viernes, 20 de febrero de 2015

"La casa de las bellas durmientes".- Yasunari Kawabata (1899-1972)


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"¿Qué era, para un hombre de sesenta y siete años junto a una muchacha de una sola noche, la inteligencia, la cultura, la barbarie? Solamente la tocaba. Y, narcotizada, ella desconocía por completo el hecho de que la estaba tocando un anciano decrépito. Tampoco lo conocería al día siguiente. ¿Era un juguete, un sacrificio? El viejo Eguchi sólo había venido cuatro veces a esta casa y, no obstante, la sensación de que con cada nueva visita había un nuevo entumecimiento en su interior era esta noche especialmente intensa.
 ¿Estaría esta muchacha igualmente bien entrenada? Quizá debido a que había llegado a no pensar en los tristes ancianos que eran sus huéspedes, no respondió al contacto de Eguchi. Cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana. En la oscuridad del mundo están enterradas todas las variedades de transgresión. [...]
 Permaneció un rato con los ojos cerrados, porque la fragancia de la muchacha era inusitadamente fuerte. Dicen que el sentido del olfato es el más rápido en evocar recuerdos; pero, ¿no era este olor demasiado dulce e intenso? Eguchi pensó en el olor a leche de un niño de pecho. Aunque ambos fueran totalmente distintos, ¿no eran en cierto modo básicos en la humanidad? Desde la antigüedad, los ancianos habían intentado usar la fragancia de las doncellas como un elixir de juventud. El olor de la muchacha de esta noche no podía llamarse fragante. Si se decidía a violar la regla de la casa, habría un olor desagradablemente intenso y carnal. Pero el hecho de que lo calificara de desagradable, ¿no sería un signo de que Eguchi ya era senil? ¿Acaso esta especie de olor fuerte y penetrante no constituía la base de la vida humana? Daba la impresión de ser una muchacha con facilidad para quedarse embarazada. Aunque la hubiesen dormido, sus procesos fisiológicos seguían funcionando, y se despertaría en el curso del día siguiente. Si quedaba embarazada, sería sin que tuviera la menor conciencia de ello. ¿Y si Eguchi, a sus sesenta y siete años, dejase tras él a un niño semejante? Era el cuerpo de mujer que invitaba al hombre a los círculos inferiores del infierno.
 Ella había sido privada de todas sus defensas, en beneficio de un anciano huésped, de un triste viejo. Estaba desnuda, y no se despertaría. Eguchi sintió una oleada de compasión por ella. Se le ocurrió una idea: los viejos tienen la muerte, y los jóvenes el amor, y la muerte viene una sola vez y el amor muchas. Era una idea para la cual no estaba preparado, pero le calmó, aunque no se había notado especialmente nervioso. De fuera llegaba el débil susurro del aguanieve. El sonido del mar había enmudecido. El viejo Eguchi podía ver el mar inmenso y oscuro sobre el que la nieve caía y se fundía. Un ave salvaje, parecida a una gran águila, voló rozando las olas, con algo en el pico que chorreaba sangre. ¿Era una cría humana? No podía serlo. Tal vez fuera el espectro de la iniquidad humana. Meneó ligeramente la cabeza sobre la almohada y el espectro desapareció". 

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