón grande, su mercé" de la publicidad-. Aquel poderoso personaje, cuya pulcritud en actitudes y ofertas contrastaba con lo agresivo y repugnante de su cabellera en cepillo de zapatos, de su boca de dientes salidos, de sus ojos pequeños en somnolencia mogólica tras gruesos lentes de ancho cerco de carey -cabeza de puerco hornado con espejuelos de gringo- aceptó gustoso documentos y propuestas. Sólo hizo una pequeñísima objeción al despedir a su informante, a su desinteresado colaborador:
 -No saldrá mañana. Tenemos el material completo. Saldrá... Bueno... Ya veremos... Es nuestro deber.
 Verdaderamente emocionado por lo que él creía un triunfo, buen éxito de su gestión, Romero y Flores tropezó en la puerta de calle del edificio donde funcionaba la empresa periodística con un hombre monologaba como un poseso -maldiciones, reproches y mímica de biliosa factura-, con un hombre que al sentirse observado elevó el tono de la voz en franca confidencia:
 -Tres veces he traído la carta para que la publiquen. Tres copias. Siempre el mismo pretexto. Que la pusieron en la canastilla, que la vio el fulano, que la tomó el mengano, que la guardó el zutano...
 -¿La carta?
 -Donde refutaba las calumnias que me llevaron a la quiebra. Las calumnias que estos infames publicaron en primera página. ¿Rectificar? ¿Para qué? ¿Qué vale un pobre hombre de la calle, solo, jodido?
 -Pero la verdad...
 -¿Qué les importa? La única verdad que defienden es la verdad de sus intereses.
 -Usted puede...-continuó el mozo dando esperanzas de otros caminos a su interlocutor.
 -No hay caso. Estamos atrapados en una red invisible de codicia que se conecta en las altas esferas.
 -Sin embargo...
 -Atrapados. Y tenemos que aceptar lo inaceptable y atenernos a lo que nos otorguen o nos hagan. Todo en beneficio de nuestro orgullo de libres.
 -Eso repugna... Sería como... Preferible... -murmuró el chulla crispando las manos en actitud de desafío.
 -Sí. Comprendo. Usted propone la lucha. Claro. Es joven. ¿Con quién? ¿Contra ellos? ¡Al carajo! -concluyó el desconocido, y sin esperar respuesta se alejó en la corriente de la calle.
 "Soy... Soy un hombre... Si estrangulo a la venganza que alimenta este renacer de mi rebeldía, volveré a vagar al capricho de...", se dijo Romero y Flores con fiereza que cortó de un tajo su pensamiento, aconsejándole en cambio ir en auxilio de su denuncia, de sus papeles -esparcidos, en visión subconsciente, por diabólico huracán-. Mas, al trazar el itinerario del rescate -gradería resbalosa de mármol bruñido, porteros de intriga barata, turno de cola sin apelación, razones para...-, desechó la duda y procuró aferrarse a la oferta formal del caballero de cabeza de puerco hornado con espejuelos de gringo.
 Ni el lunes, ni el martes, ni el miércoles, ni nunca, apareció en la gran prensa la pequeña verdad del mozo. Después, mucho después, supo que el silencio -celo patriótico en defensa del prestigio nacional e internacional del país- había tenido su precio. Precio que no cobró él. Precio que cobraron los intermediarios y dueños de la libertad de expresión.
 Hizo por ese entonces el chulla cuanto estuvo a su alcance para satisfacer su sentimiento de rebeldía -murmuró, chilló, amenazó por cantinas, bodegones, trastiendas y plazas-. El fracaso del chantaje a los altos funcionarios y el silencio profundo de la prensa sobre su denuncia no lograron aplastarle. Ciego de amarga furia intrigó entre los enemigos políticos de don Ramiro Paredes y Nieto. Pero al establecer en su verdad la existencia de cómplices a quienes se debía sancionar, halló con asombro que la enemistad entre esas gentes era de barniz, de superficie. Que un interés burocrático les unía, les encadenaba". 

miércoles, 4 de febrero de 2015

"Areopagítica (Discurso sobre la libertad de prensa)".-John Milton (1608-1674)

   

"No voy a negar que este momento puede ser el más adecuado para que tanto la Iglesia como la República pongan vigilante mirada sobre los problemas de los libros, que son también de los hombres. De ahí que se trate de aislarlos, encarcelarlos y propinarles la justicia más severa, como a malhechores. Porque, evidentemente, los libros no son materia absolutamente inerte; por el contrario, llevan dentro una vida potencial que los convierte en tan activos como puede ser el espíritu mismo a cuya raíz pertenecen; más aún, conservan, como en un matraz, el extracto más puro, la quintaesencia de la inteligencia viviente que les ha dado el ser.
 Sé muy bien que los libros son tan ágiles en su desarrollo como aquellos dientes del dragón de la fábula que, desparramados por aquí y por allá, pueden hacer que broten gentes armadas. Y, por el contrario, si no se anda con cuidado, matar un buen libro es, casi, matar a un hombre. Quien mata a un hombre está arrebatando la vida a una criatura racional, trasunto de Dios; pero quien destruye un buen libro está matando la razón misma, está acabando, iba a decir que a través del ojo, con la propia imagen de Dios. Muchos hombres no pasan de ser un peso sobre la tierra; un buen libro, en cambio, es la valiosa y vivificante sangre de un espíritu excelso, voluntariamente remansada y atesorada para una existencia mucho más duradera que la vida misma. Ciertamente, no hay suma de años que pueda devolvernos una vida, pero, frecuentemente, tampoco podemos decir que se trate de una gran pérdida; en cambio, el paso de los siglos, que no nos devuelve una verdad que ha sido extraviada, sí hace, a  veces, que la falta de esa verdad haya conducido a naciones enteras a un destino desgraciado.
 Debemos, por tanto, ir con mucho tiento a la hora de desatar persecuciones contra los trabajos aún vivos de los hombres públicos, así como contra aquellas actividades propias de una vida sustanciosa, que se guardan y almacenan en los libros, si vemos, como así es, que puede haber en ello una suerte de asesinato, incluso a veces de martirio, y, puestos a generalizar esta persecución contra todo género de impreso, una verdadera matanza, en la que la ejecución no se ciñe a la muerte de una vida elemental, sino que hiere el corazón de la quintaesencia espiritual, el aliento mismo de la razón; es decir, que es una agresión que hiere más la inmortalidad misma que una vida.
 Sin embargo, siempre con mucho cuidado para que no puedan achacarme que estoy tratando de introducir el libertinaje sólo porque me opongo al sistema de licencias previas, tampoco voy a negar que este mal es tan antiguo que hasta nos va a permitir que veamos cómo lo han resuelto las antiguas repúblicas que lucharon contra semejante desorden, hasta el momento mismo en que el actual proyecto de imposición del sistema de licencias salió de mala manera de la Inquisición, fue agarrado al paso por nuestros prelados y él mismo asió con fuerza a algunos de nuestros presbíteros.
 En Atenas, donde libros e ingenios iban a la par en actividad, muy superior a la de cualquier otra parte de Grecia, no encuentro más que dos clases de escritos que el magistrado impone que sean sometidos a su jurisdicción: los blasfemos o ateos y los difamatorios. Por esa razón los libros de Protágoras fueron condenados por los jueces del Areópago a la quema pública, y hasta él mismo fue expulsado del territorio patrio después de un discurso en el que comenzó confesando que no sabía "si había dioses o no los había".
 Por lo que se refiere a la difamación, se acordó que nadie debía ser insultado por su nombre, tal como se hacía en la Comedia Antigua; así pues, se puede imaginar cómo se perseguía la calumnia. Y este sistema fue bastante eficaz, como escribe Cicerón, para aplastar los desesperados esfuerzos de otros ateos, así como el viejo recurso a la difamación, tal como lo demuestran los hechos.
 En cambio, nunca se preocuparon de otros movimientos y opiniones, aunque muchos de ellos se inclinaban a la lascivia y a negar la providencia divina.
 De tal suerte que no tenemos constancia escrita de que ni Epicuro, ni la escuela libertina de Cirene, ni las tesis que pregonaban la desvergüenza de los cínicos tuvieran que comparecer nunca ante los magistrados".